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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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ENCUESTA:
“LA CRÍTICA EN COLOMBIA”
1957
El
reconocimiento definitivo que la crítica hizo del grupo “Los Nuevos”
produjo en el medio artístico un enfrentamiento de generaciones, manifestándose
en unas divergencias que, si bien tenían antecedentes desde los años 20,
nunca habían poseído los tintes de acritud que entonces registraron.
Pero el enfrentamiento ya no se daba en términos exclusivamente estéticos
o de un prestigio personal acicateado por los celos. Estaba de por medio
un nuevo factor: el mercado libre de arte, o sea, la mayor o menor venta
del producto artístico y, por consiguiente, la estabilidad económica de
unos individuos que pretendían vivir de su oficio y en función de él,
aunque fuera precariamente.
Esa
es la razón de ser de la encuesta que cierra este capitulo, patrocinada
por el director de la publicación en que saliera, el novelista y critico
de arte Clemente Airó.
Por
los artistas respondieron Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970) y Luis
Alberto Acuña, (1904), pertenecientes a la generación de los muralistas;
Jorge Elías Triana (1921), Marco Ospina (1912) y Jaime López Correa (19
), del grupo de transición entre los muralistas y “Los Nuevos”, Y,
del lado de los críticos, Gabriel Giraldo Jaramillo (1916), surgido al
tiempo con los muralistas; Walter Engel (19 -) y Clemente Airó
(1918-1975), ubicados en el grupo de transición; Jaime Tello (1918) y
Marta Traba (1930), identificados plenamente con “Los Nuevos”. La
encuesta, con el antetítulo de “La crítica en Colombia”, fue
publicada por Espiral, Bogotá, entregas núm. 65, de febrero y núm. 66,
de abril 1957
Opinan
los pintores
La
crítica ha sido siempre valiosa porque establece un contacto entre la
obra y el público. Además de producir en él el interés necesario para
comprender la obra artística, despierta la mayoría de las veces
reacciones que son muy favorables para incrementar la preocupación por
los problemas del artista y su obra.
El
crítico en nuestro país, aunque la mayoría de las veces es más bien
literato y conocedor a fondo de los problemas plásticos, ha cumplido una
noble misión y ha contribuido a que Colombia ocupe hoy un puesto
indiscutible de avanzada en el arte continental. Es claro que hay muchas
fallas. A veces se ignora o podríamos decir se conoce superficialmente la
obra de un artista y se habla de ella; otras se escribe una crítica de
tal manera confusa y aprendida en textos de filosofía del arte, que el público
queda aún más atónito y desconcertado; es lo que pudiéramos llamar una
crítica de segunda mano en que se apela siempre a comparaciones inútiles;
no faltando por supuesto los críticos que emplean exactamente los mismos
adjetivos y malabarismos literarios para juzgar una obra buena y una obra
mala.
Jorge
Elias Triana
Mi
opinión sobre la actual crítica de arte en Colombia es que no existe; lo
que hay entre nosotros son comentaristas más o menos afortunados;
espectadores más o menos sensibles; jueces más o menos imparciales y
exegetas más o menos eruditos; pero críticos - propiamente, no. La
profesión de crítico requiere información vastísima; objetivación
certera; juicio inmisericorde; ignorancia absoluta de la lenidad y del
prejuicio y, por sobre cualquiera otra circunstancia, esa virtud infalible
que se llama sindéresis, sin la cual la rectitud del criterio es
imposible.
Por
no concurrir en un solo individuo las condiciones ético-estéticas
precitadas, es por lo que aún falta mucho para producirse en nuestro
ambiente casos comparables a los de Venturi en Italia, Lafuente Ferrari en
Espafia, Waldemar George en Francia o, en Alemania, Franz Roh. Lo anterior
no quiere, por supuesto, decir que yo no reconozca virtudes aisladas y en
ocasiones de primer orden en algunas de las personas que frecuente o esporádicamente
practican la crítica. Así, reconozco admirable independencia de criterio
en Casimiro Eiger; sensibilidad de la mejor ley en Walter Engel; erudición
vastísima y bondadoso juicio en Gabriel Giraldo Jaramillo; recta intención
de acertar en Gil Tovar, y, el más emotivo de todos, Clemente Airó,
posee una fina capacidad de captación. Realmente, es difícil emitir
concepto imparcial sobre Marta Traba; comenzó interesándome con el
despliegue de sus aparatosos planteamientos y ha terminado por no
convencerme.
