MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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OSCAR MUÑOZ: DEL EROTISMO AL HACINAMIENTO TUGURIAL

Nacido en Cali en 1951, Oscar Muñoz es un joven artista daltónico que una vez terminó sus estudios en la Escuela de Bellas Artes decidió ser Un dibujante y no un pintor ante la imposibilidad de distinguir ciertos colores. En 1971 Muñoz montó su primera muestra individual en la galería de Ciudad Solar, en Cali, con una serie de dibujos en blanco y negro, en los que ya definía un tema y aparecían unos elementos conceptuales precisos que evolucionarían paulatinamente con un alto grado de coherencia.

El erotismo

En esos dibujos el artista evidenciaba su interés por el erotismo, tema en el que se adentraba por medio de la representación de fragmentos del cuerpo femenino y no de su totalidad, resaltando zonas erógenas importantes como las piernas, las caderas y los senos. Aunque Muñoz era un dibujante deficiente que no podía lograr la sensualidad que admiraríamos en su obra de los años siguientes, por lo menos poseía la suficiente imaginación para estimular al observador adosándole prendas íntimas a loe cartones. El efecto que lograba explica que el mismo Muñoz los hubiera titulado Dibujos morbosos. Al fin y al cabo el artista apelaba al fetichismo de las prendas, transformando a su modo el recurso que popularizaron los ensambladores norteamericanos de fines de la década del 50, prendas que usaba por su poder excitante y no por su aspecto decorativo, iniciándose así la relación obra-observador peculiar a sus trabajos iniciales.

En 1972 Muñoz participó en el Salón de Artistas Jóvenes que organizó el Museo La Tertulia y presentó dos obras, claves en su trayectoria, tituladas Club de bridge y Ópera. Formalmente eran una suerte de coqueteo más definido con el arte Pop. La figuración era obvia y bordeaba, por la amplitud de los planos locales, el modo de representación típico de las vallas. Muñoz arribo de este modo a lo esencial de su tema y dejó constancia, con mucho tino, del programa de su próxima obra. En Club de bridge las figuras aparecían sentadas detrás de una mesa, y en Ópera, de pies, en un palco. En ambas, esas figuras quedaban a. la vista de la cintura para arriba únicamente, con un mantel y una cortina, respectivamente, en el primer plano. Pero eran un mantel y una cortina reales adheridos al lienzo. Si se levantaban o corrían tales aditamentos, la imagen total se transformaba: desnudos de la cintura para abajo, los personajes entrelazaban sus piernas en un retozo erótico secreto que jamás nos hubiera revelado la respetabilidad burguesa de los solemnes rostros que habíamos enfrentado al primer vistazo (1) .

Muñoz se presentaba como un humorista que quería ser crítico pero caía en la burla cómplice. Complicidad a la que forzaba al observador convirtiéndolo en el voyerista morbosamente complacido por el espectáculo que descubría sorpresivamente. Como es evidente, esta complicidad se originaba en la misma participación activa que exigía Muñoz para completar la obra, anulándole su sentido crítico. De allí que consciente o inconscientemente muy pronto abandonara la idea de colgarle velos a sus paneles.

En uno de los dibujos siguientes, Dama (fines de 1972), la figura apareció vestida en la parte superior y desvestida en la inferior, ya sin la presencia de los velos. La complicidad desapareció y Muñoz dejó de ser simplemente burlón para volverse agresivo. El modelado impreciso de antes comenzó a ganar rigor al plasmar los volúmenes con cierta morbidez. Al mismo tiempo se preocupó por el detalle ornamental con un interés que los acercó por igual a Botero que a Grau, hasta por la manera como infló sus figuras. Muñoz rayaba en lo grotesco y, dadas las características del tema, también en lo pornográfico. Cuando llevó estas obras a la exposición titulada “Nuevos nombres”, que organizó el Museo de Arte Moderno de Bogotá en marzo de 1973, el crítico Antonio Montaña reaccionó, profundamente ofendido contra el joven dibujante. “Se olvidan que la burguesía que asiste a los museos no se espanta”, argumentó, y agregó: “ahora lo burgués es no epatarse; [sino] aceptar las indignidades”. Y concluyó con esta frase algo solemne: “Lo que sí puede indignar al visitante de la exposición es que se le tome por ingenuo, por tan poco informado y tanto que no vea en las obras simplemente ese Intento de bofetada que se congeló en el gesto equívoco (2) . Efectivamente, era un intento. 

