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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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LA
REGENERACIÓN Y LA ACADEMIA
¿Cómo
se explica la inclinación de toda la clase dirigente de entonces por el
academicismo en la plástica?
La
Regeneración fue el movimiento que sentó las bases para la consolidación
de la burguesía colombiana. Rafael Núñez, su ideólogo y conductor,
planteaba que “la política debe ser como un espejo de la naturaleza”
(1)
, pero habría que entender, en este caso, que se trataba de la
naturaleza de las condiciones económicas. Es con este sentido práctico
con el que Núñez acometió lo que Nieto Arteta llamó “la organización
nacional de Colombia” por “una harmonización de la libertad y el
orden, del progreso y la estabilidad”
(2)
del capital que se empezaba a
acumular y exigía multiplicarse rápidamente. En otras palabras, el
pensamiento de Núñez expresaba la necesidad de los empresarios de que se
les garantizaran sus inversiones con la creación de un aparato político
que le pusiera fin a las leyes de los radicales que entorpecían el
desarrollo capitalista interno del país
(3)
.
Como
la división partidaria no era de clases y en uno y otro lado militaban
por igual los empresarios, no tiene que parecernos extraño que Núñez
declarara en 1885, dentro de un planteamiento que cobra actualidad con el
bipartidismo practicado hoy, que las “disidencias de partido han
terminado felizmente y las sanas doctrinas liberales y conservadoras, que
son en su fondo idénticas,
quedarán
en adelante, en vínculo indisoluble, sirviendo de pedestal a las
instituciones de Colombia”
(4)
. La verdad es que, como doctrinas, no eran
tan idénticas y fueron precisamente las diferencias entre los viejos
radicales que pasaron a la oposición y los conservadores en el poder, las
que conducirían finalmente a la Guerra de los Mil Días. Pero tampoco
eran diferentes, en lo que a los intereses de clase se refiere, en cuanto
las reformas de Núñez que se expresaron en la Constitución del 86
favorecieron por igual a todos los capitalistas, sin importar cuál era el
partido de sus simpatías. Esto último nos explica la división liberal
que en el 99 se manifestó en los choques continuos de El Autonomista y La
Crónica.
La
Regeneración, pragmática en su concepción, le significó a los
conservadores una ventaja inicial tanto en lo político como en lo económico
y cultural. En lo económico esa ventaja quedaría casi eliminada al
terminar el siglo. Y en esto jugó un papel importante el café, una vez
se perfiló, cancelado el comercio de la quina y el añil, como un
producto agrícola importante. Y aquí a presenta un hecho curioso,
conforme lo explica Ospina Vásquez: “en los últimos años del siglo
pasado, mucho prohombres liberales, cerrada la posibilidad de una
carrera pública por los sistemas de la Regeneración, dedicaron a sembrar
café”
(5)
. Podría decirse que el poder perdido en la arena política
les fue compensado al manipular uno de los renglones claves de la economía
nacional. De manera que al producirse la Exposición Nacional de 1899 las
clases sociales dominantes en Colombia, ya fueran liberales o
conservadoras, gozaban en lo
Medellín,
Editorial La Oveja Negra, 1974, llamada marginal de
pág.
301. Era tal la importancia del café al estallar la Guerra de los Mil
que
Ospina Vásquez apunta que durante ella se gravé al grano por
su
“cultivo estaba en gran parte en manos de liberales a quienes la
Regeneración no permitía ingerencia en los negocios públicos” (Ospina
Vasquez, ob. cit., llamada marginal de la pág. 346). Esta medida nos
plantea la existencia de cierto equilibrio en el poderío económico de
capitalistas
en uno y otro bando. Si la debilidad de la Regeneración. radicó en su
Incapacidad de unir al país desde la base, su tragedia
el
sectarismo que le Impidió atraer a su seno a los caficultores liberales,
desbocándose el movimiento hacia una retórica de la unidad que tenía
que encontrar, en la Academia Igualmente retórica, su estilo artístico
predilecto.
económico
de una estabilidad que les permitiría perpetuarse como clases.
