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MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
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INTENTOS
DE APERTURA
EN
LA DÉCADA DEL 10
Entre
1901, año en que el brasileño, de origen italiano, Eliseo Visconti,
regresó a Brasil para adelantar una pintura de reminiscencias
impresionistas, a 1920, año en que varios pintores chilenos se reunieron
para conformar el Grupo Montparnasse, de orientación decididamente
vanguardista, el arte de América Latina cumplió un proceso de apertura
dirigido a producir la ruptura definitiva con la Academia. La apertura la
iniciaron artistas como el mexicano Joaquín Clausell, quien animado por
el Dr. Atl acometió empastados paisajes de luz vibrante y audaz colorido;
el uruguayo Pedro Blanes Viale, con su decidido luminismo, mientras el
estudio de su compatriota Milo Beretta era un centro de inquietudes
renovadoras; el chileno Juan Francisco González, quien pintaba al modo
impresionista a tiempo que rechazaba sus teorías, mientras su compatriota
Arturo Gordon, tras involucrarse en la misma corriente, se transformó
luego en un expresionista de atmósferas goyescas; el peruano Baca-Flor,
con sus abocetados apuntes de trazo informal de 1900, un año antes del
período que he señalado, islotes (en su mar de realizaciones
academicistas anteriores y posteriores) que tienen el mérito de haberse
adelantado a la obra pictórica y crítica de intención modernizadora de
su compatriota Teófilo Castillo; el argentino Martín A. Malharro, quien
en 1902 realizó su primera exposición inipresionista en Buenos Aires; el
franco-venezolano Emilio Boggio, entregado con vehemencia a su pintura en
su residencia de Paris; el francés Paul Bar, llegado a Quito en 1913 para
enseñar en la academia e iniciar al ecuatoriano Camilo Egas en el paisaje
impresionista; y el colombiano Andrés Santamaría.
La
década del 10 presenció el paso de la etapa de todos esos pintores de
ascendencia impresionista, quienes en algunos casos variaron hacia el
expresionismo, a la etapa de las manifestaciones de ruptura plasmadas por
la generación siguiente. El movimiento se puso en marcha cuando Lassar
Segall llegó a Sáo Paulo en 1913, tras estudiar en Alemania en la ruta
desde su nativa Rusia, para realizar la primera exposición de pintura
contemporánea efectuada en Brasil; fue el mismo año en que el argentino
Pettoruti salió para Europa a trabajar con los futuristas de Milán y
Paris, y conocer a los cubistas; Diego Rivera, instalado en Paris, pintaba
ya dentro del estilo cubista, revelándose como el más audaz de los
pintores latinoamericanos del momento; el guatemalteco Carlos Mérida,
también en Paris, adelantaba estudios y practicaba una pintura cercana de
Sorolla y Anglada Camarasa, que luego se convirtió en pasión geométrica;
la brasileña Anita Malfati pasaba de Europa a Estados Unidos para exponer
por primera vez en 1916, una vez de regreso a Sáo Paulo, causando
verdadero revuelo por su insólita figuración; el Dr. Atl, cuya
trayectoria venía de tiempo atrás, se habla acercado al impresionismo y
lo había superado para practicar su personalísima pintura, mientras
desde la docencia lanzaba consignas revolucionarias, desde y para el arte,
con Orozco y Siqueiros como sus seguidores; el uruguayo Joaquín Torres
García trabajaba en Barcelona en 1913 y ejecutaba sus murales del Palacio
de Diputación, concebidos en los términos de un clasicismo trasnochado
bajo la influencia de Puvis de Chabannes; el también uruguayo Rafael
Barradas se había unido a los más inquietos círculos intelectuales de
España, mientras su compatriota José Cuneo se mantenía entre Montevideo
y Europa, siempre a la búsqueda de indagar las propuestas de los
vanguardistas; al grupo chileno Montparnasse pertenecieron Luis Vargas
Rosa y Camilo Mori, futurista el primero, un ecléctico que se movió
entre el surrealismo, y en el cubismo el segundo.
