|
MEDINA,
Alvaro. Procesos del Arte en Colombia
©
Derechos reservados de Autor
I
PROCESOS
A
EMMA A FLORITA
PREPARATIVOS DE GUERRA
Y APERTURA DE UN SALÓN
Los
salones nacionales, esos eventos en que se congregan los artistas a la búsqueda
del reconocimiento, se han caracterizado siempre por las grandes polémicas
que suscitan. En general las desavenencias, las discusiones, los insultos
y, en algunas ocasiones, hasta los golpes, han sido producto de los celos
profesionales o de las divergencias conceptuales internas de la comunidad
artística y hasta de las pequeñas rencillas personales que, con el
pretexto del salón, se hacen repentinamente públicas. Pero, como veremos
más adelante, no fue este el caso de la Exposición Nacional de Bellas
Artes de 1899, nombre que entonces recibía lo que hoy se denomina Salón
de Artes Visuales y que en esa época dio origen a una polémica mucho más
profunda.
A
partir de 1841, año en que bajo la presidencia del general Pedro Alcántara
Herrán se convocó el primer salón, el siglo XIX asistió a la realización
de una veintena de estos certámenes con una peculiaridad muy importante:
al mismo tiempo que exposiciones de bellas artes, eran ferias artesanales
y de productos de la industria. Aunque hay algunas excepciones muy
notables a esta mezcla de productos del ingenio colombiano, en la que la
palabra arte se entendía en su acepción más amplia, en todo caso la
Exposición del 99 sí cumplió con esta regla. Seis secciones estableció
el decreto del 17 de abril que firmó el presidente Sanclemente, por el
Cual se disponía “la apertura de una Exposición Nacional” que
pretendía “exhibir los adelantos del país en agricultura, las artes y
las ciencias”. Ellas eran: sección literaria, sección artística,
sección industrial, sección de ganadería sección de agricultura y
sección de floricultura. El decreto destinó la suma de $ 10.000.00 para
los gastos y nombró a Manuel Antonio Angel, Carlos Martínez Silva,
Carlos Michelsen, Epifanio Garay y Casiano Salcedo como miembros
principales de la junta que coordinaría los trabajos de esta gigantesca
muestra
(1)
.
El
alcance de esta Exposición, que superó en algunos aspectos a las
realizadas previamente, se puede medir en el hecho de que las actas de la
Junta registraron el interés y la demanda continua de información que
fluyó desde todas las regiones del país, así como la participación de
expositores de poblaciones del Tolima, la gran Antioquia de entonces,
Santander, Boyacá y una decena de pueblos y ciudades de la Costa. Incluso
en Medellín las autoridades locales dispusieron editar una publicación
periódica con el nombre de Boletín de la Exposición de 1899, con el
solo propósito de asegurar la más amplia representación regional
(2)
.
Sin
embargo, no todo llegó a marchar sobre ruedas como en principio se pensó.
La tensión política que atravesaba el país se iba a manifestar con
fuerza al interior del evento. Y no se trataba de cualquier tensión sino
de la que preludiaba una larga guerra civil, al enfrentamiento indetenible
de unas partes que no buscaban ni querían la conciliación. La gran
Exposición, convocada para ser abierta en su totalidad el 20 de julio,
por dificultades locativas no se pudo inaugurar sino en fechas diferentes.
El 20 de julio, en Paiba, tuvo su apertura la sección de ganadería, el 7
de agosto en el foyer del Teatro Colón la de productos industriales,
literatura y floricultura, y el 13 de agosto en la Escuela de Bellas Artes
la de las artes. Entre la primera y la última inauguración se produjeron
los primeros incidentes que desembocarían en el enfrentamiento armado
entre los liberales en la oposición y los conservadores en el gobierno.
La
atmósfera prebélica del instante se puede medir rápidamente con el
siguiente aparte de un editorial de El Tío Juan: “Diga El País, como
el Padre Salvandi, que ser liberal es peor que ser asesino, ladrón, adúltero,
etc.,
etc.,
Y le concederemos alguna razón; pero no venga a esconder la ganzúa con
que los conservadores falsearon y robaron las cajas públicas; no venga a
presentarse como inmaculado, porque en este robo colectivo, verificado con
descaro, durante quince años por todo lo que se llama Regeneración muy
pocos conservadores quedaron que no tuviesen mácula, ya como autores
principales, como auxiliadores y encubridores, ya también como rateros de
menor cuantía, ya como contratistas de parroquia, y hasta como
estafadores de los enseres de oficinas
(3)
.
