MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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PEDRO ALCÁNTARA: PLÁSTICA COMBATIVA

Pedro Alcántara nació en Cali en 1942. Y fue en Cali donde adelantó sus primeros estudios de arte en el transcurso de su niñez. Años más tarde, residenciado con su familia en los Estados Unidos, Alcántara cumplió durante la adolescencia un segundo ciclo de estudios artísticos que prosiguió hasta su viaje a Italia en 1959. Una vez en Roma, asistió con irregularidad iconoclasta a la Academia Nacional de Bellas Artes. A fines de 1963, a los 21 años, Alcántara regresó a Colombia. En muy poco tiempo su presencia se hizo tan rotunda, que se convirtió en uno de los factores decisivos para que el panorama de la plástica colombiana sufriera un cambio radical parecido en sus efectos al que concretaran Rómulo Rozo, Luis Alberto Acuña y Pedro Nel Gómez hacia 1928, o Alejandro Obregón, Edgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar, Fernando Botero y Enrique Grau durante la década del 50. Alcántara, quien en los últimos meses de su estada en Roma había experimentado una reorientación conceptual importante al abandonar el informalismo que practicaba y decidirse por la figura humana como el gran tema de trabajo creativo, adquirió de inmediato un inusitado relieve. Su obra, poseída por una visión irracional, caótica, llena de las más variadas implicaciones sociales y políticas, hacía uso de una irreverencia sin fronteras para criticar nuestra violencia con las alusiones sexuales más tremendistas y ofensivas.

1964-1965

El primer periodo de Alcántara estuvo signado por esa irracionalidad que traía de Italia. Plásticamente, en principio, los elementos se desparramaron informalmente por toda la hoja de papel (me refiero a parte de los dibujos realizados en 1964), creando un contrapunto de motivos que muy hábilmente le imponían al ojo saltar continuamente y de un modo dinámico. Sometida a ese tejido incoherente en su apariencia, prisionera de esa vasta y alienada soledad, la figura del hombre. Pero no de un hombre de saco y corbata, saludable y feliz, sino de aquel que como víctima o victimario padecía la violencia. Fue a partir de entonces cuando Alcántara se adentró en un mundo específico y propio, torturado y terrible, con una agresividad de medios y un sentido crítico devastador. A la plástica se le abrieron dos caminos en aquel instante: uno, dirigido a la superación definitiva de tanta pintura romántica de visos decorativos que bajo la doble influencia de Obregón y la action painting se había generalizado entre los jóvenes; el otro cristalizó en la reevaluación del dibujo como tal, que con Alcántara adquirió plena categoría estética.

Si la violencia ha sido el gran tema de Alcántara, hasta 1966 esta violencia fue intuitiva y cercana al existencialismo, tanto por el desgarramiento que el artista dejaba traslucir en sus dibujos como por la manera en que su desesperación se resolvía en imágenes dirigidas a irritar al observador. Programa que el joven dibujante cumplía tan a cabalidad, que su obra fue considerada en principio un espectáculo gratuitamente ofensivo y no una compleja elaboración que impugnaba e intentaba explicar esa violencia dentro del contexto social colombiano. Entonces Colombia empezaba a tomar en serio su censo de muertos y a ser consciente del salvajismo implicado en la simple lista de atrocidades cometidas durante la guerra civil no declarada que, en dos etapas, sacudió a la Nación de 1948 a 1963.

Recreando las explicaciones de sociólogos y sicoanailstas, Alcántara inició entonces un inventario de horrores y tormentos para darnos su versión, tremendamente subjetivista, de un mundo violento que corría paralelo a otro mundo de aberraciones sexuales patológicas que eran parte de esa violencia. Muy lejos estaban sus propósitos de los que movieron a Alejandro Obregón al pintar su cuadro Violencia (1962), y su mensaje era mucho más ambicioso que el de los otros pintores colombianos que igualmente trataron el tema, como Carlos Granada, por cuanto iba más allá de ilustrar simbólicamente esa gran  tragedia que había estremecido al pueblo colombiano. Y logró distanciarse de Obregón y Granada, porque mientras éstos se detuvieron exclusivamente en las víctimas, Alcántara elaboró una impresionante y acusadora galería de victimarios —o sean los culpables y beneficiarios de la sangre que absorbió tanta tierra—, ser es ferozmente morbosos, a quienes presentó con sus particularidades sociales y deformaciones sicológicas por medio de un expresionismo que acentuaba sin ambigüedades lo que quería denunciar. Ese expresionismo, por la arbitrariedad del trazo accidentado y errátil, y por la imprevisible deformación de la figura, se emparentaba en muchos aspectos con los dibujos del polaco Tadeusz Brzozowski.