El
panorama era de anuncios. Excepto Segall, Anita Malfati y el Dr. Atl,
ninguno de los artistas mencionados había alcanzado la etapa de las
realizaciones plenas. Los pintores latinoamericanos tenían convertido al
viejo continente en coto de caza para cobrar modalidades que refrescaran
un ambiente todavía permeado por la Academia. Con ellos la ruptura iba a
ser tajante, pero habría que esperar unos años para que fuera un hecho
irreversible. Lo cierto de la década del 10, es que en algunos países se
gestaban concepciones retardadas en relación con lo acontecido o ya en
proceso en sus vecinos. Caso de Venezuela con Reverón, de Argentina con
Miguel Carlos Victorica y de Uruguay con Figari, de raíces impresionistas
los tres, aunque los orientales se pusieron pronto al día, por así
decirlo, con Cuneo y Barradas. De otra parte, observamos la ausencia de
una dinámica propia que encadenara internamente las expresiones. La
excepción fue Argentina con la presencia de Malharro y la tan beligerante
como precoz oposición que en contra de su impresionismo comenzó a
ejercer desde 1907 el grupo Nexus, con Femando Fader a la cabeza, de
concepción estética post-impresionista. En resumen, el panorama general
no era nada rico en realizaciones, aunque sí en las posibilidades que
comprobó la historia. Cada uno de nuestros países, en manos de sus
artistas, apenas daba los pasos formativos que condujeron a la consolidación
de ese arte de ruptura que floreció desde la década del 20 y tuvo sus más
brillantes puntos de partida en 1922 Con dos acontecimientos
fundamentales: la Semana de Arte Moderno de Sáo Paulo y los murales de la
Escuela Nacional Preparatoria de Ciudad de México.
En
el caso de Colombia, si bien Andrés Santamaría no modificó de un modo
profundo los rumbos de nuestra plástica, tipo de reorientación que nunca
ha estado sujeta a la voluntad de un individuo sino a la dinámica interna
del conglomerado social en que éste actúa, a él hay que abonarle el mérito
de haber introducido algunas modalidades que tímidamente le permitieron a
los artistas abandonar paulatinamente la Academia. La primera de esas
modalidades fue el color y la segunda el rechazo al detalle minucioso, a
las que se oponían el dibujo correcto y el modelado preciso que
continuaron vigentes. En verdad, como conceptos, las dos primeras
consideraciones eran más que suficientes para concretar un arte de
apertura, pero el medio social era lento, inclusive para entender la
industrialización, que siguió avanzando con una asombrosa prevención,
aunque sin los golpes que habla recibido durante el quinquenio de Reyes.
Los índices conocidos del proceso de industrialización en el periodo
demuestran que éste no estuvo a la altura del relativo auge que gozó la
balanza del comercio internacional, favorable a Colombia entre 1875 y
1930. La exportación
de
café, cuyo valor fue de 6.347.000 dólares en 1909, para 1919 se había
multiplicado por
8,5
(1)
.
En
el mismo Lapso, el superávit en el comercio exterior, que fue de
12.885.000 dólares en el quinquenio 1905-1909, se multiplicó por 6,3 en
el quinquenio 1915-1919
(2)
.
El número de establecimientos industriales que en 1910 era de 289, a
lo largo del decenio que concluyó en 1920 apenas alcanzó a multiplicarse
por 1,5, y el monto de sus capitales, de 123.854.000 pesos en 1910, no se
multiplicó sino por 0,7 en el mismo lapso
(3)
.
Los
excedentes de capital no transformados en inversión de maquinaria para la
industria, concentrados en las arcas de unos cuantos hacendados cafeteros,
tenían que crear presión social y malestar en el sector de los obreros,
los artesanos y los empleados de la clase media. El empuje económico era
real aunque estuviera mal dirigido, y estuvo mal dirigido porque las
cifras, por modestas que ellas puedan parecemos en números absolutos, no
se tradujeron instantáneamente en tesis políticas que expresaran las
inquietudes de desarrollo que en sí mismas ellas suponían. Así vemos cómo
el programa de 1916 del partido liberal no incluyó en sus once puntos el
fomento de la industria. En cambio, si consideró metas absolutamente
elementales —y casi utópicas— en un país de cinco millones de
habitantes, las que iban desde “la educación primaria gratuita y
obligatoria” hasta “garantía contra los despidos, el salario mínimo,
la Caja de Ahorro para obreros, la ley sobre seguros y accidentes de
trabajo, la. construcción de habitaciones populares libres de impuesto,
la adjudicación de tierras baldías en pequeños lotes a los cultivadores
y la multiplicación de las escuelas rurales”
(4)
.
