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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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EL
CENTRO DE BELLAS ARTES
El
Círculo de Bellas Artes estableció una clara diferenciación entre el
impresionismo y el luminismo. Lo primero era aceptado, pero discretamente.
Lo segundo, en cambio, era señalado sin ninguna reticencia como la
modalidad que se podía seguir sin caer en odiosos excesos. Es lo que
encontramos en esta afirmación: “Tavera fue quizás el primer pintor
que inició entre nosotros la tendencia luminista, en la exhibición que
efectuó hace cerca de diez años en el Jockey Club”
(1)
. El señalamiento
nos esta indicando que el Circulo desdeñaba a Santamaría al hacer la nítida
separación entre lo que eran sus pinturas de reminiscencias
impresionistas de origen francés y lo que en tal caso era la pintura de
Tavera con su luminismo de procedencia española. A pesar de la
discriminación debe abonársele al Circulo que hubiera creado el ambiente
propicio para la asimilación de tendencias de apertura, el ambiente de
que carecieran Santamaría y sus discípulos en la primera década del
siglo. Pero bajo el influjo de una aristocracia de terratenien
te
a, lo nuevo que pareció brotar no resultó nuevo y hasta fue
distorsionado.
La
aceptación del lenguaje que Santamaría intentó sin gran fortuna
introducir en Colombia, la manifestó Pizano a raíz de la exposición
francesa: “La parte correspondiente al impresionismo y lumimsmo esta muy
agradablemente representada, y es necesario que el público la contemple
sin rancias preocupaciones dejándose penetrar del encanto del color y de
la vida sana y alegre”
(2)
La recomendación era tardía, como producto
de que la lucha ideológica no era ya contra el impresionismo sino contra
el cubismo. Los artistas se daban libertades con el color, algo que
evidenciamos tanto en Zerda como en Pizano, Díaz Vargas, Leudo, Martínez
y Gómez Campuzano. Explica esto por qué Francisco A. Cano fue rechazado
como un raro fósil de la vieja escuela, pero con una argumentación
eminentemente aristocrática, la cual fue reforzada acudiendo a
comparaciones que eran absolutamente necesarias para los propagandistas de
ese viejo arte “nuevo”: “Buen discípulo de la escuela española, Gómez
Campuzano es un pintor realista. Un realismo noble y discreto, que se
apoya firmemente en la naturaleza, pero huye de los deplorables extremos y
esquiva el ‘verismo’ que deslustró los cuadros presentados por el
maestro Cano en la última pobre y lánguida exposición de la escuela de
Bellas Artes”
(3)
. Los años 20 presenciaron una mediatizada y
tremendamente pobre plasmación de
las propuestas de Santamaría en 1904. Las ínfulas modernistas
canalizadas a través de exigencias recortadas y poco ambiciosas pero
medianamente antiacademicista, tuvieron que trasladarse a la rivalidad
entre los miembros del Circulo y los últimos partidarios de la Academia
atrincherados en la dirección de la escuela.
Borrero
Alvarez y Cano fueron los chivos expiatorios de los ardorosos desenfados
del Círculo. La Escuela de Bellas Artes era la encargada de organizar
anualmente la Exposición Nacional, muestra colectiva que no siempre se
efectuaba por razones de presupuesto y en la que sólo algunas veces se
daban premios. Con motivo de la exposición de 1925, un suelto de Cromos,
trinchera y tribuna agitacional del Círculo, afirmó: “La exposición
de la
Escuela
de Bellas Artes, inaugurada en el edificio de la Academia de la Lengua, ha
resultado —lo decimos con pena— poco menos que un fracaso. Aunque la
visitamos con el deseo de hallar algo que denotase verdadero valor como
arte y como belleza, sólo hallamos cuadritos anodinos y banales”
(4)
.
