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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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(continuar
capítulo Botero)
Don
Nuño Bufón
fue el primero de los varios bufones que trabajó hasta finales de 1957,
la serie temática inicial en que siguió disciplinada y conscientemente
un camino. Como hecho curioso, el tema de los bufones terminó por
neutralizar el humor, convirtiéndose estos cuadros en los únicos del
nuevo Botero que carecen de esa tierna invitación a la risa que hasta hoy
ha acompañado su obra. En Bufones, los rostros comenzaron a definirse
dentro del contrapunto de escalas, de un modo cada vez nás coherente. De
otra parte, con la ampliación de la paleta, Botero pudo trabajar con
mucha mayor libertad sin temerle al feísmo. Toda su energía la dedicó
desde entonces a la tarea de estudiar hasta sus últimos detalles cada
elemento de un cuadro para que correspondiera en su totalidad al nuevo
lenguaje. En Póstumo retrato de los Arnolfini (homenaje a Van Eyck)
(1957) —exhibido en la Galería de Souza de México junto a Luz cenital,
en rosa, gris y blanco, Don Nuño Bufón y La enana— Botero no le presto
nmguna atención a los elementos decorativos ambientales del original de
Van Eyck. Componentes como la lámpara, el perro, la ventana y las
sandalias desaparecieron para concentrar todo el trabajo en las grandes
masas que le interesaban, sin que el espacio tuviera tampoco ninguna
importancia. La ausencia de esa profundidad espacial que existía en Van
Eyck la lograba al hacer coincidir la pared del fondo con el plano del
lienzo, a partir de él, proyectar las formas redondas y plenas de los
personajes.
Pero
si bien la masa de Giovana Cenamí estaba estructurada magníficamente con
base en la dirección lineal que determinaban los pliegues de su bata, en
Arnolfiri lo estaba por el efecto óptico que producía la proximidad de
los dos colores de su ropaje, púrpura y verde. Resultaba notoria la
inseguridad de un Botero que usaba procedimientos distintos para tratar
dos elementos idénticos en un mismo cuadro.
Tanto
a La enana como a Póstumo retrato de los Arnolfini los caracterizaba el
hieratismo de los gestos y una frialdad expresa que rozaba lo inverosímil
y se transformaba en humor. Tal particularidad se hacía igualmente
presente en los bodegones, donde la espectacularidad de la desmesura
resultaba contrapuesta a una inmovilidad casi pétrea. “Hay un humor
selectivo en Botero”, contentó entonces el crítico Enrique F. Gual a
propósito de la muestra en México, “un humor que a veces participa de
una simplicidad y austeridad zurbaranesca y a veces de la fantasía que
proviene de lo popular”
(14)
.
El
trabajo que desarrolló Botero en los meses siguientes se derivó de la
coherencia plástica definitiva que había en la figura de Giovana Cenami
en Póstumo retrato de los Arnolfini. Si en Giovana la masa pudo darse
compacta y consistente de arriba abajo, ello fue gracias a que la larga
bata que caía hasta el suelo permitía una feliz continuidad de su
estructura. Pero antes de entregarse a esta tarea, ya definitivamente
orientado, Botero ensayó aisladamente la tercera posibilidad de estos
descubrimientos formales y pintó algunos bodegones en los que no había
alteración de proporciones sino gigantismo. Limones y copas crecieron
desmesuradamente, pretendiendo llenar toda el área del lienzo con un
resultado final que careció de interés por la falta de valores
verdaderamente plásticos.
La
gran dificultad con que entonces tropezaba Botero era la de aplicar a la
figura humana la misma consistencia monumental que ya había logrado en
los bodegones y naturalezas muertas. La seguridad que demuestra Rojo y
azul (1957), por ejemplo, no existe de ningún modo en los bufones de la
misma época. Aunque en Rojo y azul persistía la vibración obregoniana
de pianos, de todos modos la mandolina, la silla y la flauta eran
elementos plásticamente encuadrados dentro de su propio lenguaje.
Fue
en esos días de exhaustiva búsqueda cuando Fernando Botero recibió el
segundo impacto visual que definió el curso de su carrera. En el taller
del muralista Ignacio Gómez Jaramillo descubrió una cerámica popular de
Ráquira que representaba a un hombre en atavíos campesinos. El
enamoramiento de Botero por su forma fue instantáneo: la afinidad que
halló entre la rica sobriedad de esa cerámica y lo que él había
logrado en los bodegones, se convirtió en la clave para ese tratamiento
de la figura humana que por tanto tiempo había buscado sin resultados
satisfactorios
(15)
.
