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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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SPENGLER
Y “MUNDIAL”
CONTRA
LAS VANGUARDIAS
De
la atrevida experimentación de Cano en Crepúsculo a la conceptualización
de Pepe Mexía sobre la caricatura, conceptualización dirigida a producir
la caricatura de la caricatura, los artistas colombianos ensayaron,
absolutamente conscientes, modos y maneras que históricamente se
perdieron desde sus inicios por la ninguna aceptación social que
recibieron. En consecuencia, no pudieron desarrollarse para alcanzar a
convertirse en verdaderos hitos de la historia. Pero en contra de ellos se
interpuso una verdadera barrera de prejuicios que incubaba el medio, o que
ese medio adoptaba como propios cuando provenían de fuera. Cuando a
mediados de la década del 20 Ortega y Gasset escribió la presentación
de las reaccionarias teorías de Spengler, recogidas en su libro La
decadencia de Occidente, el pensador español anotó lo siguiente: “una
de las graves fallas del estilo de Spengler es presentar como exclusivas y
propias suyas ideas que, con más o menos mesura, habían sido expresadas
antes por otros. Puede decirse que casi todos los temas fundamentales de
Spengler le son ajenos, si bien es preciso reconocer que ha adquirido
sobre ellos el derecho de cuño”. Spengler, el ideólogo alemán que
consideraba sin rubor que “el imperialismo es civilización pura” y veía
a Cecil Rhodes, aquel bárbaro militar inglés que había arrasado a
sangre y fuego a los habitantes negros de la actual Rhodesia, “como el
primer hombre de una época nueva”, fue el mismo que escribió a propósito
del arte del siglo XX: “El artista moderno es un obrero, no un creador.
Coloca unos junto a otros los colores intactos. La fina rúbrica, la danza
de las pinceladas queda remplazada por hábitos groseros. Unos puntos,
unos cuadrados, unas grandes masas inorgánicas se tienden sobre
la
tela mezcladas y revueltas. Al fino y ancho pincel añádase ahora, como
instrumento técnico, la espátula. El fondo de la tela se incorpora también
al efecto y permanece a trechos descubierto y sin color. Arte peligroso,
penoso, frío, enfermizo, hecho para nervios refinados”.
La
oposición al arte nuevo que Ortega y Gasset llamó mesurada, se había
manifestado desde que Manet expuso su Almuerzo sobre la hierba en el salón
de 1863, en Paris. Desde entonces sus enemigos no dejaron de manifestarse
y, aún hoy, más de un siglo después, forman legiones. Que este cambio
estético fuera incorporado por Colombia y por toda América Latina,
revestía una importancia singular: la posibilidad de que naciones que
empezaban a tener vida propia (por muy mediatizada que ella estuviera por
el imperialismo) pudieran expresarse plásticamente eludiendo la trampa de
las fórmulas convencionales, eludiendo el patrón rígido y castrador,
eludiendo matar los nuevos temas que presionaban nuevas condiciones y
necesariamente clamaban por un lenguaje diferente. Tal camino, en
Colombia, fue segado momentáneamente por aquellos prejuicios que resumió
Spengler.
En
1912, año cumbre del cubismo, la revista Mundial que edito y dirigió en
París el influyente y respetado poeta Rubén Darío, publicó una nota
sobre el salón oficial abierto en el Grand Palais, en cuyo primer párrafo
salió a relucir la posición del escritor conservadurista que añoraba la
vieja tradición atropellada por los aportes de los artistas de
vanguardia. Partidario del arte oficial, el articulista escribió: “Una
actividad ordenada parece haber presidido a la producción que se expone.
No hay llama que mueva a temor de incendio. Los antiguos humos de rebeldía,
para afianzar algo nuevo, ceden el paso a la cultura tradicional [...].