La crítica iba contra Cano, director de la escuela entre 1923 y 1927, crítica
que de un modo directo se venía expresando desde antes. En 1923 Santos
analizó así un detalle del enorme lienzo de Cano, El paso del Páramo de
Pisba: “es una sorpresa encontrar un muerto de frío que tenga los
brazos extendidos, en gesto de heroico abandono en lugar de verlo —como
todo muerto de frío, que así nos lo prueban las momias que a cada paso
se encuentran en nuestros más helados páramos— agarrotado y contraído
como deseoso de aprovechar el último destello de color de su propio
cuerpo”
(5)
. En el ataque, el Círculo utilizaba cualquier clase de
enfoque con tal de golpear a los academicistas. A Cano se le atacaba por
practicar el verismo, pero también por no practicarlo. Tan persistente
oposición, como era de esperarse, no podía dejar por fuera a Borrero
Alvarez, de quien Santos escribió en la nota antes citada: “El señor
Borrero —ilustre artista de positivo valor— nos sigue presentando sus
mismas obras de toda la vida: en su arte no hay evolución: con igual
matiz clásico sigue mostrándonos los ríos tempestuosos, las piedras
azotadas por las aguas, las manzanas y frutas de provocativa
apariencia”. Zamora, por las abrillantadas tintas que lo catalogaron
como un impresionista en 1903, era aceptado en cambio por el Circulo.
La
demanda de pinturas que poseyeran aspecto de soltura y audacia en la
ejecución, fue lo que testimonió el propio Gómez Campuzano al decir en
una entrevista: “Yo había expuesto [...] algunas
‘manchas’ inconclusas, pero lo hice con la segundad de que nadie se
fijarla en ellas. Imagina mi sorpresa al ver que esas obrillas fueron lo
primero que se vendió”
(6)
. Lo de manchas, por supuesto,
hay
que entenderlo como un decir y no como la descripción de una pintura
rigurosamente construida a manchas y de tendencia abstraccionista. El
manchismo fue una modalidad apreciada en la época y fomentada por el Círculo
dentro de su pretendida contemporaneidad. Al manchismo llego
incidentalmente, en 1922, Eugenio Peña. Paisajista más bien opaco hasta
ese momento, desde entonces produjo una obra descomplicada, cálida y
convincente en su ingenuo realismo. Según Pizano, en lo que fue una
sucinta explicación del manchismo, Peña “pintaba con intermitencias,
entre uno y otro día pasaban los días, y siempre oscuro sucio de
color”
(7)
. Resultado inevitable, a juzgar por la confesión de Peña
que el articulista se permitió citar a continuación: “Yo no podía
remediarlo, no estaba en mí, era sincero y resultaba eso”. Pero he aquí,
de acuerdo con el recuento de Peña, que “un día la lluvia me hizo
terminar pronto una mancha rápida, guardé mis cosas, y a casa, en la
creencia de que no había hecho ni lo de otras veces. Al abrir la caja no
reconocí aquello como mío”. Peña había encontrado, accidentalmente,
su pintura. Todo un acontecimiento que celebró Pizano al comentar el
paisaje que la lluvia impidió concluir: “Es, en efecto, un apunte
limpio, nervioso, fino de color y con mucho ambiente. Por primera vez,
después de cuarenta años, 10 felicitaban sus campaneros: Cano, Borrero,
quien le compró un cuadro, un poeta adquirió otro”. Pasados los 60
anos de edad, Peña comenzó a ser pintor y, la verdad sea dicha, un buen
pintor en su intimismo al hacer caso omiso de las afectaciones de los
Leudos, Gómez Campuzanos, y demás pintores del Círculo de Bellas Artes.
El
manchismo tenía que suponer —a pesar del desdén— la aceptación de
Santamaría. Aceptación manifiesta en el pronunciamiento ya citado de
Pizano en el que se situaba a Leudo, Acevedo Bernal y Santamaría como los
tres pintores más destacados de Colombia en aquellos años. Ineficaz
recurso retórico que no tenia en cuenta, por lo demás, que de Santamaría
no se habían vuelto a tener noticias, entregado como estaba a una
producción ajena a los circuitos comerciales de las galerías. A medianos
de la década del 20 Santamaría había evolucionado hacia su pintura matérica,
espesa, de contrastado colorido. Lo que se anunciara en Macuto
ya
había sido llevado a su máxima posibilidad expresiva. El trabajo de esta
etapa, la más importante de Santamaría, era desconocido en Colombia.
