COLOMBIA A TRAVES DEL OJO DEL ARTISTA

                       

Ponencia presentada, en el IX Congreso Colombianista, llevado a cabo en la Universidad de los Andes, por María Teresa Guerrero -Directora de Textiles y Artes Plásticas de la Universidad de los Andes.

 

Al nacer el siglo XX se produce un sentir especial en los habitantes del territorio americano. Ha pasado más de un siglo desde la emancipación política de la corona española. El tomar conciencia y ahondar el deseo profundo por arraigar lo propio, se vuelven banderas de unión. Será México el primer país latinoamericano que toma la bandera del nacionalismo, y que refuerza la cooperación de las ideas políticas. El arte adquiere forma bajo la égida del muralismo, del dibujo y del grabado popular. Las consignas son los medios necesarios para transmitir los temas de carácter propio de una nación. Tales consignas sienten tan hondo la problemática político-artística, que promulgan estas ideas por el sur del continente americano, hasta convertirlo en un hecho apremiante, y, además le sirve a México para darse a conocer políticamente. Así veremos en todo el continente Americano el nacimiento del “nacionalismo” que más tarde recibirá el nombre del “americanismo”. Colombia no se presenta indiferente a estos sentires, en la primeras décadas del siglo, aunque el proceso de toma de conciencia es lento, se observa cómo en los últimos años se va haciendo más evidente, en especial, a partir de la conmemoración del quinto centenario del descubrimiento de América. 

La fuerza de la especie, las características, las búsquedas afanosas y entusiastas por mantener las fuentes propias de su origen para avivar la raza, la nacionalidad, y el poder distintivo, son adquiridos y le son propios al hombre que siente con orgullo los rasgos instintivos de un conglomerado fuerte, enorgullecido de sus ideales. La temática inspiradora de las artes surge en las costumbres, en las leyendas, en las danzas, en las creencias religiosas y políticas y en la proyección de las mismas en la topografía de la naturaleza: fauna y flora que a su vez configuran el paisaje y el clima; en los estilos y formas de vestir, en los hábitos y gustos alimenticios, en la utilización de los medios de comunicación, en la metalectura de los acontecimientos cargados de contenido. 

Se entiende mejor la sociedad, cuando se perfila la necesidad de defenderse territorialmente, dentro de la idea y la calidad del significado de una raza, una familia, un barrio, una nación. Está claro que la condición de conocer el territorio, los pobladores, las costumbres y las ideas, la situación geográfica y la historia de las etnias, encaminan al individuo a aclarar sus sentires, su olfato y sus creencias. Como lo manifiesta Octavio Paz, al hablar del significado del nacimiento de la sociedad como ente esclarecedor de la nación: “El doble sentimiento de participación/separación aparece en todas las sociedades y en todos los tiempos. El amor que profesamos a la familia y a la casa, la fidelidad a los amigos y a los corregionarios, la lealtad a nuestro partido y a nuestra patria, son afectos que vienen del comienzo, reiteraciones y variaciones de la situación primera. Son la cifra de nuestra condición original, que no es simple sino dual, compuesta de dos términos antagónicos e inseparables: fusión y desmembración. Este es el principio de constitutivo de cada vida humana y el núcleo de todas nuestras pasiones, sentimientos y acciones. Es un principio anterior a la conciencia y a la razón pero es, asimismo, el origen de ambas. Entre sentirse y saberse separado hay apenas un paso; todos damos ese paso y así llegamos a la conciencia de nosotros mismos. El nombre del origen individual -desconocido, oculto o inexistente- se transforma en un nombre individual : yo soy Pedro, Teresa, Juan, Elvira. Nuestros nombres son la metáfora del nombre perdido al nacer... La sociedad es sus costumbres, sus ritos, sus reglas.” (1)  

El identificar las generalidades de los pobladores de una nación nos conduce consecuentemente a facilitar las distinciones entre las naciones y comprender si hay o no un arte que llegue a caracterizar ese lugar, que ese resultado o producto esclarifique tal o cuál origen, y su imposibilidad de ser otro? Es verdad que las naciones son producto histórico y no impositivo. Y, en el caso colombiano obedece más al primer grupo, donde el tiempo, los hechos históricos han armado y desarmado y vuelto armar a los grupos sociales, de creencias religiosas, de raza, de intereses económicos y políticos. En el país se restaura la noción de “patria libre” después de la Independencia en 1819, de la dominación española. Renace la libertad perdida por el descubrimiento, en 1492, e históricamente -paulatinamente- transforma a los habitantes en los nuevos forjadores de la nación que los ha de identificar como colombianos.  

