MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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ANGEL CUERVO 1886

Fue publicada en diciembre de 1886, unos días antes de la apertura de la Exposición Nacional que organizó Alberto Urdaneta, con la cual el academicismo obtuvo el reconocimiento oficial. La nota de Cuervo, referida a los academicistas franceses, marca todo un ambiente y toda una etapa de la influencia francesa en nuestra plástica.

No tanto por los derechos que da el ser mujer, como por el elevado puesto que ocupa en el mundo artístico, es deber que al entrar a los salones de la pintura, nos dirijamos antes que a nadie, a Rosalía Bonheur, cuya Labranza nivernesa o sea la Siembra, es gala del museo. Acostumbrados a ver con frecuencia que las obras femeninas no pasan en general de curiosas bagatelas, encumbradas a los cielos por la adulación, sorprende que salga del pincel de una mujer un cuadro como éste, en que a más de los conocimientos anatómicos del animal, se revela una observación sagaz de las labores campesinas: dos arados, cada uno arrastrado por tres yuntas de bueyes, rasgan la tierra, abriendo hondo surco; en los bueyes se ve la fortaleza y brío que los anima: el amarillo de adelante, ya maduro, va rumiando y de la boca se desprende blanquísima espuma, mostrando en el paso firme lo acostumbrado que está a la tarea, mientras que el bayo claro que lo sigue, es un novillo, que al sentir el puyazo del gañán, hace tal esfuerzo que parece que se le brotan los ojos. Quien ha visto labrar la tierra, estima el valor de la Labranza, y goza en descubrir hasta en los pormenores, no sólo una exactitud minuciosa, sino la diafanidad y la vida que hay en toda ella. Pocos pintores le ganan en la firmeza del dibujo y en representar los animales vigorosos, así como en el empaste y brillo de los colores con que los engalana. En el Louvre están dos grandes cuadros de Troyon, de escenas campesinas, donde hay, sobre todo en la Vuelta a la alquería, animales de una ejecución admirable, pero los ganados de Rosa Bonheur tienen el perfume del establo Y lucen el cuido esmerado de que disfrutan, así como en los caballos y los perros se halla el rastro de la mano que los acaricia: son simpáticos y afectuosos. La especie animal está sometida, como la humana, a los altos y bajos de la fortuna, y Rosa Bonheur ha sido la retratista de los venturosos, de los que no conocen de la existencia sino la parte jugosa. Yo creo que a Rosa Bonheur no le ha pasado por la imaginación la figura cuidada de Rocinante, ni la esqueletada vaca del hambriento irlandés, ni el perro vagabundo de Constantinopla.

Bouguereau, miembro del Instituto, Comendador de la Legión de honor y premiado en varias exposiciones, entre ellas, la universal de 1878, es un dibujante correcto como pocos, y clásico por carácter y por estudio; es uno de los profesores que han sacado mejores discípulos. El Nacimiento de Venus, asunto tratado según los bajos relieves antiguos, es un modelo perfecto de dibujo y de gracia en las formas, aun que hecho con mano afeminada, tanto que las figuras son más bien tomadas de alguna porcelana de Sajonia, que de cuerpos donde circule la sangre; cree uno que así debía pintar madame de Sevigné cuando estaba en sus quince. Colorado por un pincel veneciano, arrobaría; por lo menos, para vigorizarlo, debió Bouguereau poner los ojos en el Psique recibiendo el primer beso del Amor del delicado Gerard, que es la más dulce y la más casta de las pinturas mitológicas. El Triunfo de Venus es hoy popular en las fotografías y grabados, donde aparece realmente bello, porque el color no lo debilita.

Del mismo hay otros dos cuadros, que es lo más que se puede recibir a un pintor en este museo. El Triunfo del Mártir es un lienzo que representa el momento en que los cristianos entran a las catacumbas con el cuerpo de Santa Cecilia: tan grande es el recogimiento y la Veneración de que están poseídos los diversos tipos con que el pintor quiso simbolizar los habitantes de las catacumbas, que aunque el cuadro no tuviera tanto mérito, nadie vería en él sino la idea que domina. No así la Virgen consoladora, en cuya regazo se arroja una mujer atribulada, después de haber echado a sus plantas a el cadáver de sus hijo; la Virgen levanta las manos como pidiendo al cielo un alivio para quien se acoge a ella, pero la fisonomía, y en especial la mirada, está tan lejos de lo que el artista quiso decir, que no solamente no la oirá el cielo, sino que rechazará su ruego, como que sale de unos labios que nada tienen de celestiales. ¡Cuán engañados están los artistas que, sin fe en el corazón, pretenden representar las facciones de los seres divinos con la cara de la primer pecadora que encuentran en la calle! Debían recordar que Fra Angélico cuando trabajaba en algún cuadro donde figuraba la Virgen María o Jesús, ayunaba y se disciplinaba para penetrar con inspiración mística en las grandezas celestiales. Las Vírgenes de Murillo son sobrehumanas, porque en ellas se refleja el espíritu católico y ardoroso del pueblo es­pañol; ¡qué diferencia con un Crucifijo que ahora dos o tres años exhibió Morot, de tamaño mayor que el natural, y en donde con un realismo tabernario convirtió en renegado criminal a la más santa y resignada de las víctimas! Felizmente una desaprobación general le mostró lo insensato del intento.

