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Vestuario para Dios
JOSE HERNAN AGUILAR
| Profesor Universidad Nacional |
Uno de los principios fundamentales del arte antiguo,
precristiano, es su estatus como un medio autoevidente para la
transmisión de verdades religiosas. No fue tal el caso durante el
primer período del Cristianismo, pues para la nueva religión el
reconocimiento del arte se convirtió en un problema bastante serio
dentro de su propio contexto. Como es lógico entender, la pintura y
la escultura fueron problemática debido a la herencia judía, que
prohibía específicamente la idolatría, y que marcó la historia de
la Iglesia Cristiana temprana. Sin embargo, por influencia griega,
el Cristianismo decidió apoyar la imagen, y por consiguiente las
artes visuales y plásticas. Esta decisión encontró un mayor
respaldo por la prioridad que se dio a la proclamación escrita que
se hizo de la palabra como principal elemento de evangelización, lo
cual disminuyó el recelo hacia las imágenes visuales al mismo
tiempo que les otorgaba una legalidad secundaria, y así el arte
comenzó a aceptarse como una ayuda de la fé.
Fue durante los siglos III y IV que los Cristianos empezaron a
adaptar el arte clásico para sus propósitos; aun más, existen pocas
pruebas de lo que podría llamarse correctamente una actividad
artística entre las comunidades Cristianas de los dos primeros
siglos después de la muerte de Cristo. Pero el aumento de
seguidores en las ciudades del mundo grecorromano hizo bastante
difícil mantener la austeridad proclamada por los Cristianos
primitivos, aquellos que querían una norma ritual ajustada a la
regla judía. Los padres de la Iglesia se dieron cuenta de que no le
sería fácil al pagano converso renunciar a las cosas placenteras y
bellas a las que se había acostumbrado, y mucho menos al arte, que
como representación de lo espiritual, siempre formó parte de su
observancia religiosa. Rodeado de esculturas, pinturas y objetos
que representaban sus dioses, el pagano no se sentiría muy atraído
por una religión que sólo le ofrecía, como objeto de veneración, la
poco tangible palabra escrita, en la minoría de los casos, y la
oral, en la mayoría pues gran cantidad de conversos provendría de
comunidades analfabetas, por lo menos en latín, griego y
hebreo.
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Detalle de estandarte. Tela de lino bordada en hilos de oro,
plata y sedas de colores. Cat. No. 3
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Las artes visuales, entonces, comenzaron a funcionar como una
especie de `escritura' para analfabetos. Igualmente, la música tomó
una enorme importancia dentro del ritual Cristiano, como parte de
la liturgia misma, en forma de la misa cantada, que se transformó
gradualmente en expresión y afirmación de la congregación. Por
supuesto, los vestidos de los celebrantes de la misa iniciaron
también su propia historia en estos primeros siglos, una historia
que se ve íntimamente ligada a la del vestido griego y romano, y
que marca su propio derrotero en la medida que la Iglesia progresa
no sólo, en número de adeptos sino en independencia artística y
estética, aun si para alcanzar un completo estilo eclesiástico se
vayan a necesitar más de tres siglos.
Por consiguiente, no hay que ir más lejos para encontrar el
origen del vestuario litúrgico Cristiano. Precisamente, el
Cristianismo no tuvo desde sus comienzos una vestidura civil
distintiva para sus oficiales, y resulta claro que el desarrollo de
los dos vestidos litúrgicos fundamentales, el
|alba y la
|casulla, viene de una transformación estilizada de la
|túnica y la
|paenula, vestidos que eran comunes a
todos los ciudadanos del Imperio Romano en el momento de aparición
y fortalecimiento del Cristianismo; la túnica era un traje sencillo
con mangas largas, de lino de color claro (blanco, beige o gris
pálido), que se convertirá en el alba, mientras la paenula (pianeta
en italiano moderno) era un traje un poco más corto que la túnica,
sin mangas, de lino blanco, adornado con franjas delgadas de color
violáceo, que los Cristianos transformarán en la casulla, del latín
que significa 'casa pequeña'. Es importante señalar aquí que los
colores litúrgicos sólo van a ser codificados, si así puede
decirse, algunos siglos después de la adopción de los trajes
romanos como vestidos litúrgicos Cristianos. Sin embargo, el blanco
(color natural del lino) tenía ya un precedente simbólico en Roma,
pues sus ciudadanos lo consideraban el más indicado para las
ceremonias religiosas y símbolo de pureza ritual.
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Detalle de casulla. Tela de lama plateada. La Última Cena,
bordada en sedas sobre la parte posterior de la casulla. Una
verdadera miniatura cuyo preciosismo y detalle, especialmente en
las encarnaciones, más pareciera una pintura que un bordado. Cat.
No. 3.
