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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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APROXIMACIÓN
A LA OBRA
DE
ANTONIO GONZÁLEZ CAMARGO
Si
bien el Centro de Bellas Artes, con todo y la fugacidad de su trabajo,
marcó el punto de partida hacia el lenguaje de ruptura que sacó a la plástica
nacional de las medianías del Circulo de Bellas Artes, en el período
1910-1925
trabajó un artista que realizó la mejor pintura de su época, un
artista silencioso, solitario y de escaso éxito crítico, a pesar de que
su trayectoria tuvo una brillante iniciación: Antonio González Camargo,
nacido en 1883 y muerto en el total olvido en 1941. La vida dé González
Camargo fue trágica, y trágica ha sido su suerte en la historia. En 1910
participó en la Exposición del Centenario con dos obras, La poda y
Paisaje, identificadas con los números 89 y 90, respectivamente, en el
catálogo de la muestra. La poda, mención de honor por acuerdo del jurado
de calificación
(1)
.
fue descrita por un comentarista como “una muchacha cogiendo rosas,
cuadro de colorido suave y fresco, de arte ingenuo y preciosista”
(2)
.
Consideración que lo
llevó a profetizar:
“Quien
tan propiciamente se inicia, augura muchos triunfos para el mañana”.
Pero González Camargo no conoció otros triunfos y en cada uno de los
salones en los que participó en adelante, apenas consiguió ser nombrado
de prisa por los diversos reseñadores.
Junto
a La poda y Paisaje el mismo comentarista habló, al detenerse en las
esculturas, de un Rembrandt ejecutado por el artista, posiblemente un
busto enviado a última hora, por cuanto no aparece en el catálogo de
la
Exposición del Centenario. En la exposición de 1912, tras analizar a
Acevedo Bernal, a Zerda y a Zamora, un anón mo cronista escribió:
“Para caldear aún más ese rinconcillo sagrado, Camargo riega alli sus
cuadros rústicos de tierra caliente, que sudan sopor y quietud”
(3)
.
Que se refiriera a González Camargo no es seguro, sobre todo por
su mención de los paisajes de “tierra caliente”, duda que acrecienta
el hecho de que en la Exposición del Centenario participaron tres
pintores de apellido Camargo
(4)
. En tal caso tendremos que reconocer que
la suerte del excelente pintor fue peor. En 1915 Gustavo santos le dedicó
menos de una línea en su comentario crítico: “un Charitas de González
Camargo, académico”
(
5
)
.
En 1918 Max Grillo fue mucho más parco en cuanto apenas lo incluyó
en una lista: “la pintura de paisaje aparece en la Exposición
representada con gallardía. Allí exponen Borrero y Zamora, Moros y Páramo,
Gaitán Olaya y González Camargo, obras de aliento, unos, apuntes los demás,
y todos muestras apreciables de su ingenio”
(
6)
.
La reseña de Grillo fue acompañada con una fotografía del óleo
La
camisa del estudiante.
En
1920, Alvarez Meras lo mencionó junto a Cano, Leudo, Díaz Vargas y
Zerda, situándolo como un pintor de cuadros de costumbres
(7)
.
Ese mismo año la
revista Cromos utilizó un óleo suyo, La modista, para ilustrar un poema
deplorable, imagen en blanco y negro que es suficiente para saber que González
Camargo había alcanzado ese estilo que hoy le admiramos
(8)
. De 1925 es
la mención más calurosa y humana que alguien hiciera del pintor. La
emitió Francisco A. Cano, quien se expresó así en una. entrevista:
“Tenía gran confianza en González Camargo. De una modestia enorme, era
tenaz, y aunque al público no le gustaba lo que él producía, seguía
trabajando. Era amable, gustaba que le aconsejaran, y no se avergonzaba de
reconocer sus defectos.
Pobrecillo”
(9)
.
