MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
© Derechos reservados de Autor

 

LUIS VIDALES 1940

A partir de 1940, los esfuerzos esporádicos que producían exposiciones nacionales aisladas que, para su realización, dependían del grado de interés que sobre las artes tuviera el gobernante de turno, desembocaron en la creación de una Institución que ha resumido al arte colombiano hasta el día de hoy; el antes Salón Anual de Artistas y hoy Salón de Artes Visuales. Cristalizaron así los reclamos que durante un siglo hablan expresado los artistas, como consecuencia del movimiento vivo y pleno de que daba muestras el arte colombiano del momento.

El Primer Salón Anual congregó a unos artistas poseedores en su conjunto de un lenguaje que, como correctamente lo señala este articulo, era “moderadamente moderno” en cuanto no habla recogido todavía lo más radical de los movimientos vanguardistas contemporáneos. Pero dada la especificidad del país en que se producía y del continente en que se halla este país, el hecho hay que entenderlo como una referencia a lo europeo y no como un análisis de contexto que partiera de lo nacional. El documento que precede a este es una prueba de lo tremendamente radical que parecía entonces esa moderada modernidad.

Luis Vidales, el poeta vanguardista más notable de Colombia, nació en 1905. Su nota, bajo el título de “El Primer Salón del Arte Colombiano”, fue publicada por Revista de las Indias, núm. 21, Bogotá, septiembre de 1940. Un lector de mediana cultura buscará inútilmente en la prensa de estos días la confrontación de las obras que le interesan. Digamos solamente un asiduo lector de diarios, que sea a la vez visitante de la exposición, porque en cuanto se refiere a los artistas es indudable que ellos, en todas las partes del mundo, necesitan, en primer término, trabajar dentro de un clima intelectual favorable, que les permita desenvolver la propia actividad, en ventaja del arte.

Bueno es decir que nuestros artistas carecen de este clima y que los visitantes a exposiciones de arte no encuentran ni siquiera la buena guía periodística. Debemos declarar que tampoco, a veces, sabemos ser lo que creemos que somos, es decir, periodistas, y que ignoramos la misión de contribuir a que se encuentren el artista y el público. Pero criticamos al público, y en no pocas ocasiones el público se interesa más y sabe ver mejor que nosotros los que nos llamamos “intelectuales”.

No es augurable que estas palabras en estilo hablado —caro a Valery Larbaud— tengan por objeto llenar el vacío del cual queda hecha mención. Pero aunque no esté en mi custodia el patrimonio artístico nacional, que por plausible actividad del Ministerio de Educación hemos podido apreciar de tan visible manera, debo aquí hacer lugar a opiniones y a decisiones más razonables, aun a trueque de quedar fuera del medio. Porque entre nosotros lo que no es “periodismo”, entra al universo de lo “erudito” y lo “sutil”.

Aunque en la exposición no están representadas todas las corrientes pictóricas modernas, haciendo ausencia en ella, especialmente, las tendencias dichas “sub-realistas”, lo cual es simplemente lógico, dos maneras Son claramente discernibles allí: la de los maestros consagrados, cuya pintura es “académica”, y la de los jóvenes, que dentro de una acepción general pueden ser situados como “post-impresionistas”.

Aquellos presentan obras acabadas, de una fuerte técnica del dibujo y del colorido, como Frutos de mi tierra y Río Saravita, óleos del maestro Domingo Moreno Otero, el mayor de ellos en cualidades pictóricas, y Ventas de ollas y Mercado, óleos del maestro Miguel Díaz Vargas. Con las conocidas Lejanías al óleo del maestro Jesús María Zamora, las obras anteriormente citadas representan el aporte máximo de las tendencias que por una u otra causa se denominan “académicas” entre nosotros. Las modernas corrientes pictóricas se encuentran en mayoría en la exposición, con cinco o seis representantes cuyas obras son ya un aporte considerable a la plástica pictórica colombiana.

Es digno de advertirse que mientras éstos, a excepción de unos pocos de sus cuadros, se presentan con estudios, los llamados académicos concurren con obras de composición, como son los óleos ya citados de los maestros Moreno Otero y Días Vargas. Quizá no sería aventurado concluir de allí, que la pintura nacional no ha salido aún del todo de la academia y que la plástica pictórica se halla actualmente en un punto de transición en el cual alcanzan a columbrarse dos fases: la académica y la de las corrientes modernas. Hasta qué punto el modelo limita o ayuda al espíritu creador, es cosa que no corresponde examinar aquí.

El paisaje no tiene una situación apreciable en la exposición sobre todo en comparación con la figura. A excepción de las acuarelas de Gonzalo Ariza que suprime el lejanísimo introducido por nuestros viejos pintores al paisaje y que trae al arte colombiano en sus Geránios y sus Conservadoras la pintura de “primer término”; del bellísimo Banio de Egipto y la Esquina de San Ignacio, óleos de Adolfo Samper, y de Tiempo frío, de Erwin Krauss, uno de los mejores paisajes de la exposición, la figura aparece como la preocupación central de nuestros pintores. Y en verdad que están bien encaminados, en una época como la actual, en que el hombre, por los inconmensurables sucesos que le está tocando ventilar, vuelve a convertirse, como ya ocurriera en el siglo XVI, en la partícula más sensible y palpitante del universo.

