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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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Derechos reservados de Autor
RAFAEL
POMBO
1874
El
segundo intento del siglo por la cualificación técnica del arte
colombiano se produjo con la llegada a Bogotá, en 1873, del pintor
mejicano Felipe Santiago Gutiérrez. Su arribo se debió a la Iniciativa
de Rafael Pombo, quien lo había recomendado para dirigir una proyectada
academia oficial de bellas artes. Gutiérrez, enfrentado al desinterés de
un Estado sin recursos, decidió organizar por su cuenta unos talleres
para la enseñanza del dibujo y la pintura, que introdujeron un entusiasmo
apreciable en el reducido ambiente artístico de Bogotá. En 1874, por
iniciativa del mismo Gutiérrez, se celebró una de las exposiciones
nacionales más importantes de la centuria.
La
vinculación de Pombo al diario La América produjo, alrededor de la
muestra, un despliegue publicitario realmente Inusitado. Fue así como el
anuncio de la convocatoria consiguió en ese diario un encabezamiento a
todo lo ancho de la primera plana y la inserción del texto en caracteres
reservados entonces a los tímidos títulos noticiosos, un registro que en
el periodismo colombiano de todo el siglo XIX no merecieron ni los
estallidos de las guerras ni la elección y posesión de los presidentes
nacionales.
Rafael
Pombo nació en 1833 y murió en 1912. La inconsistencia de las citas en
inglés en la. nota crítica que sigue —algunas de las cuales aparecen
traducidas mientras otras no lo están— es del propio autor. Su articulo
apareció firmado con el seudónimo Florencio y fue publicado con el
titulo de “Exposición de Bellas Artes”, en La América, Bogotá,
entregas núm. 206 de agosto 4, núm. 207 de agosto 7 y núm. 209 de
agosto 15, del año de 1874.
Así
como en los fuegos artificiales la pieza más esmerada y artística es
siempre destinada para rematar el espectáculo, y sobrevive por algún
tiempo a la explosión y desaparición de todo lo demás, del mismo modo
la Exposición de Bellas Artes, a que desde fines de febrero invitó el señor
Gutiérrez a nuestro público, y especial mente a los artistas y
aficionados, aunque inaugurada el 20 de julio, sobrevive a las carreras,
los fuegos, los juegos, los disfraces, los toros y demás capítulos de
nuestras fiestas nacionales; y a pesar de que, por una sensible
inadvertencia, ni la comisión del Aniversario, ni la comisión municipal
que arreglaron las fiestas se acordaron de dicha Exposición para honrar
debidamente a su promotor y hacerse ellas mismas la honra de tomarla bajo
sus alas y darle todo el lucimiento y la trascendencia y proporciones
posibles, sin embargo, obra como es únicamente de los esfuerzos gratuitos
de un particular, no nacido entre nosotros, de sus discípulos de muy
pocos meses —y de otros contados colaboradores—, es sorprendente por
su magnitud y por la novedad y calidad de muchos de les artículos
exhibidos. Si nosotros, que francamente confesamos el pecado de gozar con
las corridas de toros, gozamos todavía más con la contemplación de
cualquiera joya artística, los que deploran las primeras y reniegan de
ellas como dignas únicamente de salvajes y de pueblo en decadencia, están
llamados a probar su mayor cultura y el sincero interés humanitario de
sus exclamaciones concurriendo con entusiasmo a este palenque espiritual y
moral, exacto reverso del circo tauromáquico. Jactarse de ser demasiado
cultos para el pueblo que los rodea, y no dar entre tanto ninguna muestra
real y visible de simpatía por las más refinadas y civilizadoras de
todas las emociones sociales, seria darse a sí mismo un ignominioso mentís.