En lo que se refería a Muñoz, un intento serio, nada congelado sino vivo, en movimiento, a pesar de que ni por asomo su obra apuntara a la maestría. Muñoz tenía entonces demasiados problemas técnicos que resolver y las deformaciones corporales (la hinchazón anatómica que volvía a sus figuras unas especies de balones) parecían un intento de disimular su desconocimiento de la anatomía. Pero conceptualmente señalaba lo que se proponía, aunque su lenguaje fuera deficiente. La misma indignación de Montaña era la de un burgués profundamente “epatado”, para usar su término exclusivista, y chic, Y eso que no vio una obra rechazada por los directivos del Museo, en la que Muñoz hizo una variación de la última Cena de Leonardo, convirtiendo a los apóstoles en unos ministros de saco y corbata, y a Jesús en el entonces presidente de la República, desnudos todos por debajo de la mesa con las viandas.

Hasta mediados de 1974 Muñoz trabajó sus dibujos como un contrapunto de dos situaciones. Abajo, el retozo erótico, las preliminares deliberadamente obscenas del amor. Arriba, los personajes exhibiéndose públicamente con los mejores atavíos de su dignidad social: los peinados eran elegantes, los sombreros finos y se vestían los mejores trajes. Todo era correcto en estas damas y estos caballeros casi principescos entregados al goce pleno de los sentidos. Pero en este grupo de dibujos de fines del 73 y comienzos del 74 las figuras no presentaban una solución de continuidad unitaria y normal porque Muñoz usaba dos puntos de vista: mientras los torsos eran frontales, las caderas y las piernas presentaban un ligero scorzo que las dislocaba del torso a partir de la línea horizontal que dividía al cuadro en dos. A pesar de que las piernas y las caderas se agigantaban de una manera poco armoniosa y nada plástica, los rostros y los torsos se daban en sus proporciones normales en un primer paso que lo iba a alejar de Botero y Grau. Sin embargo, Muñoz caricaturizaba, y no era por la vía de la caricatura por donde podía acceder a lo que se proponía. Mucho menos por la vía de unas situaciones eróticas burdas, sin misterio y sin poética. Me refiero en este caso a la serie titulada Parejas, de comienzos de 1974.

Con Gritos y susurros (1974), obra ganadora de un primer premio en el V Salón de Arte Joven que organizó en Medellín el Museo de Zea en septiembre de ese mismo año, Muñoz inició el tema de las vampiresas y se decidió a continuar frontalmente la estructura de sus figuras para que se integraran las dos partes en que dividía la obra. Al mismo tiempo, como dominaba mejor la anatomía, las figuras aparecieron íntegramente en sus proporciones normales, logrando, ahora sí, la calidad erótica que antes no poseía. Erotismo que se originaba en la sensualidad de los múltiples grises que empleaba en cada dibujo y en la riqueza de detalles de los tocados y hasta del mismo paisaje (algo versallesco, que llenó el fondo antes completamente blanco. Al perfeccionar su dibujo, Muñoz entró a preocuparse por la obtención de un conjunto plenamente atmosférico, consiguiendo unas calidades muy singulares en cuanto eran pictóricas y no lineales.

En el mismo Salón de Jóvenes de Medellín, Muñoz presentó otro dibujo, Figuras (1974), en el que entró a trabajar con dos momentos y no con dos situaciones. El 74, podría decirse, es el año de sus cambios rápidos y de un constante quemar etapas. Muñoz, mejor equipado técnicamente y con unos conocimientos de oficio que ya lo situaban a la altura de los mejores artistas colombianos, ejecutó en la parte superior de Figuras una escena de burdel con las mujeres esperando alineadas en poses excitantes mientras en la inferior aparecía un desnudo. femenino reclinado pero visto fragmentariamente, desnudo que trabajó con toda la morosidad que requirió para que se diera en su sensualidad más esplendorosa. Ahora, al provocarnos, nos hacía participar nuevamente de la obra pero señalándonos a todos nosotros, sus observadores, como copartícipes de este humillante comercio. Explica esto la cualidad andrógina de algunos de los desnudos de la obra realizada posteriormente, que lo mismo parecen femeninos que masculinos, según las preferencias de las virtuosas damas y los honorables caballeros.

