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LUCIANO JARAMILLO:
OTRA MIRADA
- Banco de la República
- Biblioteca Luis Angel Arango
- Marzo- Mayo 1997
CAMILO CALDERÓN SHRADER
LUCIANO JARAMILLO: EXPRESIONISTA Y ROMÁNTICO
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- La porcelana, 1975
- Crayón, pastel sobre papel
- 51 x 37 Colección particular
La obra de Luciano Jaramillo abarca un buen cuarto de siglo de la
pintura colombiana, desde su primera exposición individual en 1959, en la Galería
El Callejón, de Bogotá, dirigida por Casimiro Eiger, hasta su muerte el 31
de diciembre de 1984. Figura de la llamada generación intermedia del arte colombiano, es
decir, la que sucede a los grandes maestros pintores de mediados de siglo (Fernando
Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Guillermo Wiedemann, Juan Antonio Roda), Luciano
Jaramillo desarrolla su obra dentro de la Nueva Figuración, el movimiento que surge como
una reacción internacional contra el abstraccionismo dominante desde los años cincuenta.
En esto el pintor no está solo: en el decenio de los sesenta la tendencia figurativa se
afirmará cada vez más, en líneas de trabajo como el pop art y el expresionismo, y en
franca oposición a la nueva tendencia conceptual. En este esquema, muy simplificado en
unos años de gran turbulencia creativa a nivel mundial y local, los nuevos expresionistas
asumen el papel de defensores a ultranza de la pintura, frente a la irrupción de otras
expresiones del arte, no convencionales, más circunstanciales, escenográficas y
voluntariamente efímeras. A la destrucción vanguardista de la pintura tradicional y a la
tan advertida deshumanización del arte, el pintor expresionista opone en
primera línea su aferrarse a la pintura y a la figura humana. Bien es verdad que en el
interior de esa pintura la desintegración del ser humano seguirá siendo el tema
fundamental. Así, en el ámbito colombiano, surgirá un grupo de formidables pintores
expresionistas: Luciano Jaramillo, Norman Mejía, Luis Caballero, Pedro Alcántara y la
fugaz pero significativa presencia visceral del norteamericano Ned Truss.
Luciano Jaramillo fue siempre pintor de caballete, nunca abandonó
la pintura al óleo, nunca fue abstracto, siempre fue figurativo. No realizó jamás esos
desconcertantes y dubitativos tránsitos, tan característicos del arte colombiano de la
segunda mitad del siglo, desde la abstracción al figurativismo, o viceversa. No
participó en las desbandadas artísticas fomentadas por la aparición de cada nueva
tendencia, no fue artista de turno. Tuvo, evidentemente, su cuarto de hora en los años
sesenta, y luego simplemente se dedicó al desarrollo coherente y claro de su propia obra,
un poco o enteramente al margen de los gritos del momento plástico. Desde sus impulsos
iniciales, su pintura tomó un rumbo y un estilo propios, como debe ser, generándose a
partir de un diálogo consigo misma. Por supuesto, parte del camino expresionista ya
había sido desbrozado por Obregón, Botero y Roda. Por el Botero de las Monalisas, los
Niños de Vallecas y la Apoteósis de Ramón Hoyos (todos en torno a 1959), por el
Obregón de Violencia (1962) y por el Roda de los Escoriales (1961) y las Tumbas (1963).
En ese momento decisivo, 1961, Luciano Jaramillo pinta sus
Insectos. Es el gran encuentro con lo que será en adelante su pintura. En primer lugar,
un proceso de análisis de las formas, que se descomponen en puro color con gran riqueza
de tonalidades, gradaciones y veladuras, fondos siempre atmosféricos y psicológicos,
más que de verdaderas referencias espaciales (el espacio en él será siempre la
bidimensionalidad del cuadro, aceptando la superficie del lienzo y ateniéndose siempre al
límite señalado por el marco), un planteamiento del tema siempre en una esfera mental
(nunca verdadero realismo, sino un realismo trascendido, un más allá de realismo) y,
para decirlo francamente, en una dimensión como de sueño o pesadilla en la
cual transcurre la vida de sus personajes. Las referencias a la realidad son
innegables: seres de carne y hueso muy reales (o muy muertos, como dirá de
algunos de sus bodegones con elementos humanos). Pero esos personajes están vistos en un
terreno que se da más allá o más acá de la realidad: en una realidad subjetiva y en un
espacio de pura expresividad. Son estos factores esenciales los que definen a Luciano
Jaramillo como un pintor expresionista.
