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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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(continuar
capítulo de Alejandro Obregón)
De
su última experiencia barcelonesa fueron las pinturas tituladas Barrios
bajos-Barcelona y Torso (ambos de 1942), Retrato del
pintor y Retrato (ambos de 1943) y El camión (1944). Las dudas y
tanteos del principiante se patentizaron en estas obras, aunque en todas
ellas se revelara el dibujante hábil. Pero mientras en Torso intentaba
una expresión personal con el uso de la espátula y la pincelada corta,
aventurándose en el empleo de tierras y de negro en una figura algo
deformada, y del rojo en los pliegues de la ropa, conjunto atrevido que se
imponía por la relativa audacia de su concepción, en Retrato Obregón
apareció como un naturalista más y- en Retrato del pintor fue evidente
que se interesaba por Cézanne y El Greco, influencias que de ningún modo
sacaron a este autorretrato —uno de los tantos que pintó entonces— de
ser un ejercicio algo académico aunque demostrara rigor técnico de
ejecución y una contenida inclinación por el expresionismo.
En
1944 Obregón volvió a Colombia, sorteando los peligros del mar en las
postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Tras permanecer en
Barranquilla algunos meses, pasó a Bogotá al ser nombrado profesor de la
Escuela de Bellas Artes. Con este regreso quedó vinculado al país, si
bien le faltaba una estancia más en Europa. Al cumplir los 24 años,
Obregón sólo había permanecido entre nosotros cinco años y algunos
meses, proporción que marca el vigor de la atadura que se le creara en la
niñez. Pero no podemos olvidar, si bien ese fue un factor nada desdeñable
al tomar su decisión, que de otra parte estaba obedeciendo la intuición
de que el arte europeo estaba ya agotado y que era en estos territorios
donde podía trabajarse con renovadas energías.
La
participación de Obregón en el Salón Nacional de 1944 fue destacada por
Walter Engel, en lo que fue la primera referencia de la crítica
colombiana al joven pintor. Obregón envió el ya mencionado Retrato del
pintor,
Niña con jarra y
Naturaleza muerta, pinturas de las que escribió muy esquemáticamente
Engel: “por fuerza de los tres óleos presentados en el Salón de
Artistas Colombianos tendrá derecho a ser recordado”. En seguida agregó:
“tiene innato el sentimiento de la forma, por el colorido”. Y luego
explicó: “El artista les pone un fondo sencillo, con un casi nada de
objetos y accesorios. Pero de tal parquedad sabe sacar gran provecho dando
a los amplios planos una intensa y poética vida por medio de una fina
orquestación de matices cromáticos”
(16)
.
Es interesante observar aquí la referencia al color como elemento
constructor de la forma, latente en Jarro azul y ya evidente en Torso,
porque seria el color su punto de apoyo fundamental en los momentos más
fecundos de su trayectoria. Color que estalló con fuerza en la figura
roja, negra y amarilla de su Bolívar (1944), tema que enfrentó corno la
confirmación de una nacionalidad que no era meramente adoptiva sino
profundamente sentida. Del retrato del Libertador escribió Meneguetti:
“El rostro se destaca contra un fondo de resplandores cálidos y refleja
no sólo la fuerza interior del caudillo, sino también el hastío y
decadencia física de sus últimos años. Obregón ha dejado la paleta del
tono y medias tintas para volverse violento y, con frecuencia,
desagradable, por su color amasado. Usa del trazo grueso que busca
desplazarse de la figura”
(17)
. El trazo grueso se tomó brochazo enérgico
en Paisaje con carretera (1945), uno de los últimos óleos de este período
marcado por el paisaje, el cual aparecía solo o le servía de fondo a sus
figuras.
El
28 de junio de 1945 Obregón abrió, en la Biblioteca Nacional de Bogotá,
su primera exposicron individual, verdadera retrospectiva del trabajo
adelantado desde 1939. A las pinturas de sus tiempos de estudiante se
agregaron las realizadas en Colombia, entre ellas Bodegón de la calavera,
Bodegón de la máscara, Pescados, Dos peces, Niña con jarra, Mujer en
gris y los retratos de Lolita de Echavarría, María Obregón, Marta Obregón
y Roko Matjasic, además de varios autorretratos. Esos lienzos de fines de
1944 y la primera mitad de 1945, sumados a su producción anterior, le
permitieron colgar sesenta y dos pinturas en total, cifra que anunciaba el
enorme volumen de obras que seguiría produciendo en adelante. La muestra
fue un verdadero despliegue de trabajo que se adivinaba intenso,
disciplinado y difícil en su búsqueda de algo qué decir y como decirlo.
