MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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RODA: 20 AROS DE SU TRAYECTORIA COLOMBIANA, 1956-1976

Juan Antonio Boda, es un caso sorprendente en muchos sentidos porque ha sabido superar sus peores épocas de crisis volviendo, sin repetirse, sobre sus hallazgos. Nacido en España en 1921, Roda llegó a Colombia a fines de 1955 para ser reconocido de inmediato como un gran retratista y un excelente dibujante. Como retratista iba, plásticamente, más allá de lograr el simple parecido de sus modelos con lo que daba muestras de una audacia creativa en este género, escasa entre nosotros a pesar de trabajar en un momento realmente dinámico para el arte colombiano. En el retrato, sin embargo, desarrollaba una modalidad que por su desenfado no siempre alcanzó a ser comprendida. Una crítica que se refirió a su exposición en el SCA de fines de 1956, escribió: “Observamos que mientras el tratamiento de la cabeza es marcadamente realista, el resto, ropa, manos y fondos están tratados en formas más simples y buscan calidades muy bellas. Sin embargo, no se logran ver unidas estas dos tendencias realista y semiabstracta y esta disparidad molesta. Puede suceder que esa modalidad sea intencional por parte del autor, pero no parece completamente lograda (1) . En estos primeros retratos de Boda en Colombia encontramos un tratamiento que es, esencialmente, el mismo que ha aplicado en toda su obra, aunque haya sufrido correcciones o cambios de énfasis en la valoración textural o cromática en el transcurso de sus diferentes etapas. Ese tratamiento aparece definido por un fondo abstracto de manchas que fluyen libremente sobre las que luego, al modo de Utrillo, se superpone una estructura de líneas que bajo la evidente influencia de Picasso conforman el dibujo. La relativa informalidad del brochazo y la expresividad de las manchas se complementan para producir una obra imaginativa por su composición y color. El retrato que le hizo al Grupo de Barranquilla (1958, aprox.) es un excelente ejemplo de esta fantasía desbordada y de libre juego de los elementos plásticos en función de crear una pintura pictórica y no la reproducción más o menos mecánica y más o menos acertada de unos rostros.

La calidad pictórica de los retratos de Roda, esa manera de manejar la materia, el color, la mancha y la línea con gran desenfado, llevarían a Walter Engel a señalar: “Nos parece que el camino de Roda haya sido un poco invertido al de otros pintores. Porque la mayoría llega al retrato por la pintura, es decir, que la pintura es lo primario y el retrato una de las consecuencias, uno de los resultados. En Roda, tenemos la impresión de que desde el principio haya primado un imperativo irresistible hacia el retrato, y que esa necesidad le haya llevado a la pintura. La facilidad, la seguridad; la soltura del artista en la interpretación del rostro humano son pasmosos, y dan la sensación de ser innatos, porque semejante dominio, aun cuando pueda cultivar y perfeccionarse. no es imaginable sin una inequívoca disposición original (2) . Pero Roda no exhibía únicamente sus capacidades de buen retratista. Sus bodegones y dibujos también captaron la atención de los críticos. Engel, refiriéndose a los primeros, diría: “también demuestra, por otra parte, la disciplina y madurez que ha alcanzado en la composición cromática y formal, en algunas naturalezas muertas, ante todo el Bodegón azul en llamas (3) . En cuanto al dibujo, Milena Esguerra encontraría que en casi todos ellos “se puede apreciar la fuerza de la línea” e indicaría que eran “efectuados con gran soltura y mucha expresión (4) . No es ésta una evaluación amplia de los dibujos que Boda realizaba en aquel momento, pero para nuestro propósito sirve como una referencia a emplear en el análisis del grabador.

En 1956, dentro de lo que podríamos llamar el segundo período de auge del mural en Colombia, Roda pinté un fresco en la iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en Bogotá, el primero de los tres que ha realizado hasta hoy (5) . En este mural la línea era gruesa y pesada, muy distinta de la elástica y vibrante que le conocemos, dentro de una concepción general en el desarrollo del tema que era más bien convencional. Sin embargo, el lenguaje le pareció tan atrevido e irreverente a la junta patrocinadora del proyecto, que tras una polémica con el pintor fue finalmente destruido.