Entre las obras de mayor envergadura de la exposición, merecen citarse en escultura: Mujer joven, mármol blanco del maestro Ramón Barba. Parece tratarse del principio de una nueva tendencia en el artista, sin la marcada ambivalencia academismo-modernismo que se advierte en su técnica. Este mármol bellísimo es, sin embargo, un poco Uso y pobre la valoración. El muchacho, busto en piedra de la señora Josefina Albarracín, Cabeza muy expresiva, bastante independiente ya de la técnica del maestro Barba. El héroe, granito negro de José Domingo Rodríguez. Con el Busto de niña, del mismo, constituye lo mejor quizá que en escultura se ha presentado en Bogotá, incluyendo, hay que decirlo, la. pasada exposición del maestro español Victorio Macho. La potencia plástica y la riqueza del modelado y la. valoración, no menos que la manera de ir a lo esencial sorteando lo accesorio y rebuscado, hacen del maestro José Domingo Rodríguez uno de los artistas más personales con que cuenta el país. Hay también en la exposición obras de valor considerable de Alfonso Neira, Hena Rodríguez, Gonzalo Quintero, Gómez Castro, M. Zúrate y de varia importancia de Rafael Caballero, L. E. Rivera, Miguel Sopé, Alfonso Higuera y Gregorio León.

En pintura: el autorretrato del maestro Pedro Nel Gómez, óleo en el cual es evidente el estudio de Cézamine. Se trata de una obra madura, en la que el equilibrio perfecto de los términos, forma, línea, color, constituye un todo cerrado, de elegancia y nobleza incomparables. La Madre del pintor, Figuras en el trópico y Bañistas, óleos de Ignacio Gómez Jaramillo en los cuales es vivísimo el signo de la potencia estilística de este pintor. La tendencia a suprimir lo accesorio sin caer en lo sumario y la unidad o síntesis cromática, son las cualidades pictóricas de su técnica.

La fuerza de diseño de Carlos Corres se expresa en la Semana Santa, óleo de composición, pintado con solidez y rico en tonos profundos. El Entierro en el campo es una acuarela un tanto sumaria, pero con los acentos originales de composición y colorido que distinguen a este pintor. En el Retrato de la madre, lo mismo que en la Semana Santa, la potencia plástica se expresa igualmente, mostrando que en este artista ella da tanto en los motivos solemnes como en aquellos en que la humanidad de la expresión aparece violentada por el sarcasmo, el patetismo o la crítica.

José Rodríguez Acevedo presenta un retrato al fuego de León de Greiff, pintado con una fuerza y una riqueza de empaste grandemente notorias. El Retrato de muchacha y el Desnudo son igualmente ricos de técnica.

El Retrato de señora, de Delio Ramírez, tratado en una escala de grises, sobre un esquema clásico y aun de perfección académica, de una delicadeza y sensibilidad admirables, es un óleo en que la pureza y preciosidad de la materia pictórica entonan con la intimidad y potencia emotiva del tema. El empaste característico de Sergio Trujillo Magnenat aparece en sus tres cuadros Pastora, Anunciación y Composición, óleos en los cuales la admirable limpieza cromática se expresa en el modelado estrictamente decorativo de las figuras. Es una pintura idealizada, cuya atracción reside principalmente en la limpieza y suavidad de los colores.

El bellísimo óleo La mulata de E. Grau Araújo, pintado con la firmeza y precisión de quien ha trajinado en estos menesteres, es una de las más vivaces expresiones pictóricas de la exposición. Por su poderosa. plástica, su fuerte modelado, su luminosidad asombrosa y su gracia, recuerda a los pintores norteamericanos modernos, a un Kroll o a un Benton. Con La carta, otro óleo del mismo pintor, representa un viento nuevo y desconocido en la pintura colombiana. Grau Araújo, de quien se dice que es un joven, es indudablemente la revelación de esta exposición.

Otros pintores que deben ser citados —pese a rapidez de una reseña—, por las cualidades técnicas que los colocan en un distinguido lugar en la exposición, son: Luis B. Ramos, notablemente ajustado dentro de su concepto decorativo y dibujístico; Félix Maria Otálora, cuya transparencia colorista lo hace visible en el conjunto de ob ras expuestas; Débora Arango, de masculina potencialidad en el modelado y audacia del trazo; León Cano, ampliamente conocido, y Dolcey Vergara, poseedor de una técnica amplia, en cuyos tres óleos Tarde dominguera, En el corral y Paso del río Cauca, se revela como uno de los pintores colombianos de más sólido porvenir.