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El cambio radical entre la vestidura civil y la eclesiástica se
produce a finales del siglo VI, cuando se introduce en Occidente la
cultura de las tribus arias invasoras. Los llamados bárbaros
impusieron un tipo de traje, que aunque no diferente en extremo, sí
obligó a la Iglesia a dictar a sus clérigos ciertas regulaciones
acerca del vestido, tanto cotidiano como litúrgico. Los invasores
vestían con una túnica mucho más corta y amplia, llamada
|sagum, de tejidos diferentes al lino, y un manto largo,
muy diferente a la casulla, con una sola abertura superior para la
cabeza. En uno de los famosos mosaicos de la iglesia de San Vitale
en Ravenna (526-547), que muestra al emperador bizantino Justiniano
con su corte, éste se halla vestido a la moda impuesta por los
invasores, túnica de mangas ajustadas y un gran 'abrigo' morado,
abierto por un lado y sujetado por un bello broche de joyas y oro,
mientras el obispo Maximiano viste una
|dalmática de mangas
anchas, con ribetes negros, una casulla morada de cuello cuadrado y
una estola blanca, con una cruz griega negra, uno de cuyos extremos
usa el obispo para sostener una cruz de oro con incrustaciones de
piedras preciosas. Esta y otras pinturas contemporáneas demuestran
que la Iglesia ya había reconocido la importancia en la
diferenciación externa de sus ministros, y el comienzo de una
verdadera doctrina litúrgica, formulada por primera vez en el
Concilio de Narbona (589), en lo referente al alba, y en los
escritos atribuidos a San Germán de París (muerto en 576), quien
habla del alba y la casulla en la segunda epístola de su
|Expositio Liturgiae Gallicanae.
A partir del siglo VII, se presentan distintas aunque no muy
profundas transformaciones en la vestidura litúrgica que conocemos
hoy. Lo que sí sucede es la popularización de otros trajes
litúrgicos, como el
|amito, que se hace común en Francia y
Alemania durante el período carolingio. Por la misma época empieza
también la adjudicación de funciones litúrgicas específicas a los
distintos vestidos, igual que su asignación a las diversas órdenes
sagradas. En efecto, es en este momento (siglo IX) cuando las
vestiduras litúrgicas sufren una última transformación formal y una
definitiva clasificación clerical, exceptuando la casulla, entre
los trajes, y la mitra, entre las insignias episcopales, que verán
cambios posteriores, dictados sobre todo por cuestiones prácticas.
Tenemos, así, que a finales del siglo IX, los acólitos no usaban
casulla, estola o manípulo; los subdiáconos llevaban solamente
|tunicela (un vestido ceremonial parecido a la dalmática) y
manípulo; los diáconos vestían como distintivo la dalmática y la
estola terciada; los presbíteros se distinguían por la casulla y
estola; y las órdenes superiores empleaban, a más de la obligatoria
casulla, los guantes y cáligas (o zapatos litúrgicos). Es necesario
aclarar aquí que la
|capa pluvial era, y es, llevada por
todos los miembros del clero, pues no es bendecida ni recibió
ninguna significación simbólica específica, sin embargo, ciertas
capas son privilegio de las órdenes superiores, como el manto
papal, prerrogativa exclusiva del Papa, que es siempre de color
rojo.
Luego del período carolingio, que además de estabilizar formas y
usos añadió telas pesadas y ricamente decoradas, la más notable
evolución de los ornamentos litúrgicos tuvo lugar en el siglo XII,
período en el que el sistema feudal se afianza definitivamente. Las
vestiduras litúrgicas empiezan a enriquecerse en decoración y
mezcla de telas, lo cual, curiosamente, conduce a su acortamiento y
esquematismo. La adopción del
|sobrepelliz y la capa
pluvial como vestido de las órdenes inferiores, dejó a la casulla
en una posición muy especial de desarrollo ornamental y simbólico.
Sus nuevas dimensiones, más o menos iguales a las de hoy, se
debieron en gran parte a la utilización de telas profusamente
ornamentadas, no sólo en el tipo de tejido (brocado, terciopelo
damasco) sino, en especial, en la clase de decoración aplicada, ya
fuese en recamado, bordado e incrustado (de piedras preciosas,
plata y oro). Así, por su falta de flexibilidad, las vestiduras
litúrgicas perdieron mucha de su inicial ligereza acarreando una
sensible baja en elegancia e incluso en expresividad religiosa.
Pero lo que se perdió en facilidad de manejo se ganó en valor
visual, aun más si tenemos en cuenta que a comienzos del siglo XIII
se establecen definitivamente los colores litúrgicos (blanco, rojo,
verde, negro y morado), reglamentados por Inocencio III (Papa entre
1198 y 1216) y luego rubricados en definitiva por Pío V (Papa entre
1566 y 1572). El Renacimiento y el Barroco apenas introducen
cambios relacionados con la ornamentación, que generalmente será de
tendencia abstracta, con énfasis en el arabesco y los motivos
florales estilizados; sin embargo, el
|cíngulo, o cinturón
del alba, experimentó una variante, pues ya a inicios del siglo XV
se hizo popular el de cordón trenzado, muchas veces con hilos de
oro y plata. En el siglo XVII, con la apertura de numerosas rutas
comerciales, la ornamentación se volcó hacia la mezcla de tejidos
nuevos como las sedas chinas y muselinas, con bordados de hilos de
oro y plata, y algunas veces con pintura a mano.