En la obra titulada Para Henry Miller y sus parientes uterinos (1964), Alcántara mostró una mesa de disección de pata cónica apoyada en una patineta. Frente a la mesa aparecían dos monjas, una de ellas semidesnuda. Había un gran énfasis en el sombreado de las zonas erógenas de estas mujeres, que implacablemente herían al hombre que yacía sobre la mesa. Se presentaba, en primer lugar, un caso de violencia física, pero esta violencia era al mismo tiempo contacto carnal. Las heridas se infligían libidinosamente y las armas cortantes eran símbolos fálicos. Presenciábamos, pues, una aparente inversión de las relaciones sexuales, porque eran las mujeres quienes activamente poseían a este hombre reducido a la pasividad más absoluta. Pero antes que de una posesión, se trataba de una violación. Las autoras de la violación eran religiosas, lo cual nos definía su posición de clase. Alcántara se arriesgaba a señalar responsabilidades en un país como Colombia, nación consagrada oficialmente al Sagrado Corazón de Jesús. Trabajando con toda suerte de agresivos elementos simbólicos, apoyándose en grafomas muy simples y representando la figura humana con un silueteado infantil, la versión alcantareana de la violencia se hizo corrosiva e insoportable. Por esa época, Alcántara era un artista ideológicamente confuso que se acercaba por igual al marqués de Sade y a Henry Miller que a Sartre, los surrealistas y Marx, en una mezcla contradictoria que salió adelante por la gran lucidez de su juicio intuitivo en la consideración de su tema. Entre 1964 y 1965 la obra de Alcántara se desplazó de la composición abierta a la cerrada. Las figuras se hicieron menos accidentadas y más precisas, adquiriendo algunas veces importancia focal. Simultáneamente amplió su repertorio de verdugos al incluir entre ellos a militares y personajes de la alta burguesía colombiana. Esta nueva y combativa versión de la violencia resultó más ajustada a la verdad histórica y, como consecuencia de su proceso personal de estructuración ideológica, las alusiones sexuales se desplazaron a un segundo término.

En un dibujo sin título de 1965, que tipifica la producción de ese año y de buena parte de la producción del año anterior, encontramos una figura esquelética con aureola de santo, aureola que no era sino la nube explosiva de la bomba arrojada por un diminuto avión da papel con motores. En presencia de esa figura, y la de un magro Cristo sonriente, un asesino arrojaba su arma junto al cuerpo de su víctima, con los movimientos de una huida que apenas emprendía. Asomados tras irnos bastidores que cerraban la escena, dos prelados de altas tiaras aprobaban el crimen. El cuerpo de un tercer prelado, a la derecha, coincidía con el de una silueta pintada sobre el mismo bastidor que lo ocultaba. En este dibujo se advertía de la mejor manera la rica imaginación de Alcántara y su habilidad para no quedarse en la mera denuncia con resultados más literarios que plásticos. El tercer prelado reprobaba el acto del criminal, y su cuerpo-fachada, perfectamente plano por cuanto coincidía con la superficie del bastidor, terminaba a la altura de la pelvis con su sexo atravesando el espacio hasta enterrarse en la arena. La expresa ambigüedad entre el cuerpo “real” y el cuerpo “pintado”, y luego entre la plana superficie del cuerpo “pintado” y la espacialidad de su miembro, era la ambigüedad entre lo que el prelado criticaba pero en verdad aprobaba. Brillante totalización en la que imagen y literaturidad de la anécdota se daban a un mismo nivel de significación.

En La familia casta o la casta general (1965) un militar vistiendo media casaca., que lucía las condecoraciones prendidas a la piel de su pecho, tenía por cabeza un blando cuerpo femenino. El espacio entre las piernas de ese cuerpo conformaba la boca del militar, mientras el pubis insinuaba la nariz y los senos se asemejaban a 108 ojos. El militar llevaba sobre esa cabeza-cuerpo un velo de novia, y posaba entre varias figuras secundarias que  se agolpaban en lo que era una parodia de la tradicional foto de bodas, pero también una sátira al machismo. Fue en ese dibujo donde la violencia de Alcántara, además ser orgiástica, anunció las peculiaridades viscerales de su esto. Los cuerpos deformes se volvieron transparentes y hasta proyectaban al exterior sus interioridades porque los verdugos se habían convertido en víctimas de su propia violencia dentro de un goce enajenado, metáfora de las contradicciones del sistema. De la composición abierta a la focal, de los grupos de figura a la figura única, de la silueta al volumen y de la irracionalidad a la toma de conciencia sobre cuál es el papel de todo artista o intelectual honesto en la lucha de clases —toma de conciencia que precipité su entusiasmo por la revolución cubana—, Pedro Alcántara habla evolucionado, con miras a depurar su denuncia para que históricamente resultara mejor sustentada y se nos diera, por lo tanto, mucho más clara políticamente.

1966

Tan pronto Volvió a Colombia en 1963, Alcántara entró en estrecho contacto con el grupo nadaísta de Cali y llegó a coordinar el Festival de Arte de Vanguardia, que el alborotoso movimiento —cuyas teorías se configuraron con muy variados elementos tomados de los beatnicks, los existencialistas y el misticismo Zen— celebró paralelamente al festival que oficialmente organizaban las autoridades regionales. El cambio que Alcántara experimentó de 1966 en adelante es apreciable con solo mencionar las características de su espectacular participación en el festival de 1965, cuando realizó, junto a Norman Mejía, una famosa “conferencia pintada” consistente en la ejecución frente al público, por ambos artistas, de una gigantesca pintura de tema erótico. Fue la cumbre de su febril subjetivismo, la. cumbre de una excitación juvenil en la que el desgarramiento interior se volvió un espectáculo. Pero ya Cuba se había constituido en ejemplo de lucha revolucionaria, de lucha dirigida a construir un orden humano. Para un artista cuya protesta era sincera, la revolución que dirigía Fidel tenía que ser el campanazo de alerta que lo llamara a la autocrítica y a la reorientación de su trabajo.

