MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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III TRAYECTORIAS

A GILMAMOR SUÁREZ

ALEJANDRO OBREGÓN

De 1940 a 1950 la plástica latinoamericana se enriqueció con el reconocimiento de una amplia variedad de lenguajes derivados de la escuela de París los cuales, discutidos y hasta rechazados por los más ortodoxos seguidores de la corriente mexicana, se habían aclimatado en nuestros territorios desde mucho antes. Esos lenguajes, eclipsados inicialmente por la fuerza arrolladora de la Gran Vanguardia Americana que plasmaron Rivera, Orozco y Siqueiros en la pintura, y más tarde Rozo en la escultura, se vieron forzados a una espera para que pudieran ser identificados plenamente como nuestros. Pero una vez incorporados a la historia, no ya la de sus países sino la de toda América Latina, se tuvo conciencia de la validez e importancia de un buen número de pintores, tan diferentes entre sí, como pueden serlo Tarsila do Amaral, Cándido Portinari, Emiliano di Cavalcanti, José Cúneo, Rafael Barradas, Joaquín Torres García, Emilio Pettoruti, Carlos Enríquéz, Víctor Manuel, Amelia Peláez, Carlos Mérida y Rufino Tamayo, a quienes siguieron prontamente Roberto Matta, Wilfredo Lam, René Portocarrero, Mariano Rodríguez y Raquel Forner. La lista es larga pero aun así, en razón del desconocimiento mutuo que padecemos todavía, me temo que es incompleta.

Una vez producida la asimilación de tales nombres al ámbito latinoamericano, sobrevino la ruptura conceptual entre los artistas jóvenes de esa década crítica y el muralismo, ruptura determinada por condiciones históricas que, de otra parte, fueron las que impulsaron la conquista de una plástica más atrevida y dinámica. El desprendimiento lo patentizó el hecho de que un extraordinario muralista como Portinari hubiera recibido la influencia de Picasso en el curso de los años 30, sin disminuir para nada su vigoroso realismo ni el compromiso en su temática social. Esto último fue un punto fundamental del programa mexicano, el cual, con la obra del brasileño, halló un nuevo camino y una nueva posibilidad de expresión. Cambio positivo, dialéctico, que afianzaron los jóvenes al sumaries sus aportes. Esos aportes, sin embargo, no alcanzaron su coherencia y esplendor definitivos, sino después de 1950 en la mayoría de los casos. Para medir el afianzamiento de ese giro revitalizador baste mencionar a sus protagonistas más conocidos: Fernando de Szyszlo, José Gurvich, Julio Alpuy, Gonzalo Fonseca Juan Soriano, Pedro Coronel, Carlos Pantoja, María Luisa Pacheco, Armando Morales, Nemesio Antúnez, Jesús Rafael Soto, Alejandro Otero, José Fernández Muro, Sarah Grilo y Clorindo Testa. Movimiento continental del que Colombia no estuvo ausente sino, antes por el contrario activamente presente con Alejandro Obregón, Edgar Negret, Enrique Grau, Marco Ospina y Eduardo Ramírez Villamizar.

El desprendimiento de la tutela de los muralistas por parte de esos jóvenes, fue una de las consecuencias del acceso al poder, en los países mayores de América Latina, de la. burguesía industrial. La etapa, no hay que olvidarlo, se caracterizó en sus inicios por el empuje modernizador de gobiernos progresistas de corte liberal, los cuales acometieron la dificultosa tarea de demoler las estructuras obsoletas que entorpecían el desarrollo. La burguesía que apoyó tales gobiernos, en un primer momento que correspondió al de la lucha por controlar el aparato del Estado y favorecer oficialmente el florecimiento de una industria ligera, se vio precisada a parapetarse en el nacionalismo que aumentó al movimiento muralista desde México hasta Brasil. Pero en un segundo momento, triunfante y afincada, se lanzó a la práctica de un sospechoso cosmopolitismo —sin abandonar tácticamente su nacionalismo— presionado desde los Estados Unidos. Por supuesto, en el proceso se registraron infinidad de matices porque no fueron exactamente iguales los casos de México y Perú o de Cuba y Argentina, ni el muralismo fue practicado en todo el continente. Pero, con sus variantes, la década del 40 se abrió con la presencia de una burguesía mucho más comprometida con el imperialismo.