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Detalle de capa pluvial. Capillo bordado sobre seda roja con
hilos de oro de diversas torsiones y aplicados en distintas
puntadas. Las hojas y flores bordadas en punto de llama con sedas
multicolores. Cat. No. 24.
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Lo que podría llamarse moda litúrgica se mantuvo constante hasta
finales del siglo XIX y comienzos del XX. La espectacular pintura
de Jacques-Louis David titulada "La Consagración de
Napoleón" (1805-1807, Museo del Louvre), muestra al Papa
Pío VII sentado, vestido con una sencilla casulla de ribetes dorado
y negro, con palio y una mitra
|simplex o sea blanca sin
ornamento (seguramente como prueba de humildad ante la arrogancia
de Napoleón); lo curioso de esta pintura, sin embargo, es que
describe minuciosamente las vestiduras ceremoniales de los
arzobispos y obispos (ya que la coronación de Josefina y Napoleón
no era ciertamente un evento litúrgico), comprobando que no son
nada diferentes de las que se usaron hasta 1947, por lo menos, año
en que otro Pío, el XII, en su encíclica
|Mediator Dei
defiende el uso del vestuario tradicional de algunos intentos de
reforma, en especial aquellos que preconizaban un retorno a la
sencillez de los trajes del Cristianismo primitivo (las iglesias
católicas de Alemania e Inglaterra especialmente). Paradójicamente,
la defensa que hizo Pío XII del vestuario tradicional tomó dos
rumbos: uno que se constituyó en guardián sutil de una inmensa,
aunque algo inmóvil, tradición histórica, y otro que restringió su
uso para funciones pontificales solemnes, como más tarde
aconsejaría el Concilio Vaticano II. La Iglesia Católica
Colombiana, y en especial la Arquidiócesis de Bogotá, a la cual
pertenecen los ornamentos litúrgicos que se muestran en
"Vestuario para Dios", sigue estos preceptos
dictados por la Santa Sede y sólo hace gala de la nobleza, dignidad
y belleza de estos objetos ceremoniales en contadas ocasiones, y en
la Semana Santa en especial.
LOS COLORES LITÚRGICOS
Ya en el ritual mosaico se había instituido el uso de cuatro
colores litúrgicos, púrpura, rojo, anaranjado y azul jacinto (Éxodo
28, 5-6), para los vestidos sagrados, aunque la regla judía
ordenaba su presencia simultánea, convirtiendo a la liturgia
mosaica más en recordatorio simbólico que en antecedente directo.
Es imposible hallar huellas de colores litúrgicos seguros en los
primeros siglos de evolución del Cristianismo, y las pinturas
(frescos y mosaicos) de las basílicas primitivas sólo comprueban
que los artistas adjudicaron caprichosamente los colores a los
trajes ceremoniales. Algunos documentos cristianos de los siglos IV
y V (los
|Cánones de Hipólito, por ejemplo) y muchos
mosaicos hablan de y muestran vestidos polícromos, así como altares
adornados con paños dorados y violáceos, que seguramente influyeron
para su adopción como colores de las vestimentas litúrgicas. Estas
referencias históricas dan al traste con una opinión generalizada
según la cual el único color litúrgico antes del período carolingio
era el blanco. Este color fue seguramente el predominante durante
los primeros siglos del Cristianismo, debido a varias razones: como
ya se mencionó es el color natural del lino; los romanos lo
consideraban el color ritual por excelencia, tanto que el uso común
de la toga blanca hizo conocer a Roma, en tiempos de los primeros
Cristianos, como
|candida urbs; y tercera, según los padres
de la iglesia, ya hacia mediados del siglo III, las vestiduras
blancas simbolizaban la pureza del alma y la incorruptibilidad del
cuerpo.
Junto con el blanco, otros colores fueron conformando una
estrecha ley litúrgica, que como ya dijimos se consolida en el
papado de Inocencio III. De acuerdo al
|Ordo de San Amando,
publicado en los
|Orígenes de Duchesne, que revela las
primeras anotaciones sobre el uso del color en las vestiduras
litúrgicas (siglo IX), los días de letanías los prelados y diáconos
vestían de negro. Sin embargo, el período carolingio introduce una
gran variedad de colores, y en los monasterios irlandeses
contemporáneos se usaban en las casullas ocho colores: dorado,
azul, rojo, blanco, verde, café, negro y púrpura. Los mismos
colores tendían a utilizarse también en Francia, Inglaterra y
Alemania. La cantidad de colores litúrgicos se explica por las
tendencias místicas y simbólicas populares en la Edad Media
temprana, que encontraba relaciones directas entre cada uno de los
colores y la eficacia espiritual, que cambiaban también de acuerdo
con la clase de festividad del calendario eclesiástico. Como no
había una norma rigurosa acerca de los colores, muchas veces una
casulla o capa pluvial era usada no por su color sino por su
riqueza u origen.