(6)
En
lo cultural, la ventaja quedó eliminada con la completa asimilación de
la cultura oficial por parte de los liberales y el olvido en que cayeron
sus más aguerridos polemistas, todavía ausentes de las versiones académicas
de la historia. El análisis de las figuras más destacadas de la cultura
colombiana que actuaron o surgieron durante las cuatro últimas décadas
del siglo nos revela el predominio, entre ellas, de los elementos del
sector conservador. Conservadores fueron José María Vergara y Vergara,
José Maria Rivas Groot, José Joaquín Ortiz, Rafael Pombo, Miguel
Antonio Caro, Rufino José y Angel Cuervo, Julio Arboleda, Diego Fallon,
José Joaquín Casas, Jorge Isaacs, José Manuel Marroquín y los pintores
Manuel María Paz, Alberto Urdaneta y Epifanio Garay. Lista a la que podríamos
agregarle los nombres de Marco Fidel Suárez y Guillermo Valencia, quienes
se iniciaron al final de ese período pero proyectaron su influencia más
significativa en las primeras décadas de este siglo. La linea cultural
que representan, con todo el contenido clerical de sus posiciones, fue la
que logró imponerse momentáneamente. Al respecto basta leer en Pombo su
crítica de arte para percatarse de la buena dosis de entusiasmo que le
pone á las obras que analiza cuando su temática es de tipo religioso. No
hay que olvidar, por otra parte, que Rafael Núñez fue un poeta y que
como hombre de cultura se interesó vivamente en fomentarla. A Núñez,
por ejemplo, se debe la definitiva estabilización de la Academia Nacional
de Bellas Artes y de la Academia Nacional de Música. Y fue el Núñez
culto el que recordó que el plan de la Constitución enunciado en su
discurso presidencial del 85, había sido “elaborado con austera
conciencia y selecta dicción por el señor Caro”
(7)
,
fundador de la Academia Colombiana de la Lengua.
En
artes plásticas, el gusto de las clases altas colombianas, que en esto no
tuvieron divergencias, se manifestó en una total identificación con el
ideal que planteaba la Academia con su verismo, su solemnidad, sus afeites
y su idealismo empenachado, una concepción cuya presencia en el ámbito
nacional coincidió con e triunfo de la Regeneración. Es así como vemos
que las simpatías y rechazos artísticos del 99 partieron de la, filiación
política del artista en discusión y no de su planteamiento estético.
Una mirada atenta a las obras más significativas de Garay y Acevedo
Bernal presentes en la Exposición Nacional y un análisis detenido de
ellas, nos revela mejor la opacidad de las diferencias ideológicas en el
terreno cultural.
Comencemos
por La mujer del levita, una
pintura de tema libre que Garay realizó pensando en su “numerosa
clientela” de la clase adicta a la Regeneración. En primer lugar, su
tema es bíblico y está tomado del capítulo 19 del libro de los Jueces.
Trata de la infiel que es entregada por su marido a unos asaltantes, con
tal de salvarse él, para que la violen durante la noche. La infiel muere
a la puerta de la posada cuando regresa al amanecer el cuadro capta el
instante en que el marido la encuentra tirada y se encoge perplejo al
descubrir que no vive. asunto está tratado con todo el parapeto escenográfa
típico de la Academia, con sus personajes en actitud tan teatrales, que
un fervoroso admirador de la pintura de Garay, Jacinto Albarracín, llegó
a hacerle algún reproche porque en la mujer “la posición es
perfecta”:
“como
la de quien muere estudiadamente”
(8)
.
Garay desarrolló su tema, a pesar
de sus implicaciones morales religiosas, de un modo profano y con la misma
mund nidad que hallamos en la poesía de Guillermo Valencia Al respecto,
analícese a la pecadora que vence el ascentismo del “Palemón el
Estilita” de Valencia, y véase como en Garay el desnudo de la mujer es
un recurso q al permitirle desplegar toda su habilidad de dibujante de
buen conocedor de la anatomía, lo lleva a soslayar deliberadamente la
moraleja del tema para presentar a una mujer de tal belleza, que se puede
comprende que fuera infiel.