El hecho de que esa burguesía fuera la patrocinadora del muralismo y, luego, del cosmopolitismo de los jóvenes, nos explica el énfasis social —como punto de apoyo para alcanzar una identidad cultural propia— que en ambas etapas permeó a sus creadores más destacados, tanto en la plástica como en la literatura. Porque al en Orozco, Rivera y Siqueiros, en Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo, en Portinari y Di Cavalcanti, el afán americano se tradujo en épica, más adelante esa intención no perdió su carácter americanista aunque lo épico se transformó en lírico. La burguesía que en el primer momento había tenido que aliarse al proletariado para alcanzar su meta dominadora, ya dominante se entregó a disfrutar el poder dándole curso al individualismo que expresó precisamente ese lirismo. La correlación de fuerzas había cambiado, pero la plástica no reflejó mecánicamente este fenómeno. De allí que en el lirismo de esos pintores hallemos contenidos democráticos y humanos que no se pueden desdeñar fácilmente.

La noción del compromiso —conforme se entendía y practicaba— no podía abandonarse abruptamente de un día para otro aunque así se hubiera pretendido. Los artistas colombianos iniciados en los años 40, imbuidos de la necesidad de reconocer e incorporar los aportes de la plástica europea del siglo xx, se decidió entonces a considerar a Dufy, Picasso, Braque, Gauguin, Rouault, Brancusi, Moore y Herbin como sus nuevos maestros sin olvidarse, por ello, de la escultura precolombina ni tampoco de Rivera, Di Cavalcanti y Tamayo como las fuentes y guías de una trayectoria que se debía continuar y de hecho, se continuó, aunque el desarrollo propio de algunas obras hubiera llevado a muchos de esos pintores y escultores a propuestas aparentemente desconectadas de aquellas que tuvieran inicialmente. Resultados posteriores que negaban el punto de partida, pero no eran ajenos a él.

Para comprender mejor lo que ocurrió en aquellos años, no sobra adelantarnos un poco para ver cómo hacia 1960, cuando la burguesía había perdido su carácter progresista para tornarse decididamente reaccionaria, el arte que cayó bajo su esfera de influencia pretendió el cosmopolitismo total rechazando toda intención de compromiso, no sin hacer gala de un grosero escepticismo sobre la posibilidad de una expresión que se identificara con nuestra realidad. Giro inteligente, por lo demás, cuando esa realidad se hacía más y más conflictiva. Toda posición de compromiso significó, a partir de entonces, la agitación de los problemas que padecían vastos sectores de explotados y, por lo mismo, un contundente rechazo a la clase dominante. El artepurismo pasó a ser la orden del cia. En consecuencia, los artistas actuantes desde 1960, capaces de realizar su trabajo por fuera de las corrientes estimuladas por el gran capital, tuvieron que identificarse inevitablemente con la clase obrera para poder Uevar adelante sus proyectos temáticos. Este último el caso, para citar pocos nombres, de Pedro Alcántara, Augusto Hendón, Umberto Giangrandi, Sonia Gutiérrez y Gustavo Zalamea. Simultáneamente Carlos Rojas, Alvaro Herrán, Bernardo Salcedo y Ana Mercedes Hoyos se entregaron a unas prácticas eminentemente formalistas conectadas con el ascenso y fortalecimiento del capital financiero. Entre uno y otro grupo, en este caso, media una amplia variedad de matices que, por cierto, también se presentó entre los pintores y escultores surgidos en la década del 40.