En el Festival de Vanguardia del año siguiente, Alcántara presentó, junto a Granada y Augusto Rendón, una serie de dibujos, clave en el desarrollo de su lenguaje, titulada Los testimonios (1966). El subjetivismo cedió y el tema fue abordado con un criterio eminentemente político. En Los testimonios, Alcántara abolió la informalidad del trazo y la línea se hizo precisa a la búsqueda de una figuración más objetiva. La línea quebrada y la mancha informal desaparecieron a tiempo que el artista abandono el palo de bambú y prefirió la plumilla. El dibujo detuvo entonces, por primera vez, en elementos de Contornos geométricos (el casco del soldado, el banco de madera o el cañón del fusil), respetando sus formas. Alcántara se había tornado representativo, lo que, a pesar de las reminiscencias goyescas de Los testimonios, debilitó el resultado. La literatura desbordaba ampliamente un lenguaje que pretendía objetivarse ante la tragedia que fue la violencia, y no iba más allá de ser ilustrativo. Pero comenzó a tomar carácter el juego de transparencias de la piel, esa. imaginativa imbricación de vísceras y tendones, sobre o bajo los ropajes, para comunicar de un modo directo la crudeza de las situaciones.

Si bien es cierto que Los testimonios no fueron unos dibujos plenamente logrados, aunque el número 49 de la serie mereció el primer premio en el XVIII Salón Nacional, por lo menos ellos señalaron el Inicio de una cualificación conceptual que condujo a obras mayores. Los testimonios fueron un tanteo, una exploración, la búsqueda de un lenguaje. Alcántara era ya un hombre consciente, un hombre politizado que comprendía su compromiso, así como las exigencias éticas y estéticas de ese compromiso. El mejor ejemplo del entusiasmo con que abordó su nueva concepción lo hallamos en El martirio agiganta a los Hombres-Raíz (1966), actualmente en el Museo La Tertulia de Cali, su única obra hasta hoy de grandes dimensiones. Alcántara, cuando el gigantismo se apoderó de la plástica nacional, quiso competir con la pintura por el tamaño. Lo que produjo, de cualquier manera, fue un dibujo muy expresivo ejecutado con brocha gorda y vinilo negro. La obra era fuerte y se imponía por la monumentalidad y tenso dramatismo de las dos figuras martirizadas colgadas de los pies.

1967-1972

El lenguaje que Alcántara había balbucido en Los testimonios, comenzó a concretarse en la serie titulada Cara (1967), en la cual el artista volvió sobre una figuración nerviosa, no ya por el roto esquematismo de la línea, sino por la disposición de unas masas temblorosas, arrugadas: de una deliberada inconsistencia en Me han desposeído, me desdoblo (1967), tercer premio compartido en el XIX Salón Nacional; de una sólida superposición de duras corazas en Homenaje a María - Tanta majestad me aterra (1967), su envió al Salón Bolivariano efectuado en Cali ese mismo año. El dibujante no abandonaba su tendencia expresionista, pero en un giro curioso —y hasta contradictorio— entró a practicarla como una rigurosa, racional y equilibrada construcción de elementos orgánicos dispuestos para producir una deformación estudiada, no la azarosa e inconsciente de raíces surrealistas de su primera etapa. El nuevo lenguaje se plasmó en un todo coherente en una serie ambiciosa y plenamente lograda que tituló Cuerpos o Qué muerte duermes, ¡levántate! (1967-68), con la cual concluyó definitivamente toda una etapa. Alcántara había pasado de la violencia histórica que padecieron los campesinos colombianos, a esa violencia cotidiana que sufre un pueblo a causa del sistema que lo margina y atropella diariamente. Uno de los dibujos de la serie, fechado en 1968, es un ejemplo de las realizaciones iniciales de este nuevo período. El dibujo mostraba una figura deformada violentamente por un amasijo de elementos orgánicos que se superponían, produciendo contorsiones imposibles. Montado sobre un potro de suplicios, el personaje maniatado y sometido padecía una enfermedad monstruosa que le había sido impuesta, que no le pertenecía. Alcántara lograba de este modo una atmósfera muy especial de connotaciones propias, similar en profundidad y totalidad pero distinta en sus aplicaciones a las de Kafka y Cuevas. Desaparecía para siempre la violencia de tintes patológicos y desaparecía igualmente el humor cómplice y macabro de su primer impresionismo.

