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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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GERMAN
ARCINIEGAS
1933
La
década del 30 vio el surgimiento de una escultura nacional hasta entonces
tan precaria, que llevó a expresar a Roberto Pizano, con motivo de la
erección en 1922 de la estatua de Rafael Núñez por Francisco Antonio
Cano, que era esta “la tercera o cuarta obra de un nacional” que el
Estado encargaba para ser levantada en sitio público (Véase la nota de
Pizano incluida en esta recopilación).
A
partir de Rómulo Rozo y de Luis Alberto Acuña, cuyas primeras esculturas
pertenecen a la década del 20, se produjo todo un movimiento de ascenso
cuantitativo y cualitativo que, ya por la época en que se publicó el
articulo aquí seleccionado, llegó a manifestarse con la presencia
vigorosa de los escultores Ramón Barba, Josefina Albarracín, Hena Rodríguez
y José Domingo Rodríguez, émulos por la temática de la generación de
los muralistas. Si bien la presente nota se refiere a uno solo de ellos,
se puede leer hoy como referida a todo el grupo por las afinidades
conceptuales de sus miembros en tal momento.
Germán
Arciniegas nació en 1900. Su ensayo critico apareció bajo el título de
“El sentido de la escultura nacional” y fue publicado por Lecturas
Dominicales, Suplemento de El Tiempo,
num. 496, Bogotá, agosto 20 de 1933.
Si
alguna persona tiene el deseo de averiguar las diferencias de criterio, o
de sensibilidad, si esta palabra se prefiere, que apartan a las nuevas
generaciones de las que ya pasaron, no tiene sino que hacerse un paseo a
través del minúsculo bosque de esculturas que forman las muy pocas
trabajadas por artistas colombianos. Es Un paseo de cinco minutos, la más
breve caminata que se le puede proponer a un turista, y que abre, sin
embargo, un compás suficiente para pensar en numerosas consideraciones.
La
suerte que corre el arte escultórico en un pueblo como el nuestro, es
bien particular. Cuando nosotros éramos indios, y eran un infierno verde
nuestras vírgenes montañas, tuvimos escultura monumental: ahí están
agarradas a la tierra por las raíces de los cauchos y de los mangos, cosa
de doscientas estatuas en San Agustín y en sus contornos. Vinieron los
españoles, y con ellos, que casi todos eran frailes, los imagineros
creadores de bellos retablos, de policromías que cuentan, entre tupido
follaje de oro, historias y leyendas cristianas, como pueden verse en el
altar mayor de la iglesia de San Francisco. Llegó luego la República y
nos quedamos perplejos. Como si no tuviésemos ideales que vaciar en el
arte corpóreo, renunciamos a él. Las inquietudes europeas nos sorbieron
el seso, abandonamos la piedra y la madera y llegamos al infeliz extremo
de tener que encargar a los mercenarios del arte ultramarino las imágenes
de nuestros héroes, destinadas a darle al pueblo el cuento de la patria.
¡Las que nos hemos llevado por haber acudido a estos mercenarios! Cosas
son para no escribirlas por no tener que cubrir vergüenza con risas y con
llantos.
Yo
digo que nuestro pasado lejano tiene su interés y su sabor. En San Agustín
alcanza más grandeza, si se quiere, el arte escultórico americano que en
las propias márgenes del Lago Titicaca, en donde las ruinas de Tiahuanaco
confundieron a los contemporáneos de Cieza de León y maravillan a los
viajeros de nuestro tiempo. Digo que hay más grandeza en San Agustín,
donde suelen repetirse los temas de Tiahuanaco, porque aqui no hay la
desolada y fragmentaria representación de las piedras del sur, sino que
los propios viajeros experimentados que hoy visitan el santuario de los
indios desaparecidos adquieren la sensación de que debajo de la selva hay
toda una montaña de piedras labradas, millares de estatuas escondidas
bajo el follaje inviolado, que pudieron en su día dejar le. impresión,
no de una coima decorada al modo de la Acrópolis, sino la de un vasto
escenario andino poblado por una muchedumbre de demonios de piedra que tenían
toda la fiereza de nuestros antepasados retratada en sus bocas de tigres.
