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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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EL
CIRCULO DE BELLAS ARTES Y LA ESPAÑOLERIA
En
1920 se fundó el Círculo de Bellas Artes entidad privada dirigida al
fomento de la plástica. El Círculo vino a llenar un vacío y a
satisfacer una necesidad: el vacío que ocasionó el fracaso de los
ensayos de 1910 en adelante y originó la queja de Tavera en 1915; la
necesidad para la aristocracia de reganar influencia en el medio artístico.
La primera exposición del Círculo tuvo lugar en noviembre de 1920 y a él
pertenecieron, entre otros, Roberto Pizano, Rafael Tavera, Gustavo Santos,
Coriolano Leudo y Eugenio Zerda, quedando por fuera de su membrecía los
academicistas puros, aunque fueron invitados a participar en las
exposiciones que organizara. Al iniciar actividades, el desolado panorama
de una sola exposición al año que no siempre se efectuaba, de tipo
colectivo Invariablemente, quedó superado. El Círculo, sin embargo, tuvo
que transcurrir su primer año sin poder llevar adelante las tareas
propuestas, lo que podemos atribuirle a las repercusiones de la grave
crisis económica de 1920. Sin que la presente pretenda ser una lista
exhaustiva, he aquí las exposiciones efectuadas entre 1918 Y 1924, año
clave por razones que veremos más adelante:
1918
Agosto:Exposición
Nacional.
1919
No
se realiza exposición.
1920
Noviembre:
Primera exposición de pintura y escultura del Círculo de Bellas
Artes.
1921
Febrero: Exposición colectiva.
Se
contrata con Antonio Rodríguez del Villar el monumento a la Virgen en el
cerro de Guadalupe, Bogotá.
1922
.
Febrero:
Se inaugura la galería-museo del Colegio de San Bartolomé - La
Merced.
Mayo: Individual de Rafael Tavera en el Hotel Regina.
Junio: Pinturas, grabados y fotografías referentes a
Bogotá en la Quinta de Bolívar.
Julio: Individual de Eugenio Peña en la Academia de la
Lengua.
Agosto: Retrospectiva de Garay en la Academia de la Lengua.
Agosto: Exposición francesa en el Pabellón del Parque de
la Independencia.
Agosto: Se descubre la estatua de Rafael Núñez, realizada por Cano,
en el Capitolio Nacional.
Septiembre:
Individual de Leudo en la Academia de la Lengua.
Octubre: El Círculo de Bellas Artes y la Sociedad de
Embellecimiento le erigen un busto a Garay, obra de Eugenio Zerda.
1923
Abril: Exposición conjunta de Miguel Villá y Roberto
Pizano.
Junio: Concurso de pintura para el Teatro Municipal.
Agosto: Exposición Nacional con la presencia de Pedro y
Miguel Villá.
1924
Febrero: Individual de J. Vila y Praedes.
Junio: Individual de Eladio Vélez en el Hotel Regina.
Octubre:
Se descubre la estatua de Jiménez de Quesada, realizada por Rodríguez
del Villar.
Octubre:
Exposición rebelde del Centro de Bellas Artes.
Tras
el vacío de los años 10, el empuje del Círculo no se concentró en
organizar exposiciones con espíritu altruista, sino que se dirigió
simultáneamente a fomentar
un
mercado. Lo cual requería, con urgencia, preparar compradores. Dentro de
este propósito, Roberto Pizano, acicateando el orgullo de los
privilegiados, describió el panorama existente: “Bogotá es la única
en el mundo en la cual, exposiciones y conciertos, permanecen vacíos. En
ciertas gentes que alardean de refinamiento es inconcebible ese abandono,
esa ignorancia confesada sin rubor: ‘Yo de pintura no sé nada... Qué
aburrición, música clásica.., a mi no me gustan los... ¡Pero, señora,
por Dios! como si usted dijera que no tiene nociones de ortografía y urbanidad!
(1)
.
En seguida
estimuló el snobismo al plantear: “Hay que convencerse de lo
solemnemente cursi que resulta una cosa arreglada con grabados y cositas
de electroplata”.
