La modernidad entró definitivamente de la mano del arte abstracto con sus dos tendencias: el expresionismo abstracto y la abstracción geométrica. Entre los primeros, Guillermo Wiedemann —a quien se le dedica una sala en el primer piso— Alejandro Obregón, Juan Antonio Roda, Enrique Grau. Entre los segundos, Eduardo Ramírez Villamizar y Edgar Negret. Una generación adelante, pero considerados maestros por sus planteamientos estéticos, Fernando Botero y Feliza Bursztyn.
La abstracción en los expresionistas es el resultado de una liberación del espíritu a través de una pincelada suelta y espontánea. Violencia, de Obregón, sintetiza esta mirada; obra impactante y bella, construida a base de color para dar paso a la emoción. Cecilia Porras y Judith Márquez encontraron en la expresividad de Obregón un camino para sus intereses artísticos. En contraste, Ramírez Villamizar y Negret elaboran una obra simbólica y racional; la geometría se fundamenta en el equilibrio, ritmos internos, interacción armónica de los colores.
Botero partió de una búsqueda expresionista que lo llevó a la exaltación de la forma y el volumen. En el Museo que lleva su nombre puede hacerse un recorrido por su trayectoria artística. La escultura de Feliza Bursztyn parece ser un postulado anarquista contra los escultores geométricos: el caos convive con el orden, el equilibrio y la belleza. Ensambla chatarra y desechos metálicos para lograr objetos llenos de significado.
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