González Camargo había perdido la razón en el curso de 1925, y nunca se
recuperé hasta su muerte en Sibaté, dieciséis años después, corriendo
la suerte que truncó las carreras de Pantaleón Mendoza y Salvador
Moreno. De allí que tras consignar las palabras de Cano, el cronista
hubiera escrito esta luctuosa remembranza: “El maestro se queda
pensando. Recuerda al amigo. Nosotros también lo recordamos. Atacado del
mal de Maupassant, el malogrado pintor, que tenía una vena rica de
artista, había desertado de su obra, para caer en las manos de los
enfermeros. Lo recordamos en su casita de la calle 13, decorada toda por
las manos hábiles del padre. Y su cuarto de estudio donde amontonaba en
desorden bocetos, cuadros, y donde trabajaba sin descanso, corrigiendo y
puliendo su espíritu selecto”.
En
1929 González Camargo ganó medalla de oro de segunda clase en la
Exposición Iberoamericana de Sevilla, España, con el conjunto de óleos
y dibujos que hoy exhibe en su colección permanente el Museo Nacional. Su
presencia en Sevilla se debió al gesto amable y solidario de un grupo de
amigos que consiguieron incluirlo en el envío colombiano
(10)
.
En 1934, refiriéndose indudablemente a los trabajos críticos de los
pintores Tavera y Pizano, pero también a los suyos propios, Cano, lo
volvió a recordar: “He de reconocer lo que decía con mucha razón el
malogrado artista González Camargo:
a
nosotros lo que nos corresponde es trabajar, que escriban los demás’
(11)
. En 1948, el historiador Gabriel Giraldo Jaramillo lo mencioné rápidamente
de la siguiente manera: “Escogida obra pictórica dejaron también el
maestro Páramo que ensayé con éxito singular el paisaje de reducidas
dimensiones; Alfonso González
Camargo,
que incursioné en el campo costumbrista”
(12)
.
En 1970, en su libro
Temas para la historia del
arte en Colombia, Eugenio Barney Cabrera omitió su nombre. En
resumen, lo que no solamente fue un prometedor comienzo sino una obra
realizada con rigor, habla sido desvanecida por el tiempo.
La
obra de González Camargo es un misterio, pero la poquísima que
conocemos, diez paisajes de los alrededores de Bogotá en pequeños
cartones al estilo Páramo, ocho pinturas mayores y una veintena de
dibujos esquemáticos pero firmes, son suficientes para fijar la
importancia de su obra, Y, en el contexto de su momento histórico, saber
que plásticamente superó a todos sus contemporáneos. El primer
reconocimiento del valor de su pintura por parte de un historiador, se
debe a Germán Rubiano Caballero, quien escribió:
“Los
paisajes se caracterizan por la visión esquemática y por el tratamiento
exclusivamente pictórico. Uno de los cuadros más importantes es
Arrabales de
Bogotá, en el que a
la observación sintética se unen una sobria composición y una discreta
y hermosa entonación. Pocos elementos le bastan a González Camargo para
darnos una idea precisa del asunto, indicarnos el ambiente y determinarnos
el tiempo y el espacio. El artista no pretende hacernos una descripción
prolija; prefiere, por el contrario, presentarnos una trascripción
inteligente del lugar. Ajeno a la pintura moderna de Europa —hay que
recordar aquí que González Camargo nunca salió del país—, su obra
recuerda ciertos cuadros de Albert Marquet por su sensibilidad y
equilibrio, pero, sobre todo, las miniaturas plenas de justeza de Roberto
Páramo. Niña campesina es otro ejemplo de la depuración de González
Camargo. El dibujo preciso subraya la estructura de la figura y realza los
objetos indispensables. La lectura demuestra la modernidad del artista. Más
que cualquiera de sus contemporáneos, el pintor no estuvo interesado en
presentarnos literalmente un tema, cuanto en mostrarnos, a base de
colores, una observación so
mera
y esencial de la realidad. En toda la obra. de González Camargo no
encontramos sino equivalencias de las cosas, transformaciones plásticas
de los motivos de inspiración naturalista. Muerto en Sibaté en 1925
[sic], este artista dejó en sus pequeños cuadros una de las lecciones más
hermosas de la verdadera creación pictórica en todo el arte colombiano”
(13)
.