No hemos sólido nosotros pasear la imaginación por lo que debió de ser
San Agustín, pero basta con mirar las cien o doscientas reproducciones
hechas por el profesor Preuss en su obra sobre la materia e intentar una
composición de lugar basada en las descripciones que hacen los viajeros,
para convencerse de que no es exagerada la suposición que viene a pintar
a San Agustín como uno de los más grandes rincones de piedra en donde
haya buscado asilo y expresión la humanidad.
Como
fue, pues, importante la era precolombina, no fue tampoco pobre la
colonial en la escultura. Los imagineros iban, cuando labraban la madera,
labrando la imagen de una alma mística, atormentada, resuelta y
definitiva en sus creencias, llena de sentido interior, afirmativa por
todos los cuatro costados. Esto es cuanto se puede desear de un pueblo:
que tenga conciencia de su destino, que sepa lo que hace, sin que importe
para este efecto que esté o no bien hecho. El escultor del martirio de
Santa Catalina o del bautizo de Jesús, que figuran en el retablo de San
Francisco, no sólo tuvo la técnica escultórica sino la seguridad de
estar interpretando un estado de ánimo y de ánima que no le ofrecía
dudas, ni vacilaciones. La verdad se destacaba ante los ojos del imaginero
con la misma nitidez que aquella otra verdad, la griega, cuando guiaba los
cinceles de Fidias.
Han
pasado, pues, los días en que se vio claro. La República imprimió en el
arte la misma vacilación que se llevó a todas las demás esferas del
pensamiento. Durante muchos años creímos que el todo era asimilar las
culturas europeas. En ello no iba nada de nuestra propia alma: el arte
declinó, dudó, y en esta declinación y en esta duda naufragaron muchas
cosas: entre ellas la escultura. Si antiguamente, o si durante los tres
siglos de la Colonia, la introducción fue poca, al llegar la República
se hizo nula. Se perdieron hasta los detalles más simples de la técnica.
Hoy, el escultor tiene que ser aquí inventor de cosas viejas. Nadie sabe
fundir, se han perdido las recetas de la policromía, se ignora la
aplicación del oro. Quienes quieren conocer de cerca ciertos detalles
elementales del oficio, han de cumplir con el riguroso viaje de estudio
por Europa. Pero esto no es lo más grave. Lo más grave ha sido, y aún
sigue siéndolo, la ignorancia de que existe un alma nacional. Nos
detenemos muy poco a pensar en nuestras cosas y creemos, —¡candor
absurdo!— en la capacidad de los extraños para penetrar en lo que
tenemos cerrado y sellado aun pera nosotros mismos. Así, la escultura, al
renacer en tanteos esporádicos, no ha tratado los temas nacionales, no ha
hecho otra cosa diferente de la de copiar las maneras europeas, las
interpretaciones europeas, las cosas europeas. Todo se ha vuelto académico,
porque la academia es lo que borra la arista personal y somete todas las cosas
a una medida idéntica. Los académicos han decretado un protocolo,
una manera de presentar las cosas, un sistema de reducir todo gesto al
gesto preestablecido, invariable, idéntico. El individuo que se salga del
protocolo es un grosero, un incivil, un salvaje. Y bajo la presión de
este criterio, se ha convenido en que el salvaje es abominable, digno de
extirparse, carne de execración.
En
realidad, declaro que el salvaje me seduce. Encuentro en la falta de
protocolo algo mágico que servirá para arrancarnos de la servidumbre
europea. La expresión de un nuevo espíritu, de un espíritu que empieza
a revelarse, tiene que producir sorpresas, desagrados, porque es cosa
desusada, moneda que no se ha puesto a circular, solicitud de una carta de
ciudadanía que no se ha soñado en conceder. No estoy defendiendo una
tesis de conveniencia personal, no trato de disculpar a ciertos
individuos, sino de abordar un tema nacional, el de la expresión de un
pueblo que ha permanecido mudo y hablando sólo en lenguas que no le son
propias.
Vuelvo
ahora a la. escultura, para guardar alguna disciplina en estas líneas. La
escultura tiene tanta fuerza de afirmación espiritual, que hablando de
ella puede soltarse la lengua para predicar de los temas más distantes.
