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INDICE
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Cuadro en proceso Cuando Juan Cárdenas comienza a trabajar una
obra, casi nunca sabe cuál será el resultado final, como bien lo
prueban estas secuencias fotográficas, que muestran cuadros en
diferentes estados. Si bien la idea que lo mueve es bastante clara
-y prueba de ello es que la superficie del lienzo queda pintada en
su totalidad- no es nada raro que de inmediato esta primera versión
comience a sufrir cambios notables. Luego de metamorfosearse varias
veces, el cuadro definitivo presenta una imagen que poco o nada
tiene que ver con la que originalmente dio por terminada. Seguir
paso a paso los cambios que sufre un cuadro, descubriendo lo que
aparece y desaparece con cada nueva versión, es una operación
fascinante que revela los maravillosos meandros de la imaginación
de Juan Cárdenas.
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Si nos concentramos en el pintor pintado, podremos saber algo
más del pintor que pinta. Al asegurarlo, pienso que
infortunadamente el público que enfrenta y goza sus cuadros no
tiene el privilegio de conversar con él y de inquirir con suerte
sobre sus certidumbres y preocupaciones. Es lo que yo hago, pero a
partir de lo que la obra comunica y no de lo que imagino.
Introduzco esta advertencia porque ante mí tengo ahora Triple
autoportrait et paysage (1995), organizado como si se tratara de un
découpage de imágenes heterogéneas que la suavidad del óleo apenas
disimula. En esta tela, excepcional por su tamaño, el pintor resume
buena parte si no todas sus ideas. Allí vemos, arriba y a la
derecha, la abstracción geométrica; abajo y a la izquierda la
factura inacabada y en esencia expresionista. En el centro, arriba,
la vista al aire libre; abajo, el rincón casero convertido en
estudio. En la mitad, un grupo de apariencia fotográfica; abajo y a
la izquierda, la dama de mirada vaga y atmósfera pictórica. Una
sombra sobre el cielo azul. en su límite derecho, nos recuerda que
toda esa ilusión de vastedad se halla a ras de lienzo y, por
último, a escala agigantada, tenemos un pintor de tres rostros que
mira a todos lados con una borrosa paleta en la mano. No hay
caballete, ni lienzo, ni bastidores, o sea que el artista enfrenta
desarmado sus obsesiones y fantasmas.
Hay pinturas que contienen reflexiones sobre la pintura, pero si
nos fijamos bien observaremos que Triple autoportrait et paysage es
una reflexión sobre qué pintar y cómo pintar. El título lo sugiere,
ya que señala la presencia del autorretratado por un lado y por el
otro de un paisaje conformado por imágenes salidas de su
imaginación, que ya hemos visto en otros cuadros. Nada en esta obra
se ofrece al ojo de modo natural, ni siquiera el desierto lleno de
promontorios que, con su cielo extraño, no es más que un telón. La
pintura en cuestión podría titularse "El artista y sus
fantasmas", esos fantasmas con los que nunca está en paz,
esos fantasmas que lo acosan y desvelan continuamente,
multiplicando las imágenes de la imagen buscada, vagamente intuida
y a menudo escurridiza.
Sucede que el pintor no conoce a veces el camino que ha de
seguir, y por lo tanto no sabe dónde ni cómo terminar un cuadro,
que es lo que en esencia plantea Triple portrait et paysage. Para
comprobarlo basta que el lector mire las secuencias de fotos de
este capítulo para que capte la magnitud del trabajo involucrado en
las obras terminadas, si es que en verdad son terminadas y no
abandonadas. Esas fotos son documentos de estado que revelan la
evolución de ciertas pinturas a través de sus distintas etapas,
evolución que tentado estoy de llamar metamorfosis por las
diferencias tan marcadas que hay entre una y otra. Las secuencias
revelan simplemente que la imaginación de Cárdenas es cinemática y
no estática o de imágenes fijas, aunque se exprese a través de un
medio y un lenguaje que dan por resultado imágenes fijas.
