MEDINA, Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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HACIA LA RUPTURA

Si trazamos la influencia de la aristocracia en la plástica colombiana a partir del academicismo, encontramos el papel decisivo que en cada etapa cumplieron encumbrados personajes pertenecientes a esa aristocracia: Alberto Urdaneta en primer término, uno de los protagonistas del proceso de ascenso de la aristocracia que políticamente se organizó en la Regeneración, cuyo proyecto academicista salió adelante triunfalmente a pesar de su muerte prematura en 1887; Andrés Santamarma, primer antiacademicista, cuyas propuestas tuvieron escasa acogida en el medio; finalmente, Roberto Pizano, el culto aristócrata que se convirtió en el alma del Circulo de Bellas Artes, quien pudo colocarle al arte colombiano de la época el sello de su clase y fomentó un relativo auge que fracasó estéticamente ante las generaciones siguientes, a diferencia de lo que le aconteció a Urdaneta con el academicismo. Dentro del periodo que aquí estudiamos, interesan las ubicaciones de Santaniaria y Pi­zano, las coincidencias y divergencias entre los dos pintores, directores ambos de la Escuela Nacional de Bellas Artes.

Santamaría, de acuerdo con Eugenio Barney Cabrera, fue caficultor, propietario de finca raíz —rural y urbana— y hasta se aventuró en la actividad industrial con una fabrica de tubos de gress que debió fundar acogiéndose a las leyes proteccionistas de Reyes (1) . Roberto Pizarro, por herencia familiar, perteneció a la más selecta casta de los hacendados ricos. El juicio de algunos historiadores sobre Santamaría, por su posición de clase, ha sido completamente adverso a su obra. Entre tanto, Pizano se ha ganado una inmerecida fama de progresista, en buena parte por no haber sido estudiado con el mismo detenimiento, al no alcanzar los logros de Santamaría.

La obra de Pizano, en un primer momento, luego de su regreso de España en 1920, se inspiraba en el tenebrismo. Por la dureza de sus volúmenes la suya era una pintura que se emparentaba con la de Zuloaga. Los mejores ejemplos son Misa de pueblo y Coros de San Agustín. En 1922 Pizano pintó “un paisaje impresionista consecuencia de la exposición francesa— y un retrato de don Gregorio Vazquez de Arce y Ceballos (2) . Sus proyectos decorativos de 1923 para el Teatro Municipal fueron una mezcla de rococó cortesano y ejecución algo Ubre, combinación que, sin llegar al curioso impreslonismo del peruano Teófilo Castillo, demostró la inquietud  que sembró en él la exposición francesa. Luego su obra  se pierde en los veinticinco óleos y los casi cinco mli  apuntes de que habla Daniel Samper Ortega (3) . Lo que resulta del análisis de la poca obra que le conocemos a  Pizano, es simple: apelando a un temeroso equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, el pintor volvió sobre los pasos de Santamaría, pero sin llegar nunca a las audacias cromáticas de éste. Sus trabajos más atrevidos fueron los  diseños de carátula que realizó en 1922 para la revista Cromos, diseños en los que se adentré en una variación del art-nouveau. Ellos son La maja devota y Una santafereña del siglo XVI , (4) en el último de los cuales no es difícil  descubrir que, excepto por el modelado en el rostro de la mujer, el tratamiento es absolutamente plano y con  una severidad de líneas que nos recuerda a cierto Picasso. Pero fueron ensayos que el mismo artista se encargó de aislar para producir, posteriormente, su cuadro conocido  con el título de Paisaje-Passy, pintado en París hacia 1926. Pizano murió en 1929, un año después del uruguayo Barradas.   Si Santamaría y Pizano fueron ambos unos artistas  acomodados que no necesitaban vender sus obras para poder subsistir, en Santamaría encontramos al creador que fue capaz —por lo mismo— de proseguir en su búsqueda, por tímida que ella pueda parecernos, desafiando el gusto de su propia clase social; Pizano, en cambio, no intuyó jamás semejante posibilidad, y dócilmente, tras el afortunado atisbo de Una santafereña, regresó al luminismo español. Pizano fue protagonista y activista del gusto estético de su clase; Santamaría, en cambio, no lo fue nunca y su desconocimiento del papel que cumple la propaganda para abrirle paso a nuevas propuestas fue precisamente lo que le impidió alcanzar siquiera un buen seguidor. Finalmente, Santamaría trabajo al margen de la aristocracia, la cual lo ignoró desde su misma llegada a Colombia en 1893, prefiriendo el arte de un Garay de clase media que la complacía en sus gustos plenamente; Pizano conoció el éxito y el reconocimiento de su clase, la cual lo situó en la cumbre del prestigio social y artístico al nombrarlo director de la escuela en 1927. En lo que iba del siglo, nunca había sido nombrado un pintor tan joven para ocupar ese cargo. En resumen, corroborándose los análisis de Marx a propósito de Balzac y de Lenín respecto de Tolstoy, Santamaría demostró en su arte proceder con una conciencia netamente burguesa y no aristocrática a pesar de su filiación conservadora —caso de José Eustasio Rivera—, valiéndole tal posición el repudio de los hacendados y comerciantes ricos. En la medida en que la escasa burguesía urbana propendía hacia la industrialización con criterios progresistas, Santamaría también demostró ser progresista. Pizano, en cambio fue uno de los impetuosos productos  de la aristocracia terrateniente que disolvió el proceso de industrialización del país.

