|
MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
©
Derechos reservados de Autor
GUSTAVO
SANTOS
1915
La
de 1915 es una exposición reveladora para los historiadores por la
aparición, en ella, de un lenguaje pictórico antiacadémico inserto
plenamente en el siglo XX, muy distinto del que divulgara Santamaría y
que no era sino una prolongación de los últimos movimientos del siglo
XIX europeo. La nota seleccionada da una luz al respecto cuando se refiere
a Bedoya, un pintor no mencionado por Gabriel Giraldo Jaramillo en La
pintura colombiana y cuya actividad, aunque desconocida, pudo jugar un
papel significativo al crearle clima a un cambio que de un modo coherente
lo encontramos primero en Alfonso González Camargo, definido rápidamente
en esta crítica como un académico más por esa época.
Con
el autor de esta reseña nos encontramos al primer crítico que opera en
Colombia y escribe, no ya circunstancialmente sino con constancia,
responsabilidad y conocimiento. En otras palabras, con un crítico en todo
su sentido que comenté la actividad artlstica nacional en numerosas
publicaciones y durante un lapso de varias décadas.
Gustavo
Santos, era pianista y escritor. Su nota, con el título de “En la
exposición de pintura”, apareció en Cultura, núm. 7, Bogotá,
septiembre de 1915.
El
pintor no sólo debe ver sino interpretar; la acción de ver es puramente
mecánica, y si a ella se limitara el pintor, la fotografía en colores
hubiera acabado con él La interpretación, imposible de producir por
medios mecánicos, es don que sólo el artista puede poseer. Sin embargo,
la visión exacta de lo que puede ser el objeto de un cuadro es ya un don
que pocos artistas poseen, como fácilmente puede observarse en la
exposición del Bosque. El valor de los cuadros expuestos allí no se nos
revela sino cuando, después de haberlos estudiado largo rato, salimos de
nuevo al aire libre, observamos los árboles impasibles y trágicos, los
cerros que dominan a Bogotá con no sé qué fuerza siniestra, la atmósfera
de angustiosa nitidez, la luz levemente dorada de la tarde que sobre la
tristeza monótona de nuestros coloridos se desliza con infinita melancolía.
Los cuadros que acabamos de ver en la exposición, nada de este medio que
al aire libre observamos nos revelan; y sin embargo, el arte, al menos en
sus manifestaciones más exteriores, no puede ser sino una imagen del
medio. La obra de arte para que pueda tener alcance universal debe
comenzar por ser profundamente regional. Rembrandt hizo toda su obra
portentosa con las penumbras de su estudio y las siluetas de los judíos
que pasaban cerca de sus ventanas; pero aquellas penumbras y aquellas
fisonomías las comprendió tanto, que su obra fue una segunda creación.
Los paisajes de Leonardo aún pueden verse en los alrededores de
Florencia, pero Leonardo los creó de nuevo, que no los copió, y no se
sabe en verdad cuál es más encantador si el original o la interpretación
de Leonardo.
La
visión artística es una comprensión, una interpretación, en tanto que
la visión vulgar es una vaga percepción. Nuestros pintores vagamente
caen en la cuenta de la existencia del mundo exterior, sólo en raros
momentos parecen percibir ese mundo con la visión exacta del artista.
Observad los paisajes de la exposición; la mayor parte de ellos son obras
bien pintadas, es decir, en las que no hay detalles que choquen, son obras
“formales”; ¿pero de cuál de ellos se desprende esa impresión de
belleza, de verdad inmediata que nos revele un aspecto de naturaleza,
nuevo para nuestros ojos y que sin embargo la obra no hizo más que
despertar de la inconsciencia en que en nosotros se encontraba tal
aspecto? La mayor parte de los paisajes expuestos son obras “bonitas”
que nos entretienen mientras las miramos, pero cuya impresión se nos
borra a medida que dejamos de mirarlos. Es peculiar a toda obra de algún
mérito el enriquecer nuestro caudal de impresiones, el dejarnos algo, por
pequeño que sea, que no poseíamos antes de conocer tal obra; la mayor
parte de las obras de la exposición nos dejan como si no la hubiéramos
visto.