En la serie Cuerpo, integrada por nueve dibujos, la composición y el tratamiento textural poseían una sobriedad clásica que neutralizaba cualquier sentimiento de horror. Alcántara ya no se proponía ofender al observador ni trataba de embarcarlo en identificaciones de nivel primario, sino más bien emocionales. Las relaciones que ahora proponía eran elaboradas y complejas, mucho más intelectuales. En otras palabras: buscaba y lograba una comunicación de tipo ideológico. A partir de Cuerpos el artista enfrenté temas ambiciosos que acometió, a pesar de su edad, con la madurez y seguridad de un artista que ya había accedido a su propio lenguaje. Entonces acudió a técnicas de impresión múltiple, como la litografía sobre plancha de zinc, para que sus trabajos no quedaran reducidos a la obra única. Series como Tus sueños no tendrán fronteras (1968), basada en la imagen revolucionaria de Ernesto “Ché” Guevara, Otra mano empuña tus armas (1968), Así son los héroes (1971) y Retrato de un guerrero (1972), las tres últimas realizadas como ardorosos homenajes a los héroes de las luchas populares en el mundo, entre ellos el inolvidable comandante Ciro Trujillo, indicaron con exactitud la seguridad conceptual y el giro temático del trabajo de Alcántara. Entre el revestimiento visceral y los personajes patológicos presentes en el irracionalismo que predominó en sus dibujos de 1964-65, y el revestimiento orgánico, el ordenamiento racional y las connotaciones políticas de la obra adelantada a partir de 1967, había una distancia que es la misma que existe entre las muy distintas manifestaciones de violencia que Colombia ha conocido. Las diferencias de lenguaje, en uno y otro período, correspondían exactamente a las transformaciones que sufrió esa violencia de los años 50 al convertirse en abierta y consciente lucha de clases durante los años 60. El gran tema de Alcántara cambiaba a la víctima inocente de esa época oscura por el mártir revolucionario de hoy, y al verdugo de entonces por el valiente guerrillero atrincherado en las montañas. Si el genocida aquel se daba monstruoso, este guerrero de las series litográficas se mostraba gallardo, altivo y puro como un personaje verdaderamente épico.

En el proceso, los tendones de Cara y Cuerpo se metamorfosearon en raíces vegetales, que primero formaron protuberancias musculosas que accidentaban el volumen y luego pasaron a ser corazas ricamente ornamentadas. En los importantísimos dibujos azules de la serie Hombre corriendo en su tierra (1970), Alcántara trabajé a partir de elementos decorativos tomados del arte precolombino y, más concretamente, de la cerámica Tumaco. En loe dibujos azules, como caso aislado y único en esa etapa, las figuras de unos nobles que visten ropajes caballerescos adquirieron movimiento. El procedimiento de Cuerpe, que implicaba dignidad bajo tanto horror, se invirtió en una de las variaciones de Hombre corriendo en su tierra. Ahora, bajo la piel del sonriente rostro enmascarado se nos mostraba una repugnante abertura, y esa abertura nos revelaba los diente de una boca babeante. La maestría de la ejecución y la festividad del color evitaban que el observador rechazara el teísmo de este hábil juego de contra­posiciones. Muy lejos se hallaba Alcántara del tremendismo de sus primeros años.

De otra parte, en Tus sueños no tendrán fronteras el artista introdujo una imagen plenamente realista. En las tres variaciones de la serie, Alcántara dividió en cuatro secciones la hoja de papel y en cada una de esas secciones ubicó la cabeza de un hombre. Una de esas cabezas era del “Ché” en lo que parecía una fotografía altamente contrastada, pero en realidad era un dibujo. La significación de las obras del periodo entregó aquí su clave. Si en Cuerpos Alcántara representaba al hombre explotado, en Tus sueños no tendrán fronteras este hombre encontraba un aliado y un conductor en el “Ché” para las tres primeras versiones de la serie, y en el valiente comandante Ciro, héroe de las FARC, para la cuarta y última, a la que le dio un titulo autónomo —Otra mano empu5ia tus armas—, aunque conceptual y temáticamente se inserta en tus sueños no tendrán fronteras. La presencia de tres monumentales cabezas atravesadas de raíces y tendones en las otras tres secciones, tenían tal connotación y muchas otras: tres cabezas de tres guerrilleros heroicos que habían sido forjados por el sufrimiento mismo de un pueblo que le decía ¡basta! a la explotación y echaba a andar; tres guerrilleros heroicos que a su vez eran el propio “Ché” y el propio Ciro.

La utilización del expresivo lenguaje que había descubierto que la cerámica Tumaco, consideraba como su vehículo el mismo que cursé las propuestas culturales de pueblos antiguos, hoy oprimidos, para fijar el ejemplo vivo de los grandes revolucionarios de nuestro tiempo. Sobra analizar el significado de este rescate para nosotros, latinoamericanos, a la búsqueda permanente de una identidad. Apoyándose en los logros que le reportó ese rescate, Alcántara amplié los resultados obtenidos y trabajó nuevamente sobre la imagen del comandante Ciro en dos dibujos titulados Así son los héroes (1969), que no debemos confundir con las litografías que con el mismo titulo realizó en 1971. y trabajó, igualmente, la imagen del líder negro norteamericano George Jackson en uno de las tres variaciones de Retrato de un guerrero. Estas series, junto a Tus sueños no tendrán fronteras, conformaron su gran galería de homenaje a los guerrilleros heroicos del mundo. Su temática se cualificaba en esta tercera etapa: de la violencia histórica colombiana, pasando por la violencia cotidiana del mundo capitalista, el hombre alcantariano se empleaba a fondo en la lucha por la liberación.

