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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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RAFAEL
ESPINOSA GUZMAN
1886
La
exposición de 1886 fue organizada por Alberto Urdaneta, director de la
recién abierta Academia Nacional de Bellas Artes y fundador de El Papel
Periódico Ilustrado. La del 86 fue una de las muestras colombianas de
participación más numerosas y, sin lugar a dudas, la de mayor alcance
histórico. Se presentaron 1.200 obras divididas en las siguientes
secciones: 1ª Obras producidas en la Escuela en los meses que llevaba de
establecida; 2ª Obras de los artistas colombianos o extranjeros
residentes en Colombia, contemporáneos; 3ª Obras del arte antiguo de
Colombia; 4ª Obras notables de extranjeros existentes en el país. Fue
esta la primera oportunidad que se tuvo de ver, en una sola sala, un
apreciable conjuntó de la pintura de Gregorio Vazquez de Arce y Ceballos.
La
nota seleccionada extiende la cobertura de esta compilación a la Colonia,
y por sus atrevidos planteamientos, a pesar de su escaso rigor conceptual,
provocó entonces una agitadísima polémica. Fue esta una de las más
tempranas Incursiones criticas en manifestar un desacuerdo en relación
con la calidad de algunos artistas que, casi por consenso, gozaban de un
aprecio y admiración sin limites entre nosotros.
Su
articulo, aparecido en la columna permanente “Crónica bogotana”, que
firmaba con el seudónimo de Reg, fue publicada por El Semanario, núm.
20, Bogotá, diciembre 8 de 1886.
Como
estaba anunciado, el día 4 del que cursa se abrió al público la
Exposición de Bellas Artes, y desde ese momento los salones del San
Bartolomé han estado constantemente visitados por una concurrencia,
compuesta, si no de conocedores en el arte, a lo menos sí en su mayor
numero de gente de gusto, que desea formarse cabal idea de lo exhibido,
para poder apreciarlo. Y este deseo, verdaderamente artístico, no será
de los menos entre los bienes que deben reportar a nuestra sociedad, tan
descuidada antes para apreciar las bellezas en los campos de la estética,
los esfuerzos del señor Urdaneta y sus colaboradores en la obra coronada;
pero, eso sí, los conocedores deben tratar de dirigir aquel laudable
deseo para que sean sus frutos fecundos y duraderos; no debe dejarse a la
viciada educación artística de cada uno la manera de juzgar las obras
que le presentan. Si todas fueran buenas, el mal sería menor aun cuando
no se ilustrara el criterio de los visitantes; pero como hay mucho malo y
aún malísimo, se hace necesario el oportuno esfuerzo a que me refiero.
Yo,
en verdad, carezco en mucho de los conocimientos suficientes para
emprender esta labor, y sin embargo la acometo, confiado no tanto en mis
solas fuerzas, cuanto en la decisión de ser eco fiel de las apreciaciones
de personas entendidas, que me parezcan bastantes al objeto que me
propongo. Esta intención me hace demorar hasta la próxima semana la
necesaria crítica acerca de cada uno de los pintores, los que más nos
interesan, que estén representados en la Exposición.
Son
varios los salones de que ésta se compone; entrando por la puerta que da
sobre la carrera 7ª, pueden visitarse así:
Primero,
el salón consagrado a la escultura en sus diversos ramos y a las obras de
ornamentación, en donde habrán de admirarse los distintos trabajos del
señor Sighinolfi, verdadero maestro, que está aclimatando, puede
decirse, el arte en Colombia, y las obras de sus discípulos y del señor
Ramelli, las cuales, a la par que una esperanza para el porvenir, son
clara muestra de los talentos del maestro y de la buena voluntad de los
noveles artistas. Allí se admira un vigoroso busto del general Hurtado,
que corresponde a otro bastante bueno del general Ulloa; dos medallones en
barro o greda, si puede decirse, uno de los cuales, el de la señorita
Valenzuela, es verdaderamente sorprendente, y algunos otros bustos y
trabajos de no menor mérito. Hay obras de los alumnos que como dije ya,
son puntos luminosos para el porvenir; así que, sin citar ninguna de
ellas, justo es consignar aquí los nombres de los que las haz trabajado,
y de los cuales recuerdo a José Maria Vargas
H., Francisco Torres M., Julio Flórez, Vicente Rueda, Emiliano Matiz, Víctor
J. Forero, Dionisio Cortés, José de Jesús Diaz, E. Barreto, Juan
Roberto Páramo, José María Ramírez, Aureliano Ramírez y Francisco
Camacho.
De
este salón pasa uno al de pintura de la Escuela de Bellas Artes, en donde
cada uno de los alumnos del curso ha copiado en agradable conjunto sus
trabajos de los seis meses que lleva de fundada la Escuela. Allí figuran
Montoya, Villa, Páramo, Vargas, Nates, Moro, Acevedo, Espinosa, Castro,
Pinzón, Roa y Cortés.
Al
salir de este estudio comienza la parte consagrada a la pintura, del
tiempo de la Conquista para acá, que llena, en su mayor parte, los
cuadros de Vázquez o atribuidos a él, y entre los cuales descuellan
desde el principio el San Pedro (Nº 45), colocado en la escalera, y
luego, en el claustro de la izquierda al entrar, un San Antonio (Nº 214)
con la firma del maestro; un San Agustín (Nº 222) y un San Francisco (Nº
262), y la huída a Egipto (Nº 300), propiedad de la iglesia de San Agustín.
