|
MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
©
Derechos reservados de Autor
(continuar
capítulo La Antiacademia...)
La
“Bogotá de gran gusto” se inclinaba, pues, ante la obra relamida de
los “cien mil brochazos” de artistas del estilo de Velásquez, hoy un
desconocido, y no ante la difícil técnica de Páramo, cuyos paisajes
apenas excedían el tamaño de una tarjeta postal. Un área tan reducida
—que a más de un crítico hizo exclamar que Páramo era un Meissonier
criollo— exigía economía y síntesis, pero también una precisión técnica
que impedía cualquier clase de desacierto al construir, con unas pocas
pinceladas la fachada de la casa tras los árboles o el muro blanco de la,
hacienda sabanera. La lamentación de “es lástima que [Páramo] no
produzca obras de más aliento, pues en muchos de sus estudios hay trozos
excelentes”
(17)
, escondía una mentalidad timorata y enemiga de
aventuras. Para tales individuos, miembros del “Bogotá de gran
gusto”, el arte no debía proponerse nuevas metas y Colombia mucho
menos. El país, por tanto, debía seguir siendo el enorme latifundio de
unas cuantas familias privilegiadas, el idílico país de los cafetales,
las vacas y los semisiervos sometidos por los temores del infierno que
aseguraban los curas en sus sermones de domingo. A falta del asidero
social que no consiguieron en la medida en que sus propuestas estéticas
eran progresistas, Páramo se vio precisado a refugiarse en el intimismo,
y, en menor medida, Zamora; Zerda en cambio, sucumbió a las propuestas de
la clase dominante y se entregué a una pintura fácil de estampas
folclorizantes.
La
falta de asidero, manifestada a todo lo largo de la década del 10, tomó
escasa la producción del período tanto cualitativa como
cuantitativamente, aunque a él
corresponda
una pintura tan importante como Horizontes (1915) de Francisco A. Cano. La
burguesía que habla alentado el academicismo, desconcertada por las políticas
que imponía la marcha del desarrollo económico, no entendía y no
patrocinaba el arte en general, afectado como estaba ese arte por las
inquietudes que Santamaría alentara entre sus discípulos. Su entusiasmo
por los pintores no volvió a. manifestarse sino cuando nuevamente ganó influencia sobre ellos y pudo dirigirlos en temas y conceptos, cosa que
ocurrió en la década del 20 a través del Circulo de Bellas Artes. Entre
tanto, los artistas chapalearon en el vacío, situación que testimonió
el crítico y pintor Rafael Tavera: “En la Atenas Suramericana el arte
plástico no ha entrado a formar parte de la vida oficial ni social de la
comunidad; existe únicamente como manifestación individual aislada.
[...] el artista entre nosotros es considerado casi como un artesano y el
intelectual llega pronto a doctor y al éxito. Por estas razones
consideramos hoy como fracasadas las bellas artes en la República”
(18)
. Efectivamente, para una clase dominante de tintes aristocráticos,
la manualidad del pintor, el escultor o el grabador convertía esos
oficios en actividades despreciables, mientras los poetas, y en general
los intelectuales, pensadores puros en el sentido más estrecho del término,
gozaban de favoritismo porque las relaciones de amistad con ellos les
conferían prestigio a los burgueses cultos. A esto se refirió Tavera al
decir: “El conceder todo poder a la idea pura, nos ha dado por costumbre
ignorar las condiciones geográficas y de raza del país; vivimos una vida
falsa a través de los libros, en vez de sentirla directamente. Tal cual
ella es. Nos falta tener presente la lógica de nuestros sentimientos
[...]. El saber nos viene de fuera en una forma completamente definitiva.
En libros y revistas nos llega el movimiento intelectual y nosotros lo
tomamos tal cual lo vemos en sí. sin pensar en el medio ni relatividad
alguna, e, ipso facto, lo aplicamos a nuestra vida, cual si fuese un
vestido hecho a la medida”
(19)
. Aunque carente de una base científica
firme para explicarse el porqué de ese fenómeno, Tavera formulaba un
alegato en contra
de
la penetración cultural: “No poseemos el sentido nacional
porque nuestras ideas están formadas con elementos exóticos; no hemos
experimentado la influencia de la nación por falta de lógica efectiva”
(20)
. Y como su alegato era en pro de las artes plásticas, recomendó:
“Necesitamos, pues, educación sensorial a la par de la intelectual"
(21). Para Tavera, que experimentaba en carne propia el abandono que no
conoció un Garay, los artistas colombianos vivían en el desamparo y sin
modos de subsistir por la sola práctica del oficio.
La
década del 10 consumió a un buen número de artistas prometedores, a los
cuales obligó a buscar el sustento en otras actividades o los forzó a
emigrar, casos de Santamaría y Marcos Toben Mejía, a la búsqueda del
medio propicio que les permitiera desarrollar sus artes. La carencia del
verdadero impacto histórico que debió producir la gestión de Santamaría
en la escuela, es atribuible en buena medida a esas condiciones. El
abandono de que hablaba Tavera golpeó a la escuela y la redujo a su mínima
expresión, hecho lamentable que explica por qué Acevedo Bernal, sucesor
de Santamaría hasta 1918, “resentido con el vacío que hallaba en los círculos
oficiales, desempeñó la rectoría con cierta elegante desidia”
(21)
.