Nuestros
pintores no ven aún de dentro para afuera, ven de fuera para adentro,
pero se detienen en la Imagen de sus visiones. Un árbol para ellos no es
sino una
masa
verde; tan sólo esa masa consideran sin llegar a desentrañar el valor
emotivo que pueda haber en ella. Fijaos cómo en un paisaje de los que me
ocupan, nuestra atención se pasea indiferentemente por cualquier punto,
no hay en ellos un punto especial que atraiga nuestra atención, nuestro
interés; ¿qué revela esto? Que el pintor no se propuso nada al pintar
su cuadro y que lo hizo casi por rutina. En una verdadera obra de arte
siempre hay un punto hacia el cual converge toda nuestra atención, todo
nuestro interés, un punto que nos atrae irresistiblemente y respecto del
cual el resto del cuadro no es sino un acompañamiento destinado a realzar
el punto dado. En La Gioconda de Leonardo, ¿todas nuestras miradas no
terminan siempre en la boca de Mona Lisa? En un cuadro de Watteau, ¿no
está hecho todo para hacer resaltar una silueta femenina? En un Daubigny,
¿un árbol no es el alma del cuadro? Cuando prácticamente no existe esta
concentración, existe idealmente como en Los ciegos de Brueghel en el
cual nuestra atención se concentra en la intención trágica del cuadro.
Y es indispensable esta condición porque es la que le da movimiento a la
obra, es la que hace del lienzo algo palpitante. Quitadle este verdadero crescendo
que va de los detalles al punto céntrico del cuadro, y éste se convertirá
en algo monótono y frío, en algo sin vida, sobre lo cual pasamos una
mirada indiferente, como escucharíamos indiferentes una sonata de
Beethoven a la cual le suprimiera el ejecutante toda acentuación. Y esto
sucede con la mayor parte de los cuadros de la exposición; son telas
desarrolladas como placas fotográficas, con un interés igual en todos
sus detalles, es decir, sin interés alguno en su totalidad. A nuestros
paisajistas, pues, les falta una visión propiamente artística, “una
visión razonada”, que afirma Leonardo, cuando, ‘hablando de los
pintores que pintan por la fuerza del hábito, y una cierta habilidad,
pero sin ningún raciocinio, dice que “son como los espejos que imitan
todo lo que se les pone delante, pero sin conciencia ninguna de lo que
hacen”.
Nuestros
paisajistas apenas comienzan a ver con ojos. aún débiles, superficiales,
con ojos que más imaginan que ven. De esta debilidad de visión se
desprende la debilidad de concepción y la monotonía de las obras. A
medida que la visión sea más exacta, la concepción se irá vigorizando
y la obra tomará interés.
Pocos
son los retratos en la exposición, y esto sólo acusa ya un punto débil
de nuestra pintura. El estudio de la figura humana es en efecto la base de
la ciencia de la pintura. La historia misma nos lo muestra: en el
Renacimiento la primera preocupación de los pintores fue el hombre.
Masaccio llegó a un profundo conocimiento del cuerpo humano y sus
diversas expresiones, y sin embargo el paisaje, en sus cuadros, apenas si
es una somera indicación de lugar. El paisaje no ocupó a los pintores
sino cuando el cuerpo humano y sus múltiples expresiones no tuvieron para
el artista ningún secreto. Y es que, como decían los antiguos, “el
cuerpo humano es un mundo pequeño” y la naturaleza sólo es posible
comprenderla al través del hombre, su más perfecta expresión, como los
pensamientos ajenos sólo es posible comprenderlos a través de la
palabra. Nosotros no somos sino como frases de la naturaleza, las más
expresivas, y si queremos comprender aquélla, necesario es que oigamos éstas,
y las comprendamos hasta en su significado más íntimo. Para mí tengo
que nuestros pintores no han comprendido nuestra naturaleza, no la han
sabido expresar, porque no han empezado por estudiar nuestros hombres.