Luis
Alberto Acuña
El
crítico de arte, por más esfuerzos que haga en ser imparcial, siempre,
en sus trabajos, dejará traslucir sus preferencias personales. Esto es
muy humano.
La
crítica, para mí, ha de ser eminentemente pedagógica y debe dirigirse
al gran público de una manera sencilla y clara. La crítica a los
artistas casi siempre ha sido negativa, y si no, consúltese la historia.
El
artista progresa en su arte por medio de una honda autocrítica; de resto,
no creo que haga mucho caso de los consejos sobre cómo debe pintar,
aunque se los diera Picasso...
La
crítica tiene el derecho y la libertad de enjuiciar la obra del artista,
pero éste también tiene el derecho y libertad de disentir o hacer crítica
a la crítica.
El
ejercicio de la crítica de arte requiere excepcionales condiciones de
quien la ejerce; entre otras virtudes que ha de poseer el critico, está
la serenidad; y para llegar a ella se necesita que el individuo tenga bien
controladas sus pasiones, en especial la vanidad...
La
crítica sobre artes plásticas debe ser objetiva, nada de abstracciones
literarias.
Marco
Ospina
Para
hacer crítica entiendo que se deben tener en cuenta varios factores. En
primer lugar, el crítico o contemplador de la obra, debe situarse en un
plano imparcial, o sea, que al entrar en materia tendrá que despegarse de
todo nexo personal que pueda existir entre éste y el autor. En caso
contrario se incurre en un defecto, en el cual caen la mayoría de
nuestros críticos, en especial cuando éstos forman parte de jurados para
dar su fallo en pro o en contra de determinado sujeto, y no de la obra en
sí, dando margen a una serie de polémicas ajenas a la crítica puramente
dicha, sin sentar, además, ninguna base constructiva en materia artística,
desorientando por completo al público y creándole al artista un caos.
Teniendo
en cuenta lo anterior, es de suponer que el crítico de arte debe poseer sólidos
conocimientos de las distintas tendencias o escuelas pictóricas, escultóricas
como arquitectónicas, y a través de todas las épocas.
Otro
de los aspectos que no debe descuidar el crítico es el del contenido
humano de la obra de arte, como también la parte puramente mecánica, la
calidad plástica y la trayectoria del autor, para desenmascarar las
continuas improvisaciones de autores irresponsables.
Jaime
López Corre.
Es
en verdad un serio aprieto, para un pintor, referirse a la crítica de
arte y a los críticos que ejercen su profesión entre nosotros. Pues si
con nuestra modesta obra tocamos en algo de contradecir sus conceptos o
desoír sus consejos, se les causa un serio disgusto, pues su
susceptibilidad es tan fácil de despertar como la del artista. No
desconozco las dificultades con que tropieza el crítico para ejercer su
oficio y soy el primero en reconocer que la crítica de arte comienza a
ser una realidad entre nosotros, como lo es la pintura. Según el
comentario de hace veinte años, que hacía el repórter, y consideraba a
la pintura moderna como una aberración enfermiza y a Picasso o Rivera
como pintores de “monigotes” —excepción del ensayo literario que
esporádicamente, hacían nuestros escritores informados—, la crítica
no tenía entre nosotros profesionales con sus títulos ganados por sus
conocimientos y su erudición en la materia.
Pero
en ellos comienza otra etapa en la cual el artista muchas veces se
convierte en una víctima de los desplantes eruditos del critico, su afán
de comparaciones muchas veces absurdas e importadas o extraídas de los
comentaristas y esteticistas europeos.