Las
publicaciones ilustradas de 1910 y 1911 nos revelan la existencia de un número
de artistas gráficos que todavía estudiaban o estaban recién egresados,
en quienes es apreciable la maestría que habían alcanzado en la xilografía.
De ellos no existen más noticias que sus obras, suficientes para precisar
la importancia del núcleo que pudieron integrar. Esos artistas gráficos
fueron José Barrero V.,
(22)
Manuel José Luque, Manuel Quiñones, O. J.
Corchuelo, C. Moyano y el caricaturista Nariño, discípulos todos de
Pedro A. Quijano, el grabador más destacado después de los del grupo que
aglutinó Alberto Urdaneta en su periódico. De ellos, los más
sobresalientes fueron Luque, quien ganó el segundo premio en 1910,
Corchuelo y Nariño. La significación que debemos asignarles parte del
hecho de haberse alejado del academicismo de los xilógrafos formados en
El Papel Periódico ilustrado, para entregarse a una plástica mucho más
libre y audaz en la valoración y disposición de los tradicionales velos.
Al trabajar esos velos apartándose de las direcciones que el modelado
exigía, sus composiciones se tornaron calurosas y dinámicas, en
contraste con las frías y estáticas de El Papel Periódico ilustrado.
Nariño, colaborador de vanas publicaciones de corta vida, fue un
caricaturista y grabador popular dentro de esa línea imaginativa y
fantasiosa del mexicano José Guadalupe Posada. A su lado, Alfredo Greñas
era culto aunque no menos popular. Nariño, medianamente dotado de técnica
en comparación con Greñas, fue más libre en cuanto no practicó la
xilografía de estrías paralelas rigurosas
—o
velos— sino el corte informal, el detalle abocetado y a veces sinuoso
que resultaba más expresivo
(23)
.
En
el caso de los artistas gráficos contribuyó a su desaparición, y de una
manera radical, la industrialización, con la consiguiente incorporación
a las imprentas de los procesos fotomecánicos de reproducción. Los xilógrafos,
cuando en Colombia no se concebían las artes gráficas como un medio
expresivo autónomo de la publicación impresa, simplemente quedaron
cesantes y sin empleador a quien dirigirse. Factor que atenúa la
incidencia del vacío que mencionáramos antes. Pero no fue éste el caso
de los escultores, prácticamente desaparecidos en el curso de la segunda
década. En 1938, según un completo inventario realizado de los
monumentos existentes en Bogotá, Francisco A. Cano había ejecutado 9,
Silvano Cuéllar 5, Eugenio Zerda 3, Luis Alberto Acuña 3, Gustavo Ardila
Uribe 2, Dionisio Cortés 2 y Ramón Barba 1, mientras el español Rodríguez
del Villar había realizado 8 y el francés R. Verlet 6, junto a una buena
cantidad de otros extranjeros que gozaron los
favores
oficiales
(24)
. Si pensamos que Roberto Páramo participó en la exposición
de 1886 con cuatro estudios escultóricos
(25)
y que sus paisajes
empastados son de una clara tendencia a plasmar los accidentes como masas,
consecuencia de su frustrada vocación escultórica; si pensamos que a su
lado otros artistas que hoy conocemos como pintores también se adentraron
en la escultura, casos de Zerda, Moreno Otero y González Camargo
(26)
y consideramos la buena formación académica que consiguió Juan
José Rosas, discípulo de Santamaría, no hay duda que grabadores y
escultores se extraviaron en la crisis de una sociedad que estaba
fracasando o ya había fracasado en la Unión Republicana (1910-1914) y no
podía detenerse en cosas tan accesorias como las del arte.
SEGUIR
AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
17
R. M. O., ob. cit.
(regresar
17)
18
RAFAEL TAVERA, Reflexiones sobre el arte - El Intelectualismo y la evolución
estética en Colombia”, en Cultura,
núms. 25/28, Bogotá, enero-febrero de 1915, pág. 102.
(regresar
18)
19
RAFAEL TAVERA, Ob. cit., pág. 104.
(regresar
19)
20
RAFAEL TAVERA, ob. cit., pág. 105.
(regresar
20)
21
RAFAEL TAVERA, ob. cit, pág. 107.
(regresar
21)
22 DANIEL SAMPER ORTEGA, ob. cit., pág. 122.
(regresar
22)
23
Nariño publicó caricaturas en El
Clarín, Bogotá, abril de 1910; Gil
Blas, Bogotá, julio de 1910; y El
Bogotano, Bogotá, enero y febrero de 1911. Luque publicó en Artes
y Ciencias, 1910. Corchuelo
en El Artista, octubre de 1911.
Barrero en Artes y Ciencias, agosto de 1910. Quiñones en El Cinematógrafo, diciembre de 1908. Moyano en Colombia Artística, mayo de 1909. La relación no es de ningún
modo completa y es de Intuir que las revistas gráficas y semanarios humorísticos
de la época contengan muchísimas más muestras de esta actividad gráfica
que ha escapado del conocimiento de los historiadores.
(regresar
23)
24
Cfr. Roberto Cortázar, Monumentos, estatuas, bustos, medallones y placas conmemorativas existentes en Bogotá en 1938.
(regresar
24)
25
Los cuatro fueron Identificados con el número 1119 en la Guía
de la Primera Exposición Anual, Editor E. Zalamea, Bogotá, 1886.
(regresar25)
26
Cfr. L. E. Antolínez, ob. cit.
(regresar
26)
|