Por algo es éste un salón cortés”
(1)
. Aunque ya el impresionismo era
una corriente ampliamente aceptada, el articulista no escatimó palabras
para rechazarlo de una manera sutil. Al referirse a una obra de Zuloaga,
señaló que “en su factura no se advierten frivolidades de paleta. No
usa de manchas ni de tonos tronchados ni de puntillismo; no abusa ni del
azul
ni del anaranjado”
(2)
. Elogio que formulaba con una mentalidad clasista
revelada al mencionar que “Lazlo, pintor de reyes y de príncipes, tiene
mucho donaire en el dibujo y con el pincel, y es lindo, y es fresco, en el
Retrato de la baronesa de Baeyens”
(3)
. Donaire, lindo, fresco: era el
vocabulario apropiado en pro de una pintura acaramelada despachada según
el gusto de nobles y burgueses escogidos de maneras aristocráticas,
pintura a la que precisamente se oponían las corrientes nuevas. Spengler,
al calificar de obrero al artista contemporáneo, había acertado. Ya en
las postrimerías del siglo xix la revolución industrial no permitió
construir arcos del triunfo sino torres metálicas como la Eiffel, como máximo
símbolo de una época. Del mismo modo, las catedrales y los palacios no
fueron las construcciones más portentosas de las ciudades, sino sus
factorías mecanizadas. A vuelta de tuercas y tornillos, a golpes de llave
inglesa, silbidos de vapor y zumbidos de corriente eléctrica la sociedad
se democratizaba y conocía libertades no imaginadas antes, derribando de
paso los conceptos fundamentales que habían imperado en la plástica
desde el Renacimiento: el espacio cúbico y la Naturaleza como suprema guía
del arte. Ese lenguaje mecanicista —aunque hermético— de los
vanguardistas, opuesto a lo lindo y la belleza clásica, no podía ser
apto para reyes y príncipes. Se comprende entonces que se le combatiera
con denuedo.
En
contraste con lo anterior, los ataques del mismo comentarista de Mundial
—Ulrico Brendel— a las obras expuestas en el Salón de los
Independientes fueron directos. “Por amigo que uno sea de innovaciones
—escribió—, y por animado que esté de espíritu de indulgencia, ha
de confesar, con el corazón en la mano, que el actual salón de los independientes sólo inspira desencanto, especialmente al que lo visita de
buena fe. La ineptitud triunfa en casi toda su línea [...]. Lo más
inaudito del caso es que, para justificarla, se han prodigado las más
ingeniosas tonterías. Bajo un aparato de la sutil y placentera filosofía
estética, se nos ha desencadenado una tempestad de escuelas de pintura y
escultura. Ni en los tiempos de renovación artística del impresionismo,
del
naturalismo
y del simbolismo vióse semejante fenómeno. Nos encontramos ahora en
plena invasión de cubistas, futuristas, estructuralistas, equilibristas,
primitivistas y ondulistas, con obras que no representan, por atentamente
que se las mire, ningún esfuerzo inteligente o una nueva modalidad de
belleza, con esencia de belleza”
(4)
. Más adelante preguntaba: “Si la
escultura y la pintura son artes destinadas al mirar de nuestros ojos, ¿por
qué empeñarse en hacerles ver, sino lo que no existe? Suponer que la estética
suprema tiene por finalidad un cataclismo, es una burda aberración”
(5)
.
En
conclusión, tenemos que luego de atacar las nuevas corrientes en la
entrega de mayo, en la siguiente de junio el autor pasó a recomendar el
tradicionalismo. El análisis de tales críticas reviste importancia en el
contexto latinoamericano de aquel momento,
consideramos que Mundial, por el fervor y admiración que suscitaba
su director Rubén Darío, era una revista de gran influencia en nuestros
ámbitos, gracias igualmente a su intensa circulación, a la abundancia de
sus materiales gráficos, a su bella diagramación, a la amenidad de sus
artículos de interés general y a la lujosa calidad de su impresión.
Mundial era acatada y tenía repercusión en todo el Continente. Si bien
es verdad que sus recomendaciones no tuvieron resonancia en irnos cuantos
países, más concretamente en aquellos donde el proceso de
industrialización había avanzado, lo cierto es que en Colombia sí la
tuvo.
El
giro de los acontecimientos artísticos que tuvieron su centro en París a
partir de Cezamie, obligó pronto a la timorata sociedad colombiana a
becar sus pintores en países distintos de Francia. Ya desde finales del
siglo pasado se habla manifestado una. cierta preferencia por Italia, pero
luego que Italia entró a participar del arte de vanguardia con el
futurismo, el último refugio quedó en España. Francia, a la muerte de
Gerome en 1904, se volvió sinónimo de desmoralización estética. Como
producto de tal apreciación, las becas para la Academia de San Femando de
Madrid comenzaron a ser más y más frecuentes, con la inevitable
consecuencia de que trata
mientos
y temas peninsulares aparecieron prontamente en nuestra plástica.
