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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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AUGUSTO
RENDÓN:
CONTRA-ALIENACIÓN
EN LA GRÁFICA
Rafael
Sáenz es un pintor antioqueño apenas recordado hoy, en cuyo
taller-escuela de Medellín dieron sus primeros pasos en el arte dos
notables artistas colombianos:
Fernando
Botero y Augusto Rendón. De este oscuro y olvidado pero importante
taller, Rendón pasó al Instituto de Bellas Artes local, y ya en 1954 lo
encontramos en Italia aprendiendo técnicas de restauración en el Museo
Pitti de Florencia, al tiempo que seguía cursos de grabedo y pintura
mural en la Academia de San Marcos. Su regreso al país, a fines de 1959,
coincidió con el auge de la abstracción en Colombia, lo. que explica las
obras abstractas que realizó a partir de entonces y exhibió en 1962.
Rendón, al igual que figurativos tan característicos como Ignacio Gómez
Jaramillo, Luis Angel Rengifo y Juan Antonio Roda, resultó fugazmente
atraído por una tendencia que se hermanaba con una concepción crítica
que preconizaba el purismo del arte por el arte y el rechazo al realismo.
Idea que se impuso momentáneamente y resultó derrotada, en cierto modo,
cuando Obregón ganó el premio nacional de 1962 con Violencia, un
acontecimiento que le abrió las compuertas expresivas a un grupo de jóvenes
que hasta entonces habían estado realizando experimentos intrascendentes
dentro del purismo de moda.
Las
condiciones sociales y políticas de Colombia permitieron ese viraje. El
análisis de las causas de la violencia comenzaba a hacerse profundo y
objetivo, la agitación laboral recobró fuerza y se hizo cada vez más
evidente el sello antipopular del Frente Nacional. De manera que los jóvenes
comenzaron a interesarse, con el mismo
fervor
de los viejos muralistas pero con más claridad política, en toda temática
que implicara un compromiso. El triunfo de la Revolueión cubana era todo
un ejemplo.
Los
grabadores Augusto Rendón y Pedro Hanné Gallo, el dibujante y serígrafo
Pedro Alcántara y los pintores Carlos Granada, Norman Mejía se colocaron
rápidamente a la vanguardia de una figuración que se opuso
beligerantemente , la abstracción e intentó registrar, según sus
temperamentos y diferentes posiciones ideológicas, los acontecimientos
que se producían en el seno de la sociedad colombiana. Los más
origina’es de este grupo resultaron ser los artistas gráficos, una
definición que a partir de entonces dejó de ser extraña en el medio
para volverse completamente familiar. Ubicado en esta generación de
impulsadores de la gráfica, Rendón se convirtió en el primer artisla
colombiano que se dedicó exclusivamente al grabado como técnica no
subordinada a la prensa escrita. Aunque antes de él pintores como Ariza,
Acuña. Rengifo, Peña losa, Obregón, Sánchez y Lucy Tejada hicieron
serias incursiones en la xiografia y la litografía, cabe anotar que
ninguno de ellos llegó a emplearlas como medios únicos de expresión.
Si
omitimos la etapa de formación en Florencia, durante la cual sus
ejercicios iniciales de grabador recibieron influencias que lo mismo le
llegaron de Picasso que del Grau que entonces pintaba jaulas, la obra gráfica
de Rendón puede dividirse en cuatro épocas bien diferenciadas. La
primera, entre 1962 y 1964, es de evidentes limitaciones técnicas pero
muy homogénea en su lenguaje. La segunda, de 1965 a 1970, está
tremendamente marcada por la influencia de Alcántara. La tercera, de 1970
a 1974, es de eclecticismo, aunque ya maneja un lenguaje mucho más
personal. La última, de 1973 a hoy, marca su arribo a la madurez. Como se
ve, la tercera época logra prolongarse durante dos años en la cuarta que
aquí señalo, lo que define un período de dudas e indecisiones que se
resuelven definitivamente a partir de 1975.