Las manifestaciones culturales que se nutrieron en el giro que comenzó en aquellos años, fueron la expresión del anhelo sentido por todos los intelectuales y artistas que lucharon por colocarse a la altura de los tiempos, algunos con profundidad y seriedad, los otros con una impresionante ligereza. Los arquitectos Salmona, Martínez y Bermúdez, los narradores García Márquez, Cepeda Sainudio y Mejía Vallejo, los poetas Mutis, Cote Lamus y Castro Saavedra, los teatristas Cabrera, Romero Lozano y Buenaventura, son algunos de los exponentes del cambio que entonces operé. En las artes plásticas ese cambio venia siendo preconizado por Jorge Zalamea y tuvo en el poeta Jorge Gaitán Durán, dedicado crítico de arte en su juventud, su más decidido defensor. Cabe anotar el hecho de que Gaitán Durán reconocía el enorme valor de las obras de Luis Alberto Acuña, Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Carlos Correa y Alipio Jaramillo, posteriormente negadas por los críticos e historiadores que lo sucedieron. Pero si bien el poeta valoraba a los muralistas, al mismo tiempo teorizaba la necesidad de una nueva orientación. A propósito del mural, por ejemplo, Gaitán Durán escribió: “Alipio Jaramillo, lo mismo que otros muralistas colombianos, está imbuido, como es lógico, por el mural mexicano que a mi modo de ver  apenas una etapa en la ruta hacia el gran mural colectivista. abstracto, arquitectónico y estático (1) Tal propuesta no se concretó sino en la segunda mitad de la década del 50, con los murales ejecutados por Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villandzar, Enrique Grau, Marco Ospina, Luis Fernando Robles y otros, dentro de lo que podríamos llamar la segunda etapa de esplendor del muralismo colombiano. La espera no fue corta, pero su formulación teórica con tanta anticipación nos comprueba la existencia de criterios que propendían por un giro que se resumió en dos puntos básicos que se complementaban mutuamente: alejamiento del realismo y acercamiento a la abstracción.

El proceso estuvo lleno de contradicciones. Su afloramiento tuvo un valioso antecedente en las pinturas que Carlos Correa venía adelantando desde mucho antes, fácilmente reconocible en obras como Tríptico de las fuerzas vitales (1938), óleo en el que detectamos un tratamiento que recuerda a Léger, y Naturaleza muerta en reposo (1942), óleo en el que Correa puso de presente su interés por Braque. Era la influencia de París que actuó también en Acuña y Gómez Jaramillo, influencia que sólo adquirió entidad en la generación siguiente. Sin embargo, la asimilación de estas modalidades por parte de los jóvenes no fue rápida. Algo que comprendió y expresó Walter Engel al escribir sobre el Salón Nacional de 1946, corroborando de paso las posiciones de Gaitán Durán: “Al contemplar las obras tic los nuevos expositores, y las mejores obras en su conjunto, observamos un influjo mucho más acentuado por el arte mexicano, y por un concepto americano en general, que por la Escuela de París (2) .

En el fondo Engel favorecía el acercamiento a la Escuela de París, aunque de un modo cauteloso. Efectivamente, el critico austríaco residenciado en Colombia jugó un papel primordial en el impulso de los jóvenes que se acercaban a cualquiera de las corrientes europeas. Enrique Grau, quien en el Salón Nacional de 1940 había sido destacado por su Mulata cartagenera, tan cercana en tema y concepto a las mulatas de Di Cavalcanti. hacia 1945 se había olvidado del brasileño para adentrarse en una figuración que le debía más a Gauguin que a cualquiera de los pintores latinoamericanos importantes que apreciaba su generación. Pese a las timideces, el giro en la plástica colombiana había emprendido su ruta, pero no sin que se manifestaran algunas voces conservadoras de protesta: “En la sección de pesadillas catalogan algunos loe cuadros Muchacha en gris, Ruth y Ruby, de Enrique Grau, y Raíces secas, de Marco Ospina”, testimonió un reportero (3) . Y alguien con aires de critico, en lo que se supone la voz del especialista, manifestó: “De Marco Ospina sí que podríamos decir que nos defraudó en esta ocasión con sus Raíces secas. Tenemos entendido que Salvador Dalí no firmaría ese cuadro, a menos que le pusiera una vaca con cara de fraile y una guitarra sin cuerdas ni clavijas (4) . Un tercer ejemplo de este tipo de prejuicios estéticos fue dirigido contra la exposición de Eduardo Ramírez Villamizar en 1949; “Los lienzos Pescadores y Academia, por ejemplo, tienen detalles muy pictóricos, pero ofenden la sensibilidad estética por la desproporción entre los grandes cuerpos humanos y sus cabezas de miniatura (5) .

