Curador: Germán Toloza
Artistas
Julio Roberto Álvarez Torres
Carlos Alberto Beltrán Arismendi
Silvia Susana Espinel Jasbón
Luis Eduardo Estupiñán Torres
Wilson Gómez Moreno
Oscar Mauricio Medina Jaimes
Mayra Renata Monsalve Ramírez
Jairo Ospina Leal
Carlos Julio Quintero Larrota
Pablo Alfonso Rincón Zafra
Edwin Javier Vargas
María Del Carmen Villamizar
Texto curatorial
Memoria y olvido
Cuando pienso en el concepto general de imagen regional, con un poder evocador de sentido de región, relaciono diferentes aspectos que bien pueden ir tejiendo imaginarios que son refracciones de las aspiraciones estéticas, espirituales y de autoreconocimiento de los grupos humanos. Esto tiene relevancia si se hace invitando a habitar el sentido y a vivir la diferencia.
Se pueden apreciar rasgos evidentes en las creaciones de los artistas participantes en la presente versión de Imágen Regional, que permiten vislumbrar diferenciaciones profundas entre las ciudades de Cúcuta, Tunja y Bucaramanga; diferenciaciones en sus formas de construir el artefacto artístico, sus calidades de refinamiento e incluso los diferentes niveles de formación de los creadores, denotado en sus materializaciones.
No coinciden las expectativas que uno pueda tener sobre lo que espera del arte en una ciudad; y ¿debieran coincidir? Puede afirmarse que es positivo que no coincidan, pues el arte no tiene que ser predecible ni profetizado, y, finalmente, eso lo libera de preconceptos sobre el compromiso de los artistas con temáticas atávicas. Pero, extraño la ausencia de relatos de contexto que afectan de manera significativa el cotidiano de estas ciudades, desde los influjos político, social y paisajístico, que determinan variantes tan notorias, que no darse cuenta será como reconocer que algún tipo de glifosato está siendo regado sobre nuestras memorias inmediatas. Parto de una idea del arte que asume un rol participativo, y que es hecho por artistas, seres sensibles estética y socialmente que están inmersos en una realidad digna de reflexión.
En Bucaramanga, mientras se disparó la construcción en los sectores de clases media-alta y alta, también aumentaron los asentamientos de desplazados en la vía circunvalar hacia Floridablanca y en el Café Madrid, sitio histórico del ferrocarril que en el pasado nos unió con Barrancabermeja y con la estación de Medellín. En Girón, las casas se siguen cayendo cada vez que el río de Oro recupera su cauce por las lluvias, trayendo miseria en lugar de la riqueza que promete su nombre. Otra gran ironía es que los políticos y militares de turno pretenden convertir al cañón del Chicamocha en un pastiche “gringo”. (Consultar “Monumento a la santandereanidad” y “Monumento a Latinoamérica”).
Sin embargo, haciendo uso de la libertad de expresión, y a partir de temáticas y técnicas válidas, muchos artistas están preocupados hacer una buena propuesta pictórica abstracta, con las máximas aspiraciones de rigurosidad formalista, bien con la geometría o con la sensación pirotécnica de pinceladas que “brincan” por el lienzo; esto es común también en Cúcuta y Tunja. Tal vez hacen daño las triunfales sacralizaciones que hacen algunos críticos, gobernantes y medios de comunicación centralizados, sobre artistas modelo o estereotipos de la alta burguesía, que teme perder su derecho a decidir sobre el gusto artístico, modelos muy deseados en la región, nexos de estética museística apreciable en la aspiración de competir con pinturas “sensibles y sugerentes”.
No obstante, la filosofía de este evento es precisamente calibrar y dar oportunidad de participación a las artes plásticas en las regiones, y acoger talentos que deben ser vistos en el circuito nacional, a través de exposiciones itinerantes, para tener luz sobre el arte colombiano y compartirlo también entre regiones.
María del Carmen Villamizar pinta escenas apocalípticas construidas desde una formalización en apariencia ingenua y tierna, relacionada con el arte naif, que abunda en poblaciones como San Gil y Charalá; caracteriza su pintura una cantidad obsesiva de detalles y relatos entre bíblicos, dantescos y de la guerra contemporánea.
Renata Monsalve y Pablo Rincón, en Bucaramanga, tienen en común en sus propuestas de pintura el alcance innegable de un refinamiento y una unidad formal sugestiva. Renata, con la transformación de espacios y objetos en hechos plásticos autónomos que constituyen aproximaciones a una mirada sofisticada de la realidad. Pablo Rincón lo hace con una organicidad leve y dinámica, a partir de un mecanismo de construcción pictórica que aprovecha las posibilidades de la madera cruda y ciertos procedimientos de la carpintería que transforman en explosiones poéticas la textura.
En la obra de Silvia Espinel, Óscar Jaimes y Eduardo Estupiñán hay un umbral interesante que cruza momentos importantes de las vanguardias modernas que se insertan de manera coherente en la contemporaneidad; desde lo erótico y lo literario en la acción misma de pintar (Silvia), desde la psicología del comportamiento de personajes en cotidianos urbanos nocturnos (Óscar) y desde la escenificación de relatos políticos, a partir de amalgamas con evocaciones constructivistas y surrealistas de la escultura (Eduardo).
Carlos Beltrán elabora una instalación inmersiva con captura de video en vivo, sensores y rayos de luz láser que activan procesadores o programas que devuelven al espectador imágenes transformadas de sí mismo, generando experiencias múltiples de recorrido y de plástica pictórica, en un inagotable indeterminismo, para abordar temas del cuerpo mediatizado; de otra parte, Carlos Julio Quintero trae de su propio hábitat, a 18 kms de Bucaramanga, la forma básica de una casita y jarras de chocolate moldeadas en barro macizo, inhabilitadas para su uso, como en una sutil lectura de amenaza política en el vivir y la represión rural, y una mesa doméstica completamente ocupada con orquídeas salvajes en honor a Frida Kahlo. Son los extremos posibles de asimilación del recurso tecnológico, ambos desde la experiencia espacio temporal que acoge los sentidos.
Julio Álvarez se detiene bajo las cámaras de vigilancia ubicadas en los postes de la ciudad, con una indumentaria y una actitud completamente normales y cotidianas, escribe sobre papel mensajes de presentación de sí mismo, datos elementales, en actitud desafiante hacia lo que esperan saber y espiar quienes están detrás de la cámara, frente a los monitores oficiales. Una obra de proceso que rehúsa la materialidad del objeto artístico al asumir una actitud de vida que media como experiencia de pensamiento artístico y opta por una posición anárquica frente a los sistemas y circuitos regulares del arte.
Edwin Javier Vargas captura imágenes fotográficas de la ciudad, develando aquello que no se muestra, en sitios abandonados con estéticas marginales o de olvido, lugares malditos de la ciudad impresentable.
Wilson Gómez y Jairo Ospina trabajan con la fotografía; el primero hace una especie de reportería urbana, sin abandonar los elementos estéticos del color y la composición casi cinematográfica, tomando horizontes bajos de perspectivas poco abordables desde la posición erguida, tal vez pretenciosa, del homo sapiens, los espacios invisibles de la sociedad; entre tanto, Jairo Ospina aborda orgánicamente la experiencia fotográfica, casi como deshuesándola para develar su esencia lumínica, logrando composiciones muy minimalistas que recuerdan a Blinky Palermo, o pinturas que parecen mostrarnos, más que espacios sugerentes, las entrañas y el fenómeno anímico de la fotografía.
Germán Toloza
Lugar: Área Cultural, Banco de la República.
Carrera 19 No. 34-47