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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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II
DOCUMENTOS
A
AURITA
ARTE
Y CRITICA EN COLOMBIA
La
historia del arte exige una metodología de trabajo que considere el
estudio de los temas en sus dos fuentes materiales: la obra de arte misma
y las referencias escritas que existan de ella. Escondidas y desperdigadas
las obras en colecciones privadas de dentro y fuera del país, resulta
sumamente difícil precisar los detalles de una época, una tendencia o un
artista sin acudir a la crítica de arte, ese testimonio que de las obras
ha dejado un conocedor que las vio y evaluó en su momento. Recurso por lo
demás nada despreciable, que permite valorar la acogida o el rechazo
social que justa o injustamente recibieron, elemento de juicio este Último
que es inseparable del producto artístico.
Rescatar
y divulgar algunos de esos acontecimientos, regados en millares de
entregas de nuestras publicaciones periódicas, es el objetivo de las
criticas que he seleccionado y a continuación se publican. De este modo
trato de introducir una herramienta de trabajo que permita conocer
medianamente algunos acontecimientos y revalorar la importancia de muchos
creadores que ya no suscitan el más mínimo interés, nombres olvidados
que si los medimos por los conceptos que sobre ellos expresaron sus críticos,
tuvieron entonces unos méritos que hoy desconocemos y tendremos que
recogerlos y evaluarlos para situarlos en su debida magnitud histórica.
Esta
selección tiene un antecedente sumamente valioso en Notas y documentos
sobre el arte en Colombia
que el investigador Gabriel Giraldo Jaramillo publicó en 1954. Debo
reconocer que sin este primer aporte, que fue mi incentivo durante la
tarea de investigar un poco más, la escritura de buena parte de Procesos
del arte en Colombia hubiera tardado en iniciarse. El trabajo de Giraldo
Jaramillo me sirvió de guía inicial para acometer la larga búsqueda de
los textos que aquí recojo. Todavía más, las notas que se refieren a
las exposiciones de 1871 y 1874, por ejemplo, aparecieron extensamente
citadas en la obra del conocido historiador. Al incluirlas he tenido en
mente dos razones: en primer lugar, es un período particularmente árido
en reseñas del arte colombiano por las tensiones políticas que
recorrieron al país, las cuales explican porqué entre 1850 y 1870 no se
produjeron exposiciones nacionales de importancia después que en la década
del 40 se organizaron siete con valiosos resultados; en segundo lugar,
Giraldo Jaramillo no presentó en su libro estos documentos en su
integridad, desnudos y como hechos fehacientes.
Los
escritos que adelante se incluyen no constituyen una antología de la crítica
colombiana de arte, sino una simple selección cuyo objeto es trazar el
esqueleto de 100 años en la historia de nuestro arte, según ha sido
escrita paulatinamente por los críticos a raíz de ciertas exposiciones
colectivas de significación o de manifestaciones, externas en principio,
que luego incidieron hondamente en la plástica nacional. Salvo el periodo
ya aludido del siglo pasado, el estudioso podrá encontrar unos balances
aproximativos del arte colombiano en cada década, conforme se manifestó
en esas muestras tan controvertidas y casi siempre polémicas que hoy
llamamos Salones Nacionales. Naturalmente, a pesar del empeño por lograr
que todos nuestros artistas de importancia quedaron reseñados, aunque
fuera brevemente esto no ha sido posible. Pero la ausencia de algunos
nombres es, a un mismo tiempo; el registro de un comportamiento que podríamos
denominar la presencia actuante en Colombia de esos artistas, limitada en
mucho. casos por circunstancias especiales.
Si
bien esta segunda parte no es una antología, involuntariamente consigue
reunir los nombres de algunos de los más notables críticos de nuestro
arte a lo largo de sus 100 años. Lo que me lleva a aclararle a los
lectores que no todos los escritores incluidos fueron propiamente críticos,
aunque hicieran incursiones en la crítica. Son los casos de los hermanos
Figueroa y Laureano Gómez, presentes en la selección por razones
diversas. La nota de Laureano Gómez es el indicador de una influyente
posición ante el muralismo en general y es importante para un análisis
dialéctico de las tesis y antítesis al respecto en aquellos años.