Etapa abstraccionista

Un par de años después Boda fue arrastrado a la no figuración por la corriente entonces en boga que impusieron los artistas norteaniericanos. El impacto que causaron en Colombia las pinturas de Pollock y Kline especialmente, es hoy medible por el hecho de que antes de su arribo al país el maestro Roda había estado viviendo en Paris sin que el tachismo de Hartung y Soulages le impusieran abandonar la figuración. En su primera etapa (1958-59), la abstracción de Boda fue construida a planos irregulares que imbricaban y flotaban sobre fondos oscuros dentro de un planteamiento cercano a los de Nicolás de Stael y Serge Poliakoff, pero sin esa sutil aproximación al constructivismo de este último. El color de los planos era sordo, pero algunos de ellos, en rojo o azul cobalto, rompían la constante de la paleta oscura a la búsqueda de un rítmico contrapunto cromático que no se lograba plenamente. Como pinturas, la plasticidad de estas obras se alejaba de la dinámica compositiva tan peculiar a Boda hasta ese momento. No sólo la estaticidad de los planos, sino la generalidad del conjunto, carecían de verdadero interés. La primera etapa no figurativa de Boda fue excepcional y aparte en su trayectoria en cuanto no aparecieron en sus cuadros esas pinceladas sueltas y delgadas de ágil y seguro dibujante que encontraremos a partir del 1960, año en que realizó su segunda serie de pinturas abstrac tas de alguna importancia. Como la primera, fue ésta una serie sin título, y en ella utilizó el grafismo como recurso destinado a romper la estaticidad del plano y a testimoniar la energía del artista durante la ejecución de la obra. Boda se acogía plenamente al abstraccionismo, pero de un modo distinto al frío y racional que se manifestó en la primera serie abstracta. Cautivado por Afro, su búsqueda se dirigió a comunicar la idea de movimiento constante de desplazamientos sugeridos por la irregularidad de las manchas y por las lineas errátiles en arco o cruzadas que recorrían la superficie. De la primera a la segunda serie Boda había introducido variantes significativas: el plano se había vuelto mancha y lo estático había devenido dinámico, dos pasos que lo situaron en la etapa de las definiciones.

Como pintor, Roda dio lo mejor de su talento con las series tituladas Escorial (1961), Trópico (1962), Tumbas (1963) y Felipes (1965). Fueron los años de su período romántico, de ese romanticismo común a un sector bastante amplio de los artistas colombianos del momento, que habla impuesto la fuerte personalidad de Alejandro Obregón. Entonces Roda trabajó muy cerca del espíritu de Velásquez y Frans Hale. Adentrándose en las posibilidades de la segunda serie abstracta, la pincelada quedó a la vista señalando su recorrido en una especie de documento que permitía reconstruir el orden de facturación de la obra. Boda ya no era desbordado sino contenido, pero contenido hasta el límite exacto para no matar los resultados de toda espontaneidad bien dirigida. Simultáneamente y en la medida en que el accidente cedió en importancia, el grafismo la ganó adentrándose en una pintura mucho más sensitiva. Escorial Trópico y Tumbas son series que si bien podemos llamar abstractas, la observación atenta de ellas nos revela a un artista que pintaba pensando en el paisaje con acentuado lirismo. Pero no era el paisaje como tal sino la idea de un paisaje la que Roda nos comunicaba. De un paisaje abierto en Escorial, cerrado y barroco en Trópico y Tumbas. El lenguaje todavía vacilante de Escorial se tornaría seguro y preciso en Tumbas. En estas últimas pinturas apareció un concepto de orden: las pinceladas se hicieron predominantemente verticales, sin que ello le restara expresividad al conjunto. Boda tuvo entonces seguidores por el lado más blando. El brochazo veloz se volvió una manera, un artificio, un truco (que un critico bautizó con el nombre de “ganchismo”) que al apuntalar la composición a veces débil no lograba conformar una estructura limpia capaz de sostenerse por sí sola y convencer. En este artificio había caído el propio Roda en Escorial. Tras anularlo en Tuimbas volvió a utilizarlo en 1964 en el retrato familiar titulado Los Acosta, una pintura deplorable y facillsta que consiguió, inexplicablemente, un premio especial en el XVI    Salón Nacional. Era el segundo reconocimiento que Roda obtenía en Colombia, ya que en el XIV Salón de 1962 uno de los Trópicos había recibido el tercer premio de pintura.