En el Luxemburgo hay también un encantador San Juan Bautista de Baudry (1) , en que con un soplo de unción se habría hecho de esa fisonomía distraída una figura que no desmerecería al lado de las obras maestras. La Verdad de Lefebvre es un estudio interesante del natural, pero inferior a La Fuente de Ingres, que está en el Louvre, y que parece le hubiera servido de modelo al trazar su cuadro. La Fuente está representada por una joven desnuda, en pie delante de una roca con un cántaro en el hombro, del cual se vierte el agua; y La Verdad está en la misma posición, levantando en una mano un gran foco de luz, que se supone ilumina al mundo. Ambas son bellas, pero en la de Ingres hay vigor en la gradación de las tintas y chispea la juventud en las líneas de cuerpo.

A Lefebvre se le dio en el Salón del año pasado la medalla de honor, que es la más alta recompensa que allí se concede, por el retrato de una dama, que al decir de los críticos, nada dejaba que desear en cuanto a ejecución. Un escollo donde los pintores encallan con frecuencia, es en vestir los retratos de las damas con las extravagancias que la moda inventa diariamente, pues no son muchos los que alcanzan a triunfar de esta veleidosa como lo logró Velásquez, haciendo perdonar los peinados y los guardainfantes estrafalarios con que se adornaban sus contemporáneas. Al principio de este siglo la Vigée Lebrun pudo también dar gracia al vestido seco y desproporcionado de las damas; pero en compensación ¡cuantos pintores han hecho que los retratos de insignes beldades, modelos de donosura y elegancia, y orgullo de los salones, sean hoy ridículos disfraces, víctimas de la volubilidad de las modas!

Cuando le presentaron a Luis XIV las pinturas de costumbres holandesas, dijo con disgusto: ¡Éloignez de moi ces magots! Así se podría decir en el día a los que en cada esquina, en cada ventana nos exhiben las pinturas de costumbres, no sólo en París, sino en Londres, Viena y Roma: ¡Quitad esos muñecos!

Desacreditado estaría este ramo de la pintura, si ahora, como en tiempo del gran rey, no hubiera artistas inspirados que saben tomar la parte hermosa de las costumbres populares y colocarla en un escenario que las poetiza. y engrandece. La Bendición de los trigos de Julio Breton, es un cuadro donde aparece viviente el sentimiento religioso de los agricultores, que depositando las semillas en el seno de la tierra humedecida con el sudor del trabajo, aguardan, puestos los ojos en el cielo, que llegue la hora de la cosecha. Los campos de Artois son un inmenso trigal ya dorado por los rayos del verano; la procesión que ha salido de una aldea, cuyo campanario se alcanza a divisar entre los árboles, recorre por una vereda angosta las ondeantes mieses; debajo del palio va el cura, un anciano de semblante severo, llevando el Santísimo, y adelante los diáconos, como él vestidos con los mejores ornamentos de la parroquia, tal que compite el brillo de los bordados con las maduras espigas; en el trayecto de la procesión los campesinos ,se prosternan devotamente, y hay un grupo en cuyos trajes reverbera la luz ardiente de la tarde. La cabeza de la procesión con sus estandartes y banderas apenas se ve por entre el trigo, pero no así la estatua de la Virgen llevada en hombros de las niñas más bellas del lugar vestidas de blanco, como si acabaran de desposarse, y seguidas de niños que con vestiduras no menos blanca van regando flores. El alcalde y los concejales con luces rematan la procesión; y es de ver la gravedad con que desempeñan el cargo, y las levitas y casacones engalanados con la faja tricolor, que es de ordenanza en las grandes festividades; y para hacer más pintoresca la escena, el guardia civil, con sombrero de tres picos y sable en mano, detiene al pueblo que sigue la procesión. La luz penetra hasta los últimos detalles y vigoriza la variedad infinita de fisonomías y de trajes, que están representados con una fidelidad asombrosa; y no menos hace simpático el cuadro la candorosa sinceridad con que el pintor ha vaciado allí los dulces recuerdos de su infancia.  

Viendo esta obra se comprende por qué se venden loe cuadros de Breton a precios tan subidos. La Bendición de los trigos es como la continuación de la Siembra de Rosa Bonheur, y en ambos los artistas, poseídos de una misma idea y sin otra preocupación que la verdad, han trazado al estilo de Virgilio unas Geórgicas soberbias, sin tener en cuenta las varias escuelas o procedimientos con que hoy se intenta sorprender la belleza.

