PROYECTO PENTÁGONO. Investigaciones sobre arte contemporáneo en Colombia.
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espacios entretejidos
arte, moda y vestido

JAVIER GIL Y MARÍA CALUDIA PARIAS

Haz también un velo de lino Torzal,
de púrpura violeta, púrpura escarlata
y carmesí, entretejido en tejido
plumario, figurando querubines.
El velo de separación en la morada 
Exodo 26:31 
 

Issey Miyake_ Pleats Please

Posmodernidad y moda  

Es frecuente analizar los fenómenos culturales desde dicotomías y prejuicios que impiden entender su dinámica e interacción. Tal es el caso de la moda. Si se la mira simplemente como un fenómeno de cambios sucesivos en el vestir, o como mera frivolidad, o como un reducto que no establece mutuas contaminaciones con otras esferas culturales, necesariamente nos vemos abocados a no comprender su complejidad. La moda es mirada con cierto recelo por las esferas intelectuales, ya sea por ser considerada superficial o por ser un dispositivo enajenador de las clases dominantes. 

Ha sido Lipovetsky quien en su Imperio de lo efímero nos ha permitido introducirnos en la moda, ya no como un hecho aislado sino como el fenómeno que explica la lógica socio-cultural a partir de la modernidad. La moda es una forma, una lógica que está en la médula misma de lo que ocurre en las sociedades contemporáneas. Su lógica opera independientemente de los contenidos y, si se impone, quiere decir que ya no es el tiempo pasado el que nos da sentido. Su lógica es tan dominante y extensiva a diversos planos de la realidad, que resulta inevitable detenerse a pensar en ella, sobre todo en lo relativo a sus intersecciones con la esfera del arte. Más allá de un placer estético, un accesorio, algo secundario, la moda es el eje articulador de la vida colectiva. La forma moda ha vuelto dominante el tiempo presente, el hedonismo del ahora. Sin embargo, conviene precisar que no se trata de la aniquilación del pasado, simplemente se aminora su poder regulador: el pasado es una oferta más, carece de fuerza unitiva y cohesionante en la colectividad. El único imperativo es el presente. 

La moda se encuentra totalmente ligada al espíritu moderno en lo tocante a la negación del poder tradicional, al afán de lo nuevo, la celebración del presente y la afirmación de las libertades individuales. Ya Mallarmé la consideraba la diosa de las apariencias. Su lógica es la de la inconstancia, la mutación, la seducción y lo efímero. En Baudelaire percibimos ese tono que resulta completamente sorprendente al interior del contexto del arte. El poeta francés reivindica lo transitorio, lo fugitivo y lo contingente como un hecho estético. Frente a la belleza eterna y absoluta celebra la belleza de lo fugaz, lo circunstancial y lo artificial. Para Baudelaire ser moderno equivale a vivir el presente con la certeza de su fugacidad. El Flaneur transita la ciudad, gozoso de lo ligero, variable y evanescente del mundo urbano, se inserta con pasión en el mundo aparente, ama lo que no se ve dos veces, celebra la velocidad y renuncia a la verdades esenciales y atemporales. Baudelaire consideraba lo artificial como algo intrínseco a lo humano. Se hace necesario trascender la naturaleza; por ello admira el maquillaje por dotar al ojo de una mayor profundidad, por señalar una “ventana abierta al infinito” así como el rojo añade a la mujer “la misteriosa pasión de la sacerdotisa”. (1)

Lo que está en juego en este cambio de óptica es crucial: es un traslado radical en la concepción del arte y por tanto un cambio de preguntas, problemas y métodos para abordarlo. De un arte esencialista, situado en ciertos objetos privilegiados, nos habilita a pensar en un arte que se disemina indiscriminadamente en cualquier objeto, tiempo o lugar. El arte acontece y nos asalta en cualquier situación, no está dado de antemano. Baudelaire nos introduce en una estética prosaica, que parece anunciar al pop, por su estrecha relación con objetos y sucesos de la cotidianidad.