La
exhibición de Bellas Artes, abierta en el mismo local de las antiguas
Secretarías y en los mismos términos de la brillante Exhibición
anterior de trabajos del señor Gutiérrez, no consta, como ésta, de 50
piezas sino de 400, obra la mayor parte de los alumnos y alumnas de las
dos Academias Gutiérrez, pero favorecida, además, con muchos nuevos
trabajos del Director, de los señores José María Espinosa, Epifanio
Garay, Domingo Gutiérrez, Cipriano Guarín, Ramón Camargo y otros
pintores no discípulos del mejicano, con algunas muestras de esculturas
(muy escasas para lo que podía haberse enviado), con trabajos de varias
clases, inclusive música y canto, enviados de la progresista ciudad de
pasto, con otras producciones líricas que oirá más tarde el público, y
en fin, con un portento de caligrafía, obra también de mano caucana, en
el cual no se sabe qué admirar más, si sus grandes proporciones y
laboriosísima ejecución, atendido el corto tiempo en que ha sido
ejecutado, o la originalidad y gracia de los tipos y ornamentos, o la
erudición histórica y amor patrio que revelan sus innumerables
pormenores. Débese a la pluma del señor Alejo María Patiño, y su
objeto es tributar un homenaje de gratitud y aprecio al benemérito y
eminente artista y filántropo señor Felipe S. Gutiérrez y a los que han
mostrado aquí algún interés por responder a su poderosa iniciativa artística.
La historia de América. y especialmente la de Colombia, está allí
compendiada en elegantes símbolos e inscripciones; y parodiando en buen
sentido el titulo de la famosa obra de un cura, Pacho en la mano, podría
llamarse este cuadro Colombia en un papel. La comisión calificadora, a
quien tocará adjudicar los premios, concederá indudablemente uno de los
primeros a su autor, y dispondrá que con el marco y cristal competentes
se le ponga en manos del señor Gutiérrez, si tal es la intención del señor
Patiño.
Refiriéndonos,
por el orden de los salones de la Exposición, a los cuadros contenidos en
el primero, nos han llamado la atención por la corrección del dibujo, la
exactitud anatómica y las hermosas masas de claroscuro, los dos medios
cuerpos de San Sebastián, numerados 20 y 24, en especial el número 20,
por su mayor naturalidad y por el ambiente de que está rodeado el Santo:
es obra del joven Julián Rubiano. El número 24, del joven Pantaleón
Mendoza, tiene una modelación bastante delicada.
El
Baco contemplando un racimo de uvas, obra del joven Valderrama, está
sombreado por mano vigorosa, lo cual da energía a la forma, y si bien
raya en dureza, hace esperar que su autor llegará a ser artista
distinguido.
Hay
cuatro figuras de Moisés mostrando al pueblo hebreo las tablas de la ley,
entre las cuales sobresalen las numeradas 16 y 18, la primera de Mendoza y
la segunda de Rubiano; ésta muestra más flexibilidad de ejecución, Y
agrada también por el ambiente que circunda la figura. La número 11, del
joven Camacho, tiene alguna suavidad, y más relieve que la cuarta, número
21; pero las cabezas de todas las cuatro mencionadas no carecen de expresión,
y tal vez en este particular sobresale dicho número 21, del joven
Valderrama. La figura entera de Moisés, por el joven Ramírez, de Boyacá,
acredita cierto atrevimiento en el mecanismo y en la disposición del
fondo; pero hay más estudio y relieve, un procedimiento más delicado y
un fondo lleno de aire y de armonía en la media figura de Ruth espigando,
del mismo joven. Otra Ruth, número 13, del señor Valderrama, es la mejor
de este asunto, por el relieve de la figura y la gracia
-
y dulce expresión de la cabeza.
Todas
las anteriores son ejecutadas en crayón o lápiz negro. El Moisés al óleo
del señor Francisco Torres tiene buen colorido y un fondo agradable, si
bien en el mecanismo y en la expresión de la cabeza deja qué desear.
El
retrato de la señora viuda del general Santos Gutiérrez, por el señor
Epifanio Garay, aunque sin concluir, aventaja en suavidad, en relieve y en
verdad de colorido los otros retratos por el mismo artista que se exhiben
en la 2ª sala.
