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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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LA
POLÉMICA DE 1904
En
contraste con lo ocurrido en 1899, en 1904 se demostró receptividad y la
mejor disposición a apoyar e impulsar la estética de Santamaría. Las
explicaciones dirigidas a que el público entendiera el cambio que se
vislumbraba, sin embargo, fueron contradictorias muchas veces y hasta
inconsecuentes con algunas de las tesis emitidas por un mismo comentarista
en una misma nota. Fue lo que le ocurrió a Rafael Duque Uribe, autor de
uno de los dos intentos de monografía que sobre Andrés Santamaría se
escribieron en vida de éste, al indicar que “los modos empleados por el
pintor para dar el colorido, resultan antinaturales, si se tiene la
candidez de mirar los cuadros a una distancia en que las tintas se
perciben aisladas; pero si el que mira se coloca a una distancia
conveniente para abarcar el cuadro y al mismo tiempo no perder los
detalles, todo. resulta natural y armónico”
(
1).
Es evidente que la orientación ensayada por el escritor no buscaba
plantear la existencia de un lenguaje cuyas leyes eran distintas a las del
academicismo, sino encontrar en los colores una nueva disposición que a
fin de cuentas reubicaba al pintor en la Academia. Duque Uribe negaba lo
que antes afirmó y se lanzaba al rescate ideológico de un lenguaje que
momentáneamente perdía vigencia, dejando sin piso a la “postiza”
aristocracia que el academicismo tomó cosmopolita. Esa aristocracia,
dispuesta a no renunciar a su recién adquirido cosmopolitismo, tenía que
interpretar a Santamaría de una manera tal que lo colocara en la línea
de la corta tradición plástica creada por la Regeneración. Las dudas de
Duque Uribe eran las propias de un intelectual inteligente que intuía las
propuestas de la nueva
estética,
pero no era capaz de asumirlas plenamente renunciando a las ataduras del
pasado. Lo que explica que en la misma nota expusiera sin ningún
prejuicio que “si esto que hoy vemos es un presagio de una nueva era,
estas nuevas formas de arte deben aprovecharse en contra de la rutina y
las tradiciones envejecidas”. Agregaba: “Es necesario hacer resaltar
lo bueno que se principia a conocer, de manera que los espíritus
propensos a cristalizar vean el apoyo que en todas partes encuentran las
ideas de progreso cuando un movimiento intelectual se efectúa en una
sociedad”. El autor condensó así los planteamientos de los sectores de
la burguesía que llevaron al poder a Rafael Reyes con el programa de
conciliar los ánimos todavía exaltados por la reciente guerra civil y de
modernizar a Colombia.
La
recepción que se le tributó a Santamaría, con toda su carga de
snobismo, fue captada con prontitud por Baldomero Sanín Cano, espíritu lúcido
y prototipo de intelectual progresista, quien era un año menor que
Santamaría. “Hablan todos de arte nuevo” —dijo en una conferencia
el maestro—. “Algunos no determinan bien el alcance de estas palabras
y se valen de ellas justamente porque son vagas y no comprometen”
(2)
.
Era, en cierto modo, un golpe a las borrosas pero valientes tesis de Duque
Uribe, pero Sanín Cano no se quedó en ese punto y fustigó igualmente a
quienes se oponían a la nueva corriente: “De impresionismo tratan otros
con la intención de hacer ver que saben lo de que conversan, y en general
para dar por muerta la escuela que lleva ese nombre. Ni aceptan que
inspirara grandes obras, ni consienten que guiara capacidades artísticas
de las más considerables que han visto los últimos cincuenta años”.
El maestro Baldomero intentó entonces explicar en qué consistía el
impresionismo, mas no sin caer también en contradicciones, dándole
origen a una polémica, famosa en la plástica nacional por ser la que
marcó el ciclo de la apertura antiacademicísta.