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Detalle de casulla. Faya bordada al pasado con hilos de oro y
seda beige. Cat. No. 23.
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Entonces, hacia 1220 la Iglesia de Roma unificó las diversas
tradiciones de los colores litúrgicos en una lista de cinco:
blanco, rojo, verde, negro y morado; este último fue siempre
considerado como un color afín al negro e incluso equivalente, cual
es el caso de la liturgia ambrosiana, una de las más tempranas en
el Cristianismo (San Ambrosio, primer obispo de Milán y uno de los
cuatro Padres Latinos de la Iglesia, vivió entre el 340 y el 397).
Recordemos que Pío V, en su reforma del misal (hacia 1570), admitió
únicamente estos cinco colores. Un sexto color, el rosado se empleó
muy esporádicamente, como sustitución del morado en ciertos días de
Cuaresma y Adviento, sobre todo en Roma. Por su riqueza visual, se
permite usar ornamentos con tramado de oro (o tela tejida con hilos
de oro) como reemplazo de los colores blanco, rojo y verde, mas
nunca del morado. En España, por concesión especial de la Santa
Sede, se pueden utilizar paramentos azules en las fiestas de la
Inmaculada Concepción. La antiquísima costumbre oriental del rito
fúnebre con telas rojas ha sobrevivido en los servicios funerales
para el sumo pontífice, cuyo cadáver se cubre con una casulla roja;
igual, cuando el Papa oficia un servicio por cualquier difunto, lo
hace con una capa pluvial roja. De todos modos, es pertinente
anotar que el simbolismo adjudicado a los colores litúrgicos es,
por decir lo menos, artificioso; incluso, no ha sido posible
cohesionar una significación específica, y las interpretaciones
varían no sólo de vestido en vestido sino de lugar a lugar. Sin
embargo, los colores litúrgicos de mayor arraigo simbólico son el
blanco (pureza), el negro (humildad), el rojo (glorificación) y el
morado (humildad, respeto).
VESTUARIO LITÚRGICO
Es fácil entender que la aparición de un vestuario litúrgico -se
debe esencialmente a la necesidad de diferenciar la actividad
cotidiana de aquella donde se practican funciones religiosas
públicas y de culto. El hecho litúrgico es, entonces, el arreglo de
servicios religiosos públicos que quiere honrar a la divinidad y
resaltar la importancia y dignidad de las acciones culturales. En
el Cristianismo, la principal y fundamental ceremonia litúrgica es
la misa, evento donde la congregación Cristiana se reúne para
rendir culto a Dios y santificarse a sí misma. Por lo tanto, los
ornamentos y vestuario litúrgico obtienen sus funciones
primordiales de la celebración de la misa; los demás usos siempre
estarán supeditados a tal evento, lo que facilita la clasificación
del ornamento litúrgico, por lo menos en atención a sus orígenes,
ya que también es fácil suponer que tales objetos fueron cobrando
cierta independencia, en especial si se tiene en cuenta la gran
complejidad y cantidad de ceremonias litúrgicas que con el tiempo
fue acumulando la Iglesia. Por supuesto, para un católico actual,
ciudadano de un mundo que tiende a amalgamarse cultural e
informativamente, la idea de un rito litúrgico complejo y fastuoso
es algo muy ajeno, pero hay que tener en cuenta que hasta no hace
mucho las ceremonias litúrgicas cristianas eran eventos de una
extremada codificación, en donde los vestidos y ornamentos
desempeñaban un papel esencial. Esta observación nos ayudará a
comprender los significados y simbolismos, al igual que los
diversos cambios en estilo, de las vestiduras y ornamentos
litúrgicos que pueden admirarse en "Vestuario para
Dios".
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Detalle de casulla. Seda recamada de oro. De bordado riquísimo,
tanto el dibujo como la variedad de puntadas, hilos, canutillos,
laminitas, enconjunto producen luces y brillos del oro, que
convierten la pieza en una obra esplendorosa. Cat. No. 16.
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El vestuario litúrgico cristiano puede entonces dividirse, ya
estrictamente, en ornamentos e insignias. Los ornamentos son la
indumentaria que funciona como vestido, mientras que las insignias
son todos aquellos objetos que podrían llamarse accesorios, o sea,
no fundamentales para cubrir el cuerpo. Los ornamentos e insignias
suelen clasificarse también de acuerdo con el escalafón de las
órdenes, o sea, en sacramentales (sacerdotes), episcopales (obispos
y arzobispos), cardenales y pontificales. Los objetos que se
guardan en la Catedral de Bogotá son, como no es difícil imaginar,
de carácter episcopal y cardenal, y se pueden datar desde el siglo
XVI hasta comienzos del XX. La mayoría de tales ornamentos e
insignias son de fabricación europea (francesa, italiana y
española) y datan, en general, de los siglos XVIII y XIX. Pero este
tipo de información será mejor relacionada en las entradas
individuales que cada objeto tiene en el catálogo.