Entre los pintores de la época anterior presentan obras considerables dentro de su tendencia Santiago Martínez Delgado, cuyo óleo El que volvió ha sido muy estimado. Más que pintura, es una ilustración de agradable trazo largo y viril, que tal vez adolezca del defecto de buscar una excesiva complacencia del observador; Rafael Mena o., Eugenio Peña, Pedro Quijano y Ricardo Gómez Campuzano, en alunos de los cuales la monotonía académica no es suficiente a suprimir la habilidad y maestría de la técnica.

Un vasto grupo de pintores sobre los cuales no es posible detenernos, pero que presentan obras que por uno u otro aspecto los hacen dignos de mención, son los siguientes, en orden alfabético: Inés Acevedo, Segundo Agelvis, Miguel Alvarez, Leonor Calvo de Bejarano, Maneta Botero, Alicia Cajiao, Julio Cerón Mosquera, Mercedes de la Cruz, Carlos E. Días, Adela de Fajardo, Carlos García Castro, Joaquín González Gutiérrez, Absalán Guevara, Margarita Holguín y Caro, Alipio Jaramillo Giraldo, María Elena León, D. Licht Pardo, Gustavo López, López Ocanipo, M. A. Martínez, J. W. Martínez, Simón Meléndez, Manuel José Mosquera, León Orduz, Marco A. Ospina, María Palau, Edulfo Peñarete, P. Pinilla Jiménez, A. Ramírez Fajardo, José Restrepo Rivera, G. Rosales León, Marina Sáenz, Guillermo Silva, Blanca Sinisterra de Carreño, Isabel de Turriago, J. de Valenzuela y Antonio Vela Riaño.

Hace mucho tiempo que la crítica europea de arte está dividida en dos corrientes opuestas y adversas: la una “realista”, en el sentido naturalista; la otra «sub­realista”, la cual exige que el arte sea apto para trasformar la naturaleza, para recrearla y aun para deformarla, desde el punto de vista de una metafísica estilística o fantástica. En verdad, estas dos tendencias han existido inmemorialmente.

Quienes quiera que entendían elevar la naturaleza en el “bello estilo” o en el sueño clásico, fueron siempre enemigos de los “naturalistas”, los cuales, en cambio, respetaban lo “real” más que el modelo reposado y frío ya de la estatua helénica. El monje carlovingio, que sacaba los elementos de su arte de una introspección mística aprendida de Bizancio, era un ‘sub-realista” de tomo y lomo. Los artistas del Alto Renacimiento, que embellecían las formas del mundo, corrigiendo las aristas de la fealdad de las cosas en el concepto establecido de una sociedad refinada, enriquecida y victoriosa, eran puros y netos “sub-realistas”. En cambio, miraban a los artistas del gótico y del protorrenacimiento, que eran enérgicos imitadores de lo “real”, como a productores de un arte “inferior”.

La contemplación de las obras de nuestro Primer Salón de Artistas Colombianos, nos revela que nuestros pintores no se encuentran todavía dentro de esta oposición irreconciliable. Indudablemente que las dos tendencias se hallan aquí representadas. Pero la pintura colombiana, aun no siendo ya homogénea en cuanto a la técnica, lo es en cuanto confiere a la representación de hombres y cosas de la vida una realidad material. Parece que no es tiempo de que aparezcan en esta pintura tendencias delimitadas.

A excepción de los jóvenes maestros Pedro Nel Gómez e Ignacio Gómez Jaramillo, de cuya técnica puede advertirse alguna influencia en la exposición, nuestros pintores producen un arte personal, de variadísima ascendencia, un tanto anárquico como lo es nuestro país, pero que en ningún caso permite la escogencia entre lo “real” y lo “irreal”, como acontece a los públicos de Europa o a. los visitantes de las exposiciones europeas que suelen realizarse en los Estados Unidos. Ello arguye en favor de la sinceridad de nuestros artistas, por cuanto el país no ha llegado —afortunada o infortunadamente, como quiera tomarse— al estado de refinamiento que producen los medios decadentes en los cuales la delicuescencia alma el gusto artístico hasta la exasperación.

Una pintura moderadamente moderna, firme y sencilla, es la que producen nuestros artistas. Otro tanto podría decirse de las pocas pero valiosas muestras de escultura que han sido llevadas a la exposición. Nuestros pintores y escultores se hallan en el período de la experiencia y el conocimiento del oficio, y en algunos Casos se trata ya de una maestría indudable en la ejecución. Ello los coloca por encima de nuestra “incipiente vida espiritual”. Pero, por otros aspectos, el plano en que se desarrolla su arte coincide con la. fisonomía general del país, lo que nos permite afirmar que poseemos un arte nacional propio.

Tal es, a nuestro entender, el balance, a grandes rasgos, del Primer Salón Anual del Arte Colombiano.

 

SEGUIR AL SIGUIENTE CAPÍTULO

REGRESAR AL

INDICE