En esos años Alcántara se encaminó, momentáneamente, hacia un realismo de tipo retinal. Es así como en Son sombra de guerrero, versión número 2 (1971), hallamos a la figura trabajada sin las conocidas contracciones y expansiones corporales que había iniciado en Caras y que alcanzó su coherencia a partir de Cuerpos. Los accidentes orgánicos peculiares de su estilo, los cuales deformaban la anatomía desde adentro, se convirtieron en un ropaje de reminiscencias míticas que ceñía al cuerpo del guerrero desde afuera, sin alterar sus proporciones anatómicas. En 1971, con el dibujo titulado Cara, Pedro Alcántara ganó una vez más un premio en el Salón Nacional. Esta obra es, junto a Violencia de Obregón, Homenaje a Mantegna (1958) de Fernando Botero y El delirio de las Monjas muertas (1973) de Juan Antonio Roda, uno de los trabajos más significativos entre los que han concurrido al certamen que se inició en 1940. Y sin lugar a dudas, aunque sea un calificativo que ya no establece jerarquías estéticas, uno de los más bellos. Cara de 1971 poseía tal serenidad clásica y nos daba tan cabalmente la imagen del hombre equilibrado y racional, que parecía una variación de un original de Rafael o de Leonardo. Pero esta era una mera apariencia, producto de la maestría de Alcántara, quien en este dibujo nos demostró (al respetar íntegramente los detalles de un rostro dentro de la armonía más absoluta) que su lenguaje había llegado a su más alta cumbre.

En 1972, el Homenaje a George Jackson patentizó un Alcántara repentinamente lleno de dudas. Su figuración había pasado ya por un punto culminante. Homenaje a George Jackson fue el segundo estado de la litografía Así son los héroes, número 2, ejecutada el año anterior. Entre uno y otro estado su lenguaje cambió la ornamentación rigurosa y equilibrada por una ornamentación que tendía a ser decorativa. En consecuencia, cedió en vigor y perdió impacto visual. Homenaje a George Jackson carecía de la poesía de sus trabajos inmediatamente anteriores.

1973

En 1970, durante su permanencia en San Juan de puerto Rico con motivo de su exposición en la Galería El Morro, Alcántara tuvo oportunidad de trabajar con ese gran artista gráfico que es Lorenzo Homar, quien lo inició en la técnica de la serigrafía. Este aprendizaje, inconcluso por la brevedad de la estada de Alcántara en Puerto Rico, fue completado cuando Homar viajó a exponer en Cali a fines de 1972. Oportunidad que aprovechó el Museo “La Tertulia” para invitarlo a dirigir un taller. Alcántara avanzó así en la formación técnica que lo llevó a reorientar nuevamente su lenguaje. Hasta 1972 los dibujos de Alcántara fueron a tinta y plumilla, pero a partir de marzo de 1973, después de trabajar intensamente la serigrafía dibujando directamente sobre el tamiz con lápiz litográfico, Alcántara abandonó la tinta y empezó a experimentar sobre papel con mina gruesa de grafito y carboncillo. Al encontrar que el trazo del carboncillo aumentaba cuarenta o cincuenta veces la fina línea que obtenía con la plumilla, Alcántara se vio forzado a ampliar igualmente los elementos ornamentales de su figuración, eliminando de paso la minuciosidad de detalles que la nueva técnica no le admitía.

En las series tituladas La muerte de (...), Retrato de (...) y Hombre caído (todas de 1973), una malla punteada vino a remplazar la trama de líneas que antes definía, según su intensidad, el valor de las áreas. Estos valores se plasmaron en sólidas zonas blancas, grises o negras, que atravesaban la mapa y hacían más rotundas y pesadas las figuras. Los retratos que realizó entonces Alcántara, una prolongación de los que antes había hecho del “Ché”, Ciro y Jackson, fijaban la imagen heroica de líderes populares que iban desde Miguel Suárez, un dirigente comunista colombiano brutalmente asesinado, a Agostinho Kalundu, símbolo este último —con su nombre luso-africano inventado por Alcántara— de las luchas de liberación que el MPLA y el FRELIMO adelantaban entonces en Angola, Mozambique y Cabo Verde. Las implicaciones políticas de la obra seguían, pues inalterables. Pero al acercarse a un realismo de tipo retinal, los héroes perdieron la atmósfera mítica de antes para tornarse humanos y quedar situados más cerca de nosotros. Oportunamente Alcántara había evitado repetirse, aventurándose en un giro parecido al de 1967 y tan coherente como aquel. Cuando en mayo de 1974 Alcántara realizó en la Biblioteca Luis-Angel Arango de Bogotá su primera exposición retrospectiva bajo el título de 10 años de obra gráfica, no fue difícil apreciar cómo en ese lapso había logrado acceder a una originalidad y fuerza estilística que muy contados artistas han alcanzado en Colombia. Fue el primero de su generación en liberarse de las imposiciones estéticas que implica toda penetración cultural, pues su obra allí reunida era una comprobación irrefutable de que sí es posible ser fiel a los compromisos que el momento histórico impone, sin traicionar o violar las leyes internas del arte, su especificidad, sus exigencias estéticas. Alcántara demostraba poseer una actitud viva y política que iba más allá de la circunstancialidad de la pancarta o de la metafísica de la teoría de las tres prominencias que todavía aplican los maoístas.