En
sus planteamientos el maestro se anduvo con pasos firmes y directos. Según
su pensamiento, “el reprocho más grave de los amantes de la vieja
pintura contra el
impresionismo
se resume en una frase vacía: ‘los impresionistas no representan los
objetos tales como son’ “. Lo cual considero un “cargo de incómoda
revelación, si nos lo hubieran presentado en la época ya demasiado
lejana del terror naturalista”. Y atacando con vehemencia, sin ningún
compromiso con el pasado, consideró: “Cualquier estudiante de filosofía
habría podido advertir, en tiempos menos flagelados por la ciencia
experimental de Claudio Bernard y por la filosofía positivista de Augusto
Comte, que la estéUca basada en la reproducción exacta de lo real
terminaría por atollarse en las inferioridades del detalle innecesario y
repugnante”
(3)
. Sanín Cano apoyaba incondicionalmente la nueva estética
y la apoyaba sin las dudas y ambigüedades de Duque Uribe. Profundamente
convencido, se lanzó contra aquellos que criticaban al impresionismo por
ciertas peculiaridades: “Los caballos no se dan morados, han dicho
muchas gentes espirituales y de visión mal educada. A esto se les podía
contestar que tampoco los hay de dos palmos”. Y con ese humor suyo tan
característico analizó la cuestión de la escala en la obra de arte en
relación con los modelos naturales, y explicó que, de querer entonces
representar una yeguada en el paisaje, un pintor tendría que trabajar
lienzos de tamaños desmesurados
(4)
. Para él, si la escala de
representación era alterable, también podían serlo los colores. Refiriéndose
a la concepción del color en los impresionistas, recordó el principio
científico de que se derivó: “Devreul y Rood hacían ver que en vez de
mezclar los colores en la paleta para obtener un tono determinado, se podía
llegar a ese fin dividiendo el medio tono en partículas de los colores
primitivos de que se componen, poniendo estos puntos en la tela, unos
cerca de otros en forma que la fusión de ellos se verificase, no en la
paleta ni en la tela, sino en la retina del espectador”
(5)
. En
definitiva, toda una lección teórica para que se entendiera la pintura
de Andrés Santamaría.
Max
Grillo fue el primero en responderle a Sanin Cano para manifestar su
desacuerdo pero con una argumentación tan sorprendentemente sentimental y
pobre, que no hay mucho que citar. Su posición es resumible en las tres líneas
iniciales de su breve nota: “Lo meramente
verbal
en poesía y lo que sólo retiene en pintura la impresión momentánea de
la luz, no parecen destinados a una larga vida”
(6)
. La réplica de
Ricardo Hinestrosa Daza, en cambio, fue inteligente y reposada pero errónea
en muchos puntos fundamentales. Uno de loe deslices de Sanín Cano partió
de su afirmación de que en la nueva estética no cabía la emoción.
“La emoción —escribió el maestro—, lo mismo que la anécdota y
lo mismo que la lección de historia, son elemento extraño al arte de la
pintura [...]
.
Los que ha dicho emoción han tratado de excusar con una palabra suave
la invasión de un elemento literario en la obra pictórica”
(7)
.
Max Grillo hizo la defensa de la emoción, pero fue Hinestrosa Daza
quien se encargó de hacer ver, con cierta perspicacia, cómo el maestro
Baldomero iba en contra de sus propias ideas al hablar, en
uno de los apartes de su conferencia, de la emoción que
comunicaban Las segadoras de Santamaría
(8)
. Refiriéndose luego a la
caracterización de Sanín Cano a propósito de Monet, Hinestrosa Daza
apeló a un encadenamiento formal de supuestas categorías del arte para
decir de los impresionistas que “al buscan en los asuntos mero pretexto
para hacer cantar lo que bulle en el alma si humanizan el paisaje, si
infiltran partículas de su alma en la naturaleza que reproducen, entonces
los impresionistas también necesitan del alma en el cuadro y persiguen la
misma finalidad de ‘los otros’; entonces la diferencia no está sino
en los procedimientos técnicos, en los medios (y eso en ciertos y
determinados medios), mas no en la finalidad”
(9)
.
