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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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LA
ANTIACADEMIA FRUSTRADA
A
raíz de la inquietud con que Santamaría agité el medio artístico
nacional, algo nuevo comenzó a flotar en el ambiente y fueron los
artistas más receptivos y algunos estudiantes quienes con rapidez, pero
también tímidamente, ensayaron la asimilación de algunos elementos de
la nueva estética. La presencia de Santamaría era rotunda y difícil de
ignorar, aunque Albar pretendiera esto último en sus notas de 1904 y sus
enemigos lo fustigaran en 1909 y 1910. En favor de Santamaría estaba el
hecho de poseer una formación académica conseguida íntegramente en
Europa, a lo que socialmente se agregaba ser un miembro de la más rancia
burguesía bogotana. Además, como director de la escuela su posición era
favorable para influir con su arte. Rafael Duque Uribe, dos décadas después
de cumplido el periplo colombiano de Santamaría, elogió al maestro,
recordando que vino “a producir un choque en el alma de los pintores
nacionales, a sacudir ese arte que yacía a la orilla del camino como
pesado lingote de plomo imposible de remover. Con él se inició un
movimiento hacia la perfección de la técnica y se rasgó una camisa de
fuerza que sujetaba la mano y hasta el pensamiento del pintor como entre rígidas
rejas de hierro, y fue la cuadrícula recurso de que abusaron los maestros
anteriores”
(1)
. Refiriéndose a las repercusiones de la debatida
muestra de 1904, Duque Uribe agregó: “Del estudio de esos cuadros que
aparecieron en aquella exposición admirable del año de 1904, sacó la
juventud de entonces gran provecho. Testimonio de esto es el Retrato del
maestro Uribe Holguín, pintado por Eugenio Zerda”.
Sin
que la siguiente precisión le reste importancia a Santamaría, sino, por
el contrario, la acreciente, la actitud progresista que combatía el
anquilosamiento en
nuestra
plástica dejó oír sus palpitaciones antes de la
exposición
de 1904, en contra de la aseveración de Duque
Uribe,
lo cual se originé en la ininterrumpida presencia
del
maestro en Colombia desde 1893. Santamaría no fue dado al exhibicionismo
y, hasta donde la investigación lo revela, nunca le escribió una carta a
una
publicación ni hizo registrar sus movimientos en gacetillas, a
diferencia de Garay. Y la razón es muy simple: aristócrata
acomodado,
no tenía una clientela que asegurar publicitándose. De allí que su
presencia en Bogotá trascurriera silenciosamente y enviara a los salones,
sin pelear, por jurados que le aseguraran un reconocimiento. Por su posición
social, Santamaría estaba en capacidad de hacer eso y mucho más. Si no
lo Intentó, fue porque su obra se salía de los cánones acatados en su
tiempo, y cualquier componenda era un imposible en cuanto hubiera sido el
intento de forzar el reconocimiento oficial de una estética que rechazaba
el medio. Pero en la intimidad de su taller debía explicar en qué
consistía esa estética. La carta de 1899, que dio a conocer su currículum,
seguramente animé a los pintores jóvenes más inquietos a acercarse al
maestro y escucharlo.
Entendemos
entonces por qué irnos meses antes de la apertura de la exposición de
1904, en una nota que podemos atribuirle a Rubén J. Mosquera, por ser el
director de la publicación, se afirmó de Muerte del día y Los viejos
cerezos, de Jesús María Zamora, que en ellos la “luz crepuscular
tratada con franqueza y con tonos acertados, es la nota saliente, por las
dificultades vencidas, sin que la pampa, rebosante de serenidad y
grandeza, deje de acusar maestría en la concepción y espíritu altamente
impresionista”
(2)
. Zamora era autodidacta y había pintado su primer
cuadro, La tempestad en el Llano en 1897. Entonces Zamora estaba lejos de
preocupaciones lumínicas y su interés se dirigió a captar el movimiento
turbulento de unas palmeras estremecidas por el viento. Más tarde, al
interesarse en las tintas con que el cielo se tiñe al alba y al crepúsculo,
la temática de Zamora presentó una calidad nueva para sus con
temporáneos
con una paleta clara y luminosa. Zamora no era ni estuvo nunca cerca del
impresionismo, pero no podemos olvidar que toda consideración de la luz
en un cuadro era tomada por tal. El precario conocimiento de la pintura
impresionista francesa, reducida en América Latina a las láminas de que
había hablado Max Grillo y a las relaciones de los viajeros, condujo a
muchas equivocaciones por parte de los entendidos, incluyendo al propio
Baldomero Sanín Cano, quien hasta entonces no había salido del país.