¿Quién al ver el cuadro de la Llamada de las espigar doras, también de Breton, no recuerda aquellas pobres mujeres a quienes se permite recoger las espigas que han quedado después de la siega? Son las últimas horas de la tarde, y las espigadoras, llamadas para que salgan del sembrado, vuelven con lo poco que han recogido, y el observador las puede ver una a una, y reconocer los verdaderos tipos campesinos, pero trazados por quien contempla la naturaleza al través del ideal. Otro argumento de la vida religiosa de los campos es el Santo Viático de Perret: aquí la escena es en invierno: no hay sino nieve y el huracán recorre la soledad. El cura vestido de sobrepelliz y bonete lleva el Santo Viático debajo del palio, que conducen dos campesinos; dos monaguillos vestidos de rojo van delante con faroles y atrás unas mujeres envueltas en sus capotes; pero el frío y el viento son tales, que todos encogidos y andando aprisa causan compasión, y hacen que uno se pregunte si aún estará lejos la casa del moribundo.

Por estos ejemplos comprenderán los que se dedican a la pintura de escenas campesinas, que no se necesita para producir un cuadro hermoso apelar a complicados argumentos, ni a colocar la escena en decoraciones gigantescas. En los cuadros del campo, como en todo lo que se relaciona con las artes, la sencillez es el mejor ornamento de la verdad. Es común creer que el paisaje no debe tomarse sino de los fenómenos extraordinarios de la naturaleza, de una catarata, de un volcán, de una roca que se desprende en el abismo, cuando es todo lo contrario: los grandes paisajistas han tomado lo que cualquier profano mira como vulgar, y han hecho de ello una maravilla. El talento del artista está. en descubrir la belleza en un simple grupo de árboles, en un arroyo que se desliza por entre la maleza o en el molino por donde pasamos todos los días. Querer buscar por modelo lo sorprendente, lo que es más bien un capricho de la naturaleza, es como estudiar el cuerpo humano en los gigantes o buscar una melodía en los bramidos de un volcán.

En los seis años que estuve sumergido en la soledad de Sesquilé, cooperando, como nadie, a la explotación de las minas de sal y de carbón y a la prosperidad de la empresa, muchas veces por la tarde cuando mi presencia no era necesaria en la fábrica, me dirigía, por vía de paseo, a las estancias vecinas, y allí, sin que nadie me viera, me sentaba bajo la enramada a contemplar los labradores tan fatigados ya como lOs mismos bueyes Con que araban desde las primeras horas de la mañana; la mujer sentada en la puerta de la ahumada cabaña, remendaba la ropa del marido o de los pequeñuelos, que jugueteaban a su lado; y luego la veía levantarse e ir Con su prole a amarrar el ternero al tronco del arrayán del patio, o a recoger las ovejas, que, a más de abonar el terreno, les suministraban la lana para los vestidos, que se tejían en la, casa. En vista de estos cuadros, una tristeza vaga y enervante, como la que inspira la tarde en la soledad, llenaba mi corazón, y sin saber por qué se me humedecían los ojos de lágrimas. Entonces me solía decir: ¡Oh si yo fuera pintor, cómo me deleitaría copiando estas escenas tan tranquilas como severas! Y he aquí que, corriendo los años, he encontrado en Paría unos cuadros tales como yo los había visto: rústicos, pero melancólicos y bañados de sentimiento.

A Millet, muerto en 1875, se le ha llamado el pintor de la Tierra, y su colección de cuadros forma un poema, donde se desarrolla la vida del trabajador de los campo. Para dar a mis amigos de Bogotá una idea de este pintor original, me trasladaré a la Sabana, e imaginaré un propietario que vive en el terruño heredado de sus mayores, que ha hecho estudios literarios, y que, Con vocación de artista, ha ejercitado su pincel por cuatro o cinco años en el obrador de un maestro de nombradla. Al vivir en su campo en el seno de su familia, este artista tiene que ser un fiel intérprete de la naturaleza que le rodea, y ser, como nuestro narrador Eugenio Días, de una delicadeza de sentimiento que deleita hasta a los que nada saben de la vida íntima de la labranza (2) .

Los cuadros de Millet son hijos de la observación constante de la vida campesina, pero no la poética y risueña del que vive con holgura, sino la del labriego que lucha incesantemente por sacarle a la tierra el sustento diario. Cada figura representa un episodio de la vida áspera y pesada del agricultor, y por esto no hay en sus lienzos una sonrisa, ni un movimiento que indique alegría: los semblantes retostados por el sol tienen la severidad que engendra el trabajo rudo, y los movimientos son pesados y monótonos, como de quien se ha robustecido con la fatiga. El ambiente de los paisajes y aun los mismos árboles se resienten de la sequedad de los trabajadores, y son tristes. ¿Quién ante el cuadro del Angelus no se llena de un melancólico recogimiento al ver dos agricultores descubiertos y suspendiendo el trabajo, cuando el campanario de la aldea toca las oraciones, para repetir la que sus padres allí mismo y a esa hora rezaban? La Pastora y su rebaño en medio de una llanura inmensa tiene más poesía que si estuviera rodeada de alados y graciosos amorcillos: la pobre, fatigada ya al acabarse el día, está apoyada en su cayado, teniendo a la espalda el rebaño y al lado el perro que con ojo alerta cuida que no se separen las ovejas, todo alumbrado por los rayos crepusculares de la tarde.