Colombia siente tardíamente el deseo profundo de caracterizar su identidad: ese orgullo de ser colombiano, que hoy en día llamamos la “colombianidad”. Durante el siglo pasado sus expresiones artísticas, sus costumbres eran evidentemente regidas por la influencia europea. Los artistas viajaban a Europa, allí aprendían las formas y técnicas europeas olvidando imprimirle el carácter propio de una nación. Será en la década de los treinta, de este siglo, que el despertar del sentido americanista se da de manera incipiente cuando regresan al país los artistas: Pedro Nel Gómez, Ignacio Gómez Jaramillo, Rómulo Rozo, José Domingo Rodríguez, Luis Alberto Acuña; este último fundador del Grupo Bachué, (2) al cual se integran posteriormente Ramón Barba, Hena Rodríguez, Josefina Albarracín, Carlos Correa y Alipio Jaramillo. 

Fue necesario pasar por las experiencias europeas, como el contacto con artistas como Picasso, a quien los artistas colombianos le mostraron su obra. El la encontró “técnicamente irreprochable”. (3) Pero sus obras no reflejaban el trópico, ni la herencia indigenista. Estos artistas impresionados por esta apreciación se dedicaron a visitar el Museo del Hombre en París. De vuelta a Colombia reforzaron sus orígenes. Les unió el hecho de presentarse como “los nuevos con el hálito de impregnar su trabajo de contenido social y nacionalista. Además de su capacidad de ver la esencia, a ésta la convierten en propuesta americanista. En adelante, ellos serán la fuerza transformadora de los temas colombianos característicos del momento. Sin embargo, nada o poco había cambiado después de la década de los treinta. 

Siendo Colombia un territorio definido, con pobladores con heterogeneidad de razas: blancos, negros, mestizos, e indígenas, unidos socialmente por el territorio, la religión, y las costumbres, no logra mostrarlo en sin totalidad la propuesta de americaneidad o de colombianidad traída por los artistas Pedro Nel Gómez, Luis Alberto Acuña, e Ignacio Gómez Jaramillo; era demasiado superficial para ser una propuesta de identidad colombiana. Era más una adaptación de lo aprendido en el exterior con una influencia aunque muy justificada en el país, pero no menos valiosa que la aportada por los artistas que habían ido y que en los años subsiguientes seguían yendo. En los murales, los temas reflejaron las costumbres y ofrecieron una nueva visión del pueblo colombiano. Obviamente, Luis Alberto Acuña se engolosinó por contar las leyendas precolombinas, representar los mitos, adaptar los temas religiosos tratados con imágenes indígenas. En ello no se veía un reencuentro con lo propio, se comportaba más como una moda. 

La temática social tan afín al arte colombiano y que durante varios períodos del siglo XX se ha dado, toma forma en el pincel del artista. Varias son las generaciones que avivan con fervor, pasión y entrega la llama de la protesta a través del arte. Fervor por evidenciar los rasgos o escenas indigenistas en el Grupo Bachúe con Ramón Barba, Luis Alberto Acuña. La pasión denunciadora de los hechos políticos, desprecio social, rechazo y protesta al puritanismo son los temas que Débora Arango, artista antioqueña, destaca. Con razón Octavio Paz declara que la buena crítica en general nace de la simpatía y de una larga frecuentación con la situación que se juzga. Obras como: 13 de junio, Justicia, Doña Bertha, Rojas Pínula, El cementerio de la chusma o mi cabeza, Salida de Laureano, nos indican el entusiasmo de esta artista por la crítica social y política. Ilustra momentos escabrosos de los partidos y arrebatados hechos históricos que han herido a la nación y a la mujer. Su obra esclarece (sabe a conciencia) que el arte está ausente de todo convencionalismo. Débora Arango con certeza defiende que la sinceridad de la expresión de los sentimientos le da la validez y calidad a la obra en relación con la fuente. (4)

 

Entorno a una mirada 

Ahora, en la historia del arte colombiano, el concepto Colombia existe dentro de las muchas subdivisiones de estilos y formas de expresión. Los artistas para los cuales la reflexión de lo social y la organización de las comunidades, enfocan su preocupación entorno a problemas, además de artísticos los relacionan con concepciones de fuerza interna, ligados a un territorio, a una crítica social/política, a una religión, a unas supersticiones, a un paisaje, a una naturaleza. Todo ello enfocado a identificar su sociedad, su estilo, su región, su país para transmitir lo que significa su sentir en relación a su contexto cotidiano.  

