MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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ENCUESTA: “LA CRÍTICA EN COLOMBIA” 1957

El reconocimiento definitivo que la crítica hizo del grupo “Los Nuevos” produjo en el medio artístico un enfrentamiento de generaciones, manifestándose en unas divergencias que, si bien tenían antecedentes desde los años 20, nunca habían poseído los tintes de acritud que entonces registraron. Pero el enfrentamiento ya no se daba en términos exclusivamente estéticos o de un prestigio personal acicateado por los celos. Estaba de por medio un nuevo factor: el mercado libre de arte, o sea, la mayor o menor venta del producto artístico y, por consiguiente, la estabilidad económica de unos individuos que pretendían vivir de su oficio y en función de él, aunque fuera precariamente.

Esa es la razón de ser de la encuesta que cierra este capitulo, patrocinada por el director de la publicación en que saliera, el novelista y critico de arte Clemente Airó.

Por los artistas respondieron Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970) y Luis Alberto Acuña, (1904), pertenecientes a la generación de los muralistas; Jorge Elías Triana (1921), Marco Ospina (1912) y Jaime López Correa (19  ), del grupo de transición entre los muralistas y “Los Nuevos”, Y, del lado de los críticos, Gabriel Giraldo Jaramillo (1916), surgido al tiempo con los muralistas; Walter Engel (19  -) y Clemente Airó (1918-1975), ubicados en el grupo de transición; Jaime Tello (1918) y Marta Traba (1930), identificados plenamente con “Los Nuevos”. La encuesta, con el antetítulo de “La crítica en Colombia”, fue publicada por Espiral, Bogotá, entregas núm. 65, de febrero y núm. 66, de abril 1957

Opinan los pintores

La crítica ha sido siempre valiosa porque establece un contacto entre la obra y el público. Además de producir en él el interés necesario para comprender la obra artística, despierta la mayoría de las veces reacciones que son muy favorables para incrementar la preocupación por los problemas del artista y su obra.

El crítico en nuestro país, aunque la mayoría de las veces es más bien literato y conocedor a fondo de los problemas plásticos, ha cumplido una noble misión y ha contribuido a que Colombia ocupe hoy un puesto indiscutible de avanzada en el arte continental. Es claro que hay muchas fallas. A veces se ignora o podríamos decir se conoce superficialmente la obra de un artista y se habla de ella; otras se escribe una crítica de tal manera confusa y aprendida en textos de filosofía del arte, que el público queda aún más atónito y desconcertado; es lo que pudiéramos llamar una crítica de segunda mano en que se apela siempre a comparaciones inútiles; no faltando por supuesto los críticos que emplean exactamente los mismos adjetivos y malabarismos literarios para juzgar una obra buena y una obra mala.  

Jorge Elias Triana

 

Mi opinión sobre la actual crítica de arte en Colombia es que no existe; lo que hay entre nosotros son comentaristas más o menos afortunados; espectadores más o menos sensibles; jueces más o menos imparciales y exegetas más o menos eruditos; pero críticos - propiamente, no. La profesión de crítico requiere información vastísima; objetivación certera; juicio inmisericorde; ignorancia absoluta de la lenidad y del prejuicio y, por sobre cualquiera otra circunstancia, esa virtud infalible que se llama sindéresis, sin la cual la rectitud del criterio es imposible.

Por no concurrir en un solo individuo las condiciones ético-estéticas precitadas, es por lo que aún falta mucho para producirse en nuestro ambiente casos comparables a los de Venturi en Italia, Lafuente Ferrari en Espafia, Waldemar George en Francia o, en Alemania, Franz Roh. Lo anterior no quiere, por supuesto, decir que yo no reconozca virtudes aisladas y en ocasiones de primer orden en algunas de las personas que frecuente o esporádicamente practican la crítica. Así, reconozco admirable independencia de criterio en Casimiro Eiger; sensibilidad de la mejor ley en Walter Engel; erudición vastísima y bondadoso juicio en Gabriel Giraldo Jaramillo; recta intención de acertar en Gil Tovar, y, el más emotivo de todos, Clemente Airó, posee una fina capacidad de captación. Realmente, es difícil emitir concepto imparcial sobre Marta Traba; comenzó interesándome con el despliegue de sus aparatosos planteamientos y ha terminado por no convencerme.  