La
diatriba feroz y el ataque sin cuartel marcaban la discusión de los
bandos en pugna. Pero en este asunto el propio partido liberal no estaba
unificado frente a su enemigo circunstancial: los Insultos cruzados entre
los que veían la guerra como una fórmula única de destruir los
grilletes constitucionales que impusiera la Regeneración y los del sector
conciliador que buscaba negociar con el gobierno, no eran menos suaves. En
el liberalismo, el grupo que tenía su vocero en La Crónica estaba por la
paz, mientras el grupo acaudillado por El Autonomista estaba por la
guerra; si La Crónica recomendaba al viejo conductor Aquileo Parra para
la dirección del partido, El Autonomista lo rechazaba por continuista y
por ser el camino a la división y la descomposición partidaria. Los dos
periódicos se atacaban mutuamente y sin dar tregua. La primera chispa que
iba a prender al país tuvo su origen en esta lucha intestina del
liberalismo.
El
27 de julio La Crónica editorializó: “No nos parece conveniente en el
presente momento de nuestra vida política suscitar la idea de que para
los colombianos ha llegado la hora solemne de decidir por las armas los
problemas político-sociales que han convertido en los últimos años
nuestra existencia nacional en un verdadero tormento público y privado.
Las guerras brotan espontáneamente del corazón de los pueblos, y la
verdad del caso, en nuestro concepto, es que los colombianos no quieren
todos apelar al último recurso para buscar la salvación común:
110
los conservadores, porque no tienen pendón a cuya Sombra luchar; no todos
los liberales, porque gran número de ellos prevén el desastre; no, por
ultimo, el gobierno;
si éste la quisiera, vendría su deseo en forma de provocaciones
irritantes”
(4)
.
Del
comentario se desprendía claramente que un sector del liberalismo debía
estar en los preparativos de la guerra. Fue este un aviso oportuno para el
gobierno, que al día siguiente, por medio del decreto 933, del 28 de
julio, declaró turbado el orden público en Santander y Cundinamarca. Se
tomó como pretexto la guerra civil venezolana, el enfrentamiento armado
de los liberales que comandaba el general Castro contra el gobierno de
Caracas. Era esta una guerra que seguían con mucha atención sus
copartidarios colombianos, al punto de que el 25 de julio el Consejo de
Ministros había firmado una resolución en la que se consideraba que
“el verdadero peligro de una perturbación del orden público está en
la solución que de un momento a otro debe tener la revolución de
Venezuela”
(5)
.
Podría decir que el gobierno presidido por Sanclemente
ya estaba avisado de que en Colombia iba a estallar la conflagración en
caso de vencer el general Castro, a quien los liberales colombianos imitarían
inmediatamente para darle una solución. similar a sus problemas.
No
pasaron 24 horas para que la alerta de peligro, explícita en el editorial
de La Crónica, junto al hecho de que en ese mismo mes de julio el
conflicto venezolano toca nuestras fronteras con el desplazamiento de los
rebeldes al vecino Estado de Táchira, indujeran las primeras medidas
represivas al amparo del decreto 933. El mismo 28 de julio fue detenido el
general Uribe Uribe junto con otros copartidarios y llevado a la cárcel
desde sus oficinas en El Autonomista. ¿Qué relación militar, se había
establecido entre el dirigente colombiano y los caudillos de la rebelión
venezolana? Hasta donde sabemos, ninguna. Pero la verdad es que Uribe
Uribe sí tenía en mente la guerra y se preparaba para ella: fue este
plan el que delató La Crónica. Que hubiera sido puesto preso de
inmediato es apenas lógico, ya que resulto cierto lo que clandestinamente
estaba en marcha. Un hecho nuevo se producía, del cual el gobierno no
tuvo la menor certeza basta el momento de poner en marcha precipi
tadamente
su aparato de seguridad, Y la prueba está en que por decreto de julio 10
el presidente había considerado que la paz publica se mantenía
inalterable y que en, consecuencia se suspendía “indefinidamente la
concesión de ascensos militares”
(6)
.