Lo cual, pese a las incoherencias del conjunto, reveló una recia
personalidad. El pintor Gonzalo Ariza, ligado cronológicamente al grupo
de Los Bachúes, escribió: “Obregón parece preferir un colorido más
frío y severo, siendo sus matices favoritos los ocres y tierras de Umbría,
los grises negros y ultramarinos,
tan
característicos de las escuelas post-impresionistas En algunos de sus
bodegones, especialmente en los más recientes, podría encontrarse la
misma sutileza en el uso y armonía de los tonos mates con que Georges
Braque trató sus naturalezas muertas”
(18)
. Interesante la mención de
Braque porque iba a ser la pintura del maestro francés la que le enseñaría
a exteriorizar la estructura de la composición y a tener que graduar el
color con base en el tono.
Ariza,
además, midió la importancia del enfoque que traía Obregón, no muy
arriesgado todavía pero sí lo suficientemente nuevo como para ser
notado: “A primera vista, al contemplar esta interesante serie de óleos
en que se presiente un gran pintor, se comprende que Obregón tiene un
vasto y profundo conocimiento de todas las tendencias de la pintura
contemporánea. Pero este conocimientos no ha limitado su trabajo, antes
bien, por el contrario y gracias a la sencillez de su carácter, le está
permitiendo sortear con fortuna los escollos y peligros de la academia
modernista en que todos nos iniciamos para realizar una obra netamente
individual”. Ariza, un pintor conservador, descubría en el joven Obregón
lo que éste podía tener en común con él y solamente Engel, en nota
antes citada, supo comprender y explicar: el temperamental y desbordado
Obregón enfrentaba el arte contemporáneo con alguna cautela por razones
puramente técnicas y no por timideces conceptuales. Obregón intuía lo
que debia recorrer para encontrarse a sí mismo y comprendía que no podía
detenerse, en la mitad de su camino a resolver simples problemas de
cocina. Esa fue la razón, no sólo de su traslado de Boston a Barcelona,
sino también de su inquieto peregrinar por museos, galerías e iglesias
de España, estudiando a los viejos maestros.
Tras
la cautela, no obstante, era evidente la potencia creativa del joven
artista. De allí que el poeta mexicano Gilberto Owen, silencioso testigo
del desarrollo de la plástica colombiana desde 1932, lo hubiera situado
de inmediato al lado de los pintores más inquietos y logrados que él
hubiera conocido en nuestro país. Afirmación lanzada en el discurso de
apertura de esta primera muestra de Obregón, posiblemente como un gesto
condescendiente y amistoso del poeta. Pero la galantería, si es que la ha
bia,
no impidió que sus palabras resultaran cortantes por la dureza crítica
con que enjuició al arte colombiano, ni impidió tampoco que con
innegable clarividencia observara la siguiente cualidad de la pintura de
Obregón: “Los juegos de la luz en la sombra, paseándose Obregón por
ella sin detenerse sino en los sitios precisos, lo que no es un resultado
del azar, sino que proviene de una paciente labor de un gusto afinado y
severo y de una inteligencia siempre despierta, siempre al acecho de
posibles aciertos, en movimiento continuo. (...) De ahí su predilección
por los grises, en cuyo empleo hallo una habilidad que me asombra”
(19)
.
Asombro del que sabe ver fue ese asombro de Owen, porque Obregón iba
a desarrollar su trabajo dentro de lo que entonces era una pura intuición
del mexicano.
La
amplia utilización de los colores sordos fue lo que llevó a Engel a
denominar a ésta como su “primera época gris”, la cual alcanzó su
culminación en los dos cuadros que enviara, unos meses después al Salón
Nacional de 1945: Maternidad y Composición nocturna o Bodegón nocturno
(ambos de 1945). Composición nocturna resumió la actividad de Obregón
hasta ese momento, cuya preocupación central estaba dirigida a dominar un
espacio que al mismo tiempo que profundo no rompiera el plano del lienzo,
tratamiento que latía en Retrato del
pintor y en Bolívar. Obregón se encaminaba hacia una pintura
absolutamente plana y de allí que atravesara esta etapa de ambigüedad,
durante la cual el espacio era indicado en su tridimensionalidad pero
simultáneamente negado con los brillantes fondos casi monocromos que
derivara de Matisse, recurso que reforzaba en algunos lienzos al no
alterar los tamaños de las figuras pese a la distancia que las separaba.