Estamos
pendientes los pintores, del último libro de Malraux, de Read, de Huyghe,
para saber, a través de los críticos, qué es lo que debemos pintar, cuál
debe ser el concepto, la caligrafía, el color y la temática que se
puedan emplear.
Por
otra parte, los pintores vivimos en eterno concurso; para exaltar un valor
es necesario denigrar otro; así lo hace el crítico. Se es hoy destacado
pintor, y sin ningún análisis, razón o crítica justa, se pasa mañana
de moda. Si la obra del pintor no logra despertar en el crítico los
comentarios que demuestren sus conocimientos, y que son ellos el último
gusto, prefiere callarse, por temor a no aparecer lo suficientemente
preparado o de buen gusto. No importa que dos anos después de aquellos
aplausos, convencionales y desconcertantes para el artista, no quede más
que el eco ante el público.
Estamos
encerrados en la jaula mágica de Mondrian, para que se nos mire dentro de
ella como a monstruos tropicales, o ante el genio universal de Picasso,
colocados como perfectos idiotas.
El
pintor está obligado —parece— ante el crítico nuestro, a pintar de
acuerdo con una patente que éste le achaca y que debe registrar
incondicionalmente. Que no pretenda jamás salirse de ella, pues cualquier
tendencia, manera o forma que trate de ensayar —en el libre juego del
Arte— que no sea el camino que el crítico encontró de su agrado,
hallará su veto y su sanción, pues las modalidades del arte tienen aquí
nombre personal.
Se
clasifica enfáticamente al artista, así: el primero, el tercero, el último,
etc., como en los eventos deportivos por cronómetro, cronómetro estético.
En
las exposiciones colectivas, se dice de los pintores del suelo o del
subsuelo; pero jamás se encuentran los razonamientos pictóricos,
objetivos, para que el cuadro suba o baje de piso por su valor plástico.
Cuando
en Francia se habló de Utrillo, por ejemplo, no se le pidió jamás el
por qué no le daba a sus cuadros
—sus
simples y admirables paisajes— la fuerza bárbara que le imprimía
Picasso a sus lienzos. Y nunca se le dijo pintor fotográfico a pesar de
que sus misteriosos paisajes, muchos de ellos, fueron tomados de tarjetas
postales. Ni se llamó académico a Derain, por sus desnudos pesados y
sensuales, lejos de toda intención deshumanizante.
A
pesar de todo, reconozco que el critico ha sabido agitar un medio tan
indiferente, hostil y equivocado como el nuestro, y que ha logrado
despertar una curiosidad que no existía por el arte.
La
pintura actual colombiana representa una de nuestras actividades
intelectuales más inquietantes y de mayor proyección. El crítico debe
pues estimularla y encausarla. La misma visión ecuménica que le exige al
artista, debe aplicarla para criticar la obra pictórica. Menos
reticencias, un concepto más amplio, franco y seguro; un respeto por toda
manifestación inteligente dentro de nuestro medio, un constante sentido
de las proporciones, harán más efectiva su ardua labor trascendente.
Ignacio
Gómez Jaramillo
Opinan
los críticos de arte
En
Colombia, la crítica tiene (en lo referente al arte moderno) una
trayectoria más larga y más importante de lo que muchos creen. La
pintura —a la sazón revolucionaria para Colombia— de los Pedro Nel Gómez,
Ignacio Gómez Jaramillo, Luis Alberto Acuña y Carlos Correa, fue
introducida y apoyada por grandes intelectuales colombianos, como Enrique
Uribe White, César Uribe Piedrahíta y Jorge Zalamea. La revista Pan,
dirigida por Uribe White, significa el primer paso a una reseña y crítica
sistemática de los acontecimientos artísticos en Bogotá.