Queda
entonces dilucidado por qué a raíz de la exposición de 1918 Max Grillo
registró con alborozo la presencia de la españolería, moda cuya
inautenticidad terminó por destruir a los artistas que la practicaron.
iniciada con entusiasmo por Ricardo Gómez Campuzano, pronto tuvo
seguidores en Coriolano Leudo y Miguel Díaz Vargas, pintores prolíficos
que, a juzgar por los comentarios y críticas de la época, así como por
sus arrolladores envíos en lo cuantitativo a las colectivas realizadas
hasta 1931, fueron los más destacados del período por encima de otros
artistas de más mérito. La españolería falsa, de escenografía y
vestuario de zarzuela, llegó al colmo de inventarse los retratos de las
señoras y señoritas de la alta burguesía bogotana vistiendo trajes de
manola. Sin embargo, Grillo dijo entonces de Gómez Campuzano que “la
visita que recientemente hizo nuestro compatriota a los museos españoles
ha influido fecundamente en sus actividades de artista”
(6)
. Por
supuesto, Grillo pudo estarse refiriendo al beneficio que el estudio de
los grandes maestros le había reportado al joven pintor, pero no eran de
El Greco, Zurbarán o Velásquez las influencias que había en su pinturas
sino del pintoresquismo de cierto Zuloaga y del mediocre Romero de Torres.
Los
artistas españoles (salvo las contadas excepciones de los realmente
grandes como Picasso, Gris, Picabia, González y Miró, y de artistas
menos conocidos pero de lenguaje recio como Isidoro Nonell) se
constituyeron en la falange encargada de marginar a España del arte
europeo del siglo XX. Esta actitud condujo a que los creadores españoles
destacados que se empeñaron en desarrollar sus obras dentro de las nuevas
concepciones de la pintura y la escultura tuvieran que emigrar a París.
Madrid o Barcelona no eran centros propicios para las nuevas tendencias
por las condiciones de atraso que se vivían en España. Cuando algunos de
los miembros de Dada se establecieron en Barcelona obligados por la
Primera Guerra Mundial, el atrevido movimiento nacido en Zurich atravesó
una de sus etapas más opacas. Para. los tradicionalistas España era la
bandera de batalla con
tra
los vanguardismos y sus pintores conformistas los mejores ejemplos del
arte universal.
Menos
de dos años después que Grillo había saludado la españolería
inaugurada por Gómez Campuzano, el comediógrafo Antonio Alvarez Lleras y
el pintor Roberto Pizano tuvieron una conversación en Madrid, trascrita
por el primero de ellos, no sin advertir que los dos coincidían en las
opiniones expresadas: “La pintura colombiana merece ocupar un honroso
puesto al lado de la moderna pintura española. Preciso es venir a Europa
para convencerse de que lo nuestro tiene caracteres, alma, vida propias.
Cualquier espíritu sencillo y sereno que estudie con detención a los
paisajistas españoles comprenderá lo que valen los nuestros y apreciará
la fuerza, la inquietud, la vaga ansiedad de la joven alma nacional,
reflejada por completo en nuestros cuadros. Recordemos Horizontes de Cano,
Los campesinos de Miguel Diaz [Vargas], los cuadros de costumbres de
Leudo, de González Camargo y de Zerda [...]. Para ser original no es necesario buscar una línea rara o mventar un colorido extravagante o señalar
los contrastes como aun no se le haya ocurrido a nadie. No. En pintura,
como en todas las artes, la originalidad sólo se encuentra en la
sinceridad absoluta”
(7)
.