Aunque en Colombia el muralismo se había opuesto con éxito al academicismo, todavía perduraban algunas expresiones tardías de la vieja corriente. El primer premio en el Salón Nacional de 1944 a Miguel Díaz Vargas, por su Desnudo en grises, óleo eminentemente academicista, despertó con buenas razones la sospecha de que una especie de naturalismo estaba a punto de resurgir entre nosotros para contrarrestar las audacias de los jóvenes. Ante el sentimiento de que se debía asegurar el porvenir del camino que éstos apenas emprendían, Gaitán Durán fue uno de los encargados de adelantar tal tarea con un sentido pedagógico: “La fuga desde el naturalismo comenzó, no como asegura alguna crítica. con el inipresionismo, puesto que esta escuela sólo buscó un factor material: la condición lumínica de las cosas; sino con Gauguin quien remplazó la conciencia de la expresión natural por la conciencia de la expresión personal del artista. Desde este momento, el arte comenzó a romper sus lazos con el espejo del mundo exterior, donde era solamente una fría imagen limitada (6) . Enrique Grau ya trabajaba con este criterio subjetivista y expresaba, en una pintura de acentos dramáticos, su interioridad. Para Grau las formas naturales del mundo exterior quedaban alteradas al pasar a través de su conciencia. El pintor cumplía entonces una etapa experimental y de tanteos para su formación, lo que nos explica la consideración formulada antes de que su pintura tenía que ver más con Gauguin que con los pintores latinoamericanos. Pero, en términos generales, el cambio se dio sin renunciar a la temática americanista y de contenidos sociales que practicaron los muralistas. Tal sincretismo ya lo había ensayado Correa con su Tríptico, de tema humanista y antibélico en el instante en que el nazi-fascismo acometía su brutal escalada en Europa. Semejante posición exigía una conciencia que Gaitán Durán desbrozó de este modo: “Toda obra de arte que traiciona su época, que escapa voluntariamente de sus elementos esenciales, que ignora las transformaciones político-sociales —económicas de un pueblo—, está condenada a su segura desaparición, no es en rigor una obra de arte, sino más bien una manifestación aislada e individual (7) .

Los parámetros para la acción estaban dados. Una renovación era necesaria y debía adelantarse a partir de lo que éramos social, económica y políticamente. La nueva generación se aventuró entonces a ensayar las más diversas escuelas y fue así como a finales de la década del 40, la plástica colombiana presentaba expresionistas (Ramírez Villamizar y Jorge Elías Triana), abstraccionistas (Negret y Marco Ospina), surrealistas (Mario Hernández) y fauvistas (Obregón y Grau). En la mayoría de ellos palpitaba lo telúrico, la plasmación de un ámbito que nos pertenece. Fue lo que testimonió Gaitán Durán al escribir: “La solución, la forma y el contenido definitivos, no han sido hallados aún. Apenas si se vislumbran débilmente en el genio de Orozco y de Picasso. Ahora bien: precisamente la mayor virtud de la pintura nueva de Colombia, manifestada en el primer salón conjunto y unitivo de artistas jóvenes en la historia del país es su vinculación con las diversas tendencias de la pintura universal, su interpretación débil pero más o menos exacta de la época y de sus variabilidades en nuestro pueblo, su actualidad en relación con el momento histórico y con el momento artístico, su tendencia hacia lo tranahumano y religioso, su voluntad de captar lo telúrico y popular, su rebelión contra la anatomía y la limitación naturalista. La pintura colombiana pasa por derecho inalienable a ser un cuerpo actual, vivo y palpitante. Este es el significado importante y verdadero, la yeta preciosa que brilla en lo hondo, del primer salón de artistas jóvenes de Colombia (8) .