Una vez se acogió a un tratamiento evidentemente realista, Muñoz prefirió los ambientes interiores penumbrosos y cálidos, en los que se empleó a fondo utilizando los negros más profundos. Pero casi inmediatamente pasó a los exteriores, y las mujeres ricamente ataviadas (con rostros, maquillajes y vestidos de los años 20) aparecieron en la sección superior recostadas en las esquinas a la espera, mientras en la sección inferior Muñoz mostraba las piernas, de las rodillas hacia abajo únicamente. No había solución de continuidad anatómica en la figura al pasar de una a otra sección, pero sí una precisión espacial realmente extraordinaria con la que podía Indicarnos, claramente, que se trataba de la misma mujer pero vista por un observador que le hubiera dado la vuelta para situarse en un punto de vista casi a ras de tierra. Muñoz llegó en este momento a dominar la anatomía de tal modo, que le bastaba sugerir, por la posición del cuerpo, la manera como salía una cadera y la inclinación de los hombros, aunque la figura en la parte superior no apareciera sino hasta la cintura, que la mujer tenia cruzados los pies tal como los veíamos en la sección inferior.

El dibujo torpe, o más que torpe limitado, de cuatro años atrás, se había convertido en uno de los más precisos y limpios de la plástica colombiana. En el detalle ornamental Muñoz había pasado muy cerca de Grau y lo había superado al no interesarse en el ornamento por el ornamento sino en el ornamento por su función temática.

Considerada la totalidad de la obra realizada por Oscar Muñoz hasta ese momento, ésta poseía una unidad tanto plástica como conceptual y temática. Su erotismo era algo más que un oscuro problema de alcoba porque se planteaba en función social y con intenciones críticas bien definidas, aunque en su cometido no siempre diera en el blanco. Las señoras burguesas, entregadas a roces secretos, las vampiresas de la farándula y el cine o las prostitutas de su última etapa, como “objetos’ visuales, eran representadas todas con unas diferencias de matices. Matices que desaparecieron en sus últimos dibujos de 1974, una vez que condensó en Un solo personaje los tres prototipos femeninos que antes consideró por separado. Era lo que buscaba y lograba en Belarmina Manuela y Celestina, para citar solamente a tres de los pertenecientes a este conjunto de dibujos. Muñoz apuntaba así a la libido de una sociedad en la que el sexo es un artículo más de consumo y en la que es precisamente el consumo del gran patrón que determina las jerarquías de la escala social. Del voyerismo inicial, complaciente y subjetivista, Oscar Muñoz había penetrado en una realidad que nos aliena a todos por igual dentro de un tratamiento objetivo y sumamente claro

Si en un primer período la figura aparecía sin muchos ornamentos contra el fondo desolado del papel, más adelante Muñoz abandonó este tratamiento para dar cuenta del contorno ambiental. Ese contorno ambiental, en principio, se redujo a telones que lo mismo representaban una fachada que un mirador con su balaustrada sobre el paisaje, fondos falsos pero reales en cuanto al utilizar el truco de los viejos estudios fotográficos podía enfatizar la calidad de mercancía, muy bien empacada y vistosamente presentada, para incitar el consumo de las vampiresas y prostitutas de su desarrollo temático.

La vida cotidiana

De 1972 datan dos dibujos excepcionales cuyas particularidades nos permiten ahora involucrarlos a su producción más reciente, como antecedentes valiosísimos de ella. Son Familia en sus versiones 1 y 2, admitidos en el XXIII Salón Nacional. Tomando por modelo antiguas fotografías, Muñoz recreó el típico conjunto familiar de la abuela, el’ padre, la madre y la hija enfrentando la cámara con sus vestidos más elegantes. Captaba así, y recreaba, la inflexibilidad pequeñoburguesa por medio de una figuración plena que derivaba de Botero, no sólo en la deformación sino en el humor. Tres años después, en 1975, el artista reconsideró estos dibujos de temática familiar y cotidiana. Ya en el año anterior, cabe señalar, el espacio de los dibujos se había desarrollado tridimensionalmente con tal despliegue de virtuosismo en los detalles, que inmediatamente comenzó a sentir tal interés por el hábitat que penetró en ese espacio doméstico tan característico de su obra hasta hoy.