Factor que no consideraron los amigos que desinteresadamente influyeron en
el gobierno para que le encargara la ejecución de un enorme lienzo con el
tema de la gesta libertadora. La obra, un tríptico, llegó a Bogota en
1926 y fue instalada en el salón central del Capitolio Nacional, para
suscitar de inmediato la reacción de los conservaduristas del Círculo de
Bellas Artes. Gómez Campuzano, por ejemplo, opinó del modo siguiente:
“No soy de los que juzgan a un artista por las obras malas que ha
producido. Al contrario, lo juzgo por sus creaciones mas aplaudidas y
mejores. Pero la verdad es que no comprendo esa pintura de Santainaria
[...] . Yo llegué a Bogotá dispuesto a contemplar su tríptico con ojos
admirativos. "Quizá
—me
decía— no lo han comprendido por estar ajustado a una forma de arte
demasiado moderno, demasiado revolucionario. Pero al conocerlo sentí una
desastrosa impresión"
(8)
.
El
testimonio de Gómez Campuzano es significativo en cuanto dio la razón de
la incomprensión que recibió el tríptico: era “demasiado moderno” y
“demasiado revolucionario” Una pintura de esas características tenía
que estar, necesariamente, sometida a los prejuicios de los críticos
oficiosos del Círculo. Tavera, sobrecogido de espanto, llegó a escribir:
“Santamaría
es un pintor de talento, con estudios severos, clásicos y que ha venido
viajando con afanosa inquietud al través de su paleta en busca de
orientaciones raras. Su última obra, la que nos ocupa, es un reflejo de
las tendencias estéticas modernistas, libres, complejas y paradójicas
que se distinguen más por su afán destructor de toda antigua base estética
que por su labor creadora claramente original. Nacidas estas tendencias de
los éxitos luminosos de la pintura de Turner y Delacroix, fueron después
explotadas por aventureros del arte en interminable serie de escuelas
hasta terminar en las ridiculeces de
un
Picasso o de un Picabia. Cada una de estas
escuelas
ha tenido un grupo de intérpretes lite
rarios
que han producido una literatura aún más dislocada y paradójica que las
obras de arte que defendían”
(9)
.
La
referencia a las literaturas vanguardistas era una alusión a Luis
Vidales, quien en febrero de ese mismo año había publicado Suenan
timbres, libro de poemas de reminiscencias futuristas y surrealistas. El
fin de la hegemonía de los conservaduristas se aproximaba y en la
literatura ya había hecho sus anuncios con la poesía del “Tuerto” López,
el movimiento de los Panidas, la labor de Ramón Vinyes en su revista
Voces, el trabajo periodístico y literario de Luis Tejada desde sus
columnas en El Sol y El Espectador, los poemas de Vidales publicados desde
el 23 —recogidos en su volumen del 26— y la revista Los Nuevos, de
corta vida pero largo Impacto, publicada a mediados de ese mismo año
(10)
.
Al enlazar la plástica y la literatura, Tavera lanzaba una voz de
alerta. Si en literatura el vanguardismo ya manifestaba entre nosotros
alguna fuerza, era de temer que los mismos conceptos prosperaran en la plástica.
Por eso Tavera explicó en la misma nota: “La obra pictórica de
Santamaría, en un total, en masa, es un buen boceto para un tríptico;
hay ritmo en el reparto y unidad en el concepto. Su ejecución es pésima:
carece de estilo, de carácter, de verdad histórica, de dibujo, de color
y de técnica”. En definitiva, no era nada. Y como no era nada, Tavera
recomendó: “Creemos que sería conveniente pedirle atentamente al
gobierno que, en guarda del respeto que se merecen nuestros héroes y la
historia colombiana, el Capitolio, como nuestro primer edificio nacional,
y la exquisita cultura bogotana, se le hiciera saber al señor Santamaría
que ejecutara de nuevo su obra en forma más acorde con el querer
popular”. La “exquisita cultura bogotana”, en otro recurso retórico
y hasta demagógico, se confundía con “el querer popular”. En relación
con una obra mayor, fue esta la última arremetida notable de los
tradicionalistas teóricos del Circulo.