Uno de los aspectos no muy claros del arte colombiano radica en el hecho inaudito de que pese a que el antiaca­demicismo se había manifestado con Santamaría desde fines del siglo pasado, no fue sino en 1947 que se organizó una exposición colectiva con claras y programáticas intenciones de rebeldía, O sea, 25 años después de la Semana de Arte Moderno de Sao Paulo. Se entiende entonces por qué Gaitán Durán, en la nota crítica citada, lamentó las ausencias de Obregón y Grau del Salón de los Independientes, organizado a iniciativa suya y del poeta vanguardista Luis Vidales (9) , pero señalando al mismo tiempo las ausencias de Pedro Nel, Gómez Jaramillo, Correa y Ruíz Linares. La razón era muy simple: pese a la búsqueda emprendida por los jóvenes, éstos coincidían con sus maestros en la actitud antiacademicista y en el fervor por alcanzar una expresión americana.

De la necesidad de ese americanismo dieron cuenta los críticos de entonces. El cauteloso y pragmático Walter Engel, refiriéndose a las consecuencias que a Grau le habían acarreado sus estudios en Nueva York, escribió así de su exposición de 1946: “no puedo ocultar mi opinión —puramente personal y quizás equivocada— de que el ambiente más indicado para las primitivas inclinaciones y la disposición original de Grau Araujo habría sido México. Su desenvolvimiento habría sido, probablemente, más lógico, más orgánico, más derecho, —y no por último— más latinoamericano (10) . Por su parte el escultor español Eduardo Zaiamea Borda escribió: “Por afortunada iniciativa de los señores Luis Vldales y Jorge Gaitán Durán, se abrió ayer a la curiosidad y al Interés del público una exposición de Jóvenes pintores colombianos. Aunque la agencia correspondiente del Estado ha contribuido a su organización felicitándoles os inadecuados alones de la Biblioteca Nacional y haciendo imprimir las Invitaciones, este será, en realidad, el primer salón de pintores Independientes”.

Jorge de Oteiza, maestro de Edgar Negret, escribió de su pupilo: “Es Negret un sincero instinto americano y su planteamiento primario de la estatua, obedece por esto, al sentimiento natural (...) de la estatuaria americana. Creo haber advertido mucho en la plástica sudamericana, una inclinación temperamental a encerrar la obra en conglomerados formales pesados, simples y hasta herméticos (11) . Oteiza se refería a la influencia que la estatuaria precolombiana ejercía sobre los nuevos escultores latinoa­mericanos, imprimiéndoles Un sello singular y propio.

Alejandro Obregón, quien se estableció en Colombia en 1945, una vez entre nosotros recibió el impacto de tales inquietudes. Aunque no las asimiló en seguida por cuanto aun le quedaba un largo trayecto de búsquedas y experimentaciones, al menos le marcaron una orientación. Su caso es, en sí mismo, el gran ejemplo de lo que el programa americanista significó en los años 40 porque fue Obregón, precisamente, quien lo llevó a su más alta expresión, pese a que al intentarlo sus contactos Con Colombia habían sido mínimos. Pero Obregón era un temperamento repentista y explosivo que a raíz de su primer contacto con esta América nuestra, había quedado fascinado con los misterios del trópico, sus torrenciales atmósferas, los fulgores de sus noches, el fragor de sus montañas y el desbocamiento de sus ríos, sin omitir la espectacularidad de su flora y su fauna ni olvidar los conflictos del hombre frente a la naturaleza y a su conglomerado social. Si en la evolución de su lenguaje alcanzó a ir tan lejos como aquellos de sus compañeros que finalmente desembocaron en la abstracción, Obregón tuvo siempre una noción precisa de cuáles eran la sociedad y el lugar que impregnaban sus vivencias, actitud que vino a convertirse en clave de su impactante obra pictórica. El 4 de junio de 1920, en Barcelona, nació Alejandro Obregón Rosen. Su padre era un acomodado industrial colombiano con grandes intereses financieros en Barranquilla y su madre era catalana, datos que explican tanto su incidental nacimiento en España como que a los 21 años de edad hubiera optado por la nacionalidad colombiana, asimilándose a la cultura de la costa y más concretamente a Barranquilla. De este modo se integró al grupo de Ramón Vinyez, José Félix Fuemnayor, Alvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Figurita Rivera, Kike Scopell, Roberto Prieto, Eduardo Vilá y los arquitectos Ricardo González Ripoll y Manuel D’Andreis, grupo en el cual se iban a gestar cosas importantes. Como hecho simbohco para un artista que ha dado muestras de imaginación y fantasía, Obregón recuerda haber jugado en su niñez barcelonesa en los laberintos de la Casa Milá, una de las más celebradas obras de Gaudí. Pero con todo lo que pudiera significar semejante vivencia, su fascinación no la encontró sino en el trópico que conoció a los 6 años de edad, cuando su familia viajé de regreso a Colombia. Por tres anos, hasta 1929, el Obregón niño se hundió en un mundo distinto que lo hipnotizó y marcó para toda la vida. Las excursiones en bote que acostumbraba su padre, al cual acompañaba el futuro pintor por el caudaloso río Magdalena que bordea a Barranquilla, le depararon a éste la vista de los caimanes —hoy desaparecidos de sus orillas— y las sorpresas paisajísticas de los caños y ciénagas de la isla de Salamanca (12) , así como el conocimiento de la fauna y la flora de la región. Elementos mágicos para un Obregón que desde entonces, con todo y los numerosos viajes que le ha tocado emprender, no ha podido abandonar jamás.