En Colombia al entrar en la década de los años cincuenta los artistas comienzan a perfilar sus preocupaciones estilístico/temáticas en el aspecto físico del país, la naturaleza en toda su extensión. Posteriormente otro gran grupo se preocupa por la  idiosincrasia de Colombia, sus paradigmas, sus contradicciones. 

Para el primer grupo lo primordial es retratar el país en su exterior con su fauna, flora, o convirtiendo personalidades y políticos, en presentadores de escenas teatrales. El segundo grupo inicia su aparición desde la década de los sesenta, serán los artistas que con humor, o ironía, o gran sentido crítico político/social delatan sucesos, descubren irregularidades, enfatizan la protesta, gritan con dolor de patria o de ausencia de la misma. Los temas son de la vida diaria y su tratamiento los rebasa, traslada y da otra dimensión. Es decir, traspasan la primera impresión, abren caminos de reflexión, de cuestionamiento, no se quedan en la mera ilustración, ahondan en la “condición humana”. 

En ambos casos, no persiguen cambiar ni reformar la sociedad, lo que quieren es retratar a Colombia en su comportamiento, en sus gustos, en su idiosincrasia, en sus grupos e ideas sociales. Aunque son muy intensos, no defienden ninguna causa,  proponen este o aquel remedio a los males del tiempo. Su arte no es un arte de protesta. 

Entre los artistas que forman el primer grupo vale citar a: Alejandro Obregón, Fernando Botero, Débora Arango; y, del segundo grupo a: Beatriz González, Juan Camilo Uribe, María de la Paz Jaramillo, Gustavo Zalamea, Antonio Caro, y más recientemente Rodrigo Facundo, María Fernanda Cardoso, Doris Salcedo, de escultores Hugo Zapata, Nadín Ospina, Consuelo Gómez, Carlos Uribe, Juan Luis Mesa y el videista José Alejandro Restrepo.  

¿Qué es lo que permite que esto suceda? A partir de los años sesenta el arte colombiano despierta en su esencia, se lanza a malabarismos conceptuales que le dan la libertad, y por otro lado la necesidad de penetrar en lo que tan acertadamente hoy se califica de “colombianidad” por distintos focos y fuentes de análisis, dependiendo de las preocupaciones que conlleva cada artista. 

El primer grupo se mantiene dentro de la tradición de los medios empleados. Son artistas/pintores que conciben su relación de expresión bajo la concepción tradicional. Sus preocupaciones temáticas están dentro de la región, la sociedad, el paisaje, la fauna y la flora dichas preocupaciones tocan fuertemente las puertas de la creatividad aunque permanecen en el formalismo estilístico. 

Obregón es Colombia misma. Los símbolos que ella le inspira son los que avivan su existencia y su razón de ser de artista. De la fauna toma: el cóndor, el águila, el toro, el pájaro, la mojarra, la barracuda, el alcatraz, la iguana y los huesos de bestias; del paisaje: la cordillera de los Andes, el paisaje marino, el atardecer, el amanecer, la tormenta, el eclipse; de la flora: el manglar, la flor carnívora; del Caribe: Cartagena en su paisaje urbano, mítico, Blas de Lezo, Bachué; de lo social: la violencia, la anunciación. Todos los temas llevan a Colombia con amor, fuerza e intensidad. El sentido de unión a la nación y a su dolor siempre denuncia que trabaja “...ferozmente y lo hago con rabia. Cuando pinté el cuadro Muerte a la bestia humana, por el asesinato de Gloria Lara, lo hice sin parar durante 18 horas y rompí de la rabia tres brochas gruesísimas al golpearlas contra el lienzo.” (5)  

En Obregón se siente la atmósfera, el olor y color del Caribe. El escribe con los pinceles la fuerza interna de lo que va más allá de la simple superficialidad de las formas. En él vibran las luchas del arte por rebasar el paisaje. En el pasado, el paisaje en manos de un pintor, nunca había sido tan nacional, tan colombiano, tan identificable con la gracia de este país de esquina, como en el mural del Congreso Tres cordilleras y dos océanos. En dicha obra el artista logró lo nacional a fuerza de imprimir la emoción y hacer que brote vitalidad. Las obras de Obregón siempre están impregnadas de energía circular, o “vocación desaforada” como la llama García Márquez. 