El proceso se inició con Mujer en la ventana (1975), en el que abandonó el planteamiento de las dos imágenes separadas por una línea horizontal para crear un solo conjunto ambiental. En esta obra de transición hallamos restos de esa picaresca que Muñoz manejaba en la etapa inmediatamente anterior. Quiere decir esto que sus etapas eran mediatas y que muy lentamente pasaba de una temática a la otra sin precipitaciones. La Mujer en la ventana presentaba en primer plano una ventana que daba a la calle con su medioambiente superior abierto, por el que asomaba el rostro de una bella mujer sonriente. Al fondo se alcanzaba a ver el patio interior rodeado de un corredor, parte de su jardín y una puerta. Encontrábamos, pues, un espacio bien definido en su tridimensionalidad. La mujer, si bien por su belleza y el tipo de maquillaje recordaba a las vampiresas, también podía ser la casta coqueta del barrio que flirteaba con su vecino. Pero no era esto lo definitivo: era el registro de un espacio cotidiano, reconocible y familiar, la captación de la atmósfera del barrio de clase media tan peculiar a nuestras ciudades. Si bien el predominio de horizontales y verticales situaba los elementos dentro de una cierta estaticidad, había al mismo tiempo una tensión dinámica que emanaba de la situación anecdótica, o sea, de esa relación que se establecía entre el observador y la imagen de la mujer. Sin lugar a dudas, esto es literatura pero es una literatura en el mejor sentido del término, que, por lo demás, no llegaba a anular las exigencias plásticas específicas de la obra. En adelante la anécdota jugaría un papel importante en los dibujos de Muñoz, quien en sus trabajos siguientes inició el registro de nuestro espacio doméstico deteniéndose en los patios de las casas, los corredores ornados de canastas colgantes sembradas de matas, las salas con el esplendor de las fotografías familiares enmarcadas, el zaguán penumbroso y la calle cotidiana.

Este inventario ambiental que hallamos en Niña casadera, los dos dibujos titulados Dos figuras y en Ventana (todos de 1975), es el encuentro feliz con una imagen perdida para muchos y que sólo subsiste en los vericuetos de la fantasía y la memoria. Es el mundo que comienza a desaparecer en nuestras crecientes ciudades, pero que recreado por Muñoz, nos puede hacer pensar en Proust, cuando en realidad nos acercamos a esa atmósfera tan particular del narrador uruguayo Felisberto Hernández. Ocurre que nos reconocemos a nosotros mismos en estos dibujos y, como sucede ante las mejores pinturas de Hopper, percibimos un territorio que anímicamente nos pertenece al captar un espacio esencial que forma parte de nuestra identidad personal y, al mismo tiempo, da cuenta del discurrir de una historia nacional que también se manifiesta en la particularidad estilística de una puerta o en la facturación y aspecto decorativo de unos muebles o en las características de una arquitectura. Muñoz conseguía así ser de aquí y de hoy en el sentido en que toda mirada al pasado se hace desde un presente y en un lugar específico que, para el caso, es la Colombia doméstica que ha cautivado el ojo de este gran dibujante.

A partir de 1975, Muñoz se tomó más exigente con su dibujo y se empeñó en lograr una facturación técnica absolutamente impecable. La utilización del área total del pliego de papel para desarrollar un solo ambiente y no dos como antes, le planteó entonces otras exigencias y nuevos problemas por resolver. Su inclinación por un espacio específico con personalidad y no por un espacio abstracto lo colocó en la situación de considerar aspectos de luz y sombra con un sentido realista. El claros­curo comenzó a ser la preocupación fundamental de Muñoz, pero algunos de los primeros dibujos en que esa preocupación se evidencia, presentan notables fallas en cuanto no siempre los grises y el paso paulatino o abrupto del blanco al negro, en un volumen tocado tangencialmente por la luz, quedaban bien realizados

De otra parte, Muñoz, inicialmente obsesionado por los rostros femeninos hermosos, se alejó rápidamente de esta concepción en lo que fue una decisión afortunada. El artista comprendió que en el espacio cotidiano los personajes que se mueven no siempre cumplen con el Canon de belleza que derivaba de las estrellas cinematográficas de los años 20 y 30. En la búsqueda de los tipos corrientes de hombres y mujeres que correspondieran adecuadamente a la nueva situación que se planteaba, los resultados inmediatos no fueron del todo felices. De allí que empleara el recurso de desvanecer los rasgos faciales bajo una fuerte sombra que no convencía por su artificialidad, malográndose los resultados de unos dibujos que por lo demás estaban muy bien estructurados.