La
evaluación es absolutamente justa en todos sus términos, pero la errónea
mención del año de su muerte, tomada del Diccionario de artistas
colombianos de Carmen Ortega Ricaurte, recuerda lo poco que hasta hace
unos años conocíamos a González Camargo. Sin embargo, sus cuadros han
estado en exhibición en el Museo -Nacional, aunque para nuestro análisis
ellos presenten las dificultades de una datación azarosa y poco confiable.
En 1934, Coriolano Leudo realizó el catálogo de la colección de
pinturas del Museo y allí consignó la existencia de óleos, sobre los
cuales es necesario hacer lá aclaración de sus títulos. A continuación,
en una doble columna, trascribo la lista de Leudo y los títulos con que y
hoy conocemos a esas obras:
|
Títulos
según Leudo
(14)
Calle
de San Cristóbal
Chircal (Tejar)
Paseo Bolívar
Niebla
La lectura
Muchacha al sol
Títulos
conocidos hoy
(15)
Cercanías
de Bogotá (1910)
El chircal (1910)
Alrededores de Bogotá (1910)
Arrabales de Bogotá (1910)
La lectura (1919)
La niña campesina (1920)
|
González
Camargo fue un antiacademicista decidido en sus mejores obras, aunque al
iniciar su trayectoria demostró estar bastante cerca de Moros Urbina.
Ejemplo de ello son El Chircal Y Cercanías de Bogotá, óleos que
podemos
adnhitfr como de 1910 por su aproximación verista a los temas. La
referencia de Gustavo Santos en el sentido de que su Chantas de 1915 era
academicista, nos sirve para precisar el año de realización de los
restantes que le conocemos. La referencia de Santos no la podemos tomar
literalmente, porque el crítico propugnaba el luminismo su crítica de
ese año demostró ser la de un escritor que exigía audacias y ensayos de
apertura, pero tampoco podemos desconocerla. De 1914 son dos cuadros
firmados y fechados, La camisa del estudiante y El místico, pinturas en
las que no es difícil descubrir el atractivo que Santamaría había
ejercido sobre González Camargo y la manera como ese atractivo
—el
cual no se tradujo en una influencia directa del maestro— orientó los
pasos del joven pintor. Los dos óleos no son nada notables, pero en ambos
la paleta oscura tuvo que abrirse en zonas de luz intensa que eliminaban
los detalles. El fuerte contraste de luces y sombras anunció una
particularidad de su lenguaje: los volúmenes resueltos en masas sintéticas,
aunque todavía sin el sentido de valoración por el trazo que utillzó
posteriormente.
En
La camisa del estudiante González Camargo presentó a una mujer cosiendo.
En esa pintura el contraste quedó bien marcado con la tela de género
amarilla en el primer piano y la cortina blanquiamarilla del fondo que
prolongó la dinámica diagonal de zonas claras y estableció el eje de la
composición. Amarillo y blanquiamarillo que hendían la penumbra azul
terrosa que predominó en el resto de la tela. En El místico —escena
de un sacerdote orando en un altar— los golpes blancos en el Cristo, en
el rostro y en las manos del sacerdote sobre el libro de páginas blancas,
establecieron la trayectoria de la luz proveniente del foco a la izquierda
y fuera del Cuadro, la cual penetraba el fondo igualmente azul terroso.
Fue un tratamiento tradicional y poco efectivo, aunque por ciertos
aspectos rememore al Santamaría del periodo opaco. En El mística, González
Camargo procuró respetar el dibujo, aunque en el entorno eludiera los
accidentes locales, mientras en La camisa del estudiante es notoria
su preocupación por el desdibujo, efecto que no logró plenamente.