Regreso a la figuración

La serie titulada Felipes, de 1965, demostró la inmediata recuperación de Roda con el empleo de un trazo más disciplinado. Pero es que se trataba no solamente de lo mejor de su obra pictórica, sino de una de las más interesantes que se han realizado en Colombia. En ella Roda hizo gala del equilibrio y dominio más absoluto sobre su técnica al introducir nuevamente el plano como un elemento estabilizador y en cierto modo neutralizador del desbordamiento emocional de sus pinturas inmediatamente anteriores. En los Felipes, dentro de lo monumental, Roda plasmaba una figuración antimonumental. Eran las suyas unas. variaciones del Felipe IV de Velásquez, limitándose las imágenes al busto del rey, punto de partida para una serie de especulaciones cromáticas que descomponían y reconstruían el volumen, una manera de negar y destruir, precisamente, la monumentalidad de la figura. El rostro se alargaba y era recorrido por la mancha, mientras en el fondo la pincelada suelta producía destellos de luz. Por primera vez Roda se mostraba como un humorista, suavemente satírico y algo burlón al considerar una de las figuras más caras a la iconografía española. Pero los Felipes no era sino Un emocionado homenaje a Velásquez, a quien tanto admira Roda, el Velásquez de quien ha derivado en buena parte ese sentido de libertad que particulariza a su obra pictórica. Roda, pues, rechazaba la imagen de Felipe IV y se quedaba con la plasticidad de Velásquez, negaba el retrato y se quedaba con el retratista. Todo un manifiesto personal tanto a nivel del lenguaje como a nivel de significaciones políticas para un hombre que en su adolescencia había sido testigo de una sangrienta guerra civil. Tras los Felipes la pintura de Roda declinó. El artista gestual se acercó a Bacon peligrosamente, lo siguió de cerca y se consumió a pesar del entusiasmo que manifestaron los críticos por el nuevo estilo que inició en los Autorretratos (1967) y prolongó en los Cristos (1968). Un estilo que no era estilo sino mimetismo.

En el catálogo de su retrospectiva en el Museo “La Tertulia de Cali” realizada en noviembre de 1972, he encontrado dos opiniones que se contraponen pero no son tan contradictorias como se podría creer, en las que los subrayados son míos. La primera, de Walter Engel, fue escrita en 1965: “El arte de Roda no tiene la menor reminiscencia académica. Es pura creación propia, expresión eminentemente subjetiva”. La segunda la emitió Marta Traba en 1967: “[...] dado que en el fondo de su obra, subyace tanta nostalgia del orden clásico, como se filtra tanta emoción romántica la manera de defender su imagen es volverla grave, sólida, serena”. La primera opinión se refería á los Felipes y la segunda a los Autorretratos. Una y otra definían con exactitud lo que Roda hacía en el momento respectivo. Sucedió simplemente, que el Roda de la mancha informal y la pincelada accidentada se había movido a un orden mucho más racional que ataba esa pincelada y hacia aflorar su expresión desde dentro: desde la soledad del propio artista que se autorretrataba.