En el taller de Juan pude apreciar un cuadro aparentemente
terminado como tantos otros, consistente en una vista de la plaza
de Bolívar. La obra se titula Plaza de Bolívar costado occidental
(2000) y tiene un antecedente en la ya mencionada Plaza de Bolívar
costado sur según Torres Méndez. El único detalle común a los dos
lienzos es el conjunto de casas coloniales bogotanas que fueran
demolidas para dar inicio, en 1846, a la construcción del Capitolio
Nacional. Entre la multitud de personajes, se podía distinguir
fácilmente el más conocido retrato del fotógrafo peruano Martín
Chambi, Gigante de Parró (1929). Pintado con extraordinaria
soltura, el indígena de Chambi estaba allí pero condenado a
desaparecer. "Conocí la foto en Nueva York. Me impactó
tanto que tuve que retratar al personaje a sabiendas de que con el
tiempo iba a borrarlo", me explicó Juan cuando quise saber
el porqué de la presencia del fuerte y al mismo tiempo tierno
personaje, que del blanco y negro de la foto original había pasado
a los colores "amuseados" de que hablara Galaor
Carbonell. Traigo a cuento esta anécdota porque revela la
complejidad e intensidad de los impulsos o estados de ánimo que
acosan al pintor mientras trabaja.
Aunque la apariencia de la obra de Cárdenas es la de un pintor
figurativo ortodoxo, en verdad no hace bocetos previos de la
totalidad de un cuadro como acostumbran los figurativos ortodoxos.
Cuando mucho, se apoya en bocetos parciales y no raras veces asume
la pintura improvisando sobre la marcha, sin preconcepciones, con
un espíritu cercano al de Kandinsky y los expresionistas. Sólo que
no es lo mismo componer con manchas dispuestas libremente que con
decenas de elementos reconocibles por el ojo. Si los rayos X nos
han revelado cómo los grandes maestros desplazaban la posición de
una cabeza o de un brazo en el deseo de retinar la composición de
un cuadro, las secuencias que nos muestran los estados sucesivos de
una determinada obra de Cárdenas son la prueba de que el problema
suyo no es de composición sino de invención. ¿Qué personajes crear?
¿En qué decorado? ¿Haciendo qué? Podría multiplicar las preguntas,
pero no es necesario. El uso de la palabra decorado en la segunda
de ellas da el tono del aspecto que ahora entro a considerar.
Ya he mencionado el vínculo que ciertas pinturas de Cárdenas
tienen con el cine. Ese vínculo es evidente en La comedie (1988),
título que hace alusión al espacio teatral, representado en la
parte superior del cuadro con los tres personajes en escena. Abajo
tenemos, en contraste, una muchedumbre indiferente al espectáculo
que se desarrolla en esa especie de pasarela situada por encima de
sus cabezas. Esa muchedumbre posee la fluidez de un filme. Con esto
quiero decir que su raíz no es ni pictórica ni fotográfica, sino
cinematográfica. Hablo de imaginación fílmica y no de
desplazamiento sugerido, porque los abocetados personajes de La
comedie no parecen ir a ninguna parte ni venir de ninguna parte,
característica que, como ya he señalado, entra en contradicción con
lo esencialmente cinemático. Pero es que Juan Cárdenas es pintor y
nada más que pintor, no importa que en ocasiones piense y sienta en
términos de cine, discrepancia que nos sitúa en una de las
bifurcaciones de su laberinto.