La
referencia que suministró Gustavo Santos nos permite, en todo caso, datar
el resto de sus óleos conocidos y fijarlos como posteriores a 1915,
porque en todos ellos el pintor trabajo como un antiacademicista decidido:
el más decidido, sólido y logrado de todos los artistas colombianos
actuantes en el período. Alrededores de Bogotá, con su follaje desvanecido en tonos de verde
sin contrastes marcados, dentro de una concepción que es la absoluta y
total negación del dibujo, es la primera obra de González Camargo en
donde lo encontramos cercano a la síntesis que indudablemente buscaba en
La camisa del estudiante. Síntesis no resuelta en Alrededores de Bogotá
por la informalidad y relativo capricho de las manchas que superpuso, lo
cual no niega que sea un óleo espléndido por la manera como redujo su
cuadro a las desvanecidas copas de los árboles distantes, informal plano
verde que le sirvió de pretexto para que vibraran otros verdes
ligeramente tocados por pinceladas lechosas. La obra es de 1916
aproximadamente, año que le ha sido asignado a todos los dibujos en la
colección del Museo Nacional, con base en un criterio que desconozco y no
me atrevo a dudar en lo que respecta, únicamente, a los paisajes
titulados Troncos, Bosque, Estudio y En el parque. En esos cuatro dibujos,
tan cercanos de Alrededores de Bogotá, descubrimos el espacio cerrado, la
evasión del detalle y la tendencia a la masa. González Camargo lograba
esto último con los trazos verticales de su rayado paralelo, rayado cuya
intensidad no variaba, según los elementos estuvieran o no en el primer
plano. De allí la elación poética de esos trabajos y lo extraño de sus
atmósferas, las que al mismo tiempo que admirables por su captación del
ambiente frío bogotano, poseen una densidad que la tragedia personal de
González Camargo nos hace sentir como un anuncio de su demencia
posterior: visión opacada, creación de un espacio que se niega a sí
mismo.
Con
Alrededores de Bogotá, Troncos, Bosques Estudio y En el parque surgió el
González Camargo que nos interesa, el artista que creó su propio mundo
adentrándose en un lenguaje que fue distinto de los que usaron sus
contemporáneos. En 1917 o 1918 debió de pintar Arrabales de Bogotá, el
paisaje más impactante de todos
de
su época. Allí el artista se mostró generoso en el empaste y con base
en los valores matéricos eludió toda reminiscencia academicista. En
Arrabales de Bogotá el tono no fue un recurso para modelar un volumen o
precisar una distancia, sino un elemento para valorar los amplios y
contrastados planos del conjunto y producir con ellos un ritmo. Si
pensamos en Moros Urbina o en Borrero Alvarez y comparamos cualquiera de
sus paisajes con este de González Camargo, la concisión y denso
esquematismo de este último nos lleva a comprender fácilmente que era un
creador que veía las cosas desde dentro, como acontecimientos plásticos,
no como modelos mirados desde fuera para pretextar una composición
dominada por el principio de que esos modelos fueran —ante todo—
reconocidos como tales. De otra parte, el color estaba sabiamente
dispuesto; verdes ennegrecidos para el follaje de árboles; azul para un
cielo plano que caía sobre el cercano horizonte como una cortina que le
cerraba el paso a los caminantes, o sea la niebla del título original;
rosado terroso para el plano del suelo que se extendía sin registrar sus
incidentes; azul para las fachadas de las casas; azul y toques de blanco
azuloso y café para las esquemáticas figuras que se alejaban. En
definitiva, un conjunto de colores predominantemente fríos que rompía
el naranja en un techo y en el muro de una casa. Si se observa bien, el
contraste cromático no estaba en función del color local de su modelo
—si es que lo hubo porque Arrabales de Bogotá parece un paisaje
imaginario- sino en función de las exigencias de un pedazo de lienzo en
el que tantos colores fríos debían ser balanceados por una zona cálida.
González Camargo había producido una de las obras más esplendorosas de
las primeras décadas de nuestro siglo.
Alvarez
Lleras, Giraldo Jaramillo y Rubiano Caballero definieron a González
Camargo como un costumbrista. En las historias el artista ha sido situado
al lado de Díaz Vargas, Leudo, Pizano, Martínez, Zerda y demás pintores
del Círculo de Bellas Artes. Pero, en verdad, se trata de una clasificación
que no tiene nada que ver con el intimismo de González Camargo. Solamente
en el óleo La niña campesina y en el dibujo Escena callejera el artista
se aproximó a la modalidad del Círculo. Y digo se aproximó porque es
imposible incluir tales obras dentro del delirante tipismo de los años
20, tan ambicioso como falso en sus imágenes aparatosamente escenográficas.