Luis Alberto Acuña

El crítico de arte, por más esfuerzos que haga en ser imparcial, siempre, en sus trabajos, dejará traslucir sus preferencias personales. Esto es muy humano. La crítica, para mí, ha de ser eminentemente pedagógica y debe dirigirse al gran público de una manera sencilla y clara. La crítica a los artistas casi siempre ha sido negativa, y si no, consúltese la historia. El artista progresa en su arte por medio de una honda autocrítica; de resto, no creo que haga mucho caso de los consejos sobre cómo debe pintar, aunque se los diera Picasso...

La crítica tiene el derecho y la libertad de enjuiciar la obra del artista, pero éste también tiene el derecho y libertad de disentir o hacer crítica a la crítica. El ejercicio de la crítica de arte requiere excepcionales condiciones de quien la ejerce; entre otras virtudes que ha de poseer el critico, está la serenidad; y para llegar a ella se necesita que el individuo tenga bien controladas sus pasiones, en especial la vanidad... La crítica sobre artes plásticas debe ser objetiva, nada de abstracciones literarias.  

Marco Ospina

Para hacer crítica entiendo que se deben tener en cuenta varios factores. En primer lugar, el crítico o contemplador de la obra, debe situarse en un plano imparcial, o sea, que al entrar en materia tendrá que despegarse de todo nexo personal que pueda existir entre éste y el autor. En caso contrario se incurre en un defecto, en el cual caen la mayoría de nuestros críticos, en especial cuando éstos forman parte de jurados para dar su fallo en pro o en contra de determinado sujeto, y no de la obra en sí, dando margen a una serie de polémicas ajenas a la crítica puramente dicha, sin sentar, además, ninguna base constructiva en materia artística, desorientando por completo al público y creándole al artista un caos. Teniendo en cuenta lo anterior, es de suponer que el crítico de arte debe poseer sólidos conocimientos de las distintas tendencias o escuelas pictóricas, escultóricas como arquitectónicas, y a través de todas las épocas.

Otro de los aspectos que no debe descuidar el crítico es el del contenido humano de la obra de arte, como también la parte puramente mecánica, la calidad plástica y la trayectoria del autor, para desenmascarar las continuas improvisaciones de autores irresponsables.  

Jaime López Corre.

Es en verdad un serio aprieto, para un pintor, referirse a la crítica de arte y a los críticos que ejercen su profesión entre nosotros. Pues si con nuestra modesta obra tocamos en algo de contradecir sus conceptos o desoír sus consejos, se les causa un serio disgusto, pues su susceptibilidad es tan fácil de despertar como la del artista. No desconozco las dificultades con que tropieza el crítico para ejercer su oficio y soy el primero en reconocer que la crítica de arte comienza a ser una realidad entre nosotros, como lo es la pintura. Según el comentario de hace veinte años, que hacía el repórter, y consideraba a la pintura moderna como una aberración enfermiza y a Picasso o Rivera como pintores de “monigotes” —excepción del ensayo literario que esporádicamente, hacían nuestros escritores informados—, la crítica no tenía entre nosotros profesionales con sus títulos ganados por sus conocimientos y su erudición en la materia.

Pero en ellos comienza otra etapa en la cual el artista muchas veces se convierte en una víctima de los desplantes eruditos del critico, su afán de comparaciones muchas veces absurdas e importadas o extraídas de los comentaristas y esteticistas europeos. Estamos pendientes los pintores, del último libro de Malraux, de Read, de Huyghe, para saber, a través de los críticos, qué es lo que debemos pintar, cuál debe ser el concepto, la caligrafía, el color y la temática que se puedan emplear.

Por otra parte, los pintores vivimos en eterno concurso; para exaltar un valor es necesario denigrar otro; así lo hace el crítico. Se es hoy destacado pintor, y sin ningún análisis, razón o crítica justa, se pasa mañana de moda. Si la obra del pintor no logra despertar en el crítico los comentarios que demuestren sus conocimientos, y que son ellos el último gusto, prefiere callarse, por temor a no aparecer lo suficientemente preparado o de buen gusto. No importa que dos anos después de aquellos aplausos, convencionales y desconcertantes para el artista, no quede más que el eco ante el público. Estamos encerrados en la jaula mágica de Mondrian, para que se nos mire dentro de ella como a monstruos tropicales, o ante el genio universal de Picasso, colocados como perfectos idiotas.