La
presente selección, por otra parte, presenta los antecedentes mínimos de
una actividad muy respetable que ha sido ejercida con propiedad y
numerosos aciertos por una infinidad de críticos hoy olvidados. La idea
equivocada que hemos visto reflejada en algún libro y muchas notas
sueltas de que la crítica de arte tiene su iniciación en Colombia hacia
los años 50 de este siglo, queda rebatida con estos documentos. Sin
pretender ser exhaustivo, debo consignar algunos nombres de escritores del
período que cubro, cuyos escritos críticos o históricos, no por falta
de méritos sino por la estrechez de todo volumen, no fueron incluidos.
Ellos son: José Manuel Groot, Luis Augusto Cuervo, Sergio Arboleda,
Alberto Urdaneta, José Caicedo Rojas, Luis Mejía Restrepo, José Belver,
Lázaro María Girón, Carlos Ortiz Restrepo, José Leocadio Camacho,
Pedro Carlos Manrique, Rubén
J.
Mosquera, Jacinto Albarracín, Francisco Antonio Cano, Eduardo
Castillo, Rafael Duque Uribe, Miguel Díaz Vargas, Daniel Samper Ortega,
Antonio Alvarez Lleras, Julio Vives Guerras, Femando Rivas Sacconi,
Coriolano Leudo, Emilia Pardo Umaña, Luis Alberto Acuña, Manuel Laverde
Liévano, Rafael Azula Barrera, Darío Samper, Luís Eduardo Nieto
Caballero, Gilberto Vieira, Manuel Rodríguez Lozano, Eduardo Ospina,
Agustín Rodríguez Garavito, Eduardo Zalamea, Fernando Guillén Martínez,
Carlos Correa, Andrés Pardo Tovar, Miguel Aguilera, Juan Friede, Marco
Ospina, Enrique Torregrosa y Walter Engel.
Como
se puede ver por esta lista y por el índice de los autores cuyos textos
he seleccionado, muchos de ellos fueron artistas activos que recurrieron a
la escritura para darle cuerpo a sus conceptos y emitir juicios sobre las
obras de sus colegas, actitud que tiene antecedentes desde el
Renacimiento. Hago la salvedad, para aquellos sorprendidos al encontrar
algunos nombres no asociados Con esta disciplina, que en la lista aparecen
autores que Si bien no se dedicaron con constancia a la crítica de arte,
en todo caso dejaron sobre la actividad de los artistas numerosas
apreciaciones serias y sagaces que todavía tienen vigencia.
La
del crítico no es una profesión grata y su ejercicio libre presenta
escollos que aun hoy son difícil de salvar.
La
incomprensión, cuando no la ira, son las respuestas a la evaluación
adversa pero justa de una obra. En el curso del siglo XIX estas
consideraciones, en un país humanamente pequeño aunque físicamente
grande, y más concretamente, en una Bogotá que lentamente salía de su
condición de aldea provincial y cerrada, debieron condicionar la opinión
de los críticos en ciernes. Pero de ningún modo podemos limitar sus
alcances a barreras tan domésticas. Giraldo Jaramillo ha calificado así
a esa crítica: “Nuestra literatura de arte en el siglo pasado
—llamarla crítica sería excesivo— tenía, con algunas excepciones
brillantes, un ingenuo sabor doméstico, que a veces alcanzaba tonos humorísticos;
se aludía, con exceso, a loe detalles formales de la obra, de manera un
poco pueril, insistiendo en el aspecto puramente artesanal; el lado humano
tampoco era desechado; no es difícil encontrar alusiones concretas a
las virtudes personales del artista, a su conducta moral, a su situación
social. Esto era natural y explicable en una sociedad en formación, de
muy limitado ámbito intelectual y en la cual se vivía en función de
grupo, de casta, casi podría decirse, de familia”
(1)
, La apreciación es correcta pero no para todo el siglo, porque en
“una sociedad en formación” su arte sufrió las contingencias
—avances y retrocesos— de una calificación que fue lenta. Ese arte
creó su crítica y no al revés, crítica que fue ascendiendo y ganando
rigor en la medida del avance general de ese arte y esa sociedad.