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La comedie La comedia 1988 Óleo sobre lienzo 40 x 46 cm Galerie
Claude Bernard, París Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
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[Fuera de exposición] Triple portrair Retrato triple1983 Óleo
sobre lienzo 23.4 x 33.5 cm Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
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Porque piensa, siente y actúa en términos de cine, el acto de
pintar un cuadro se puede seguir paso a paso. Muchas cosas ocurren
durante el proceso. Los personajes aparecen y desaparecen, el
espacio puede llegar a cambiar radicalmente y el tema puede sufrir
modificaciones tan sustanciales que la sucesiva y sorprendente
creación de imágenes sugiere el desarrollo de una trama que a la
postre queda oculta. Desarrollo no lineal, negado a toda unidad
narrativa que por lo mismo resulta ser, como expresé en otro
capítulo, antianecdótico a pesar de la anécdota. Cárdenas es un
pintor en el que la acción de imaginar, insospechable al mirar el
resultado final, raya en el delirio. Raya en él porque la imagen
resultante esconde muchas otras imágenes. ¿Inseguridad o goce? Si
volvemos al destino que aguardaba al indio de Chambi, forzoso es
reconocer que se trata de un goce inmenso, profundo, sin el cual la
pintura de Juan Cárdenas no podría existir. Por eso me he atrevido
a plantear si sus obras, más que terminadas, no serían obras
abandonadas, particularidad que no es difícil presentir en las
pinturas en las que hay una mise en scéne, o más bien mise en
tableau, que difiere radicalmente del procedimiento empleado en los
retratos y autorretratos despojados de detalles escenográficos o
ambientales.
Para hacernos una idea de la magnitud del esfuerzo empleado en
cada cuadro y seguir de cerca las sorprendentes decisiones del
pintor, fijémonos en la niña que camina cabizbaja a la derecha de
Dos modelos en una tarima (1997) y comparémosla con un estado
previo, de 1992, cuando la pintura en cuestión se titulaba
Margarita reflejada. Originalmente metida en el espejo, la niña
sale de él en la versión definitiva y avanza resuelta por un
entorno completamente distinto. El cambio de título es elocuente.
Si el énfasis de Margarita reflejada ponía en el centro a la niña,
el de Dos modelos en una tarima la ignora para mostrar una
situación de desequilibrio e iniquidad. Llaman la atención los
cinco años transcurridos entre las dos versiones. Al respecto cabe
citar una modesta línea del catálogo que se publicó con motivo de
una de sus exposiciones en la Galerie Claude Bernard, que al final
de la lista de títulos advierte lo siguiente: "Las obras
marcadas con un asterisco son reproducidas en proceso de
ejecución"
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. Tomadas con antelación, las
fotos revelaban estados previos de algunos de los cuadros
exhibidos, cuadros que en algunos casos volvieron al taller del
pintor para sufrir nuevas modificaciones.
Es tal el nivel de calidad que el artista se exige a sí mismo
que un cuadro extraordinario como Femme avec acorches, de 1994,
número 13 en el catálogo de la exposición de 1996 en la Galerie
Claude Bernard, fue borrado posteriormente por el artista. La
dinámica de las decisiones e indecisiones que asaltan al pintor se
pueden medir y comprender con esta declaración, hecha a Michel
Soskine: "Ver nacer una idea me apasiona. . . A menudo es
una cosa vaga, desenfocada y nebulosa que nace del fondo del
espíritu, que en unos instantes se concreta y cristaliza luego
frente a los ojos en una hoja blanca. La mayoría de las veces, esta
cosa efímera que aparece, en su nacimiento desaparece antes que uno
tenga tiempo de echarle mano"
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. Y a veces, cosa
que el entrevistado no llega a mencionar, muere después de
concretada en la tela. Al exponerla al público, Juan Cárdenas cree
que le ha echado mano, pero con el tiempo descubre que no y el
proceso retorna al punto cero.