Zolá cubriendo sus intenciones dañinas con el velo de amor a los trabajadores, ha idó a dondequiera que el hombre está oprimido por el trabajo, y ha producido libros cuya lectura aviva, en los que se creen víctimas, el odio y el despecho, y todo realzado con el repugnante realismo con que sabe descubrir en sus escritos la parte envilecida de la sociedad. La escuela de Zolá cree que el realismo no consiste sino en copiar la podredumbre; la virtud y las conveniencias sociales no son realismo para ella. Entre Zolá y Millet hay un abismo: el uno es engendrador de odio y está en una atmósfera deletérea, y el otro presenta sus cuadros perfumados con la castidad del hogar, y sus héroes en vez de causarnos espanto como enemigos natos e irreconciliables, nos enternecen y hacen que los miremos con gratitud, pues por medio de ellos la tierra nos regala sus dones. En presencia del ligero estudio que he hecho de Millet, alguien me preguntará si creo que este artista puede servir de modelo para las escenas del campo; sin vacilar contestaré que de él se tome el espíritu, la inspiración, pero nunca el desempeño, que suele ser defectuoso y adolece de los inconvenientes de quien pone toda la atención en la idea y no siempre cuida de que la forma esté bien definida.

En esta época en que la seducción de los placeres de las ciudades ha llegado al refinamiento, y en que el materialismo parece ahogar toda aspiración a la idealidad, sorprende que la pintura abandone las ciudades y corra a buscar en los campos aire puro y objetos inmaculados para inspirarse en ellos. Mientras tanto la literatura, en especial la popular, esencialmente ciudadana, no deja rincón inmundo que no escudriñe, ni vicio que no deifique; el teatro, hecho si no para enseñar, a lo menos para solazar el alma es con frecuencia escuela de pasiones pervertidas donde sirven de mofa las virtudes domésticas (3) ; la poesía, muertos Lamartine y Víctor Hugo, que en verdad no aparecen todos los días ni en todos los países, es afeminada en la forma, y en el pensamiento fría y de escaso vuelo, cuando no toma el aspecto salvaje de las Blasfemias. Por fortuna para las letras francesas, la prosa, a más de la claridad propia de los escritores de este país, hoy ha alcanzado una sencillez clásica arrobadora, que no tiene en ninguna otra nación; cualquiera de los Cuarenta inmortales del palacio Mazarino es un modelo que debe tener a la vista el que quiera escribir debidamente, Y ¡qué diferencia con los que concurren al cuerpo legislativo! Aquí, como no hay entusiasmo por ninguna causa, ya no se oye la voz de un Berryer, de un Guizot o de un Périer, sino de medianías que disputan con más tesón sus intereses personales que los de su patria. En arquitectura, se construye la Casa de Correos, inmenso edificio que cuesta casi veinte millones de francos, pesado, prosaico y sin ninguno de los adornos que dan gracia y ligereza a la arquitectura francesa; parece edificado más bien para una fábrica de tejidos al estilo de las de Mánchester; y como se ha visto también que no satisface las exigencias de su destino, ya ha habido quien lo quiera comprar para un almacén como el Bon Marché. ¿Y qué decir de la torre de Eiffel con que se quiere sorprender al mundo en la exposición universal de 1889? El alcalde de una humilde parroquia no ideara obra más inútil ni más costosa para inmortalizar su nombre. Tan mal gusto, tal insensatez revela esa armazón de hierro que han dado en llamar torre, que con razón los literatos y artistas de Paris encabezados por Gounod, Meissonier y Dumas, piden a última hora que no se construya o al menos que se desarme al acabarse la exposición, mirándola como inri de la cultura francesa. Pero en cambio de tanta pequeñez, la música personificada en Gounod, es grande y esencialmente espiritual, tanto que el maestro llega hasta arrobarse en el misticismo. La música y la pintura, estas dos grandes manifestaciones del alma, son, pues, una protesta constante contra los adoradores de la materia, y una muestra de que el pueblo francés, por excelencia espiritual y admirador de lo bello, no camina a la degeneración, como lo proclaman sus envidiosos detractores. ¿De dónde que esta sociedad que culpan de estar aletargada por los placeres, admire con frenesí el Mors et vita de Gounod, y se extasíe delante de los cuadros que revelan la belleza virginal de los campos? A tanto llega el ardor por lo espiritual, que cuanto más hermoseado está un paisaje con el ideal, es mayor la admiración públlca, y el pintor se convierte en ídolo ante el cual depositan coronas y riquezas.