Creo que hay más de sesenta cuadros que llaman sus dueños del gran Vázquez,
pero de la Exposición se verá, y Dios sea por ello loado, que ni son
todos de aquel pintor, ni muchos de los verdaderos Vázquez corresponden a
la fama de que goza nuestro compatriota.
La
naturaleza misma de los sesenta cuadros a que me refiero, muestra bien que
no pueden ser todos ellos la obra de un solo pintor, por notable que éste
fuera, pues no es fácil suponer que haya quien reúna los estilos y
colorido de casi todas las escuelas, y esto tanto menos con relación a Vázquez,
cuanto que de las obras reconocidamente suyas se desprende un conjunto de
caracteres especiales, que forman como el estilo del maestro, según puede
verse comparando el colorido general de casi todas ellas y aun algunas
figuras que, seguramente sin quererlo, brotan siempre de la adiestrada
mano del pintor, según lo muestran los cuadros marcados con los números
218 y 232,
dos de las mejores obras del maestro.
En
el mismo claustro se abre la entrada al salón llamado de las señoras y
al de acuarela y carbones, pudiendo admirarse en el espacio comprendido
entre las puertas de estos dos salones, un cuadro de Rubens que da idea
del maestro, a pesar de ser de los inferiores que salieran de su pincel;
un Evangelista que dicen del Guercino, y sí parece serlo; y un San José
atribuido por su mérito a Murillo.
En
seguida, ya en el claustro norte, se nos ofrecen reunidos la mayor parte
de nuestros pintores contemporáneos, y pasan sucesivamente: Troya,
colorido deja qué desear; Garay, cada día mejorando en
premio de su consagración siempre creciente; Groot, que en muchas
de sus composiciones descuidó la necesaria proporción entre sus figuras;
Torres Méndez, trabajador incansable que fundó una familia de pintores;
Gutiérrez, el mejicano, del cual hay muchos cuadros que no corresponden a
la fama que le dan sus entusiastas ad.. miradores —rápido y feliz para
concebir y pintar, pero brusco, si no vulgar, en la elección de sus tonos
y medias luces—; y en seguida todos los que conocemos hoy: Urdaneta,
Campuzano, el padre Páramo, etc., etc. Allí mismo siguen las muestras
fotográficas; las de grabado en madera, arte introducido por el español
Rodríguez, inseparable compañero de Urdaneta en su lucha por las Bellas
Artes; la foto-litografía, introducida por Julio Racines, tan buen fotógrafo
como laborioso artista; una delicadísima aguada de Santamaría, así como
planos arquitectónicos del mismo y de José Suárez L.
En
la galería que continúa la escalera principal están las pinturas
extranjeras, entre las cuales sí hay mucho bueno y también mucho que no
pasa de pintura comercial, comprada por los aficionados sin fijarse más
que en el nombre del pintor o en la procedencia de la obra. Sobre esta
galería se abren los salones dedicados a la arquitectura y dibujo topográfico,
a la pintura al lápiz y al carbón, y el salón de conferencias; todos
ellos bien adecuados para su objeto y, por lo mismo, testimonio
irrecusable de los esfuerzos hechos por fundar las Escuelas de Bellas
Artes, brillantemente coronados hoy con la Exposición de que me ocupo.
El
salón de las señoras, simpático de antemano por su naturaleza misma,
sorprende por su mérito y agrada al ver merecida la anticipada simpatía.
Allí hay trabajos, muchos al óleo y al pastel, y otro sobre porcelana,
de las señoras Tanco de Carrizosa, Ponce de Portocarrero, Valenzuela de
Argáez y Cordero de Mosquera, y de las señoritas Elena Tanco, Delia y
Josefina Espinosa, Emilia Ordóñez, Torres Medina, y no sé si de algunas
más.
Allí mismo hay colecciones de medallas, miniaturas, variadas obras de
arte, el Cristo de Martínez, y para completo adorno de aquel salón-joya,
el busto de Napoleón, obra de Cánova, los de Bolívar y Ezpeleta, obra
de Tenerani; y un espléndido cuadro al óleo, el Descendí. miento, que
se cree sea de Van Dyck.
En
el siguiente salón hay varios retratos al lápiz, de bastante parecido, y
entre las aguadas, una de Carucca y otra de Urdaneta, de notable mérito.
Creo
que a grandes pinceladas, brochazos que dicen, he terminado mi primera
visita a la Exposición, mientras vuelvo a las andadas y acometo el
complemento ofrecido. Sólo me queda el deber, que gustoso cumplo, de
felicitar a Urdaneta y a sus compañeros de trabajos por la victoria
alcanzada, y a la vez protestar contra la indiferencia del bello sexo que,
ni por ser a beneficio de los pobres, quiso llenar con sus encantos el salón
de conciertos de la Exposición, para aplaudir al que, dirigido por el señor
Pite, ejecutó la Academia Nacional de Música. Pocas fueron, ya lo dije,
las que quisieron favorecer a los pobres, así que son justas las gracias
que en nombre de ellos les presento.
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