El
limitado material para reconstruir la historia del arte moderno en
Colombia se debe a la actividad de algunos editores y críticos. (El libro
La pintura en Colombia, por Gabriel Giraldo Jaramillo; las monografías
sobre Carlos
Correa
y Luis Alberto Acuña, de Juan Fride; sobre Ignacio Gómez Jaramillo, de
Gilberto Owen; y sobre Femando Botero, editada por Eddy Torres). Pero al
lado de estos libros hay que consultar indispensablemente la serie de
revistas que por fortuna se editaron en cadena casi ininterrumpida, y que
comienza con la ya mencionada Pan de Enrique Uribe White, a la cual
siguieron las dos épocas de la Revista de las Indias, editada con lujo de
competencia por el Ministerio de Educación de esos tiempos; a ellas se
agrega en 1944 Espiral, bajo la dirección de Clemente Airó, y que
contiene un valioso y continuo material sobre el arte moderno en Colombia,
hasta hoy. En 1956, finalmente, nace la revista especializada Plástica,
bajo la dirección de Judith Márquez, y a principios de 1957 Prisma,
dirigida por Marta Traba. Esta documentación se complementa con las notas
críticas en El Tiempo e Intermedio, y artículos ocasionales en muchas
otras revistas y en diarios.
Existe,
pues, la labor de los críticos y comentaristas y tiene su importancia
porque este material es básico para el historiador que busca información
y documentación, y también porque ha contribuido mucho a formar un
ambiente y despertar el interés de círculos cada vez más extensos, lo
que favorece directamente al arte y los artistas, tal como deben ser.
Walter
Engel
Es
inexplicable que sean los artistas mismos quienes se expresen a veces con
desvío y a veces con abierta injusticia de la crítica de arte, ya que
ellos son los únicos y directos beneficiarios. Que un pintor sobre el
cual se han escrito, a más de una completa monografía, varios centenares
de páginas, cuya obra ha sido elogiada y censurada, a quien se ha tratado
de interpretar y de divulgar de muy diversas maneras, manifieste que en
Colombia no ha existido la crítica de arte, es por lo menos un
contrasentido. Tampoco es razonable que se pretenda parangonar a los
escritores de arte nacionales con los de los más cultos países europeos;
es una falta de sentido de las proporciones imperdonable, sobre todo en un
artista.
A
muchos pintores les sucede con la crítica lo que a ciertas mujeres con el
amor: que no hacen más que denigrarlo y luchan en todas las formas
imaginables por conseguirlo. Y tienen razón por lo menos en la búsqueda
de la persona que, sin ser de su oficio y, por consiguiente, no
constituyendo un competidor profesional, se interese por su obra, trate de
entenderla y de interpretarla. El artista sin el critico es una voz sin
eco, un discurso sin oyentes, un sacerdote sin fieles. Su obra no tiene
trascendencia ni repercusión, no comunica su mensaje, permanece aislada
en sí misma, sin comunicación exterior y, por consiguiente, sin
eficacia. El crítico, malo o bueno, ejerce una función social, es el
heraldo, el anunciador de la obra de arte, trata de penetrar su sentido y
de comunicarlo a los espectadores menos preparados o menos entusiastas que
él, y muchas veces logra crear un clima de comprensión, de interés o
por lo menos de curiosidad. Es esta una labor esencialmente altruista,
desinteresada, que sólo recibe la compensación del servicio prestado. En
el critico el artista se ve traducido, vertido hacia el exterior; gracias
a él puede conocer las dimensiones que su obra adquiere en la sociedad,
las reacciones que despierta, aproximarse a su auténtico valor, que jamás
podrá conocer por sí mismo sin la ayuda de elementos exteriores y
objetivos que son, precisamente, los que el crítico y el historiador de
arte descubre y manifiesta.