En Botero, ser colombiano, es un saber. Desde el lugar donde esté y en dónde se encuentre son los recuerdos, las imágenes, las condenaciones, las escenas, los que llevan la idiosincrasia de esta nación: Colombia. Porque el “ser colombiano lo motiva a buscar en nuestra tierra, la otra tierra; y en la otra tierra a la nuestra. Es la condenación de la libertad creadora que acarrea todo provincianismo, esa tristeza, esa amargura del sarcasmo, esa línea en que el dibujo se hace incisivo con la sátira, esa impotencia del indio que se trueca en potencia formidable del artista que sublimiza, y desea poderlo expresar. Se queja de un mundo que lo ha falsificado todo del cristianismo, la democracia, la república, la justicia, el derecho, la libertad, el orden, la vida, la autoridad. Al observar las obras de Botero, la actuación toma el papel principal. Los temas oscilan entre los monstruos creados por el ocio y las maravillas producidas por la ensoñación. Crea monstruos cándidos, metidos saturadamente en el espacio traslapado por ellos mismos, y traslada la vida y los temores religiosos en los obispos o demonios. 

Botero es la presencia del humor callado entre la forma y el tema, lo controla con la pincelada suavizadora que hace crecer todo estallido. Marta Traba lo describe así: “...se impone sin escándalos, se apropia del espacio sin combate... En ese momento manifiesta un aliento, una grandeza, en su creación, que más tarde se merma ligeramente por la acentuación de los grotesco... El gran recorrido de la pintura de Botero, que comienza en Mantua con los Gonzaga y termina en Nueva York con la Familia Presidencial nunca ha salido, en el fondo, de Colombia. La expresa siempre a través de posiciones radicales: deformación, tremendismo íntimo, incongruencia, apoteosis, inutilidad de la acción, parálisis, humor grave, grotesco brutal; sigue siendo la Summa Colombia” . (6)  

Virgen de Fátima 1970, Asesinato de Ana Rosa Calderón 1970, Mujer Raptada por un Demonio 1967, Obispo bañándose en un río 1968, Paseo Presidencial 1967, Nuestra Señora de Colombia 1967, El Presidente, 1967, Obispos muertos 1965, son algunas de las obras que exaltan la vida de Colombia, y producen en la sensualidad de la forma la ironía de los excesos. A distancia Botero deforma con mayor libertad los temas que invocan su provincia, sus recuerdos, sus creencias. En palabras de Botero se explica asimismo, “Latinoamérica es uno de los pocos lugares que quedan en el mundo que aún pueden ser transformados en mito. La gente tiene una idea vaga de Latinoamérica y esto es una buena cosa para un artista. Los lugares que han sido superexplicados y superexhibidos ofrecen pocas posibilidades de transformación poética. El artista está diciendo una “mentira”, pero esta se vuelve la verdad acerca de un sitio... Yo estoy pintando algo “local” y “provincial”...”. (7)  

 

La colombianidad otra forma de vernos 

Aparte de los temas extraídos de la información exterior y de gusto por la abundancia, están la complejidad de lo social, y lo histórico que también enriquecen a los signos colombianos. Las tendencias se dividen según las realidades inmediatas. El grupo de la generación siguiente los une el deseo de marcar rutas distintivas en una nación donde la invasión de los medios de comunicación masiva dan a conocer rápidamente los hechos, tanto internos corno externos. En estas últimas décadas comienzan las dificultades propias de una nación que al internacionalizarse permite la entrada nuevas fuerzas coaccionadoras o violentadoras de las luchas políticas internas. 