Ornamentos
|Alba: vestidura de lino (o algodón) blanco, de mangas
largas que viste el oficiante durante la misa, debajo de la
dalmática, la casulla y la estola. Se deriva, como ya se dijo, de
la túnica romana, y ya en el siglo VI era un ornamento común a
todos los clérigos, incluidos los menores. En la Edad Media sufrió
grandes modificaciones, haciéndose ancha abajo y estrecha arriba.
Las albas primitivas medievales eran de lana y sólo hasta el siglo
IX se generalizó el uso del lino. También a partir del siglo X, se
le adornó con recamados y telas preciosas. Ya en el siglo XV el
alba había recobrado su forma original y sólo se adornaba en el
cuello y las mangas pero con encajes, que se popularizaron por este
tiempo. Las albas de esta exposición son todas de reciente factura
y de extrema sencillez.
|Cingulo: un accesorio indispensable de la túnica romana
y por ende del alba. En el medioevo, los cíngulos eran cintas de
lino, generalmente, de hasta 7 centímetros, y que sujetaban el alba
por la cintura. En el siglo XV se popularizó el cíngulo de cordón,
decorado con flores y animales, piedras preciosas y laminillas de
oro y plata. El cíngulo llegó a simbolizar una armadura espiritual,
por su papel sujetador, pero este significado se perdió
paulatinamente, y el cíngulo se transformó en mero ornamento.
|Amito: pieza rectangular de lienzo fino, que se coloca
sobre los hombros y alrededor del cuello, debajo de la casulla. Al
comienzo fue ornamento propio del pontífice pero luego su uso se
generalizó. Después del siglo X, algunas órdenes monásticas lo
utilizaron para cubrirse la cabeza y dejarlo caer sobre la casulla
o dalmática cuando se llegaba al altar. A raíz de esto, el amito
simbolizó un saludo de humildad, que aún hoy conserva en el
misal.
|Roquete: vestido prelaticio de tela fina, mangas
largas, parecida a la sobrepelliz. En Roma, esta prenda se
convirtió en distintivo de los eclesiásticos muy insignes, tanto
que se conoce también como alba romana. La vieja forma del roquete
era muy parecida a la del alba, pero en el siglo XVII se acortó
extraordinariamente y se cubrió de encajes casi hasta la mitad. El
roquete no es, en verdad, un vestido sagrado y, al igual que la
muceta, es hábito de coro. No se pueden administrar los sacramentos
sin el sobrepelliz encima del roquete.
|Sobrepelliz: es un traje de origen nórdico, usado
contra el intenso frío. Eran generalmente de piel o lana gruesa y
sobre ella se colocaba el alba. Por motivos de manejo, la
sobrepelliz pasó de hábito de coro a ser vestido litúrgico común a
todos los clérigos. Como el roquete, se acortó y ornamentó con
encajes en el siglo XVII. En la actualidad, la sobrepelliz es la
vestidura litúrgica ordinaria y obligatoria, ordenada para la
administración de los sacramentos y sacramentales.
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Detalle de Capa Pluvial. De gran sencillez, el bordado en plata
resalta sobre el terciopelo negro de este capillo. Cat. No. 49
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|Casulla: como ya se mencionó, la casulla es derivación
de la antigua penula romana. Hasta el siglo IV se llamó pianeta (o
planeta) y sólo en el siglo VII adquirió el nombre que hoy tiene.
La casulla ha sufrido bastantes cambios, desde los acortamientos
extremos de la Edad Media hasta los cortes delanteros en forma de
violín que se le hicieron en Francia y Bélgica, como puede
observarse en varias casullas que se muestran en esta oportunidad.
A mediados del siglo XIX, el abad de Solesmes (Francia), Dom
Guéranger, revivió las grandes casullas medievales, un gesto que
fue seguido con ahínco por muchos eclesiásticos. La decoración de
una casulla no está ordenada por ninguna ley litúrgica.