La
laxitud del cuerpo desnudo en La mujer de levi tiene tales características,
que necesariamente nos remite
al Nacimiento de Venus de Cabanel, el académico francés. La similitud es
significativa, dada la diferencia temática. Cabanel considera un asunto
que tradicionalmente es la exaltación de la sensualidad y la vida; Garay,
una moraleja religiosa judaica. Sin embargo, el tratamiento no difiere en
lo sustancial y sólo presenta una pequeña diferencia en los rostros,
tiernamente adormecido en Cabanel, tenso y contraído en Garay. Pero en
ambos casos medio ocultos por la posición de un brazo que los tapa
parcialmente, restándoles importancia a sus expresiones en aras de
magnificar la hermosura y perfección del cuerpo femenino. No sobra
enfatizar aquí que el de La mujer del
levita es el desnudo más notable de toda la pintura colombiana del siglo
xix, en parte porque no tiene numerosos cultores, pero también porque
Garay se empleó a fondo para volcar en él todos sus conocimientos técnicos
y toda su capacidad creativa dentro de los rígidos cánones de la
Academia.
Aunque
menos atrevido, porque es ya un tema relacionado con un acontecimiento
caro al cristianismo y por lo mismo de mayor vigencia en materia de fe, El
bautizo de Jesús de Acevedo Bernal intentó una profanización similar
que, al decir de Max Grillo
,
se plasmó “al prescindir de ciertos detalles, hoy desechados por todos,
como el limbo y la palomá espiritual que usaron los grandes pintores de
asuntos religiosos”
(9)
. Quiere decir esto que Acevedo Bernal se presentó,
ante los ojos de sus contemporáneos, como un profanizador de la temática
religiosa, mas no como un mundano, actitud que en Garay sí es evidente.
Tenemos
entonces que liberal o conservadora, la burguesía colombiana del fin del
siglo, tras década y media de actividades bajo el amparo de la Regeneración,
comenzaba a darse ciertas libertades de interpretación en la medida en
que se sentía asentada y segura de poder prolongar su dominio en favor de
los intereses que representaba. Esta seguridad se expresa mejor en los
retratos de Núñez y Sanclemente, que ya no aparecen recortados en un
primer plano que constriña los torsos, Sino en un plano medio que los
muestra de cuerpo entero Es esta la iconografía que se crea una clase
triunfante que se puede exhibir totalmente con
toda la fuerza
de
su poder, pero distanciándose de los demás mortales. De esto último da
cuenta el hecho de que los dos presidentes no aparecen frontales sino de
tres cuartos, evitando darle la cara a quienes no son sus iguales. Hasta
se ensancha el espacio para mostrar algunos detalles de la ambientación
que los rodea. Se deduce que estos dos presidentes de Colombia no tienen
nada que ocultarnos y que se pueden presentar íntegros, intachables y
ejemplares ante nuestros ojos. En ambos se pretende captar un instante de
su intimidad, intimidad en la que estos escogidos no pierden la compostura
de hombres públicos. En el
caso de Núñez se produce una perfecta identidad entre el retratado y el
retratista Garay, cuando se nos muestra como el pensador que lucubra sobre
los destinos de la patria. Al respecto podemos citar una nota
editorial de un periódico nuñista, escrita en 1886, y comprobar cómo
la imagen que se creó del Regenerador fue perfectamente ilustrada por
Garay. Dice: “El señor Núñez, jefe y conductor de la transformación
que se elabora, es quien mejor puede llevarla con felicidad a su cima
porque en su cerebro bullen las ideas que la engendraron y que le dieron
movimiento y vigor”.
(10)
No hay duda de que Garay, complacido,
sublimiza esa imagen y, en la medida en que la sublimiza, adquiere los méritos
para ser considerado el pintor oficial del movimiento nuñista.
No
así Acevedo Bernal, a pesar de retratar a los mismos comerciantes y
hacendados cultos que iban incorporando a su conciencia social todas las
maneras de la
burguesía conforme a su modelo europeo y como representantes de
ella en Colombia. En otras palabras, si bien Acevedo Bernal era igualmente
un producto de la Regeneración, no llegó nunca a ser su pintor oficial,
a pesar de haber estado exponiendo desde el salón del 86.