Al
igual que Duque Uribe, el crítico Hinestrosa Daza se rebuscaba en toda
suerte de razonamientos lógicos para concluir que la estética de los
impresionistas no divergía, en el fondo, de la estética tradicional
representada en Colombia por los academicistas. De alguna manera, los
conservaduristas decididos trocaban la conceptualización y hasta la mecánica
misma de la ejecución de las obras impresionistas, para situarlas en un
campo de la
historia
que significaba, simplemente, que nada habían aportado “a los dominios
del arte”
(10)
¿Pero era
Andrés Santamaría un impresionista? Su exposición retrospectiva de 1971
en el Museo de Arte Moderno de Bogotá arrojó claras luces sobre este
aspecto. Sanín Cano, J. B. C.,
Jorhc y Duque Uribe analizaron todos a Santamaria como tal. Max Grillo
soslayó la cuestión e Hinestrosa Daza disintió: “Sea que el
impresionismo consista en el cultivo del color por sí mismo, en no
acordarse el pintor de sus probables espectadores para nada, o a lo sumo
Acordarse de sus retinas, meramente para producir en ellas una armonía de
colores; sea que consista en la sola aplicación de procedimientos técnicos,
como pintar con puntitos o poner en la tela colores simples, dejando su
suma para [ser] hecha en las retinas de los espectadores; sea eso y, en
cuanto a la línea, en su abandono y en el desprecio del dibujo; sea en la
expresión inmediata y sin tanteos ni rodeos de lo que el pintor ve; sea
en todo esto junto, es lo cierto que Andrés Santamaría no puede
presentarse como tipo del pintor impresionista. Los impresionistas se
admirarían de que por colega suyo se le tuviera [...].
Si el impresionismo es la burla del dibujo, ¿cómo puede tomarse a
Santamaría por impresionista? No hallo ni el más ligero punto de
contacto entre lo poco que del impresionismo (grabados y fotograbados) se
nos alcanza a los bogotanos, y la obra de Santamaría, en que cada figura
luce el sentido perfecto de la línea y de las proporciones, y un
conocimiento aplicado de ese sentido cultivadísimo y de la perspectiva”
(
11)
.
Estaba en lo correcto Hinestrosa Daza: Santamaría no era un
impresionista en todo el sentido del término, pero sí lo rozaba en 1904.
Estuvo correcto desde una posición reaccionaria, no desde una posición
progresista.
Los
conservaduristas rechazaron totalmente la posibilidad del impresionismo,
sacándole el bulto a la significación real de la pintura de Santamaría
y afirmando que no pertenecía a esa escuela. Acertaban, pero acertaban
para poner en entredicho las nuevas tendencias y proscribirlas de Colombia
a nombre de las rancias expresiones de una cultura aristocrática. Albar,
en cinco notas de prensa, le dedicó un solo renglón a Santamaría y no
se detuvo en el análisis de su obra, con todo y haberse convertido en el
centro de la atención general. Fue den
tro
de este espíritu que Hinestrosa Daza escribió: “Para mi modo de ver
—y en esto temo desacertar más que en todo lo demás—, hay en la obra
del impresionismo mucho de extravagancia nacida de la necesidad en que están
quienes lo han probado todo de que venga algo nuevo a liberarlos de su
hastío. Se pide algo nuevo, y si es nuevo, llena su objeto con eso no más,
y asunto concluido. Yo no sostengo que nosotros, como pueblo joven,
hayamos de describir toda la trayectoria que han descrito, para llegar a
donde se encuentran, los pueblos que nos han precedido en el camino del
progreso; pero sí creo que, por más que se hable de que abundamos en
generaciones podridas biches, nuestras sensaciones son todavía las de un
pueblo nuevo, es decir, vigorosas; no estamos cansados de lo que se ha
hecho o ha sucedido en el mundo del arte, porque no lo hemos
experimentado; mucho de lo viejo no nos ha fatigado, sencillamente porque
para nosotros no es aun viejo; nuestros espíritus no adolecen todavía de
fatiga en sus sensaciones; todavía están ávidos, llenos de deseos; no
están atacados aún de ‘ganas de tener ganas’, porque, apenas en la
infancia, todavía no les ha llegado el estragamiento. Para quienes lo han
probado todo, es claro que el supremo anhelo sea el de la novedad; para
quienes apenas van adquiriendo digestión, el papel del catador no les
sienta como propio
(12)
. Eran las palabras de un aristócrata liberal
ligado al latifundio, tipo Carlos Arturo Torres, que no tenía por qué
conocer en esa época los fundamentos del materialismo histórico.