Al
morir Pizano, con él perdió su más decidido propulsor una plástica
mediatizada que se fundamentaba en
el
conformismo, a pesar de todas las declaraciones emitidas para darle
apariencias de audacia. Audacias que ni remotamente alcanzaron los
medianos logros de aquellos pintores de la primera década que se
acercaron a la estética de Santamaría, exceptuando a Zerda, quien
precisamente venia de esa promoción y desarrollo las estampas
neocostumbristas que le solicitaran sus clientes adentrándose sin éxito
en una paleta más brillante y de fuertes contrastes a la manera de
Sorolla. El Vacío que dejó Pizano como censor y guardián de la heredad
plástica nacional, lo registró Daniel Samper Ortega, a quien Barney
Cabrera ha llamado con razón el “último exponente de aquella
aristocracia rural y letrada”
(11)
. Samper Ortega fue el heredero de las
teorías de Pizano, y de allí que escribiera: “Al desaparecer Pizano,
de todas partes han surgido críticos de arte que aprovechan la ocasión
para expresarse a sus anchas, asombrando al público con nombres de
pintores extranjeros; se habla de colorido, de dibujo, de composición,
con un desparpajo que asombra”
(
12)
.
Y prosiguió: “No, señores críticos. Estamos formando el país, y
tenemos que juzgar con limpieza: enseñar sin saber es tan delictuoso como
gastar sin tener; la conciencia colectiva no se debe corromper contra la
nacionalidad colombiana, contra el alza del nivel de cultura general, que
es lo que puede hacer grande al país”. Era la desesperada señal de la
derrota. La proliferación de críticos por fuera de la esfera de
influencia de la aristocracia era un hecho, al igual que la proliferación
de artistas. El Circulo de Bellas Artes había perdido su póstuma y
prolongada influencia: no prosperó el intento de reemplazo patrocinado
por Samper Ortega, Leudo y otros miembros del antiguo Círculo, intento
que se produjo en 1932 con la fundación de la Academia Colombiana de
Bellas Artes, organizada Con un criteñó similar al de la Academia de la
Lengua. De allí ese tono patriotero que llamaba a salvar la nacionalidad,
pero la nacionalidad de los aristócratas más selectos. La posición
clasista de Samper Ortega al identificar a esos críticos con los que
“gastaban sin tener”, o sea, la amplia clase media, los campesinos
pobres y el proletariado que la industrialización venía forjando,
mostraba su ideolo
gía
sin ambages. ¿Y
quiénes eran esos nuevos
críticos que lo disgustaban? Jóvenes como Jorge Zalamea, Germán
Arciniegas y más adelante, Luis Vidales, quienes ejercieron la crítica
con constancia, reforzados por otros críticos esporádicos pero prontos a
defender la corriente plástica de ruptura, tales como Rafael Azula
Barrera y Darío Samper.
La
primera voz de rebeldía en contra de la crítica timorata de la época,
la primera voz valiente y fresca la dejó oír el diario El Sol, dirigido
por José Mar y Luis Tejada, dos de los críticos más lúcidos y ágiles
de la hueva generación, propugnadores ambos del vanguardismo tanto en la
literatura como en la plástica y propugnadores, igualmente, de las ideas
comunistas que el triunfo de los Soviets había estimulado en todo el
mundo. La voz se dejó oír en un comentario editorial cm firma, pero es fácilmente
atribuible a Tejada. Ella se destaca por su beligerante negativa a guardar
la Bumisa compostura que, en caso de discordancias, acostumbraban a
guardar los aristócratas. Y no podía guardar esa compostura porque la
batalla se había abierto:
“Los
artículos de crítica pictórica de don Roberto Pizano, son
verdaderamente admirables, porque nadie ha logrado jamás decir tal número
de barbaridades de toda índole en tan poco papel.
“Un
día nos dijo don Roberto Pisano que Garay había pintado dos o tres de
los mejores cuadros que hoy hay en el mundo. ¡De seguro el pobre Garay,
que hasta buen pintor pudo haber sido, no imaginó nunca que algún
intonso se atreviera a equipararlo con Leonardo o con Van Dick! Otro día
se le metió en la testuz a don Roberto hacer un paralelo entre Zuloaga
y... ¡nuestro buen Leudo! y ahora en el hermoso número de Cromos de
Navidad, nos dice que ¡La madre tierra es superior al Páramo de Piaba de
Cano!
“Realmente,
el hecho de haber pasado unos cuantos meses en la vetusta Academia de San
Fernando y de haberle visto alguna vez las narices a Romero de Torres, no
autoriza a nadie para venir a tomarnos el pelo aquí, en una forma tan
descarada, tan descomunalmente imbécil.