Escena callejera, con la precisa captación de los movimientos de una
muchacha que pasa coqueteándole al hombre que baja la carga de un burro,
es la única obra conocida de González Camargo en que éste se sitúa
como un costumbrista del tipo de Torres Méndez. Pero por su sentido de lo
instantáneo, no llegó al neocostumbrismo. La diferencia, algo más que
semántica: es una actitud, una manera de ver la realidad e interpretarla.
Los costumbristas buscaron aprehenderla tal y como la presenciaban; los
neocostumbristas la arreglaban, afeitaban, acicalaban y componían. Si
los primeros se detenían en lo típico, los segundos estuvieron a la caza
de lo arquetípico sin poder alcanzarlo; si los costumbristas dieron un
gran -artista en Torres Méndez, los segundos no dieron uno solo que
pasara a la historia. En La niña campesina la obsesión por la masa,
particularidad del artista maduro, se evidenció, aunque no fuera
alcanzada satisfactoriamente. El óleo parece un cuadro inconcluso, lo que
corroboraría la datación del Museo Nacional al situarlo como posterior a
La lectura, aunque en contra de está hipótesis se manifieste la
utilización del óleo pastoso y no en capas delgadas como ocurre en La
lectura. Fue precisamente esa falta de masas, de sobriedad y síntesis, la
que hizo a La niña campesina un cuadro anecdótico. Por lo mismo, nos
hace pensar en el tipismo del Círculo. Pero, como queda dicho, se trata
de una obra excepcional dentro de la producción del pintor.
El
alegato dirigido a demostrar que el artista no fue un neocostumbrista lo
refuerzan sus dibujos. La costurera, Escribiendo, En familia, Niño
enfermo y En Espera son tan neocostumbristas como El balcón de Manet,
Baile en el campo de Renoir o Jugadores de cartas de Cézanne. En los
dibujos mencionados de Gonzáles Camargo, al igual que en La modista y La
lectura, el artista se preocupaba por el instante: una actitud y un rincón
despojados de connotaciones literarias para que trabajaran como
acontecimiento visual, materia plástica efectiva. La aclaración importa
porque sitúa a González Camargo como un realista. Su visión fue 18 de
un artesano de principios del siglo, la de un hombre que miraba las cosas
directamente y sin complicaciones. La mirada de Torres Méndez también
fue la de un artesano, pero la de un artesano de mediados del siglo XIX,
cuando las diferencias entre las clases sociales no eran tan acentuadas
porque el paternalismo limaba las asperezas y contradicciones entre ricos
y pobres. González camargo, en cambio, sintió las diferencias que en su
tiempo agudizaba el proceso de industrialización y buscó refugiarse en
un mundo apacible sin poder evitar los conflictos. Este aspecto no latía
en la literaturidad de los temas sino en la manera como el artista los
abordaba. Si a Torres Méndez su contexto social le permitió dedicarse a
fotografiar burlonamente la vida diaria, a González Camargo su fracasado
intento de evasión se le convirtió en el reconocimiento del conflicto y,
por lo tanto, no dio lugar al humor. Mientras Torres Méndez persiguió la
cotidianidad exaltada, o sea el acontecimiento, González Camargo se
adentró en la cotidianidad cotidiana, es decir, en el hecho simple y sin
trascendencia que tanto atractivo ejerció sobre los impresionistas.
La
modista, La lectura, La costurera, Escribiendo, En familia, Niño enfermo
y En espera son obras conectadas temáticamente que forman un grupo
coherente en su lenguaje. Indudablemente, pertenecen a una misma época
que podríamos situar hacia 1920,
año más o año menos. Si la datación es correcta, después de
ellas perdemos pista de su labor en los cinco años siguientes, o sean los
que le quedaron de lucidez. González Camargo fue un hombre que trabajó
con limitaciones de todo tipo. Vivió precariamente, como un trabajador
sin recursos, y murió en la oscuridad. En su caso, más que en el de
ninguno otro, su vocación fue un reto continuo que salió adelante a
contrapelo de las dificultades. El poco éxito critico se tradujo en
fracaso económico, en una creación continuada, “aunque al público no
le gustaba lo que él producía”, según afirmó Cano. El público,
incluyendo a sus potenciales compradores. El intimismo de su temática no
satisfacía el gusto de su época. González Camargo era un pintor aparte.