- Crayón, pastel,
- aguada sobre papel, 82 x 65 cm
- Colección particular
Sin embargo, a propósito de los Insectos, Marta Traba encontró como clave de
interpretación una supuesta batalla kafkiana: Luciano Jaramillo [...] libra en su
pintura combates a muerte y sin puntos de conciliación. No hay vitalidad sino violencia:
no hay exuberancia sino irritabilidad [...] contradice los colores, los hace rechinar y
los golpea con estruendo [...] sin abandonar su necesidad de puntos de fricción
cromática, ha logrado dar un sentido a estas escaramuzas internas [...] (La línea),
Jaramillo la usa siempre para agredir: es una punta, un garfio o una lanza [...] Luciano
Jaramillo siempre ha sido, a pesar de sus propios falseamientos y de sus inmoderaciones,
un pintor distinto a los demás. En un medio de mimetismos y plagios, esa condición es
una virtud fundamental y generadora de fuerzas plásticas. Es un pintor
colérico que obedece a su temperamento más auténtico: es un hecho real de la
pintura colombiana (La Nueva Prensa, junio, 1962).
Esta interpretación épica y marcial de pintor
colérico, aunque bien intencionada y aparentemente positiva, marcaría la fortuna
crítica de Luciano Jaramillo para el resto de sus días, ocultando la naturaleza de su
obra o impidiendo una aproximación menos literaria. De ella surge la imagen del enfant
terrible, el angry young man, el pintor tormentoso, hiriente y sombrío, un supuesto
mal gusto furioso, un artista demoledor, cáustico y fustigante, hasta
mórbido y agnóstico, conceptos tan desesperados como el de ácido
disconformismo estructural y todo un vasto repertorio de adjetivos de agresión o
negación con los cuales se ha calificado su arte. El homenaje que la Biblioteca Luis
Ángel Arango rinde a su obra debería ser útil para intentar tener una nueva visión de
ella, más libre de prejuzgamientos: otra mirada. Lo que es indudable es que, a más de
diez años de su muerte, aparece mucho más claro el importante lugar que ocupa en el
expresionismo pictórico de este país.
No sería la única tergiversación que habría de enfrentar. En el
terreno de las influencias, un malhadado punto de partida en Bernard Buffet, sólo
explicable por las raíces francesas de su formación y por el pasajero e incomprensible
prestigio de que gozaba aquel pintor en los años cincuenta. Después, Francis Bacon, el
coco de los expresionistas, uno de los indiscutidos e indiscutibles maestros del siglo XX,
quien, sin embargo, sirvió de comodín y de coartada para interpretar a todos los
pintores expresionistas del mundo. En cuanto hay un grito, una boca desmesuradamente
abierta o un cuerpo carnoso y retorcido, ¡ya tenemos un Bacon! Luciano
Jaramillo, sin negar su reconocimiento por el pintor, descarta su influencia y precisa, en
cambio qué es lo que le interesa de él: Directamente no puedo decir que Bacon haya
influido en mi pintura [...] Lo que me seduce de Bacon, más que su deformación, más que
su técnica asombrosa, es su capacidad de ver las cosas desde otro lado [...] Es cuestión
de un punto de vista diferente, el sitio desde donde Bacon está mirando (lo dijo en
1983). Un punto de vista diferente: pensando en esto Luciano Jaramillo pintó
su Inocencio X jugando con dos limones (1964). Fue más lejos que los Inocencios de Bacon
y Velázquez, y fue muy consecuente con la idea: el punto de mira está, como el Papa, a
ras de suelo y en primer plano, hacia el espectador.