“A
don Roberto Pizano no le ‘chulla’ la crítica pictórica; le queda
angosto ese género delicado
[...]“
(13)
.
La
segunda expresión de desacato, producto de la exposición francesa del año
22, fue una muestra colectiva de 9 pintores jóvenes absolutamente
desconocidos en su mayor parte, quienes le dijeron no al neocostumbrismo y
se organizaron en 1924 en el Centro de Bellas Artes. El Centro, de vida
fugar, intentó combinar las actividades docentes de la escuela con las
actividades divulgativas del Círculo. De la primera era un
desprendimiento ocasionado por la expulsión de un profesor altamente
estimado por sus discípulos, expulsión que sirvió de pretexto para que
estos lo siguieran y fundaran un taller que se apartara de las rígidas prácticas
academizantes
(14)
.
La primera y única exposición del Centro, realizada en octubre
de 1924, contó con las obras de Pedro Nel Gómez, José Domingo Rodríguez,
Eladio Vélez, Manuel Niño, Cecilia Pérez, León Cano, Adolfo Samper, Félix
María Otálora y Efraín Martínez. Este último, posteriormente, fue
atraído al área de influencia del Circulo. El Centro reunió a quienes
debían ser sus miembros más destacados e invitó a otros jóvenes como
Pedro Nel Gómez, recién llegado a Bogotá, desde Medellín. Su
presencia, junto a las de José Domingo Rodríguez y Eladio Vélez, es más
que significativa. Pedro Nel y José Domingo iban a ser, precisamente,
cabezas visibles de la ruptura en la pintura y la escultura,
respectivamente.
El
programa del Centro lo sintetizó Germán Arciniegas en el discurso
inaugural de la exposición, quien comenzó diciendo: “Es preciso que
sepáis que aquí todo rasgo nuevo, todo intento para apartarse de las
cosas vulgares y de los caminos comunes, todo deseo de liberación no es
hijo de un capricho pueril, ni ha surgido de las voluptuosidades de un
snobismo”
(15)
,
El aporte teórico de Arcimegas comenzaba a la defensiva, lo que
era absolutamente necesario en un medio social manipulado por el Círculo
que no entendía ni quería entender los lenguajes nuevos que lo tomaban
por asalto. En se
guida
continuó: “Cuanto aquí aparece es nada menos que un ideal conquistado
en lucha brava. Y si podréis señalar muchos defectos, en cambio veréis
cómo fluye la sinceridad, tan abundante en el dolor como en la alegría.
Palmo a palmo se le arrebató al mundo y al prejuicio un rincón desde
donde libremente pudiera contemplarse el sol, antes de trazar estas
pinturas y modelar estos yesos y de elaborar estos dibujos. Era preciso
obrar de acuerdo con las propias vibraciones, era preciso ser sinceros. Y
en las escuelas clásicas no hay sinceridad. Esto ya lo han dicho otros
con claridad demostrativa, porque el clásico no pone a nivel sus
concepciones con su propia alma, sino con la opinión o con la teoría de
otro, con algo que está fuera de la conciencia personal”.