En los años 20, cuando los pintores latinoamericanos de su edad se planteaban obras de contenido y lenguaje revolucionarios, Pisano apenas admitía el luminismo. Mayores que Pisano fueron Torres García (1874), Orozco (1883), Rivera (1886), Barradas (1890), Mérida (1891) y Pettoruti (1892). Siqueiros, Amelia Peláez y Anita Malfati, nacidos en 1896, eran de su edad. Di Cavalcanti (1897), Víctor Manuel (1897), Tamayo (1899) y Carlos Enríquez (1900) eran ligeramente menores. Pizano, quien estudió en Madrid y viajó por Europa entre 1917 y 1920, lo hizo antes que Di Cavalcanti, Amelia Peláez, Víctor Manuel y Carlos Enríquez, coincidió un par de años con Siqueiros, quien lo hizo en 1919 y debió tropezarse en algún museo con Pettoruti, el cual permaneció en el viejo continente entre 1913 y 1924. En definitiva, respiró  el mismo ambiente que todos ellos y conoció las misma propuestas de las vanguardias; sin embargo, regresó al país para plantarse en el pasado. Cronológicamente el le correspondió dirigir el movimiento de ruptura y por sus innegables aptitudes de líder pudo cumplir esa misión Pero —he aquí un motivo de estudio para aquellos que afirman que la historia nos es impuesta desde fuera— las condiciones objetivas no se habían dado para que ello sucediera. La situación interna del país, la etapa histórica determinada por esa situación, era muy distinta a la de México, Cuba, Brasil, Argentina o Uruguay Colombia estaba en manos de la reacción clerical origen del atraso que se presentó en la plástica la cuál dirigió las fuerzas de cambio que dé todos modos actuaban —reconocidas en la relativa valoración de Santamaría en los años 20— hacia las manchas y las ambiguas peripecias formales que se practicaron en el Círculo junto al neocostumbrismo.

En 1928 se efectuó en Bogotá la segunda exposición  de arte francés con el propósito de reivindicar la burla que ante los ojos del Círculo fue la primera. Cuidadosamente seleccionada, en el catálogo que la acompañó se advirtió: “En 1923 [sic] se presentó otra que, si bien  contaba con obras más o menos interesantes de artistas novísimos, apenas si se avaloraba con algunas obras verdaderamente importantes, y esto justifica el desconq cierto con que fue recibida, La presente, por el contrario ,tiene un carácter retrospectivo, y alejada de la anarquía y del fauvisme, presenta obras, de reducido tamaño  casi todas, pero muchas de ellas de cualidades sobresalientes” (5) . La muestra fue llamada “Primera Exposición Oficial”. El calificativo de “oficial” y el ordinal que situaba como “primera” fueron la manera de explicar que los excesos de la “extrema izquierda” en el 22 no eran el verdadero arte francés. Colombia ya vivía la danza de los millones por la indemnización por Panamá y la burguesía se volcó a comprar obras “modernas” de dudoso gusto, mientras el Museo Nacional adquirió entre otras, una de Carriére, el mismo Carriére que influyó al Santamaría del período opaco ocasionando horror y disgusto. Esas ventas, bastante voluminosas, obligaron a la siguiente advertencia en el catálogo, directamente dirigida a las galerías comerciales —Simonson y Georges Petit de París— que se aventuraron en los envíos:

“Integro el éxito se deberá a la calidad de los cuadros. El menor descuido en este sentido seria gravemente perjudicial. Envíen en buena hora obras de arte, que nuestro país tiene empeño en enriquecerse con ellas, pero guárdense bien de enviar las mediocres o comerciales que arruinarán su prestigio artístico entre nosotros y no les darla lugar, tampoco, a obtener el menor resultado pecuniario (6) . El consejo hubiera sido normal si las consideradas obras mediocres no hubieran sido las vanguardistas y las que se admitían —salvo contadísimas excepciones— no hubieran sido las de un arte comercial de la peor especie en manos de vulgarizadores del impresionismo sin el menor talento.

El cordón sanitario tendido alrededor de la exposición francesa de 1928, eco del que ordenó Borrero Alvarez en 1922, fue más radical en cuanto se previó desde la selección misma en París; no en Bogota, donde la curiosidad de los jóvenes era inatacable. Los afanes eran tardíos porque la ruptura estaba en marcha. Solitario practicante de ella, aunque sin continuadores inmediatos por su ascética vida retirada y la enajenación mental que había sufrido, fue Antonio González Camargo. Por algo los críticos Santos, Tavera y Pizano jamás se detuvieron en su obra.