Con todo, cabe señalar que sin insertarse de ningún modo en el hiperrealismo pero teniendo en cuenta sus aportes, Muñoz se adentró en un dibujo más y más realista, aplicándose en el detalle aparentemente incidental pero en verdad definitivo para conseguir las densidades atmosféricas tan particulares de sus más recientes dibujos. Muñoz trabajaba a partir de fotografías de las que seleccionaba aquellos elementos que le interesaban, un trabajo de taller que consideraba pero también transformaba las posibilidades del collage. Si no olvidamos que lo esencial en Muñoz es la atmósfera, la exigencia que surgía era la que dentro de esa atmósfera cada objeto o figura encajara perfectamente para que resultara creíble el conjunto. Lo que, en definitiva, era un volver al Renacimiento y al empleo de aquello que los italianos llamaran invenzione, caída en desuso en el transcurso del presente siglo. La posición de un personaje, sus movimientos, su vestimenta, su expresión, su ubicación en el espacio, su relación con los objetos que lo rodean y con los demás personajes, el decorado ambiental, todo debía ser estudiado cuidadosamente para crear un equilibrio. Muñoz tocaba un área peligrosa, y de allí que en algunos dibujos el descuido en uno solo de estos detalles (que podríamos llamar escénicos) comunicara inmediatamente la idea de una factura empobrecida.

Inquilinatos

Fue por la vía de la fotografía, a la caza de los ambientes adecuados que utilizaría como modelos, como Muñoz descubrió el submundo de los inquilinatos con sus hacinamientos y caprichos espaciales, pero también con sus miserias. Muñoz abandonó inmediatamente las ambientaciones típicas de la clase media y entró a retratar, por decirlo así, esa vida infrahumana y casi marginal que lo golpeara tan vitalmente.

En la veintena de cuadros que Muñoz realizó entre 1976 y mediados de 1977 bajo el título de Inquilinatos, hallamos un vasto registro de hechos y situaciones cotidianas que sólo el ojo atento y ágil de un talento imaginativo y fantasioso podía recrear. Con esos dibujos Muñoz ha realizado un gran fresco que despliega la irracionalidad de un mundo que -es tan patético como cálidamente humano. En el manejo del tema Muñoz se mostró tan ambicioso, que rebasé las medidas del pliego y, en las mayorías de ellos, trabajos con dos y tres cartulinas sin ocultarles las juntas. Todo lo contrario: las estudió cuidadosamente para integrarlas a la imagen y formar paneles en los que inteligentemente se plantea la existencia de espacios independientes pero contiguos que se comunican a través de puertas situadas en el primer plano, cuyos marcos o batientes coinciden con las juntas de los pliegos. En cierta manera, Muñoz volvía a la división del cuadro que practicara antes, pero buscando y consiguiendo plenamente una unidad espacial que resultaba un inventarlo de ese laberinto de corredores, cuartuchos y espacios misceláneos en los que se hacinan de un modo inverosímil tantos habitantes. Espacio caprichoso, improvisado, tortuoso, ahogante, sin luz y sin ventilación, de pisos a niveles que suben o bajan arbitrariamente y por el que transcurre la vida en situaciones contrapuestas e insospechadas de unos vecinos entregados al quehacer del amor o el quehacer del trabajo, el quehacer del juego o el quehacer de vegetar sin empleo. De este choque de situaciones disímiles emana una magia que sitúa a Muñoz como un realista extraordinario y de primera línea.