Siluetas van por ahí que abren vastísimos horizontes sobre nuestro
medio, ojos he visto que explican tardes melancólicas, y cabezas y gestos
que aclaran la violencia de ciertos aspectos de nuestra naturaleza. Cuando
nuestros pintores hayan estudiado con la tenacidad de los flamencos o la
de Leonardo que pasaba horas y días enteros entre gente desarrapada,
asechando las actitudes y gestos de aquellas gentes de mal vivir, para
hacer su Judas en la Cena, cuando nuestros pintores, digo, con esta
tenacidad hayan estudiado nuestros hombres, hayan sabido ver al través
del cuerpo nuestra alma, la naturaleza no podrá resistirse a su pincel y
tendremos entonces paisajistas discípulos de Ruysdael y de Poussin, que
humanicen el paisaje, que le den vida propia, porque han llegado a
comprender su alma, y no simples vistas frías e impersonales.
Si
duda quedara sobre la excelencia del estudio del ser humano, bastaría
observar lo que en la exposición del Bosque se nota. En ella los pocos
retratos que hay forman lo mejor de la exposición.
El
retrato de señora, de Zerda, es quizá la obra más interesante; es ya la
obra de un gran pintor. Vagamente nos hace pensar en Zuloaga, de quien
tiene el dibujo vigoroso. La sobriedad, casi diría austeridad, del
colorido y del dibujo, la actitud natural, la ausencia de detalles, nos
hacen recordar la mejor escuela española; tiene de más, y esto un poco
nuestro, cierta gracia amable y un exquisito gusto; el detalle de la rosa
roja en las manos, manos bellísimas, revela un refinado y auténtico buen
gusto. Fijaos cómo canta esa nota al lado del vestido negro. Detalles
como este revelan todo un artista.
El
señor Acevedo tiene una cabecita de niña, adorable, aunque quizá poco
personal De él hay también una cabeza de mujer, bastante vigorosa, y un
cuadro de la Virgen al pie de la Cruz, de un gran efecto, pero que quizá
sólo fue hecha con ese fin; es una obra para oratorio muy bien dibujada y
nada más.
De
Cano, cuya probidad artística es digna del más caluroso elogio,
recordamos una cabeza de niño bastante buena, y un retrato de señora, en
el que hay mucho movimiento.
La
señora Margarita de Saravia tiene un retrato de señora, muy elegante; en
el que la distinguida artista se entretuvo con buen éxito en agradables
efectos de luz.
Entre
los paisajistas, Gómez Campuzano es el caso más interesante. Tiene
veinte cuadros, todos diferentes los unos de los otros. Gómez Campuzano
no tiene aún “su manera” y ojalá no la tenga nunca; aún se busca,
casi dañamos angustiosamente; pasa de los crepúsculos a los medios días
y a las mañanas, de las rocas a los prados, de las montañas a las
lagunas, de las tierras calientes a las frías, de los cementerios a. las
nubes y a los retratos; en ninguna parte se detiene más del tiempo
necesario para tomar una impresión rápida. La sangre de los veinte años
aún no le permite el trabajo paciente. Necesita moverse, necesita acabar
pronto pera Volver a principiar a cada instante. Esta vivacidad
extraordinaria, lejos de ser criticable, sería muy de aplaudirse si a
tiempo la metodiza y no la deja convertir en Una crónica anarquía en la
que perdiera sus admirables dotes de pintor y de artista. Que se agite el
señor Gómez Campuzano, pero que en medio de su agitación se proponga
algo determinado; que se estudie, se observe, y en fin, que filosofe su
agitación y no la deje convertir en una mera morbosidad, como la de
viajar sin fin alguno, de que son víctimas muchas gentes. ¿Por qué, por
ejemplo, no hace menos paisajes y más retratos? Tiene dos pequeños que
prometen mucho: son dos estudios hechos con rara fuerza; quizás el
retrato lo llevará más pronto a la tranquilidad y reposo que da la
conciencia de la propia fuerza y que son indispensables para hacer obras
de valor. Sus paisajes son en general obras bien hechas. pero interesantes
más por lo que prometen que por lo que son; hay en ellos un entusiasmo,
una fibra precursora de grandes obras; dos de entre ellos recuerdan a
Turner y revelan una audacia, una independencia de visión, más que
raras, extraordinarias, entre nuestros espíritus timoratos hasta la
rutina. En otros se adivina un bello lirismo que, sin embargo, si no se
refrena, podría degenerar en un tribial “efectismo”, como le sucede
en un paisaje de cementerio. Gómez Campuzano está en un momento decisivo
de su carrera artística. Hay afortunadamente mucho talento en aquel
cerebro joven para que podamos dudar del resultado final.
