|
MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
©
Derechos reservados de Autor
(continuar
capítulo de La pintura...)
De
Garay, además, se debió rumorar que enviaría sus obras a Europa “para
enmendarle la plana al Jurado”, seguí lo expreso en la carta contra
Grillo un jurado que por las renuncias sucesivas parecía escapársele de
las manos. Pero Garay rechazó ese rumor, aclaró que desde mucho antes
tenía en mente ese envió y agregó que “mal podía yo dudar de la
honorabilidad y competencia de un jurado, nombrado exclusivamente por mi,
aprobado por mis honorables compañeros de la Junta de la Exposición y
cuya decisión acataré y respetaré, cualquiera que ella sea”. En
cuanto a la crítica de Max Grillo, declaró: “A nadie se esconde que
con aquello de las decadencias con que me regala el impresionista de ayer
en el popular diario de usted, no se pretende otra cosa que
desconceptuarme ante mi numerosa. (21)
Max
Grillo le replicó repitiendo la acusación, ya plenamente aclarada en
favor de Garay, de que había copiado de una fotografía La mujer del
levita (22)
y a su vez Garay, hombre inquieto por defender su
reputación, volvió a escribir atacando a Grillo y recordando que en París
había logrado ser admitido en el Salón y “no como un expositor
cualquiera, sino alcanzando previamente premios en las Academias”
(23),
Acevedo
Bernal, planteado como la alternativa liberal a Garay, no presenta en
realidad grandes obras a la Exposición. Si juzgamos a tres cuartos de
siglo de distancia lo que entonces ocurrió, habría que concederle a
Garay las palmas del mayor mérito. Al fin y al cabo, era un artista bien
formado y con una vasta trayectoria que tuvo en la del 99, tanto por la
cantidad como por la calidad de su participación, su exposición cumbre.
Garay ya había pintado sus cuadros más significativos y casi todos ellos
estaban en la muestra a modo de resumen
de
su actividad cuando apenas le quedaban cuatro años de vida. Si pensamos
que Garay, por otra parte, fue el artista colombiano mas destacado de los
últimos 20 anos del siglo XIX y que estaba en la plenitud de sus
facultades cuando la muestra se produjo, se puede aseverar que la crítica
que recibió de los liberales fue tremendamente equivocada desde el punto
de vista estético y algo inconsecuente ideológicamente.
Al
plantear el asunto estoy considerando el envío de Acevedo Bernal del que
sus críticos destacaron tres de sus ocho cuadros: El bautizo de Jesús,
La Sagrada Familia, y Retrato de José Segundo Peña. El mayor éntasis de
todos ellos estuvo siempre en las obras de tema religioso. Así, por
ejemplo, Grillo aseguraba que El bautizo era “una de las mejores
pinturas que se han hecho en Colombia" (24) y Rubén J. Mosquera lo
definió como un “lienzo que reúne a la dulzura ingenua del pincel la
vaguedad de las cosas sugestivas”, agregando más adelante que “los
motivos de los cuadros de Acevedo tienen siempre mucho de lo supraterreno,
sin perder por esto el carácter de la naturalidad precisa"
(25).
De
La Sagrada Familia escribió Mosquera que en ella “se admira una idea
que sugestiona y vence, algo que se sale del carril trillado para revestir
de ropajes nuevos los temas consagrados por la rutina y de los cuales no
es dado separarse sino a los que llevan dentro de sí la audacia propia de
los creadores” (26), Grillo, en principio, no le hizo reparos a este
cuadro, pero ya en su segunda nota le señalaría algunos defectos, no sin
antes aclarar que era un cuadro todavía en proceso.