1962-1964
Tan
pronto abandona la abstracción y con ella la pintura, Rendón realiza en
esta etapa sus primeras obras de grabador profesional. Pero el conjunto de
trabajos que reúne resultan de poco vuelo imaginativo y de timidez
conceptual. Renden produce obras que con sus excepciones se acogen a un
patrón de composición y de contenido. Encontramos, pues, el artista
balbuciente que ya fuera de la escuela enfrenta las minucias de una técnica
dispendiosa y sumamente exigente que lo obliga, sobre la marcha, a sacarle
sus secretos. Tomo como ejemplo
La
familia del pintor
(1962), de un Rendón contradictorio e
indeciso. La línea de contorno que define a la figura del padre es limpia
y vibrante, en contraste con la pesada y rígida de la madre y la nerviosa
y débil del hijo, diferencia de calidades que en principio podría
asumirse como un recurso expresivo del artista. Pero aquí enfrentamos, no
al dibujante que ejecuta sus trazos directamente sobre el papel, sino al
grabador que hace incisiones en la plancha metálica y luego la quema sin
dominar plenamente el proceso. Esta incoherencia por la falta de cocina
artística, a la que se suma la ausencia de un concepto, resulta más
notoria en el uso de una trama y una colofonia que arbitrariamente
demarcan las áreas sin concretar un espacio que corresponda a los
desplazamientos señalados por la composición.
A
partir de 1963, Rendón asume su característica principal: el tema
testimonial. Ese año realiza Sta. Bárbara y Sta. Bárbara S.A., dos
obras que hacen referencia a la huelga que con un saldo de obreros muertos
se adelantó en la fábrica de cementos El Cairo, la primera de las cuales
ganó el premio de grabado en el XV Salón de Artistas Nacionales; Caos,
que es un homenaje a los inmolados de Hiroshima; Genocidio y Mataos los
unos a los otros, que aluden a la violencia. Las figuras de estos
grabados, casi siempre planas, intentan aveces moderarse para ganar
volumen dentro de deformaciones que se insertan entre Goya y la nueva
figuración. Sin embargo, en las primeras pruebas de artista de Genocidio
vemos tres soldados silueteados de un modo realista, representación que
le chocó inmediatamente al artista, procediendo a borrarlos de la plancha
antes de realizar el tiraje definitivo.
Estas
indecisiones de Rendón resultan claramente manifiestas cuando se compara
a Sta. Bárbara S. A. con Mataos los unos a los otros. En Sta. Bárbara S.
A. Rendón eliminó la línea y definió los elementos con las medias
tantas que le daba la colofonia, produciendo una aguatinta de planos románticos
y estructura caótica que no correspondía con la anécdota: soldados y un
camión del ejército
frente
a un portal con el letrero CAIRO S. A. En contraste, Mataos los unos a los
otros fue trabajado con una
trama cruzada y no con la colofonia, integrándose esa trama de tal modo a
la composición, que produjo una estructura dinámica, Y aquí ya podemos
situar a Rendón como un artista del aguafuerte y no de la aguatinta. En
este período Rendón bordeaba siempre dos peligros de los que no siempre
salió airoso: la retórica del tema y los excesos literarios de la anécdota.
Y, dado el carácter político de su intención, cierto esquematismo de
relaciones causales y no dialécticas que partían de una formación ideológica
poco firme. Estas limitaciones las encontramos en Violencia, Por
la
espalda, Los símbolos, Condecoraciones, Canal Zone, que manifiesta
su solidaridad con el pueblo panameño, Primera víctima, que es un
homenaje al estudiante asesinado Federico Arango, La lucha y Violencia en
el campo, todos ellos de 1964. Un conjunto de aciertos parciales y
vacilaciones de todo tipo que, sin embargo, Rendón consiguió superar en
dos magníficos grabados de ese mismo año.
El
primero de ellos es La huelga, una extraordinaria obra a dos tintas que se
impone por su limpieza y buena ejecución. La anécdota, sencilla en su
presentación, gira alrededor de la vigorosa lucha de dos hombres contra
un soldado que esgrime un garrote. La imagen resulta creíble y, por lo
mismo, no se pierde en efectos literarios. Aunque los cuerpos de los
hombres y el de la mujer que reposa herida en el suelo se muestran
desnudos, Rendón supera ese aire tímidamente simbólico de la mayoría
de los grabados que trabaja hasta entonces, para volverse un realista que
plasma una situación tensa y dramática.