Esto último era evidente en Composición nocturna, de un espacio que se
sugería profundo con la fuga de la mesa que sostenía el bodegón,
profundidad contrarrestada por dos desnudos femeninos valorados en el
mismo plano aunque entre los dos mediara cierto aire, lo cual retrotraía
la composición a la superficie de la tela.
Ese
tratamiento, en un momento en el que, salvo el caso de Correa, no se daban
muestras de audacia mayor, fue el que llevó a Engel a decir de Composición
nocturna
que
“es de los que desconciertan a primera vista” para poder explicar
entonces: “Pero resiste la prueba de mirarlo repetida y detenidamente
y no sólo la resiste sino que en ella se impone. Extraña al
principio el contraste entre los morenos cuerpos femeninos y los vivos
colores de los objetos a la izquierda de la mujer de espalda. Pero este
contraste entre desnudos de pintura robustamente académica y una audaz
naturaleza muerta se va desvaneciendo y se resuelve al fin en un acorde de
sonora plenitud, impresionante en su temeraria orquestación”
(20)
.
Extendiéndose algo más en el análisis de las pinturas de 1945, Engel se
refirió en otra nota a su “máximo de expresión con medios puramente
pictóricos” y a los “finos matices y audaces brochazos” aclarando
de ese Obregón juvenil que “no pretexta ningún modernismo barato”
por lo que nunca vemos el pincel vacilante, ninguna muestra hay de
timidez”, no sin advertir que “tan asombrosa seguridad en un artista
joven podría ser un peligro”. Para concluir, Engel anunció la
cancelación de una etapa:
“A
las suaves y apacibles armonías de la Niña con jarro siguen ahora
agresivos acordes, después de las dulces melodías mozartianas, se
anuncia una tempestad más bien afín a Beethoven”
(21)
.
El
estallido romántico se tradujo en lo que Engel llamó la “época
oscura”, oscura no tanto por el color, como por los temas sombríos
signados por Goya, a quien Obregón estudiara impresionado por la
intensidad vital de sus grabados y pinturas negras. En Goya, además,
Obregón admiró la manera tan profundamente humana y política de su
compromiso en los des óleos relativos a las luchas del pueblo español
contra la invasión napoleónica. Bajo la doble influencia de Goya y de
Picasso, Obregón pintó Perro (1946), Manicomio rojo (1946), La pintora
(1947), El loco de la jaula (1947), y Masacre-10 de abril (1948). Obregón
creyó actualizar lo que era dramático en Goya aproximándose a la
melancolía de Picasso en su período azul, pero con una estructura
interna que en El loco de la jaula nuevamente consideraba a Cézanne. La
figuración de Obregón resultaba así plena y vigorosa. Con ella seguía,
por cuenta propia, la ruta que señalara Cézanne y llevara
a
su culminación el cubismo. Lo cual explica que en El loco de la jaula las
formas esféricas o cilíndricas, como hombros y brazos, aparecieran
modeladas con aristas que las volvían cúbicas, algo que Botero
experimentó entre 1964 y 1967. De esta manera el artista retornó a lo
racional y constructivo al tiempo que en Perro era un expresionista
directo en sus deformaciones de la figura. La práctica de esas
deformaciones, en El loco de la jaula, consistió en un simple
alargamiento vertical al modo de El Greco, de donde se deduce que Obregón
buscaba conciliar, precisamente en ese lienzo dos actitudes en conflicto,
una racional y la otra romántica. Oposición que le da su sentido a los
dos conceptos diferentes con que trabajo tan pronto definió su lenguaje,
el concepto constructivista de 1950 a 1959 y el concepto expresionista que
hoy le conocemos, iniciado en 1959.