(27) Cito de su
primera nota, más diciente en cuanto resume su posición ante los dos
cuadros discutidos: “La Sagrada Familia, del mismo Acevedo, cuadro también
de grandes dimensiones, es igualmente artístico, sobrio y sencillo, de
corrección graciosa en dibujo y colorido, y de encanto seductor hasta en
los pequeños detalles, aunque cede, entre los cuadros, el primer puesto
al San Juan, quizás
porque
el asunto aprehendido en éste dejó más libre juego al alma del autor o
lo llamó con voces más intimas” (28).
El
único comentario que se salió de la línea que consideraba como superior
la temática religiosa de Acevedo Bernal, fue uno publicado en El Heraldo,
que indicaba el Retrato de José Segundo Peña como lo mejor, no sin
explicar lo siguiente: “Con esta obra, Acevedo Bernal ha logrado un
imposible, y es que ese retrato sea la obra maestra de una exposición en
que está su cuadro del Bautismo" (29). De manera que quedaba implícito
que El bautizo era una obra de una calidad fuera de lo común.
Las
cosas así planteadas no dejan de ser complejas. La Exposición del 99
presentaba una división en la que estaban, de un lado, los seguidores de
Garay, conservadores y partidarios de la Regeneración, entre ellos un
religioso, el hermano Luis Gonzaga, a pesar de no ser Garay un pintor de
temas religiosos. Por el otro, los partidarios de Acevedo Bernal,
liberales todos pero dispuestos a admitir la grandiosidad de sus
pinturas religiosas. Pero ya el liberalismo del fin del siglo no era el
mismo liberalismo de la época radical.
Gerardo Molina, un estudioso de las ideas liberales en Colombia,
caracteriza así la nueva actitud frente a la cuestión religiosa: “El vía
crucis de esos años había curado al liberalismo de sus fiebres
anteriores. Así era una convicción generalizada la de que al finalizar
el siglo no había en el país cuestión religiosa. Inclusive el
anticlericalismo apenas tenía manifestaciones esporádicas. Como la
consigna primordial era la conquista de las libertades, se evitaba
prudentemente cualquier pretexto de enfrentamiento con la iglesia”. (30), Esta conducta,
tan ambigua como real, era la estrategia de un
liberalismo en reflujo ante el empuje de los sectores conservadores
representados en la Regeneración de Núñez. El liberalismo, que nunca
había sido verdaderamente monolítico, admitía ahora las más diversas
posiciones. Nada lo expresa mejor que el comentario de un diario liberal
de
la época, que decía: “En el seno de nuestra colectividad caben con
igual holgura católicos sinceros, como el profundo economista Miguel
Samper, y librepensadores, no citaremos sino a muertos, como el doctor
Ezequiel Rojas. Nadie le ha negado sus títulos de liberal al doctor
Alvarez por ser de la escuela sensualista y partidaria de la pena de
muerte, ni nadie le canceló su diploma de liberal al doctor Ancízar, por
haber sido ecléctico”
(31). El
propio general Uribe Uribe, que al momento en que se abrió la Exposición
estaba detenido y a su cierre ya aceitaba las armas para lanzarse a la
guerra, no tenía en mente en caso de triunfar, la introducción de
reforma alguna en el reaccionario acuerdo concordatario suscrito por Núñez
con el Vaticano (32).
Este
eclecticismo del partido liberal nos explica perfectamente la acogida que
le diera a Acevedo Bernal La diferenciación que se puso en práctica, más
que ideológica, era de militancia política. Garay era conservador, y
como retratista de los expresidentes Núñez y Holguin, así como del
presidente Sanclemente, para los liberales resultaba el artista oficial de
la Regeneración, alineamiento que en verdad era correcto. Acevedo Bernal
en cambio, era liberal y eso era suficiente. Si Rafael Nuñez había
autorizado como presidente de la República la renovación a Garay de su
pensión en París, interrumpida por la revolución del 85 (33)
Acevedo
Bernal no llegó a gozar nunca del auxilio oficial. El favoritismo de Núñez
por Garay, reflejado además en el hecho de haberlo llamado a Cartagena
para que le hiciera su retrato, debió pesar tremendamente en el ambiente,
produciendo el desagrado de muchos. Prueba de ello la encontramos en el
hecho de que casi un cuarto de siglo después, apagado el calor de la
Exposición, pero presente lo que significaba el predominio ininterrumpido
de que gozaba el partido conservador en el poder, Acevedo Bernal
responderla ante la pregunta de “¿usted nunca ha estado pensionado,
entonces, por el gobierno de Colombia?”, de la siguiente manera:
“Nunca. En el exterior han hecho sus estudios, pensionados por nuestro
gobierno, muchos otros artistas como Pantaleón Mendoza Cano, los Garay,
Mo
ros.