El manejo conceptual nace dentro de la coexistencia del pluralismo, social, cultural y económico. Asimismo, el sarcasmo sale al encuentro y la insistencia del análisis cáustico y crítico, heredado de Alberto Urdaneta, en sus caricaturas publicadas en El Mochuelo, luego el sarcasmo pasa por Ricardo Rendón, hasta llegar a conocer el juego idiomático, musical, incisivo y sin concesiones de León de Greiff. Este escritor crea a través del género de la poesía en el cual encuentra las fuentes de los sentires del alma del colombiano. En ellos los hallazgos reflexivos y críticos son transformados en ideas, gracias a la capacidad incisiva desarrollada por la mente de los artistas; de igual manera, los medios de expresión serán variados y eclécticos. Se salen de la tradicionalidad pictórica, entran en lo lúdico de los materiales e intercomunican lenguajes. En algunos casos, la idea inspirará el medio para conseguir la solución, o en otros, será la solución la que alcance al concepto. 

Estos artistas desgarrados entre dos extremos: por un lado el conceptualismo radical y por otro el formalismo no menos estricto. El primer extremo niega la forma, en ocasiones hasta la sustancia misma del arte. La obra de arte es algo que vemos y observamos a través de los sentidos. Ahora también leemos, oímos y tocamos nos involucramos y participamos. Son muchas las acciones, y los cambios formales y de estilo que abren el panorama del arte. El segundo por subvalora la idea, y mantiene el diálogo con el arte sin una fuerte intención de entender la identidad en el nivel de la expresión. 

El sentimiento colectivo existe al pertenecer a ésta o aquella comunidad, es un sentimiento compartido con mayor o menor fervor por todos lo miembros; en seguida nace el sentimiento de la diferencia de nuestro grupo frente a otros grupos, a otras formas de expresión, a otras costumbres; y después del sentimiento de saberes diferente a los demás lleva a la conciencia de ser lo que somos. 

Nombrar la nación refuerza los vínculos que nos atan al grupo, a la sociedad, a las costumbres. Darle el nombre no quiere decir inventarla, sino reconocerla. Así se da el nacimiento de las fuentes identificadoras de la identidad de una nación. El artista nace, crece y siente con la pasión del ojo creativo y la mente ligada a un territorio, a unos problemas, y a unas concepciones de la vida tanto políticas como sociales. 

El ojo de los artistas de los últimos años pertenece a diferentes generaciones, existe en ellos una clara preocupación de mirar a Colombia bajo todos los aspectos que ella presenta como país subdesarrollado, país con grandes y graves problemas culturales, sociales y políticos, con un desordenado crecimiento demográfico, donde surgen contradicciones e intereses económicos dentro de una inestabilidad social llena de dolor con las muertes causadas por la violencia “política/guerrillera”, adicional al crecimiento de la sociedad que ha oscilado entre la guerra del narcotráfico o la falsa economía respaldada en el dinero de la droga. 

Dentro de esta cacofonía de dispares emerge el artista colombiano de los últimos treinta años y como conocedor de la historia del arte, mal haría en alejarse de la conciencia de la sociedad. La expresión del entorno toma la forma y la conciencia ajustada a sentires reflejados en metáforas sublimes. La observación del contexto, y el deseo de crear historia con la tentativa de una nación, llevaron a que un día estos artistas se decidieran a comprometerse e hicieron historia colombiana con su arte. Entendieron que en la esencia, o en sus raíces, o en el imaginario de su existencia, o en la música, o en las situaciones socio/políticas, o en lo lúdico de la ciudad, o en los mitos y leyendas estaban las fuentes temáticas de su arte. Así, forman imágenes de la historia del arte, aunque parten de la historia política o social de la nación. 

En verdad, la historia del arte colombiano no es siempre fiel a la historia de la tradición colombiana, pero gracias a los artistas que alimentan sus fuentes creativas con el entorno social, político, y topográfico del país, se puede decir que existe un ojo creador. Tal ojo siente más allá de la realidad aparente, hasta llegar a sentir la necesidad de dejarla plasmada en formas artísticas. Así se aprecia en el caso de Beatriz González. Utiliza fuentes iconográficas de la historia, los precursores de la patria, los acontecimientos políticos, las personalidades del pasado y el presente, como se observa en: Mutis por el foro 1973, Un Bolívar 1976, Apuntes para la Historia Extensa de Colombia tomo 1 y 11 1967. 

