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INDICE
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A sus sesenta años, Manuel Hernández es el decano de la pintura
abstracta en Colombia. Desde los trabajos pioneros de Marco Ospina
y Guillermo Wiedemann quedó abierto el compás no figurativo en sus
dos grados extremos: abstracción geométrica y abstracción
expresionista. Eduardo Ramírez Villamizar hizo el tránsito hacia la
escultura, una decisión perfectamente coherente, pero que privó a
la pintura geométrica de su mejor creador en el momento. Otros,
como Luis Fernando Robles y Armando Villegas, desertaron. Mientras
tanto, Hernández evolucionaba desde la figuración expresionista
hacia el informalismo, y desde éste hacia la abstracción, que en su
caso ha recibido con justicia los calificativos de abstracción
lírica, abstracción emocional, abstracción simbólica. Hoy, de su
generación, él es con Carlos Rojas el único pintor colombiano que
después de llegar a la abstracción se ha mantenido en ella.
Una vez elegido el camino, en una formidable aplicación de
disciplina, insistencia, profundidad y asedio a los planteamientos
iniciales, Hernández ha elaborado una obra compleja detrás de su
aparente uniformidad, una obra rica en variantes a pesar de su
extrema simplificación temática, una obra tanto más plena de
sugerencias y presentimientos estéticos y plásticos cuanto menos
comprometida con el mundo de la representación. Detrás de la obra,
el artista, el ser humano. Timidez, no para las realizaciones, sino
para la defensa de su verdad. Este artista está lejos de practicar
la propia difusión. Tampoco quiso nunca su pintura ser polémica,
ni¿ plantear rupturas, ni hacer ruido. Se hizo silenciosa y
tenazmente en el taller, con el solo diálogo entre creador y
obra.
Con una regularidad que sorprende fue mostrada al público, en
otro diálogo silencioso, más bien lectura que diálogo: lectura del
espectador.
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1. Signo blanco
doble forma
1988
Acrílico
170x140cm
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Trabajo en solitario, ejercicio nostálgico. El aislamiento es,
para el artista, independencia. Un ser sencillo, familiar, amable,
de una sensibilidad manifiesta, en cierto modo ensimismado, pero
con una enorme destreza para la conceptualización en el diálogo. Su
terreno, evidentemente, es el de la abstracción, también en el
pensamiento. Sus definiciones y categorías son claras y sus
conceptos, precisos. No obstante, muchas veces esas definiciones y
esos conceptos son matizados con calificaciones emotivas, tal como
sucede en su pintura.
¿Y cómo es su pintura? Manuel Hernández no parte de unas formas
hacia la abstracción, sino que desde el principio es abstracción
pura, con unas formas puestas en juego. Por eso no es una pintura
de alusiones, sino más bien de signos que reemplazan el viejo
contenido narrativo de la pintura tradicional. Son elementos de
atmósfera, elementos mágicos, inquietantes, sutiles. En cada cuadro
hay un ordenamiento simple de formas, en un proceso rítmico que
sólo debe desembocar en una unidad, en un equilibrio. Desde muy
temprano, sus títulos incorporan la palabra
"signo" como un programa de intenciones: Signo
circular. Signo rompimiento. Signo emergente. Signo espacios, Signo
centro. Signo ronda. Signo secuencia. Hace algunos años le hice al
artista esta pregunta: ¿Signos de qué? Manuel Hernández respondió:
"Mis signos conllevan un sincero factor interior de
comunicación, de aporte, de querer entregar al espectador un
desarrollo mental y real muy emocionalmente propuesto. Para mí los
signos no se refieren a un hecho específico que cambia de
naturaleza. Son más bien como indicaciones que orientan la mirada
en una dirección determinada y son, por lo tanto, una propuesta
sensible, emocional. Al desplazar estos signos en mis cuadros, creo
que cobran un sentimiento de vacío, de peso y contrapeso, de
desdoblamiento, de transformación permanente, o sentimientos de
nubosidad, de consistencia, de apertura... Todos estos son hechos
naturales, reales, que quiero producir a través de mis signos. Ese
planteamiento del signo me permite introducir al espectador en esos
momentos de sensibilidad. Y, ante todo, son signos vivenciales,
emocionales, porque creo que la pintura necesariamente tiene que
comunicar hechos, y esos hechos son introducidos por los elementos
mismos de la pintura: el color, las formas, los límites, la
composición...".
Hoy, como se ha podido constatar en la exposición de su obra más
reciente, en la Galería Garcés & Velásquez de Bogotá,
Manuel Hernández ha llegado a desplazar una enorme depuración.