Archila y Ramírez. Yo he hecho mis viajes a Europa y Estados Unidos por
mi propio esfuerzo y nunca he contado con el apoyo oficial” (34). A
pesar del temple de la respuesta se adivina en Acevedo Bernal cierto
resentimiento y, por lo tanto, no se puede descartar que el escamoteo de
que fuera víctima Epifanio Garay en el 99, con el propio Acevedo Bernal
de alternativa le tocaría a este último pagarlo por el resto de su vida.
La
composición social de los partidos políticos colombianos al cerrarse la
centuria, aunque no está estudiada y precisada, no presentaba diferencias
apreciables. Seria poco científico apelar a la consabida frase de que en
Colombia se ha pertenecido a uno u otro partido por herencia o por razones
sentimentales, más que por una definida posición de clase. Pero aun a
falta de un estudio al respecto tendremos que admitir, de todos modos, que
hay algo de cierto en esto. La ideología de los grupos, que también se
refleja, aunque de un modo más complejo, en sus posiciones ante el arte,
tampoco se distingue en sus enunciados en el caso de la Exposición del
99. Porque si Garay era un academicista, Acevedo Bernal no lo era menos.
Desde el punto de vista estético, no había alternativa en los dos
artistas escogidos como banderas de choque por las partes en conflicto. El
esplendor del academicismo, iniciado por Garay, se iba a cerrar con
Acevedo Bernal para prolongar sus influencias en este siglo. La
identificación de las clases dirigentes y de la élite culta de la
Colombia de entonces, era monolítica en su entusiasmo por la Academia
como concepción estética. Tanto el regenerador Rafael Núñez como los jóvenes
intelectuales Max Grillo y Rubén .J. Mosquera o el pintor y dirigente
liberal Pedro Carlos Manrique, coincidían todos en su culto a la
Academia.
Explica
esto que uno de los más importantes pintores colombianos, Andrés
Santamaría, hubiera pasado inadvertido en el salón a pesar de presentar,
él sí, la única alternativa posible de rebelión en el campo de la plástica.
En el largo debate que originó la exposición nacional, Santamaría sólo
aparece mencionado como jurado renunciante, y en una carta aclaratoria que
vale la pena transcribir en su integridad:
“Sres.
directores de La Crónica:
“Atentamente
suplico a ustedes tengan amabilidad de dar cabida en su interesante periódico
a la siguiente rectificación:
“Dice
el Sr. O. D. en el número 641 de La Crónica, de fecha 27 de agosto próximo
pasado, al hablar del señor Garay, que es )uno de los dos únicos
colombianos cuyos cuadros hayan sido admitidos en el Salón de París).
“En
Bogotá vive el Sr. Andrés Santamaría Hurtado, quien ha tenido el honor
de que sus cuadros hayan sido recibidos cuatro años seguidos en el Salón
de París.
“En
1887 se le admitió su cuadro (Un bateau lavoir sur la Seine). Véase
el catálogo del Salón de ese año y la reproducción de dicho cuadro en
la Ilustration (número del Salón) y en L’art Français, número del 17
de marzo de 1887, el cual está dedicado únicamente a este cuadro y al de
Arturo Michelena.
“En
el Salón de 1888 expuso <Un refuge>.