Iconográficamente, la imagen de esas pinturas de 1967 se derivaba del autorretrato de Velásquez en Las Meninas que Roda consideró teniendo en cuenta las circunstancias sociales específicas del artista en el siglo XX. La pose un tanto arrogante y segura del pintor de la corte española quedó transformada en el gesto inerme de un Roda cuyo rostro pretendía dar señales de seguridad pero apenas alcanzaba a ser la de un hombre fatigado. Roda, el artista, estaba inmerso en las normas de comportamiento standard, masificado, producidas por la revolución industrial y el auge del capitalismo. A pesar de sus éxitos personales, a pesar de ser un creador destacado por sus contemporáneos, Roda no era sino un ser anónimo más que debía sobrellevar pacientemente su propia soledad. Esta soledad, si nos remitimos a la gran pintura de Velásquez, era enfatizada por el hecho de que en los autorretratos de Roda, si bien éste guardaba compositivamente una relación idéntica a la de Velásquez con el lienzo que pincel en mano tenía por delante, el ámbito habla sido recortado, O más que recortado, mutilado. Si Velásquez se presentó rodeado por la corte, incluyendo los reyes, un ministro, la princesa y su comparsa de instructores, nodrizas y bufones, Roda, en cambio, aparecía solo en el cerrado espacio de su estudio, tremendamente solo, como corresponde a un oficio que en. el curso del siglo xx ha accedido a una libertad traducida en soledad. Del taller renacentista en que el maestro trabajaba con sus discípulos, al taller de hoy en el que el maestro no admite compañías, la sociedad había registrado una transformación momentáneamente adversa al artista, una de las tantas víctimas de un proceso deshumanizador. Al revelarnos objetivamente su propia imagen, cruda en su patetismo, Roda palpaba dolorosamente la contradicción existente entre la libertad formal que le ha legado el inundo contemporáneo y la soledad a que éste lo somete, demostrando una vez más el sentido humanista con que aborda su obra.

Con los Autorretratos Roda inició una tercera etapa dispuesto a castigar su tendencia a que la pincelada corriera libremente y la pintura aflorara como un proceso gestual e inconsciente. En los Autorretratos la estructura era perfectamente definida dentro de una solidez que negaba la inconsistencia de una materia construida a brochazos aireados. Aun así es clara la búsqueda de un equilibrio y de una precisión que prosiguió en los Cristos y llevó a su culminación en las Ventanas de Suba. La tercera etapa, sin embargo, no fue afortunada. Coincidió ella con el fervor que por la época despertó la pintura de Bacon en Colombia. Roda tomó del inglés algunos tratamientos atmosféricos muy particulares y, ante todo, ese mundo de alienación a que el ser humano se ve sometido. La serie Cristos hay que entenderla, no como la representación del dios-hombre, sino como el cotidiano sacrificio que sufre el ciudadano corriente de hoy. Vejado flagelado, mutilado, ese hombre es capaz todavía de levantar su rostro con dignidad y demostrar que como humano seguirá luchando por una idea. Si bien los Cristos dan cuenta de toda la violencia del mundo de hoy, su figura central, reducida a un torso salvajemente cortado, derivaba su impactante terribilidad directamente de Bacon. Pero, cabe anotar, fue de su extravío baconista y debemos recordar que partiendo de Goya y Picasso, Bacon es un inglés profundamente marcado por España) de donde nació el interés de Roda por la línea recta, esa incorporación de la geometría que encontramos en las Ventanas de Suba, prosiguió tímidamente en los dibujos a tinta china de 1970, empleó con más decisión en los primeros grabados de ese mismo año, y llevó a su apogeo en 1971 con Retrato de un desconocido.

En la serie Ventanas de Suba, Roda se manifestó aparentemente decorativo y sin el vigor trascendente de los mensajes que se planteó hasta el momento. Pero si la situamos como un complemento de los Autorretratos, cuyas implicaciones ya he analizado, las Ventanas se enriquecen para adquirir una especial connotación. El título de estas obras hace referencia al lugar, en las afueras de Bogotá, donde vivía el artista. Suba es un antiguo pueblo que hoy ha sido devorado por el acelerado desarrollo urbano de la capital de Colombia. Si consideramos estos cuadros al lado de los Autorretratos, encontraremos que a pesar del diferente tratamiento pictórico, producto de las variaciones que había sufrido el artista en los tres años que mediaron entre los primeros y los segundos, las Ventanas era esencialmente una continuación de los Autorretratos. El ámbito cerrado de éstos se extendía ahora para mostrarnos la continuidad espacial del estudio del artista. Un estudio enclaustrado y penumbroso dentro del cual adivinamos unos contados elementos que se asemejan a torsos informes y a bastidores o lienzos que igualmente podrían ser puertas que conducen a otros recintos. En esta penumbra una sola ventana alta y pequeña, se abre para dejar ver el cielo azul y, a veces, una pesada nube que lo navega.