Se
había pasado a la ofensiva y se acusaba al neo-costumbrismo patrocinado
por el Circulo de ser impersonal, de no indagar por cuenta propia la
posibilidad de otros planteamientos, de estancarse en definitiva. “Los jóvenes
del Centro —
prosiguió
Arciniegas— huyeron a tiempo de las academias. Por eso, cada uno
de estos artistas es un caso de formación personal en donde no se sabe
quién es más admirable: si la íntima persistencia en la rebeldía o la
trabazón de las inercias que han tenido que vencer. Creo que este aspecto
de la rebeldía, aplicada al plano superior de la vida en donde el arte se
íntegra, es algo que debe apuntarse con orgullo como índice venturoso de
nuestra generación”. Efectivamente, los tiempos trascurrían bajo
nuevos signos económicos, sociales y políticos, tanto en el plano
interno del país como en el plano externo; el llamado a la rebeldía que
Luis Tejada había lanzado desde sus crónicas periodísticas, producto de
esas condiciones, había puesto en acción a numerosos seguidores. Refiriéndose
luego al Centro de Bellas Artes, Arciniegas explicó: “Hasta el origen
mismo de este Centro fue una protesta pero realizada sin gritos ni
proclamas. El fervor mismo enmudeció los labios de quienes sólo
aspiraban al triunfo larga y silenciosamente merecido, dura y
pacientemente trabajado. Fue así como los estudiantes abandonaron un día
el instituto de Bellas Artes, y se hicieron a un taller en donde podían
consagrarse a su tarea, sin que el aro de acero de la vieja escuela
aprisionara sus ideales”. De esta afirmación se desprende que el Centro
se constituyó en taller libre, de la misma naturaleza de los que conoció
Santamaría como estudiante hacia 1882 en Paris. La
nueva
generación de artistas había dicho basta, y se lanzaba a la aventura de
buscar y encontrar lenguajes de ruptura. Fue lo que sugirió Arciniegas al
rematar su discurso: “Ahora, juzgad sus obras duramente, como hemos
querido que sean juzgadas las de los maestros que ya no logran colmar
nuestro ideal. No os ofrecemos un recorte del arte para que meditéis,
sino un recorte de la vida”.
Si
la exposición del Centro de Bellas Artes no ha tenido las debidas
resonancias históricas, el asunto sólo es explicable a partir de la
verdadera tenaza tendida por los remanentes del Círculo. Los críticos más
conocidos omitieron reseñar la muestra, y el único que se atrevió a
analizar el conjunto de mas de 100 piezas entre pinturas y esculturas fue
Eduardo Aniaya Rubio, quien lo hizo con evidentes simpatías, pero careció
de la combatividad teórica requerida para llevar a cabo una empresa
semejante y careció de capacidad de reto a la tradición. En otras
palabras, en Amaya Rubio hubo ausencia de confianza en la pr opuesta que
se abría por falta de una identificación plena con ella. Lo que
ocurrió en parte porque los expositores no eran artistas ya formados. A
diferencia de Brasil o México, donde la ruptura la efectuaron pintores de
estudios académicos por fuera de toda duda, en Colombia la empresa tuvo
por protagonistas iniciales a estudiantes y, con la excepción del recién
aparecido Pedro Nel Gómez, autodidactas que carecían del áurea de
prestigio que da un diploma. La falta de identificación entre Amaya Rubio
y los jóvenes del Centro así como su ninguna comprensión de la
necesidad absoluta de que la plástica colombiana sufriera un definitivo
vuelco, la vemos en estas líneas: “El esfuerzo de los muchachos
expositores ha venido a probar dos cosas: que Bogotá no es una ciudad
estancada artísticamente; que hay movimiento y entusiasmo, y que el espíritu
de la nueva generación de artistas es ampliamente inquieto; lleno de un
gran deseo de renovación. exento de convencionalismo sin ser, eso sí,
por completo revolucionario”
(16)
.
Difícil saber qué
quería decir con eso de que el espíritu de esos jóvenes no era “por
completo revolucionario”. Se puede pensar que la falta de ese es
píritu
estaba en el comentarista y no en el Centro, aunque éste estuviera
permeado por el eclecticismo al admitir procedimientos tradicionales y
planteamientos conceptuales absolutamente nuevos.
El
caso es que, según Amaya Rubio, Adolfo Samper exhibía “una figura de
muchacha, que recuerda el estilo flamenco” al lado de “paisajes en los
que se nota su deseo de apartarse de lo clásico”. Y precisaba sobre ese
deseo: “Lo ha conseguido sin ser acreedor al titulo de raro”. A
Cecilia Pérez la distinguió por el “caprichoso revuelo de los
colores” y en Manuel Niño se detuvo largamente para decir:
“En
este certamen de inquietud artística, Manuel Niño ha contribuido de una
manera casi definitiva. Tiene cerca de veinte obras, concebidas
caprichosamente, sin el ánimo de aparecer como un revolucionario, pues,
aunque tiene originalidad, recuerda el futurismo pictórico que llegó a
la cumbre hace dos años en Europa.