Es
cierto que en Colombia la crítica ha sido por lo general y hasta el
momento una actividad literaria menor, ejercitada por gentes quizá no
adecuadamente preparadas; pero eso es natural en un país que aún no ha
salido completamente de la barbarie. Sin embargo, los esfuerzos realizados
son altamente plausibles y meritorios; José Manuel Groot, Pedro Carlos
Manrique, Alberto Urdaneta, Lázaro María Girón, en el siglo pasado, y
quienes en éste se han ocupado de los artistas del pasado o de los
actuales, han realizado una tarea noble. mente inspirada, a veces con
cierta eficacia y siempre con innegable buena fe; gracias a ellos el arte
colombiano ha comenzado a conocerse y a apreciarse, dentro de sus
correspondientes valores nacionales. Creo que estamos viviendo un momento
excepcionalmente favorable a la crítica de arte; ya es casi una forma
literaria especializada y no simplemente una amable afición; algunos de
nuestros críticos tienen formación estética, experiencias, y manejan un
estilo adecuado. Considero que en vez de vanas discusiones sobre la
existencia de la crítica, debemos iniciar un movimiento que acerque a los
artistas y a los críticos para hacer mas estrechos sus vínculos y más
fecunda su tarea.
Gabriel
Giraldo Jaramillo
Creo
que debemos dar muchas cosas por sobreentendidas y parece perfectamente
ocioso discutir sobre ellas; por, ejemplo, la importancia de la crítica
de arte o la necesidad de que exista.
Lo
que no me parece inútil, en cambio, es volver a señalar el error (o por
lo menos, la completa ineficacia), de que se “careen” artistas y críticos.
El critico no debe tener nada que ver personalmente con el artista; ni
conocerlo, ni buscar su amistad, ni tomar café con él y muchísimo
menos, discutir o exponerle sus tesis. Hasta la simpatía del crítico por
determinada persona que pinta o esculpe tiene algo de inmoral, por la
imperceptible parcialidad con que puede inclinar el juicio. Además, este
juicio no va dirigido al artista: sería grotesco pensar que el crítico
está intentando dar alguna directiva al artista, desde el momento que el
gran crítico jamás es pintor o escultor, y sólo sabe ver, analizar,
confrontar y juzgar. Todo su trabajo está destinado al público: si en el
caso de tratarse de una obra de valor, aplaude y estimula al artista, esto
es una consecuencia, nunca un fin. Y si el artista mediocre reacciona
violentamente contra una crítica adversa, no hace más que intervenir,
desapaciblemente, en medio de un diálogo entre público-crítico, al cual
no se le ha convidado. El único fin de la crítica es aquel que señala
tan admirablemente Croce —cuya inteligencia ha sido mi permanente guía—,
al decir que sólo puede realizar una acercamiento entre el público y la
obra de arte; apasionarlo por ella e iniciarlo en su misterio.
Parecería
innecesario también subrayar que la eminente condición moral del crítico
debe ser su honestidad. Creo que, en Latinoamérica, está obligado a ser
doblemente honesto, porque se mueve entre términos relativos y entre
“intocables mediocridades”; si se deja ganar por la lástima o por el
concepto de que “aquí... por ahora.., siendo países nuevos.., con
esfuerzos iniciales... etc., etc., no podemos hacer mas, está perdido.
Debe ser inmisericorde y no tener la más mínima blandura, si realmente
quiere adiestrar al público en el conocimiento de la verdadera belleza y
de los auténticos valores artísticos.
Y
estoy en completo desacuerdo con la idea de que no debe “comparar”; la
palabra extranjerizante no tiene sentido en el arte. No hay más que gran
arte —en las cumbres—, y arte en todos aquellos artistas que poseen
algún determinado valor plástico. Si este fenómeno se encuentra
preferentemente en Europa, como es apenas lógico, pues hacia allá
debemos volver los ojos; cualquier obra de valor, por otra parte, resiste
la comparación, Y si, en cambio, escapamos de las comparaciones y nos
cerramos en nuestro pequeño círculo de auto-alabanzas,. las peores
mediocridades llegarán fraudulentamente a las cumbres y no habrá modo de
salir de ese pantano.