Dos consideraciones, una temática y la otra de lenguaje, llaman la atención en estas pinturas. La temática se refiere al mundo encerrado y a la manera como la ventana, en algunos cuadros de la serie, parece un cuadro en la pared. La segunda se refiere al regreso a una modalidad básicamente abstraccionista que encontramos en el tratamiento general de la serie. A pesar de ser Roda un dibujante, las Ventanas son decididamente pictóricas. El fondo era una gran masa de color que vibrantemente se extendía sobre el lienzo, masa interrumpida por la abertura de la ventana a la que se superponía un sistema de rectángulos que insinuaban los lienzos-puertas. La connotación exacta del tema no resulta entonces compleja. Roda había llegado a un punto crítico de su trayectoria artística y la necesidad de una salida se le planteaba difícil. Evidentemente sus últimos trabajos, desde Autorretratos, no habían estado a un nivel plenamente satisfactorio. Encerrado en su estudio, el mundo exterior no le ofrecía sino una imagen abstracta encuadrada por la ventana. La salida, simbolizada en los lienzos que paradójicamente se asemejan a puertas cerradas, sería la vuelta a la abstracción, una idea que rechaza. Roda había quedado finalmente preso dentro de las contradicciones personales propias de su circunstancia histórica. La interpretación de las Ventanas es una aventura del autor de este ensayo y no una manifiesta elaboración de Roda. Sin la menor duda, las implicaciones de la serie no fueron asumidas racionalmente por el artista, quien simplemente llevó al lienzo las sensaciones y malestares que lo acosaban de una manera muy cercana a los de los artistas de la action painting. De allí que tras concluirla hubiera regresado al dibujo para plasmar una serie de imágenes derivadas de sus recuerdos, considerando por tema a la España de su infancia. Roda es plenamente figurativo en estos dibujos de intenciones objetivistas, tanto en el tema como en el tratamiento plástico que los distingue, peculiaridades que lo sitúan en abierto contraste con los dibujos acuarelados recorridos de manchas que realizó en 1966. Roda se lanzaba a la conquista de un realismo crítico rechazando todo acabado que lo aproximara al abstraccionismo, ya fuera en el detalle o en la estructura general de la obra. Cada elemento en consecuencia, fue fijado para. que comunicara sin ambigüedades lo que el artista sentía y quería. Roda experimentaba la otra posibilidad. Si bien en estos dibujos podríamos echar de menos la fantasía y la libertad que habían convertido a Roda en uno de los artistas más respetados de su generación, en ellos se abrió el camino que lo conduciría directamente a los grabados.

La obra de Roda en 1970 fue abundante y llena de búsquedas. En los dibujos, por ejemplo, apareció nuevamente el humor. Un humor dirigido a satirizar la España maniatada por Franco, la España catoliquera y moralista que triunfé en la guerra civil. Es así como en La condecoración encontramos a la Victoria de Samotracia colocándole una medalla en el pecho a un autocomplacido personaje de doble faz. En El padre prefecto nos hallamos frente a la típica fotografía colegial en la que un sacerdote aparece rodeado de sus alumnos, uno de los cuales asoma la cabeza por debajo de su sotana. En La visita, una mujer desnuda entre dos hombres es tomada de la mano por uno de ellos, cuyo sexo alcanza a insinuarse bajo la ropa. En El cura y la puta, lo que parece el encuentro casual en la calle de la prostituta desnuda y el digno prelado, se transforma en la clandestina y lasciva sacada de lengua del religioso en un comprendido que le es aceptado. En La viuda del héroe, la mujer de luto que ora recogida ante la tumba es acogida por una mutilada figura que se levanta disponiendo los dedos de una mano en una señal de rechazo que llamamos pistola. En definitiva, si bien no todos los dibujos presentaban de un modo evidente esta imagen burlona, Roda había regresado por los fueros de una significación abiertamente emparentada con la literatura. Con estos dibujos se cerro un ciclo de su trayectoria para darle paso a un nuevo. Los dibujos conformaron la última serie de un Roda que siempre trabajó la obra única, en cierta manera, fueron a un tiempo los necesarios estudios preliminares de sus posteriores grabados.