La
pasión de la aristocracia colombiana por España tuvo que conducir, como
era lógico a que una buena cantidad de artistas peninsulares encontraran
compradores en nuestro país. Los beneficiados no fueron Zuloaga, Sorolla
Rusinoi o Angliada Caznarasa —a quienes podemos discutirles sus obras,
pero tendremos que reconocerles siempre que tuvieron méritos, sino
pintores y escultores de dudosa calidad. La fiebre la palpamos en el
contrato que se hizo en 1923 con el escultor Antonio Parera para que
realizara el monumento a Jorge Isaacs en Cali y en las actividades de J.
Vila y Praedes, de Antonio Rodríguez del Villar y de los hermanos Pedro y
Miguel Villá, las cuales tuvieron su culminación en la participación
del ya mencionado Vila y Praedes, Borell, Casas Abarca, Cardunets,
Masriera, Carlos Vásquez y Romero de Torres en la exposición que se abrió
el 7 de agosto de 1828 dentro de los festejos patrios. El virtual
desdoblamiento
de una aristocracia que se creía y sentía española lo consignó Gustavo
Santos en su comentario a la exposición conjunta de Miguel Villá y
Roberto Pizano, este último a través de su gestión decisiva en el
Circulo, empresario y patrocinador de ese alud de españolerías. Escribió
Santos: “Es curioso que hayan sido dos extranjeros quienes nos hayan
dado los más auténticos aspectos de la Sabana [...]. Recio nos dejó
aspectos de La Sabana vigorosa, casi bravíos, Miguel Villá nos está
revelando una Sabana delicada, de matices femeninos, de colorido feérico,
una Sabana en que por la suavidad y delicadeza del ambiente se siente el
placer de vivir la sofrosiue de los griegos, la misma que se siente a las
orillas del Mediterráneo en las montañas doradas de aquella tierra
maravillosa, de donde nos viene Vilá a hablarnos un nuevo idioma”
(2)
.
Felices, estos burgueses pudieron sentarse a gozar la imaginaria sofrosine
en los barrios Teusaquillo o Chapinero de Bogotá con la vista perdida en
el esplendor dorado del cerro de Monserrate, sin darse cuenta de los
desplazamientos que ocurrían debajo de sus pies: triunfo de una revolución
proletaria en 1917, huelgas obreras internas desde 1918, primer intento de
organización de los socialistas colombianos en 1919.
A
partir de un desdén tan olímpico, el acercamiento de nuestros pintores a
ciertos temas, sobre todo aquellos de apariencia nacional, tenía que
produjese de un modo idílico. Fue el regreso a lo patriarcal con la práctica
del neocostumbrismo en que se adentraron influidos por la aristocracia,
neocostumbrismo presente en las dos esbeltas niñas burguesas de trajes
oscuros que posan junto a la india robusta que vemos en Vendedora de
flores (1919) de Miguel Días Vargas; en la airosa dama que camina
escoltada por el apuesto galán de uniforme militar y su percherona
fatigada en Mantilla bogotana (1920 obra final, boceto previo de 1916) de
Coriolano Leudo, en la alienada mansedumbre de los campesinos que
reverentemente siguen el rito religioso en Misa de pueblo (1922)
de Roberto Pizano; en el policía que enamora a la criada encargada de
cuidar a los niños ricos que hallamos en el óleo En el parque (1922) de
Eugenio Zerda; en el barniz de fervor religioso del niño y las seis desen
fadadas
mujeres jóvenes de portes alcurniosos de Misa de Popayán (1928) de Efraín
Martínez; en la mujer elegante que lleva una sombrilla y posa junto a un
niño descalzo que monta en burro en el óleo Diciembre (1929) de Ricardo
Gómez Campuzano. Era la pintura que le interesaba “a la parte elegante
y culta de nuestra sociedad”, es decir de un comentarista de la época
(3)
. Semejante inautenticidad, producto de no ver y entender la realidad
objetivamente sino de verla y entenderla con los ojos de una aristocracia
clerical y ociosa que gozaba la ciudad con las riquezas que extraía de
sus latifundios, explotando y apaleando campesinos, se manifestó
igualmente en una práctica que a mediados de la época del 20 podríamos
suponer eliminada y no obstante seguía vigente: la copia de los grandes
maestros, de las cuales Gómez Campuzano presentó varias en su exposición
individual de 1926, obteniendo sus copias de Goya, Velásquez y Rubens, no
por casualidad, mayor cantidad de elogios que las propias creaciones del
pintor
(4)
. En cuanto a Pizano, se sabe que hizo copias de Velásquez y
otros maestros españoles.