Los
planteamientos de Alvarez Lleras y Pizano coincidían en toda su línea
con la prevenida actitud española:
sinceridad
absoluta, sí, pero como principio conservadurista interesado en atajar la
experimentación, y no como principio dirigido a propender hacia un arte
auténtico. Los entusiasmos del comediógrafo y del pintor no podían ser
menos irreales. Porque desde José María Espinosa, en los primeros años
de la República, nunca las artes plásticas colombianas habían
atravesado un período de tanta mediocridad como éste de la década del
10 y parte de la década del 20. Ni daría un conjunto de pintores tan
poco talentosos como los que en ese momento eran destacados por la critica
y por su público. Pero en la medida en que el conservadurismo colombiano
coincidía con el conservadurismo español, tenido por ejemplo y
paradigma, el entusiasmo crecía entre algunos de los entendidos en
problemas de estética. De allí que en el
reportaje
citado se proclamaran los méritos de la pintura colombiana para ocupar
puesto honroso junto a la pintura española. Y de allí que el crítico más
serio de tan borrosa etapa, Gustavo Santos, cometiera el desliz de
asegurar: “Nuestro arte nacional, tras un largo y monótono período
embrionario sin forma ni dirección y entregado tan sólo a la fantasía
de espíritus incoloros, se encamina hoy hacia la personalidad”
(8)
.
Al
abrirse la necesaria discusión sobre los encargos de monumentos públicos
que los gobiernos colombianos solían hacerle a escultores europeos,
italianos y franceses especialmente, Rafael Tavera planteé la necesidad
de dirigir tales encargos hacia España, haciendo uso de unos argumentos
que explican y sitúan el españolismo de su tiempo. “Aquí en Colombia
se impone una orientación hacia España en cosas de arte —explicó—,
sobre todo al tratarse de la interpretación escultórica de nuestros
hombres y hechos. La sicología de la raza así lo pide, nuestras cosas
son cosas de España; nuestras afinidades son más grandes de lo que a
primera vista aparecen; los artistas iberos están en mejores capacidades
de comprender nuestra idiosincrasia y llevar a forma plástica nuestros
genios y glorias”
(9)
. ¡La sicología de la raza!: ahí estaba la clave
de la insulsa moda. La celebración del Centenario de la Independencia había
movilizado a comerciantes y terratenientes ricos a empeñarse en la tarea
de desentrañar genealogías, títulos y blasones que demostraran la
hidalguía de sus antepasados. También a falsificarlos: un bisabuelo
virrey o marqués, por lo menos oidor o encomendero, daba lustre y
preeminencia. Manifestación de tan nostálgica como aristocrática
actitud la hallamos en aquellos discursos, no muy lejanos, del presidente
de Colombia que reiteraba con orgullo la clara y rancia estirpe de la Casa
Valencia en Popayán. La españolería era el arte de una clase que añoraba
el feudalismo y soñaba con un regreso a la etapa colonial.
En
1923 se abrió a concurso la decoración del Teatro Municipal de Bogotá,
con la participación de Pizano,
Zamora,
Samuel Velásquez, Ramelli, Félix Maria Otálora y Delio Ramírez. El
proyecto no pasó de la exposición que se organizó con las propuestas
incluidas en los estudios previos, pero fue allí donde mejor se manifestó
la “hidalga” nostalgia por la Colonia. Al decir de un anónimo
comentarista, “los cuadros de Roberto Pizano sobre temas coloniales
—que tienen enorme interés— han llamado mucho la atención en la
exposición que se ha hecho. El primero representa una fiesta del Virrey
Messía de la Zerda en el Aserrío: allí, bajo el versallesco y hermoso
fondo de la naturaleza, las damas y los caballeros bailan las elegantes y
hermosas danzas de la época. El otro representa la casa del Marqués de
San Jorge en su interior. Esta es una de las pocas viviendas que se
conservan hoy como hace tres siglos, y a las cuales ha respetado
milagrosamente la piqueta demoledora”
(10)
, En seguida se recomendaba:
“este es un campo ilimitado para nuestros artistas. En la fuente
colonial
—virgen
completamente y aún no explotada— deben ir a beber nuestros pintores y
literatos que quieran hacer obra genuinamente nacional. La Colonia, con
sus leyendas de misterios, de amores y de crímenes puede dar tema para
novelas y cuadros que nos revelen claramente el modo patriarcal y sencillo
como vivieron nuestros abuelos”.