Arzobispo
rojo (1958) marcó la iniciación de un mundo mucho más claro y definido
con el arribo del pintor al umbral de su primer período de madurez.
Simultáneamente con el regreso al tema y la recuperación del contenido
de connotaciones sociales, el humor se posesionó definitivamente de su
pintura. En adelante ese humor sería la fuerza que dislocaba la
apariencia y la convertía en parodia, burla, crítica devastadora. La
grandilocuencia entró a suavizar el humor, logrando de paso neutralizar
las implicaciones feístas de las monstruosas criaturas. La polarización
entre el significado y su significante, rayaba en lo absurdo.
En
Arzobispo rojo Botero aprovechó las distintas áreas que precisaba el
dibujo para aplicar diferentes colores de un modo decorativo. Pero fue tal
el control que ejerció sobre los pequeños planos locales, que no se
rompió la integridad del volumen. La composición, tremendamente
sencilla, se resolvió en una gran pirámide que ocupaba todo el espacio
del lienzo. La solemnidad del prelado con la mano derecha en alto para dar
la bendición resultó contrapuesta a un absoluto equilibrio dentro del
cual todo movimiento era imposible. El deslumbrante atractivo de las
vestiduras contrastaba con la difícil situación de este dignatario, pues
detrás del frío rostro de éste, adaptado a las circunstancias de la
pompa, se adivinaba una luz autoconsciente de las dificultades que imponían
las rígidas reglas del ceremonial. La conquista formal que significó
Arzobispo rojo fue definitiva. Esta obra depuraba y concretaba los mejores
hallazgos del Bodegón con mandolina de 1956.
La
primera versión de Viaje místico (1958) ensayó las posibilidades de un
gran espacio, espacio que después de los paisajes metafísicos de 1955
había desaparecido de su pintura. La figura del prelado a caballo era
exactamente la misma de Arzobispo rojo pero reducida a su escala: el
conjunto que formaban éste, el templo de donde partía y el otro eclesiástico
que lo despedía de rodillas, era una media pirámide ubicada en la parte
inferior del cuadro bajando de izquierda a derecha. El área de estos
elementos ocupaba algo menos de la cuarta parte del lienzo, y el resto era
un plano azul violáceo que el formato alto y delgado convirtió en un
gran espacio aéreo que enfatizaba la pequeñez de los personajes y la
arquitectura. Botero poma a
prueba
las posibilidades de su lenguaje, exploraba si las relaciones plásticas
de los elementos que organizaba eran realmente monumentales, independiente
mente del tamaño en que eran trabajados. El resultado fue afirmativo.
Pero el color, aplicado a la manera de Arzobispo rojo, se tornaba
ornamental por la presencia de un mayor número de planos locales por
considerar.
Tanto
a Arzobispo rojo como a Viaje místico los distinguió cierta racionalidad
geométrica de tipo constructivista, último rezago de su acercamiento a
Obregón. En general, el dibujo tendía a componerse de líneas rectas o
curvas muy abiertas que cerraban los planos, Y estos planos se cortaban a
filo. Pero el rostro del prelado en Viaje místico era más lleno y
ligeramente menos ahusado que el de Arzobispo rojo. En consecuencia, la
forma no solamente se redondeaba sino que se hacía más plena. Al mismo
tiempo, en la relación tronco-cabeza, ésta comenzó a ganar importancia
para balancear mejor las figuras. Fernando Botero llegó así al final de
su lenta y penosa búsqueda. Las facciones de sus personajes ya poseían
ese ajuste perfecto que prosiguió en El sombrero bermellón
(1958): inmensa cara que desbordaba los límites del lienzo, que por su
dureza y quietud derivaba directamente de Piero della Francesca. Al igual
que Arzobispo rojo, este cuadro tenía una atmósfera que era
—definitivamente— propia de Botero. Inclusive la timidez y torpeza
con que manejé el lenguaje le dio un aire primitivo auténtico en relación
con sus figuras mejor estructuradas de años anteriores.
A
mediados del 58 Botero decidió confrontar sus hallazgos con esa pasión
por Mantegna que en parte originé su figuración. Ahora era un artista
seguro y tremendamente consciente de la riqueza y variedad de
posibilidades
que le abría ese estilo que acababa de cohesionar. Entonces Botero estudió
La camara degli sposi y realizó una imaginativa variación del
tema que se convirtió en su primera gran obra maestra.