“En
el Salón de 1889 expuso <Soldats au tir>.
“En
el Salón de 1890 expuso <Portrait de femme>.
“Además
expuso, quizá único colombiano que ha tenido ese honor, en el Salón de
L’Umon artistique de 1891, su cuadro <Le The>.
“Sé
que hay otros dos colombianos, Wenceslao de la Guardia, de Panamá, y
Salvador Moreno, de Cúcuta, cuyos cuadros han tenido el mismo grande
honor de ser admitidos en el Salón de París” L. N.
(35).
Como
recomendación, la carta era sencillamente impresionante. Garay, tan
alabado por haber traspasado las puertas del salón francés, había sido
superado ampliamente por otro colombiano. En la carta llama la atención
el hecho de que como si se tratara de un artista desconocido o anónimo,
el corresponsal recuerde tan cándidamente “en Bogotá vive el señor
Andrés Santamaría Hurtado”, que después de todo llevaba 6 años re
sidiendo
en esta capital, pertenecía a una de las familias más encumbradas de
la burguesía y, además, poseía como pintor una formación académica
que muy pocos de sus contemporáneos colombianos podían exhibir. Que
Santamaría hubiera pasado inadvertido es aparentemente extraño. En un
medio embebido de cultura francesa y que miraba atentamente a París como
su centro cultural por excelencia, es casi inconcebible que el meritorio
currículum de Santamaría no significara nada. Los liberales, tal vez
menos susceptibles, miraron su obra y simplemente la ignoraron. Por su
parte los conservadores, algo más recelosos, la miraron y se refirieron a
ella muy tangencialmente, sin nombrar para nada al artista ni
particularizar sus pinturas en la exposición. Un anónimo comentarista de
esa corriente política, luego de hacer unas críticas generales, escribió:
“Otra
cosa tampoco nos gustó: la tentativa que notamos en algunos cuadros de
introducir la moda aquella decadente de pintar las cabras moradas, los árboles
azules, el cielo amarillo, etc., sistema de efectos peregrinos, que carece
de ciencia y sobre todo de perspectiva” (36) A 25 años
exactos de la
primera exposición de los impresionistas, cuando ya este movimiento había
sido rebasado por otros grupos de rebeldes, en Colombia resultaba insólita
una estética diferente de la academicista. A pesar de la gran influencia
de la cultura francesa, habrá que reconocer que el medio no se entregaba
fácilmente a las tendencias de moda y que era más bien reticente a
ellas, producto del conservadurismo y no de una actitud alerta contra toda
penetración, de la que íbamos a tener conciencia cuando el desarrollo de
las condiciones objetivas lo permitieran.
La
información que se tenía del impresionismo en Colombia podía ser escasa
hacia 1899, pero operaba de todos modos. Albarracín, crítico
conservador, al asumir la defensa total de Garay en su folleto y atacar en
cambio a Acevedo Bernal, devolviéndoles a los liberales piedra por piedra
sin cejar un milímetro, hace mención del impresionismo en dos ocasiones
de un modo contradictorio. En la primera referencia es despectivo al
hablar de un desnudo de Moreno en la Exposición, del que afirma
que
sólo puede ser “aplaudido por los que no estudian el impresionismo”.
(37)
Al
subrayar la palabra, Albarracín tal vez aludía a Max Grillo, quien le
puso el título de “Impresión” a una de sus notas pero sin dejar
traslucir en lo más mínimo sus simpatías por el movimiento de los
pintores franceses. En la segunda, en cambio, el autor del folleto parece
acogerlo en un gesto de amplitud al definir que un cuadro de Pedro A.