Tras una breve estada en Barcelona en el curso de 1929, Obregón pasó a la Stony Hurts School, en Liverpool, Inglaterra, donde adelanté estudios entre 1930 y 1934. El altercado a puñetazos que tuviera con un profesor, lo obligó a trasladarse a Boston, Estados Unidos, donde prosiguió los estudios de bachillerato hasta concluirlos en 1937. Fue precisamente en Boston, en 1936, que Obregón comenzó a pintar paisajes por pura afición sin haber recibido nunca una clase formal de pintura. Era ésta, para el adolescente, una manera de distraerse en sus ratos libres porque sus inclinaciones artísticas no se habían definido y sus aspiraciones, en ese momento, no eran precisamente las de ser un pintor, sino un aviador. La razón era práctica y simple: su familia tenía intereses en la empresa aérea Scadta, antecesora de Avianca.

En 1937 Obregón se halló de regreso a Barranquilla y se incorporó a la fábrica de textiles Obregón, propiedad de su padre. Allí trabajó como revisor de telares, mas no sin hacer algunas incursiones menores en el diseño de telas. Estaba de vuelta al trópico pero no al trópico embrujador de su niñez, el cual estuvo impedido de sentir y gozar por los altos muros de la planta. Así que unos meses después, ya en el curso de 1938, se escapé a la zona petrolera del Catatumbo a trabajar como camionero y servir de intérprete inglés-español (13) . En el Catatumbo, Obregón renové su contacto con aquella atmósfera viva, tan distinta de la racionalizada que conociera en Barcelona, Liverpool y Boston. Y fue allí, en la ardiente región petrolera, que finalmente tomó la decisión de ser un pintor, para captar, algún día, la magia de ese ambiente algo bárbaro, duro y sofocante pero misterioso y poético. Partiendo de una motivación similar a la de José Eustasio Rivera, el contacto de diez meses con la selva, lo llevó al arte. La frescura y audacia con que iba a ejecutar sus obras más significativas no se basarían en la especulación intelectual únicamente, sino en la más profunda emoción de lo vivido.

Inmediatamente, llevando adelante una decisión que seria irreversible, Obregón viajó a Boston y allí ingresó a la Musseum of Fine Arts School, no sin antes verse a punto de quedar rechazado por inepto, según escribiera Arístides Meneguetti (14) . Incidente bastante curioso si te nemos en cuenta que, pese a ser un principiante en la academia, no es difícil detectar en uno de sus primeros óleos, Jarro azul (1939), la pasmosa seguridad del excelente dibujante, un firme sentido de la composición, una enorme habilidad en el manejo del color y una imaginación que no cede en sus méritos aunque la obra guarde relaciones con la pintura de De Chirico. Jarro azul no parecía pintado por un neófito.