Entre
los demás dibujos de la primera sala nos llaman la atención el
Pastorcillo tocando flauta. del señor Camacho, número 6, y el Chino con
ruana, del señor Ferro, número 8. Es lástima que, según sabemos, este
alumno no haya podido por sus ocupaciones asistir a la Academia con la
asiduidad de otros, pues en talento y aplicación parece que ninguno lo
excede. Los dos retratos del prócer de la Independencia, señor Dimas
Daza, números 35 y 49, por Rubiano y Mendoza, respectivamente, son
excelentes en parecido y de ejecución suelta y magistral.
Pasando
a la segunda sala, de artistas de fuera y primeros dibujos de las alumnas,
hallamos 16 retratos al óleo, obra del señor Epifanio Garay, en casi
todos los cuales el parecido no deja qué desear; su efecto de conjunto es
brillante, y los fondos y las ropas bien combinados. No es tan feliz en el
colorido, por ser una de las dotes más lentas y difíciles de alcanzar,
pero el retrato ya señalado de la primera sala revela adelanto en su
autor, y que con más estudio será uno de los primeros pintores
colombianos. Entre estos retratos hay tres que preferimos: el del señor
Garay, padre del artista; el del Fumador, que expresa con gran verdad la
luz artificial
del
fósforo con que enciende la pipa; y el del nunca bien ponderado General Páez,
cuya cabeza es idéntica en dibujo y expresión, tal como el héroe estaba
en sus últimos anos. Excitamos al gobierno general o al del Estado a que
compre este notable retrato, para que con él empiece a verse en los
salones oficiales algo digno de la historia de Colombia y de la fama
intelectual de sus hijos, en vez de las deplorables imágenes de Bolívar
y Santander que figuran en el Capitolio nacional.
Respecto
de la Batalla de Boyacá por
el pintor y prócer señor Espinosa, no sabemos si el terreno está
fielmente representado, porque no le conocemos; pero desde luego nos
parece feliz la distribución de grupos de las diversas fuerzas, que
indica bien que unos huyen y otros persiguen. Pictóricamente nótense
algunos defectos en la composición, y acaso no es muy correcta la
perspectiva; pero en cambio hay espíritu en la ejecución y buen efecto
en el conjunto, a lo cual se añade el gran interés histórico que
siempre acompañará a cualquier recuerdo de esa jornada redentora, y la
fidelidad de actitudes, trajes y facciones que promete al espectador la
prodigiosa retentiva del señor Espinosa, a quien debe su país la idea
que hoy tiene del aspecto de tantos célebres colombianos.
Más
abajo está colocado un retrato de la preciosa y malograda señorita
Carolina Samper, obra del señor Domingo Gutiérrez, de Guaduas. Este
cuadro revela excelentes dotes en su autor, y sobre todo, un gran fondo de
sensibilidad en el manejo del pincel, que evité la dureza y aquella
tirantez que siempre se observa en los pintores sin escuela. ¡Ojalá el
señor Gutiérrez pudiera disponer de los necesarios elementos artísticos!
Su genio volaría entonces en una órbita más extensa, y veríamos
producciones suyas de perfecto gusto y suavidad de ejecución.
Debajo
de este retrato encontramos siete paisajes ejecutados por el señor
Enrique Birchall, uno en acuarela y los demás a lápiz. Todos ellos
representan vistas de lugares del país, y además de interesar por su
exactitud, agradan por su mecanismo y por su efecto armonioso y de mucha
verdad en la forma. El de acuarela no es menos simpático en colorido, y
sus segundos planos están tratados con maestría y con verdadero
conocimiento de la perspectiva aérea. El Baile del
Hobe, obra del mismo, es una acuarela de entonación caliente, como el
clima del lugar, y de grato electo por los grupos de danzantes y de
curiosos, y por las reminiscencias que excita de los bailes populares en
nuestros climas.
Sigue
una Purísima, o mejor dicho, un cuadro que representa la declaración
dogmática de dicho misterio. En éste se ha reproducido la conocida
Concepción de Murillo, añadiéndole a San Gabriel, Pío IX y la
serpiente degollada. Lo recomienda el ser obra de los aislados esfuerzos
de su autor, que con escuela adelantará notablemente.