Otra mistificación (y por ahí, un cierto no querer apreciar su
obra) radica en un supuesto abandono de la pintura en aras de la actividad publicitaria,
que Luciano Jaramillo ejerció con éxito como alternativa económica que le dejara
libertad para su arte. Esto, con algunos períodos sin exhibir en las galerías de arte
cosa perfectamente sana y normal conformaron el lugar común del
pintor-publicista. Será suficiente leer con cuidado su cronología y repasar
las diferentes series que pintó durante tres décadas, para darse cuenta del infundio y,
por el contrario, de su obsesiva entrega a la pintura, demostrada también en su
correspondencia con Brandon Robinson y en sus textos (veáse: Juan Gustavo Cobo Borda y
otros, Luciano Jaramillo, Bogotá, Ediciones Lerner, 1986). El pintor seguramente
enriqueció al publicista, así como también fue el pintor quien le dio nervio y
plasticidad al dibujante, y no al revés, si bien fue en el dibujo donde encontró, como
era lógico, una más sensible (y directa) posibilidad expresiva.
En cambio, se ha pasado por alto un permanente parentesco con Goya,
no sólo en temas, en actitudes y referencias literales, sino también en la ironía
general y en la construcción de un cierto universo goyesco, que se refleja en los muchos
monstruos que produce el sueño de la razón, en la fatuidad e irrisión del
ser humano (en este caso, contemporáneo y muy colombiano), en la vanidad (vanitas) de la
belleza femenina, en los omnipresentes esperpentos, máscaras y apariciones de un submundo
de pesadilla (tema grato a los románticos), en la compasión por los desposeídos, en la
ternura hacia los niños (serie Los de abajo de la acera, 1974, por ejemplo), y también
en la presencia de un bajo mundo, aquí de hampones, prostitutas y coperas. El mundo
cuasionírico de Luciano Jaramillo es sustancialmente goyesco. Sus novias de Tívoli son
como María Luisas revividas. El grito de sus fantasmas y hasta la presencia inofensiva de
sus perros proceden de Goya. Por ello realiza una carpeta de grabados bajo el título de
Caprichos (1979) e incluye a Goya entre los primeros personajes de su serie Retratos
imaginarios (1983-1984).
En 1963, Luciano pinta dos obras emblemáticas: La gitana dormida y
La guerra, ambas en homenaje a Henri Rousseau, el Aduanero, y ambas, como se sabe, objeto
de culto de los surrealistas. Este trabajo será complementado ese mismo año con otros
dos grandes lienzos, El sueño del tiovivo y Hombre con la luna. Las cuatro pinturas, de
gran aliento, marcan un interesante acercamiento del pintor hacia el surrealismo. Gloria
Martínez las describe así: La gitana dormida en un profundo sueño parecido a la
muerte en medio de un paisaje sideral, contemplada y amada por el viejo león de las
dunas, con su vestido a rayas y su vieja cantaciora dormida y silente a su
lado, cansada de tocar viejas y trajinadas melodías. De la misma manera El sueño del
tiovivo, donde una mujer inmensa, desarticulada, se apodera del cuadro, la atmósfera de
color como una densa nube se va levantando y envuelve a la mujer dormida poseedora del
universo, con la cabeza inclinada, cansada del viaje, con ojos vigilantes, un pie desnudo,
una garganta abierta, una mujer ofrecida al paisaje, a la noche... a la magia.
Es, otra vez, el mundo de la realidad trascendida, de la realidad
inconsciente, de la realidad subjetiva, toda ella propia del surrealismo. Esta
sensibilidad debía proceder de bien lejos. En una entrevista con Gloria Pachón en 1965,
el pintor le mostró dos pequeñas pinturas realizadas a los ocho años un
Descendimiento y una Mujer en el espejo y se refirió a ellas como mis
primeras incursiones en el surrealismo. Ese es, de todas maneras, un elemento
vibrante en muchas de sus obras. Aun en los momentos de mayor expresionismo, la atmósfera
surrealista se hace presente. Pienso, por ejemplo, en una Naturaleza muy muerta de 1975,
en que el paisaje con luna y niebla nocturna penetra el espacio interior a través de la
ventana del fondo e ilumina los objetos del primer plano, un tema que no habría
desdeñado Magritte. Mario Rivero escribiría: Pocas veces se pueden demostrar con
mayor aproximación los significados de una tarea artística, como frente a la obra de
Luciano, una de las más completas experiencias de creación expresionista-surreal.