Impresionismo,
como discretamente lo definió Jorhc, debía ser todo aquello que se
opusiera al “fácil recurso de los fondos oscuros de los académicos”
(3)
. Zamora cumplia ese requisito, y por ello se le calificó erróneamente
como un impresionista. Fue en esta tendencia donde lo ubicó Albar, el más
reticente al impresionismo, de todos los críticos de la época, quien no
tuvo empacho en verle a Zamora “las diáfanas atmósferas de vibraciones
luminosas que sorprende el impresionismo”
(4)
. Luego de hallar la técnica
de sus amaneceres y atardeceres, Zamora corrió el máximo riesgo de
definir las luces que le interesaban en locaciones tan diferentes como son
los Llanos Orientales y la Sabana de Bogotá, convirtiéndose en un pintor
invariable. El fracaso de Zamora fue no haber rebasado una fórmula que lo
volvió pinturero; mas de ningún modo es posible negarle que ejecutó
algunos cuadros espléndidos, verdaderas pinturas en las que sobrepasó el
débil lirismo de sus arreboles al captar sutiles variaciones de luz en
atmósferas diáfanas sin el recurso de los juegos de nubes teñidas de
naranja o rosado. Pero como en tales obras no se aventuraba en propuestas
nuevas y todas ellas acataban el insulso nacionalismo del momento, Zamora
nunca tuvo problemas de crítica, ya que para los más audaces era un
impresionista y para los conservaduristas sus telas no presentaban
tratamientos molestos. Zamora se salvaba, Y para unos y otros se salvó
inclusive en sus intentos de cuadro histórico, cuando pintó para el
Centenario el avance de las tropas libertadoras por los Llanos de
Casanare. Esta pintura, titulada 1819, es una de sus tantas alboradas,
pero con
figuras
a caballo en el medio plano entre ellas la de Bolívar señalando el
camino que los patriotas tenían por delante. El mérito de este Bolívar
estriba en presentarse absolutamente humano y con indumentaria de fatiga,
sin los galones dorados de las versiones oficializadas. Pero no es una
gran obra. Sin embargo, en 1910, uno de los críticos quedó
“extasiado” y con “los ojos clavados” en esta “bella escena”
(5)
, mientras otro consideró que la “coloración es justa; la
originalidad del episodio le imprime carácter a la composición, y el
conjunto es sublime”
(
6)
.
La
incapacidad de Zamora para salirse de su fórmula y alcanzar un lenguaje
verdadero que le permitiera resolver problemas distintos de los que le
planteaba un atardecer, es patente en este comentario a otra de sus obras
exhibidas en 1910: “En cuanto al retrato de dama que exhibe, sólo puede
decirse que tiene el colorido bueno de la antigua escuela y el dibujo bien
apreciado”
(7)
. Se puede precisar entonces una nítida contradicción en
Zamora y se puede precisar igualmente que sin ser un academicista ortodoxo
en sus paisajes, por sus obsesiones lumínicas, ajenas a la “antigua
escuela”, su verismo contenía elemento de ella. Semejante ambigüedad
iba a ser común a otros pintores, entre ellos Eugenio Zerda; de allí que
por la vía menos complicada se les haya situado como unos continuadores
de Mendoza y Garay.
La
renovación de conceptos que con tanto optimismo saludaron los críticos
de 1904, fue testimoniada nuevamente a raíz de la muestra de 1906, a la
que se refirió parcamente una revista bogotana, afirmando que en ella
“se pueden apreciar los adelantos de la escuela moderna”
(8)
. Esta
incipiente señal de novedad, mencionada por Duque Uribe de una manera
concreta. al referirse al retrato del compositor Uribe Holguín realizado
por Zerda, la encontramos igualmente en el Retrato de Julia Z. de Prado
pintado por el mismo Zerda, del cual un pe
riodista
hizo la siguiente reseña: “Hemos visto abierto de pronto el campo del
verdadero y sutil modernismo, ese que rechaza los recortes a cincel en el
esbozo y sólo destaca las figuras con una imprecisión de líneas que
suavizan el resalte de la pintura, sin la dureza y minuciosa precisión
que se nos antojan ahora, después de medio barruntar el modernismo como
los duros bordes que deja la ruptura de un vidrio. La. nueva escuela que
cultiva hoy el Sr. Zerda es loable, pues si bien se aparta de la antigua
clásica y casi monótona, no por eso es menos hermosa que aquella”
(9)
.