Hasta el siglo XI no hay un sistema uniforme para ornamentar una
casulla. Temas frecuentes en su decoración son santos de medio
busto, situados en compartimentos redondos, ojivales o cuadrados;
en el lugar de unión de los brazos se colocaba a Cristo, la Virgen
o al santo patrono. En el siglo XIII, se hace popular, en Francia,
Alemania e Inglaterra, la cruz de brazos horizontales en el
espaldar, mientras en Italia se empleó frecuentemente una franja
vertical, simple, en las dos caras. Las telas que se usaron para la
confección de casullas eran, preferiblemente, las sedas, que ya
desde el siglo V figuraban en el vestuario de iglesias. Las telas
eran traídas de Alejandría, Damasco y Bizancio, durante los
primeros siglos, y en la Edad Media de las fábricas que los árabes
tenían en Sicilia y España; y luego del siglo XIII, las ciudades
italianas de Génova, Luca y Venecia proveyeron a la casulla con
riquísimas telas de damasco, brocado y terciopelo. Alguna que otra
vez se emplearon telas menos lujosas como la lana, el hilo y el
algodón. Los motivos decorativos se amplían a partir de la Edad
Media tardía, y consisten en dibujos geométricos o florales,
basados en la estilización de ramos de grana o de figuras de
animales reales o fantásticos, como gacelas, halcones y águilas
bicéfalas. La mayor parte de las casullas en "Vestuario
para Dios" revelan decoraciones del primer tipo. Por
supuesto, a la sofisticación de los tejidos se añadía la riqueza en
bordados y labores manuales, que daban a las vestiduras litúrgicas
un incomparable valor artístico. Es de singular importancia el uso
del recamado o `pintura' con aguja, un arte de origen oriental
perfeccionado en grado sumo en Bizancio, en el siglo XI. Durante
los siglos XIII y XIV, todas las vestiduras litúrgicas se llenan de
oro y perlas, camufladas entre follaje, arabescos, flores y
animales; a estos motivos se le agregaron temas historiados,
escenas bíblicas generalmente, que convirtieron el recamado, en
especial el de Flandes e Inglaterra, en una verdadera clase de
pintura. En el período que se ha denominado del Gótico
Internacional (siglo XV temprano), se trabajó el llamado oro
sombreado, o sea, un fondo dorado que difuminaba la aguja con seda
de diversos colores. Muchos recamadores flamencos y franceses
realizaron espectaculares casullas, capas pluviales y dalmáticas
diseñadas por Rafael, Pollaiolo y Veronese, entre otros. Ya que la
casulla se colocaba encima de las otras vestiduras litúrgicas, fue
considerada desde la Edad Media como símbolo de caridad, y como se
coloca sobre los hombros se la tomó como símbolo del yugo del
Señor, y como vehículo de gracia.
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CASULLA
Siglo XVII
Flandes
Falla roja, bordada al pasado en oro y seda morada. Muy similar al
ornamento anterior, aunque no hace parte del mismo terno; de diseño
floral, las claves y la cenefa son bordadas.
107 x 71 cm
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|Dalmática: ornamento con mangas, como el alba, tiene un
origen griego, más exactamente de Dalmacia. En Roma reemplazó, en
parte, a la toga. Los primeros que la adoptaron corno vestido
litúrgico fueron los patriarcas de Constantinopla, y luego fue
concedida, como señal de honor, a algunos obispos de sedes
importantes, después a los sacerdotes y finalmente a los diáconos,
quienes se apropiaron definitivamente de ella. La dalmática exhibe
siempre una decoración muy simple, que consiste en dos franjas de
tela, que van de los hombros hasta abajo, por sus dos caras. Desde
el siglo XIII, los colores de las franjas deben acomodarse al de la
casulla.
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CAPA PLUVIAL
Siglo XIX
España
Seda morada con bordado sobrepuesto en oro y plata: hilos,
canutillos y lentejuelas. El diseño basado en lacerías y símbolos
eucarísticos: cupones, espigas y racimos de vid, apenas se dibujan
sobre el fondo. Sobre el aurifrisium partiendo del centro se
encuentran las figuras del Espíritu Santo, un león, un pelícano,
cornupias de donde salen hojas, lacerías y espigas. Sobre el
capillo, en medio de guirnaldas, hojas, racimos de vid y espigas se
encuentra el Cordero Pascual. Los flecos son en oro y la cenefa es
tejida y superpuesta.
291 x 149 cm
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|Capa pluvial: según algunas teorías, la capa pluvial se
deriva de la antigua
|lacerna o
|birrus, un vasto
semicírculo de lana blanca, bastante pesado pero buen protector.
Otros consideran que su origen no es otro que el de una paenula
transformada, con capuchón para la lluvia y abierta por delante
para mayor comodidad. La capa pluvial fue llevada, desde la
temprana Edad Media, en los días solemnes por los miembros más
ilustres de los monasterios, y en especial por los cantores.
Mientras la casulla mantenía su forma tradicional, por razones
simbólicas, la capa, más holgada para el movimiento de los brazos,
se impuso rápidamente en las ceremonias menores, como procesiones,
insensaciones y consagraciones. Su uso se generalizó en el siglo
XI. Aunque ha sido difícil determinarlo con exactitud, el capuchón
desapareció para uso litúrgico hacia finales del siglo XIII. Su
supresión podría también explicarse por motivos prácticos, ya que
al confeccionarse la capa con telas preciosas y pesadas, el
capuchón se convertía en una inmensa molestia. De todos modos, este
capuchón fue agrandándose y redondeándose para convertirse en la
|muceta, una esclavina que cubre el pecho y la espalda, con
botones por delante, de uso exclusivo de los prelados; de color
rojo, negro o morado. Debe aclararse aquí que la capa pluvial no ha
sido nunca una vestidura propiamente sacerdotal, y puede ser usada
por clérigos, cantores y monjes. Existen, claro, diversos tipos de
capas: el
|mantum papal de color rojo, que desde el siglo
XI constituía, con la tiara, la insignia pontificia por excelencia;
la
|cappa choralis, de capuchón rojo o negro, para los
oficios del coro; la
|cappa magna, amplia y de cola larga,
es roja para los cardenales y morada para obispos y arzobispos.