Es
necesario anotar que Niño cometió un error en llevar al lado de sus
apuntes extravagantes, entre los que descuella por lo bello de la idea un
desnudo de mujer, otros en que no quiso salirse del recuerdo de la
escuela. Como cubista, como simbolista, como redondelista, hubiera
alcanzado éxito o curiosidad. Pero exhibiendo ensayos de todas las
tendencias y estilos, únicamente puede lograr que el público le diga:
—Este
muchacho aún no se ha. definido. Está bebiendo, a un tiempo, en fuentes
de todos los sabores.
“O
que califiquen su obra, tan variada, con un mismo adjetivo”.
La
precisión resumía la inevitable desorientación que se tenía que
producir en una sociedad poco dada a la aventura por ausencia de un grupo
intelectual capaz de prohijar y alentar a los jóvenes artistas. El propósito
de Amaya Rubio al subrayar en su texto el término “redondelista.” se
dirigió, seguramente, a señalar lo que le pareció el ensayo más
logrado de Niño. El hoy ignorado artista presentó en la muestra del
Centro una pintura que representaba un paisaje con dos casas en su primer
plano, realizado a sintéticas manchas planas cuasigeométricas con
predominio de amplios contornos curvos art-nouveau —aunque evitando lúcidamente
cualquier tipo de efecto ornamental. De alguna manera su paisaje nos
rememora a Jean Arp y debió constituirse en el toque de escándalo dentro
de la muestra, pero no el único
(17)
.
Eladio
Vélez, unos meses antes, había realizado una muestra individual que se
salía de los parámetros trazados por el Círculo. En ella exhibió
acuarelas trabajadas en pequeñísimos planos que fragmentaban el
conjunto, los que producían una vibración cinética de flujos continuos
que a veces se resolvían en formas concéntricas. En otras acuarelas,
siempre dentro de esa fragmentación, las manchas eran más amplias pero
estáticas
(18)
. Pedro Nel, iniciado como acuarelista, técnica que él
personalmente siente tan cercana al fresco, adelantaba su trabajo dentro
de su modalidad de interrumpir las zonas de color con numerosos puntos
blancos vibratorios Conseguidos con el fondo virgen del papel. Con su
acuarela En el platanal (1924), por ejemplo, Pedro Nel plasmó una escena
campesina compuesta por el fragmento de una casa en el primer plano y
cinco figuras femeninas con ollas y platones a la sombra de los plátanos.
El conjunto tenía eficacia por el gran contraste entre las zonas de luz y
sombra, contraste reforzado por los puntos blancos que le son característicos.
Por primera vez, con En el platanal, la, figura adquirió tanta
importancia como el paisaje, y no apareció ociosa sino trabajando
(19)
.
Un viraje comenzaba a producirse, ya que la figura humana iba a ser el
tema casi único de su generación. Se dejaba de mirar el paisaje
solitario desde la distancia y se le comenzaba a mirar de cerca sin
olvidar la actividad del hombre en el espacio.
La
conclusión de la reseña de Amaya Rubio es importante trascribirla en
cuanto poseía la ambigüedad de un desconcertado más: “La impresión
que causa, en general, la exposición de los muchachos del Centro de
Bellas Artes, es de futuro. Existe una nueva generación de artistas que
luchan, que piensan, y, sobre todo, que tienen
espíritu
nuevo. ¿Que se burlan de los maestros? ¿Que olvidaron lo que les enseñaron
sus maestros? ¿Que han sido ingratos con las reglas aprendidas de sus
maestros? Pero, ¿para qué sirven los maestros, una vez que no se tiene
necesidad de ellos, y cuando, como estos muchachos, que han aprendido de sí
mismos, se posee una sabrosa inquietud espiritual?”
(20)
.
Sí, faltó
beligerancia: el asunto no era de ingratitud con los maestros ni de olvido
de sus enseñanzas, sino de superación de una etapa con todas las
implicaciones que ello traía. Y fue esa falta de beligerancia, no suplida
con el necesario manifiesto que la época acostumbraba, lo que le resto
eficacia al programa del Centro. Pero es que el Centro mismo careció de
dinámica y de arrojo, por lo que pronto se disolvió en el más oscuro
silencio. La única expresión consciente sobre lo que aconteció en el
momento la lanzó Pedro Nel Gómez veinticinco años después, resumida en
un reportaje en el que se consignó: “No asistió a la Escuela de Bellas
Artes porque allí enseñaba un respetable maestro Francisco A. Cano, cuyo
estilo no se hallaba de acuerdo con su temperamento”
(21)
. Demasiado
tarde, pero aún así, el Centro de Bellas Artes se constituyó en la
flecha que señalaba la aparición de una nueva era en nuestra plástica.
