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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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JORGE
ZALAMEA
1926
En
1922, cuando se develaron en México los murales de la Escuela Nacional
Preparatoria, se produjo un acontecimiento del arte americano de gran
repercusión en la mayoría de nuestros países. La Influencia de este
nuevo movimiento no se hizo presente en Colombia sino a mediados de la década
del 30, y fue su gestor el autor de la nota que se recoge aquí, cuando,
como ministro de Educación bajo el régimen de Alfonso López Pumarejo,
impulsé el estudio de la técnica del fresco y aseguró asimismo el
patronato oficial para su aplicación práctica en los edificios
estatales.
La
impresión que en 1926 le causaron a Jorge Zalamea las murales de Ciudad
de México, diez anos antes de Impulsar esa actividad entre nosotros,
conforma un documento de una. trascendencia que sobra enfatizar tanto
desde el punto de vista informativo para el mundo artístico nacional de
entonces, como desde el punto de vista del pensamiento de uno de nuestros
críticos de arte más influyentes de este siglo.
Jorge
Zalamea nació en 1905 y murió en 1969. Su nota, bajo el título de “El
prólogo de la pintura”, fue publicada por Lecturas Dominicales,
Suplemento de El Tiempo, núm. 171, Bogotá, octubre 17 de 1926.
Entre
los frutos que ofrece la fecundidad de México a la curiosidad del
viajero, ninguno de tan plena madurez, de tal jugosidad y de tan ricos
sabores como el de su pintura. Pueblo alguno de la América Latina no
puede mostrar hoy un grupo de pintores que igualen en valor a los
mexicanos, y no sería aventurado el afirmar que el mundo entero no tiene
media docena de pintores que aventajen a Diego Rivera, el coloso de los
frescos de la Secretaria de Educación Pública, el pintor comunista
como en pasada ocasión gustome llamarlo en recordación de sus frases
encendidas en el más exaltado amor por el pueblo, por el indio sufrido
que espera la redención por el espíritu.
Tras
de Diego Rivera sigue la falange: José Clemente Orozco, con
sus frescos de la Preparatoria, mutilados por la despreocupación imbécil
de unos estudiantes en huelga; Rodríguez Lozano y Rosario Cabrera,
actualmente triunfadores en los salones parisinos; Roberto Montenegro,
siempre renovado y siempre inquieto, sustrayéndose al fácil halago del
ilustrador para ir a la obra de permanencia en el tiempo; Best Maugard,
refugiado en Hollywood, retratando “vamps” y realizando en el arte
americano lo que logró Fujita en el Oriental; Atl, retirado de la labor
pero animado siempre y sin poder perder de vista a los colosos del
Renacimiento italiano; el “chamaco” Covarrubias, adueñándose de New
York y llevando la nerviosidad lineal del caricaturista a la decoración
teatral, y los demás que puede haber escondidos en la Academia de Pintura
al Aire Libre y sin olvidar a Carlos Mérida que, no obstante ser
guatemalteco de nacimiento, ha de verse siempre unido al grupo de los
pintores mexicanos.
Ante
la labor colectiva de estos hombres, ocúrrese pensar en quién sabe qué
condiciones especiales de la raza, en inclinaciones ancestrales, en una
sensibilidad óptica extraña, producto tal vez de condiciones atmosféricas
o de la presentación de los paisajes bajo la luz. Repasando ligeramente
los productos indígenas que salen al mercado actual mexicano,
encontramos: los sarapes de Saltillo, telas de colorido vibrante que hacen
pensar en influencias orientales y totalmente diferentes a las que se
encuentran en las naciones del Sur (recuérdase la “ruana” de la
Sabana de Bogotá); las bateas y vasijas laquedas de Michoacán que
recuerdan algunas industrias populares japonesas, pero más en bruto, más
espontáneas en su creación. Estas industrias, cuyos secretos guarda
celosamente el pueblo, roban al color sus mayores atractivos y bien puede
decirse que son algo así como el intento pictórico del indio.
La
creencia en una disposición especial de la raza auméntase al estudiar la
pintura mexicana en relación con las otras manifestaciones artísticas,
la literatura, por ejemplo. Al hacer el estudio paralelo de las dos artes,
observamos con extrañeza que la pintura ha alcanzado en México un
desarrollo que no tiene su literatura. En tanto que el grupo citado al
principiar estas notas ha hecho una obra de trascendencia que no puede ser
considerada por la crítica universal como el producto de una alta
civilización y cultura, los escritores de México sufren los mismos
tropiezos y cometen los mismos errores que están creando una atmósfera
de pánico en torno del espíritu de los pueblos latinoamericanos. Los
pintores han creado una obra profundamente original y autóctona; los
literatos se pierden en la repetición de los gestos europeos o se vuelven
de espaldas al presente para jugar a los fantasmas y recrearse resucitando
figurones de la Colonia que ya a nadie espantan ni interesan con sus
gestos donjuanescos o sus tenebrosas venganzas.
Este
fenómeno ha evitado a la pintura mexicana el peligro de literaturizarse.
Excepción hecha de Roberto Montenegro, ninguno de los pintores mexicanos
se ha dejado seducir por el demonio literario. (Bien es cierto que
Montenegro ha creado una pintura literaria especial, rica en comprensión
y en sugestiones, notable en su última época, como lo prueba ese pequeño
cuadro inspirado en Le Retour de l’enfant prodigue de André
Gide). Orgullosos de su nacionalidad, enamorados de la raza India, hallan
en ella motivos que no admiten competencia de los temas europeos;
refuerzan el sentido de sus obra8 por un humanísimo intento educacional,
y aun hay algunos que, empapados en la historia pre-cortesiana,llevan a
sus cuadros el saber litúrgico de las razas anteriores de la Conquista,
con todo su fastuoso simbolismo con toda su ingenua crueldad.
żEl
gobierno de México ha comprendido el valor de los pintores que forman el
núcleo artístico de esta nación? Tal parece, ya que, dejando a un lado
discursos, promesas y anémicas pensiones en Roma o Paris, ha dado a cada
uno de los artistas mexicanos un edificio público para su decoración y
ornamentación. Esos edificios: Secretaría de Educación Pública,
Escuela Nacional Preparatoria, Escuela de Agricultura de Chapingo, Salón
de Discusiones Libres, Primer Ciclo de la Preparatoria, Centro Escolar Juárez,
Biblioteca Hispano-Americana, Biblioteca Infantil, Escuela Belisario Domínguez,
constituirán mañana para México el más valioso de sus tesoros artísticos,
la demostración palpable de la cultura de su
raza
y de la originalidad de su espíritu. Además de esta ayuda efectiva que
ha permitido a los pintores la libre expresión de sus talentos, el
gobierno, por intermedio de la Secretaría de Educación Pública, empezará
en breve la edición de monografías que serán repartidas en toda América
para lograr el verdadero conocimiento espiritual de las naciones.
Estas
notas han de servirme como introducción a los artículos que he de
escribir en breve acerca de cado uno de los artistas citados al
principiar; no tienen otro objeto que el de dar una vaga idea de lo que es
la vida artística mexicana y del interés que ella guarda para el
extranjero que va recorriendo tierras sin más objeto que el conocimiento
de hombres y de obras, conocimiento que habrá de trasmitirse desmañamente
al grupo de intelectuales colombianos que esperan con vibrante curiosidad
todos aquellos datos que les permitan ampliar el campo de su apreciación
americana.
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