La
primera obra obregoniana de claro sentido constructivista fue Masacre-10
de abril. El titulo identificaba tanto al óleo como a los dos bocetos que
realizara pensando en un conjunto murallstico monumental que perpetuara el
formidable levantamiento popular que estallara en Colombia el 9 de abril
de 1948, fecha en la cual fue asesinado el dirigente liberal Jorge Eliécer
Gaitán. Obregón, coincidencialmente, fue testigo de los hechos iniciales
al apearse de un tranvía en la esquina de la Avenida Jiménez con la
carrera 7ª de Bogotá. Obregón llevaba bastidores y materiales de
trabajo, dentro de los preparativos de la exposición que en los días
siguientes debía abrirse en la Sociedad Colombiana de Arquitectos, cuya
sede quedaba a pocos pasos, cuando escuchó las detonáciones del revólver
que Roa Sierra disparó contra Gaitán. Obregón presenció las primeras
expresiones de ira de los ciudadanos que inmediatamente se aglomeraron en
el sitio, la evacuación hacia un hospital del conductor político
mortalmente herido, el llanto de hombres y mujeres que empapaban sus pañuelos
en la sangre que tiñera la acera, la captura de Roa Sierra, su
linchamiento y el levantamiento de un pueblo que finalmente fue reprimido
a sangre y bala.
Al
lado de Julio Abril, Marco Ospina y Enrique Grau, quienes se fueron
encontrando en el curso de los, acontecimientos que estremecieron
violentamente a Bogotá en los días siguientes, Obregón recorrió las
calles esquivando francotiradores, policías y soldados para tomar apuntes
de la conmoción. El día 10 visitó el cementerio central y realizó
dibujos de las decenas de cadáveres amontonados en impresionantes
pilas. A partir de esos dibujos se entregó entonces a la frenética tarea
de bosquejar las ambiciosas composiciones de Masacre-10 de abril, una de
las cuales se decidió a llevar al óleo. Dos semanas y media después de
los sucesos iniciales, el 28 de abril, Obregón exhibió las obras en la
aplazada exposición que tenía comprometida con la SCA. Como respuesta
humana y política, la suya se situaba en el mismo nivel de la de Goya al
pintar los sucesos de mayo de 1808 en España, pero en el caso de Obregón
habría que agregar una cosa más: la celeridad de su trabajo, la rapidez
con que procedió una sensibilidad profundamente impresionada por los
hechos. Obregón había pintado como si fuera un periodista o, mejor, como
un guerrillero alerta. Fue la primera vez que se empleó a fondo de este
modo y no iba a ser la última.
El
óleo Masacre-10 de abril era una obra verdaderamente épica y ambiciosa
en todos los sentidos. La influencia de Picasso mencionada antes se hizo
mucho más notoria en el trazo fuerte y limpio que definía los contornos
de sus figuras, al igual que en el simbolismo que deliberadamente
prolongaba las significaciones de Guernica. El óleo estaba dividido en áreas
geométricas, tratamiento que nos recuerda que su plan era el de ejecutar
varios murales. Sobre esa superficie dividida se distribuían 5 cabezas, 4
manos empuñadas y 2 piernas más un niño descamisado que dormía
acaballado sobre un brazo gigantesco. La utilización de estos miembros
sueltos proponía dos cosas: la desmembración causada al pueblo, de una
parte; desmembración que evidentemente, de otra parte, sufrieron los
desposeídos pero no pasivamente. Esta actitud de combate, comprendida por
Obregón, estaba sugerida en los scorzos, cuyas diagonales marcaban el
futuro de la lucha emprendida desde lo que era una derrota parcial dentro
de un proceso mucho más largo. La composición del óleo Masacre-10 de
abril era dinámica y cada elemento denotaba decisión y fuerza.
Solamente el niño tenía un tratamiento algo diferénte al resto de
figuras pero su acaballamiento sobre el puño más crispado, sobre el puño
más brotado de músculos y venas por la tremenda tensión de los dedos
apretados, implicaba simbólicamente que en ese niño latía el coraje que
agitara el hombre que resultara mutilado y que la lucha tenía en ese
mismo niño un continuador.