Establecer nosotros mismos qué aparece y qué desaparece al
recorrer los distintos estados de una misma tela es, sin duda, un
ejercicio estimulante y divertido. Si tomamos ST (2000), en primer
lugar hallamos un elemento fijo en el pintor situado de espaldas al
observador y de frente a un lienzo amarillo ocre. Ese lienzo, de
tope indefinido en su estado original, se achica en el estado
siguiente. En segundo lugar tenemos el paisaje enclaustrado, que en
el tercer estado se extiende a la derecha, terminando su paulatino
crecimiento en el quinto, que es cuando aparecen los tres esbeltos
arbustos. En tercer lugar toca mencionar el reflejo doble del
pintor en un espejo situado en el rincón derecho, que desaparece en
el tercer estado para que la modelo desnuda ocupe su puesto. En
cuarto lugar está el caballete ensombrecido que se halla al fondo,
a la derecha, que en el último estado es reemplazado por una
escultura de papel. En quinto lugar tenemos el lienzo colgado
arriba del caballete ensombrecido, lienzo que en el tercer estado
cambia de color y desaparece por completo en el último. Finalmente
veamos el plafón, que en el tercer estado cambia de color y
adquiere una tonalidad azul de cielo abierto. Hay más detalles
involucrados en las modificaciones o ensayos de m/5e en tableau que
se podrían mencionar y que dejo al lector la grata tarea de
encontrar.
Tan grata es la tarea que para no interferiría me limito a
señalar simplemente que los seis estados de Carrera séptima (1999)
nos muestran cómo de una manera general la mitad derecha y en
particular su ángulo superior sufren muy pocas variantes, mientras
la mitad de la izquierda presenta un cinemático desfile de
imágenes, algunas de ellas divertidas. Por ejemplo, el cambio de
vestimenta del pintor y violinista al pasar del segundo al tercer
estado. Señalemos también que la rápida definición de la mitad del
lienzo y la indefinición de la otra mitad se repite en Interior
nocturno, ya considerado en un capítulo anterior. Por cierto que el
estado previo revela que en el caballete de la derecha hay un
lienzo y no un espejo, lienzo que medido a la escala del recinto
sería de dimensiones como las que jamás ha utilizado el artista.
Pero esta consideración es secundaria si se piensa que lo
fundamental es que el pintor pintado se encuentra en posición de
ver, desde la pintura, a la modelo que se halla de pie, no a la que
yace tendida en el suelo. Pero es que la intensidad pictórica de la
zona derecha del cuadro es mucho mayor y revela, desde este primer
estado que ahora conocemos, una gran seguridad. También revela la
idea directriz, no otra que la de invertir la relación
pintor-modelo de manera que ésta última no aparezca en el cuadro
pintado y sí el pintor.
Cárdenas es un investigador puro, eternamente insatisfecho con
lo que poco a poco va encontrando en el camino porque gusta de
multiplicar infinitamente las posibilidades de una imagen.
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[Fuera de exposición] Trois personnages dnas´atlier Tres
personajes en el estudio 1988
Óleo sobre lienzo 54 x 73 cm Fotografía: Galerie Claude
Bernard, París
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Aquí, una vez más, es Whistier quien lo guía y orienta. Los
arreglos de Cárdenas no obedecen a principios literarios, lo que es
discernible en la indiferencia que manifiestan sus personajes hacia
lo que ocurre en el entorno inmediato. El tratamiento que tiene
cada uno al aparecer o desaparecer lo dicta el clima poético
intuido. No olvidemos que el pintor persigue, como Hopper, plasmar
un estado de ánimo. Ese estado de ánimo no lo pueden forjar sino
ciertas presencias dentro de un conjunto específico, conjunto que
debe crear y acoplar con cautela. Es en busca del detalle preciso
en el lugar preciso, pincel en mano, que Juan Cárdenas deambula por
el espacio pictórico buscando salidas sin darse un respiro. Al fin
y al cabo, su mundo es un laberinto. No en vano expresó en cierta
ocasión (y las palabras que copio a continuación concluyen con una
reflexión entre paréntesis que me parece oportuna): "mis
retratos (que en ocasiones no son verdaderamente retratos aunque lo
parezcan)"
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. Las doce palabras de la cita
anterior invitan a desconfiar de las apariencias porque esconden en
lugar de revelar lo esencial. Sin duda, es con humor y mucho
ingenio como el pintor ha convertido el dilema de Hamiet en el qué
ver y qué no ver en la pintura.
23. Juan Cárdenas,
peintures et dessins, op. dt.
24. Michel
Soskine, op. dt.
25. Eduardo
Serrano, op. dt.
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