En este primer óleo conocido, predominaban los contornos gruesos y la línea recta dentro de un conjunto marcado por fuertes diagonales. Había orden y rigor en el espacio, el cual se iniciaba en el primer plano con una mesa —sobre la que había un jarrón de cuello torcido y un caracol— y se fugaba rápidamente gracias a un piso que se levantaba desplazándose de la posición horizontal. El piso inclinado terminaba en una puerta de marcos que no eran paralelos sino divergentes hacia arriba, puerta abierta que dejaba ver los sobrios detalles de un edificio situado al frente, de ventanas igualmente en diagonal. Semejantes distorsiones espaciales las tomaba el joven aprendiz de los metafísicos italianos, pero en el uso del color se adentraba en un territorio absolutamente suyo que años después sabría explotar con excelentes resultados. El fondo de la tela (piso, muros, puerta, fachada del edificio al frente) vibraba en tonos de un café grisáceo mientras el paño sobre la mesa era rojo, el caracol se iluminaba con un destello de blanco y el jarrón era azul. Combinación de colores que con sus mismas proporciones de área cubierta emplearla en buena parte de sus obras de 1956 a 1965, pero resaltando los colores brillantes con el recurso de amplios planos oscuros. En Jarro azul se manifestaba, además, el orden geométrico y racional de su obra de 1947 a 1959.

La permanencia de Obregón en la Museum of Fine Arts School no se prolongó más de un año, al encontrar que no le servía para adquirir un oficio sino, únicamente, para especular con composiciones más o menos audaces que encontró fáciles de realizar en la medida en que éstas no le exigían refinamientos de técnica. De manera que en 1940, a. los 20 años, se marchó a su Barcelona natal con el encargo de vicecónsul ad honorem de Colombia. El viaje lo hizo por cuenta propia y una vez allí se matriculó en La Llotja, escuela catalana correspondiente de la Academia de San Fernando de Madrid. Obregón había salido de Boston buscando una verdadera academia y en Barcelona encontró que la Llotja era excesiva para lo que pretendía. Se entiende entonces por qué, a los cuatro días de estar recibiendo clases, optó por abandonarla. Fue así como ingresó al Círculo Artístico, también de Barcelona, donde recibió cursos libres de dibujo y pintura. La permanencia de Obregón en España se extendió de 1940 a 1944 y durante esos cuatro años acomodó sus clases a lo que particularmente le interesaba en cada momento, combinando los talleres de una manera absolutamente informal. En Barcelona confirmó su vocación, a la que se entregó de un modo febril para dejar un buen número de pinturas que resultaron menos firmes que su Jarro azul y mucho más académicas pese a su horror por la academia. Impregnado de museos en esta etapa formativa, el joven pintor se movía en la esfera de las ideas y no en la de sus vivencias.

¿Qué había ocurrido en Obregón? Walter Engel lo explicó al definir su período bostoniano de esta manera: “casas con muios fuertemente inclinados forman la nota principal de estos raros trabajos escolares (15) . Jarro azul no fue una obra aislada, pero Obregón sintió que sus deformaciones eran fáciles. Cuestión que, en la misma nota, Engel explicó así: “En una academia le enseñaron cosas ‘ultramodernas’, pero luego descubrió, a pesar de estas enseñanzas, que hay valores pictóricos que no residen en muros inclinados ni desfiguraciones artificiales, valores que logró interpretar en sus finos paisajes de Barcelona”. Al abandonar los muros inclinados Obregón había optado por captar más directamente sus motivos.