El
cuadro participó en el XI Salón Nacional, no sin producir una conmoción
en el mundo artístico de Bogotá. El comité de admisión rechazó
originalmente la obra por considerarla inacabada, según declaración de
algunos de sus miembros. Pero la verdadera obra: la nueva figuración de
Botero, les resulté chocante y su humor irrespetuoso. La idea de belleza
que prevalecía en Colombia resulté asaltada y negada de raíz por el
joven pintor. El Homenaje a Mantegna (1958) de Botero era un monumento
antiheroico ejecutado con una propiedad plástica en la que no se reconocían
influencias o parentescos in
mediatos,
desquiciando la habilidad de una crítica acostumbrada a determinar
valores por la relación de un pintor con escuelas internacionales ya
establecidas. La variación del fresco de Mantegna en Mantua situó a
Botero como un fenómeno único en la historia del incipiente arte
colombiano, con un lenguaje nítido, altamente personal y completamente
ajeno a todas las corrientes contemporáneas.
Marta
Traba fue la única que entonces entendió lo que significaban las formas
boterianas y fue ella quien desde su columna en la revista Semana puso en
evidencia la desproporción de la actitud asumida por el comité de admisión.
Con su denuncia se desaté una breve polémica que, gracias a la
autoridad, de la crítica, hizo reconsiderar su decisión al comité
(16)
,
Días después, el jurado calificador le dio la razón a Marta Traba al
concederle el primer premio del Salón Nacional al Homenaje a Mantegna.
La
variación de La camara degli sposi era una empresa apropiada para Botero.
La tranquila inmovilidad de las figuras, la fuerte tensión que generaban
los volúmenes y la existencia de un espacio perfectamente definido a
pesar del abigarramiento de los personajes, eran factores favorables para
una. reinterpretación del fresco, tarea que Botero llevó a feliz término
de una manera bastante libre —sin ceñirse a las posturas y gestos del
original—, tomando de Mantegna lo que esencialmente se avenía con su
propio lenguaje.
Del
grupo principal del fresco, en que aparecen el marqués Ludovico Gonzaga y
su mujer Bárbara de Brandeburgo, que comprende trece figuras —desde el
dignatario que le habla al marqués, situado a la izquierda, hasta la niñera
enana de la derecha—, Botero tomó cinco y agregó la sexta de un
cortesano ubicado fuera del foco en el original. En este conjunto compacto
todos los rostros que en Mantegna se insinuaban de tres cuartos fueron corregidos
para que en la variación aparecieran de frente o perfil. Los cambios más
notorios entre ellos eran el del marqués de Gonzaga, al que situé de
perfil siguiendo la posición de su cuerpo, y el del perro, que quedó de
frente. La mano del marqués se levantaba en una actitud que
dramatizaba
el momento y se contraponía a la inmovilidad apacible de los personajes
que lo rodeaban. Lo que en Mantegna era un instante intimo y cotidiano, en
Botero se volvió un acontecimiento cargado de significados
trascendentales. El marqués estaba en la mitad de un discurso, en el
instante de una frase importante que subrayaba su gesto. Si recordamos que
este gesto ya había aparecido en los bufones, la intención de Botero
resultaba intencionalmente irónica y cargada de esa acotación crítica
que seguiría a todo lo largo de su trayectoria
(17)
.
Del
Homenaje a Mantegna expresó Walter Engel:
“Se
mantiene en majestuosa distancia, en hierática inmovilidad, en alejada,
autónoma y arrogante existencia propia”
(18)
.
Y
Marta Traba:
“La
concepción del cuadro es profundamente original, tan antibarroca como
anticlásica, tan antiexpresionista como antiabstracta”
(19)
.
En
el Homenaje a Mantegna, si bien el color era brillante, su materia era
espesa, accidentada e informal. El pigmento producía una textura pesada
pero penetrable por la superposición de sucesivas capas de óleo,
correspondiendo cabalmente a la desmesura de las masas monolíticas.
La
variación de La camara degli sposi ya contenía detalles que anunciaban
el desenvolvimiento inmediato de Botero. Una comparación con Póstumo
retrato de los Arnolfini, La enana, Los bufones y Arzobispo rojo, demuestra
que las cabezas habían crecido y que tenían ahora tanta importancia como
los torsos. Los volúmenes empezaron entonces a ser tratados con un solo
color, en vez de fraccionarse arbitrariamente en planos locales como en
Viaje místico. Sin embargo, el juego cromático en uno y otro momento
siguió teniendo el mismo efecto decorativo.