De 1976 podemos mencionar dos obras que de muchas maneras condensan los logros de la serie Inquilinatos. Son el Tríptico de la bicicleta, el niño en el corredor y la mujer que hace. la siesta desnuda, obra admitida en la Bienal de Artes Gráficas de Cali, que organizó el Museo La Tertulia en junio de 1976. La segunda obra es la del niño durmiendo. (Es necesario advertir que un análisis como éste tropieza, en la identificación de las obras de las serie Inquilinatos, con la ausencia de unos títulos o una numeración que particularice a cada. una. de las obras). Haciendo un recorrido de izquierda a derecha, en el Tríptico encontramos una bicicleta con placas de Cali, en un gran primer plano, recostada contra el marco de una puerta que abre a una estrecha escalera que sube. En ella se materializa la gran capacidad sugerente de Muñoz, su poética: alguien ha llegado y es el dueño de la bicicleta, pero no sabemos a qué. En el centro, un niño de escasos dos años ha caminado a lo largo del corredor dejando abandonado su triciclo en el soleado patio del fondo. Algo llama la atención de este niño que, con una mano apoyada en la pared, contempla fascinado lo que ocurre frente a él, algo que el observador no puede ver porque se ubica en su propio territorio. La luz del patio es blanca y fuerte, contrastando con el corredor penumbroso. Por la verticalidad de esa luz podemos saber que es mediodía. Finalmente, en una alcoba absolutamente oscura, una mujer joven hace la siesta desnuda, aferrada a la baranda de la cama en un sueño inquieto. Su posición nos remite a un cromo pegado al muro del fondo, en el que se representa a una acaramelada madre, derivada del neoclásico, alzando a su hijo. Bajo este cromo aparece el retrato de un soldado junto a otras láminas y objetos que conforman lo que llamaré un muro revuelto, poco distinguible por la oscuridad. Estos muros revueltos, a convertirse en una de las constantes de Inquilinatos, se derivan del Pop por su imaginería y por su composición del cubismo.

Lo que la lectura del tríptico propone es una madre y esposa frustrada, anhelante, abatida por una miseria que contrasta con la sentimental felicidad del cromo y la autoridad algo pueril del soldado en la fotografía. Inmediatamente el niño ajeno, algo deforme en sus piernas, transitando una niñez sin futuro, Y, finalmente, el ciclista que visita el inquilinato, vecino o extraño, personaje que llega, pero no es el esperado por la mujer que ahora duerme. ¿O sí es el esperado y es también el padre del niño y el niño lo ha reconocido mientras la madre lo ignora en su siesta? ¿O es que ella simplemente los sueña? Muñoz desafía la literatura y la doblega por la imaginación que despliega a través de los paneles para captar una situación cotidiana perfectamente articulada y producir un impacto ante todo visual.

En el segundo dibujo de 1976 que aquí considero, Muñoz se plantea un espacio poco profundo en cuyo muro revuelto vemos un almanaque, varios cromos que se superponen revelando apenas fragmentos, conjunto que, por la diagonal que traza una lámina que se ha soltado y pende de una esquina, posee una vibración de plano mucho más cercana al cubismo. Un niño duerme en una cama, y arriba, en uno de los cromos, contemplamos el ángel de la guarda con sus alas abiertas en una actitud protectora. El espacio es reducido, y aunque evita recargarlo de elementos, lo intuimos atiborrado e intransitable. En una palabra: invivible. En la elección del tema, Muñoz se demuestra tierno pero no sentimental. Hay humor en la relación niño-cromo porque el ángel no está situado como un personaje “real” al modo de tantas pinturas de iglesia, sino que es una representación de lo ya representado, captando el artista, sin agresividad, lo ridículo e ineficaz de los cuidados de una madre ausente.

Si el Tríptico, uno de los primeros dibujos de la serie, era una obra convincente y de las mejores de Muñoz, en los trabajos posteriores la ejecución decayó en alguna medida al hacerse más complejas las situaciones. Tomo de ejemplo uno de sus dibujos de 1976, aquel en que Muñoz se planteó la captación del movimiento, algo que ya estaba latente en los cuadros divididos de 1973-74 con sus planteamientos de tiempo y espacio. Es el dibujo de la niña negra en traje de primera comunión, obra en la que no es difícil encontrar una rica simbología sobre la alienación de este vasto sector de inquilinos semimarginados.

