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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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LOS
ATAQUES A SANTAMARÍA
Si
Santamaría tuvo una acogida apoteósica en 1904, instante en que
inclusive Hinestrosa Daza se vio abocado a defender su obra al tiempo que
atacaba el impresionismo, en 1910, con motivo de la celebración del
Centenario de la Independencia, la situación había variado
fundamentalmente. Podría decirse que los conservaduristas, tomados por
sorpresa en el primer asalto, tuvieron seis años para recuperarse y tomar
la iniciativa. El programa de Rafael Reyes ya había fracasado, y éste,
convertido en dictador durante sus últimos años en el poder, tuvo que
emprender la huída del país en 1909. El sector que propugnó por un
cambio en todos los sentidos, tanto político como económico y social, el
mismo que apoyó la gestión de Santamaría en la escuela y las propuestas
de su pintura, había quedado prácticamente reducido a nada. La mayoría
de los industriales en ciernes estaban en la bancarrota y los
intelectuales progresistas de la pequeña burguesía habían perdido su
Influencia. Ante el vacío de poder, terratenientes y comerciantes se
unieron, haciendo caso omiso de sus filiaciones partidarias, para crear la
Unión Republicana
—antecedente
del Frente Nacional que comenzó a gobernar a Colombia en 1958— y
posesionar a Carlos E. Restrepo de la presidencia el 7 de agosto de 1910.
Se había abierto una época gris, saludada por Enrique Santos “Calibán”
de la siguiente manera: “La Unión Republicana es un partido y un
partido bastante diverso de los otros, pues admite en su seno a todo
hombre de buena voluntad que desee servir los intereses de la República
con prescindencia de tendencias banderizas, adaptando cada Cual, para el
bien común, las ideas políticas que dentro de su personal parecer
tiendan al mejoramiento general”
(1)
. Era la unidad de los capitalistas
de pensamiento menos avanzado.
En
la plástica la recuperación de esos sectores también se manifestó. Por
supuesto, no era éste un terreno fundamental en la pugna, pero el aristócrata,
satisfecho de poseer nuevamente el poder tras una dictadura infortunada,
le pudo dar rienda suelta a su sentir sobre lo que el arte debía y no debía
ser. Y para él la sublimidad del arte no podía ser la escena vulgar de
una mujer restregando a su hijo con una esponja pasada por el agua de un
platón, ni las distorsiones a la figura humana en el cuadro de una mujer
joven paseándose a caballo. A raíz de la exposición de 1910, en La
Unidad, el diario que dirigió entonces Laureano Gómez, el máximo y más
temido jefe conservador en lo que va corrido de este siglo, un colaborador
expresó lo siguiente: “Más realista es Santamaría que Acevedo; sus
cuadros que tienen la obsesión de lo gigante, están dibujados con maestría,
sobre todo en las figuras humanas; sus líneas denotan un claro
conocimiento de la anatomía artística, pero a veces los precisos rasgos
del dibujante se pierden bajo el derroche de desdén que acostumbra el
colorista:
es
de sentirse”. Fue una nota suave que en la parte
relativa
al cuadro Los llaneros se limitó a describirlo para apuntar, simplemente,
que era “resentido el dibujo de los animales”
(2)
Un
segundo comentarista, refiriéndose precisamente a los discípulos de
Santamaría, escribió: “en medio de aquel diluvio de ripios sólo se
detienen mis ojos sobre un grupo de retratos trabajados por Acevedo Bernal”
(3)
.
Era
de esperarse que fuera la preferencia del desconcertado comentarista,
quien se detuvo luego en las obras de Santamaría y no precisamente para
exaltarlo:
“Malicio
que el estilo de esta pintura "Los llaneros" sea el estilo
impresionista de la brillante escuela de Manet, que tanto ha llamado la
atención
en
los museos europeos y tantos genios ha desarrollado en la pintura moderna,
pero sin el carácter y la factura suave de los buenos artistas que han
sabido con talento seguir la huella del maestro francés.
“La
composición del Sr. Santamaría, a más de alejarse de lo verosímil, es
pobre, escasa de inspiración artística y de ejecución delicada.