El pintor está obligado —parece— ante el crítico nuestro, a pintar de acuerdo con una patente que éste le achaca y que debe registrar incondicionalmente. Que no pretenda jamás salirse de ella, pues cualquier tendencia, manera o forma que trate de ensayar —en el libre juego del Arte— que no sea el camino que el crítico encontró de su agrado, hallará su veto y su sanción, pues las modalidades del arte tienen aquí nombre personal. Se clasifica enfáticamente al artista, así: el primero, el tercero, el último, etc., como en los eventos deportivos por cronómetro, cronómetro estético.

En las exposiciones colectivas, se dice de los pintores del suelo o del subsuelo; pero jamás se encuentran los razonamientos pictóricos, objetivos, para que el cuadro suba o baje de piso por su valor plástico. Cuando en Francia se habló de Utrillo, por ejemplo, no se le pidió jamás el por qué no le daba a sus cuadros —sus simples y admirables paisajes— la fuerza bárbara que le imprimía Picasso a sus lienzos. Y nunca se le dijo pintor fotográfico a pesar de que sus misteriosos paisajes, muchos de ellos, fueron tomados de tarjetas postales. Ni se llamó académico a Derain, por sus desnudos pesados y sensuales, lejos de toda intención deshumanizante.

A pesar de todo, reconozco que el critico ha sabido agitar un medio tan indiferente, hostil y equivocado como el nuestro, y que ha logrado despertar una curiosidad que no existía por el arte. La pintura actual colombiana representa una de nuestras actividades intelectuales más inquietantes y de mayor proyección. El crítico debe pues estimularla y encausarla. La misma visión ecuménica que le exige al artista, debe aplicarla para criticar la obra pictórica. Menos reticencias, un concepto más amplio, franco y seguro; un respeto por toda manifestación inteligente dentro de nuestro medio, un constante sentido de las proporciones, harán más efectiva su ardua labor trascendente.

Ignacio Gómez Jaramillo

Opinan los críticos de arte

En Colombia, la crítica tiene (en lo referente al arte moderno) una trayectoria más larga y más importante de lo que muchos creen. La pintura —a la sazón revolucionaria para Colombia— de los Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Luis Alberto Acuña y Carlos Correa, fue introducida y apoyada por grandes intelectuales colombianos, como Enrique Uribe White, César Uribe Piedrahíta y Jorge Zalamea. La revista Pan, dirigida por Uribe White, significa el primer paso a una reseña y crítica sistemática de los acontecimientos artísticos en Bogotá.

El limitado material para reconstruir la historia del arte moderno en Colombia se debe a la actividad de algunos editores y críticos. (El libro La pintura en Colombia, por Gabriel Giraldo Jaramillo; las monografías sobre Carlos Correa y Luis Alberto Acuña, de Juan Fride; sobre Ignacio Gómez Jaramillo, de Gilberto Owen; y sobre Femando Botero, editada por Eddy Torres). Pero al lado de estos libros hay que consultar indispensablemente la serie de revistas que por fortuna se editaron en cadena casi ininterrumpida, y que comienza con la ya mencionada Pan de Enrique Uribe White, a la cual siguieron las dos épocas de la Revista de las Indias, editada con lujo de competencia por el Ministerio de Educación de esos tiempos; a ellas se agrega en 1944 Espiral, bajo la dirección de Clemente Airó, y que contiene un valioso y continuo material sobre el arte moderno en Colombia, hasta hoy. En 1956, finalmente, nace la revista especializada Plástica, bajo la dirección de Judith Márquez, y a principios de 1957 Prisma, dirigida por Marta Traba. Esta documentación se complementa con las notas críticas en El Tiempo e Intermedio, y artículos ocasionales en muchas otras revistas y en diarios.

Existe, pues, la labor de los críticos y comentaristas y tiene su importancia porque este material es básico para el historiador que busca información y documentación, y también porque ha contribuido mucho a formar un ambiente y despertar el interés de círculos cada vez más extensos, lo que favorece directamente al arte y los artistas, tal como deben ser.

Walter Engel

Es inexplicable que sean los artistas mismos quienes se expresen a veces con desvío y a veces con abierta injusticia de la crítica de arte, ya que ellos son los únicos y directos beneficiarios. Que un pintor sobre el cual se han escrito, a más de una completa monografía, varios centenares de páginas, cuya obra ha sido elogiada y censurada, a quien se ha tratado de interpretar y de divulgar de muy diversas maneras, manifieste que en Colombia no ha existido la crítica de arte, es por lo menos un contrasentido. Tampoco es razonable que se pretenda parangonar a los escritores de arte nacionales con los de los más cultos países europeos; es una falta de sentido de las proporciones imperdonable, sobre todo en un artista.