Retrato de un desconocido

Pasar de la pintura al grabado en metal fue una decisión afortunada y oportuna. El buen dibujante encontró en una técnica que hasta entonces le era casi ajena (su único contacto con ella había sido en la academia) un medio adecuado para expresarse. Tras el notorio decaimiento de sus últimos trabajos de pintor, decaimiento que fue casi simultáneo al de Alejandro Obregón, Enrique Grau y otros artistas de su generación, Roda logró recuperarse con una obra sólida y madura que en Retrato de un desconocido se emparentaba con los Felipes, volviendo así sobre sus mejores pasos para proseguir la línea lógica de su trayectoria. A partir de allí Roda evolucionaría rápidamente hasta colocarse como uno de los artistas gráficos más importantes de América Latina, conforme lo pudimos apreciar ante los grabados de la rica colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York que se exhibió en Colombia en 1974. Retrato de un desconocido es una serie de doce grabados que temáticamente indagan en el ser existencial sin pesimismos. Roda capta la angustia cotidiana, la desnuda penetrando sicológicamente al individuo, y nos la revela. En cada uno de los grabados nos encontramos al artista escudriñando la doble faz del hombre: su complicado mundo interior y la exterioridad de unos rostros que intentan ocultar lo primero. Para ello Roda utilizó personajes muy diversos que iban desde el noble erguido y arrogante de los grabados 1,2, 3, 6 y 7, al sujeto gangsteril de los grabados 8, 9 y 12, al burgués emprendedor del grabado 10, a ese joven algo ensombrecido del grabado 11, al propio Boda autorretratado de los grabados 4 y 5.

Los nobles, cuyas posturas nos recuerdan ciertos retratos de Goya, nos remiten igualmente a la galería de nuestros héroes de la independencia. Ya fueran nobles o héroes (nobles que se creían héroes o héroes criollos que se creían nobles), Roda mostraba hombres comunes y corrientes situados por encima de sus semejantes y, por lo tanto, obligados a mantener el equilibrio soslayando los embates y acosos del medio en que se movían. Naturalmente, algo nos revelaba el truco de las apariencias y ese algo era la capacidad de Boda de retratarlos transitando el filo de la navaja, el instante en que pasaban el umbral que mediaba entre la compostura y las palpitaciones interiores que silenciosamente desmoronaban sus talantes. En los gángsters la angustia de embates y acosos se tornaba maldad, la maldad como alienada solución a la agresividad del mundo. El gángster es el violento profesional, el matón a sueldo, pero he aquí que ante la vida es un agredido más, un ser igualmente vulnerable y necesitado de socorro. Contrastaba este enfoque tan humano con la revelación que Roda nos hacia de sí mismo como uno de los desconocidos. En el grabado número 4 de la serie, Roda es agresivo dentro de la agresividad cotidiana impuesta por la competencia que escalona falsamente los valores. En el número 5, en cambio, su posición es relajada y la leve inclinación de la cabeza nos muestra al Boda capaz de ser tierno. Pero en uno u otro caso se nos revela un Roda igualmente asaltado por una inevitable desazón.

El grabado 10 representa al burgués emprendedor (industrial o banquero) que se muestra satisfecho y complacido pero no orgulloso, quien a pesar de sus triunfos no ha alcanzado la plenitud. Este burgués bordea la ancianidad y de alguna manera sabemos que ha logrado todo lo que ha podido desear en la vida, pero aun así le detectamos una inquietud inocultable. El tema de Roda en la serie podría ser la felicidad del hombre, O, más bien, la infelicidad. Se explica así que el retrato más espontáneo de la serie sea el de un hombre en su juventud y, por lo mismo, lleno de esperanzas (grabado 11). Es este un joven que apenas asume su responsabilidad ante la vida y, al iniciar la lucha cotidiana, descubre los avatares de su sociedad. El hecho de que la propia figura de Roda aparezca en la serie tratada con una condescendencia que es la misma que aplica en el caso del joven, nos da la clave de lo que busca y encuentra: descubrir el otro yo detrás de un rostro y revelar su parte invisible, a cada cual, según sus méritos o sus abyecciones.