“Perdió
de vista el artista la verdad de la naturaleza y pintó unas figuras
demasiado alargadas,
quizá
caricaturizando al Greco, trepadas sobre unos caballos que bien pudieran
servir de modelo para las figuras de una baraja. Las bestias, que ya dije,
parecen del Apocalipsis; chapalean entre una especie de río teñido de
sulfato de cobre, y al fin y al cabo aquella variedad de matices y colores
que han exagerado lo artificial del arte, no le dicen al observador si
representan cielo o tierra, agua o vegetación, rocas o troncos; y todos
aquellos desdibujos y aquella constante lucha entre la armonía y el carácter,
la vaguedad y la forma definitiva, hacen del cuadro un simple lienzo de
tamaño colosal, pintado amaneradamente, pródigo de falsedades y ridículos
toques.
“Impresiones
iguales me dejan los retratos del mismo estilo e hijos del mismo pincel,
que observo al lado. Parécenme momias en petrificación o cadáveres en
descomposición; solamente en pesadillas he visto aquellas figuras
descarnadas, enjutas, sutiles, con la sutileza de las fotografías que los
espiritistas suelen tomar en sus evocaciones. A este grupo pertenece un
retrato que, a decir de un curioso que se halla a mi lado, es el de
Antonio José Restrepo”.
La
última parrafada, escabrosa en cuanto directa, se refería a los retratos
del período opaco de Santamaría. Pero los críticos no siempre fueron
capaces de enfrentar sus pinturas y oponerse a ellas abiertamente. Fue lo
que ocurrió con los redactores de El Nuevo Tiempo, quienes se limitaron a
traducir una nota nada inteligente de un comentarista francés, no sin
advertir en una brevísima introducción que venia “a tiempo, por su
copla de buena doctrina” en los momentos en que estaba abierta
todavía
la Exposición del Centenario. En uno de sus apartes el francés decía:
“los museos encierran decenas de telas de naturaleza muerta que son algo
más que manchas de color, sin dejar de ser pintura, y para nosotros son
esos grandes maestros los que tienen la razón”
(4)
. Y más adelante:
“Ciertos pintores, empleando una técnica especial, como los
impresionistas, sea dando un aspecto particular, de acuerdo con su
temperamento a la interpretación que nos dan de la naturaleza, si además
tienen talento producen obras que son una gota de arte original; pero
sucede que extraviados por un primer triunfo, pierden más y más de vista
la naturaleza que les sirvió de punto de partida, exageran la técnica
artificial que han adoptado y acaban por caer en una fórmula que no tiene
base ninguna”.
Indudablemente,
Santamaría debía de pertenecer, ante los ojos de El Nuevo Tiempo, al
grupo de los “extraviados por un. primer triunfo” que luego caían en
la fórmula. Y nada más falso, porque Santamaría no se había detenido,
sino que avanzaba demoliendo sus propias fórmulas y maneras. En 1910,
hasta donde la investigación lo ha revelado, el pintor bogotano no tuvo
un solo defensor. Muchos meses después el semanario El Artista, el mismo
en que apareció el ataque más feroz que se le hiciera a Santamaría,
inició por el mismo método sutil la defensa del impresionismo. El autor
de cabecera fue André Michel, de cuyo llbro Notes sur l’art moderne el
director Joaquín Pontón se dedicó a traducir y publicar apartes. Las
entregas se iniciaron en abril de 1911, y en una de ellas decía Michel:
“si hoy aún encontramos un gran número de campesinismos, qué sé yo
qué reminiscencias académicas, no debemos buscar la razón de ellos sino
en la superviviencia, en algunos taleres y entre algunos profesores, de
jirones de esa estética y de esa pedagogía”
(5)
.
Tras el aparente servicio de divulgación, se pretendía
mellar la vieja estética y hacerle comprender a los lectores que Santamaría
tenía la razón. Dentro de este propósito el mismo Pontón, mucho más
adelante, escribió una columna fogosísima en la que, sin mencionar para
nada las palabras Academia
y
académicos, consideró “estancamiento” y “decadencia” la presión
que sobre el arte nuevo ejercían los “cristalizados en el arte”
(6)
,
o sean los seguidores de Pantaleón Mendoza, Epifanio Garay y Acevedo
Bernal. Pontón explicó:
“Rastrojo
de áurea sementera de un buen tiempo nada habría que objetarles si se
contentasen con rendir en silencio, o con medida, el culto druídico que
profesan; mas sucede que esos tales, ignorando como ignoran —por falta
de estudio y sobra de vanidad— las nuevas corrientes, tómanse
intransigentes enemigos de ellas, y como no pueden contrarrestarlas —lo
que sería imposible— las denigran, o por lo menos hacen esfuerzos
inauditos para hacer prevalecer sobre esas novedades las rancieces a las
cuales estiman el non plus ultra del arte. Y si alguien llega a
improbarles, siquiera sea benévolamente, el proceder que usan, llegan
hasta olvidar sus cualidades de educación, y contra el que les tacha
siquiera, desatan sus olímpicas iras y le llaman ignorante, estúpido y
mil cosas más, que son indicio de fatuidad y de errado criterio artístico
[...].