Carlos
Martínez y Martín Rozo son dos artistas de gran porvenir. Martínez
tiene dos paisajes, quizá lo mejor que en pasajes hay en la exposición.
Su visión es de un gran brío; sus ojos no imaginan sino que ven, y ven
con fuerza; su manera es amplia, firme y audaz; y al lado de los otros
cuadros lavados y monótonos, se diría que Martínez pinta más con buril
que con pincel. Es lástima que no haya presentado una obra más
importante que nos hubiera dado idea más perfecta de su claro talento.
Martín
Rozo tampoco presentó sino dos paisajes, o más bien estudios, y un
retrato. Los paisajes revelan un alma de artista amarga, atormentada, casi
trágica; uno que representa barrancos, es un pequeño poema inmensamente
triste, desgarrador, no es gran cosa, y sin embargo, deja una extraña
desolación en el alma. El retrato, una cabeza de hombre, acaba de
completar la impresión atormentada que nos produce Rozo, quien es algo así
como nuestro Goya.
Zamora
exhibe tres cuadros, de los cuales uno solo puede excusar el patriotismo
que lo inspira; los otros
dos,
que al fin y al cabo son uno solo, dejan una impresión de monotonía muy
poco agradable. El señor Zamora es de los pintores que imaginan demasiado
y ven poco.
Borrero
Alvarez expone varios cuadros muy simpáticos; en uno de ellos, un rancho
con gallinas, etc., se ve "¡hasta el humo!" según decía una
niña que lo contemplaba extasiada.
Páramo,
nuestro Meissonier del paisaje, expone una serie de cuadros en los que
hace gala de un gran tecnicismo.
El
caso de Bedoya es bastante curioso; indudablemente él no es un dibujante,
y a veces es algo extravagante, motivo por el cual hace sonreír a muchos.
Alguien me decía, haciéndome notar ciertos efectos que le gusta
producir, que era nuestro Puccini en pintura. Sus vacas rosadas y moradas
y las disciplina germana de sus ovejas se han prestado a comentarios
jocosos; todo será, pero para mi tengo que pocos o ninguno de los
paisajes allí expuestos da la impresión general de verdad que dan sus
paisajes. Tendrán. defectos, y muchos (se me dice que el señor Bedoya es
un abogado aficionado a la pintura), pero es evidente que allí hay una
visión muy penetrante, muy aguda, muy artística, en fin; si nos hemos
fijado detenidamente en nuestros paisajes, tenemos que convenir en esto.
Cano
tiene un muy buen estudio hecho en París y un interesante estudio de
nubes. Para terminar con lo que merece ser retenido, recordaremos algunos
estudios de García, interesantes; un estudio y un curiosísimo pollo, que
tiene no sé qué ironía goyesca, de Rodríguez; un cuadro de Peña, que
da frío; un Chantas de González Camargo, académico; algunos paisajes de
Núñez, muy buenos, y por último, un “cuadro de costumbres”, de Díaz,
el único representante de un género de pintura que es lástima no
cultivemos más.
No
terminaré sin recordar la escultura de un joven Caro, que representa una
cabecita de niña, encantadora y muy bien hecha, sobre todo si se sabe que
su autor no trabaja sino desde hace un año.
SEGUIR
AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
|