Las fuertes creencias y prácticas religiosas de la comunidad colombiana tomadas de diferentes regiones del país adquieren forma en el arte. Las más relevantes son: Ay Jerusalem, Jerusalem 1969, Naturaleza casi muerta 1970, Ángel custodio de Popayantas 1985, Túmulos funerarios para soldados bachilleres 1985, La muerte del justo y la muerte del pecador 1972, Ánimas benditas 1967, de Beatriz González; y Declaración de amor a Venezuela 1976, Gran mandala 1975, Llamarada 1976, San Antonio dáme un novio 1976, Homenaje a José Gregorio 1976, Oración a la mano poderosa 1978, Ascensión de las benditas ánimas del purgatorio 1978, Autorretrato de cabeza parlante 1975 de Juan Camilo Uribe. 

Los hechos políticos transmitidos por la radio, y en especial por los medios de comunicación impresa, toman forma artística en las manos del artista, donde adquieren valor estético y llegan a traspasar los límites históricos en: Televisor en color 1980, Zócalo de la comedia 1983, Señor Presidente qué honor 1986, Los papagayos 1986-1987, Apocalipsis camuflado 1989, El altar 1990, de Beatriz González. 

El mito de la mujer colombiana recatada, el mito popular de la mujer cantante, la mujer sojuzgada, la mujer seductora, las escenas de mujeres y parejas en, Cartagena, la influencia de la música de salsa, y el baile, son unos de los temas colombianos que interesan a María de la Paz Jaramillo. Algunos de los títulos de sus obras son: La novia, La viuda, Señora Macbed 1974, La máquina de la vida 1973, Juventud al poder 1974, La voz dorada 1976, Cantante música Caribe 1992, Mujer Caribe 1992, Pareja Caribe 1992, Diciembre en Cartagena 1991.  

Los estallidos de violencia, los dramas escandalosos, los acontecimientos políticos coyunturales siempre han quedado plasmados en imágenes y en expresiones que evidencian para la posteridad la conmoción causada. Violencia 1962 de Obregón, La cosecha de los violentos 1958, y La última cena de Alfonso Quijano, Palacio de Justicia, Ejecutivo Chamberlain-Feliza Chatarra soldada sobre bus urbano 1994 de Gustavo Zalamea, Galán 1992 de Beatriz González. Y estas son algunas de las realidades esenciales que han dejado registradas imágenes estéticas sobre acontecimientos trágicos de la nación.  

Gustavo Zalamea, desde el comienzo de su trayectoria artística, busca referencias temáticas en los imaginarios de la ciudad de Bogotá. En lugares como la Plaza de Bolívar, la Catedral Primada, el Cerro de Monserrate, el perfil de la cordillera de los Andes como signos referenciales a todo habitante de la capital, espacios que toman cuerpo como noticia en la mano de él. No es fácil encontrar artistas que interpreten con ojo crítico y directo toda la problemática del espacio público de Bogotá, así, lo viene desarrollando Zalamea. Sin lugar a dudas, toda ciudad está planeada con base a puntos históricos, literarios. El logra una compleja simbiosis artística de realidades o irrealidades opuestas. Arma escenas de imágenes características de la ciudad, que van desde la aplicación de una lectura lineal en las obras El templo, Reflexiones sobre un momento histórico 1978, General 1976, Batalla en el mar en la Plaza 1980, hasta la combinación de referentes contrarios. Concilia y produce los mismos sucesos lógicos, cuando enfrenta los opuestos asume una nueva lógica que no niega lo acontecido dentro del entretejido de la ciudad. En la serie Proyecto Bogotá observa y se compromete con la historia, y al mismo tiempo con el arte, por ejemplo en sus obras: Palacio de Justicia, Congreso de la República, Represa El Guavio, Plaza del Congreso-Basura, Plaza de Bolívar inundada por el mar, El río Chapinero en la carrera trece frente a la Plaza de Lourdes, Trancón, Paradero Louise Nevelson, son realizadas durante 1993 y 1994. 

Al completar esta lista, nos encontramos con los artistas en quienes es evidente el interés por hacer una obra íntimamente ligada a su nación. Conceptualizan hechos históricos, escándalos económicos, tragedias políticas a través de símbolos que van desde lo Precolombino hasta la lucha contra la invasión imperialista, un ejemplo muy claro es el caso de Antonio Caro. En sus obras Colombia 1976-1988, denominación presente en la escritura plástica, combina formalmente el contenido con el tipo de letra de Coca Cola. Con esta producción augura una nación que busca defender la autenticidad, perdida desde la Conquista. En las obras: E l Imperio es un tigre, Colombia, Maíz, Quintín Lame 1987, Proyecto Quinientos 1992, son las propuestas que buscan implorar momentos de reflexión hacia la nación, despiertan la imaginación y puntualizan la necesidad de mantener o defender las tradiciones. 