“Y
es sabido que ha habido y habrá siempre en la humanidad, y más
especialmente en los que aman lo bello, un amor reverente y admirativo
hacia todo aquello que representa un jalón colocado en la vía recorrida;
amor por otra parte muy justificable y que forma ese culto inmortal
rendido hacia la antigüedad, hacia Homero, hacia las leyendas fabulosas
de una Filomena, de una Elena, etc. Mas si buenos y santos son ese amor y
ese respeto, no por eso es menos digna de las mismas preseas esa otra
grandiosa tendencia que hacia lo mejor sentimos todos, y en cuya corriente
debemos colocarnos siempre, sea cual -fuere nuestra educación, si no
queremos ingresar tristemente en la bodega artística o museo de
hermosuras pasadas, en donde viven —rodeados de veneración justa— los
cristalizados, los que sólo quieren ado
rar
al Dios Arte en uno de los aspectos con que se complace en mostrarse a las
edades
[...]
cuidémonos de rendir culto exagerado a esas divinidades que, cual los
dioses mutilados, producen hoy en vez de inspiración, más bien risa”.
Fue
una arremetida contra el conservadurismo estético algo tardía. Hacía un
año Santamaría se había embarcado para Europa y no volvería jamás.
Había salido derrotado, no por la crítica adversa a su obra, sino por la
crítica adversa a su gestión frente a la escuela. El pintor demostraría
en el resto de su vida ser un burgués calmado y sin apuros, producto de
su cuantiosa fortuna personal y de una actitud ante la vida que lo
llevaban a no detenerse mucho tiempo en cosas mundanas restándole tiempo
a las cosas del espíritu. Para asegurarlo consiguió, en el pintor
Eugenio Peña, un honrado administrador de sus propiedades en Colombia que
le remitió puntualmente los dineros que le permitieron a Santamaríaa
vivir como un rentista en su casa de Bruselas, dedicado a una pintura sin
mercado en Colombia, por lo supuestamente avanzada, y sin mercado en
Europa, por ser evidentemente tardía. Fue esa falta de sentido práctico
la que seguramente lo llevó a descuidar sus deberes administrativos en la
escuela. A lo que se agregó el deterioro en que ya había caído el
propio gobierno de Reyes, igualmente ineficaz en las cuestiones
administrativas, enfrentado como estaba a los graves problemas de tipo político
que le planteaban sus opositores.
En
una nota de Colombia Artística, de comienzos de 1909, encontramos la
primera alerta en relación con el estado de la escuela. Es una nota
equilibrada e imparcial en principio, que planteó: “Estando convencidos
del interés que toma el Supremo Gobierno por la Instrucción Pública, y
el adelanto material del país, se nos hace muy extraño ver la decadencia
que día por día se nota en la Escuela de Bellas Artes. Llamamos la
atención del Sr. Rector para que se tome un poco más de interés en el
progreso de esta Academia que el Gobierno ha confiado con el fin de que,
como amante de las Bellas Artes, la eleve a la altura que se merece, pues
es vergonzosa la situación en que se encuentra este establecimiento
[...]. El local de la Escuela está en un estado de ruina lamentable, los
modelos para el estudio han sido destruidos en su mayor parte, y los pocos
que hay se encuentran en muy mal estado; el Cuerpo de Profesores es muy
exiguo, y, por último, el desaseo que allí reina es lo más
desagradable”
(7)
. La institución había regresado a los tiempos de la
guerra civil. Como Santamaría no hiciera nada por atender el llamado,
unos meses después la misma revista, en unas cuantas líneas, volvió
sobre el asunto con mucho más énfasis: “Lástima que el Sr. Rector del
Establecimiento sea tan poco interesado por la Escuela y sobre todo tan
sordo a nuestras observaciones”
(8)
Y recalcó la publicación
en una tercera nota: “Del mismo modo que hemos puesto en conocimiento de
nuestros lectores la mala marcha de la Escuela de Bellas Artes, debido al
mal Rector que tiene, nos ocupamos hoy de dar un informe de un
establecimiento artístico que adelante progresivamente, gracias al interés
de su Director”. Era la Litografía Nacional la que progresaba, según
los redactores de Colombia Artística
(9)
, comparación insidiosa pero no
por ello mentirosa, que, proviniendo de un mensuario que se interesaba en
las cuestiones de la plástica sin dedicarse exclusivamente a ellas,
necesariamente debieron producir efecto
(10)
. Santamaría, pues, salió de
Colombia con el propósito de no volver. Estaba, según Duque Uribe,
“desilusionado del ambiente, necesitado de
ponerse
en contacto con un medio más propicio que el nuestro para el desarrollo
de la obra de arte”
(11)
. En Colombia había permanecido entre 1893 y
1911, “estancia interrumpida solamente por unas vacaciones prolongadas
en Inglaterra”
(12)
.