En
el curso del siglo XIX no es difícil ver cómo las reseñas se escriben
acatando las reglas de un mundo galante. En el caso de los hermanos
Figueroa, respetados pintores de la época, la primacía se atuvo, no a la
calidad, sino a un inevitable dictado de la urbanidad:
las
mujeres primero. El juicio se redujo allí a la descripción de las obras,
o sea que no existe. Esa actitud descriptiva tenía una exacta
correspondencia con un arte ingenuo y primitivo como el que practicaban
los Figueroa y fue predominante del período. En las exposiciones de 1848,
1871 y 1874, la pintura, el dibujo y las pocas
muestras
de modelado a las que se llamaron esculturas, compitieron junto a trabajos
de tipo caligráfico y bordados femeninos. Uno y otro pueden alcanzar alta
calidad estética, pero es indudable que esos casos correspondieron a
manifestaciones artesanales de nivel escolar y doméstico,
respectivamente. La plástica se abrió paso demoliendo confusiones de esa
clase y ganando, en el terreno técnico, habilidades que los críticos
destacaron. Hoy nos pueden parecer precarias esas habilidades, precariedad
que no era la del crítico aisladamente sino también la del producto artístico.
Caso de Scarpetta y Vergara cuando escribieron: “El retrato del ilustrísimo
señor arzobispo Herrán tiene bulto”, evidente alusión a la capacidad
del artista para captar el volumen, habilidad que no era desconocida pero
era poco corriente por ausencia de escuelas. Colombia, a diferencia de
otros países de América Latina, estableció tardíamente una academia
para formar a sus artistas. De allí esa otra obsesión, la del parecido,
habilidad que no poseían todos nuestros autodidactos y, por lo mismo, era
signo de capacidad y alto nivel estético. Se comprende entonces por qué
se volvió una exigencia y un elemento evaluador: el parecido permitía
establecer aptitudes y talentos diferenciados, o sea, jerarquías. Esa
obsesión por el parecido fue la que llevó a Rafael Pombo a escribir:
“Respecto de la Batalla de Boyacá por el pintor y prócer señor
Espinosa, no sabemos si el terreno está fielmente representado, porque no
le conocemos”. Tratándose de un tema histórico es explicable la
preocupación de Pombo por indagar la fidelidad de la representación y,
al indagarlo, trasmitir el criterio con el que se podía definir si la
obra tenía o no méritos.
Con
el arribo en 1873 del pintor mexicano Felipe Gutiérrez, recomendado de
Pombo para dirigir la academia oficial que la inestabilidad política y
las guerras aplazaron, la plástica nacional dio un gran paso adelante.
Gutiérrez, quien había viajado por Europa, tenía una completa formación
académica y fue el primer pintor con diploma —por así decirlo— que
se estableció entre nosotros. Al fracasar la academia, Gutiérrez fundó
una escuela privada por la que pasaron Pantaleón Mendoza y Epifanio
Garay, o sea que fue el núcleo que le dio su origen al academicismo,
tendencia que era la misma que practicaba el mexicano.
La
época, mareada por la formación y ascenso de la burguesía formadora de
la Regeneración, estuvo acompañada de una cualificación intelectual en
todos 105 campos. Una nueva perspectiva se abría, y sus conquistas
culturales se iban a extender hasta la última década del siglo. El
ascenso, en lo que se refiere a obras de rigor científico, tuvo que
comenzar por el inventario de lo que hablamos sido y éramos entonces. Su
punto de partida lo constituyeron la Comisión Corográfica “Agustín
Codazzi” (1850-1859) y los Apuntamientos para la historia social y política
de la Nueva Granada (1853) de José María Samper. Tras el receso obligado
por las crisis y guerras, el desarrollo intelectual de la burguesía
prosiguió con Historia de la literatura en Nueva Granada (1867) de José
María Vergara y Vergara, Maria (1867) de Jorge Isaacs, la fundación de
la Universidad Nacional de Colombia (1868), Tratado del participio (1870)
de Miguel Antonio Caro, la fundación de la Academia Colombiana de la
Lengua (1874), Diccionario de construcción y régimen (1886 y 1893) de
Rufino José Cuervo y la obra sociológica reunida en Escritos varios
(1892) de Salvador Camacho Roldán. En resumen, los primeros pasos firmes
de una sociedad que se cohesionaba con las instituciones y las obras que
establecían los alcances de su cultura y los mecanismos de conservación
y reproducción de esa cultura dentro de la cual operaban matices en
cuanto al sello de clase que la distinguió. Fue dentro de este empuje
donde quedó Involucrado el intento de establecer una Academia de Bellas
Artes en 1873 y su aplazada apertura en 1888. También el cosmopolitismo
de Angel Cuervo al analizar a los pintores académicos franceses.