Hallamos
después una copia de un cuadro grande de Santa Margarita de Angelino
Medoro, ejecutado por el señor Domingo Gutiérrez. Su entonación es
bella y el manto y carpeta están estudiados con esmero únicamente en la
boca y en el dibujo del brazo derecho observamos en ella alguna incorrección,
que quizá proviene del original.
Ya
hemos aludido, y otros periódicos lo han hecho también con justo
encomio, a otro trabajo que figura en esta sala: el Cuadro caligráfico
del señor Patiño, primer ensayo de su autor y que de un golpe lo
acredita y eleva a grande altura en este ramo. Es obra concienzuda, de
inaudita paciencia por lo minucioso del mecanismo de pluma, y en la cual
campea al mismo tiempo el ingenio, por la disposición del ornato y la
forma caprichosa y pintoresca de todas las letras, y por la belleza y
gracia de todo el conjunto. Cuando el señor Patiño ha hecho esto
simplemente por amor al arte, y sin estímulo ni prospecto seguro de
remuneración, ¿qué no haría en una de las grandes oficinas europeas de
ornato tipográfico y de otros géneros, en donde las solas ideas, sin
hablar de la ejecución, son retribuidas a tan alto precio?
Al
pie del Cuadro caligráfico se ve un Moisés, por el mismo autor de la
Declaración dogmática. Aunque es primer estudio hecho en la Academia
Gutiérrez, y no muy concienzudo, nótese sin embargo en él no poco
adelanto en el colorido y en el procedimiento. La joven que da de beber a
un centinela, cuadro de bonito mecanismo, a punta de lápiz, es obra del
señor Umaña. Síguele una media figura, la Contemplación, primer
estudio en color hecho del natural por la señora Indalecia Tavera de
Barriga, que promete mucho de su autora si continúa
el
mismo sistema de estudio, inaugurado de una manera pública por el señor
Gutiérrez entre nosotros: único sistema que libra del amaneramiento y en
el cual cabe progreso en el artista e ilusión de realidad en su obra,
pues sólo de la vida misma puede salir su verdadera imagen.
Poco
más arriba hay un grupo de cabezas en carbón y lápiz, ejecutadas por
las señoras y señoritas de la Academia. Aunque son sus primeros pasos en
el arte, acreditan observación y talento, por lo bien modeladas y
entendidas de algunas de ellas; y confirman esta lisonjera promesa las de
las mismas autoras, que se ven en la tercera sala, las cuales aparecen ya
más delicadas, mejor modeladas y de un mecanismo más limpio. Pero antes
concluyamos nuestra visita al segundo salón.
Sobre
un armario vemos un San Mateo evangelista, del señor Guarín, autor de la
Virgen de Lourdes. Dicho cuadro revela ya una escuela, y comparado con el
de la Virgen, que se hizo sin ella, la diferencia es marcada. La ejecución
del último peca de amanerada y pobre, y
su colorido es nulo; mientras que en el San Mateo ya hay color y más
verdad y solidez en el estilo. Esto confirma nuestra observación de que
el estudio en buena escuela haría del señor Guarín un artista
distinguido.
Del
mismo autor es una escultura de la Purísima, que en nuestra opinión está
bien comenzada.
Junto
a la última hay un busto en yeso del ex presidente señor Murillo, obra
del señor Narciso Garay, cuya ejecución no será brillante, porque no es
el ramo que el autor cultiva de preferencia; pero en la semejanza al
original ha alcanzado su objeto.
Ya
hemos hablado del Fumador del señor Epifanio Garay, y repetimos con gusto
que nos agrada mucho por la verdad de la luz artificial, y que si su autor
estudiase con buen sistema sería, a no dudarlo, si no el primero, uno de
los primeros pintores colombianos, pues posee buenas dotes de artista, y
en sus retratos campean, además de la semejanza con los originales, una
gran facilidad en el mecanismo, mucho relieve y notable firmeza de ejecución.