La
siesta del obispo (1958) tomó en cuenta lo que como impacto visual
representaba la figura de la niñera enana en el Homenaje a Mantegna. El
obispo era un cilindro que reposaba horizontalmente siguiendo el formato
alargado del cuadro, y la composición se simplificó para centrar la
atención en ese volumen portentoso que era el prelado, tratado con
absoluto respeto por la integridad de la forma. Botero entraba a
conquistar el espacio, a hacer crecer hacia el ojo del observador lo que
antes se había expandido horizontalmente adherido al plano del lienzo y
que, en el mejor de los casos, apenas apuntaba al relieve. El modelado,
pues, pasó a considerar el volumen, desarrollando lo que estuviera
latente en la Giovana Cenaini de Póstumo retrato de los Arnolfini.
La
metamorfosis que sufrió la obra de Fernando Botero de 1957 a 1958 fue
tal, que en su exposición de noviembre en la Gress Gallery de Washington
colgó el puro gigantismo de los Limones, la fragmentación colorística
del Arzobispo rojo, la tranquila desmesura de Homenaje a Mantegna y la
seguridad formal de La siesta del obispo. A partir de estas tres últimas
obras se tornaron constantes los ojos inmensos y las bocas pequeñas, los
brazos cortos y las manos enormes. En estas obras también se inició esa
modalidad, típica de Botero, definida por la presencia de una situación
y su contra-situación, las que crean una atmósfera extraña que es
normalizada por el encanto del significante. Situación y contra-situación
que definió mejor Tracy Atkinson al decir:
“El
mundo de Botero está poblado por un conjunto de caracteres que son
generalmente absurdos y un poco patéticos que están entregados siempre a
los quehaceres más ordinarios”
(20)
.
En
La siesta del obispo, por ejemplo, el prelado duerme con la vestidura
talar abrazando el báculo de un modo infantil. La presencia de una
manzana a la derecha dota al cuadro de una ternura que implica que esta
contradicción, más que caricaturizar, pretende enfatizar la condición
humana del personaje.
En
los trabajos de fines de 1958 y primeros meses de 1959, la forma boteriana
llegó a la plenitud de su primer periodo para comenzar a desintegrarse de
inmediato camino al expresionismo. El interés por un volumen solidamente
cerrado, cuya superficie tuviera un tratamiento Integral, se realizó en
la serie Madres superioras (1958-1959). En esta serie de severidad de los
hábitos le permitió a Botero llevar hasta sus últimas consecuencias el
peso, implícito en la masa monolítica de La siesta del obispo.
Como
una reacción a la intemperancia colorística anterior, las obras de esta
época fueron absolutamente monocromas o tratadas dentro de una gama en la
que no existían complementarlos. En general, Botero prefería las
tierras, que trabaja con el blanco, el negro y toques de azul. Con esta
vuelta a la sobriedad cromática, que experimentó al inicio de su búsqueda,
cuadros que exhibiera en México en febrero de 1957, se cumplió el
segundo ciclo dentro de lo que sería una constante en la trayectoria del
pintor, quien hasta hoy ha oscilado permanentemente del color al
monocromo, correspondiendo el monocromo a las épocas de crisis y
reorientación.
Como
una excepción a esta característica de sus períodos monocromáticos, el
de 1958-59 señaló una llegada, el triunfo de una invención, la
confirmación de un lenguaje. Las Madres superioras eran perfectas como
construcciones monumentales, en las que nada alteraba su hierastismo
piramidal.
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14
El Excelsior, México, febrero de 1957.
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15
En entrevista con el pintor en East Hampton, N. Y., otoño de 1972,
preguntado por las características de esa cerámica, Botero me señaló
en la pared de su estudio las proporciones y consistencia táctil del
guitarrista de Concierto campestre (1972),
ilustración Nº
11 del Catálogo
de su exposición en la Galería Marlborough, Roma, abril-mayo de
1973. (regresar 15)
16
Véanse las entregas de Semana, Bogotá,
de septiembre 9, 16 y 22 de 1960.
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16)
17
En Arzobispo
rojo este
gesto era de bendición, y más adelante, en la serle Madres
superíoras
,
fue de admonición, abriéndole paso así a una multiplicidad de
Interpretaciones superpuestas que posiblemente deriven de Orozco y
Siqueiros, cuyos enérgicos puños Botero parodia.
(regresar
17)
18
Plástica, núm. 12, Bogotá. julio-diciembre de 1958.
(regresar
18)
19
El
Tiempo, septiembre 14
de 1958.
(regresar
19)
20
TRACY ATKINSON, Fernando Botero,
recent works, en Catálogo de
la exposición en el Milwaukee Art Center, diciembre de 1966 a enero de
1967. Texto reproducido en el Catálogo
de la retrospectiva en cinco museos alemanes, 1970. (regresar
20)
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