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REGRESAR
AL INDICE
1
ALFREDO ANGUEYRO, “El arte de Tav era”, en Cromos,
núm. 305, mayo 13 de 1922. De la obra pictórica de Rafael Tavera son
escasas las noticias que hoy poseemos, ya que el pintor viajó a Estados
Unidos y vendió la casi totalidad de su producción por fuera de
Colombia, con la dispersión que esto significa. En todo caso, cierta o no
la afirmación de Angueyro, su pintura deberá ser estudiada
cuidadosamente para saber hasta dónde fue nueva su obra de juventud y
hasta dónde ella le confiere el privilegio de ser uno de los pioneros de
la plástica contemporánea de Colombia, no importa que mis tarde, como
critico, hubiera estimulado tendencias reaccionarias. Sobre la audacia
cromática de Tavera a los ojos de sus contemporáneos, Pisano testimonió
lo siguiente:
“En la pintura colombiana, en donde apenas hay dos o tres coloristas,
uno de los primeros puestos corresponde al señor Tavera” (ROBERTO
PIZANO, “El año artístico de 1922”, en Cromos,
núm. 336, diciembre 23 de 1922). (regresar 1)
2
ROBERTO PIZANO, “La exposición de arte francés”, ibid.
(regresar 2)
3 ELEUTERIO DE CASTRO, Ibid. (regresar 3)
4
“La exposición de pintura de la Escuela de Bellas Artes”, en Cromos,
núm. 437, septiembre 12 de 1925. (regresar 4)
5
Ignotus [GUSTAVO SANTOS], “La exposición de Bellas Artes” en Cromos,
núm. 366, agosto 11 de 1923. (regresar 5)
6
EL Cabalero Duende [EDUARDO CASTILLO], “Una hora con Ricardo Gómez
Campuzano” en Lecturas
Dominicales, núm. 200, Bogotá, mayo 24 de 1927. (regresar 6)
7
ROBERTO PIZANO, “Exposición Eugenio Peña”, ibid.
(regresar
7)
8
EL Caballero Duende [EDUARDO CASTILLO] ibid.
(regresar
8)
9
RAFAEL TAVERA, “El tríptico de Santamaría”, en El
Espectador, Suplemento
Literario Ilustrado, núm. 5340-95, septiembre 23 de 1926. (regresar
9)
10
Cfr. ALVARO MEDINA, “López, de Greiff, Vinyes, Vidales y el
vanguardismo en Colombia”, en Punto
Rojo, núm. 4, junio-julio de 1975. (regresar 10)
11
Eugenio Barney Cabrera, ob. cit. pág. 148.
(regresar 11)
12 Cit. por Germán R.
Caballero,
ob. cit., págs. 1353/1354. (regresar 12)
13
“Hombres y cosas - Don
Roberto Pizano”, en
El
Sol, núm. 31, Bogotá, diciembre 27 de 1922. (regresar 13)
14
La información se la debo al maestro Luis Alberto Acuña, estudiante en
aquella época.
(regresar 14)
15
“La Inauguración de la exposición del Centro de Bellas Artes -
Discurso de don Germán Arciniegas”, en
El
Tiempo, octubre 13 de 1924. (regresar 15)
16
PACO Mino [EDUARDO AMAYA RUBIO], “La exposición del Circulo
[sic]
de Bellas Artes”, en Lecturas
Dominicales, núm. 76, octubre 19 de 1924.
(regresar
16)
17
Véase fotografía de este cuadro en “Exposición del Centro de Bellas
Artes”, en
Cromos,
núm.
428, octubre 11 de 1924.
(regresar 17)
18
Véase fotografía en El Gráfico, núm.
694, julio 5 de 1924.
(regresar
18)
19
Véase carátula de Cromos, núm.
388, enero 19 de 1924.
(regresar
19)
20
PACO MIRO [EDUARDO AMAYA RUBIO], Ibid.
(regresar
20)
21 “Pinceles infatigables”, en Semana,
enero 8 de 1949.
(regresar
21)
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