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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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MAX
GRILLO
1899
Abierta
bajo el clima de tensión que precedió a la Guerra de los Mil Días, el
13 de agosto de 1899, la última exposición del siglo produjo tal Impacto
en el medio, que todos los periódicos bogotanos, sin excepción, la reseñaron
con notas criticas y comentarlos editoriales. Hasta la fecha, sigue siendo
la exposición que ha producido la mayor cantidad de artículos y una de
las más polémicas de toda la. historia del arte colombiano.
La
exposición de 1899 registra la aparición de un conjunto notable de
paisajistas, un género que iba a dominar a la pintura colombiana en las
dos primeras décadas de este siglo como consecuencia de las enseñanzas
de los pintores españoles Luis de Llanos y Enrique Recio y Gil,
contratados a fines de la centuria como profesores para. la Academia
Nacional de Bellas Artes. Es este, asimismo, un salón que contó con una
importante participación de escultores nacionales, entre los que cabe
destacar a Dionisio Cortés con la estatua de La Pola, más tarde erigida
en monumento público, una presencia no mencionada en la reseña
.
Max
Grillo nació en 1868 y murió en 1949. Su nota, firmada con el seudónimo
Max, fue publicada con el título de “En la exposición” por El
Diario, núm. 5, Bogotá, agosto 24 de 1899.
La
exposición de pinturas de este año ha sido consoladora, tanto por la
manera corno se ha verificado, como por el éxito obtenido.
El
patio de la Escuela convertido en gran salón a plena luz y la disposición
y colocación de los cuadros, en lo general muy acertada, han corrido
parejas con el
progreso
que las obras actuales atestiguan, comparadas, verbigracia, con las
exhibidas hace dos años; comparación que claramente hace ver hasta dónde
ha subido y por qué óptimas vías se ha endilgado el gusto pictórico
entre nosotros.
Al
entrar, lo primero que atrae la mirada es el cuadro de Acevedo Bernal El
Bautismo de Jesús. Anhelábamos conocer esta obra de que habíamos leído
opiniones contradictorias en nuestros diarios, y nos cupo en suerte lograr
ese deseo en las mejores condiciones, dada la colocación del cuadro; y
pudimos admirar la corrección anatómica del dibujo; la sobriedad armónica
y elegante del colorido y, sobre todo, la profunda comprensión humana e
histórica, y, por tanto, decididamente estética, del hecho allí
condensado.
La
Sagrada Familia, del mismo Acevedo, cuadro también de grandes
dimensiones, es igualmente artístico, sobrio y sencillo, de corrección
graciosa en dibujo y colorido, y de encanto seductor hasta en los pequeños
detalles, aunque cede, entre los cuadros, el primer puesto al San Judas
quizá porque el asunto aprehendido en éste dejó más libre juego al
alma del autor o la llamó con voces más intimas.
Pero
en nuestro entender, la obra maestra de Acevedo es el retrato del doctor
Peña. Difícil era para los que apenas por grabados finos o impresiones
fotográficas han conocido los retratos clásicos, comprender cómo quepa
en un retrato una obra maestra de arte. y tal dificultad sus razones tenía
hasta hoy. Mas ya que Acevedo ha logrado trasfundir un alma en un retrato
y estampar en él toda una conciencia y toda una vida cuyos resortes se
escapan a los que no poseen la magia del arte, harto bien se alcanza cómo
un retrato puede, no sólo ser obra de arte, sino la obra maestra, el número
primero de toda una exposición.
El
costado oriental del patio-salón está casi íntegramente ocupado por las
obras del señor Epifanio Garay, que demuestran palmariamente cómo este
artista lora vencer todas las dificultades del oficio. Allí culminan las
manos de Núñez y de Holguín, el retrato del mismo Garay, tratado con
amore: dos hermosas cabezas hechas en París, dos retratos de niños
de gorros rojos y, por sobre todo, el cuadro en que una madre joven
juguetea con su chicuelo. El primor y la belleza de este cuadro corren
parejos con la corrección académica del desnudo del que representa la
muerte de la mujer del levita.