Al
lado de semejante llamado podríamos colocar la emoción temblorosa de
Eduardo Castillo, quien escribió lo siguiente de los trabajos del
escultor Tobón Mejía:
“Dos
de aquellos trabajos en cobre, sobre todo son inolvidables por su belleza
extraña y sugestiva: me refiero a Adoración y Salomé. En el primero,
una mujer desnuda se halla prosternada, en actitud adorante, al pie de un
zócalo rústico, sobre el cual se yergue soberbiamente, el Torso del
Belvedere, símbolo de la hermosura plástica y del vigor armonioso de la,
Hélade antigua, cuyo Partenón en ruinas se perfila en lontananza. En el
segundo, Salomé baila la danza, ante la cabeza ensangrentada del
Precursor, la danza de los siete velos. La figura es admirable de
animalidad y lujuria. Al verla, se evoca la princesa sanguinaria de la
tragedia de Wilde, la zíngara maldita que besa con frenesí erótico los
labios del
Bautista
decapitado”
(11)
.
En verdad, la cultura colombiana vivía un capítulo
poco brillante. Difícil entender que Castillo, poeta y critico literario
hubiera sido el primero en resaltar el talento de León de Greiff.
En
la plástica la identificación con España se planteaba, además, como el
sabio equilibrio entre los métodos tradicionales de representación y
algunas audacias bien dosificadas tomadas del impresionismo. Desde
Santamaría, la necesidad de lo segundo tenía alguna aceptación en
Colombia, como gesto de modernidad, a condición de no caer en excesos, ni
siquiera en los “excesos” del pintor bogotano. Fue con este criterio
con el que Daniel Samper Ortega, último teórico de esta corriente,
escribió de Gómez Campuzano “Huyendo del ultramodernisimo, que finca
toda la importancia del paisaje en los efectos cromáticos, Gómez sabe
dar a los suyos una razonada arquitectura, donde se asigna igual
importancia al dibujo exacto de algunos términos y al concienzudo
desdibujo de otros”
(12)
. Y Roberto Pizano, a propósito de Zuloaga:
“Con profundas raigambres en la gran pintura española del siglo XVII,
Zuloaga no ha desaprovechado ciertos elementos introducidos por la moderna
escuela francesa, de la. cual ha sabido elegir aquello que le convenía
para enriquecer su lenguaje, con una independencia artística absoluta”
(13)
. La independencia artística a que se refería Pizano era la
independencia que rechazaba los movimientos vanguardistas para caer en la
dependencia de una tradición que resquebrajaban las condiciones sociales
creadas a nivel mundial por el capitalismo en su fase imperialista.
El
pensamiento de Pizano, un pintor cuya influencia en el arte colombiano de
la década del 20 no es nada desdeñable, se puede resumir con unas
cuantas citas tomadas casi que al azar. Del pintor español Chicharro, por
ejemplo, afirmó: “Tiene un miedo enorme al ridículo y en arte ha
seguido el único camino verdadero al cual llegan los pintores de otros países
fatigados después de inútiles desviaciones. París es la puerta abierta
a todas
las
locuras del arte”
(14)
,
y agregó en el colmo de un entusiasmo al que
nadie se había atrevido a llegar hasta entonces: “Chicharro representa
la intelectualidad de la escuela española junto con Villegas, autor del Dédalo,
con Menéndez Pidal, de Los segadores y La muerte, y de El bogotano Leudo,
autor de ‘La madre tierra’. Cuadros concebidos con la imaginación y
pintados ante el natural. Nada semejante hay en la decadente escuela francesa”
(15)
. De esta manera la llamada escuela francesa, madre de
“todas las locuras en el arte”, no solamente era atacada y
despreciada, sino que España resultaba el verdadero epicentro del arte
internacional del momento. Dentro de la idea ya expresada por Tavera de
que “nuestras cosas son cosas de España”, implicando una unidad
espiritual y racial indivisible, el epicentro que partía de Madrid se
extendía hasta Bogota y tenía uno de sus mejores exponentes en el pintor
Coriolano Leudo. La ofensiva de Pizano, un aristócrata sin la
inteligencia ni la sensibilidad de Santamaría, fue persistente y
negativa. A propósito de Gómez Canipuzano, entonces en Europa, Pizano
aconsejó, imbuído del más santo puritanismo interesado en salvar la
patria: “el artista no perderla nada con dejar a Europa, ya que la
demasiada permanencia en ella encierra peligro de las fáciles teorías
del futurismo, el cubismo y otras negaciones artísticas capaces de anular
las mayores facultades”
(16)
.