Es muy de deplorarse que el señor Garay no haya podido aprovechar
asiduamente la providencial mansión del señor Gutiérrez entre nosotros
para cultivar a su lado siquiera el colorido, en cuyo dificilísimo ramo
ni aquí ni en ninguna parte hemos hallado pincel superior al suyo; y éste
es el departamento en que los libros y el instituto alcanzan menos a
suplir el vivo ejemplo del maestro.
Al
entrar en la tercera sala sentimos una emoción de extraordinario placer,
y no podemos menos de bendecir el nombre de Felipe S. Gutiérrez, apóstol
de beneficencia y de cultura entre nosotros. Sus paredes están colgadas,
cubiertas con los trabajos de las señoras y señoritas de su Academia, y
representan cuatro o cinco meses de horas robadas por la mano generosa del
artista al fastidio (patrimonio de la mujer entre nosotros) y
transformadas por él en deliciosa sociedad y en fraternal cultivo de la
gracia, el espíritu y el sentimiento. Muy natural es que nos regocijemos
con tal espectáculo, siendo como son nuestros sentimientos en este
particular los expresados en el discurso en verso titulado “La educación
es la fuerza de la mujer”, que pronunciamos en cierto colegio de señoritas,
y dimos a luz en La Escuela Normal hace pocos meses. Refiriéndonos a él
nos excusamos de moralizar por ahora sobre el asunto. Bástenos decir que
la obra que debemos al señor Gutiérrez, si hubiese posibilidad de
continuarla y desarrollarla como ella lo merece, poner el dedo en nuestra
llaga social, porque nuestra sociedad está paralítica, enferma y casi
disuelta de chismes, de frivolidad, de envidia, de pretensiones impotentes
y de ocupaciones u ociosidades malsanas; y donde pueden curarse estas
dolencias es en el sexo de las hijas, esposas y madres, del cual esperamos
mucho más que del sexo de los teóricos, de los egoístas, de los
especuladores y de los políticos, en una palabra, del sexo escaso del
corazón.
La
mujer es el precioso compendio de la Naturaleza, sensible a ella más que
al hombre, y más llamada que él a vivir en dulce y fecunda comunión con
ella. Hay muchos secretos de entre las dos, a los cuales es refractario el
espíritu del hombre; y por consiguiente, ella sería ya no sólo nuestro
primer educador, nuestro jardinero, nuestro médico, nuestro naturalista,
nuestro gula diplomático en sociedad, etc., etc., sino también nuestro
artista, a natura sua y con privilegio exclusivo. El hombre, animal
que mueve pleitos, que mata gente, que con tranquilidad de conciencia
desola casas y provincias, que (como Fausto) corta los árboles
centenarios y quema los hogares de los
ancianos que le
embarazan la vista de la fábrica o del puerto; el hombre, en fin, que
goza tanto en dedicar la noche entera al juego y la bebida, cuando Dios ha
permitido que en el mundo haya mujer, amor e hijos: esta fiera tan rara,
tan dañina y tan estúpida de corazón, no merece cultivar aquellos ramos
semi-angélicos, tan superiores a él por lo rudo y frío de su percepción,
por su propia gracia y elasticidad de espíritu, por su escasez de
facultad simpática o asimiladora, y hasta por la constitucional tosquedad
de sus manos.
