Introduccion
En un sentido amplio, en fin de fines, todo arte es político: respalda o critica el
poder, lo legitima o lo ridiculiza, sirve a las instituciones, contribuye al rito que
distancia a la autoridad del súbdito.
En ese sentido amplio tan amplio que termina significando nada, político
puede ser el arte que acompaña al faraón en su tumba o la representación religiosa que
sirve como instrumento de la evangelización cuando ésta es el móvil que justifica la
conquista de América para el imperio español.
Pero no exageremos. Nadie llamaría a Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos artista
político porque sus cuadros religiosos se consideren útiles para salvar al chibcha de la
idolatría. Debe, pues, hallarse un concepto más preciso y diferenciador que le dé
algún sentido al concepto de arte político y éste puede hallarse en los dos extremos de
la siempre tensa cuerda del poder: político será, entonces, el elogio directo de quien
detenta el poder; políticos para bien y para mal son los retratos de Felipe
IV de Diego Velázquez. Y, en el otro extremo, político será el arte que manifiesta la
opresión del poder (sin necesidad de que el oprimido sea su autor, un artista que deja la
evidencia o se convierte en su vocero). Esta última alternativa abre una nueva división
del arte político entre aquél que lo es con la intención de predicar una teoría y ese
otro que sólo mostrando la realidad de unos hechos demuele la autoridad del poderoso.
En las tradiciones más cercanas a nosotros, los fusilamientos de Francisco de Goya y el
Guernica de Pablo Picasso son, acaso, las manifestaciones cumbres de ese arte que con
sólo el testimonio estremece la arrogancia de quien domina y conmueve hasta la más
entrañable solidaridad con la víctima.
La víctima es clave en las ejecuciones del arte político. Y así como el crítico de
arte Robert Hughes se ha preocupado por mostrar que la cultura de nuestra época es la
cultura de la queja y que ser señalado puede producir beneficios y utilidades, ha crecido
el elogio de la víctima en el arte.
Durante sesenta años, desde la década de 1920 hasta la de 1980, el paradigma de la
revolución proletaria cobijó bajo su seno un arte que hizo loa de la frugalidad del
obrero y denunció la explotación capitalista para mostrarla a través de sus víctimas
siempre las víctimas, masacradas, fusiladas, o hambrientas. El arte del
realismo socialista enfermizamente político podía ser glorificación de las
virtudes proletarias con la elocuente imagen de un tractor. Pero el arte que bajo la misma
teoría se hizo en América Latina, en Colombia, era fundamentalista y prescriptivo: David
Alfaro Sequeiros, desde México, o los artistas gráficos en Colombia durante las décadas
de 1950 a 1970, predicando la revolución.
La presente exposición, que reúne algunas obras de arte político de la Colección Banco
de la República, puede leerse desde la misma perspectiva que lo dicho hasta aquí.
Haciendo un intento de disección, un agrupamiento temático que facilita su lectura,
puede dividirse en cuatro tendencias principales.
En primer lugar hay un arte de carácter alegórico que contribuye a acrecentar a
veces a reinterpretar los mitos sociales y el pasado de connotaciones épicas. Los
temples sobre papel de Sergio Trujillo Magnenat son un buen ejemplo de esta nostalgia
apologética.
En un segundo grupo están aquellas obras que no interpretan, ni comentan. No hay aquí ni
canto, ni diatriva. Obras como reportaje que dejan el testimonio con la intención de una
auto evidencia irrebatible sobre cualquier añadido. Por ejemplo Simón Bolívar R.
y un acaudalado bogotano de José María Espinosa y la Casa prisión de Antonio Nariño de
Roberto Páramo.
Si la alegoría mira hacia el pasado y el registro, de alguna manera, detiene en el tiempo
para siempre lo consignado, el tercer grupo tiene su foco sobre el presente. Pero no con
la intención de dejar el testimonio. Aquí lo que interesa es la posición contestataria.
Este tipo de arte emparentado desde el punto de vista formal con la caricatura
recuerda la frase de Giovanni Papini: sea cual fuere el gobierno del mundo, yo
siempre estaré en la oposición. Muchas de las obras de arte que produjeron Alipio
Jaramillo, Carlos Correa, Débora Arango, Nirma Zárate, Pedro Alcántara Herrán, Umberto
Giangrandi para citar los incluidos en esta exposición, son buen ejemplo de
este concepto de resistencia.
El cuarto grupo mediatiza lo político sin desaparecerlo. El filtro de la simbología ha
colado lo explicito de la crítica o del elogio. Aquí hay una posición política clara,
pero está pospuesta tras otro valor que se privilegia: una intención formal, un deseo de
servir primero a la estética que deja en el trasfondo el hecho de que la lectura
política ha sido un pretexto. Es el caso de Hombre caído 2 y hombre caído 4 de Pedro
Alcántara Herrán y de las serigrafías Túmulo funerario para soldados bachilleres, Los
reveses de la realeza y El arzobispo virrey como Salomé de Beatriz González. Obras con
un claro contenido político, comprometidas, pero resueltas como parte del universo del
arte, más que pensadas desde una doctrina. Arte plástico que trasciende la anécdota y
va más allá de lo literario.
Juan Camilo Sierra |