El programa nos permite comprender el estado de atraso de Colombia y
sacar a la historia de su plástica, que aquí ensayamos, de la lamentación
de tintes idealistas que grita desgarrada cómo fue posible que los
artistas de la época no intuyeran la vali
dez
de los aportes de los movimientos vanguardistas europeos para
involucrarlos a sus lenguajes con la retadora decisión del genio. Si una
cuestión tan trascendental como la industrialización no fue asumida por
los liberales como el eje vital del desarrollo sino en 1917
(5)
, no es difícil
entender el porqué de la precariedad de nuestro arte en aquel momento. El
partido liberal se perfilaba como el más progresista de Colombia, de
manera que estamos analizando hechos en una sociedad que incorporaba con
aplastante parsimonia propuestas primordiales para su propia subsistencia,
y a la que escasamente le Interesaban las realizaciones de sus pintores y
escultores. De allí, como veremos ahora, que las contadas incursiones que
se hicieron con desenfado en el campo de la plástica no pudieran
prosperar.
El
partido conservador, dominado por la aristocracia de terratenientes, era
la viva manifestación del oscurantismo. En alianza con una iglesia
retardataria a la cual le suministraban sus obispos y arzobispos, los
conservadores se habían encerrado de un modo consecuente en vetustas
tesis sin sentido pero eficaces para neutralizar las incidencias que traía
la lenta pero inevitable marcha hacia la industrialización. “El que es
liberal no es buen católico”, escribió en 1895 Monseñor Rafael Maria
Carrasquilla, consigna que tomó fuerza en la segunda década del siglo,
obligando al periodista Fidel Cano y a Uribe Uribe a rechazarla con vigor.
Cano señaló: “lo que se está aplicando sin contradicción ni reparo,
y aprovechándose sin tasa, es la perfecta sinonimia entre las voces impío
y liberal, y entre católico y conservador”
(6)
. Por su parte Uribe
Uribe, en una serie de artículos publicados en El Liberal y recogidos en
un libro bajo el significativo título De cómo el liberalismo no es
pecado (1912), según reseña de Molina, “denunció con vehemencia la
impostura del conservatismo, el cual, para apuntalar su hegemonía, se había
transformado en una secta de ribetes religiosos dedicada a hacer creer que
en él deben figurar de hecho y de derecho todos los católicos
colombianos, en forma tal que quien se aparte de esa fracción, ya para
ingresar al liberalismo, ya para
formar
otro partido o para aislarse de la política, reniega de la fe católica o
viola estrictas obligaciones de conciencia”
(7)
. Era la más alta
modalidad de la caverna que llevó a la presidencia a José Vicente Concha
en 1914 y a Marco Fidel Suárez en 1918. Definitivamente era imposible,
con una clase dominante bien afincada y opuesta a toda idea de progreso,
que concepciones estéticas de apertura y mucho menos de ruptura se
abrieran camino. La comprobación la hallamos en aquellos contados
pintores que intuyeron tal posibilidad y no pasaron de ensayos aislados.
De
1912 data una pintura excepcional de Francisco A. Cano titulada Crepúsculo,
obra que sorprende por su alto grado de abstracción. No olvidemos que el
paisaje fue la temática preferida y dominante en las primeras décadas
del siglo, pero Cano, al eliminar en Crepúsculo toda referencia de tierra
y quedarse con los arreboles del atardecer, realizó un óleo que se salía
íntegramente de la línea tradicional. El título y la mención de los
arreboles deben despertar la sospecha de que se trata de una obra
sentimental y pinturera, pero nada más lejos de su resultado final. Cano
no buscó ni intentó ser pinturero. No infló las nubes para tomarlas
reconocibles fácilmente ni las trabajó de la morosa manera academicista
para hacer rápidamente perceptible el encanto de sus accidentes locales o
sus valores táctiles o las peculiaridades de sus tintas. El Crepúsculo
de Cano fue construido con cuatro brochazos sobre un fondo azul muy tenue,
dos brochazos horizontales y dos ligeramente oblicuos, de los cuales tres
eran amarillos y el cuarto era rojizo, trazados velozmente con la materia
espesa para dejar ver la clara marca del pincel. Lo que Cano obtuvo fue
una pintura que coincidió, al partir igualmente de un modelo natural, con
el similar proceso de síntesis que finalmente llevó a Mondrian y a
Kandinsky a la abstracción.
El
Crepúsculo de Cano es una obra sujeta a discusión en cuanto a sus
intenciones reales. Puede ser considerada una pintura apenas manchada e
interrumpida en el estado previo hacia un acabado típicamente
naturalista, como pudo haber sido pensada y plasmada en los términos que
hoy le conocemos. Lo cierto, en todo caso, es
que
la obra está firmada y fechada, lo que indica que correspondió
plenamente a los deseos expresivos del artista. Aun en el primer caso habría
que abonarle a Cano haberse interesado exclusivamente en la coloración
del firmamento, trabajando por encima de la línea del horizonte.