A muchos pintores les sucede con la crítica lo que a ciertas mujeres con el amor: que no hacen más que denigrarlo y luchan en todas las formas imaginables por conseguirlo. Y tienen razón por lo menos en la búsqueda de la persona que, sin ser de su oficio y, por consiguiente, no constituyendo un competidor profesional, se interese por su obra, trate de entenderla y de interpretarla. El artista sin el critico es una voz sin eco, un discurso sin oyentes, un sacerdote sin fieles. Su obra no tiene trascendencia ni repercusión, no comunica su mensaje, permanece aislada en sí misma, sin comunicación exterior y, por consiguiente, sin eficacia. El crítico, malo o bueno, ejerce una función social, es el heraldo, el anunciador de la obra de arte, trata de penetrar su sentido y de comunicarlo a los espectadores menos preparados o menos entusiastas que él, y muchas veces logra crear un clima de comprensión, de interés o por lo menos de curiosidad. Es esta una labor esencialmente altruista, desinteresada, que sólo recibe la compensación del servicio prestado. En el critico el artista se ve traducido, vertido hacia el exterior; gracias a él puede conocer las dimensiones que su obra adquiere en la sociedad, las reacciones que despierta, aproximarse a su auténtico valor, que jamás podrá conocer por sí mismo sin la ayuda de elementos exteriores y objetivos que son, precisamente, los que el crítico y el historiador de arte descubre y manifiesta.

Es cierto que en Colombia la crítica ha sido por lo general y hasta el momento una actividad literaria menor, ejercitada por gentes quizá no adecuadamente preparadas; pero eso es natural en un país que aún no ha salido completamente de la barbarie. Sin embargo, los esfuerzos realizados son altamente plausibles y meritorios; José Manuel Groot, Pedro Carlos Manrique, Alberto Urdaneta, Lázaro María Girón, en el siglo pasado, y quienes en éste se han ocupado de los artistas del pasado o de los actuales, han realizado una tarea noble. mente inspirada, a veces con cierta eficacia y siempre con innegable buena fe; gracias a ellos el arte colombiano ha comenzado a conocerse y a apreciarse, dentro de sus correspondientes valores nacionales. Creo que estamos viviendo un momento excepcionalmente favorable a la crítica de arte; ya es casi una forma literaria especializada y no simplemente una amable afición; algunos de nuestros críticos tienen formación estética, experiencias, y manejan un estilo adecuado. Considero que en vez de vanas discusiones sobre la existencia de la crítica, debemos iniciar un movimiento que acerque a los artistas y a los críticos para hacer mas estrechos sus vínculos y más fecunda su tarea.

Gabriel Giraldo Jaramillo

Creo que debemos dar muchas cosas por sobreentendidas y parece perfectamente ocioso discutir sobre ellas; por, ejemplo, la importancia de la crítica de arte o la necesidad de que exista.

Lo que no me parece inútil, en cambio, es volver a señalar el error (o por lo menos, la completa ineficacia), de que se “careen” artistas y críticos. El critico no debe tener nada que ver personalmente con el artista; ni conocerlo, ni buscar su amistad, ni tomar café con él y muchísimo menos, discutir o exponerle sus tesis. Hasta la simpatía del crítico por determinada persona que pinta o esculpe tiene algo de inmoral, por la imperceptible parcialidad con que puede inclinar el juicio. Además, este juicio no va dirigido al artista: sería grotesco pensar que el crítico está intentando dar alguna directiva al artista, desde el momento que el gran crítico jamás es pintor o escultor, y sólo sabe ver, analizar, confrontar y juzgar. Todo su trabajo está destinado al público: si en el caso de tratarse de una obra de valor, aplaude y estimula al artista, esto es una consecuencia, nunca un fin. Y si el artista mediocre reacciona violentamente contra una crítica adversa, no hace más que intervenir, desapaciblemente, en medio de un diálogo entre público-crítico, al cual no se le ha convidado. El único fin de la crítica es aquel que señala tan admirablemente Croce —cuya inteligencia ha sido mi permanente guía—, al decir que sólo puede realizar una acercamiento entre el público y la obra de arte; apasionarlo por ella e iniciarlo en su misterio.