La
crítica de arte se forjó simultáneamente, y así encontramos, en 1886
cuando la Regeneración coronó su triunfo con la Constitución, cómo los
críticos se atrevieron a romper con las opiniones generalizadas. Lo
elementos de juicio no fueron rigurosos, pero el solo hecho de rechazar
una obra fue todo un acontecimiento. La voz de rebeldía la dejó oír
Rafael Espinosa Guzmán
—REG—
al decir del mexicano Gutiérrez: “Hay muchos cuadros que no
corresponden a la fama que les dan sUS entusiastas admiradores”. A lo
cual respondió Pombo:
“Resulta
REG prefiriendo, a estas horas y previa una larga residencia en Paris, el
pincel fino, relamido, aporcelanado, que en América ha recibido el nombre
de quiteñismo, el cual no deja tinta sin mover, fresca y transparente,
ni efecto ninguno de vida, pues no es con jalea o esmaltes de porcelana
como pinta la naturaleza misma”
(2)
. Fue la primera polémica en la
historia de la plástica colombiana, en la cual terció Pedro Carlos
Manrique en contra de Pombo para afirmar: “Se pueden poseer los más
puros principios artísticos, y sin embargo ser un mediocre ejecutante”
(3)
.
Y puso de ejemplos a Doré, por su capacidad de ser un gran dibujante
pero nunca pintor, y a Manet, a quien llamó “jefe de la escuela
impresionista francesa”. De Manet escribió Manrique: “Acarició su
fantasía un ideal en materia de pintura que nunca pudo realizar. La
concepción surgía en su mente luminosa, viviente, bella; pero al
sentarse delante del caballete para darle forma, un horroroso borrón salía
de sus pinceles”.
Un
rasgo esencial de la crítica, su capacidad de disentir, había surgido.
Pero había surgido alrededor de artistas extranjeros y ausentes, no de
los colombianos presentes. Este último rasgo fue la gran adquisición que
se expresó en 1899. La afirmación de Giraldo Jaramillo queda matizada
con estas precisiones. La crítica que hallamos al finalizar el siglo fue
argumentada y plena de conceptos rigurosos, aunque no los compartamos hoy,
y muchas veces fueron hábil recurso para apoyar controvertidas tesis
inspiradas en afectos o desafectos políticos y personales, no en la
objetividad del crítico.
Su
contraparte, el amiguismo, también existía y llevaba muchas veces á la
condescendencia. Mal, por cierto, que hoy presenciamos todavía. Pero la
condescendencia entrado el siglo, siguió siendo un mal general.
Gustavo
Santos, en la nota aquí recogida, dijo de Gómez Campuzano: “Tiene
veinte cuadros, todos diferentes los unos de los otros. Gómez Campuzano
no tiene aún ‘su manera’, y ojalá no la tenga nunca”. La
indefinición del artista quedaba exaltada. Casos como este se podrían
citar muchos. Baste por ahora, en razón de
la
brevedad, el siguiente que justificaba tal posición,
también referido a Gómez Campuzano: “Que ostente un estilo
desigual, es el mejor elogio que puede hacerse a un artista o a un
literato. Eso indica que sabe triunfa? del amaneramiento; que no quiere
repetirse”
(4)
.
El
primer critico en rechazar el eclecticismo fue Jorge Zalamea al señalar
en 1934 de Luis B. Ramos que ésta se había dado “el lujo de presentar
centenar y media de obras que se dirían pintadas por otros tantos
diferentes pintores”
(5)
. La razón de ser de lo que él consideró
“dispersión de la propia personalidad”, la halló en la crítica
practicada basta entonces y en este sentido Zalamea fue, igualmente, el
primero en hacer la crítica de la crítica con argumentos eficaces.
Escribió entonces:
“En
lo sucedido con el señor Ramos, como con tantos otros pintores jóvenes
de Colombia, tiene la mayor porción de culpa la crítica desconcertada y
vanidosa que pretende guiarlos [...]. En Colombia se ha creído que hacer
crítica de pintura no requiere cosa distinta del simple talento
literario, a la elocuencia, a la riqueza da imágenes. Y esta creencia errónea
nos ha llevado a instituir una crítica que no sabe cosa mejor que
transforma los cuadros, la tremenda realidad de los cuadros, en meros
trampolines para la divagación literaria”
(6)
.