Yo
le propondría a Clemente Airó que extendiera la encuesta al
verdaderamente interesado: el público, que es el único que recibe —o
deja perder— la acción de la crítica. Podré incluir unas líneas de
una de las últimas cartas (de gente desconocida para mí), que he
recibido:
‘‘para
testimoniarle mi espontáneo reconocimiento por la labor... que se ha
propuesto llevar a cabo para instruirnos a quienes formamos el público
aficionado a cuestiones de arte y cuya afición no había encontrado mayor
gula, ni estimulo, ni ayuda que la propia innata inclinación a gustar las
diferentes expresiones de la belleza. Y estoy completamente seguro de que,
por este aspecto, puede usted leer esta carta como escrita por muchas
manos; como vocera de un crecido grupo de personas, no por anónimas menos
reales, que han recibido, como yo, luz clarísima para apreciar
debidamente lo que nuestra ignorancia no nos permitía ver...
Cuando
recibo cartas como ésta, tengo la certeza feliz de no perder el tiempo y
renuevo la voluntad de no defraudar nunca al público, ni por la menor
complicidad de las cosas sin valor, ni por la menor concesión deshonesta
hacia ellas.
Marta
Traba
Creo
que es muy difícil que exista unanimidad de criterios y de parabienes
entre críticos y criticados. Eternamente tendrá que presentarse en
Colombia, como en cualquier otro país, que los pintores anden
descontentos con tales o cuales críticos, y, asimismo, los críticos
aferrados a no comprender las labores de tales o cuales pintores. El
pintor pinta en función de su Ubre imaginación creadora, el critico
escribe o habla según le dicta su entendimiento, sensibilidad y razón.
El resultado es sumamente trabajoso que recoja siempre igualdad de
pareceres, y estén todos contentos. Lo más natural se da siempre por el
lado contrario, en rencillas y discusiones entre pintores y críticos.
Pero
yo creo, firmemente, que el problema capital de la crítica en Colombia no
se ubica en el lado parcial de que los pintores estén encantados con los
críticos, y que a éstos les parezcan aquellos eternos leonardos o
plicassos o todo lo contrario a ambos. Mas el asunto que nos ocupa hoy es
única y exclusivamente de crítica, del lado de la crítica. No del lado
de la pintura. No se trata ahora de si existe o no buena pintura en
Colombia, sino del estado y la marcha de la crítica entre nosotros. Así
enfocado el asunto, como verdaderamente es, o por lo menos, como realmente
ha sido planteado por esta revista, tenemos que, en primer término, habría
que referirse a la labor ya ejercida por la crítica en Colombia. En este
aspecto es cuestión indudable, de fácil constatación, que en los últimos
diez o doce anos, y quizá desde antes, se ha venido realizando por unos
cuantos e infatigables críticos responsables, una labor divulgatoria del
arte nacional que no sólo ha sido capaz de explicar a grandes núcleos
de nuestro público las tendencias, valores y nuevas expresiones de
nuestra pintura, sino que asimismo, en pequeña pero no por ello
desestimable medida, ha logrado rebasar los linderos geográficos de
Colombia y mostrar afuera la calidad de los nuevos pintores. A veces, esta
labor ha logrado (y sirva este caso de suficiente ejemplo) llevar los
propios cuadros colombianos a competencias internacionales y a ser
expuestos en museos como el Louvre (Premio Guggenheim).
Asimismo,
al lado de esta labor crítica, que trató siempre de ser justiciera,
ensalzadora y comprensiva, no es menos realidad que se han dado
innumerables casos de francos desaciertos, de malas o por lo menos
tendenciosas orientaciones, de críticas alabatorias en función
de
“simpatía”, y a la inversa, por venganzas de la “antipatía”. Yo
creo, firmemente, que en estos casos lamentables, por el daño que
ocasionan, no queda incluida la crítica propiamente dicha, la verdadera
crítica, sino la seudocrítica. El asunto, entonces, puede referirse a
por qué aparece ella impresa o explicada en público. Esta
responsabilidad, opino, tampoco se puede cargar sobre nadie; simplemente,
es producto de que en Colombia no se ha sabido distinguir el oficio de la
crítica. Los críticos competentes han sido mezclados —en muchas
ocasiones menospreciados— con los ocasionales, los aficionados, y los
que por diversos objetivos han irrumpido en el campo difícil y árido de
la crítica.