Toda
consolidación de clase supone alguna audacia a la búsqueda de una
renovación. Y en el arte colombiano esa audacia se dio en la medida en
que la adopción de la Academia era la superación de los viejos
“moldes” practicados por los primitivos e ingenuos que, como José María
Espinosa y Ramón Torres Méndez, ac
tuaron
desde nuestra emancipación de España. La Academia, pues, representó un
salto cualitativo de la plástica nacional y una profesión de renovación
por parte de aquellos que la practicaron, muy acorde con las reformas que
introdujo la Constitución del 86. Nos explica esto que en su comentario
sobre Ricardo Acevedo Bernal, el entonces joven poeta Guillermo Valencia
escribiera que al taller del pintor concurrían “los que en una y otra
forma han experimentado la necesidad de cambiar de estética, de renovar
el vocabulario y escenario vulgares por cuanto resultan insuficientes para
las almas demasiado sensibles, como lo apuntó ya alguno; cuantos por
diversos estilos aspiran a colocar un color, a ordenar un acorde, a pulir
una estrofa, a desenlazar un cuento”
(11)
. Valencia, naturalmente, se
refería a las almas sensibilizadas situadas en lo alto de la jerarquía
social que impusiera la Regeneración al institucionalizar la división de
clases. Tenemos entonces que el dictamen de esas almas fue que la Academia
representaba la nueva estética para el ámbito nacional y el canon de la
renovación pictórica. Apenas asimilaba este cambio la capa culta de
Colombia, cuando apareció Santamaría con sus obras antiacadémicas sin
perturbar para nada esta convicción estética.
En
la Exposición Nacional dé Bellas Artes de 1899 los premios les fueron
otorgados, vencidos los problemas en la conformación del jurado, a
Acevedo Bernal en la sección de “composición” y a Garay en la de
“retratos”, como señores únicos en las especialidades respectivas; a
Ricardo Borrero Alvarez y Ricardo Moros Urbina en “paisaje”, con
menciones para Jesús Maria Zamora, Pablo Hecha y Eugenio Peña; a
Francisco Antonio Cano en la “pintura de flores”. En cuanto a la
escultura, el premio no fue para Dionisio Cortés por su “Pola”, sino
a Joaquín Maria Páez por un “Prometeo” y a Pedro L. Martín por un
busto de señorita, ambas unas obras abso
lutamente
academicistas
(12)
.
No es especulativo precisar por lo tocante al tallo de
escultura que la nueva clase dominante tenía que rechazar el tema patriótico
de Cortés, cuya período de mayor aceptación ya había periclitado, para
darle paso a una temática acorde con su espíritu y con la convicción de
que eran los salvadores de Colombia
(13)
. Temática que a sus ojos adquirió
visos heroicos en aquellas obras que conceptual y técnicamente se acogían
con mayor eficacia a una Academia que la burguesía triunfante
reivindicaba como propia. Por otra parte, hay que señalar que en la misma
medida en que la Regeneración y sus seguidores consiguieron prolongarse
en el poder por varias décadas, sus artistas predilectos también
atravesaron el cedazo de la historia para figurar en ella ocupando lugares
destacados. Excepto en escultura, cuyos problemas técnicos les impidieron
a sus cultores realizarse plenamente con materiales perdurables, ninguno
de los artistas premiados es hoy des conocido por nosotros.
Finalmente,
debe resaltarse que la pugna desatada por el salón del 99 no se dirigió
nunca, ni mucho menos, a destacar un nuevo planteamiento plástico como
alter nativa al gusto academicista de la Regeneración. Al respecto es muy
diciente un hecho: si bien Andrés Santamaría con su concepción antiacadémica
no mereció la atención de los críticos del fin del siglo, cuando
consiguió ser reconocido, en 1904, lo fue por otro gobierno conservador,
el de José Manuel Marroquín, contando con el respaldo intelectual del ya
influyente ensayista Baldomero Sanin Cano, de filiación liberal. Se puede
concluir que, una vez superada la guerra, que estalló el
de
octubre de 1899 para llevar a los campos de bata’la el pugilato político
que ya en la Exposición Nacional de Bellas Artes había tenido uno de sus
tantos preludios, la clase dirigente que entre sí firmara un tratado de
paz sin
vencedores ni vencidos, pudo darse la libertad de admitir unos
planteamientos estéticos más atrevidos en la medida en que su
fortalecimiento era total.
(14)
Y en esto, a pesar de la división
partidaria, la burguesía demostró una vez mas su capacidad de actuar
monolíticamente y en función de sus intereses de clase.