Parecería innecesario también subrayar que la eminente condición moral del crítico debe ser su honestidad. Creo que, en Latinoamérica, está obligado a ser doblemente honesto, porque se mueve entre términos relativos y entre “intocables mediocridades”; si se deja ganar por la lástima o por el concepto de que “aquí... por ahora.., siendo países nuevos.., con esfuerzos iniciales... etc., etc., no podemos hacer mas, está perdido. Debe ser inmisericorde y no tener la más mínima blandura, si realmente quiere adiestrar al público en el conocimiento de la verdadera belleza y de los auténticos valores artísticos.

Y estoy en completo desacuerdo con la idea de que no debe “comparar”; la palabra extranjerizante no tiene sentido en el arte. No hay más que gran arte —en las cumbres—, y arte en todos aquellos artistas que poseen algún determinado valor plástico. Si este fenómeno se encuentra preferentemente en Europa, como es apenas lógico, pues hacia allá debemos volver los ojos; cualquier obra de valor, por otra parte, resiste la comparación, Y si, en cambio, escapamos de las comparaciones y nos cerramos en nuestro pequeño círculo de auto-alabanzas,. las peores mediocridades llegarán fraudulentamente a las cumbres y no habrá modo de salir de ese pantano.

Yo le propondría a Clemente Airó que extendiera la encuesta al verdaderamente interesado: el público, que es el único que recibe —o deja perder— la acción de la crítica. Podré incluir unas líneas de una de las últimas cartas (de gente desconocida para mí), que he recibido: ‘‘para testimoniarle mi espontáneo reconocimiento por la labor... que se ha propuesto llevar a cabo para instruirnos a quienes formamos el público aficionado a cuestiones de arte y cuya afición no había encontrado mayor gula, ni estimulo, ni ayuda que la propia innata inclinación a gustar las diferentes expresiones de la belleza. Y estoy completamente seguro de que, por este aspecto, puede usted leer esta carta como escrita por muchas manos; como vocera de un crecido grupo de personas, no por anónimas menos reales, que han recibido, como yo, luz clarísima para apreciar debidamente lo que nuestra ignorancia no nos permitía ver...

Cuando recibo cartas como ésta, tengo la certeza feliz de no perder el tiempo y renuevo la voluntad de no defraudar nunca al público, ni por la menor complicidad de las cosas sin valor, ni por la menor concesión deshonesta hacia ellas.

Marta Traba

Creo que es muy difícil que exista unanimidad de criterios y de parabienes entre críticos y criticados. Eternamente tendrá que presentarse en Colombia, como en cualquier otro país, que los pintores anden descontentos con tales o cuales críticos, y, asimismo, los críticos aferrados a no comprender las labores de tales o cuales pintores. El pintor pinta en función de su Ubre imaginación creadora, el critico escribe o habla según le dicta su entendimiento, sensibilidad y razón. El resultado es sumamente trabajoso que recoja siempre igualdad de pareceres, y estén todos contentos. Lo más natural se da siempre por el lado contrario, en rencillas y discusiones entre pintores y críticos.

Pero yo creo, firmemente, que el problema capital de la crítica en Colombia no se ubica en el lado parcial de que los pintores estén encantados con los críticos, y que a éstos les parezcan aquellos eternos leonardos o plicassos o todo lo contrario a ambos. Mas el asunto que nos ocupa hoy es única y exclusivamente de crítica, del lado de la crítica. No del lado de la pintura. No se trata ahora de si existe o no buena pintura en Colombia, sino del estado y la marcha de la crítica entre nosotros. Así enfocado el asunto, como verdaderamente es, o por lo menos, como realmente ha sido planteado por esta revista, tenemos que, en primer término, habría que referirse a la labor ya ejercida por la crítica en Colombia. En este aspecto es cuestión indudable, de fácil constatación, que en los últimos diez o doce anos, y quizá desde antes, se ha venido realizando por unos cuantos e infatigables críticos responsables, una labor divulgatoria del arte nacional que no sólo ha sido capaz de explicar a grandes núcleos de nuestro público las tendencias, valores y nuevas expresiones de nuestra pintura, sino que asimismo, en pequeña pero no por ello desestimable medida, ha logrado rebasar los linderos geográficos de Colombia y mostrar afuera la calidad de los nuevos pintores. A veces, esta labor ha logrado (y sirva este caso de suficiente ejemplo) llevar los propios cuadros colombianos a competencias internacionales y a ser expuestos en museos como el Louvre (Premio Guggenheim).