En
los años 30, cuando prácticamente todos los artistas actuantes de
Colombia habían visitado a Europa y estudiado en sus academias y museos,
la habilidad técnica adquirida dejó de impresionar y la crítica se
dirige a reclamar creatividad, a reclamar que esa técnica w. tuviera al
servicio de un lenguaje efectivo. También fue Zalamea el primero y más
tenaz aplicador de ese principio básico cuando escribió: “La mayoría
de vosotros asistió a la exposición que celebrara hace unas semanas el
señor Miguel Díaz, profesional de la pintura que, en 10 o 15 años de
laboriosa tarea, cumplida ora en colombia, ora en España, logró adquirir
por premio de su consagración un cierto dominio de la artesanía pictórica,
una cierta habilidad en la reproducción de Imágenes [...]. Esta
fidelidad suya para con lo aparente,
esta
sequedad de la imaginación, esta terquedad que él pone en meter la cosa
viva dentro del esquema muerto del concepto, lo condenan irremisiblemente
a permanecer en esa región que apenas linda con el arte y que llamamos
academicismo. Allí, como en las riberas del mar muerto, todo es
apariencia sobre ceniza, todo es fórmula, receta, engañosa habilidad de
una mano que rompió sus relaciones con la sensibilidad y la imaginación
creadora”
(7)
.
Un
salto cualitativo se había operado y a ese salto se ligó la exigencia
por estar al día. Si para los críticos del Círculo de Bellas Artes en
la década del 20 la preferencia residió en el pasado con el consiguiente
rechazo al presente, desde los años 30 esa relación se invirtió. De allí
que para Luis Vidales la plástica colombiana reunida en el salón de 1940
fuera “moderadamente moderna” en ausencia de experimentaciones como
las que se habían llevado a cabo en Europa y que él conoció de cerca
como inquieto vanguardista que era.
Ya
en la pasada década del 50 el arte colombiano logró adquirir una dinámica
interna muy especial que replanteó muchos comportamientos. Ante un
mercado que se definía con firmeza, las galerías comerciales aparecieron
evitándole al artista la necesidad, que hasta ese momento lo constreñía,
de cobijarse en las entidades oficiales para hacerse conocer de un público.
La repercusión inmediata de este fenómeno se manifestó en el hecho de
que ese mismo artista vendió menos en su taller a unos clientes esporádicos
y trabajó más en función de exhibir periódicamente su producción, a
la búsqueda de un comprador desconocido. Lo que a su vez condujo a la
conformación de una nueva crítica que escribió con más frecuencia,
conceptuando con un profesionalismo menos comprometido con la ligazón
amistosa que el autor podía tener con el artista.
Como
un anexo a los 100 años de crítica que aquí se recogen, al final
encontrará el lector una encuesta realizada sobre el tema de la crítica
con la participación de críticos y artistas, una encuesta que fue el
producto de la cualificación que culminó en aquella década cau
sando
ciertos traumatismos. La segunda parte de Proceso del arte en Colombia
aspira a ser, entonces, la recapitulación de los acontecimientos que le
dan a la crítica actual sus bases operativas y al mismo tiempo explican
el surgimiento de esa nueva crítica que inician Walter Engel, Jorge Gaitán
Durán y Marta Traba, como explican los primeros ensayos de Gabriel
Giraldo Jaramillo, y Eugenio Barney Cabrera por una historia fundamentada
en la investigación.
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AL INDICE
1
GABRIEL GIRALDO JARAMILLO, Bibliografía
selecta del arte en Colombia. Bogotá, Editorial ABC. 1955, págs.
10/11. (regresar 1)
2
RAFAEL POMBO, “Critica civilizada”, en El
Semanario, núm. 21, Bogotá, diciembre 16 de 1886. (regresar 2)
3
PEDRO CARLOS MANRIQUEZ, “La exposición de pintura”, en El
Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, diciembre 15 de 1886. (regresar
3)
4
JUAN CRISÓSTOMO GARCÍA, “La galería del Bosque”, en Cromos,
núm.
237,
noviembre 17 de 1920.
(regresar
4)
5
JORGE ZALAMEA, Nueve artistas
colombianos, Bogotá, 1941, pág. 23. (regresar 5)
6
JORGE ZALAMEA
,
Ibid.
(regresar
6)
7
JORGE ZALAMEA, ob. cit., pág. 22. (regresar 7)
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