La
detención de los prestigiosos dirigentes causó motines, pedreas y el
ataque a la imprenta de La
Crónica, que ante el pueblo liberal resulto culpable directa del
nuevo giro que tomaban los acontecimientos. De la posición asumida por
ese diario liberal, El Autonomista diría en Un primer comentario
editorial, refiriéndose a movilizaciones en la policía: “Si no son
bolas de la gente, anteayer, apenas publicado el editorial de La Cronica
fue elevado de un golpe de 80 a 240 el número de miembros de esta
meritoria institución”,
(7)
y en un segundo:
“el
diario que resueltamente ha asumido el carácter de apóstol del
oportunismo, habrá comprendido que con la delación de supuestas
conspiraciones, no logrará aumentar sus glorias”
(8)
. Aquí resulta
oportuno destacar que si la conspiración era supuesta, conforme afirmaba
El Autonomista, entonces no se había producido una delación sino una
simple calumnia.
Antes
de quedar libre el general Uribe Uribe, el 17 de agosto, el gobierno
conservador tomó medidas que afectaron la libertad de prensa. El decreto
número 2, del 31 de julio, firmado por el Jefe Civil y Militar de
Cundinamarca, notificado el 2 de agosto y publicado por la prensa al día
siguiente, fijaba entre otras cosas la prohibición a los periódicos no
oficiales de “tratar asuntos que tiendan a perturbar el orden público”
(9)
.
Pero aun así, El Tío Juan alcanzó a lanzar una última invectiva contra
lo que significaba el poder conservador: “La Regeneración ha tenido
distintos rasgos, que pudiéramos llamar fisonómicos, que caracterizan y
marcan con precisión los diversos modus operandi de sus gobiernos.
Primeramente tuvimos a Núñez, con su política tortuosa Y solapada, su
frase embrollada y torva, de giro serpen
teante
y engañoso: la mentira elegante y hábil fue entonces la moda imperante
en aquel sistema de gobierno, y llegó hasta el punto de que los hombres y
los partidos parecían complacerse en ser engañados con los hambugs
acaramelados de aquel hombre”
(10)
, Más adelante, analizando la
actividad de otros dos expresidentes de la Regeneración, el periódico
liberal llamaría cínico y despreciativo a Carlos Holguín, para el cual
“la canalla difamadora fue el epíteto más amable que aplicó a la
prensa de oposición”. Finalmente, calificaría a Miguel Antonio Caro de
soberbio y corrosivo, “el tipo de aristócrata perfecto y más nocivo
que haya tenido jamás una nación”. En lo tocante al presidente de
Colombia, en 1899, diría: “el anciano Sanclemente reina pero no
gobierna, como en las monarquías constitucionales. Estamos entregados a
la voluntad de los regentes, con el nombre de ministros”.
Fue
bajo este clima como se abrió la Exposición Nacional de 1899, clima que
generaría las primeras reacciones negativas en contra del evento por
parte de la prensa liberal. En principio, esas reacciones son incidentales
y menores. Así, los diarios El Globo y El Autonomista se quejarían de un
modo parco que se les hubiera impedido el acceso al foyer del Colón el día
de la inauguración de las secciones industrial, literaria y de
floricultura, el 7 de agosto
(11)
. En verdad se estaba ejerciendo
discriminación contra la prensa liberal y sus protestas fueron justas.
Pero bajo limitaciones en la libertad de expresión, la Exposición se iba
a prestar inmediatamente para continuar ejerciendo la crítica contra el
gobierno y le iba a permitir a los bandos proseguir la beligerancia política.
A
La Unidad Nacional, diario conservador, la muestra la llevó a comentar de
la siguiente manera: “Los que recorrieron el 7 de agosto el foyer del
Teatro Colón y el Salón de Grados, y pudieron ver las manufacturas y
productos nacionales expuestos por secciones y con una elegancia que hace
recordar las exhibiciones europeas, se sorprenderían agradablemente y harían
justicia a esta sendereada Regeneración que se ha permitido pre
sentar
certamen industrial”
(12)
. Pero para El Heraldo, diario liberal, las
cosas se presentaban de otro modo:
“Se
siente, al pasear los salones de las exposiciones, un sentimiento de
respeto y simpatía hacia esos hacendados, esos industriales, esos
artesanos, esos artistas que, sin apoyo ni estímulo, han luchado sin
cesar entre un medio rebelde para llenar una labor bella y fecunda. Todo
lo que se ve en aquellos locales es debido a la iniciativa individual.