El
auge artístico del período que se inició con la fundación del Círculo,
auge en cantidad y no en calidad, fue consecuencia del esplendor que gozó
el mercado internacional del café, esplendor provocado por la terminación
de la Primera Guerra Mundial y los pedidos de compra colocados por las
potencias que participaron en el conflicto, al fin y al cabo clientes
importantes de Colombia. Como explicó Ernst Rothlisberger, “Las
cosechas fueron almacenadas en el país, hasta que este riesgo fue a
convertirse finalmente en una ventaja, pues acabada la guerra, todo el café
alcanzó una demanda vertiginosa; el año 1919 señaló ventas gigantescas
a precios nunca vistos. La libre exportación dio por resultado una
balanza de pagos extraordinariamente favorable, y el dólar USA, cuya
cotización era de 102 3/4 por ciento en relación con el peso oro,
descendió en enero de 1919 hasta 84”
(5)
. Los latifundistas, pues, vivían
años de abundancia. A
es
os
años de abundancia se ligaron tanto la “fiebre” de exposiciones del
periodo como el neocostumbrismo de los artistas más cotizados y
apreciados en la época. Un neocostumbrismo que se pretendía nacionalista
y por lo mismo patriótico. A los ojos de un artista pequeño-burgués
como Díaz Vargas, confundido y alienado, la explicación suya tenía que
ser populista y paternalista a la vez. El populismo de un hombre que vivía
de su fuerza de trabajo y a quien necesariamente la vida le imponía un
punto de vista que distorsionaba su ninguna estructuración ideológica el
paternalismo con que lo halagaban sus clientes y que él acogía sin
reservas. Tal posición fue la que el pintor reveló al responder, a la
pregunta de cuál era su tema favorito, con esta explicación: “Las
escenas domésticos de las gentes pobres. Aquí se ha hecho poco de
nuestra vida. Los gran les pintores colombianos se han dedicado a pintar
cuadros
que
lo mismo pueden ser colombianos que del Cabo de. la Nueva Esperanza. Poco
les ha gustado el color local de nuestras costumbres. A excepción de
Leudo, que en su obra tiene algunas cosas esencialmente bogotanas, los demás
pintan como todo el mundo”
(6)
. Las imágenes que Díaz Vargas plasmaba
dentro del neocostumbrismo que prosperó en los años 20, llevaron al
periodista a corroborar lo que el pintor le había declarado, afirmando de
él que “reproduce con fidelidad impresiones de la pobreza de los bajos
fondos bogotanos”. En seguida aseveró:
“Díaz
puede llegar a ser el pintor que haga perdurar el recuerdo de las
costumbres actuales de nuestro pueblo”, pasividad y alienación
convertidas en tipismo, estampas folclorizantes para consumo de las damas
católicas aficionadas a practicar la caridad en distantes parroquias y a
intercambiar rumores en las floridas terrazas de sus enormes mansiones: la
aristocracia abandonaba barrios tradicionales como La Candelaria y construía
aceleradamente sus nuevas residencias de diseño pretencioso en el norte
de Bogotá.