Se va configurando una especie de inversión de la estructura platónica en la cual la superficie, la piel, era secundaria, algo a trascender para acceder a la esencia misma de lo real. Por el contrario, lo frívolo resucita y adquiere una dignidad desconocida. La seducción, lo artificial, más que algo negativo nos exalta y favorece nuestro encuentro con la realidad y la vida. La moda, entonces, se vincula al progreso de la subjetividad, de la autonomía. Según Lipovetsky:  

en la película revolucionaria de la historia moderna, empieza a ser verdad que la Moda es el peor de los escenarios, con excepción de todos los demás. (2)

Vestido de la exposición Art to wear_ Kuanju, Corea del Sur

Al no constituirse en un contenido en particular, un tipo de evento, sino al definirse como la lógica misma de lo social, se puede afirmar que la moda no tiene centro y se abre en todas las direcciones. Lo efímero, la seducción, la diversificación -tres principios abiertos por la Alta Costura- se funden en todo tras la caída de los referentes y discursos totalizadores. Es el devenir moda de nuestra cultura. La encontramos en el diseño, con sus frecuentes modificaciones a la estética del objeto para hacerlo seductor y movilizar el consumo. El diseño se aparta del pasado, de las memorias colectivas, para insertarse en un presente eternamente renovado. Pero, como sostiene Lipovetsky, no se trata de un fenómeno agotable y explicable por el deseo de una clase social por diferenciarse. Lo que está en juego es una satisfacción privada, cierto hedonismo narcisista, un anhelo de imágenes y de novedades. 

A través de las marcas, consumimos dinamismo, elegancia, potencia, esparcimiento, virilidad, feminidad, edad, refinamiento, seguridad, naturalidad y tantas otras imágenes que influyen en nuestra elección, que seria simplista hacerla recaer sobre el solo fenómeno de la posición social, precisamente cuando los gustos no cesan de individualizarse. (3)

El consumo de objetos apunta hacia la conquista de la autonomía individual pero sin lazos profundos y entregado a una constante fluctuación. 

El universo de la publicidad también se somete a la lógica de la seducción y a la celebración de la apariencia y el artificio. La publicidad genera y se nutre de un hombre ceñido a lo lúdico, al juego de imágenes y sensaciones. Es pariente de la moda. Ningún proyecto utópico ni de transformación las anima, su objetivo es el hombre en estado de puro presente. Otro tanto sucede con el marketing político, plenamente insertado en la frivolidad y la moda. Ni hablar de la industria cultural cada vez más regida por el cambio, lo efímero, lo seductor. Cultura “clip” cuyo paradigma cada vez más contagioso es el clip musical. En el clip sólo existe el impacto presente, el culto a lo superficial, sin aspiraciones profundas, solamente el impacto sensorial. La lógica de la star, de la estrella, se rige con los postulados de la moda. La mutación indefinida se siente en los cantantes por su decidida apuesta por las apariencias. Todos insertos en un culto intrascendente, definidos por su imagen sin trascendencia. Sin mensaje de salvación o sentido, sólo resta alojarse en el culto a la apariencia. El culto a la estrella no se vincula con ningún culto arcaico, es algo típicamente modernista, sin fondo, ideología o sentido profundo. 

El propio mundo del arte con sus permanentes “neo”, “reuival” y sucesión de novedades, no se distancia de la moda; por el contrario, se piensa desde ella. Los medios informativos tampoco son ajenos a esta formalización. Presentadores jóvenes y a la moda, invasión de imágenes, fugacidad, efectos visuales y decorativos, espectáculo. 

Sin embargo, sostiene Lipovetsky, esa pluralidad y rapidez de imágenes si bien es cierto que es superficial, no es menos cierto que contribuye a configurar una mirada más plural y menos dogmática. También individualiza las opiniones, diversifica las referencias, desborda los juicios normativos, facilita escapar a los estereotipos y las opciones únicas e idénticas. El individuo ciertamente está apenas informado, pero al menos no está tiranizado en alguna dirección, han señalado Vattimo y el propio Lipovetsky. 

Por otra parte, el ejercicio de la seducción no excluye de plano el empleo de la razón. No es una fatal correlación; sencillamente, la relación con lo real es más desapasionada y menos dogmática.  

Mientras que la ideología genera ortodoxia y escolástica, la moda viene acompañada de pequeñas variaciones individuales y de configuración fluctuante; mientras que la ideología es maniquea, separa a los buenos de los malos, escinde lo social y exacerba los conflictos, la moda supone pacificación y neutralización de los antagonismos. (4)  

Una vez más se argumentará que los vínculos con todo son demasiado periféricos, y ciertamente tal crítica no carece de razón. Pero también se puede argumentar que se es más libre si nos comparamos con etapas históricas en las cuales la norma religiosa e ideológica homogenizaba las conciencias y se eliminaba cualquier indicio de mirada individual. 