Efectivamente, éramos un país joven y la cultura dominante de ese país
joven estaba siendo sometida a un asalto, no en razón de sus años, sino
en razón de ser la cultura de un sector social que dejaba de ser el único
importante dentro de la propia clase dominante por efectos del desarrollo.
Más
adelante, sin embargo, agregó el conocido educador: “Si el
impresionismo ha de ser el arte [...], no seré yo quien reclame a la
pintura en Colombia que, para entrar por él, recorra previamente todos
los escalones que otros pueblos han recorrido, del propio modo que sería
tontería suprema exigirle a una ferrovía que precisa y previamente haya
sido carretera, y antes camino de herradura, y antes trocha. Pero si el
impresionismo es el divorcio de la emoción y el dibujo con la obra pictó
rica,
si es el mero cultivo del color, directrices sí es de holgamos de que ni
vaya ya, ni amenace endilgarse por él, la pintura nuestra”
(
13)
.
El autor lo basaba todo en la emoción y el dibujo. Si ambos eran
respetados, todo estaba bien. La emoción, una palabra que, al modo en que
la empleaba Hinestrosa Daza, no dejaba de tener reminiscencias románticas;
y el dibujo, el más importante legado de los academicistas. Estos
reclamos, al lado de los
vítores entusiasmados de Sanín Cano, son la prueba fehaciente de
que Santamaría había llegado a la dirección de la escuela para
refrescar la atmósfera plástica colombiana, pero también una prueba de
que sus intentos despertaron la oposición de los sectores reaccionarios
de la burguesía.
Haciendo
caso omiso de planteamientos como los de Hinestrosa Daza, los más
entusiasmados partidarios de Santamaría, a pesar de las contradicciones
conceptuales en que cayeron, mencionaron, con cierto júbilo, la
influencia que éste ya ejercía sobre sus discípulos. Duque Uribe
escribió: “La influencia benéfica de Santamaría ya se siente, a pesar
de que hay algunos pintores a. quienes les ha pasado con la Escuela
Impresionista lo que a muchos de nuestros literatos con el Simbolismo: se
les ha indigestado”
(
14)
.
Por
su parte, Sanín Cano habló de que “en la exposición hubo más de un
cuadro en que la intención manifiesta era seguir al maestro en su
interpretación del color. El uso del morado en la reproducción de
ciertos tonos, la preocupación de obtener con los colores impresiones armónicas,
el anhelo de poner en los cuadros un aire luminoso y vibrante, la
persecución del detalle característico que sugiere todo ambiente, la
necesidad de movimiento, de luz, todo esto traen los discípulos a la
arena para que se sepa que entienden la obra del maestro. Por todas partes
hay señales de una nueva orientación. El influjo sobre los legos es ya
irremediable”
(
15)
.
Con un
desbordamiento extraño por ser una inteligencia equilibrada, el maestro
Baldomero llegó a testimoniar más adelante: “De una mujer inteligente
y nerviosa que no conocía otro cuadro de Santamaría que el de los
caballos en la ribera de una ciénaga, en que el paisaje representa la
Sabana en las horas postme
ridianas,
debajo de un cielo con nubes blancas arriba y limpio en los confines del
horizonte, de esa mujer son estas frases: ‘Me han enseñado desde niña
a sentir como azul el color de los cielos y es necesario que siga diciendo
que son azules para que la gente me entienda; pero desde que vi este
cuadro de Santamaría no puedo ver el horizonte limpio, el cielo sin nubes
en la parte donde se junta con la tierra, no puedo verlo azul sino
verde”
(16)
.