Primero, el trabajo con un alfabeto muy reducido de signos,
retomado de su propio y viejo repertorio, meditado una y otra vez;
luego, una simplificación del color hasta lo mínimo posible, nunca
más de cuatro colores, generalmente tres, incluidos el negro y el
color de fondo. En su caja temática, Manuel Hernández recogió los
signos que por alguna razón le interesaron más (por sus
posibilidades expresivas), y ahora escribe con ellos su pintura
como al poeta le sirven las letras y las palabras para componer sus
metáforas. A la par con la economía de medios, se restringe también
el tema: en el espacio de la tela, un solo signo, funcionando en
una plenitud extraña de color, con un máximo de luminosidad, con
una identificación de límites en la máxima tensión. ¿Se ha llegado
al punto más extremo de su pintura? Manuel Hernández lo entiende
así: "De pronto tuve la sensación de una plenitud respecto
de los argumentos que había venido trabajando y la necesidad de
apropiar y definir una serie de signos que pudiesen ser
explicitados con un mínimo de factores. Realmente he querido buscar
un gran ascetismo, aun en el color, y un gran señalamiento con muy
pocos elementos; paradójicamente, este simplificar conduce a una
mayor fuerza expresiva, mejor contenido dinámico, más claridad en
el señalamiento de direccionales. La muestra, en efecto, propone un
clima de realización en mi obra y, si en ella tal vez no son muy
visibles los cambios fundamentales, creo que en todo caso sí
presenta una clarificación de mis argumentos, especialmente en
aquello que más me ha interesado últimamente y es la definición
visual ante el observador de un tema preciso y muy emotivo, es
decir, un factor de mayor intensidad de elementos. Más aún, pienso
que el artista contemporáneo está en la obligación de hacerle más
claro al observador sus argumentos, sin disfrazar los medios y las
propuestas que quiera presentarle a consideración".
Manuel Hernández es ocho años menor que Obregón, Grau y Negret,
cinco años menor que Ramírez Villamizar, cuatro años mayor que
Botero y cinco años mayor que Carlos Rojas. Pertenece, pues, a la
llamada generación de los "cinco grandes" del
arte colombiano, sin haber figurado en ella. La razón es sencilla:
cuando los maestros renuevan el arte colombiano, Manuel Hernández
se encuentra en pleno período de formación; su mismo viaje a Chile,
a los veinte años, significó un cambio de rumbo que lo apartó del
que habría podido ser su grupo natural. Se abrió, pues, una
diferencia generacional, mientras que con Carlos Rojas tuvo una
mayor identificación de actitudes y de búsquedas: hoy, sus trabajos
guardan mayores afinidades y constituyen, ellos solos, lo que
podría llamarse segunda generación en la pintura abstracta del
país.
¿Cuáles son los hitos, los avances, las meditaciones y las
influencias que marcan la producción artística de Manuel Hernández?
En diálogo intenso, pero informal, el pintor accedió a realizar un
recorrido a través de estos interrogantes. Sus respuestas, marcadas
por la espontaneidad, dibujan y aclaran lo que es su obra, nos
acercan al acto de creación, nos revelan parte del hombre tras la
pintura, nos entregan algo de su verdad íntima en el proceso del
arte.
- 1 - 20 de octubre de 1928: el punto de partida
Nací en Bogotá, en lo que era entonces la Quinta de Mutis, la
finca e institución de enseñanza secundaria del Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario. Mi padre. Francisco Hernández, era
ingeniero, y en ese momento administraba la propiedad. En mi
nacimiento hubo una circunstancia que puede tener implicaciones,
nací sietemesino y de un tamaño tan pequeño, según señalaban mis
padres que, quizás, dentro del grupo familiar, eso pudo llevar a
una atención especial. De los seis hermanos que fuimos, podría
decirse que fui el preferido de mi madre. Así, por ejemplo, cuando
a mis hermanos les llamaban la atención, se escapaban de casa,
mientras que yo prefería quedarme a su lado. En ella encontré un
sentimiento de protección, de hogar y de permanencia, que es lo que
siempre he tenido. Siendo introvertido, pero con una gran necesidad
de contacto, de apoyo espiritual y de diálogo familiar, desde
entonces se afianzó en mí un sentimiento de estabilidad a través
del grupo familiar. Por esto mismo, recuerdo como el mayor
rompimiento en mi proceso formativo la muerte de mi madre, cuando
yo apenas cursaba el primer año de secundaria. Mi papá, muy
sensible, no resistió su pérdida y esto ocasionó la dispersión de
la familia.
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2.
Signo tenso
ocre-violeta
1988
Acrílico
195x135cm
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