La pintura de Corot satisface la ambición que tiene el público de respirar las brisas de los campos, pero no impregnadas del polvo del trabajo, como las de Millet, sino vivificantes y embalsamadas. El primoroso Corot, como lo llama Cantú en su Historia Universal, fue en su juventud a Roma, y allí su ardiente deseo de estudiar le llevaba a dibujar cuantos grupos encontraba en la calle; pero, como su práctica no era grande, se veía contrariado, pues apenas comenzaba a copiar, por ejemplo, dos hombres que se detenían a conversar, se separaban, o un grupo de muchachos sentados en las gradas de una iglesia, eran llamados por la madre; de que resultaba, según él mismo lo cuenta, que su álbum era una colección de narices, cabellos y de todo cuanto había comenzado. Entonces ensayó el dibujo por masas, dibujo rápido y el único que le era posible en la ansiedad de estampar los grupos que herían su concepción artística; entonces también se propuso coger instantáneamente los objetos que se le presentaban, y después añadir los detalles, si acaso eran necesarios. Con este procedimiento se acostumbró a sorprender la naturaleza palpitante y a pasarla al lienzo sin que los pormenores la enfriaran; mas para lograr el punto, el lado oportuno solía estudiar por largo tiempo cuanto iba a copiar, a fin de caer sobre ello, como el cazador sobre le liebre que espía.

De vasta instrucción y de larga práctica en el estudio de la pintura, basaba su teoría no en un capricho, ni en el orgullo de fundar escuela, sino en la convicción de que la naturaleza pierde su esplendor desde el momento en que se la quiere encerrar en minuciosos detalles; y como su alma era esencialmente poética, les dio a sus creaciones una vaguedad arrobadora que nadie se atreve a profundizar. Donde hay un buen Corot, todos los espectadores se colocan a alguna distancia para abarcar el conjunto y llevar la imaginación por los senderos medio ocultos que se adivinan en el bosque, o para perfeccionar las figuras, según el entendimiento de cada cual. En los cuadros religiosos o mitológicos las figuras pasan por la turquesa de su imaginación, y salen indecisas, pero llenas de poesía y con un ambiente que, como gasa imperceptible, las hace misteriosas. En la galería de Sedelmeyer, donde se hizo una exposición de pintura en 1886 con un objeto filantrópico, aunque realmente no era sino para exhibir el Mozart de Munkacsy (4) , estaba el Pastor jugando con una cabra, obra de Corot, que yo no sé si será de los mejores, pero a mí me produjo el efecto de una paisaje soñado, o de aquellas imágenes que se cierran los ojos para que vengan a la memoria engalanadas como todos los recuerdos. La figura indecisa del pastor no me era desconocida, pues creía haberla visto atravesando el mismo bosque que tenía al frente.

El museo del Louvre ha dado ya un lugar prominente a los cuadros de este artista, y entre ellos está La Mañana, paisaje clásico trabajado al estilo de Claudio de Lorena, donde bailan unas ninfas en un campo con arbolado, y en el centro luce un lejos azulado que da aire y alegra la escena. La luz de la mañana, suavizada con la tenue neblina que deja la noche, ilumina las figuras bien delineadas y correctas de las ninfas y los faunos. Es un idilio lleno de poesía y de encanto y adornado con graciosos detalles.

La avanzada edad a que llegó Corot y el procedimiento con que copiaba rápidamente la naturaleza, han hecho que aparezca como un artista en extremo fecundo; de modo que, sin mentar las innumerables falsificaciones, sus cuadros deben contarse por centenares, según se encuentran desde el museo del Louvre hasta las salas de los corredores de comercio; lo que es perjudicial, pues hay lienzos suyos que más parecen imperfectos bocetos que obras acabadas. Estos cuadros que llamaré vulgares, son los que están al alcance de los falsificadores, pero nunca los escogidos, que son inimitables. Pocos pintores contemporáneos han tenido una personalidad tan marcada como Corot, y sus obras para ser imitadas necesitan una alma de su mismo temple y un pincel ágil y robusto como el suyo. Corot no logró como Delacroix, entrar al fin al Instituto, y como él, tuvo detractores que se recreaban en abultar sus errores, los que, en cierto modo, eran voluntarios y dependían de la manera de apreciar la misión del pintor.