Se comprende entonces por qué fue escasa su pintura. Sin embargo, aun
como pintor de domingo —a lo cual, en tal caso, fue forzado por las
circunstancias y no por debilidades de vocación o disciplina—, la
plasticidad de su lenguaje lo salva para la historia.
La
figuración de González Camargo fue de tipo escultórico, al igual que la
de Roberto Páramo. Pero de una escultura que no se resolvía en la
solidez del volumen como en Maillol, sino en la vibración de la masa como
en Rodin. Sus figuras, tratándose en definitiva de figuras pintadas, no
se desenvolvían en el espacio como en el Botero de los últimos años,
sino en la vibración de la materias en su propia materia. Esta concepción
es apreciable en sus dibujos, cuyos gruesos contornos revelan su capacidad
de síntesis para recoger la particularidad del instante. González
Camargo rechazaba todo detalle excesivo y su ágil línea cerraba un área
para tornarse masa con el rayado paralelo que le superponía al valorarla
y definir los ritmos. De allí que sea convincente. La niña solitaria
escribiendo en un pupitre, el milo enfermo hundido en el sillón que
apenas deja ver su cabeza, la costurera pensativa sentada con una tela en
su regazo o las dos mujeres en la sala, la, una laborando sobre una mesa y
la otra leyendo el periódico, contienen la poesía del hombre que supo
mirar a su alrededor para dedicarse a inventariar un infinito número de
actitudes humanas que convencen por su silencio vivo. De allí las
dimensiones reducidas de sus lienzos.
En
La modista, González Camargo se reveló como un hombre perfectamente
identificado con los avances que el desarrollo le iba imponiendo a su
conglomerado social. En el momento de las grandilocuencía orquestadas por
el Círculo de Bellas Artes, de temas mayores y menores, de escenas nobles
e innobles, González Camargo tuvo la audacia de pintar a una modesta
trabajadora frente a su máquina de coser. La modernidad del mexicano José
María Velasco al pintar en 1881 su Puente de Metlac, con la estructura de
diseño novedosos, los rieles y el tren atravesando el valle, en Colombia
no tuvo su equivalente sino hacia 1920 cuando Gonzáles Camargo realizó
La modista. La obra fue desarrollada dentro de la simplicidad de su
estilo. Una mujer cose y su figura aparece de perfil. Su vestido oscuro y
las telas que caen de la máquina forman una sola masa sintética de
pliegues duros y sobrios que no se desgajan en florituras. Esta masa se
prolonga, cayendo hacia la izquierda, en los retazos o telas de labor
puestos sobre una mesa muy baja. El muro del fondo, en su franja
inferior, sugiere un área enchapada en madera ornamentada en un tímido
art-nouveau que ya vivió su
mejor
época. El desdibujo de trazos rápidos da cuenta del deterioro. Encima,
en el muro blanco, se ven dieciocho láminas con modelos de modas,
completamente borradas por una fuerte luz que viene de la derecha y rasa
sus superficies. La sólida composición, el rigor de las masas y la
habilidad para no tener en cuenta detalles superfluos, hacen de esta obra
una de las más importantes de González Camargo. Obra, por lo demás, que
enfatiza la singularidad de su Visión: la de un sencillo trabajador, y no
la del neocostumbrista que arreglaba sus escenas para satisfacer el gusto
de una aristocracia de terratenientes.