Otro
aspecto —quizás en el que más hincapié hacen los pintores para
componer sus quejas— es el de la calidad de la crítica. Y ahora me
refiero a la verdadera, a la ejercida por los que saben. En este punto la
discusión es supremamente espinosa. Muy buena, buena, regular y mala crítica,
es una gama valorativa que tiene que recogerse aquí como en cualquier
otra profesión. Inclusive entre la obra de un solo crítico. Asimismo está
fuera de lugar exigir calidades o estilos de crítica, como los
reconocidos en críticos de fama internacional. ¿Qué tal que a los críticos
no les gustara pintor alguno colombiano porque no es ninguno de ellos
Braque, Mondrian, Orozco, Gutiérrez Solana, etc., etc.?
Personalmente
estimo que sería conveniente el intercambio de opiniones, de pareceres,
de tendencias entre los críticos. Después, también, para un mejor
conocimiento, entre críticos y pintores. Así las reuniones entre críticos
ya han comenzado, ya se ha dado el primer paso. La seccional colombiana de
la Asociación Internacional de Críticos de Arte, recientemente fundada,
ha empezado a sesionar y a plantearse tareas. La primera reunión con la
ponencia de “Alcances y limites de la Crítica en Colombia”, se llevó
a cabo el 6 del presente mes de abril.
Los
roces y disidencias entre críticos y pintores, es muy probable que seguirán
produciéndose, pero independientemente de ellos, los críticos, por
nuestra parte, atentos a nuestra tarea, deberemos aspirar para que sea
contenida la aparición de seudocrítica —por lo menos en los
principales periódicos y revistas-, para que el ejercicio de la crítica
cobre más carácter de responsabilidad y oficio, y que se exijan
conocimientos, capacidades. También, indudablemente, deberemos avanzar en
nuestro trabajo preocupándonos aún más por entrar a comprender y sentir
la pintura colombiana y ampliar así la eficacia de nuestra tarea. Ningún
critico puede considerar que su mejor labor u obra, ha sido ya realizada.
Tampoco desconocerá nunca que su trabajo va principalmente encaminado a
la ilustración y orientación del público, y con este objeto es
comprensible que no debe manejar ninguna clase de pontificación subjetiva
y pedantesca para tratar de imponer parciales puntos de apreciación. A
nuestros críticos les interesa, en primer lugar, la pintura colombiana y
la expansión de sus valores, también su desarrollo, sus triunfos y
—pese a quien pese— atacará sus torpezas.
Clemente
Airé
Con
cada año que pasa, con cada nuevo museo que he visitado, con cada nuevo
libro de crítica de arte que he leído, con cada artista nuevo que
conozco, se ha venido acendrando cada vez más en mí la honesta convicción
de lo poco que sabemos sobre el fenómeno de la creación artística. Hace
silos, cuando yo me creía perito en cuestiones de arte, estaba siempre
dispuesto a dar opiniones definitivas, muy dogmáticas y excathedra.
Defecto muy explicable de juventud. Pero el tiempo y la adquisición de
nuevos conocimientos van dándole a uno una certeza cada vez mayor de la
propia ignorancia, y por ello hoy, cuando me atrevo a expresar una opinión
sobre cuestiones de arte, lo hago con modestia, pensando siempre en que es
posible equivocarse. No es falsa modestia. Es que existe el ejemplo de los
grandes equivocados. ¿Quién hubiera podido creer que Ruskin, por
ejemplo, que era en su tiempo el más profundo conocedor de las cuestiones
artísticas, y un fino temperamento, además, se equivocara al juzgar la
obra de Whistler?
También
sucedía hace años que, cuando escribía sobre arte, utilizaba toda la
complicada jerga que se halla en los libros de estética, y el artículo
aparecía salpicado de ricas y oscuras palabras que el público lector
generalmente no entendía. Es lo que todos hemos hecho en la juventud.