1974-1975

Si al realizar su retrospectiva en 1974, Alcántara demostró versatilidad y capacidad de renovación constante, al tiempo reveló un enorme talento para permanecer completamente fiel a su obra. En Alcántara no se han dado saltos sorpresivos y mucho menos inexplicables. De allí que las particularidades que en cada etapa ha asumido su lenguaje, tuvieran siempre un antecedente en previas realizaciones. De modo que los giros revitalizadores de su expresión no han sido nada espectaculares, sino, por el contrarío, de una coherencia absoluta.

En 1976 exhibió dos series en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, Bogotá: el libro El mal y el malo (1974), con veinte poemas de Neruda seleccionados, ilustrados y caligrafiados por Alcántara, y la carpeta La danza de la muerte (1975-76), que contiene ocho serigrafías. En esos dos trabajos no fue difícil descubrir elementos y tratamientos evidentemente contradictorios que se tradujeron en el momentáneo abandono de su lenguaje francamente expresionista, para adentrarse en la búsqueda de una representación realista menos en conflicto con nuestra percepción retinal. Si bien es cierto que esa preocupación ya estaba presente en Son sombra de guerrero, de todos modos persistieron algunos elementos del viejo Alcántara tanto en El mal y el malo como en La danza de la muerte. Esos elementos los encontramos del modo más nítido en las tres primeras serigrafías de El mal y el malo, en las cuales creó el artista unas curiosas figuras mitad humanas y mitad animales que vinieron a sumarse a su rica iconografía. Alcántara las inventó al considerar el texto que ilustraba, pero haciendo acopio de imaginación en su interpretación de los fragmentos que escogió del Canto general de Neruda. La ilustración número 1, por ejemplo, con todo lo extraña que pudo parecemos entonces, resultó perfectamente explicada como el engendro de la formación del gato y la escorpiona de que habló el gran poeta chileno y como ese mástil en que se enrolla la sauna América. Esta criatura nos remitía a esa agresiva figuración de 1964-65 y era a la vez la contraparte de su hombre-raíz, contraparte plasmada en este hombre-animal-esqueleto. Así nacieron los engendros, insertos en un mundo de farsa carnavalesca y de oprobio. La farsa y el oprobio de las tiranías de corte fascista que inauguraron los militares en Brasil y Uruguay para alcanzar en Pinochet la más alta expresión de criminalidad genocida, de barbarie, de ofensa a la dignidad humana y la cultura. La escogencia de Neruda no era un acto de amor a la poesía sino de amor a la libertad, Y una protesta contra toda forma de tiranía. Imagen satírica de las infamias de la burguesía más reaccionaria, los engendros eran una metáfora despiadada y absolutamente clara desde el punto de vista ideológico y político.

En lo referente a su inclinación por el realismo, que ya he mencionado, debo aclarar que Alcántara ha sido siempre un realista en el sentido más amplio y rico del término en cuanto su obra se origina en la vida —sin omitir o soslayar su complejidad de situaciones— y no en otras obras de arte. Uso pues, la clasificación, en su significación más restringida: una estética que persigue el artificio de duplicar lo que el ojo ve de un modo simpre y llano. Por eso llamo retinal a ese realismo. Para percatamos de la aproximación que ensayaba Alcantara, consideremos las ilustraciones números 8 y 11 del libro. La ilustración número 8 es la que representa a un orador detrás de una pancarta amarrada a fusiles, en cuya primera línea se lee Nosotros, patriotas cristianos. Al realizar esa ilustración, Alcántara utilizó en su parte baja la misma plancha de impresión serigráfica que encontramos en la ilustración número 11, correspondiente al poema que menciona a la fauna de fríos mordedores  de la ciudad, tigres terribles. En la número 8 el detalle de la audiencia aparecía difuminado por un velo gris en consonancia con el tratamiento de la figura algo borrosa del orador; en la número 11, en cambio, la misma audiencia aparecía nítida con su rica combinación de engendros en el primer plano, muestrario de la iconografía que manejaba. En el curso de la misma serie el artista se arriesgaba y exploraba desconocidos territorios, pero la verdad era que entre una y otra ilustración los engendros ofrecían más posibilidades, porque no sólo alcanzaban a comunicarse efectivamente con nosotros, sino porque estaban mejor logrados plásticamente. Los engendros eran alcantarianos en todos sus aspectos.

Antes de emprender La danza de la muerte, el artista prosiguió su inquietud realista-retinal en la serigrafía Homenaje a Diego Rivera (1975), su aporte al portafolio Solidaridad, concebido por el recién fundado Taller Gráfico Experimental de Cali, del que formaron parte Maria de la Paz Jaramillo, Phanor León, Oscar Muñoz, Virginia Amaya y Pedro Alcántara. El título de la obra era muy diciente. Alcántara había visitado México a principios de 1975, y su atención allí giró alrededor de los muralistas. Fue ante Diego Rivera ante quien el artista adquirió la confianza necesaria para acercarse a un lenguaje más directo. Homenaje a Diego Rivera, con su caricaturización de la burguesía, el clero y los militares, traslucía su deseo de adentrarse en una figuración eminentemente monumental. El resultado visual no fue eficaz. La obra consideraba nuevamente a Neruda y en ella, como consecuencia de su entusiasmo por los mexicanos, aparecía una calavera de José Guadalupe Posada. El hecho de que la serigrafía fuera un homenaje a Rivera lo explicaba todo, pero en la variación de los lenguajes reconocibles que allí experimentó, la fuerza dé la figuración alcantariana quedó extraviada. Entre otras cosas, porque a la obra le faltó humor, ese humor que ha permeado a todas sus obras de tipo crítico.