Al
pintor que entonces se le reconoció como pionero del proceso de
identificación con 108 terratenientes, al producir obras de arte a su
servicio, fue Coriolano Leudo. De él escribió Santos “A Leudo le cabrá
el honor de haber puesto fin a la infancia de nuestra pintura nacio
nal
y comenzado lo que podrá ser nuestra edad de oro”
(7)
. Dudoso honor que
confirmó Pizano así: “Leudo comparte con Acevedo Bernal y Andrés
Santamaría el dominio de la pintura actual en Colombia”
(8)
. El motivo
de tal exaltación estribó en haber sido Leudo el primero de su generación
en abocar temas ambiciosos, a la búsqueda de comunicar complejos
contenidos de índole filosófica. De esas pinturas, la más aplaudida fue
Madre Tierra (1918), enorme tríptico de 25 figuras en primer plano que,
por su tamaño, la aparente riqueza de su propuesta temática y su
composición, posee el mérito de ser la pintura de más envergadura que
entonces se intentó. El tríptico es pobre en su composición, pobre en
su dibujo y pobre en su color. La ejecución es la típica de Leudo:
superficies
duras derivadas de Zuloaga, acartonamiento y rigidez en la posición de
las figuras y ausencia absoluta de imaginación. Lo que independientemente
de su contenido era de todos modos una propuesta para que el artista
ejercitara su fantasía, se volvió una escena de Guiñol una aparatosa
demostración de mala literatura. Leudo desarrolló su tema partiendo de
una. figura femenina central con los brazos extendidos a manera de diosa.
Originada por el ruedo de su amplio traje la humanidad salía en procesión
hacia la izquierda iniciándose con la figura de un niño desnudo, luego
adolescentes, inmediatamente adultos abrazados en parejas como símbolos
del amor, parejas que señalaban el horizonte y proseguían la larga
marcha circular de una multitud que se perdía en el extenso horizonte
curvo del planeta. La imagen se presentaba lo suficientemente clara para
entenderse que esa misma multitud era la que luego de darle la vuelta a la
tierra, metáfora del tiempo, regresaba agobiada por el lado derecho
abatida, enferma, para envejecer y desplomarse pasivamente a los pies de
la figura femenina central que le dio su título a la obra. Para Leudo no
hablan conflictos sociales ni había historia, curiosas omisiones cuando
acababa de culminar un enfrentamiento bélico que habla conmovido al
mundo. Para él la actividad del hombre era la eterna repetición de un
ciclo determinado por la capacidad de desgaste de la energía vital del
cuerpo humano.
De
Madre Tierra afirmó Santos que era: “la primera obra pictórica
colombiana de importancia que se inspira, en un problema filosófico”
(9)
, pronunciamiento que nos da una idea muy concreta de qué significación
tuvo en su momento. Pero Pizano fue mucho más allá al decir:
“El
tríptico de la Madre Tierra es el mayor empeño técnico ideológico
que en pintura se ha llevado a cabo en Colombia”
(10)
. La utilización
de la palabra ideología por parte de Pizano nos resulta clave. El pintor
y crítico era el elemento mejor parapetado del Círculo en cuestiones teóricas,
rasgo que lo invistió de la autoridad que gozó en su corta vida. Pizano,
ya lo dijimos antes, pertenecía
a
la alta burguesía, y de allí que para su clase cumpliera el
invaluable papel de orquestador, impulsador y patrocinador del
movimiento plástico de su tiempo. ¿Y cuál era la ideología de Madre
Tierra? La sentencia cristiana de “polvo eres y en polvo te convertirás”
desarrollada con todo su idealismo y todas sus resonancias metafísicas.