La
intención de Obregón, al concebir el conjunto que finalmente no pudo
realizar, la manifestó en una entrevista con el periodista Javier Auqué
Lara, a quien expresó:
“Masacre
será un grupo de lienzos que habrá de recoger la indignación popular
por el vil asesinato de un jefe prestigioso y la forma como los poderes
oficiales reprimieron esa protesta”
(22)
. La declaración resulta
pertinente para entender el sentido de la obra y para comprender que Obregón
no se dejó arrastrar por el áurea de prestigio del famoso caudillo
asesinado, cuya simpatía entre las masas de desposeídos marcó un hito
en la historia contemporánea de Colombia. El interés de Obregón se
centró en el pueblo, en su indignación frustrada a balazos por un
gobierno que prolongó la carnicería durante varios días con un saldo de
centenares de muertos. Ante semejante contenido, fue apenas lógico que
Masacre-10 de abril tuviera escaso eco en los medios gubernamentales y aun
en el partido liberal, pese a estar en la oposición. La pintura y los
apuntes no se prestaban para hacer demagogia con el caudillo muerto sino
para recordar perennemente el atropello a una masa que, sin conductor, se
desbocó en acciones delictivas. Se entiende por qué la sugerencia de
Auqué Lara en la misma crónica de Estampa, en el sentido de que
Masacre-10 de abril fuera adquirida por el Concejo Municipal de Bogotá
“para perpetuar la memoria de una de las fechas más significativas en
la historia política del país”, integrándose en “un conjunto de
frescos que deberían ir en un lugar accesible a las masas populares”,
se convirtió en una ingenua propuesta sin eco. Frescos con temas menos
molestosos, como los de Gómez Jaramillo en el Capitolio Nacional,
acababan de ser tapados por orden del ministro de Relaciones Exteriores
Laureano Gómez, con motivo, precisamente, de la Conferencia Panamericana
que se efectuaba en la capital de Colombia en los días del bogotazo. En
los años siguientes desaparecerían los murales de Alipio Jaramillo,
ejecutados en el edificio de la Facultad de Derecho de la Universidad
Nacional, mientras en Medellín un burgomaestre cavernario se atrevió a
dar la orden, afortunadamente desacatada, de tapar el mural de Pedro Nel Gómez
que se hallaba en el propio despacho del alcalde. Si el mural de
contenidos sociales había tenido su momento de auge, para entonces le había
llegado su etapa de destrucción sistemática por expresa orden de
conocidos jefes políticos, los cuales se consideraban vulnerados por sus
mensajes. En
tales
condiciones era imposible que Masacre-10 de abril pasara a ser un mural en
sitio público, así que el proyecto de Obregón se redujo a las decenas
de apuntes trabajados en las calles y en el cementerio, a los dos esbozos
o cartones que realizó pensando en los murales y al óleo que hoy se
encuentra en la colección de la SCA.
Hubo
un crítico, sin embargo, que se atrevió a destacar esta obra, categórica
en su contenido, desde las propias páginas de una publicación oficial.
Fue Walter Engel, quien escribió en Revista de las Indias: “La exposición
de Obregón se inauguró el 28 de abril. Inspirada en los recientes trágicos
acontecimientos de Bogotá, la última pintura —que antes llamamos punto
final de la exhibición— fue realizada dentro de pocos días y es el
anteproyecto para otra obra de mayor tamaño y ambición. Esta pintura
lleva el título Masacre-10 de abril, y en ella palpitan el espanto, la
conmoción, el terror de los sucesos que el artista presenció como
testigo ocular. El cuadro no es realista en su conjunto y en su composición,
pero se compone de detalles sacados de la realidad: cabezas humanas, puños
cerrados, un niño desnudo. Lo inverosímil, la tormenta, el caos, están
plasmados aquí en una audaz configuración artística, que hace esperar
con impaciencia la obra definitiva que el pintor piensa crear sobre el
macabro tema”
(23)
.
Si
bien Masacre-10 de abril fue un atisbo de madurez y la anunciación de una
época por venir, a los 28 años el pintor no había entrado en el pleno
ejercicio de un lenguaje propio. Pero tenía una idea fija de lo que debía
ser su pintura, idea que buscaba realizar abordándola desde muy diversos
ángulos conceptuales, ya fuera acercándose a Cézanne o a Picasso, a
Matisse o a los surrealistas y los metafísicos. En definitiva, el
abordaje se realizaba con una marcada preferencia por los movimientos de
comienzos del siglo en Europa. Era, por lo demás, lo que estaba
ocurriendo entre casi todos los pintores de su generación que trabajaban
en el resto del continente.
¿Podía
considerarse revolucionario lo que en realidad era un atrasado seguidismo?