No habiendo qué afirmar de una manera concreta, apenas si se entiende que
haya escultura. Afirmación patria no veo que hayamos tenido nosotros
ninguna de la guerra de Independencia para acá. Hemos mantenido o hemos
tratado de mantener el señorío sobre cierto territorio, como guardando
un continente que confía en tener su contenido. Hemos sido formales. El
concepto puede parecer excesivo, pero yo no puedo considerar cierto
equilibrio espiritual, cierta tendencia civil en la política, cierta
benevolencia internacional, como la viril afirmación de un pueblo que
aspira a destacar su personalidad con rasgos propios. La comprensión de
ciertos problemas universales, indica una loable disposición filosófica,
pero que debe henchirse de acentos propios aunque no sea sino para darles
el valor de cosa “consentida”.
Entre
los muchachos de ahora, entre los más recientes escultores, empieza a
dibujarse la preocupación por averiguar el espíritu propio de nuestro
pueblo. Yo pongo a José Domingo Rodríguez como una expresión feliz de
este intento. Y lo pongo y lo propongo para que se vea la diferencia
radical que existe entre su punto de vista y el punto de vista que ha
guiado a los escultores que lo precedieron. Suponed el más cercano de los
anteriores:
pensad
en Tobón Mejía, y veréis esto: que Tobón Mejía pulió sus mármoles
con un criterio francés; que por sus mujeres, de una perfección
maravillosa, se des’iza todo el frío de la academia. Son mujeres que
pueden ser llamadas Silencio, Soledad, Bondad, Reposo, sin que el cambio
de un nombre por otro sea de importancia, porque el concepto es vago en la
escultura. La aparición de José Domingo Rodríguez, cuyo talento, por
ejemplo, fue efusivamente alabado por Victorio Macho, implica el
surgimiento de un criterio diametralmente opuesto. ¿Se ha dado cuenta el
país de este fenómeno?
Hace
unos pocos días anduve por los patios de la Escuela de Bellas Artes y
vi metida en un rincón la Eva de José Domingo Rodríguez. Parece como si
se tuviera rubor de esta escultura, cuya franqueza irrumpe brutalmente
dentro del ambiente mesurado de la academia. Sacar a la luz esa mujer cálida,
que aprieta los senos y dobla la frente para mirar fascinada la serpiente
que ondula y sube por entre sus rodillas, por entre sus muslos, por sobre
su vientre, es como publicar a voces la novedad de un arte inédito,
vigoroso, lleno de personalidad. Yo comprendo que esto sería, cuando
menos, una inconveniencia.
¿De
dónde ha sacado ese vigor imaginativo José Domingo Rodríguez? Tal vez
de la conciencia de que este pueblo puede enfrentarse a la academia con
obras valiosas, de la seguridad que siente en la materia plástica de su
patria, en la certeza de que no tiene que plegarse al espíritu europeo
porque en el suyo propio hay sustancias suficientes. Lo digo porque le he
visto, como ninguno antes de él, acercarse a los humildes para oírles su
voz. Porque le he visto dignificar el árbol y la piedra de nuestras montañas,
haciendo que sus cinceles y buriles discurran sobre ellos. Ahí está su
monumento a Bolívar, que sólo encontró asilo en un puebluco del sur de
la Sabana, un bello monumento en donde dos cabezas de caballo le dan al
pedestal la fuerza de un carro de la victoria y en donde el busto del héroe
tallado en mármol negro se alza con una gracia severa que contrasta con
el Byron truhán fabricado por Benilliure para el edificio del Banco de la
República. Ahí están sus campesinas de Boyacá, serie bellísima
tallada en madera que podría decorar un museo ilustre. Ahí están sus
figuritas en piedra tallada, y sus alegorías autóctonas, en donde todo
está sublimado, desde el mito indígena hasta el guijarro del camino que
inopinadamente viniese a servir de vaso al talento de un artista
excelente.
Yo
señalo, pues, a José Domingo Rodríguez como a un precursor, a uno de
los precursores de la nueva generación de artistas con quienes se inicia
la escultura colombiana, esta escultura nueva que sólo puede darse la
mano con la colonial y con la indígena, para fijar con ellas los tres
eslabones únicos de un arte que durante cien años permaneció olvidado y
que hoy resurge para acentuar una tercera etapa del espíritu nacional.
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