Quijano, Daphnis y Cloe, “ha
logrado el movimiento vibratorio del color asimilándose (al)
impresionismo” (38), Por Albarracín podemos saber hoy que las historias
del arte actualizadas fueron en el Continente una eficaz fuente de
información sobre las ya penúltimas tendencias europeas, entre ellas la
de Valladar, que menciona con cierto aire de erudición.(39) A esto se
debe agregar que, sin lugar a dudas, Santamaría debió explicar
extensamente, en las tertulias bogotanas, lo que era y planteaba el
impresionismo, discursos didácticos que nos pueden explicar que Pedro
Carlos Manrique, crítico y pintor, hubiera traducido y publicado en su
Revista Ilustrada un artículo técnico sobre el tema firmado por Charles
de Gouffra, aparecido en la misma entrega en que se publicó el acta del
jurado de calificación con el fallo de los premios.(40) A partir de
entonces y en su modalidad más simple, “impresionismo” es una palabra
que entra a formar parte del vocabulario de nuestros críticos.
SEGUIR
AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
21
Epifanio Garay, “Sobre pintura”, en El
Autonomista, ibid. (El subrayado es mío: A. M.). (regresar21)
22
Max Grillo “Por la crítica”,
en El Autonomista, núm. 298, Bogotá, Octubre 4 de 1899. (regresar22)
23
Epifanio Garay, “Contra-crítica”, en El
Autonomista, núm. 301, Bogotá, octubre 7 de 1899. (regresar23)
24
M., “Impresiones”, en El
Autonomista, ibid. (regresar24)
25
RUBÉN J. Mosqum, “Bellas Artes”, en El
Tío Juan, núm. 106, ibídem. (regresar25)
26
REBÉN J. MOSQUERA, “Bellas Artes”, en El
Tío Juan, ibid. (regresar26)
27
Según loa comentaristas de la época, tampoco La
mujer del levita, de Garay era un cuadro terminado, lo que es una señal
de la elasticidad de estos certámenes ante un arte colombiano todavía
incipiente. (regresar27)
28
Max, “En la exposición”, en El
Diario, ibid. Cuando menciona el “San Juan”, Grillo se refiere a
El
bautizo.
(regresar28)
29
R. D. H., “En el salón de pintura”, El
Heraldo, núm. 850, Bogotá, Septiembre 12 de 1899. (regresar29)
30
Véase J. V. (Hermano Luis GONZAGAI, “Crítica artística”, en EL
Correo Nacional, núm. 2560, Bogotá, septiembre 1 de 1899. (regresar30)
31
Gerardo MOLINA, Las ideas Uberales en
Colombia 1849-1914,
Bogotá,
Edic. Tercer Mundo, 1975,
pág.
198.
(regresar31)
32
El Repubicano, núm. 31, abril
18 de 1899. Cit. por Molina, ob.
cit., pág. 199. (regresar32)
33
MOLINA,
Ob. cit., pág. 201. (regresar33)
34
La decisión del Ejecutivo consta en el decreto numero 37 del 28 de enero
de 1888. Véanse “Actos Oficiales”, en La
Nación, núm. 40, Bogotá, febrero 5 de 1886. (regresar34)
35
G. PÉREZ Sarmiento, “Ricardo Acevedo Bernal”, en Cromos,
núm.
360, Bogotá, junio 30 de 1923. Los dos Garay son Epifanio y su hijo
Narciso; estudiante de música y luego diplomático, a raíz de la
separación Narciso adoptar la nacionalidad panameña. (regresar35)
36
“Salón de Paris”, en La Crónica,
núm. 850, Bogotá, septiembre 7 de 1899. (regresar36)
37
“Exposición de Bellas Artes”, en El
Conservador, núm. 18, Bogotá. agosto 23 de 1890. (regresar37)
38
ALBAR, [JACINTO ALBARRACÍN], Los artistas
y sus críticos, Bogotá. Imprenta
y Librería de Medardo Rivas, 1899, pág. 31.
(regresar38)
39
ALBAR, ob. cit., pág. 40. (regresar39)
40
ALBAR, ob. cit., pág. 41. (regresar40)
|