Llegados a este punto, es oportuno volver sobre su trayectoria para abordar con otro criterio los ciclos de Alcántara desde su iniciación. Entre 1964 y 1965 su tema fue la violencia que patrocinó y practicó la burguesía colombiana. En ese período, imagen y texto se complementaron y la intención fue caricaturesca. Entre 1966 y 1973 la temática se dirigió a captar la explotación del pueblo y la lucha de sus héroes por alcanzar la liberación. Los textos desaparecieron entonces y la imagen se tomó elocuente por sí misma y hasta monumental en los retratos que hizo del “Ché”, Ciro, Miguel Suárez, José Alfonso Castañeda, José Guadalupe Salcedo y Agostinho Kalundu. En la tercera etapa temática, iniciada con El mal y el malo, Alcántara volvió a plasmar su visión crítica de la burguesía. Esta etapa rememoraba la primera en cuanto la intención tomó a ser caricaturesca y, todavía más, reapareció la combinación de texto e imagen tanto en El mal y el malo como en la carpeta La danza de la muerte. Pero, como veremos más adelante, el texto desapareció finalmente en las versiones posteriores de La danza de la muerte.

La inconsistencia de Alcántara en El mal y el malo residió en que su aproximación realista-retinal se contraponía a lo caricaturesco y le restaba efectividad visual y aun comunicativa. Por supuesto, y vale la pena aclararlo, no se trataba de foto-realismo, pero sí de una intención que pretendía captar la figura humana dentro de cierto respeto a sus proporciones y contornos. Esta reorientación se produjo cuando el hiperrealismo llegó a Colombia y se instaló con relativo éxito entre nosotros. A pesar de las fuertes resistencias que ya había demostrado poseer, a pesar de los anticuerpos desarrollados para oponerse a toda penetración, Alcántara había quedado fascinado por la nueva tendencia y esa fascinación estuvo a punto de llevarlo al formalismo. Al formalismo entendido como la práctica de un estilo que no se compenetra orgánicamente con el mensaje que pretende cursar, produciéndose una divergencia entre significado y significante. Ni la monumentalidad derivada del muralismo con sus figuras plenas al modo de Rivera, ni la estaticidad de la situación, tenían que ver en Homenaje a Diego Rivera con las poderosas cargas del mensaje alcantariano, con la combatividad de sus contenidos Para decirlo de otro modo, sus expresionistas deformaciones de raíces caricaturescas han sido eficaces cuando su posición ha sido fundamentalmente critica, y se ha tornado monumental —sin proponérselo­... cuando ha exaltado lo popular y lo heroico desde. el punto de vista revolucionario. En El mal y el malo y en Homenaje a Diego Rivera, Alcántara combinó las dos concepciones en un tema único: la burguesía.

1975-1977

Dado que Alcántara se proponía acceder a la coherencia que la nueva concepción le imponía, La danza de la muerte resultó una serie irregular por la diversidad de tratamientos al pasar de una a otra obra de la carpeta. Aunque reaparecieron los engendros en las cinco primeras serigrafías, en las siguientes desaparecieron esas criaturas monstruosas, desplazadas por unas situaciones que anecdóticamente se alejaban del absurdo que había envuelto a todas sus ideas iniciales. Alcántara partía en la carpeta de los grabados que sobre el mismo tema ejecutó Holbein el Joven en el siglo XVI. La sobriedad y el sentido realista que Holbein el Joven practicó, condicionaron a Alcántara y lo ubicaron dentro de un limite que, después de todo, el artista buscaba y aceptaba asumiendo sus riesgos. Para desentrañar esta parte del proceso, nos sirven de comparación dos obras en las que nuevamente fue utilizada una misma plancha con ligeras variaciones. Se trata de la número 1 con el texto Sordos oíd y de la número 4 con el texto Sus pies corren mal. La número 1 es una obra expresionista perfectamente lograda, mientras la número 4, con la aparición de un paisaje que paulatinamente ganó entidad en las últimas láminas de La carpeta, demostró el evidente choque de las dos convenciones en pugna. La plancha original, ejecutada para plasmar en la número 1 a los engendros, poseía una densidad que rechazaba los elementos realistas que veríamos en la número 4. Más adelante, en la número 5, con el texto Vosotros habéis devorado la viña, la relación se invirtió y fue la ambientación realista la que colocó fuera de lugar al hombre-lobo que se arrastraba bajo la mesa de los comensales. Ya en las últimas obras de la serie desaparecieron los engendros pero persistió la figura de la muerte —tomada de Posada—, como un símbolo que admitía el realismo. La exposición de 1976 reunió obras que manifiestamente revelaron a un creador inquieto y a la búsqueda de algo nuevo: Alcántara atravesaba un segundo momento de transición que entre mediados de 1976 y diciembre de 1977 logró finalmente superar.