No
es extraño que el hombre haya hasta ahora repugnado tanto el abrir a la
mujer estas vías de ejercicio y desarrollo, ya por lo mal que él las
comprende y practica, sin sentirlas y embalsamarlas de amor, ya por la
sospecha de que su compañera está evidentemente llamada a aventajarlo en
ellas. Seamos menos vanos y egoístas, pongamos aquí a la mujer en posesión
de su imperio natural; y pronto, en vez de las fúnebres hileras de
fantasmas negras que entristecen nuestras calles, y que, en verdad, con
sobrada razón visten de duelo, veremos ángeles chispeantes de felicidad
en todas las formas que se llaman bellas artes, gracias sociales y
medicina del cuerpo y del alma, contándose entre ellas no pocas a quienes
bauticemos. nuestra Recamier, nuestra Staël, nuestra Lebrun, nuestra Rosa
Bonheur, nuestra Teresita Carreño, nuestra Angela Peralta... Para ellas,
no para nosotros, las coronas de flores, ¡y el cariñoso entusiasmo de
teatros y salones rebosantes de concurrencia! Para nosotros, ahogar
nuestra envidia, ¡y adorarlas! Para FELIPE GUTIERREZ, ¡el eterno laurel
de poderoso y desinteresado iniciador!
Entremos
a esta sala, única en Colombia, por ser empapelada por mano de las
Gracias mismas. Lo primero que encontramos a la izquierda son unos
estudios, de colorido, ya copias, ya originales, que se nos informa son
primeros ensayos de sus autoras en este género. De ellos nos agradan
principalmente las Plegarias de las señoritas Emilia Espinosa, Dolores
Valenzuela y Josefina. Barben. En la primera y tercera hay muy buen
principio de color, y en la segunda bastante firmeza de ejecución y simpática
expresión en la cabeza de la niña. Otra, por la señorita Lucía
Espinosa, exhibe gran firmeza en el procedimiento, y un estilo varonil. En
las demás cabezas, por las señoritas Adelaida y Amalia Torres y Elvira
Vargas, destella un glorioso porvenir artístico que no exige sino la
indispensable constancia para nivelarse con el que prometen sus compañeras
mencionadas.
Más
adelante están a la vista, cubriendo el lienzo de pared opuesto al balcón,
las mejores cabezas ejecutadas por las alumnas. Como son muchas, nos
faltaría espacio para dar de cada una de ellas una idea circunstanciada;
baste decir que en todas hay méritos relevantes,, como son, la exactitud
del parecido con los modelos, una modelación fina y excelente, una
entonación verdadera, el mas esmerado mecanismo, y tal suavidad y verdad,
en todas, que no pueden menos de cautivar la atención. Son autoras de
esta colección preciosa, las señoritas Espinosa, Dolores Valenzuela,
Elvira Vargas, las Tanco, Delfina Sánchez e Isabel Mier. De escoger algo
entre lo bueno preferiríamos por su suavidad y relieve las dos cabezas
tomadas del yeso por la señorita Lucía (de un personaje que siquiera ha
añadido este inocente servicio a muchos perniciosos que le debe la República);
una cabeza escorzada del natural, por la misma, número 22, y el retrato
del veterano señor Daza, numero 20, por la señorita Elvira Vargas;
trabajo modelado con gran firmeza, y que tiene el carácter de un retrato
de la escuela antigua.
Cubre
la pared opuesta a la puerta de entrada una variada colección de bustos y
cabezas, entre las cuales hay algunas que casi rivalizan con las ya
recomendadas, en vigor, modelado, suavidad, parecido, y otras dotes
importantes. Las autoras de estos estudios pueden tener el mismo talento
que sus compañeras, pero son más principiantes, a pesar de lo cual un
ojo conocedor distingue ya en ellas, como diría Lamartine, radios que
prolongados llevan al centro, es decir, al artista. Dichas alumnas son las
señoritas Pinto, Felisa Ibáñez, Sofía y Paulina Valenzuela, Natividad
González, Anatilde Forero, Rosa y Carmen Elisa Vargas, Elvira Padilla,
Juana Scarpetta, Juana Pombo y otras.