El
consejo de Pizano fue acatado ampliamente, algo que en 1927 comprobó
Daniel Samper Ortega en una conferencia que pronunció en Madrid:
“Valiosos elementos nuevos, entre los cuales se cuenta en primera fila
el actual director de la Escuela de Bellas Artes (Roberto Pizano, han
regresado o están por regresar a Colombia llenos de entusiasmo por España;
[...] y ya son muchos los colombianos que al venir a Europa, prefieren
desembarcar en Cádiz, Barcelona o Santander a hacerlo en El Havre”
(17)
Era absolutamente cierto. Por España tam
bién
pasaron los pintores de la generación siguiente, tales como Luis Alberto
Acuna e Ignacio Gómez Jaramillo, aunque en ellos ya no operó el santo
temor de perderse en Paris.
La
posición de los pintores españoles frente a lo que ocurría en el mundo
artístico francés se puede resumir citando la carta que Ignacio Zuloaga
le envió al crítico
español Miguel Utrillo, fechada el 27 de junio de 1932 en parís, y
en la cual le comunicaba: “De la exposición de Picasso, es mejor que no
te hable; pues se trata de un amigo a quien ambos queremos. Creo que es la
gaffe mayor que podía haber hecho (Y sobre todo haciéndola, al mismo
tiempo que la del coloso Manet). Picasso es hombre de gran talento,
inquieto, febril, tras la rebusca de algo original. Tuvo aptitudes
extraordinarias para haber sido un grandísimo pintor; hasta el momento en
que se salió de la pintura,. y entró
en lo
que llaman
cubismo. ¡Qué lástima!
(18)
. Anquilosamiento y conservadurismo eran
las posibilidades que ofrecía España.
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1
ULRICO BRENDEL, “Los salones oficiales de 1912”, en Mundial,
núm. 14, París, junio de 1912, pág. 122. (regresar 1)
2
ULRICO BRENDEL., ob. cit., pág. 125.
(regresar
2)
3 ULRICO BRENDEL., ob. cit., pág. 130.
(regresar
3)
4
ULRICO BRENDEL., “El Salón de los Independientes”, en Mundial,
núm. 13, mayo de 1912, pág. 49.
(regresar
4)
5
ULRICO BRENDEL, ob. cit., pág. 50.
(regresar
5)
6
MAX GRILLO, ob. cit.,
(regresar
6)
7
A.
ALVARO LLERAS, “Desde Espafia: Nuestros pintores”, en
Cromos,
núm. 206, abril 24 de 1920.
(regresar
7)
8
GUSTAVO SANTOS, “Coriolano Leudo”, en Cromos,
núm. 171, agosto 19 de 1919.
(regresar 8)
9 RAFAEL TAVERA G., “Notas de arte”, en Cromos,
núm. 227, septiembre
18
de 1920. (regresar 9)
10
“Concurso de pintura para el Teatro Municipal”, en Cromos.
núm.57, junio 9 de 1923.
(regresar
10)
11
EDUARO CASTILLO, “Exposición de arte”, en Cromos,
núm. 247, febrero 26 de 1921.
(regresar
11)
12
D. S. O. (DANIEL SAMPER ORTEGA), “Alrededor de una. exposición de
pintura”, en Senderos,
núm. 4, Bogotá, mayo de 1934.
(regresar
12)
13
ROBERTO PIZANO, “Ignacio Zuloaga”, en Cromos,
núm. 327, octubre
14
de 1922. (regresar 13)
14 ROBERTO PIZANO, “Eduardo Chicharro”, en Cromos,
núm. 309, junio
10
de 1922.
(regresar
14)
15 ROBERTO PIZANO, ibid. últitimo
subrayado es mío (A. M.). (regresar 15)
16
R. [ROBERTO PISANO], “Desde España”, en cromos,
núm. 333 noviembre 25 de 1922.
(regresar 16)
17
DANIEL SAMPEE ORTEGA, Colombia,
breve reseña de su movimiento
artístico e intelectual, Editado por La Unión Ibero-Americana,
Madrid, 1929, pág. 9.
(regresar
17)
18
Cfr.
ENRIQUE LAFUENTE FERRARI, La. vida y el
arte de Ignacio Zuloaga
.
san Sebastián, Editora Internacional, 1950. pág. 292.
(regresar
18)
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