Por supuesto que no. Pero Obregón era perfectamente consciente de que
hasta el momento no había tal revolución visual en sus trabajos.
Algo
que registró informativamente la revista Semana al decir: “[Obregón
es] lo que, comúnmente, se llama ‘un pintor revolucionario’. Pero él
mismo considera que ni las formas de sus pinturas, ni su equilibrio de
fuerzas, ni su color, son elementos plásticamente revolucionarios. Apenas
obedecen al criterio del siglo, al de la época artística”
(24)
. Es
este un juicio que marca el nivel que a sí mismo se exigía, a nivel que
no reducía al ámbito algo parroquial en que trabajaba. Obregón, al
igual que sus amigos escritores de Barranquilla, buscaba sobrepujar las
limitaciones del medio para situar su obra a una altura de auténtica
validez universal. Obregón era ambicioso y pensaba en grande, pero ante
la poca comprensión que recibían sus propuestas eran muchas las
explicaciones que debía emitir para hacerse entender:
—“En
el arte como en todas las manifestaciones del espíritu, hay que dejar en
un rincón a las gentes que por falta de imaginación creen que la expresión
humana es asunto de sabor estomacal; que entrar en una exposición de
pintura equivale a participar en un banquete”
(25)
.
Obregón
era beligerante. Tal beligerancia estaba dirigida a corregir el facilismo
de nuestro público al abordar la obra plástica, considerada todavía
como una especie de manjar de fácil digestión. Público difícil si
recordamos la intensa batalla pedagógica librada por Los Bachúes por
medio de sus obras, conferencias y artículos de prensa
(26)
. Como Obregón
era lúcido de las barreras que quedaban por vencer, debió advertir:
—“La
obra de arte ha de ser, esencialmente, un mundo propio, con una vitalidad
propia. No ha de ser, en ningún caso, un simple reflejo del dinamismo de
la naturaleza. En otros campos de consideración, también la obra de arte
debe tener una lógica propia para regir un universo propio”
(27)
.
Hoy,
estas teorías están extendidas y ampliamente aceptadas, pero en su
momento fueron todo un manifiesto dentro de la batalla que, los jóvenes
tuvieron que librar contra las ideas caducas. El planteamiento de que la
obra de arte no’ tenía que partir necesariamente de la naturaleza no
era nuevo en nuestro medio. Eso mismo explicaba y defendía por esos años,
conforme vimos antes, el crítico Jorge Gaitán Durán. Pero Obregón fue
mucho más allá al decir:
—“La
belleza no existe en la naturaleza. Es el hombre que la siente. La belleza
es un concepto intelectual”
(28)
.
El
planteamiento era materialista dialéctico en todo -su sentido. Si la
belleza es un concepto intelectual, y no tma propiedad inmanente de la
naturaleza, en el proceso de trasladar las vibraciones estéticas de un
modelo al lienzo, ese modelo debía sufrir necesariamente algunas
deformaciones. De allí que Obregón advirtiera:
—“Hay
quienes gozan en una exposición de pintura porque reconocen las cosas,
porque ‘hablan’ (...)
Pero
la pintura no es esto. Tiene un valor artístico
propio.
No es una reproducción mecánica”
(29)
.
Las
cosas que “hablaban” en una pintura eran aquellas que, acogiéndose al
recurso del trompe l’óeil, producían un impacto retinal de engaño,
de confusión entre la represen acción y lo representado. Pero que las
manzanas pintadas parecieran tan comestibles como las manzanas reales, no
era ni había sido nunca, una norma fundamental de la estética. De allí
que Obregón recordara que la misión de la pintura no residía en
reproducir laboriosamente lo que el ojo viera. Absolutamente coherente con
tales principios, manifestó entonces:
—“Hay
que lograr el orden geométrico de las ideas dispersas, interpretar y
llegar a lo abstracto, como medio de una expresión humana mayor y mejor
que la del arte naturalista”
(30)
.