Cuando se abrió la segunda exposición francesa ya en Colombia se estaban dando pasos, con el antecedente de rebeldía que había originado el Centro, hacia un lenguaje libre de influencias academizantes o folcloristas. La industrialización había avanzado salvando escollos, existía un proletariado que iba a influir sobre el arte de los jóvenes y habla aparecido una nueva generación con ideas diferentes. La burguesía industrial estaba a punto de acceder al poder con el liberalismo y soplaban otros aires. Como una consecuencia de la danza de los millones, en 1928 se encontraban en Europa los pintores y escultores Acevedo Bernal, Leudo, Zerda, Díaz Vargas, Pedro Nel Gómez, José Domingo Rodríguez, Rómulo Rozo, Luis Alberto Acuña, Luis B. Ramos, León Cano, Gustavo Archila, Eladio Vélez, Rodríguez Acevedo, Samoer, Montero, M. Rodríguez, L. Gnecco, Gonzáaez Concha, G. Quintero y Santiago Medina (7) . Para concretarse la ruptura definitiva, la plástica colombiana tuvo que esperar el regreso de algunos de ellos, lo que se produjo de 1930 en adelante. Pero antes de ese regreso y esa presencia hubo una avanzada enteramente olvidada que adelantó ese proceso.

El breve manifiesto de los Panidas, despojado de su propuesta de drástica reducción de la línea, tuvo seguidores a finales de la década del 20. A sus cultores, caricaturistas todos, debemos asignarles el inesperado e insospechado mérito de haberse constituido en grupo inicial de ruptura, verdadera vanguardia de nuestra plástica porque fueron capaces de adentrarse en propuestas visuales que rompían todos los moldes conocidos. Aunque la caricatura ha tenido universalmente una invaluable tradición de libertad, iniciada en Colombia con los hermosos dibujos y grabados críticos de José María Espinosa y Alfredo Greñas en el pasado siglo, lo que hallamos en los años 20 es una caricatura que consideraba y recogía los aportes de las corrientes vanguardistas. Se sobrepasaban todos los temores que alimentó Pizano a través del Círculo para adentrarse en contrucciones geométricas rigurosas y eficaces. Fue el camino que esporádicamente incursionó Ricardo Rendón hacia 1928 en apuntes excepcionales dentro de su punzante realismo. Rendón perteneció, junto a Pepe Mexía, a los Panidas, cuyas actividades principalmente literarias, acrecentadas por la proximidad de León de Greiff, consiguieron relegar la calidad de sus aportes en el campo del dibujo humorístico, aunque Rendón haya gozada siempre de reconocimiento.

Junto a Pepe Mexia y Rendón hay que situar otros caricaturistas y dibujantes no menos sintéticos en su expresión. José Posada, de flexible trazo, quien manejó elementos art-nouveau que luego se transformaron en art-deco, tendencia eminentemente ornamental, en lii orlas y detalles accesorios de sus cartones que era capas de eliminar una vez, se detenía en la figura principal con un ponderado juego de curvas. En F. Lince, en cambio, había algo de futurismo en composiciones que por su contrapunto de líneas y planos geométricos lo mismo nos recuerdan a Miró que a Kandinsky por la poética de ritmos de sus dibujos. George Franklyn, finalmente, dio a conocer un mundo rigurosamente geométrico, de construcciones sólidas que luego variaron hacia un surrealismo sui géneris, apropiado para acceder al humor de que careció en principio; los mejores ejemplos de estos últimos los encontramos en las numerosas carátulas que diseñó para la revista Semana en la década del 40. Motivo de estudio, en otro ensayo, será el hecho de que todos ellos estuvieran vinculados a la revista Universidad que entre 1927 y 1929 publicó Germán Arciniegas en Bogotá.

Aunque las caricaturas geométricas de Rendón datan de 1926, a la realización de las atrevidas construcciones de Posada, Lince y Franklyn contribuyó en buena medida la presencia de Scandroglio, un ilustrador italiano que contraté Cromos y llegó a Colombia en 1928. Scandroglio poseía una línea fluida y segura, y trabajaba sus figuras combinando curvas muy abiertas que se cortaban. Rara vez, en sus dibujos de esta época, aparecía la recta, y, en lo que era una modalidad sin antecedentes, balanceaba sus composiciones con planos negros y grises por contraposición a los blancos Las ilustraciones de Scandroglio consideraban el cubismo y sus figuras rememoraban a Léger, aunque estuviera muy lejos del maestro francés. Con Pepe Mexia, Rendón, Scandroglio, Posada, Lince y Franklyn se manifestó con firmeza un lenguaje desconocido y una nueva manera de entender la figura.

 

 

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1 Cfr. EUGENIO BARNEY CABRERA. ob. cit., pág. 172.  (regresar 1)
2 IGNOTUS (GUSTAVO SANTOS), ibid. (regresar 2)
3 Cfr. GUMAN RUBIANO CABALLERO, ob. cit., pág. 1355. (regresar 3)
4 Véase Cromos, núm. 333, noviembre 25 de 1922 y núm. 334, diciembre 2 de 1922.  (regresar 4)

5 Primera exposición oficial de pintura francesa en Colombia, Editorial de Cromos, Bogotá, MCMXXVIII, págs. 9/10. (regresar 5)

6 Ibid, págs. 10/11. (regresar 6)
7 MAX GKILLO, ibid. (regresar 7)