Como se considera signo jurisdiccional, estos últimos no la pueden
llevar fuera de la propia diócesis o provincia eclesiástica.
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DALMATICA
Siglo XVII
España
109 x 152 cm
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CAPA PLUVIAL
Siglo XVI
España
282 x 137 cm
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A la capa pluvial, por su carácter de manto abierto, se le
empezó a sujetar por los dos extremos delanteros con un broche, que
pronto tuvo una importancia ornamental, en la forma de placa
amplia, ovalada o rectangular, de hasta 18 centímetros, que solía
hacerse de plata u oro, con incrustaciones de piedras preciosas; el
broche es llevado hoy en día solo por los obispos. La decoración de
la capa pluvial consistía básicamente en una especie de pectoral,
que protegía la parte superior y que al ser puesta la capa caía por
delante en forma de dos columnas verticales; en este
|aurifrisium los recamadores lucían todo su talento.
Insignias
Las insignias litúrgicas se pueden dividir en mayores (manípulo,
estola, palio y superhumeral) y menores (mitra, báculo, anillo,
cruz pectoral).
|Manípulo: es una insignia sagrada inspirada en el
pañuelo largo que las altas personalidades del Estado romano
portaban como objeto de etiqueta en la mano o sujeto al vestido.
Hasta finales del siglo VI fue de uso exclusivo del clero romano,
que lo llevaba en la mano izquierda, hacia los siglos XII y XIII
empezó a portarse en el antebrazo izquierdo. En el siglo XIII
comenzó a colocársele al obispo antes del
|Confiteor, como
un recuerdo de la antigua costumbre de llevarlo en la mano, pues se
le daba al obispo cuando ya vestido se disponía a subir al altar.
Por lo menos hasta el siglo XIII, el manípulo conserva la forma de
pañuelo, pero luego toma la forma de una faja delgada y larga, con
flecos en los extremos, adornado con recamados y bordados de oro;
desde el siglo XIV, el manípulo presenta su forma actual, una
pequeña tira de tela igual a la de la casulla, y que se sujeta al
brazo con cintas o cordones. El derecho a llevar manípulo se
reserva a quienes han recibido las órdenes mayores y solamente para
celebrar la misa.
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DALMATICA
Siglo XVI
España
105 x 142
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|Estola: es una insignia litúrgica común a diáconos,
sacerdotes y obispos y se llamó originalmente
|orarium,
destinado en Roma a personas distinguidas, quienes lo utilizaban
para limpiarse la cara o echárselo al cuello, como una bufanda. En
general es una banda de seda, cuyos extremos cuelgan por delante y
cambia de color según el calendario eclesiástico. Lo mismo que el
manípulo, se decoraba con frecuencia en los extremos con flecos,
borlas, campanillas e incluso con esmaltes, piedras preciosas y
bordados. En la disciplina actual, la estola debe usarse en la misa
y siempre que el sacerdote deba tener contacto directo con la
Eucaristía.
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CASULLA
Siglo XVII
España
Falla roja bordada en oro, plata y sedas de colores. Completamente
bordada al realce. El diseño rico en flores y rocallas, va
sombreado con hilos de plata. La cenefa es bordada en realce con
oro y plata.
97.5 x 74 cm
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|Palio: insignia papal y arzobispal, cuyo origen es una
de las mayores controversias litúrgicas, pues siendo una delgada
franja no puede explicarse su inspiración en el
|pallium,
un amplio manto sagrado, propio de los filósofos de la antigüedad.
Más parece una derivación de la estola, y es una insignia de honor
y jurisdicción, reservada al Papa y a los arzobispos. Generalmente,
su decoración es a base de cruces, usualmente de color rojo, en
recamado y con flecos. En la actualidad, el palio lleva en la
puntas pequeñas planchas de plomo, cubiertas de seda negra. Su
color es siempre blanco, y los broches son puramente decorativos.
El Papa puede usar el palio en la misa solemne, donde sea que la
celebre, como símbolo de su potestad pontifical sobre toda la
Iglesia. Como desde el siglo XII era costumbre dejar el palio sobre
el Sepulcro de San Pedro, se le considera como símbolo de la unidad
y la comunión perfecta con la Santa Sede.
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CAPA PLUVIAL
Siglo XIX
España (?)
288 x 147
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CAPA PLUVIAL
Siglo XVIII
España
Seda Negra, ricamente bordada y recamada en oro. De diseño floral,
resulta exuberante en dibujo y bordado. Gran variedad de flores
bordadas con hilos de diferentes torciones, laminitas de oro,
canutillos, lentejuelas, que con la variedad de puntadas en la
aplicación, logran un efecto grandioso. Cada figura es riveteada
con hilo de oro y sombreado sobre la seda, logrando mayor realce y
suntuosidad. El aurifrisium y las cenefas son igualmente bordadas.