Semejante acercamiento a la abstracción tuvo a finales de la década del
20 un segundo y notable ensayo, plenamente logrado esa vez: la serie
Brumas de Pacho. En estos óleos,
por el tratamiento y valor temático de las caprichosas masas blancas
neblinosas que tapaban el paisaje, Cano consiguió composiciones libres y
audaces en algunos de los cuadros de la serie, pero también composiciones
convencionales, aunque de insólitos aspectos en los otros. El talento de
Cano es el caso típico del artista frustrado por su formación
profundamente académica. No en vano, cuando se aventuró con coraje en
Brumas de Pacho, satisfaciendo su tendencia naturalista en el detalle pero
adentrándose en un abstraccionismo que realmente sentía, Cano pudo
realizar el mejor conjunto pictórico de su trayectoria.
En
la exposición de 1915 Ricardo Gómez Campuzano presentó dos obras, que
al decir de un competente critico “recuerdan a Turner y revelan una
audacia, una independencia de visión, más que raras, extraordinarias,
entre nuestros espíritus timoratos hasta la rutina”
(8)
. La influencia
de Turner en Gómez Canipuzano era novedosa en un panorama continental de
primeras insurgencias. No hay que olvidar que se trataba del joven Gómez
Campuzano desenfadado y entusiasta del período previo al viaje a España,
de donde regresó metamorfoseado para entregarse a una pintura de manolas
y mantillas bogotanas dentro de una mediocridad sin limites. Aunque en
1915 no tenía un estilo definido, rasgo que enfatizó el critico citado
al decir que “tiene veinte cuadros, todos diferentes los unos de los
otros”, esa misma falta de estilo nos informa que el pintor estaba a la
inquieta caza de un lenguaje de
apertura y que momentáneamente la posibilidad de ese lenguaje pareció
bien encaminada. Su Paisaje del norte de Bogotá (1916), por ejemplo, tenía
en cuenta el impresionismo pero también a los simbo
listas
y a Odilon Redon. La simplicidad de ese óleo de Gómez
Campuzano nos remite necesariamente a nuestro contemporáneo Antonio
Barrera por la sabia síntesis del área que definía la pradera de
escasos árboles y flores abocetadas en el primer plano, área separada
del cielo azul por un horizonte inclinado que, como elemento plástico,
jugaba un papel determinante en la composición.
Pero
no solo Gómez Campuzano ensayaba ser audaz. El crítico Gustavo Santos
registré, en la misma exposición de 1915, una expresión que, vista
desde hoy, nos tiene que sorprender por su innegable signo de ruptura.
“El caso de Bedoya es bastante curioso —escribió—; indudablemente
él no es un dibujante, y a veces es algo extravagante, motivo por el cual
hace sonreír a muchos. Alguien me decía, haciéndome notar ciertos
efectos que le gusta producir, que era nuestro Puccini en pintura. Sus
vacas rosadas y moradas y la disciplina germana de sus ovejas se han
prestado a comentarios jocosos; todo será, pero para mí tengo que pocos
o ninguno de los paisajes allí expuestos da la impresión general de
verdad que dan sus paisajes”
(9)
. Bedoya no figura, simplemente, en la
historia del arte colombiano porque la pasividad del medio debió devorar
su vocación como devoró la de tantos otros. Aquí nos interesa como un
caso significativo que nos indica un estado de ánimo rebelde, una
inquietud de cambio ocurrida en la década del 1910 que finalmente resultó
aplazada. Lo que Gustavo Santos describía en su nota era ni más ni menos
que la presencia de un expresionista en Colombia en 1915, un expresionista
de “disciplina germánica”, lo que no debemos entender como un simple
decir sino como una descripción objetiva por parte de un conocedor que
ejerció la crítica durante dos décadas.
Las
corrientes literarias y artísticas colombianas de
orientación renovadora, de la primera mitad del presente siglo, jamás
fueron dadas a los manifiestos. La obra concreta y no la teoría, era la
encargada de definirle al público con hechos lo que en cada momento se
intentaba. Sin embargo, alcanzó el tono de manifiesto una de las tantas
declaraciones de intención que publicó el
Grupo
Panida de Medellín. La nota, fácilmente atribuible al dibujante humorístico
Pepe Mexia, seudónimo del arquitecto Félix Mejía, aventuró una
propuesta emparentada con Dada:
“Mañana
la caricatura será más que un arte, la línea estará dominada, el ojo y
la mano desentrañarán el alma más escondida, una línea será
necesaria, un punto, una de esas flechas que emplean en los textos de térmica
para indicar las corrientes caloríficas”
(10)
.