La
influencia de Santamaría en Zerda la vemos del modo más evidente en su
pintura Primera comunión (1908), en la que es fácil descubrir puntos de
contacto con El arreglo del bebé: colocación de las figuras a contraluz
cerca de una puerta, pincelada aireada y tratamiento abocetado de los
detalles del fondo. En lo que se refiere a esto último, es importante
analizar cómo la arboleda del jardín fue un ensayo absolutamente libre
en la disolución del accidente local por la luz, ejecución que se salía
del concepto relamido del paisaje que introdujo Luis de Llanos y
practicaron Borrero Alvarez y Moros Urbina. Si pensarnos en la, robustez
del paisaje que a Garay le sirvió de fondo en La mujer del Levita,
tendremos que reconocer que en Zerda se había producido un decidido
viraje antiacademicista. Ese nuevo aspecto de Zerda fue el que llevó a
Moreno Otero, su compañero en la escuela, a escribir: “Los que hemos
tenido la fortuna de estudiar el modelo, dirigidos por el insigne maestro
Santamaría, observamos que sus sabias indicaciones tienen la eficacia en
los discípulos que como Zerda. hacen uso de su talento, cuidadosamente
cultivado, para aprovecharlas. Porque si bien es verdad que en su cuadro
expuesto siendo ya discípulo de D. Andrés pecó de exagerado en el
color, también lo es que no pasaron desapercibidos [sic] sus condiciones
de dibujante correcto, y con exageración o no, aquello fue como una
emancipación del estrecho circulo en que se aprisionaba la pintura, una
protesta contra las durezas bituminosas implantadas hasta entonces,
opresoras de la enseñanza artística [
...]. Zerda posee un dibujo firme, analiza concienzudamente el color
y modela muy bien, condicio
nes
que lo hacen comprensible y que lo llevan a un arte serio, a un arte sin
reservas ni convencionalismos”
(10)
.
La
conciencia artística del momento, plasmada en el rechazo a la pintura
bituminosa de una paleta “cálida”
por
el “reinado del negro dominante en el tono general” de que había
hablado Cano, se extraviaba ante la exigencia de un dibujo firme y un buen
modelado. Fue esta falta de coherencia en el programa, ese sujetarse a dos
reglas fundamentales de la Academia —dibujo y modelado— por ausencia
de una teorización correcta y clara en sus cometidos, lo que finalmente
tradujo aquellos anhelos de “emancipación del estrecho círculo en que
se aprisionaba la pintura” en obras indecisas, a medio camino entre los
férreos conceptos de Garay y los conceptos más libres que personalmente
practicó Santamaría. Subrayo
“personalmente”
porque Santamaría, si bien sacudió el ambiente con las obras que había
expuesto hasta entonces, en la docencia se limitó a seguir algunas de
las pautas heredadas. Es así como encontramos que en salón de fin de año
de los estudiantes, en 1906, se le concedieron los premios de pintura a
Miguel Díaz Vargas, Coriolano Leudo y Domingo Moreno Otero, asignados y
le a este último el del mejor dibujo entre las pinturas presentadas
(11)
.
Premiar la corrección del dibujo en la pintura era un criterio
absolutamente academicista. Tal parece que Santamaría no hacía prosélitos
en los talleres que dirigía y que el desenfado de su estética se volvió
apenas una moda entre aquellos jóvenes que admiraban la obra de su
maestro, una vez se alejaban de las aulas de la escuela. Posible prueba de
ello es la nunca mencionada actividad de Santamaría como profesor de
escultura junto a Silvano Cuéllar y Dionisio Cortés, la cual no sacó a
la escultura nacional del academicismo. Ahí está, en una revista de la
época, el elogiado desnudo modelado en greda de un discípulo aventajado
de Santamaría, que demuestra claramente cómo en la escuela se seguían
viejos lineamientos
(12)
. Naturalmente, con muy
buenas
razones se podrían defender ese énfasis en el dibujo y ese modelado
academicista como principios formativos básicos, sobre todo cuando la
experiencia actual de talleres libres en las escuelas colombianas ha
conducido a la incompetencia de egresados que no saben dibujar, ni
modelar, ni trabajar con colores limpios —o sucios— si así lo
prefieren. Pero, en todo caso, la ausencia de una buena orientación
conceptual a principios del siglo mantuvo el gusto por lo tradicional,
gusto adquirido en la escuela a partir de las obras premiadas en sus
salones, gusto que terminó perneando a la casi totalidad del arte
colombiano realizado en las tres primeras décadas del siglo. El contorno
esfumado y la preferencia por una paleta que ligeramente se apartaba de
los colores del modelo natural, fueron las modalidades que dejó la labor
docente de Andrés Santamaría.
