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Pancho Fierro
Los procesos de independencia de América Latina produjeron,
además de las grandes transformaciones políticas conocidas por
todos, sutiles cambios en costumbres y formas de sensibilidad.
Sabemos, por ejemplo, que la muy rígida moralidad sexual, rota
antes solamente en medio del escándalo y la clandestinidad, pareció
disolverse rápidamente, en medio del fragor de la guerra y de la
repentina movilidad de la sociedad. Sabemos también que en medio
del desorden de la guerra se hicieron nuevas fortunas y se
desbarataron otras, el rígido orden de castas fue reemplazado por
una nueva jerarquía social; mulatos y mestizos encontraron
oportunidades que antes no podían aprovechar.
Cambios igualmente notables se produjeron en la forma como
muchos hispanoamericanos miraban al mundo y lo reproducían. La
tímida apertura a la naturaleza como objeto científico, que se
había efectuado en las décadas finales del siglo XVIII con las
expediciones científicas y la visita de viajeros como Humboldt,
padeció las consecuencias de la revolución. Aunque el interés por
la ciencia continuaba y los gobiernos estimulaban la venida de
expertos europeos y la formación de escuelas científicas, los
recursos para ello se hicieron escasos y el impulso hacia la
naturaleza se concentró en el sueño de promover unos cuantos
productos vendibles en el mercado mundial. Mientras tanto, la
abigarrada sociedad criolla empezó a ser mirada, por pintores y
visitantes, con el interés que despertaba su carácter exótico, o
pintoresco, o simplemente divertido. Pintores que provenían del
ejercicio botánico, o autodidactas que imitaban las técnicas de
algún pintor de iglesia, o aprendices ayudados por los viajeros
acuarelistas que venían a descubrir el nuevo mundo ahora totalmente
abierto, grabaron las imágenes de calles y mercados, de fiestas y
funerales, y sobre todo de los personajes populares o patricios que
habitaban nuestras ciudades.
Casi todo país latinoamericano tiene hoy una imagen de la
primera mitad del siglo xlx que está conformada en buena parte por
los trabajos de unos pocos dibujantes y pintores. En ellos puede
advertirse un sutil contraste entre la mirada del extranjero, que
mezclaba prejuicios y afanes de democracia, y la del criollo, en la
que se alternaban la ingenuidad y las pretensiones de civilización.
Los colombianos reproducen mentalmente los campos y pueblos de esta
época a partir de Edward Mark y Ramón Torres Méndez, junto con las
imágenes de la expedición corográfica elaboradas por Carmelo
Fernández, Henry Price y Manuel María Paz.
Poco conocemos en cada país las obras de quienes, en los mismos
años, emprendían trabajos similares, con perspectivas y miradas
sorprendentemente originales. Los colombianos desconocen a Ramón
Salas y Joaquín Pinto, a Emeric Vidal, José Agustín Arrieta,
Claudio Gay, Frederic Bellerman, Daniel Egerton o johan Rugendas, a
jean Baptiste Debret (menos desconocido, sin embargo, pues el Museo
Nacional mostró hace poco su obra), extranjeros y criollos que
dejaron un registro entre costumbrista y corográfco de Ecuador,
Argentina, Chile, Venezuela, México o Brasil.
Creo que algo similar ocurre en cualquiera de nuestros países,
con excepción de algunos pocos estudiosos de la pintura. No existe,
que yo sepa, un solo libro que haga un estudio comparativo de estas
imágenes que hicieron parte del proceso de conformación mental de
las naciones independientes, un trabajo que trate de desentrañar
las formas de sensibilidad que construyeron estos artistas, las
convenciones iconográficas comunes, las diferencias que los
marcaron.
Esta ausencia da especial valor a esta exhibición de la obra de
Pancho Fierro, que es posible por el apoyo del Banco Central de
Reserva del Perú y del Museo de Arte de Lima, y que debería
continuar con exposiciones de otros pintores similares de otros
países. Sus imágenes de la vida diaria de Lima, con su ingenuidad,
su matiz caricaturesco, su espontaneidad, permitirán evocar las de
sus contemporáneos neogranadinos y ver a nuestros pintores desde
nuevos puntos de vista. Al mirar el Perú de Pancho Fierro, se nos
abre la posibilidad de descubrirnos un poco más a nosotros
mismos.
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|Jorge Orlando Melo
DIRECTOR DEPARTAMENTO DE BIBLIOTECAS Y ARTES
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