Contenido que comprendió Luis Eduardo Nieto Caballero al escribir: “El
tríptico Madre Tierra, en donde está rodeada la simbólica mujer que a
todo da vida y en quien todo se refunde cuando el dolor, el crimen o la
vejez la buscan, de figuras que en lenta procesión se van perdiendo en el
horizonte, para reaparecer, cambiadas por la tristeza o por la miseria o
por la fatiga de los años, a esconderse en los pliegues de su manto o a
hundirse en el abismo que bajo sus pies se abre, es una de nuestras obras
de mayor aliento”
(11)
. Para los hacendados la. alegoría de Leudo tenía
la eficacia de mostrar su actividad como el centro de la vida: de la
tierra sale el hombre y a la tierra vuelve. Pero no cualquier clase de
hombre sino los hombres y mujeres de su clase, discriminación palpable en
las vestiduras de sus personajes, nada proletarios en sus gestos,
elegantemente pausados; en su raza, sin la más leve contaminación de
sangre negra o indígena. Madre Tierra era una tergiversación en todos
los sentidos porque en ella tampoco aparecía el trabajo como la fuerza
fundamental en el desarrollo de la humanidad ni los conflictos de clase
que generan las relaciones de producción. Y no podían aparecer Madre
Tierra
era una versión unilateral de la clase dominante y el más grande
mamotreto del arte colombiano. El gigantesco óleo resumió no sólo la
tragedia de Leudo, sino también la de Días Vargas, Gómez Campuzano,
Martínez y Pizano, pintores mediocres que fracasaron estéticamente por
su falta de conceptos, de técnica y de imaginación; y fracasaron históricamente
por poner su creatividad al servicio del sector social mas reaccionario
del momento.
No
fue tal el caso de Francisco A. Cano, un academicista a quien su sentido
del realismo rescató de la mediocridad de su época. Si bien el pintor y
escultor fue un Juicioso practicante del verismo aprendido en la Academie
Julien de Paris, nunca llegó a arrebatarse en grandilocuencias y
solemnidades como las de Garay y Acevedo Bernal. Su academicismo, al igual
que el de Borrero Alvarez y en menor medida el de Moros Urbina, consiguió
ser matizado por los temas: vulgares, abordados de un modo directo, sin
afeites y sin arreglos. La fidelidad conservadurista a los preceptos
inculcados en la escuela, los salvó a los tres. Curiosa contradicción
que se explica en razón de que, si bien sus lenguajes fueron
tradicionales, sus pinturas no acataban los dictados de la aristocracia.
Cano, Borrero Alvarez, Moros Urbina y también Zamora, se habían
independizado de en la para dirigirse a la búsqueda de lo que era este país,
programa que adelantaron sin genio pero con un obsesivo entusiasmo
creador. La de ellos fue la insobornable práctica del nacionalismo de
comienzos del siglo: inventariar rincones, captar la geografía, detallar
quebradas, montañas y llanos. En definitiva, pintar la espectacular
naturaleza de América. De este modo esos pintores, guiados por un
entusiasmo similar a los que alentaron a Walt Whitman y Pablo Neruda
estaban anunciando algo más cercano a sus propósitos: La vorágine de
Rivera y, con ella, a toda la novela del espacio que floreció en América
Latina entre 1920 y 1940.
La
obra cumbre de Cano fue Horizontes, un óleo con el cual demostró estar
interesado tanto en el ámbito físico de nuestro territorio como en la
presencia del hombre en ese ámbito. Del hombre como ente modificador de
l
a
naturaleza y forjador del futuro al incorporar áreas
—áreas
vírgenes—, a la producción. Horizontes representa a una pareja
campesina nada folclórica y su hijo de meses en el paisaje abierto, algo
agreste, al que la mano del hombre ya está doblegando. La joven familia,
en primer plano, está sentada en un barranco, o cosa similar —Cano no
dio cuenta de este detalle, cumpliendo una pausa de descanso en el camino.