Preocuparnos mucho por la riqueza de
léxico,
para dar la sensación de que es mucho lo que sabemos. También el paso
del tiempo le cura a uno de esa vanidad, y hoy, cuando raramente escribo
sobre estos temas, procuro usar palabras sencillas, planteamientos claros,
pues creo que la labor del critico debe ser la de puente entre la obra del
artista y su publico. Y conste que no digo entre el artista y su público.
Pues lo que el crítico debe juzgar no es al artista, sino a su obra dada
en un momento dado. Tiene esto la ventaja de evitar el personalismo en la
crítica, que es, tal vez, el mayor defecto que ha tenido la crítica
entre nosotros
—no
sólo la plástica, sino la literaria.
Al
analizar en cambio, una obra en concreto, elude uno el peligro de herir la
susceptibilidad del artista, que, como toda persona sensitiva, es
susceptible en grado sumo —y no es esto un defecto sino una virtud
inherente a su propia calidad de artista.
Creo
que hoy día el público que me lea entenderá claramente lo que digo, y
podrá aceptar o no mis opiniones que no son ya dogmáticas, sino la
reacción natural de un individuo de cierta sensibilidad estética ante
una obra de arte. Por otra parte, mi decidido entusiasmo por el arte de última
hora, por el más reciente ismo, me llevó a veces a despreciar técnicas
que no estaban con el último grito de la moda. Hoy también eso ha
desaparecido. Y puedo admirar igualmente el logro plástico de una obra no
figurativa y de otra realizada con la más académica de las técnicas.
Porque, al fin y al cabo, lo que cuenta en la obra de arte es la
sinceridad. Y prefiero a un pintor que realice una obra académica, porque
eso es lo que él siente, que a. uno que presuma estar al día y nos engañe
con los fáciles trucos del abstraccionismo. Quizá lo único que haya
aprendido yo en todos estos años de mirar cuadros y de estudiar estética
haya sido a tener un poco de malicia para no dejarme deslumbrar por los
trucos. Sigo creyendo que la expresión más pura de la pintura, según
nuestras necesidades de hoy, sea la pintura no-figurativa. Mas no implica
eso que desprecie, en modo alguno, las modalidades anteriores. Porque en
la casa del arte hay muchas mansiones, y por los hindúes sabemos que
todos los caminos pueden conducir a la verdad. Negarlo seria renunciar a
millares de posibilidades de satisfacción estética. Quizá la desventaja
del enamorado del academismo sea, precisamente, su exclusivismo. En arte,
como en todo, la tolerancia es regla de oro para el éxito. Y en este caso
el éxito es la íntima satisfacción del sentido estético que todos
llevamos dentro.
Por
ello quizá pueda afirmarse, con razón, que yo no soy un crítico. Y no
me disgusta que se crea. Prefiero ser un divulgador, un tanto pedagógico,
para un público que hasta hace poco no estaba interesado en el arte. Pero
es posible que a esta labor de divulgación, de vulgarización, se deba el
interés cada vez más creciente de nuestro público por la obra de arte.
Antes había gentes que compraban cuadros, porque consideraban elegante
hacerlo. Y eran los individuos más ricos de nuestra sociedad quienes lo
hacían. Hoy, muchas gentes de escasos recursos económicos renuncian a
otras satisfacciones más directas y tangibles y compran, en cambio, obras
de arte, porque sienten en su espíritu la necesidad de este más depurado
tipo de satisfacción sensual, que es la satisfacción estética.
Si
los llamados “críticos” colombianos hemos hecho algo por interesar al
público en el arte, creo que hemos cumplido una labor admirable. Y dentro
de una o dos generaciones habrá críticos auténticos que podrán
escribir en su complejo lenguaje pera un numeroso público que los
entiende. Sería absurdo que existiera entre nosotros un Lionello Venturi,
o un Roger Fry, o un James Johnson Sweeney, o un Herbert Read, o un
Malraux. ¿Para qué público escribirían? ¿Para media docena de
aficionados? No; creo que como vamos, vamos bien. El crítico surgirá
cuando las necesidades sociales del país lo requieran.
Jaime
Tello
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