Lo cierto es que este intenso año de 1963 marca un pivote en la
obra de Luciano Jaramillo: quizá hubiera abrazado un surrealismo resuelto, si los tiempos
hubieran estado para surrealismos. La alternativa, sin embargo, no admitía dudas: se
presentaba como una salida expresionista, y su primera chef doeuvre sería la serie
Festines, de 1964, que Cobo Borda interpreta con acierto como expresiones de un
sistema de poder. Se puede mencionar, como se ha hecho, a Picasso, a Goya, a Jorge
Luis Borges y a Jacobo Borges, el pintor venezolano. Se debería mencionar también a
Rembrandt, con su Festín de Baltasar (Londres) y más aún con su Conjura de los bátavos
(Estocolmo), sin olvidar el temprano Festín de Ester y Asuero del propio Goya. En
Luciano, como en Rembrandt, los poderosos personajes del festín político aparecen
revestidos de cargos y ropajes contemporáneos.
Los expresionistas de este siglo suelen hacer énfasis en la
realidad social que vive cada artista. Es una inclinación natural. Su principal arma de
interpretación es la ironía. Como dijera Harold Pinter: La crítica está
implícita en la actitud irónica. Creo que el arte en gran parte posee este toque.
El arte dice verdades que de manera implícita contienen algún tipo de ironía, pero no
necesariamente tiene que hacerlo de forma negativa. El trabajo del expresionista no ejerce
necesariamente una crítica salvaje para usar el término de moda,
salvo en circunstancias históricas de injusticia que exigen denuncia.
Su aproximación a la realidad, por el contrario, acostumbra
realizarla desde una actitud de gran interés y solidaridad, actitud de dolorida ternura,
y en esto tiene que ver, desde luego, con una sensibilidad exacerbada: se está al borde
del Romanticismo.
Estos son, precisamente, los contenidos de la definición que
Luciano Jaramillo hizo de sí mismo en 1983, cuando le pregunté: En cada artista
expresionista hay un expresionismo diferente. ¿Cómo define el suyo?. Contestó con
este denso párrafo (hay que advertir que el pintor tenía entonces gran interés en dejar
claras sus definiciones, puesto que sólo él sabía, por los médicos, que su muerte
podría ocurrir en cualquier momento, lo que desde 1976 cargó de angustia vital su
trabajo): Yo diría que soy un expresionista romántico. La obra que estoy
exhibiendo (los Cocktails) es romanticismo. Y como persona, también soy romántico, lo
mismo que mis gustos literarios. La literatura francesa del siglo XIX me ha gustado
siempre: Alfred de Vigny, Rimbaud, Lautréamont, Huysmans, aunque éste ya no es un
romántico, sino que está en el dandismo, en el impresionismo. Admiro también a William
Blake, me gustan sus dibujos, tan llenos de defectos pero tan encantadores [...] Ese
romanticismo se comprende mejor viendo los cuadros que estoy pintando actualmente, una
serie de retratos imaginarios de Baudelaire, de Sara Bernhard, de Julien
Sorel. Por primera vez estoy trabajando varios cuadros al mismo tiempo, no uno después de
otro [...] ¿Dónde está mi expresionismo? Está en la exacerbación de ciertas actitudes
morales y en una búsqueda hacia dentro de esos contenidos morales.
Características de la sensibilidad romántica son, además de esa
dimensión ética, la manera de sentir, el énfasis en los estados de ánimo,
en la visión subjetiva y en el drama individual frente a sí mismo y frente al mundo. La
realidad objetiva pasa por la sensibilidad del sujeto y se constituye en su
verdad. El gesto, el talante, el impulso, se convierten en factores creativos
irracionales, pero válidos. Incluso la sensibilidad individual se convierte
en la única facultad de juicio estético. La premeditación es sustituida por la
espontaneidad. La acción directa sobre la obra, el toque personal del artista constituye
una manera genuina de expresión. Todo esto lleva al primado de la imaginación y de la
verdad interior sobre la realidad objetiva, y a la valoración de cada ser humano
valor testimonial en un cosmos siempre cambiante. La vida es lucha y
sufrimiento, un impulso heroico valor ético. El horror es un medio de
catarsis. El color es vida y luz. El romanticismo es, por consiguiente y en cuanto sitúa
al ser humano en el centro del sistema, un signo de la modernidad en el arte (cfr. Hugh
Honour, Romanticism, Londres, Allen Lane, 1979). En una solapa del libro, en las que el
pintor acostumbraba a anotar sus comentarios de lectura, anotó lo siguiente: Un
thème dit sujet. Juego de palabras que en francés condensa todo el axioma
romántico.