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AL INDICE
1
Véase Charles DE GOUFFRA, “El Impresionismo en pintura”, en Revista
Ilustrada, núms. 16/17, Bogotá, septiembre 30 de 1899. (regresar 1)
2
Luis EDUARDO Nieto ARTETA, Economía
y cultura en la historia de
Colombia, t. II, Medellín, Editorial La Oveja Negra, 1970, pág. 207.
(regresar 2)
3
Nieto Arteta, ob. cit., pág. 219. (regresar 3)
4
Nieto
ARTETA, ob. cit., pág. 220. El subrayado es mío (A. M.).
(regresar
4)
5
Luis OSPINA VÁSQUEZ, Industria y protección en.
Colombia 1810-193
0.
(regresar
5)
6
Un análisis de la actividad económica entre 1870 y 1880 demuestra cómo
el auge del periodo conduce a la fundación de bancos, compañías de
seguros, establecimientos de distribución de bienes de consumo Y algunas
industrias que todavía subsisten. Pero, señala NIETO ARTETA, el
“desequilibrio de 1875 se agudiza hacia 1880 y ocasiona el rompimiento
de la estabilidad política produciendo la Regeneración. Sin Crisis económica
no puede haber crisis política” (NIETO ARTETA, ob. cit., pág. 198).
Esta crisis política desembocó en el triunfo de los capitalistas al
Imponer la Constitución del 86. (regresar 6)
7
Nieto ARTETA, ob. cit., pág. 212. (regresar 7)
8
AL
B
A
R
, ob. cit., pág. 12. (regresar 8)
9
Max
Grillo, "A propósito de Acevedo Bernal”, en El
Autonomista, Bogota, octubre 15 de 1899.
(regresar
9)
10
“El Sr. Nuñez y la Regeneración”, en El
Semanario”, núm. 28, Bogotá, febrero 10 de 1887. El subrayado es mío:
A. M. (regresar 10)
11
GUILLERMO VALENCIA, “Ricardo Acevedo Bernal”, en Revista
Ilustrada, núm. 3, Bogotá, agosto 4 de 1898. El subrayado es mío:
A. M. El cambio estético que plantea VALENCIA es apenas la teorización
tarda del paso que ya habla ciado Colombia, en su desarrollo, de la época
aldeana con sus cuadros de costumbres narrados y pintados al nuevo país
de economía terrateniente-capitalista que exigía una diferente
caracterización de sus héroes y por lo mismo un lenguaje novedoso que
loe plasmara cabalmente. (regresar 11)
12
“Fallo”, en Revista Ilustrada, núms.
16/17, Bogotá, septiembre de
1899. El acta aparece firmada por Pedro O. Manrique, Otto Schroeder.
León
Vlllaveces Y Luis Ramelli.
(regresar
12)
13
La mejor prueba de esta arrogancia ante la historia la encontramos en
Carlos Holguín, un presidente que llegó a escribir: “el nombre del
doctor Nuñez brillará en nuestra historia al lado del de Bolívar,
traición del doctor Núnez”, en El
Correo Nacional,
núm. 783, mayo 26. como el de un segundo Libertador.
(Véase “Carta décimoquinta – mayo 26 de 1893). Significa esto que
quienes se sumaron a la Regeneración, como el propio Holguín, lo
hicieron con el mismo desinterés y espíritu patriótico de sacrificio de
los soldados del Ejército Libertador, una expresión de filisteísmo del
practicado de cuando en cuando entre nosotros. Así
vemos que 60 años mas tarde Rojas Pinilla desconoció el
planteamiento de Holguín y también se hizo llamar el “Segundo
Libertador”, no el “Tercer Libertador”. (regresar 13)
14
Al respecto escribe CARMENZA GALLO, refiriéndose a la Guerra de los Mil Días,
que “durante la mencionada guerra se solidifica el monopolio de los
renglones económicamente rentables por parte de loe comerciantes y
terratenientes, al establecer la vinculación de los primeros con el
cultivo del café y de los segundos a la actividad financiera de exportación”
CARMEZA GALLO, Hipótesis de la
acumulación originaria de capital en Colombia,
Medellín, Editorial La Pulga. 1974, pág. 34). (regresar 14)
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