El hombre señala con el brazo extendido el horizonte que los espera:
horizonte de trabajo y posible realización humana. La anécdota es
sencilla y la eficacia de Cano residió en no haber hecho de ella una
escena aparatosa o espectacular. Su verismo, que fue el defecto de muchas
otras de sus pinturas, en este caso funcionó perfectamente para producir
el preciso equilibrio entre el contenido literario y la plasticidad de la
imagen. Por la vía del verismo, Cano no tuvo que recurrir a una
escenografía pomposa y a unos personajes, con todas las características
de malos actores, como loe que tanto utilizó Leudo. Ante Horizontes no se
requiere un gran esfuerzo para descubrir que esos campesinos son colonos
antioqueños a la búsqueda de nuevas tierras donde asentarse. El
optimismo que emana la obra, nada falso fue el producto de su convicción
sobre un proceso que sentía suyo —como antioqueño que era Cano— y
seguramente vivió: la colonización de los territorios de Caldas,
Risaralda, Quindío, norte del Valle y norte del Tolima, selva descuajada
a golpes de hacha en una expansión de frontera que hacia fines del siglo
aceleró el auge internacional del café. Sus hitos, marcados por las
numerosas poblaciones nuevas que aparecieron en las montañas, podríamos
limitarlos de mi modo general con estos dos hechos de su iniciación y
cierre:
fundación
de Manizales en 1848 y fundación de Cajamarca en 1916. Cano sintió
—como ya veremos en González Camargo— el avance de las fuerzas
productivas y lo plasmó en Horizontes. Uno de loe cuadros verdaderamente
históricos pintados en Colombia, en el que sin heroicidades o gestos
epicistas de grandeza dejó el testimonio de uno de loe acontecimientos más
trascendentales en la vida de la nación. Se entiende entonces por qué
ese realismo, con todo y acatar algunas normas del pasado, fue capaz de
superar en resultados plásticos —que son los que cuentan para nuestro
estudio— a todas las obras pintadas o patrocinadas por los miembros del
Círculo de Bellas Artes.
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AL INDICE
1
Roberto Pizano, “Exposición Eugenio Peña”, en Cromos,
núm. 813, julio 8 de 1922. El programa del Circulo de Bellas Artes
fue resumido en el siguiente aparte
del discurso de apertura: “Estimular la actividad artística por medio
de exposiciones anuales, procurar la formación del museo de pintura,
estudiar y catalogar las obras de Vásquez, Laboria, Torres Méndez y
otros maestros, fomentar, en una palabra, por todos loa medios, el cultivo
de las bellas artes para desarrollar con su estudio el sentimiento de lo
bello, serán las nobilísimas labores a que los miembros de este Circulo
se consagran”, (Discurso pronunciado por el presbítero doctor Álvaro
Francisco Sánchez en la velada literaria con que se Inauguró el Circulo
de Bellas Artes ,de Bogotá, en Anales
de Ingeniería, vol. xxviii, núms. 337/338, Bogota, abril y mayo de
1921, pág. 372). El Circulo, de otra parte, ‘hizo adjudicar becas y
terminó sus días en 1922” (Daniel. Samper Ortega, Breve
historia de
la Escuela Nacional de Bellas
Artes, ibid., pág. 123). Su Influencia, sin embargo, no feneció sino
a mediados de la década del 30. (regresar 1)
2
G. S. (GUSTAVO SANTOS). “La exposición Villa-Pizano”, en Cromos,
núm. 349, abril 14 de 1923, los subrayados son único (A. M.).
(regresar
2)
3
ELEUTERIO DE CASTRO, “La exposición Gómez Campuzano”, en El
Espectador-suplemento Literario Ilustrado, núms. 5418-106, diciembre
9 de 1926. (regresar 3)
4
Cfr.
ELEUTERIO DE CASTRO, ibid.
(regresar
4)
5
Cit. por ALvARO TIRADO MEJÍA, Introducción
a la historia económica de
Colombia,
Medellín, La Carreta, 1977, pég. 211. (regresar 5)
6
PACO MIRO [EDUARDO MAYA RUBIO], “Nuestros artistas – Miguel Días
V.”, Lecturas Dominicales núm.
21, septiembre 30 de 1923. (regresar 6)
7
GUSTAVO SANTOS, “Corlolano Leudo”, Ibid. (regresar
7)
8
ROBERTO PIZANO, “La, obra fuerte y múltiple de C. Leudo”, en Cromos,
núm. 326, octubre 7 de 1922. (regresar 8)
9
GUSTAVO SANTOS, ibid. (regresar 9)
10
ROBERTO PIZANO, ibid.
(regresar
10)
11
L. E. NIETO CABALLERO, Colombia
joven, Bogotá, Arboleda Valencia,
1918,
pág.80.
(regresar 11)
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