Un grueso infolio tendría que escribir si me propusiera hacer una relación de los cuadros de Luxemburgo, lo que no cabe en el plan que me he propuesto, ni sería de mayor instrucción para los que me lean; pero antes de separarme de tan interesante colección, que, sea dicho de paso, contiene también obras de dudoso mérito, en justicia preciso es hacer siquiera mención del retrato de Cogniet por Bonnat, retratista de reyes y de millonarios, que exhibe también allí un Job lleno de luz y de un realismo a lo Ribera; señalar los tres cuadros de Courbet, el demagogo que durante la Comuna hizo derribar la columna Vendóme, y uno de los corifeos de la escuela realista, muerto en el destierro en 1877; los tres cuadros de Días de la Peña, paisajista renombrado que con pincel vigoroso anima la naturaleza que copia; los de Cabanel y Gérome, dos veteranos de la pintura con tantos laureles como discípulos que se ufanan del saber que de ellos han recibido; los Recuerdos de Chaplin, cuadro que es popular entre gente de vida ligera, y ha valido al autor ser hoy uno de los profesores mas solicitados por las damas.

La escuela francesa contemporánea, sin estar a la altura de los llamados clásicos del principio del siglo, ni de la generación que le siguió, de Delacroix, Ingres, Delaroche, etc., etc., tiene el mérito de su amor al estudio de la naturaleza y de conservar un carácter propio, siendo esencialmente nacional; lo que no sucede en otros países, en donde las artes llegaron a un alto grado de perfección, pues hoy sus intérpretes, sin personalidad alguna, son generalmente caudatarios de la pintura francesa (5) . En Holanda ¿dónde están los discípulos de Rembrandt, de Ruysdael y de todos esos coloristas cuyo conjunto es de enorgullecer una raza? En Bélgica ya pasó la época gloriosa de Rubens, Van Dick, Teniers, y las academias no son sino sucursales de las de París. De los flamencos lo mismo que de los holandeses se puede decir que sus mismas cualidades los han esterilizado, pues es hecho reconocido que “donde el colorido es la preocupación principal del artista, el arte tiende natural mente a materializarse”, y por consiguiente “a cegar la fuente de la inspiración”. Y en nuestra España, la patria de Velásquez, Murillo, Ribera, Zurbarán, genios excelsos que ayudaron a enaltecer el nombre español, hoy no se halla un solo pincel capaz de tomar el color en tan mágicas paletas. Goya, que brotó como una pro.. testa contra las enseñanzas perniciosas de Mengs, ha sido el último pintor verdaderamente nacional, y el que en colorido, inspiración y sentimiento representa a España en el movimiento artístico de este siglo. Fortuny, con su colorido brillante y su ardorosa imaginación, funesta tal vez para su genio, no era español, era cosmopolita: los franceses dicen que pertenece a su escuela, los italianos se apropian su gloria, y todos quieren cogerlo como un bien mostrenco; si no muere en medio de sus triunfos, quién sabe si con la edad hubiera tomado un Camino más firme y ejerciera alguna influencia en la pintura española, pues él no fue sino un meteoro que no dejó más huella que la de su esfuerzo individual.

Revela por demás la fluctuación que hay en los pintores españoles, lo que, en frase familiar, me decía un caballero, hablando de un pintor que goza de cierta reputación en París: Mi amigo N. le mete a todo: pinta grande y pinta chico, y les arremete a los Meissonier que es un gusto. En efecto: en una exposición de la calle de Séze había unos tres cuadros de este pintor: dos imitaciones de Meissonier y un retrato de tamaño natural, en donde mostraba manejar con franqueza el pincel y no desconocer la manera de colorar las figuras; ahí había género de donde sacar un artista; pero por desgracia, con el desenfrenado deseo de ganar dinero que devora hasta los corazones más calmados, él ve que los cuadros de Meissomer valen como joyas preciosas, e intenta seguir sus huellas, convirtiéndose así en payaso cuando podía aspirar a ser maestro.

 

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1 BAUDRY, muerto en enero del año pasado, es uno de los pintores modernos que han estudiado con más atención la. antigua escuela italiana., de la cual se ven rastros en sus obras. Pero su reputación mayor es como fresquista y pintor de lienzos ornamentales para los palacios y edificios públicos. Sus frescos de la Opera de Paris son hermosos y trabajados con lujo veneciano. 
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2 Don EUGENIO DÍAS ha dejado en sus obras descripciones de alta importancia para los amantes de las artes. Yo, de director de alguna escuela de pintura, les haría leer e interpretar a mis discípulos algunas de ellas, que encerran bellezas que no pueden descubrirlas sino en un largo contacto con la naturaleza y por un talento observador de primera nota; pero advirtiendo que don Eugenio no es notable sino en las descripciones del campo y en lo relacionado con su profesión de agricultor. pues fuera de ahí sus obras son de escaso mérito.
Cuando en algún día, y ojalá sea pronto, se convenzan nuestros poetas y pintores de que en la interpretación de nuestra naturaleza pueden sobresalir, entonces se tendrá a don Eugenio Días como el gula que les ha de mostrar el camino de la Inspiración. ¡Qué hora tan feliz para las letras colombianas cuando saliendo de lo subjetivo y olvidando el canto  de los ruiseñores, el abrasador estío, el invierno, cano, y otras tantas frasecillas tan exóticas como gastadas, acompañen a nuestros pintores a admirar la lozanía de nuestra naturaleza y la diafanidad de nuestra atmósfera! El decir, cuando tengamos carácter propio y seamos americanos del Sur; lo cual no supone que rechacemos todo lo que no sea de nuestro país, y creamos que sólo en él se encuentra la belleza. La luz —debe recibir de dondequiera que venga, pero pasándola al través b nuestra Inteligencia para que salga coloreada con nuestra propia vida, aumentando así nuestro caudal Intelectual con el trabajo entero de la humanidad. Al caso viene recordar lo que cuenta Moratín que le repuso su padre don Nicolás a un caballero que, deseando que un su sobrina continuase en la carrera de las letras, para la que tenía marcada disposición, le rogó que le Indicase de cuál nación debía preferir los autores clásicos, para arreglarle con ellos una selecta librería. Moratín le dijo:
griegos y españoles, latinos y españoles, italianos y españoles, franceses  y españoles, Ingleses y españoles. (regresar 2)