Los
parámetros que se le trazaron al trabajo pictórico podemos encontrarlos
en el propio Zerda, quien presentó en la Exposición del Centenario su
cuadro El baño de una ingenuidad sentimental en su temática dulzona: los
retozos de una madre y su bebé. Su tratamiento era, plásticamente, ese
medio camino entre lo viejo y lo nuevo de que hemos hablado antes. Dibujo
firme y modelado correcto son dos consideraciones que pesan en el cuadro;
rechazo al color bituminoso es la otra consideración que descubrimos de
inmediato. Pero el color no era luminoso de ningún modo. Zerda tomaba del
período opaco de Santamaríaa esos velos que matizaban el color,
empleando una grisalla que monótonamente lo cubría todo para restarle
impacto a las combinaciones cromáticas que no son difíciles distinguir
bajo las veladuras. Y lo seguían igualmente, como en el caso de Primera
comunión, en la instantaneidad del motivo. Pero con todo y haber ganado
con El baño el primer premio en la Exposición del Centenario, gracias a,
la presencia de Duque Uribe en el jurado, Zerda no fue mencionado sino en
una sola de las reseñas publicadas en la prensa. En ella se decía: “El
color, en general, es bueno aunque afectado todavía de amaneramiento,
menos exagerado que en épocas anteriores; la perspectiva es
satisfactoria, aunque hay una vaguedad exagerada en los objetos de segundo
término [...].En cuanto a los paisajes, dejan mucho qué desear para
ciertos saboreadores del arte; los tonos son tan violentos y exagerados,
que el paisaje resulta sin luz, las lontananzas poco sensibles y los
celajes peregrinos por
lo
extraños”
(13)
. De donde se deduce que, a pesar de sus elementos
tradicionales, en Zerda palpitaban tratamientos que a los ojos de sus
contemporáneos eran absolutamente novedosos. El medio social, sin lugar a
dudas, era tremendamente cauteloso en la asimilación de ciertos aportes y
los rechazaba con los términos “tonos violentos”, “vaguedad
exagerada”, “color afectado” y “celajes peregrinos”. Sometidos a
tales presiones, los artistas más atrevidos tuvieron que buscar pronto el
punto de equilibrio entre sus intentos de renovación y el lenguaje
conservador que nuestra sociedad había asimilado. Así fue como quedaron
acomodados en un punto muerto, ignorando con una sensibilidad inconmovible
todo lo que estuviera aconteciendo en el mundo del arte. La audacia
inicial de Zerda quedó mediatizada por la poca receptividad, a pesar de
los entusiasmos de unos contados entendidos. A propósito, precisamente de
la hostilidad de los censores contra la nueva pintura, Eugenio Zerda dejó
un testimonio directo y muy significativo. En entrevista de 1923,
preguntado por el periodista si había sido discípulo de Santamaría,
Zerda respondió: “Sí. En la iniciación de mi obra seguí sus huellas.
Pero me desalentó la crítica implacable que se hizo aquí a la innovación
colorística que él introdujo”
(14)
. La reacción de la aristocracia
bogotana de terratenientes y comerciantes, en contra del antiacademicismo,
resulta clara de este modo.
El
recurso de diluir las masas y evitar aquello que Sanín Cano llamó “las
inferioridades del detalle innecesario y repugnante”, fue la lección
que aprendió Roberto Páramo, el más firme y perdurable de nuestros
paisajistas, el menos sentimental y pinturero de los artistas activos
desde antes del advenimiento del siglo. Páramo participó como estudiante
en la gran exposición de 1886, y aunque participó en todos los salones
colectivos importantes realizados a partir de ese año nunca fue destacado
por los críticos. Mucho menos al iniciar su etapa de paisajes abocetados
en los que la. materia, aunque no muy gruesa poseía lá densidad
suficiente para definir los planos no sólo por su color sino por el valor
del empaste. De allí que un comentarista, al considerar la participación
de Páramo en la exposición de 1911, escribiera
(tras
declararse impedido de juzgar a Zerda) lo siguiente: “Tampoco podemos
juzgar al señor Páramo [Roberto] por los apuntes ligeros que exhibe
puesto que aunque es cierto para muestra un botón creemos que debe ser
completo y no la octava parte, digamos, del botón. Lo mismo pasa con
algunos otros autores de apuntes fugaces que hay por allí; no los
juzgamos, porque tememos desacertar, tanto más cuanto que nosotros
creemos que la belleza de un apunte tiene tanto de ancho como de largo:
puede ser casualidad de un solo brochazo, mientras que en un cuadro bello
de estudio y composición no pueden ser casualidad los cien mli brochazos
admirables que hay que dar. Pero conste que hay unos apuntes del señor Páramo,
bonitos, según dicen los que saben de apuntes”
(15)
.