El
segundo de ellos, la litografía titulada Homenaje a Colombia, marca la
cumbre de la primera época de Rendón y es, verdaderamente, una de las
grandes obras de la gráfica colombiana. Pero se trata de un trabajo
excepcional en el que Rendón abandona la composición predominantemente
horizontal y recurre a la clásica composición piramidal. Además, surge
allí ese rasgo suyo tan característico que es el humor. Homenaje a
Colombia representa el gigantesco busto de un sonriente militar
condecorado a cuyo alrededor se libra una gran carnicería, fiel retrato
del régimen de estado de sitio que ha imperado en Colombia durante casi
30 años y que hoy reviste los caracteres jamás imaginados.
De
muchas maneras Homenaje a Colombia anunciaba un nuevo Rendón, pero ese
nuevo Rendón resulté desviado por la presencia avasalladora, a partir
del 64, del dibujante Pedro Alcántara y del pintor Norman Mejía.
1965-1970
El
crudo expresionismo que manejan estos dos artistas, su práctica de un
arte que rechaza la belleza y explora en el feísmo, y su aguda crítica a
los valores sociales de la burguesía, producen un impacto tal en el
medio, que son numerosos los artistas que inmediatamente se les unen
para admitir una influencia que se vuelve endémica y estéril a la
vez. Aparte de un número apreciable de seguidores que proliferaron en
Barranquilla, menciono solamente a Carlos Granada, Darío Morales y, tardíamente,
pero de un modo fecundo que le posibilita una salida, Antonio Roda.
Influencia que en todos ellos se tradujo en una figuración visceralista
que Rendón acaté a partir de 1965.
La
adhesión a principios revolucionarios permitió la inmediata formación
de un grupo que en 1966 adelanto una experiencia sumamente importante: la
exposición itinerante que bajo el título de Los testimonios realizaron
Alcántara, Rendón, Granada y más ade’ ante Morales. muestra que nació
en el Festival de Vanguardia de junio de 1965 en Cali, visitó a Bogotá y
Manizales, pasó a Caracas y concluyó en La Habana en 1967. Los
testimonios eran una denuncia de la violencia oficial. Y en sus catálogos
recogió fotografías y extensas citas tomadas de La violencia en
Colombia, el libro de Germán Guzmán, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña
Luna.
La
correspondencia de la obra de Rendón con la de Alcántara se puede medir
hasta por los títulos, igualmente largos y casi siempre viscerales como
las imágenes:
“Aberran
desde el útero dicen falsedades tienen veneno a semejanza de la serpiente
- David, salmo 57” (1965), “Colgando al pobre negro que aullaba quemándolo
vivo y agujereado por los tiros bajo sus capuchones los prósperos otarios
- Neruda” (1966), “Y la tierra ha de hacen suavidades de cuna al
recibir tu cuerpo de niño dolorido -Gabriela Mistral” (1968). En todos
ellos las figuras 58 apelmazan en un amasijo orgánico, mientras la línea
se quiebra y se hace sinuosa. El ambiente es de bacanal y el tormento que
se le inflige a las víctimas se carga de lascivia. Pero el humor, negro y
estremecedor, distancia al artista y lo saca de toda complicidad con la
imagen para tornarlo critico y acusador. Pero Rendón, el creador, pasó a
un segundo plano a pesar de toda la fuerza de sus visiones.
Pero
cabe destacar La farsa (1967), una serie en la que asoma la voluntad de
tomar rumbo propio y de convertir esa influencia en un lenguaje
verdaderamente personal. El intento parte de un elemento expresivo y no
anecdótico, que en No reduzco el hombre a la abyección (1966) se hacía
presente como un muro grueso, pesado y algo sombrío que delimitaba e’
espacio. Rendón prolonga en La farsa la idea de ese elemento que, en la
versión número 1 de la serie, deja de ser un tosco muro para
transformarse en las paredes del interior de una capilla. La perspectiva
inusitada por el punto de fuga alto y un punto de mira a ras de suelo,
demarca un ámbito distorsionado e imponente a la vez. En la versión número
2, al eliminar los detalles del artesanado, el recinto se vuelve una caja
que en la versión número 3 se reduce para ahogar las figuras. En el
proceso, Rendón parecía estar a la búsqueda de una necesaria síntesis
que quedó aislada en la serie.