Haciendo
una atenta comparación entre los dibujos de las señoritas y los de los jóvenes,
creemos que a pesar de contar los últimos dos meses más de estudio, pues
comenzaron en diciembre y las señoritas en febrero (y algunas
posteriormente), hay mucha más fuerza en la ejecución y más limpieza y
mejor aspecto artístico en
los
de las señoritas, y por consiguiente deben agradar más a los
espectadores inteligentes. ¿De qué proviene esta singularidad? ¿De que
nuestra juventud masculina es menos aplicada y perseverante que la
femenina; o de que, en comprobación de la teoría que hemos sentado sobre
las aptitudes especiales de la mujer, ella arrebatará al hombre la palma
de las bellas artes, siempre que los dos sexos luchen con iguales
ventajas? Tomen nota de esto nuestros lectores, y acudan a la Exposición
a examinar si nuestro dictamen es imparcial y justo, o si una galante
debilidad nos ha empañado los lentes del entendimiento.
De
lo dicho debe inferirse que el director de las dos Academias, señor Gutiérrez,
no sería tan completo artista como es, si la caprichosa naturaleza no
hubiera enriquecido su genio con ciertas dotes esencialmente femeninas.
Tal vez por su parentesco con las flores, tienen las mujeres una
maravillosa percepción del color, hasta en sus más desvanecidos matices;
y en este don, rarísimo entre pintores, el mejicano deja muy atrás a
cuantos conocemos, con las ocho o diez excepciones que nadie ignora
encabezadas por el Tiziano. Las mujeres, en la batalla de la vida,
compensan la osadía y la fuerza del hombre, con la observación y con su
sensibilidad más que barométrica para los sentimientos ajenos; en
fisiognomonía cada una de ellas es un Lavater; y tan cierto es que donde
nosotros no vemos nada, ya ellas lo están viendo todo como asomado a la
ventana, que, según dijo alguien, no hay memoria de que a una mujer la
haya cogido de nuevo una declaración de amor. Pues bien, esta misma
facultad de observación, esta segunda vista de carácter y aun de biografía,
debe ser la que permite a Gutiérrez hacer retratos mirantes, sintientes
y biográficos, como el de nuestro historiador señor Groot y el del señor
Sixto Sánchez, que Van Dyck llamaría suyos con entera satisfacción.
Las
mujeres, y sólo ellas, saben ser artificiales con naturalidad perfecta; y
esto es lo mismo que hace Gutiérrez, en las actitudes de sus figuras,
“tomadas como sin ser visto, y en fotografía instantánea”, según lo
ha dicho el benemérito escritor y artista arriba nombrado. Ellas son
fuertes con telas, gracias al constante y aun costoso estudio que hacen de
este ramo; y Gutiérrez no lo es menos, a lo cual atribuimos la justa
admiración Con que observan cómo distingue él en sus obras la lana de
la seda, el algodón del lino, y el raso liso, el gro, el paño, la
alpaca, el terciopelo, etc., en todos sus visos, reflejos y posiciones.
Aunque
en la presente Exhibición el siempre modesto artista se propuso
arrinconarse y esconderse, para no perjudicar las obras de sus discípulos
y amigos, denunciaremos sin embargo dos nuevos y admirables retratos suyos
(de los señores Manuel Umaña y doctor Jorge Vargas) que están en la 34
sala, una señorita sentada, cuadro pequeño y una cabeza de San Lucas,
todo al óleo; y en la sala un gran retrato del General Santos
Acosta, sentado y con sus insignias de presidente; dos mas, a medio hacer
todavía, del General Santander y del General Santos Gutiérrez; otro,
casi concluido, de una. hermosa dama bogotana, de tal dignidad y aun
majestad de composición y expresión, que parece imagen de alguna
Emperatriz de derecho divino. En dicha 44 sala hay, además, de su pincel
y al óleo, una soberbia cabeza de Campesina, una Bañante, de tamaño
natural, y siete Academias asombrosas. En este difícil género sobresale
Gutiérrez de tal manera, que el crítico del New York Herald, con fecha
19 de abril de 1873, lo calificó de la siguiente manera: “Mr. Gutiérrez
has strong affection for the nude, a branch of art, unfortunately, not as
much cultivated in this city as it ought to be.
On
this account it is pleasant to see a new comer devoting a good deal of
atention to it, and with singular success. Mr. Gutierrez’s flesh tints
serve to put the bodies of men and woinen before us with ah the warmth and
glow of life”.