Al analizar la preocupación global de la temática se puede encontrar algunos artistas que reflejan Colombia. Ellos exploran la violencia, las pérdidas, las imágenes u objetos cotidianos, la separación en busca de redimir la ausencia y con la memoria se apropian de la nación. Estos sentimientos se presentan en contadas obras sin que necesariamente sean una temática permanente en ellos. Casos específicos: en Rodrigo Facundo Luz Perpetua, Ciento ocho y Colección 1992, en Consuelo Gómez Guatavita 1990, en Doris Salcedo Sin título 1990, Atrabiliarios 199]-1992, en Nadín Ospina In partibus Infidelium 1992, en Hugo Zapata Canoa, Líndales y Ojo de agua 1992-1993, en María Fernanda Cardoso Sin título 1990, Corona funeraria 199], Mármol americano, Bandera y Calabazas 1992, en Luis Alejandro Restrepo El paso del Quindío 1992, en Carlos Uribe Paisaje 1992, en Juan Luis Mesa Bosque recogido 1988. 

La teoría de Hipólito Taine cuando establece la última regla para “comprender una obra de arte, un artista, un grupo de artistas, es preciso representarse con exactitud el estado general de las costumbres y del espíritu del país en el instante en que el artista produce su obra... las artes nacían o morían al mismo tiempo que ciertos estados de espíritu y de costumbres, a los cuales el arte esta ligado”. (8) Para estos artistas las imágenes de su región, el paisaje, la topografía, lo social, y lo político son fuentes inagotables de inspiración. Generan con todo ello un gran poder analítico y crítico que impulsa afectos, pasiones, dolores y protestas de su procedencia. 

Sus temas no sólo son inventados, no sólo son metafísica, no sólo son conocimiento del hombre interior transformados en estética, sino que además exigen una capacidad creadora de estallido potencializado para dar una faz nueva de Colombia. Se concretan las reflexiones, que aproximan cada una a las alianzas de voces cargadas de angustia o placer; que sublimizan el sentimiento de pertenencia, de amor y de orgullo de ser colombiano. 

 

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(1). Octavio Paz. Los privilegios de la vista 1. Arte Moderno Universal, obras completas, Círculo de Lectores, Fondo de Cultura Económico, México, 1994, págs. 109, 120.  (Regresar a 1)

(2). “Bachué, la madre de los chibchas. Uno de los mitos chibchas de la creación de los hombres es Bachué, la madre del género humano. Bachué emergió de las aguas de la Laguna de Iguaque, nimbada de una luz que hizo resplandecer la tierra. Sacó consigo de la mano a un niño de tres años con quien bajó la serranía y en el llano, en donde posteriormente surgió el pueblo de Iguaque, construyó una choza, la cual convirtió en la primera vivienda de los muiscas en Boyacá. Cuando el niño creció, Bachuee se casó con él. Este es el origen Chibcha del género humano, viajaron por todas partes, dejando hijos en todas ellas.” Javier Ocampo López, Mitos colombianos, El Ancora editores, Bogotá, 1989, pág. 95. (Regresar a 2)

(3). Gloria Valencia Diago. “Luis Alberto Acuña. 50 años de plástica artística”, El  Tiempo, Bogotá, julio 16 de 1977. (Regresar a 3)

(4).Varios autores. Débora Arango, Museo de Arte Moderno de Medellín, Villegas Editores, 1986. (Regresar a 4)

(5). María Mercedes Carranza. “El Planeta Obregón”, El Tiempo. Lecturas Dominicales, Bogotá, 13 de septiembre de 1987. (Regresar a 5)

(6). Marta Traba. Historia abierta del arte  colombiano, Secretaria de Educación Departamento del Valle del Cauca, Museo de La Tertulia, Cali, 1974, pág. 163, 164, 168. (Regresar a 6)

(7). Germán Arciniegas, Fernando Botero, Edilerner S.A. Bogotá-París-Madrid-Colonia, Temi Madrid, 1979, pág. 54, 55. (Regresar a 7)

(8). Hipólito Taine. Filosofía del Arte, Ed. Ibería Obras Maestras, Barcelona, 1954, pág. 13 (Regresar a 8)