La simbología parte de la niña que corre apresurada. A la derecha de ella, asomadas en una ventana inverosímil que da a un espacio interior y no a una calle, se hallan dos viejas de curtidos rostros y mirada inconmovible, a quienes los pesares han tornado escépticas de los pequeños detalles de la vida. Los dos rostros se diluyen en la penumbra y flotan en el cuadrado que define la ventana dentro de un tratamiento que toma de Rembrandt. La escena a la espalda de la niña nos revela a un hombre en camiseta que, con las manos en los bolsillos, contempla fijamente cómo una joven se despoja de sus ropas de un modo mecánico, lo que se ve a través de una puerta. Muñoz, que viene de considerar el erotismo como tema, está interesado ahora en desmontar las expresiones de sufrimiento y placer que se suceden en el chato transcurrir de una cotidianidad que hace caso omiso de la intensa emoción que parece sentir la niña con su traje blanco. La combinatoria de símbolos es fácilmente perceptible y la dejo a la imaginación del lector. Sólo quiero señalar que Muñoz falla técnicamente en la representación del movimiento, sugerido a trazos cortantes que prolongan los contornos, al modo futurista. No es este el tratamiento que emplea en otro dibujo de una niña que corre por un corredor cuyos contornos, en cambio, se esfuman de una manera que sí corresponde con las particularidades de su recio lenguaje.

Entre los trabajos de 1976 y los de 1977, las diferencias son ante todo de orden de ejecución y, por lo tanto, de experiencia acumulada antes que de fechas. En los dibujos de 1977 apreciamos la maestría de un artista inquieto que ha alcanzado cierto rigor en el manejo del claroscuro para hacer verosímiles sus complicados ambientes. De sus últimas obras destaco la que representa a una mujer leyendo un diario y aquella de dos figuras completamente cobijadas que duermen en sus camas al alborear el día. En el primero de estos dibujos una mujer sentada en su cama, frente al muro revuelto, se halla concentrada en la lectura. Por una ventana vemos otra ventana (es la disposición irracional propia de los inquilinatos) y el interior de otro cuarto penumbroso en el que vemos claramente a un hombre maduro, de perfil. Muñoz nos revea que en estos espacios absurdos no hay ni puede haber intimidad, pero también capta cómo el mutuo ignorarse bajo la máscara de la indiferencia (que no es la indiferencia pequeño-burguesa) resuelve estos problemas. La luz entra en diagonal bajando de izquierda a derecha, golpea un brazo de la mujer y estalla en el periódico para producir un intenso foco luniínico y atenuarse en la caja de cartón que reposa en el piso. El conjunto es intenso, una característica que Muñoz poco a poco ha ido conquistando. Intenso, es decir, vivo y creíble dentro de una realidad que no busca ni quiere remplazar a los modelos o confundir la representación y lo representado para caer en el mero ilusionismo. En Muñoz hay el necesario distanciamiento que impide la ensoñación o el engaño.

En Inquilinatos no sólo se plantea !a relación del hombre con el hombre o de éste como escala con su espacio tugurial: también su relación con los animales. Cerdos, gallinas y perros son los otros habitantes promiscuos que circulan libremente formando parte de estas comunidades hacinadas. Se totalizan así todas las particularidades de un submundo que Muñoz, al fin y al cabo un artista que en su primera etapa apeló con alguna eficacia a la nostalgia de la belleza femenina de hace cuarenta años, sabe contrastar (para llenarlo de múltiples significados), situando las miserias de esa marginalidad en el interior de viejos caserones deformados cuyos detalles de diseño nos revelan el esplendor de un día, cuando albergaron a los latifundistas y comerciantes prósperos de comienzos del siglo. Descubrimos, pues, una arquitectura en decadencia material pero también a un sector de la sociedad que se halla a la espera de algo que no intuyen ni adivinan pero que sabe llegará. Mensaje, contenido, literatura, anécdota: todas esas consideraciones negadas por la plástica del siglo XX, son aquí recuperadas desafiantemente para quedar vertidas en un lenguaje en el que los significantes no rebasan a los significados, y viceversa. Un lenguaje que de paso rechaza reducir la figuración a la dudosa neutralidad del hiperrealismo. Muñoz no cae en metalenguajes pero tampoco en el panfleto, Muñoz sabe cómo ser un buen realista.

 

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1 Son precisamente estas obras las que nos señalan en Muñoz una concepción que difiere notablemente de la de Ever Astudillo, ese otro gran dibujante caleño, en lo que hace a u división del cuadro en las secciones. (regresar 1)

2 El Tiempo, Bogotá, abril 6 de 1975. (regresar 2)