El
autor de la nota, Samuel Velásquez, no era un improvisado sino un artista
bituminoso que, al escribir su reseña, rindió sus criterios ante lo que
decían los entendidos. Por lo mismo, nos da una medida bastante precisa
del atraso y poca receptividad del medio social. Poca receptividad que
patentiza de un modo paradigmático el varias veces citado Joaquín
Tiberio Gálviz, a quien la obra de Velásquez le inspiró las siguientes
consideraciones. “Una de las columnas del centro ostenta en uno de sus
lados varios retratos trabajados a lápiz, pertenecientes al hábil
artista D. Samuel Velásquez. Estos cuadros no cantan, como los demás de
la Exposición, la música de los colores. Son sencillamente retratos de
señoritas, figuras que entonan, con suavidades que deleitan, la
voluptuosa sensación de la vida, las morbideces de la carne y las
intimidades del espíritu. No sé por qué esté cayendo en desuso esta
escuela que sabe darle corrección al dibujo, blandura al modelado y buen
gusto a los fondos; pero es lo cierto que ya nuestros artistas no se
preocupan por ese género de pintura, de pulimento y corrección, sino por
aquel que traza con el carbón burdas líneas y ásperas sombras creadoras
de efecto solamente cuando se miran a cierta distancia o después de un
largo rato: ante las pinturas o dibujos de este último género no siente
el observador la tristeza latente o la alegría profunda que Infunden,
inmediatamente que se los contempla, los dibujos del Sr. Velásquez. Y no
son estas mis impresiones
de
arte únicamente sentidas por el que esto escribe: veo que todo Bogotá,
Bogotá de gran gusto, ese que sabe apreciar el buen tono de las cosas y
sabe imponer lo excelente y condenar lo malo dentro de la sociedad, pasa
al frente de estos cuadros y se detiene sorprendido por las dulces
emociones que ellos saben despertar en el ánimo de quien los admira, y
observo la satisfacción de los semblantes y escucho desgranar de mil
labios las flores del aplauso sobre la frente de su autor”
(16)
.
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AL INDICE
1
Rafael Duque Uribe, ob. cit., págs.
77/78.
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1)
2
“Arte”, en La Fusión, núm.
12, enero 28 de 1904. (regresar 2)
3
Joanc,
ob. cit.
(regresar
3)
4
ALBAR,
en
“Los artistas y los Paisajistas de la exposición”, en Los
Hechos, num. 535, Bogotá, junio 1 de 1904.
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4)
5
FRANCISCO DE
PAULA BARRERA, “Cuáles son los tres mejores cuadros
de
la exposición”, en La Unidad, serie
IV, núm. 36, agosto 17 de 1910.
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5)
6
JÓAQUÍN
TIBERIO GALVIS, ob. cit.
(regresar
6)
7
R. M. O.,
“De la exposición - Bellas Artes - Pintura”, en
La unidad
, vol. IV, núm.
36, agosto 17 de 1910.
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7)
8
“Exposición de pintura”, en El Artista,
núm. 27, agosto 6 de 1906.
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8)
9 “Un retrato”, en El Artista, núm. 38, diciembre 15 de 1906.
(regresar
9)
10
Domoro [DOMINGO MORENO OTERO]. “Eugenio A. Zerda”, en Colombia
Ilustrada, núm. 6, noviembre de 1908.
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10)
11
Cfr. “Academia de Bellas Artes”, en Bogotá
Ilustrado, num. 3, Bogotá, enero de 150,7, págs. 34 y ss.
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11)
12
Cfr. “Befas Artes”, en La
Ilustración, núm. 4, Bogotá, noviembre de 1908, págs. 50-51. El
desnudo fue ejecutado por Juan José Rosas, segundo premio de escultura
junto a Dionisio Cortés en la Exposición del Centenario.
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12)
13
R. M., ob. cit.
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13)
14
PACO MIRO EDUARDO AMAYA RUBIO], “Nuestros artistas - Eugenio Zerda”,
en Lecturas Dominicales, núm. 25, octubre 28 de 1923, pág. 397.
(regresar
14)
15
SAMUEL VELASQUEZ, “Lujo patrio - La exposición de pintura de 1911”,
en El Nuevo Tiempo Literario, nums. 28/3109, Bogotá, julio 30 de 1911.
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15)
16
JOAQUIN TIBERIO GALVIS, ob. oit., El subrayado es mío (A. M.).
(regresar
16)
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