El
tema de Las farsas (1967) es el matrimonio de un militar con una mujer de
rostro puro y bello pero de cuerpo deforme y libidinoso cuyo vestido de
novia se desvanece y abre o desgarra para dejar a la vista la terrible
verdad de sus encantos viscerales. Rendón rediculizaba todo el aparataje
con que se apantallan los acontecimientos llamados “de sociedad”, pero
no lo hacía de su propia manera.
El
período no fue afortunado y lo revela muy bien el hecho de que en 1966
Rendón envió al XVIII Salón de Artistas Nacionales el Homenaje a
Colombia, de 1964 para ganar nuevamente el primer premio de grabado. Rendón
explica que en un momento en que el gigantismo se había apoderado del Salón
y en que las obras se juzgaban por sus dimensiones y no por su calidad, le
tocó recurrir a su única obra de a pliego. Aunque lo del gigantismo es
absolutamente cierto, parece correcto pensar que el artista no se sentía
seguro con todo lo que entonces hacía y, a pesar de su entusiasmo
(bastante aparente si considerarnos que durante el período su producción
es escasa), sólo una obra de la época inmediatamente anterior consiguió
darle la seguridad necesaria para triunfar en el certamen.
1970-1974
A
partir de 1970, el barroco latente que había en Rendón, barroco que
hasta entonces era una cualidad en el tratamiento de sus superficies, se
desbordó definitiva mente para ser igualmente obsesivo en la multiplicación
de los elementos y en el tratamiento diligente, casi perfeccionista, de
cada uno de los detalles de esos elementos. Enfrentamos entonces a un Rendón
en el que hay demasiadas ideas para caber en una sola hoja de papel y
mucho afán por acceder a un lenguaje personal. Rendón está a la búsqueda
de algo, y de allí sus cambios y variaciones que lo llevan de una
concepción a otra en un aparente desorden. Pero el gran dibujante es
capaz, de todos modos, de dejar en la línea su huella inconfundible.
Rendón
rememora el surrealismo en A mi pueblo lo han despojado sus tiranos
(1970), en el que dispuso cajas y paneles que contienen situaciones
inconexas que parecen originadas en asociaciones fortuitas, a pesar de que
el significado de cada una de ellas es muy preciso. Más adelante al
organizar los elementos narrativos en su orden lógico, como en Mitos y
monstruos (1971), la secuencia se resintió por su peligrosa proximidad a
la historieta gráfica que popularizó el arte Pop, y la expresión perdió
fuerza a pesar de la claridad del mensaje, adquiriendo este grabado un
aire derivativo que, si no llegó a ser mimético, es porque en Rendón
hay una personalidad realmente vigorosa.
Tratando
de recuperar la expresividad diluida, Rendón multiplicó los símbolos y
los superpuso abigarradamente cortándolos en planos, como si se tratara
de los elementos heterogéneos de un collage. Pero esos esmerados
collages, grabados arduamente sobre la plancha metálica, lo condujeron a
una confusión que muy bien tipifica a Dejad que los niños (1971).
Cuando
la composición se resolvía, era entonces el color lo que oscurecía el
mensaje. En Homenaje al cadete de Le paz (1971) se manifestó la tendencia
afortunada de definir el tema con pocas figuras, pero el uso de tintas
verdee y marrones en la impresión ahogaron esa simplicidad que
manifestaban la línea y la acertada selección de motivos. El problema
persistió en La nueva bandera Colombia en sus dos versiones (1972 y
1974), en las que el tricolor devoró los fondos sepias opacando la rica
elaboración de
buril.