Al
considerar lo abstracto como punto de llegada, Obregón se situaba en el
campo de las ideas. La abstracción o
sea
el enunciado —o imagen— que sintetiza la cualidad de muchos objetos o
propuestas o sistemas o leyes, aparentemente distintos, pero secretamente
conectados entre sí. No se refería al abstraccionismo como tendencia plástica,
al que por lo demás iba a combatir siempre aunque en algún momento
llegara a bordearlo. Su planteamiento, en definitiva, era el de un
constructivista. El del constructivista que asomara en Jarro azul. Pero al
tiempo que se detenía en estas cuestiones de lenguaje, el pintor abordaba
igualmente las relaciones de todo lenguaje con la sociedad en que se
inserta. Obregón no teorizaba en el vacío sino todo lo contrario: asumía
sus conceptos como productos de un medio social al que no se podía
ignorar so pena de quedar encerrados en la torre de marfil. Para el pintor
colombiano era claro que los sistemas de signos que desatara la creación
en su fervor no podían ser la excrecencia de una sensibilidad especial
pero aislada, que al convertir su taller en un laboratorio autosuficiente
sólo elaboraba productos herméticos. Obregón entendía que la eficacia
de un lenguaje exigía una actitud responsable y eminentemente social por
parte del creador, para que éste pudiera interpretar a su colectividad.
En sus palabras:
—“Una
de las finalidades del arte, del arte de nuestro tiempo, ha de ser
precisamente la de interpretar la sensibilidad colectiva a base de la
sensibilidad personal del artista. Y debe ser, además, el arte, un
recurso eminente de salvación, un medio para entusiasmar, para llenar de
energías inagotables al hombre, para darle el ímpetu espiritual que
requiere como condición previa indispensable en la realización de sus
altos destinos”
(31)
.
Interpretada
la colectividad, el arte estaba llamado a convertirse en vehículo de
ayuda para alcanzar más altos logros, en puente tendido hacia el
bienestar de la humanidad. En otras palabras, el arte podía y debía
participar de las acciones particulares de los hombres en el curso de su
devenir histórico. Un planteamiento que, junto a los anteriores,
deberemos tener en mente al estudiar la evolución posterior de su
pintura. El compromiso social, implícito en el último enunciado, fue el
que asumió con todos sus riesgos en Masacre-10 de abril y ya veremos
hasta dónde fue consecuente con la “sensibilidad colectiva” al trabajar sus grandes símbolos desde los
cóndores y volcanes hasta las flores carnívoras y las barracudas.
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AL INDICE
16
WALTER ENGEL, “El V Salón de Artistas Colombianos”, Revista
de las Indias,
num. 72,
diciembre de 1944. (regresar 16)
17
ARISTIDES MANEGHETTI, ob. cit.
(regresar
17)
18
GONZALO ARIZA, “un admirable pintor joven”,
El
Tiempo,
Sección 2,
julio 1 de 1945.
(regresar
18)
19
GILBERTO
OWEN, “Del arte colombiano - El pintor Obregón”, El
Tiempo.
junio
29 de 1945.
(regresar
19)
20
WALTER ENGEL, “VI Salón Anual de Artistas Colombianos” Revista
de las Indias, núm. 84, diciembre de 1945. (regresar 20)
21,
WALTER ENGEL “El VI Salón de Artistas Colombianos”, El
Tiempo, diciembre 30 de 1945. (regresar 21)
22
JAVIER AUNQUÉ LARA, “La pintura de Alejandro Obregón”, Estampa,
núm. 483, Bogotá, mayo 8 de 1948. (regresar 22)
23
WALTER ENGEL, “Alejandro Obregón”, Revista
de las Indias, núm.
102,
marzo-abril-mayo de 1948.
(regresar
23)
24
“Puntura - La exposición Obregón”, Semana,
mayo 15 de 1948. (Los subrayados son míos: A
.M).
(regresar 24)
25
JAVIER Auquí Lara, ob. cit. (regresar 25)
26
En lo que hace a la parte teórica de esa actividad, los únicos textos
recogidos en forma de libro son loe de Ignacio Gómez Jaramillo en Anotaciones
de un pintor alrededor de su
mundo, Monografías de Arte Universidad Nacional, Bogotá, 1966. El
volumen contiene diez conferencias del pintor pronunciadas entre 1941 y
1967. (regresar 26)
27
R., ORTIZ Mac CORMICK, “El pintor Alejandro Obregón”, reportaje, El
Tiempo, Sección 2, mayo 30 de 1943. (regresar 27)
28
“Pintura - La exposición Obregón”, Semana,
ibid.
(regresar
28)
29 Ibid.
(regresar
29)
30 Ibid.
(regresar
30)
31
R. ORTIZ Mac CORMICK, ob. cit.
(regresar
31)
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