El capillo está sostenido por lazos de cinta tejida en oro, y tiene
un gran fleco de oro que remata en una borla. Se cierra con broche
de plata dorada.
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|Humeral: es una insignia casi desaparecida hoy en día,
y es, mejor, un ornamento episcopal, bastante popular ya en el
siglo XI, en especial entre los obispos ingleses y nórdicos, y sus
funciones eran parecidas a las del palio. El humeral o racional es
una tela rectangular, tan ancha como los hombros, que caía sobre el
pecho y la espalda, en cuyos extremos se encontraban bandas con
flecos; una abertura redonda, por donde se introducía la cabeza,
permitía su adaptación a los hombros. Las telas eran decoradas
profusamente, con inscripciones simbólicas, y se colocaba
directamente sobre la casulla. Actualmente, el humeral sólo es
llevado por muy pocos obispos en Alemania, Polonia y Francia.
|Mitra: las más antiguas representaciones de esta
insignia la muestran en forma de gorro blanco cónico, terminado en
punta y, más tarde, achatado (siglo XI). La mitra es para los
obispos mientras que el Papa usa la tiara. A comienzos del siglo
XII, la mitra empieza a desarrollar dos prominencias laterales que
termina en la mitra actual de dos picos. En la Edad Media se
empleaban dos mitras, la simple o blanca (para los días de
penitencia), y la
|aurifrisiata, ricamente decorada con
recamado en oro, seda y piedras preciosas (para las demás
funciones). La mitra no participa del color litúrgico de los otros
ornamentos, ya que siempre es blanca, aun si en raras ocasiones se
utilizaron mitras de colores.
En cuanto a la tiara, esta no es una insignia estrictamente
litúrgica, pues sólo la usa el Papa en la ceremonia de la
coronación, o cuando va con solemnidad a San Pedro.
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ZAPATILLAS
España
Seda morada bordada en hilos de oro de diferentes torsiones
recamado con piedras verdes y granate. Forradas en badana.
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MITRA
Siglo XVII
España
Lino bordado en oro, plata y seda. Gran variedad de puntadas y
tipos de hilo: planos, retorcidos, gruesos y delgados aplicados en
relieves. El motivo central del disefio es una matera de la que
sale una planta de granado con hojas, flores y fruto, coronada por
un ave que sostiene una flor en el pico. Las ínfulas son igualmente
bordadas.
40 x 30 cm
Infulas: 36.5 x 6.5 cm
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|Báculo: la forma más antigua de báculo era la de un
asta de madera, rematada por una esfera o cruz, o terminada en un
pequeño travesaño horizontal de márfil o hueso. Es una insignia
propia del obispo, quien lo empuña en las funciones pontificales,
ordenaciones, procesiones y bendiciones solemnes. No lo emplea
durante oficios funerales. En el siglo XIII debutan los báculos
terminados en espiral, forma simbólica que significaba de la lucha
contra el mal. A finales de ese siglo, los báculos fueron
adornados, en su terminación, con nichos, estatuicas y pináculos de
extremada riqueza, y surge la costumbre de anudársele un
|sudarium, profusamente decorado. Las partes del báculo
(espiral, asta, punta inferior) adquirieron rápidamente
significaciones alegóricas, como ahuyentar la ira, incentivar el
ánimo y aumentar la tranquilidad y severidad.
|Anillo: el uso del anillo se introdujo para que los
obispos pudieran autenticar sus propios actos, y no por razones
simbólicas. Ya en el siglo IX, el anillo estaba generalizado entre
los obispos, mientras los abades lo empiezan a llevar en el siglo
XI, y sólo por privilegio de Roma. Los anillos pontificales eran
fabricados en oro, con adornos de piedras preciosas. El obispo
puede llevar el anillo en el anular derecho, aun durante la misa,
pero los prelados deben quitárselo para la consagración.
|Cruz pectoral: la fuente original de la cruz pectoral
puede hallarse en los
|encolpia, una clase de amuletos que
los primitivos Cristianos llevaban sobre el pecho. Como insignia
litúrgica del Papa, aparece mencionada por primera vez por
Inocencio III, aunque por esta época era de uso general entre los
obispos. Hoy en día, el obispo puede llevarla cuando y donde
quiera; los prelados inferiores sólo están autorizados a portarla
durante las funciones sagradas.
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FRONTAL DE ALTAR
Siglo XVIII
Colombia
Seda azul sobre alma de lino. Bordado en punto de llama con lanas
multicolores y algunas sedas para dar brillos. El fondo tapizado
con gran variedad de flores: claveles, azucenas, dalias, frutos de
granado, cornucopias y rocallas; al centro, en un marco de diseño
emblemático sostenido por una cinta, está la figura de Jesús
triunfante.
Según la tradición, el frontal fue bordado en el convento de La
Enseñanza. 87.5 x 250 cm
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