Repasense las relaciones de caja de la Tesorería nacional en años
anteriores, a ver si en ellos ha salido algo de las cajas nacionales, y se
hallará que los favorecidos por nuestros gobiernos han sido, en general
los que de nada sirven y nada producen. Si hubiera otro salón para
exhibir fraudes eleccionarios, contratos leoninos, consulados
innecesarios, ya sabemos quiénes se ganarían las primeras medallas”
(13)
.
Estos
comentarios nos fijan las fronteras que separaban a los comentaristas según
su filiación partidaria y el giro que iban a tomar las críticas al salón
en general. En lo que respecta a la división liberal, también ella se
manifestó en los comentarios sobre el evento. Así, La Crónica
consideraría que “todo, todo, son meros ensayos” en la exposición
industrial, excepto “los artículos de chocolatería y los de jabonería”,
una situación que dejaba “entender cuán grande es la inseguridad
social, tanta, que no ha sido posible a los fabricantes hacerse con crédito
y suficientes recursos para complementar e impulsar su industria”
(14)
.
Un comentario que motivaría el ataque de su rival El Autonomista, que
editorializaría: “el periódico oportunista se volvió de la noche a la
manana tan antisanclementista, que por el hecho de ser la Exposición idea
del gobierno, declara urbi et orbe que no sirve para nada”
(15)
. La
opinión del periódico de Uribe Uribe, como la de El Heraldo ya citada,
era la de que había calidad, una calidad que se debía al esfuerzo
individual de expositores que habían gastado "millones de pesos,
muchos años de trabajo ¡y mucho genio!".
SEGUIR
AL SIGUIENTE CAPÍTULO
REGRESAR
AL INDICE
1
Ministerio de Hacienda, Diario
Oficial, núm. 10.956, Bogotá, abril
29
de 1899. (regresar 1)
2
“Exposición Nacional - Acta Número 8”, Diario
Oficial, núm. 11.006. Bogotá, junio 30 de 1899, p. 629.
(regresar
2)
3
"Propaganda"., en El Tio Juan, núm 100, Bogotá, julio 27 de 1899.
(regresar
3)
4
“La propaganda de la guerra”, en La
Crónica, núm. 614, Bogotá,
julio
27 de 1899. (El subrayado es mio A. M.). (regresar 4)
5
“Orden público - Hablan los nechos - Compárense fechas”, en La
Crónica, núm. 618, agosto 11 de 1899.
(regresar
5)
6
“Poder Ejecutivo”, Diario
Oficial, núms. 11.042-43, Bogotá, julio 22
de
1899, pág.775.
(regresar
6)
7
“Policía secreta”, en El
Autonomista, núm. 243, Bogotá, julio 80 de 1899.
(regresar
7)
8
“Los liberales y La Crónica”, en
El Autonomista, núm. 242, Bogotá,
julio
29 de 1899. (regresar 8)
9
“Libertad de prensa”, en El Autonomista, núm. 246, Bogotá, agosto 3 de 1899.
(regresar
9)
10
“La mentira del gobierno”, en El
Tio Juan, núm. 101, Bogotá,
agosto
3 de 1899. (regresar 10)
11
“Exposición Nacional”, en El Globo, núm. 112, Bogotá, agosto 9 de
1899
y “Exposición del 7”, en El
Autonomista, núm. 250, Bogotá. agosto
8
de 1899.
(regresar
11)
12
“Exposición Nacional”, en La
Unidad Nacional, núm. 78, Bogotá, Agosto 16 de 1899.
(regresar
12)
13
«Exposición Nacional”, en El Heraldo, núm. 837, Bogotá, agosto 14 de 1899.
(regresar
13)
14
“Los intereses sociales”, en La
Crónica, núm. 625. Bogotá, agosto
9
de 1899. (regresar 14)
15
“La exposición”, en El Autonomista, núm. 254, Bogotá, agosto 12 de 1899.
(regresar
15)
|