La
utilización del morado como signo de audacia y diferenciación entre
Santamaría y los academicistas se prestó para que un humorista,
repitiendo la historia de la primera exposición de los impresionistas
franceses, escribiera una columna en la que se burlaba de tal utilización
del color y de la influencia que Santamaría ejercía, conforme a Sanin
Cano y Duque Uribe. Cito los cuatro primeros párrafos de esa nota, no sin
llamar la atención del lector en el sentido de que en el primero de ellos
se sugiere claramente que “la moda impresionista” era un recurso fácil
y expedito de imitar por su aparente desmaño técnico:
“Con
motivo de la Exposición de Pinturas se han alborotado las muchachas, y
todas quieren pintar”.
“Se
están agotando los colores en la ciudad, y si la cosa sigue como va, habrá
que usar el polvo de ladrillo mezclado con leche y la barba de palo molida
y disuelta en aceite”.
“Pero
el color que está más de moda es el morado. y por allí anda ya un
caballero que lo prepara con carbón, sangre de cordero y zumo de
batatillas”.
“Por
cierto que tiene el señor ese una hija llamada Timotea, que pinta que es
un horror. Y todo morado. El otro día me llevó el padre de la artista a
su casa para que viera un cuadro que representa el gallo de San Pedro,
antes de cantar la primera vez, Y francamente declaro que el tal gallo
parecía acabado de sacar de la gallera, después de haber peleado todo el
día. Tiene la cabeza y las patas de color morado oscuro”
(17)
.
Hinestrosa
Daza, absolutamente serio y solemne, negó en cambio la influencia de que
hablaran Sanin cano y Duque Uribe: “La trascendencia de la obra de
Santamaría y su influencia sobre los pintores en ciernes no es la de
darnos como único producto de la pintura bogotana cuadros teñidos de
morado; ni puede ser tampoco la de haber falange de impresionistas. A esto
último se opone la decisivas circunstancia de no serlo él”. A
continuación precisó: “Una cosa es abundar tal o cual artista, según
su temperamento, en este o aquel color (que no tiene que ser forzosamente
el morado), y otra cosa muy distinta es que quien en determinado color
abunda carezca de emoción, o crea que la emoción es innecesaria al arte,
o desprecie teórica o efectivamente el dibujo”
(18)
. Hinestrosa Daza
era tremendamente consecuente en su conservadurismo; de allí esta última
cita de su argumentada nota, apropiada coronación de todos sus
planteamientos:
“En
suma, si el Impresionismo consiste: en color, en buscar sólo
combinaciones armónicas; en dibujo, en huir de él y burlarse de él y
despreciar la línea; y en estética, en abandonar la. emoción como
elemento necesario o conducente al arte, entonces, no sólo me atrevo a
sostener que hacia éste no se llegará por esta senda, sino que hallo
complacencia enolleervar cómo en Bogotá, pera nuestra gran fortuna, no
existe impresionismo ni se advierte en el ambiente nada que con su
advenimiento nos amanace”
(19)
. Naturalmente, no podemos perder de vista
que Hinestrosa Daza era un hombre informado y sabía qué era el
impresionismo. Su apreciación de que la tendencia como tal y en toda su
ortodoxia, no se manifestaba en Bogotá, era relativamente cierta. Lo era
relativamente porque, a lo menos un cuadro de los exhibidos por Santamaría
en 1904, El baño del bebé, estaba próximo al impresionismo. La posición
de Hinestrosa Daza era francamente retardataria. Para él, y para nuestros
contemporáneos que suelen rechazar el fenómeno Santamaría en 1904, la
plástica colombiana debió seguir vegetando en la Academia y seguir
repitiendo los modelos legados por Pantaleón Mendoza y Epifanio Garay.
¿Cuál
fue la razón para que a Santamaría se le llamara un impresionista con
tanta seguridad? Max Grillo, en una breve recapitulación de la polémica,
escribió cua
tro
décadas más tarde que en ella hablan participado escritores que nunca
habían tenido oportunidad de contemplar las obras maestras de la
pintura”, escritores que en su opinión “eran aficionados ansiosos de
comprender, y que modelaban sus conceptos sobre pintores y escuelas de
pintura, de acuerdo con sus estudios de estética europea y la contemplación
de las estampas coloridas que venían en las revistas europeas”
(20)
.