3 ALEJANDRO DUMAS es hoy sin disputa el jefe de los dramaturgos franceses, y por lo tanto sus obras pueden servir de norma para juzgar las de los otros. En estos Últimos días han representado en el Teatro francés su drama Francillon, que, como obra de arte, es de gran precio, pero el argumento es digno del autor de la Dama de las Camelias; a Dumas le ha dado por moralista, de los que “desnudan a Venus  pretexto de azotarla”, e Imprime a sus dramas un carácter esencialmente pernicioso, que los hace repugnantes en las naciones vecinas; por esto a nadie ha sorprendido que la censura inglesa haya Impedido que se represente Francillon en Londres, aun en francés; lo que no Impide que los Innumerables ingleses que concurren a los teatros de París, comenzando por el Príncipe de Gales, se vuelvan locos aplaudiendo no sólo este drama, sino otros aun más crudos, que las teatros de segundo orden ofrecen a los parisienses estragados, y sobre todo a los extranjeros que vienen en busca de placeres y de fuertes emociones.
En vista del camino que han tomado las letras francesas y el movimiento intelectual de las otras naciones de Europa, es común oír decir a la gente que juzga por las apariencias, que Francia ha sido destronada de la supremacía literaria que desde tiempo atrás ha ejercido en el mundo; sin entrar a desvanecer semejante aseveración con lo que se ve todos los días, quiero sólo consignar aquí lo que refiere el autor de los artículos l’Allemagne noavelle, publicados en el Correspondant, tanto porque la escena pasa en Berlín, donde es natural que trabajen por emanciparse de todo lo que se relacione con los franceses, como por Ser los dichos artículos más bien inclinados a deificar a Bismarck y a hacer de los alemanes el primer pueblo de Europa. El autor estaba en una reunión de amigos donde se hablaba de que ya la literatura dramática alemana se habla libertado completamente de la extranjera, en especial de la francesa: uno de los caballeros, para reforzar lo que aseveraban los convidé a ir esa noche al teatro a ver una obra alemana; y al efecto pidió un diario para escoger a cuál debían asistir, pero la suerte quilo que en la Ópera se diese La Judía, en el Teatro de la Comedia, Les   Fourchambaud, en el Vaudevifle, Nos Intimes, en el Teatro de Dramas, Le Maitre de Forges, en el Friedrich-Wilhelm-Theater, Barbe-Bleue, en el teatro de Walhalla, La Filie de Madaifle Angot y en el Residenz-Theater, Les Orphelines. En medio de la risa general, le dijo el principal de ellos al autor de los artículos: Si al dejar la Alemania va usted a Paris, no refiera esto, porque se burlarán de nosotros. (regresar 3)