Con
la misma franqueza, el Fifth Avenue Journal de Nueva York, (número de
fines de marzo de 1873) terminó un encomiástico juicio sobre Gutiérrez
con las siguientes palabras, que traducimos:
“Sin
duda lo que dejamos dicho parecerá simple elogio, extravagante y
verboso; y así sería si no fuese la exacta verdad. Y aún hay más
hechos, y más extraordinarios que los anteriores, que apuntar de este
artista excepcional. En rapidez y destreza de manipulación, Gutiérrez
vence a cuantos han llegado a nuestra noticia, sin exceptuar a Gustavo Doré.
Al afirmar que le hemos visto hacer y concluir una cabeza y busto al óleo
del tamaño natural en cinco horas, con una perfección de parecido, una
simetría y precisión de dibujo, y una fidelidad de colorido que ningún
artista en este país puede
aventajar,
hablamos pesando lo que decimos, y aun con cortedad; y pueden confirmar
nuestro testimonio los de cincuenta conocedores que lo han visto
trabajando”.
Y
en efecto, el Hebrew Leader de 21 de marzo, y muchos otros respetables
periódicos de Norteamérica, fueron igualmente sinceros y calurosos en su
opiniones sobre el pintor excepcional que hoy nos hace el honor de morar
entre nosotros, y que cualquier país culto se honraría en tratar con pródiga
y brillante hospitalidad.
El
Hebrew Leader añadió estas frases: “Posee el genio del dibujo, y... no
vacilamos en declarar públicamente que como colorista, el señor Gutiérrez,
no tiene que temer competencia ninguna en este país” (need fear no
competition in this country). El Herald añadió, el 1º de abril: “No
conocemos en Nueva York pequeña galería ni oficina de artista que en los
peculiares méritos que hemos especificado, aventaje las del señor Gutiérrez”.
Desde el año de 1867, a su paso por California para Europa, es decir,
antes de doblar su fuerza en Roma y Madrid, los periódicos de San
Francisco, con notable unanimidad, lo habían calificado de excelente
pintor bajo todos respectos y el más hábil retratista de aquella ciudad,
elogiando especialmente una Madvnna suya, de la cual dijo The Examiner: “We
have never seen in painting or engraving anything more expressive”.
(Nunca hemos visto, en pintura ni en grabado, cosa alguna más expresiva).
Sería
injusto no consagrar un párrafo especial a la patriótica y progresista
ciudad de Pasto, que desde tan grande distancia respondió a la invitación
del señor Gutiérrez enviando varios trabajos de diversos géneros y más
o menos recomendables, a saber: Bolivar en Bomboná, explicación topográfica
y mapa, para comprender bien aquella cruentísima batalla, por Higinio Muñoz.
Monografía de la Planta Bolivar; descripción escrita y bello dibujo en
lápiz, por id. El puente Rumichaca; vista de lápiz y explicación, por id. Himno
patriótico a Colombia, y una Cavatina, ambos para dos voces y nueve
instrumentos, por Dionisio A. Santander. Trisagio de la Virgen, para dos
voces y ocho instrumentos por Guillermo M. Rosero. Aguinaldos y Pasillos,
por Angel María León; y varias Poesías y piezas de música, por Pablo
L. Quiñones. Entre las últimas hay un vals expresivo y de buen gusto.
Podríamos
extender indefinidamente estas noticias sobre la Exposición de Bellas
Artes que debemos al filantrópico Velásquez mejicano. Nada hemos dicho
de las acuarelas, de varios dibujos de pluma, de la Ester del Inspirado
Ponce, de los cuadros de frutas y flores del señor Francisco Torres y de
una de sus distinguidas hermanas y, en fin, callamos aún más de lo que
decimos, dejando a la culta curiosidad del público el completar por sus
ojos lo que con mano demasiado rápida hemos querido bosquejarle. La
Exposición está al cerrarse, y nadie que presuma de ilustrado, o de
capaz de ilustración, debe dejar de concurrir a ella.
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