La
lectura es la obra mayor entre las conocidas de González Camargo. En ella
una mujer en primer plano lee un libro contemplada por un hombre en el
medio plano. La mujer, por sus rasgos, tiene un enorme parecido con la del
dibujo Madre del artista en la colección del Museo Nacional. Con La
lectura el pintor llegó a su más alta síntesis. La pastosidad de
Arrabales de Bogotá desapareció en este óleo y el artista se entregó a
trabajar la plasticidad de sus masas con base en sutiles variaciones de
tono. Todo el cuadro está trabajado en tierras, incluyendo el blanco de
las páginas del libro abierto en el regazo de la mujer, que no es puro
sino ligeramente matizado con ocre. Es este el único plano que rompe la
monocromía de la obra. Punto focal de la composición, sus contornos los
cierra la figura más oscura del hombre, plano de contraste y balance del
área del libro. La maestría de González Camargo en La lectura la
comprendemos al analizar cómo resolvió el problema de la masividad que
antes conseguía con el empaste, al pasar de la materia gruesa al óleo
aplicado en capas delgadas: González Camargo dejó las estrías del
pincel y las dispuso en forma circular, continuándolas de un plano a otro
sin importarle que éstos estuvieran situados en profundidades variadas,
circularidad que tiene por centro al blanco del libro. Desde Santamaría,
ningún pintor había trabajado con tanto sentido de lo que sensiblemente
es la pintura. Su capacidad de gran artista es patente en la manera como
el rostro del hombre quedó exento de accidentes locales y en la madera
como sobre el muro del fondo, con un pequeño plano rectangular resaltado
por su textura y no por diferencias de tono, y con tres brochazos, sugirió
la presencia de una estampa y un cuadro, uno sobre otro.
La
lectura es la última obra Pictórica que se Conoce de González Camargo.
Después de ella, el silencio: El silencio que atravesé los ambientes de
sus Pinturas y dibujos más flotables,
el silencio con que trabajó en su casita de la calle 13 porque eran
otros los que debían escribir, el silencio injusto que durante más de
medio siglo ocultó sus méritos ante las generaciones siguientes el
silencio del que surge ahora para ocupar su puesto como uno de los más
grandes
Pintores que ha dado Colombia
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AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
1
Cfr. Primer Centenario de la Independencia de Colombia 1810-1519, ibid. pág.
249.
(regresar 1)
2 L. E. AHTOLINEZ, “El salón de pintura”. ibid. (regresar 2)
3
“Exposición de pintura”, en El
Artista, núm. 226, septiembre 26 de
1912.
(regresar
3)
4
Cfr. Exposición Nacional de Bellas
Artes - Catálogo, págs. 2
y 3.
(regresar
4)
5 GUSTAVO SANTOS, la exposición
de pintura”, ibid.
(regresar
5)
6 MAX GRILLO, “La Escuela de Bellas Artes y la Exposición Nacional de
pintura”, ibid.
(regresar
6)
7 A. ALVAREZ LLERAS, Ibid.
(regresar
7)
8 Véase fotografía en Cromos, núm.
226, septiembre 11 de 1920.
(regresar
8)
9
“Una hora con el maestro P. A. Cano”, Ibid. El subrayado es mío.
(
A.M.).
(regresar
9)
10
El diploma respectivo reposa en poder de Jesús González, quien reveló
este importante dato en el Seminario de Arte Colombiano, en la Universidad
Nacional, en el período académico de 1977. La información sobre el acto
solidario de sus amigos se la debo al maestro Luis Alberto Acuña. A él
también le debo la aclaración de que el González C.
incluido por Grillo en su lista de los artistas colombianos que se
hallaban en Europa en 1928, era el arquitecto y acuarelista José Maria
González Concha: Cfr. Max Grillo, “Pintores colombianos - Luis Alberto
Acuña”, ibid.
(regresar
10)
11
Francisco A. Cano, “Ricardo Acevedo Bernal”, en Iniciación
a guía
gata de
arte colombiano, pág.
139.
(regresar
11)
12
GABRIEL. GIRALDO JARAMILLO,
La pintura en
Colombia, México,
Fondo de Cultura Económica, 1940, pág. 171.
(regresar
12)
13
GERMÁN RUBIAN0 CABALLERO, “Paisajistas y costumbristas”. Historia
del Arte Colombiano, t. IV, Salvat, págs. 1315/1316.
(regresar
13)
14
CORIOLANO LEUDO, “Catálogo general de las obras existentes en el Museo de Bellas Artes”, en Iniciación
a una guía
a
de arte colombiano.
págs.
259/260. (regresar 14)
15
Las fechas me las suministró doña Clemencia Lagos Rueda y fueron
determinadas por el Museo Nacional con la colaboración del acuarelista
relista Joaquín González Gutiérrez, sobrino del pintor.
(regresar
15)
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