4 Pintor húngaro que ocupa un puesto distinguido entre los artistas europeos. Sin estar afiliado a ninguna de las escuelas del día, toma. de cada cual lo que le parece mejor, y trabaja concienzudamente por darles a sus obras la grandeza y sublimidad de los temas que escoge, aunque suele adolecer de cierta rigidez en las figuras y de tener algo de teatral. Cristo en el Pretorio, lienzo de dimensiones colosales, que exhibió en la elegante galería Sedelmeyer, hace unos tres años, es una composición magnífica, en que Jesús con paso sereno se presenta en el Pretorio, realzando con su figura majestuosa las de los energúmenos que piden su muerte.
El que expuso en febrero de 1888, en la misma sala, es nada menos que Mozart moribundo, dirigiendo el ensayo del Réqniem, su última obra. Está el maestro sentado en un sillón al lado de la cama y envueltas las piernas en una manta; la cabeza ligeramente inclinada y la mirada fija en el suelo; sus fuerzas son ya pocas y apenas puede levantar una mano para llevar el compás; en segundo término está el clave tocado por un músico, en cuya, fisonomía se ve el dolor que lo traspasa; en los cantores es otro el semblante, pues se han arrobado con la sublimidad de la composición.
Cuando Munkacsy lo mostró a sus amigos en el rico obrador donde trabaja en París, lo hizo de una manera fantástica: por la noche, estando alumbrada la sala con luz eléctrica, que tiene la ventaja de divinizar los cuadros, y colgada de telas del color conveniente, descubrió el cuadro al mismo tiempo que una orquesta escogida tocaba el Réquiem; dicen que el efecto fue sorprendente.
En la exposición pública estaba todo arreglado de manera que después de recorrer los salones atestados de obras maestras antiguas y modernas, se llegaba al último, donde estaba Mozart, como en una alcoba íntima, y nadie se atrevía ni a respirar, por temor de turbar el recogimiento general La luz, Inteligentemente dispuesta, alumbraba al moribundo, y casi se descubría lo que pasaba en aquel cerebro portentoso.
Los cuadros de Munkacsy son admirados en todas partes; y ahora mismo hallo en los periódicos, que el millonario John Wanamaker de Filadelfia ha comprado el Cristo en el Pretorio en seiscientos mil francos, que es el precio más alto que ha alcanzado una pintura moderna. A esta simia agréguese un millón, por lo menos, que le ha producido la exposición de tan venturoso cuadro en Europa y los Estados Unidos.
El del Requiém de Mozart es probable que no se quede atrás, y vaya a adornar la vivienda de algún potentado americano, que pésele a quien le pesare, es el único que puede costearse este lujo. Ya ni los museos de Europa pueden competir con el dinero de los yankees. (regresar 4)

5 La pintura inglesa, con sus extravagancias y defectos, es también esencialmente nacional: un cuadro Inglés se descubre en una colección, como un súbdito de su Majestad Británica se hace notar en un salón. Esto es lo que constituye la escuela, lo que forma la familia artística de las naciones; no es un brochazo, no un rasgo de genio lo que establece la filiación de un pintor, sino el aire, el tipo nacional. Bonington, por ejemplo, recibe su educación artística en Paris en la Escuela de Bellos Artes y en el taller del barón Gros, y aunque sus cuadros están impregnados de la disciplina francesa, en ninguno pierde su carácter inglés. El fecundo y cortesano Lawrence nunca se confundirá con un pintor de otra nación, aunque haya quien como él exagere los peinados y los trajes en detrimento del dibujo y aun del colorido de las carnes. Constable, cuyos paisajes sedujeron a los parisienses cuando los vieron por primera vez, era tan inglés, que repetía constantemente: “Quiero mi pueblo, quiero de él cada choza, cada esquina, cada vereda. Mientras yo pueda coger un pincel no me cansaré de pintarlo”. Y lo hacia en la frescura de la primavera, contra los usos de los pintores, que tienen por regla que los Paisajes se deben sacar en otoño para dar variedad a las tintas. Los pintores contemporáneos son aún mas ingleses que sus antepasados: en sus lienzos el argumento, las fisonomías, los vestidos, todo es inglés; así como el colorido, de una crudeza violenta, recuerda los extravagantes colorines con que ellos se suelen vestir, y en la rigidez del dibujo aparece el estiramiento que los distingue a dondequiera, que vayan.

En una exposición que se hizo a beneficio de las victimas de las inundaciones del mediodía de Francia, estaba yo contemplando un cuadro de dos varas de largo, y no pudiendo darme cuenta de qué era aquello, me acercaba, me alejaba. y recogía la vista, cuando se me acercó un caballero y con una exquisita galantería me dijo: —Tiene usted razón: éste es uno de los últimos cuadros del estrafalario y caprichoso Turner: aquí está ya viejo, casi ciego y trémulo; se ve la ansiedad con que quiere representar los efectos de la naturaleza tal como él los concibe, y el infeliz no ha hecho más que un caos. Sin embargo, fuese usted— Y comenzó a mostrarme en esa aglomeración de pinceladas verdes de diferentes tonos, los golpes magistrales con que intentaba producir las sombras; se ve, o mejor dicho, se adivina la extremidad de un lago, que se pierde entre las nieblas del fondo, y unas pinceladas rojas a la orilla hacen Imaginar una inglesa con su chal de Cachemira leyendo a Wilter Scott. Efectivamente, este cuadro no podía ser pintado sino por un loco, pero un loco como Turner, que en sus variadas producciones, no tuvo otro empeño que el de estudiar la luz.
Mi intérprete, que era un gentelman, concluyó con orgullo: —Y vea usted que hasta en la obra de quien ha perdido la cabeza, se revela el carácter de nuestra pintura, el genio Inglés—. Y adivinando por mi aspecto que yo era de raza española, continué tomándome del brazo: —Así como usted reconocerá en aquel cuadro de Goya el genio de Mi nación. Era una Fruición de toros en esbozo no más, pero qué pinceladas, qué movimiento! se oyen los gritos de la, multitud; aquí luce el colorido de Goya y el ardor de su Imaginación. (regresar 5)