Lo cierto en este caso es que la idea no funcionaba sin el tricolor, pero
también resultó claro que los juegos cromáticos no se avenían con un
artista en el que prima el buen realizador de obras monocromas. Y prueba
de ello la tenemos en Falsos símbolos (1971), una de las contadas
serigrafías realizadas por el artista, cuyos colores no le agregan nada a
lo que expresan de por silos elementos de la anécdota.
Rendón
se acerca ahora a Francis Bacon en la medida en que comienza a alejarse de
Alcántara. En las dos versiones de la bandera y especialmente en Los
regalos (1972), el lenguaje se debilitó tremendamente bajo una nueva
influencia que llegó a su apoteosis mimética en la carátula que el
artista diseñó para la revista Flash de Bogotá, entrega número 63 de
marzo de 1971. Pero en los grabados afloraba el talento de un Rendón tan
disciplinado como conceptualmente desorientado.
1973-1976
Los
tres sólidos dibujos de Las reivindicaciones (1973) constituyen el punto
de llegada de la búsqueda de Rendón y el de partida hacia una obra plena
y bien lograda. En Las reivindicaciones la factura es limpia, la figuración
precisa y la idea clara. Concepción que continúa en el dibujo a plumilla
Recordando a Chile y en los aguafuertes La vía de la paz y La justicia no
existe (todos de 1974) y en Que rueden las cabezas de los verdugos de
Chile (1975), con sus figuras notablemente simplificadas que plasman imágenes
depuradas y simples. Rendón logra al fin impactar y comunicar todo el
vigor de las luchas que políticamente lo comprometen, con unas obras
fuertes, dramáticas y profundamente humanas.
El
motivo temático central de este último período lo constituyen el
caballo, esa bestia avasallada en el trabajo, como símbolo del pueblo
explotado; y el jinete, casi siempre envuelto con los vendajes con que
identificamos a las momias, como símbolo del explotador. Ese caballo se
vuelve contra su jinete y lucha por derribarlo para terminar la dominación.
Más nítido no puede ser el mensaje y el artista lo cursa haciendo gala
de buen dibujante y apoyándose en una composición que, al igual que la
de Homenaje a Colombia, se hace focal. Rendón entra, en esta etapa, a
castigar un poco ese barroquismo con que parodió las imágenes típicas
del lenguaje publicitario a partir de 1970.
Cabe
destacar que la continua búsqueda de Rendón, razón fundamental de los
saltos de su trayectoria, no es sino la exploración responsable por
acceder a la precisión adecuada que le exigen sus propósitos políticos.
Porque la verdad sea dicha, en todas las etapas de su trayectoria el Rendón
esencial, o sea el Rendón. vindicativo y crítico, ha sido siempre el
mismo. Y esto lo convierte, con todos sus altibajos, en uno de los
artistas más conscientes y serios de Colombia.
El
empeño de Rendón por realizar un trabajo de contra-alienación se hace
patente en sus sátiras a una extensa galería de personajes que incluyen
a doña Bertha Hernández y Mandrake, el Corazón de Jesús y Nixon, el ex
presidente Pastrana y el cardenal, entre otros muchos, con unas
implicaciones que sobra analizar. Porque Rendón despliega siempre una
decidida identificación con las causas del pueblo apelando a una visión
totalizadora que mejor se manifiesta en Bajo sus brazos abiertos, miles de
regalos (1974) con la figura galopante de un presidente de Colombia
exhibiendo en cajas, como trofeos de guerra, imágenes del hambre, la
explotación sexual, la niñez desamparada y la violencia.
Los
caballos y jinetes que Hendón ha venido trabajando forman una imagen que
condensa todas las ideas que el artista ha estado manejando desde 1962. Plásticamente
señalan un momento cumbre en la obra de Rendón y de su grupo
generacional, como lo comprueban el dibujo para el cartel conmemorativo de
los 30 años de la derrota del nazi-fascismo que se pegó en 1975 en
incontables muros de Colombia, y lo reafirman tanto el estudio previo a él,
como el dibujo ˇDe pronto llegará! (1976) que envió a la Bienal de
Artes Gráficas en Cali, ese mismo año, magníficos ejemplos de un Rendón
que ha entrado plenamente en la madurez, depurado de influencias y
haciendo gala de un lenguaje verdaderamente personal.
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