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1
La Linterna, núm. 45, Tunja, octubre 28 de 1910. Citado por Molina,
ob. cit., pág. 281.
(regresar 1)
2
R. M., "Ve la exposición - Salón de Bellas Artes - Pintura”, en La
Unidad, serie IV, núm. 35, Bogotá, agosto 13 de 1210. (regresar 2)
3
JOAQUIN Tiberio Galvis, “Pabellón de Bellas Artes”, en El
Artista, núm. 172, agosto 27 de 1910. (regresar 3)
4
MAX DOUMIC, “Una exposición de Bellas Artes”, en
El
Nuevo Tiempo, núm. 2768, agosto 9 de 1910. (regresar 4)
5
“El arte y la vida”, en
El
Artista.
núm. 206,
noviembre 28 de 1911. (regresar 5)
6
JOAQUÍN POHTÓN, “La cristalización en el arte”, en EL
Artista, núm. 225, septiembre 11 de 1912. (regresar 6)
7
"IMPERTINENTE", “Escuela Nacional de Bellas Artes”, en Colombia
Artística, núm. 8, enero de 1909. (regresar 7)
8
“Escuela de Bellas Artes”, en Colombia Artística, núm. 12, mayo de 1900.
(regresar 8)
9
“Litografía Nacional”, en Colombia Artística, núm. 15, agosto de
1909.
(regresar
9)
10
“En 1909 algunos artistas quisieron resucitar la fracasada Academia de
Bellas Artes de principios del siglo, y fundaron la Sociedad Colombiana de
Bellas Artes, que funcionó hasta 1913” escribió Daniel Samper Ortega,
precisando que aquella sociedad “verificó asimismo tres exposiciones
Importantes en los años de 1910, 1911 y 1912”. La Academia de Bellas
Artes, que no hay que confundir con la escuela, fue fundada en 1902 y tenía,
entre otros fines, “estimular el cultivo de las bellas artes y loe
estudios de literatura artística por medio de conferencias, concursos y
publicaciones; propender al desarrollo de la Escuela y la creación de
otras de su género” (DANIEL SAMPER ORTEGA, ob. cit., págs. 120-121).
La aparición de la Sociedad el mismo año en que se le formularon a,
Santamaría las críticas mas severas como rector, hace pensar que ella
fue organizada por sus opositores con el objeto de “propender al
desarrollo de la Escuela” o, en otras palabras, presionar la salida de
Santamaría de la rectoría. (regresar 10)
11
RAFAEL DUQUE URIBE, ob. cit., pág. 82. (regresar 11)
12
ANDRE DE RIDDER, ob. cit.,
pág. 9. Eugenio Barney Cabrera planteó que Santamaría VIVIÓ en
Colombia en dos etapas, 1893-1899 y 1904-1911, apoyando su tesis en el
supuesto llamamiento de Reyes para que dirigiera la escuela (ob. cit., pág.
152). Pero el nombramiento por Marroquín y la afirmación de De Ridder de
que Santamaría estuvo en Colombia de 1893 a 1911, desmienten tal afirmación.
Las “vacaciones prolongadas en Inglaterra”, de que habla el autor
belga, se pueden situar hacia fines de 1909 y comienzos de 1910. lo cual
explicaría el cuadro Macuto, concebido
a su paso por Venezuela. Este debió ser, Igualmente, un viaje
exploratorio para preparar el regreso a Europa en 1911. (regresar 12)
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