En el mundo de la moda el espíritu es menos firme pero más receptivo a la crítica, menos estable y profundo, pero más tolerante y abierto. Los compromisos se hacen frágiles y fugaces pero cada vez más despolitizados y desideologizados. Pasamos de miradas centrales y únicas a un universo de micro-diferencias individuales que respetan la singularidad de cada cual, así sean poco creativas u originales. Sólo una mirada superficial a la lógica-moda puede desconocerlo. 

Incluso el prestigioso universo del saber no escapa a las regulaciones de la moda. Una y otra tendencia se suceden, los discursos proliferan y se exhiben, lo cual no hace más que demostrar que la forma moda no significa necesariamente indiferencia absoluta. Las opiniones y los argumentos desfilan, aunque la lógica moda impide que se sedimenten en ideologías cerradas y categóricas. Las modas en el saber ayudan a cambiar de opinión según se cambia de momento y de edad. Y, sin embargo, las convicciones no dejan de existir, simplemente se asumen más flexiblemente y no son impositivas. La moda ha diluido los imperativos ideológicos, ha desacralizado todo para abrirnos a un perpetuo movimiento. 

El sistema final de la moda estimula el culto de la salvación individual y de la vida inmediata, sacraliza el bienestar privado de las personas y el pragmatismo de las actitudes, resquebraja las solidaridades y conciencias de clase en beneficio de reivindicaciones y preocupaciones explícitamente individualistas. (5)  

Lo anterior se intensifica en el mundo posmoderno. Al fin y al cabo, en la época contemporánea asistimos al desfondamiento de todo discurso con pretensión de verdad total y absoluta. La posmodernidad no cree en trasfondos, por ello se constituye en una reafirmación de la apariencia. Se caracteriza por lo no enfático, lo no profundo, por la tendencia a establecer enlaces en la superficie de las cosas, por la disolución de los puntos centrales para abrirse a una multiplicidad de referentes y, por tanto, a un interjuego de tiempos y espacios que rompen cualquier intento de lógica unitaria y coherente. 

Las obras posmodernas se abren a diversos trayectos en una especie de fuga sin fin del orden y la cohesión. Cada obra es una especie de línea que viaja en el tiempo y espacio recogiendo sin mayor discriminación fragmentos, trozos y destrozos de las distintas huellas del pasado. Podemos hablar de un arte errático en cuanto a que postula la errancia y el nomadismo. Semejante estrategia fractura las típicas dicotomías que jerarquizaban la modernidad: propio-extraño, culto-popular, tradición-innovación. Todo ello apunta a configurar una lógica estética de corte fluídico, con permanentes desterritorializaciones y mezclas formales y estilísticas. 

Yasumasa Marimura para Issey Miyake_ a partir de obra de 
Jean-Auguste Dominique Ingres (1856) Colección Pleats Please

El universo posmoderno dista de ser profundo, rescata lo superficial y no apunta a un gran espesor semántico. Por el contrario, se puede hablar de un gran vacío semántico. El arte contemporáneo no se encuentra muy seducido por el sentido y la profundidad, se inclina por lo epidérmico, no intenta acceder a grandes verdades o fundamentos, tiende a las puras sensaciones, a simulacros, al mero signo de las cosas pero despojado de cualquier carga de sentido. No hay ideales fuertes, se trata de una “era del vacío”, como lo postulara Lipovetsky. Se han derrumbado aquellos relatos que cohesionaban los valores e ideas en ejes centrales fuertes o en grandes utopías con proyectos emancipadores. El modelo histórico lineal, apuntando a un futuro generador de grandes posibilidades y liberaciones, se desmantela y pierde credibilidad. En la actualidad se tiende a pequeños relatos, a salvaciones moleculares, fragmentarias y parciales.

 

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(1) Charles Baudelaire, El pintor de la vida moderna, Bogotá, El Ancora Editores, 1995. (Regresar a 1)

(2) Gilles Lipovetsky, El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas, Barcelona, Anagrama, 1990.  (Regresar a 2)

(3) Ibid., pág. 198.   (Regresar a 3)

(4) Ibid., pág. 272.   (Regresar a 4)

(5) lbid., pág. 279.  (Regresar a 5)