Risa

En algunos de los Desconocidos, y especialmente en la serie Risa (1972), Boda, acudió a la obra de Pedro Alcántara para tomar de ella algunos tratamientos; tal el visceralismo de sus figuras y la metamorfosis que éstas sufren hasta revestirse de una rica ornamentación de tipo orgánico. Pero al visceralismo que tomaba de Alcántara, nada arbitrario si pensamos que Roda venía de Bacon, el artista le oponía ese orden geométrico que con rigor le aplicó a las Ventanas. Boda conseguía de este modo el necesario equilibrio para neutralizar la tendencia barroquizante que ha sido una constante de sus mejores obras. En la serie Risa, contrario a lo que ocurría en los Desconocidos, encontramos ahora que la figura femenina predomina y que en los ocho grabados hay apenas dos hombres y un niño. Sin excepciones, Risa gira alrededor de la juventud, Roda prolonga la temática anterior con el planteamiento, anunciado en el grabado 11 de los Desconocidos, de que sólo en los jóvenes es posible la alegría de la risa. Aunque nuevamente su intención es la de mostrar la doble faz del ser humano, ahora los acosos se traducen en fantasía, en una atmósfera suave en la que el sueño es realización sensual plenamente alcanzada o palpitación erótica retribuida.

Al respecto, es significativo que el grabado 3, el del niño, carezca de ese halo orgánico exterior de los demás de la serie. Y todavía más, que su silueta no aparezca fragmentada sino que se dé íntegra. El corte del cerebro de este niño —digo “corte” para emplear un termino gráfico que facilite la comprensión pero muy consciente de que no es el apropiado— no es ya un área de sugerentes elementos viscerales sino un ordenado ornamento de hojas. Es la inocencia del infante y Roda homenajea la inocencia. En Risa, como antes en los Desconocidos, hallamos que el propósito del artista no es otro que el de captar las propuestas del tema según la situación y condición del personaje que indaga. Roda es flexible: ni altera ni forza las significaciones. Roda es un artista. “En las risas de Roda se conjugan dos elementos: la inocencia y el placer. El placer de ser inocentes”, ha escrito un poeta (6) . Tal apreciación nos explica que los personajes de Risa aparezcan, frontales mientras los nobles, gángters y demás personajes de los Desconocidos sesguen el rostro y posen. Los jóvenes de Risa no tienen nada que esconder y se muestran de frente, mientras los Desconocidos nos ocultan algo, incluyendo al propio Roda. Roda considera a una juventud a la que envuelve la voluptuosidad del mundo, y por esto en los grabados 6 y 8 la sensualidad se torna erotismo. La mano que apunta del muchacho en el grabado 6 o la palma de la mano que recibe el toque sensible de un dedo que vemos en el grabado 8, plantean la existencia del amor y anuncian en cierta manera las sublimaciones sexuales del Delirio de las monjas muertas (1973-74). Pero en Risa se trata de un amor saludable, normal y humano, de un amor que socialmente es necesario porque apunta a la vida.

El delirio de las monjas muertas

Aunque no muy pareja en su tratamiento, la tercera serie de grabados evidencia la búsqueda de una solución a los muchos problemas de lenguaje que acosaban a Juan Antonio Roda. A partir de ella los préstamos a la obra de Alcántara, que ya senalé, desaparecen casi por completo. Como consecuencia lógica, esa geometría subyacen te que no era sino un rezago del viejo “ganchismo” de sus pinturas, pasó a un plano secundario, accediendo goda a una serie de valores originados en la textura misma y en la profunda intensidad del negro, gracias a la colofonia. Las superficies, pues, se hicieron sensuales sin tornarse fofas o blandas. El hecho de que con tres grabados de esta tercera serie Roda consiguiera un premio en el XXIV Salón de 1973, resulta más que explicable. Al fin y al cabo, es uno de los premios más merecidos y perdurables en la historia que conocemos del discutido certamen, según pudimos apreciarlo en “24 Salones Nacionales”, la exposición de noviembre de 1975 que reunió todas las medallas, premios y menciones otorgados hasta entonces. Las doce variaciones de El delirio de las monjas muertas esconden, detrás de su serenidad y equilibrio, una poética de la sublimación sexual que muy pocos artistas han logrado aquí en Colombia. Sin recurrir a lo obvio para ganarse un público por la vía del escándalo, sin atestar los grabados de alusiones literarias poco efectivas y sin hacerle concesiones a la moral puritana, Roda nos dio la visión de unas religiosas que ya muertas encuentran el placer de la carne. La contención de la carne en la vida parece haberles merecido el paraíso de la sensualidad en la muerte. La contradicción parte de una rica y legítima especulación que potencia la imaginación de Roda para que conozcamos “la otra” posibilidad por la vía de lo irreal y absurdo.