El
planteamiento fue algo más que una boutade por parte del juguetón grupo
bohemio, muy dado a escandalizar transeúntes con sus excentricidades,
porque Pepe Mexía practicó un dibujo sintético en el que la línea
apenas sugería los contornos, estudiándola de modo conveniente para que
el espacio blanco fluyera sin interrupción entre los trazos”
(11)
. De
haber llevado su manifiesto a las últimas consecuencias, Pepe Mexía
hubiera logrado, por ese camino, llegar a la línea necesaria, al punto y
la flecha de los textos de térmica. Con razón, en 1925, Cano se expresó
así de él: “No lo entiendo. Soy incapaz muchas veces de entender sus
dibujos. Unos sí, pero otros no. El dadaísmo, el cubismo, me los explico
y no me gustan. Pepe Mejía (sic) no me lo explico”
(12)
.
La
ausencia de las obras ambiciosas que se vieron entre 1886 y 1899 fue lo
que llevó a Grillo, en 1918, a señalar: “Ya
no descuellan en las galerías de nuestras exposiciones las figuras de
admirable colorido, que hacía destacar la paleta de Epifanio Garay;, ni
atraen las miradas los cuadros de perfecto dibujo y atrevida gracia que en
otro tiempo pintó Santamaría”
(13)
. Se concluye que la pobreza
cultural de la década no solamente impidió la realización de obras
audaces, sino que inclusive contó el flujo creativo de los academicistas
a pesar de Horizontes. Sin embar
go,
una era de relativa prosperidad estaba a punto de abrirse, algo que alcanzó
a vislumbrar un sacerdote que escribió: “se compara la historia de
nuestras artes a una sucesión de ‘relámpagos solitarios, tanto más
brillantes cuanto más profunda es la oscuridad que los rodea’. Esa
larga noche se está desvaneciendo, y ante los ojos del patriota aparece
una aurora teñida con las pinceladas mágicas que Febo, númen de la
belleza inmortal, extiende sobre el cuadro fastuoso de nuestros cielos”
(14)
. Fácil y trasnochada metáfora que anunciaba la clase de sol tibio y
opaco que estaba despuntando para la plástica colombiana.
SEGUIR
AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
1
Cfr. CENTRO DE ESTUDIOS ANTRO QUIMBAYA, ob. cit. Véase cuadro Nº 3,
pág.
32.
(regresar 1)
2
Cfr. CENTRO DE ESTUDIOS ANTRO QUIMBAYA, ob. cit. Véase cuadro Nº 4, pág.
33.
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2)
3
Cfr. Boletín Mensual de Estadística, núm. 300, Bogotá, junio de 1976,
pág. 143.
(regresar
3)
4
GERARDO
MOLINA, Las ideas liberales en
Colombia, 1915-1934, Bogotá,
1974,
pág.14.
(regresar 4)
5
GERARDO
MOLINA, ob. cit., pág. 15. (regresar 5)
6
El Tiempo,
mayo
8 de 1913, citado por MOLINA, en La
ideas Liberales en Colombia, 1849-1914, pág. 297.
(regresar
6)
7
GERARDO MOLINA, ob. cit., pag. 299.
(regresar
7)
8
Gustavo Santos, “En la exposición de pintura”, en Cultura,
núm. 7,
septiembre
de 1915, págs. 44/45.
(regresar
8)
9
GUSTAVO SANTOS, ob. clt., pág. 46.
(regresar
9)
10
"Panida", en Panida, núm. 6
de IV XXV 915, Medellín. pág. 95. (regresar 10)
11
Véase numerosos ejemplos de sus dibujos humorísticos en Federico
Trujillo, Cachos u dichos, Monigotes de
Pepe Mexia, Medellín, 1930.
(regresar
11)
12
“Una hora con el maestro F. A. Cano”, en Lecturas
Dominicales, núm. 135, diciembre 13 de 1925.
(regresar
12)
13
Max Grillo, “La escuela de Bellas
y la Exposición Nacional de Pintura”, en El Gráfico,
núms.
429/430, Agosto 24 de 1918.
(regresar
13)
14
JUAN CRISOSTOMO GARCÍA, “La galería del Bosque”, en Cromos.
núm. 237, noviembre 27 de 1920.
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14)
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