Asimismo, al lado de esta labor crítica, que trató siempre de ser justiciera, ensalzadora y comprensiva, no es menos realidad que se han dado innumerables casos de francos desaciertos, de malas o por lo menos tendenciosas orientaciones, de críticas alabatorias en función de “simpatía”, y a la inversa, por venganzas de la “antipatía”. Yo creo, firmemente, que en estos casos lamentables, por el daño que ocasionan, no queda incluida la crítica propiamente dicha, la verdadera crítica, sino la seudocrítica. El asunto, entonces, puede referirse a por qué aparece ella impresa o explicada en público. Esta responsabilidad, opino, tampoco se puede cargar sobre nadie; simplemente, es producto de que en Colombia no se ha sabido distinguir el oficio de la crítica. Los críticos competentes han sido mezclados —en muchas ocasiones menospreciados— con los ocasionales, los aficionados, y los que por diversos objetivos han irrumpido en el campo difícil y árido de la crítica.

Otro aspecto —quizás en el que más hincapié hacen los pintores para componer sus quejas— es el de la calidad de la crítica. Y ahora me refiero a la verdadera, a la ejercida por los que saben. En este punto la discusión es supremamente espinosa. Muy buena, buena, regular y mala crítica, es una gama valorativa que tiene que recogerse aquí como en cualquier otra profesión. Inclusive entre la obra de un solo crítico. Asimismo está fuera de lugar exigir calidades o estilos de crítica, como los reconocidos en críticos de fama internacional. ¿Qué tal que a los críticos no les gustara pintor alguno colombiano porque no es ninguno de ellos Braque, Mondrian, Orozco, Gutiérrez Solana, etc., etc.?

Personalmente estimo que sería conveniente el intercambio de opiniones, de pareceres, de tendencias entre los críticos. Después, también, para un mejor conocimiento, entre críticos y pintores. Así las reuniones entre críticos ya han comenzado, ya se ha dado el primer paso. La seccional colombiana de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, recientemente fundada, ha empezado a sesionar y a plantearse tareas. La primera reunión con la ponencia de “Alcances y limites de la Crítica en Colombia”, se llevó a cabo el 6 del presente mes de abril.

Los roces y disidencias entre críticos y pintores, es muy probable que seguirán produciéndose, pero independientemente de ellos, los críticos, por nuestra parte, atentos a nuestra tarea, deberemos aspirar para que sea contenida la aparición de seudocrítica —por lo menos en los principales periódicos y revistas-, para que el ejercicio de la crítica cobre más carácter de responsabilidad y oficio, y que se exijan conocimientos, capacidades. También, indudablemente, deberemos avanzar en nuestro trabajo preocupándonos aún más por entrar a comprender y sentir la pintura colombiana y ampliar así la eficacia de nuestra tarea. Ningún critico puede considerar que su mejor labor u obra, ha sido ya realizada. Tampoco desconocerá nunca que su trabajo va principalmente encaminado a la ilustración y orientación del público, y con este objeto es comprensible que no debe manejar ninguna clase de pontificación subjetiva y pedantesca para tratar de imponer parciales puntos de apreciación. A nuestros críticos les interesa, en primer lugar, la pintura colombiana y la expansión de sus valores, también su desarrollo, sus triunfos y —pese a quien pese— atacará sus torpezas.

Clemente Airé

Con cada año que pasa, con cada nuevo museo que he visitado, con cada nuevo libro de crítica de arte que he leído, con cada artista nuevo que conozco, se ha venido acendrando cada vez más en mí la honesta convicción de lo poco que sabemos sobre el fenómeno de la creación artística. Hace silos, cuando yo me creía perito en cuestiones de arte, estaba siempre dispuesto a dar opiniones definitivas, muy dogmáticas y excathedra. Defecto muy explicable de juventud. Pero el tiempo y la adquisición de nuevos conocimientos van dándole a uno una certeza cada vez mayor de la propia ignorancia, y por ello hoy, cuando me atrevo a expresar una opinión sobre cuestiones de arte, lo hago con modestia, pensando siempre en que es posible equivocarse. No es falsa modestia. Es que existe el ejemplo de los grandes equivocados. ¿Quién hubiera podido creer que Ruskin, por ejemplo, que era en su tiempo el más profundo conocedor de las cuestiones artísticas, y un fino temperamento, además, se equivocara al juzgar la obra de Whistler?