Séanos
lícito guardar silencio, ante una técnica tan admirablemente manejada,
acerca de ciertos lunares que afean la obra exhibida del Maestro:
ampliamente compensan la corrección de lo someramente enumerado el mal
efecto de la figura del hombre ante aquel desnudo, o la. expresión falsa
o nula del retrato del señor Sanclemente, o el colorido imaginario del
retrato de un señor Pardo, o el que se alcance a adivinar la falta del
modelo y la sobra de fotografía en otros: quien ha dibujado tan
maravillosamente esa muerta y ha hecho retratos como el de Núñez, y ha
pintado cabezas como la hermosísima de la señorita Nicolle, que echamos
menos ahora, bien merece para aquello un silencio que con esto tiene
sobradamente pagado, ya que el artista nace, pero el pintor sí se hace.
Entre
lo exhibido por el señor Moros descuella la copia de Velázquez, de ese
cuadro de tristeza e impotencia infinita personificadas en un escribano
raquítico. Este cuadro, que embellece el Museo del Prado, está copiado
con pasmosa exactitud. De admirar son también las otras copias de Velázquez
y la de Murillo, el retrato de la señora Cortés y los paisajes, entre
los cuales sobresalen el de las Cabras que meses ha nos hizo conocer la
Revista ilustrada.
Nota
dominante, por cierto de grande alcance, es la originalidad en la obra del
joven Zamora. Quizá peque por un excesivo apego al detalle nimio, pero
aquello lo salva y se impone: de ahí, en nuestro entender, el éxito de
sus paisajes.
El
cuadro del joven Quijano, que representa el pasaje de la inmortal obra de
Longus en que Dafnis alcanza la manzana más fascinadora para Cloe,
presenta bello dibujo en la figura de ésta, sobre un colorido
decididamente inverosímil.
El
Torero y la Manola de Zerda representa igualmente un esfuerzo digno de
todo aplauso y éxito.
De
un joven Cuéllar es un Cristo que ora en el Huerto. Bien que nos impuso
esta obra una remembranza de Hoffmann, es lo cierto que tiene mucha
expresión, que dice y sugiere algo, y que salva al autor de un como
retrato en que algunos pretenden ver al señor Marroquín, aunque no hay
alma ni cuerpo que viva allí debajo de unos mal arrugados vestidos.
La
copia de Jordaens, hecha por un señor Gaviria que estudia actualmente en
Europa, tiene el mérito de sugerir esa Escuela y de indicar honda
comprensión de esa época.
De
Cano, el talentoso pintor antioqueño que ahora está completando su
ingenio cultivándolo en París, hay unas primorosas rosas que fingen con
intensa verdad el terciopelo tenue de los pétalos y la desenvoltura
inocente de la flor. Lástima grande no tener sobre él más datos que
esas rosas y un apunte en que, a la ligera, trazó sobre una tablita la
cabeza de Recio, con un parecido y una expresión adorables.
Después
de lo dicho, hay una multitud de cuadros que es imposible mirar con
espacio entre el montón de gente que acude allí a informarse de nuestro
incipiente movimiento artístico.
Cansado
sería, además, enumerar cuadro por cuadro, y apenas, por tal razón,
hemos hablado de los mas salientes. Por eso hemos callado lo que nos
hablan los paisajes de Rocha, uno de Peña que aprisionó un pedazo de
nuestros arrabales gredosos, con lujo de arte; y la cabeza de Guillermo
Calderón, hecha con pasmosa audacia de colorido por Acevedo, que logra
efecto incalculable; y una cabeza de un señor Ramírez, de Manizales, que
impresiona con su belleza; y los trabajos de ornamentación de Ramelli,
etc., etc. Sería obra inacabable.
En
resumen, y a juzgar por la observación atenta de lo enumerado, por sobre
todo lo exhibido descuella el retrato del señor Peña, en que Acevedo
Bernal ha puesto una vida que circula omnipresente en todo el cuadro y que
más que retrato, parece una evocación.
En
la obra de Garay se admira por sobre todo el completo dominio del pincel y
de todos los recursos de la técnica. Moros se distingue por sus copias
castellanas, y Gaviria por la flamenca; Zamora por la originalidad con que
trata los asuntos que escoge e impone al espectador el sentimiento con que
él ha sorprendido la naturaleza, y los jóvenes Cuéllar, Quijano y
Zerda, por las disposiciones y voluntad que sus cuadros revelan.
Tal
es la impresión que nos impuso nuestra primera visita a la Exposición
actual, y que aquí relatamos de la manera más extensa que toleran las
columnas de un diario.
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