Entregado a la labor de asesorar la ejecución de des carpetas colectivas, la obra personal de Alcántara fue escasa en 1976 y 1977. Al emprender la primera de esas carpetas, en 1976 trabajó nuevamente junto al maestro puertorriqueño Lorenzo Homar en el Taller de Artes Graficas del Museo “La Tertulia” de Cali, como parte del equipo que sacó adelante la impresión de serigrafías de Edgar Negret, Enrique Grau, Antonio Roda, Luis Caballero, María de la Paz Jaramillo y del propio Alcántara. La experiencia fue fructífera para el artista, quien, gracias a la dirección del maestro Homar, alcanzó un nivel técnico realmente asombroso por su virtuosismo. Su obra para la carpeta colectiva fue una nueva versión de La danza de la muerte (1976) y con ella tomó al expresionismo con verdadera decisión, expresionismo que latía de un modo tímido en la carpeta sobre el tema de 1975-76. Alcántara, impresionado por los iconos rusos tras una visita a la Unión Soviética, seccionó la obra en nueve cuadrángulos y en cada uno de ellos desarrolló las situaciones de una secuencia que fue el resumen de la carpeta. Pero poniendo de lado sus intentos de realismo retinal y abandonando los textos. El resultado fue una serigrafía vibrante, fuerte y plena de hallazgos que pasó a ser una de las más significativas de toda su trayectoria.

La composición de La danza de la muerte, a pesar del peso valorativo de las gruesas líneas que conformaban los cuadros, fue elástica e imaginativa al romper las figuras esos cuadros en algunos puntos con el propósito de integrar las partes. Ya en la carpeta del mismo tema Alcántara se había adentrado a explorar la figura humana en movimiento, conforme lo ensayara con éxito en la serie de los dibujos azules de 1970. De la. composición estática pasaba a. la composición dinámica, alcanzando en la serigrafía para la carpeta de “La Tertulia” un movimiento admirable. De otra parte, Alcántara no se limitó al negro únicamentee sino que entró a trabajar con ocres y sienas, necesaria salida del monocromo, que tampoco había vuelto a ensayar desde los dibujos azules. En consecuencia, la atmósfera ganó calidez y las variaciones cromáticas de las diferentes áreas permitieron captar de un modo más claro las situaciones desarrolladas en cada una de las nueve secciones.

Finalmente, aunque abandonó las engendros, la figura humana apareció tensa, desamparada y dramática, en consonancia con el tema, referido a la represión militarista que en ese momento alcanzaba magnitudes inverosímiles en regiones campesinas como las de Cimitarra, Yacopí y Urabá. Represión que en la versión alcantariana se manifestó bajando desde la figura central, mezcla de emperador, militar y prelado, la cual, sentada en el solio, le sonreía a su corte de personales contrahechos al recibir de ellos una calavera como símbolo de la muerte. En las seis secciones inferiores, una orquesta de calaveras sonaba las trompetas de la acción con acompañamiento de acordeón, tambor y guitarra, para que el campo pasara a ser asolado en la plenitud de esta oprobiosa danza de la muerte. Se trataba pues de una denuncia concreta a partir de hechos concretos y no imaginarios o más o menos abstractos. Prosiguiendo su línea comprometida y de combate, Alcántara se mostró como un artista en el apogeo de sus facultades creativas, a pesar de su breve etapa de crisis. Retornaba al expresionismo sin repetirse, pero renovándose con responsabilidad y seriedad. El compromiso de testimoniar su época y su sociedad, era asumido también como el compromiso de no quedarse en la mera superficie de los hechos.

Decidido a explotar sus hallazgos de lenguaje, a fines de 1977 trabajó Muerte a la muerte, serigrafía que prolongó el tema de La danza de la muerte con las mismas intenciones de denuncia social y política. La obra fue su aporte al Graficario de la lucha popular en Colombia, la más ambiciosa y monumental obra gráfica realizada hasta la fecha en el país. El graficario reunió 32 obras de 32 artistas que en algo más de siglo y medio dejaron sus testimonios sobre las luchas desarrolladas por el pueblo colombiano, desde las gestas de la Independencia (1810-1819) al día de hoy, cubriendo en reprospecto un acontecimiento histórico tan importante como el levantamiento de los Comuneros (1781). Alcántara, junto a Luis Ángel Rengifo, Alipio Jaramillo, Pedro Hanné Gallo, Augusto Rendón y Alfonso Quijano, es de los artistas que con más dedicación ha trabajado el tema de la lucha popular y, no por casualidad, jugo un papel decisivo al concebirse el Graficario. En Muerte a la muerte el artista reveló ser el mismo y distinto, a pesar de las crisis y gracias a las crisis, un Alcántara incesantemente alerta y decidido a no estancarse en la facilidad de un hallazgo del pasado. Tal actitud forma parte del compromiso de un artista que se identificó con las luchas populares y ha logrado compenetrarse con ellas no desde fuera sino desde dentro, desde su corazón.

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