Estas monjas reclinadas son tocadas por manos flotantes y acosadas por símbolos fálicos. Sus rostros son carne muerta sensible y sus sonrisas van del éxtasis a. la alegría y del dolor gozoso a la complacencia. Ahora estos cuerpos son carne únicamente, ya no hay espíritu y, por lo tanto no cabe el remordimiento. Pero es el goce de un placer prohibido y, por lo mismo, se torna angustiado y tortuoso. Dentro de la más absoluta eficacia en los grabados mejor logrados de la serie las zonas de luz contra los fondos negros se recortan en ángulos para crear contornos dramáticos. Es que en los Delirios no hay el amor verdadero, el amor retribuido, espontáneo y feliz de las Risas 6 y 8, grabados estos en los que se plantean relaciones cuyas contrapartes admiten la propuesta amorosa y se identifican con ella. En los Delirios no hay amor Sino masturbación sublimada. Roda, ya lo he dicho, es un humanista. Y como humanista sabe ser critico de las aberraciones a que conduce la mística. Al plantearse nuevamente la doble faz del ser humano, las monjas se nos revelan entregadas desesperadamente solas a falos espirituales en un más allá inexistente. Es por ello por lo que los halos de sueños que rodean a estos rostros sitúan a los Delirios en las fronteras del surrealismo.

En el planteamiento temático Roda logra ser sutil como pocos, y de allí que las situaciones no siempre se den dentro de la logicidad que espera el observador. Este mundo que el artista ha recreado es el reino de la imaginación. En ese mundo lo onírico está en movimiento constante entre el más allá paradisíaco; la sensualidad del acá. Si recordamos que Roda es español y que en España de Santa Teresa a algunas de las novelas de Camilo José Cela o de El Greco manierista y sensual al vindicativo Buñuel el erotismo ha sido un tema recurrente en la literatura y las artes visuales (nunca como un hecho carnal sino como una contemplación sublimada), podemos comprender entonces la tradición que respalda a El delirio de las monjas muertas. Una tradición que en la España de este siglo ha dejado de ser misticismo para volverse crítica y acatar el hondo puritanismo de una sociedad petrificada por la religión, esa patrona del statu quo. Decir que Juan Antonio Boda es un artista gráfico colombiano, es una mera referencia a su carta de ciudadanía. El espíritu que ha dominado su obra está enraizado en España. No es casual entonces que su tercera serie de grabados haya partido de algunos retratos post mortem que en la Tunja colonial se acostumbraba a realizar de las superioras de los conventos. Y que Boda haya sabido captar con agudeza la sensualidad latente de unos rostros que, en estos retratos, gozan plácidamente la muerte.

 

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1 MILENA EBGUERRA, Roda”, en Prisma, núm. 1, Bogotá, enero de 1957. (regresar 1)
2 WALTER ENGEL, “Roda”, en Plástica, núm. 4 , Bogotá, 1956/57. (regresar 2)
3 WALTER ENGEL, ob. cit.
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4 MILENA ESGUERRA , ob. cit.
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5   Los otros dos murales, en el Banco Popular de Girardot y la Caja Agraria de Santa Marta, pintados primera miatad de la década del 60.
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6 JUAN GUSTAVO COBO BORDA, Juan Antonio Rodal - Grabados 1971-2575. Seguros Bolívar, Bogotá, 1976, pág. 49. (regresar 6)