Los argumentos esgrimidos por los participantes en la discusión partían,
pues, de conocimientos teóricos y no del contacto visual y sensible con
la corriente que originara la agitada polémica. De allí que Grillo,
retractándose en cierta manera de su posición inicial, y, además,
reconociendo contradictoriamente a Santamaría como un impresionista,
agregara: “ni Sanín Cano, ni el autor de estas reminiscencias, ni
Hinestrosa Daza, el más ilustrado de los tres en asuntos de pintura, nos
dábamos cabal cuenta de los procedimientos pictóricos del padre del impresionismo, de Monet. Para mí fue una verdadera revelación el
encuentro con el más extraordinario de los cuadros de Monet, El jardín de
los nenúfares, que me hizo la impresión de una pintura extrahumana, para
expresarme en alguna forma”
(21)
. El cambio de parecer por parte de
Grillo era el cambio de situación de la pequeña burguesía a que él
perteneciera, a la cual el desarrollo económico de Colombia en las
siguientes
décadas le había afincado y conferido nuevos aires
culturales para respirar.
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AL SIGUIENTE CAPÍTULO
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AL INDICE
1
R. D’Oribe, ob. cit. (regresar 1)
2
BALDOMERO SANÍN CANO, “El Impresionismo en Bogotá - I”, en Revista
Contemporánea, vol. 1, núm. 2, Bogotá, noviembre de 1904, págs.
145/146.
La conferencia de SANÍN CANO, pronunciada en mayo y publicada como ensayo
en des entregas de Revista Contemporánea,
file recogida en Escritos, por
Colcultura.
(regresar
2)
3
BLADOMERO SANIN CANO, ob. cit., pág. 152.
(regresar
3)
4 BLADOMERO SANIN CANO, ibid.
(regresar
4)
5 BLADOMERO SANIN CANO, CANO,
ob. cit., pág. 153.
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5)
6
MAX GRILLO, “Psicología del impresionismo”, en Revista
Contemporánea, vol II, núm. 1, abril de 1905.
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6)
7
BALDOMERO BARÍN CANO, “El impresionismo en Bogotá - II”, en
Revista Contemporánea,
vol. 1, núm. 4, enero de 1905, pág.
360.
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7)
8
RICARDO HINESTROSA DAZA, “El impresionismo en Bogotá”, en Revista
Contemporánea, vol. II, num. 3,
junio de 1906, pág. 198.
(regresar
8)
9
RICARDO HINESTROSA
DAZA, ob. cit., pág. 203.
(regresar
9)
10
RICARDO HINESTROSA DAZA,
ibid.
(regresar
10)
11
RICARDO HINESTROSA DAZA, ob.
cit.,
págs. 207/9.
(regresar
11)
12
RICARDO
HINESTROSA DAZA, ob. cit., págs. 210/11. El subrayado es
mío:
A
. M. (regresar
12)
13
RICARDO HINESTROSA DAZA, ob. cit., pág. 212.
(regresar
13)
14 R. D’Oribe, ob. cit.
(regresar
14)
15 BALDOMERO SANIN CANO, Ob. cit pág. 355.
(regresar
15)
16
BALDOMERO SANIN CARO, ob. clt., pág. 358.
(regresar
16)
17 FRAY TRABUCO, “¡A pintar!», en El Cirirí, núm. 45, Bogotá, junio 26 de 1904.
(regresar
17)
18
RICARDO HINESTROSA DAZA, ob. cit., pág. 214.
(regresar
18)
19 RICARDO HINESTROSA DAZA, ob. cit, pág. 221. El subrayado es mío: A.
M.
(regresar
19)
20
MAX GRILLO, “Andrés de
Santamaría, Insigne pintor”, en Revista
de América, núm. 7, Bogotá, julio de 1945, pág. 66.
(regresar
20)
21
MAX GRILLO, ob. cit., pág. 68.
(regresar
21)
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