 

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1 JORGE GAITÁN DURAN, 51 VII Salón de Pintura.”, El Tiempo, Sección 2, octubre 20 de 1946. (regresar 1)

2 WALTER ENGEL, “El VII Salón Anual de Artistas Colombianos”, Revista de las Indias, núm. 94, Bogotá, octubre de 1948. (regresar 2)  

3 “Lo que opina el público de la capital sobre el V Salón Anual de Artistas Colombianos”, El Tiempo, octubre 15 de 1944. (regresar 3)

4 ANTONIO BAUGES CARMONA, “El y Salón de Artistas”, El Tiempo, octubre 26 de 1944. 
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5 J. M. VILLARREAL SANTOS, “Plásticas - Eduardo Ramírez Villamizar”, Revista de las Indias, núm. 110, julio-septiembre de 1949. (regresar 5)

6 JORGE GAITAN DURAN, “La pintura nueva de Colombia”, El Tiempo, Sección 2, abril 20 de 1947. (regresar 6)
7 JORGE GAITÁN DURAN, ibid.
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8 JORGE GAITAN DURÁ, Ibid. (Loe subrayados son míos: A. M.).
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9  En el editorial de Fin de semana, Suplemento de El Espectador .
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10 WALTER ELGEL., “Crónica de exposiciones - Enrique Grau Araujo”, Revista de las Indias, núm, 89, mayo de 1946. (regresar 10)

11 JORGE DE OTEIZA, “El nuevo escultor Edgar Negret”, Revista de las Indias, num. 13, enero de 1946. (regresar 11)

12 La isla de Salamanca, situada frente a Barranquilla, posee la insólita particularidad de presentar de este a oeste, y de manera sucesiva, una zona desértica, una zona semiárida, un bosque tropical seco y un bosque tropical húmedo, en perfecto equilibrio ecológico. La isla, cruzada de caños que conectan pequeñas ciénagas ricas en caza y pesca, tiene unos 50 kilómetros de largo. En su costado oeste, próximo a la ciudad, mide unos 15 kilómetros de ancho; y en el este, unos 200 metros. Limita al norte con el mar Caribe, al oeste con el río Magdalena, al sur con la Ciénaga Grande y con el canal que conecta a ésta con el río, y al este con la estrecha boca de la Ciénaga Grande sobre el mar. Semejante variedad de paisajes naturales, en tan poca área nos explican fácilmente el encanto de Obregón y la motivación de la mayoría de sus pinturas. (regresar 12)

13 ARISTIDES MENEGHETTI, “Obregón ¿fraude o realidad?”, Plástica, núm. 3, Bogotá, 1956. (regresar 13)

14 En sus apuntes recordatorios titulados “El Grupo de Barranquilla - VII” (Diario del Caribe, Barranquilla, febrero 26 de 1977), Alfonso Fuenmayor ha escrito lo siguiente sobre el Incidente: “En la Fábrica de Tejidos Obregón. que hacia toda la lona que usaban los circos que periódicamente recorrían el hemisferio, lo esperaba un lustroso escritorio y una impecable secretaría bilingüe, provista de un buen repertorio de libretas que esperaba llenar con los dictados que le haría ese nuevo ejecutivo, que habían confeccionado con esmero en las universidades de la Gran Bretaña. El despacho que habla sido decorado con severidad. se quedó esperando y esperando se quedó el escritorio y su silla, y el teléfono y la graciosa secretaria bilingüe que nunca llegó a  recibir un dictado. Alejandro Obregón se negó con Invencible terquedad de corindón a uncírse al imperio de su familia. Y se largó. Poco tiempo después podría vérsele manejando una caterpillar en los campos petrolíferas del Catatumbo. Los meses que pasó allá en un campamento a cuyas alrededores merodeaban los indomables motilones, enriquecieron el arsenal que forman sus experiencias”. Los articules de Fuemnayor, publicados por entregas, no solamente son Imprecisas en los detalles sino también deformadores de los hechos en algunas ocasiones, necesitado como estaba de acomodar sus memorias a la desmesura poética del Macando de “Cien años de soledad”. la huida de Ii fábrica y la experiencia del Catatumbo, Fuenmayor las sitúa erróneamente en 1245. De la misma manera se inventó loe estudios de Obregón en universidades de la Gran Bretaña. (regresar 14)

15 WALTER ENGEL, “Crónica de exposiciones”, Revista de las Indias, núm. 79 , julio de 1945. (regresar 15)