Marta Traba, en una de sus lúcidas intuiciones, fue la primera en
hablar de un romanticismo colombiano, y lo hizo a propósito de la Segunda
Bienal de Córdoba, en Argentina (1964), en la cual Luciano Jaramillo expuso algunas de
sus Nostalgias de mar. Dijo entonces: La pintura contemporánea y en mucho
menor grado, claro, la escultura parecen haber adivinado las tumultuosas esencias
colombianas con mayor lucidez que los escritores en prosa y que los poetas [...] Inclusive
cuando parece más serena [...] se resuelve en movimientos románticos, y lo sensible gana
abiertamente la batalla con lo racional. Cobo Borda comenta: Los términos
violencia, irracionalidad, romanticismo, eran perfectamente aplicables a la pintura de
Luciano Jaramillo. Este, por su parte, había declarado en 1966: Yo creo en el
individuo romántico. La pintura tiene que ser más real, más vital, más pintura.
Es decir: la realidad individual, vitalidad del sujeto, pintura matérica y gestual. En
otra oportunidad, en una nueva definición romántica, llegó a decir sobre su obra:
Representa más bien mi propia personalidad que la forma en que veo al mundo,
con lo que queda dicho todo a propósito de una esencia romántica. Hablando de los
espectros que aparecen en los Retratos imaginarios, Cobo Borda vuelve a señalar:
Todo cuanto hay de saturnino y nocturno en la aventura romántica asoma aquí, con
un lívido destello que no alcanza a iluminar del todo la boca de las sombras.
Incluso el testimonio de otros pintores no hace más que reafirmar esa percepción de
Luciano Jaramillo como romántico. Juan Antonio Roda fue explícito: Luciano
Jaramillo fue un excelente pintor con un ala herida [...] En la pintura colombiana,
Luciano Jaramillo habrá sido uno de los mejores exponentes de un romanticismo primario y
directo, desgraciadamente mal comprendido. Tal vez llegara tarde, o tal vez era demasiado
pronto. Y Luis Caballero: Sus cuadros siempre tuvieron pasión y
romanticismo.
Finalmente, la determinación que Eduardo Serrano hace de su
pintura en 1986, también está concebida en términos de romanticismo: Su obra
trabajada en una alta proporción con pinceladas sueltas y alargadas y con
intervención de la espátula y los dedos tuvo siempre una intención expresionista
comprobable en sus colores mustios y exaltados y en las deformaciones de los rostros. Es
una obra, por lo tanto, en que es fundamental la proyección de sentimientos y emociones.
Un trabajo en el que cuenta en primer término su capacidad de conmover o de afectar con
la hipérbole o la minimización... No hay que olvidar que una de las palomas de
Luciano Jaramillo condensación de expresionismo, romanticismo y surrealismo, todo a
la vez, lleva por título Homenaje a William Blake, pintor romántico.
La obra de Luciano Jaramillo se cierra con una serie exaltada, que
resume muy bien tanto su formación esencialmente francesa como el proceso de su pintura:
los Retratos imaginarios. Gloria Martínez escribió estas palabras sobre ellos: Su
personalidad de pintor se reafirma; ahora es dueño de una paleta elegante y sobria. En
sus Retratos imaginarios se establece un diálogo con sus viejos amigos: Goya, Van Gogh,
Hals, Rimbaud, Julián Sorel, Baudelaire, Artaud, Kafka, Gauguin, Courbet, Delacroix,
Stendhal... Como fantasmas aparecidos, estos compañeros de noches solitarias vienen a su
vez rodeados de sus propios fantasmas, que a manera de sombras se pasean y gesticulan en
el fondo de los cuadros. De este mundo fantasmagórico, Luciano parece aprehender nuevos
destellos, como especie de chispas del conocimiento alentado su esperanza de comunicarse
con estos cercanos y queridos seres. Destellos. Esa es la imagen que quisiera
guardar su arte.
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