También sucedía hace años que, cuando escribía sobre arte, utilizaba toda la complicada jerga que se halla en los libros de estética, y el artículo aparecía salpicado de ricas y oscuras palabras que el público lector generalmente no entendía. Es lo que todos hemos hecho en la juventud. Preocuparnos mucho por la riqueza de léxico, para dar la sensación de que es mucho lo que sabemos. También el paso del tiempo le cura a uno de esa vanidad, y hoy, cuando raramente escribo sobre estos temas, procuro usar palabras sencillas, planteamientos claros, pues creo que la labor del critico debe ser la de puente entre la obra del artista y su publico. Y conste que no digo entre el artista y su público. Pues lo que el crítico debe juzgar no es al artista, sino a su obra dada en un momento dado. Tiene esto la ventaja de evitar el personalismo en la crítica, que es, tal vez, el mayor defecto que ha tenido la crítica entre nosotros —no sólo la plástica, sino la literaria.

Al analizar en cambio, una obra en concreto, elude uno el peligro de herir la susceptibilidad del artista, que, como toda persona sensitiva, es susceptible en grado sumo —y no es esto un defecto sino una virtud inherente a su propia calidad de artista.

Creo que hoy día el público que me lea entenderá claramente lo que digo, y podrá aceptar o no mis opiniones que no son ya dogmáticas, sino la reacción natural de un individuo de cierta sensibilidad estética ante una obra de arte. Por otra parte, mi decidido entusiasmo por el arte de última hora, por el más reciente ismo, me llevó a veces a despreciar técnicas que no estaban con el último grito de la moda. Hoy también eso ha desaparecido. Y puedo admirar igualmente el logro plástico de una obra no figurativa y de otra realizada con la más académica de las técnicas. Porque, al fin y al cabo, lo que cuenta en la obra de arte es la sinceridad. Y prefiero a un pintor que realice una obra académica, porque eso es lo que él siente, que a. uno que presuma estar al día y nos engañe con los fáciles trucos del abstraccionismo. Quizá lo único que haya aprendido yo en todos estos años de mirar cuadros y de estudiar estética haya sido a tener un poco de malicia para no dejarme deslumbrar por los trucos. Sigo creyendo que la expresión más pura de la pintura, según nuestras necesidades de hoy, sea la pintura no-figurativa. Mas no implica eso que desprecie, en modo alguno, las modalidades anteriores. Porque en la casa del arte hay muchas mansiones, y por los hindúes sabemos que todos los caminos pueden conducir a la verdad. Negarlo seria renunciar a millares de posibilidades de satisfacción estética. Quizá la desventaja del enamorado del academismo sea, precisamente, su exclusivismo. En arte, como en todo, la tolerancia es regla de oro para el éxito. Y en este caso el éxito es la íntima satisfacción del sentido estético que todos llevamos dentro.

Por ello quizá pueda afirmarse, con razón, que yo no soy un crítico. Y no me disgusta que se crea. Prefiero ser un divulgador, un tanto pedagógico, para un público que hasta hace poco no estaba interesado en el arte. Pero es posible que a esta labor de divulgación, de vulgarización, se deba el interés cada vez más creciente de nuestro público por la obra de arte. Antes había gentes que compraban cuadros, porque consideraban elegante hacerlo. Y eran los individuos más ricos de nuestra sociedad quienes lo hacían. Hoy, muchas gentes de escasos recursos económicos renuncian a otras satisfacciones más directas y tangibles y compran, en cambio, obras de arte, porque sienten en su espíritu la necesidad de este más depurado tipo de satisfacción sensual, que es la satisfacción estética.

Si los llamados “críticos” colombianos hemos hecho algo por interesar al público en el arte, creo que hemos cumplido una labor admirable. Y dentro de una o dos generaciones habrá críticos auténticos que podrán escribir en su complejo lenguaje pera un numeroso público que los entiende. Sería absurdo que existiera entre nosotros un Lionello Venturi, o un Roger Fry, o un James Johnson Sweeney, o un Herbert Read, o un Malraux. ¿Para qué público escribirían? ¿Para media docena de aficionados? No; creo que como vamos, vamos bien. El crítico surgirá cuando las necesidades sociales del país lo requieran.

Jaime Tello

 

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