|
INDICE
|
|
|
La dinámica movilidad del entorno inmóvil
|
|
|
43
Muro de mediodía 1975 Óleo sobre lino 54,2 x 81 cm Colección
del artista
|
A menudo, en los cuadros de Cárdenas, el taller del pintor se
confunde con la zona destinada a la vida doméstica de la casa o el
apartamento que habita. El artista ha trabajado casi siempre en su
residencia, convirtiendo en taller uno de sus aposentos. Su esposa,
Mónica Meira, que también es pintora, ha hecho otro tanto. Los dos
talleres invaden entonces la zona social familiar desconociendo
fronteras. Se trata de una experiencia que conocen muchísimos otros
artistas. En Intérieurau miroir, ya mencionado, es evidente que los
espacios de trabajo, situados en el centro del lienzo, han invadido
los espacios familiares, situados en los extremos. Si recorremos
esos espacios a través de las pinturas, la casa resulta ser un
auténtico laberinto. Por ella circulan Juan y Mónica, sus hijos,
algún visitante y unas cuantas modelos. No son muchas las modelos
con las que tendremos la delicia de poder tropezar, porque el
artista se pinta constantemente a sí mismo, pero bueno es aclarar
que ante todo pinta su entorno.
Es el entorno lo que en verdad le interesa, asunto que el
clavicembalista Rafael Puyana ha explicado así en un catálogo:
"Para J. Cárdenas, el universo se concentra en él mismo:
su presencia física, su taller y los seres más próximos a esta
intimidad"
|17
. Por lo pronto una constatación:
el entorno carece muchas veces de presencia humana, lo cual
facilita recorrerlo para conocer sus particularidades sin tener que
fijarnos, por ahora, en sus gentes. El ejercicio de ignorar los
"lugareños" nos va a permitir distinguir de
entrada que, si en los interiores predomina la línea recta, los
exteriores son el reino de los grandes planos, eco de ese plano
azul que se sugiere inmenso, por no decir infinito, al que ya me
referí en las líneas dedicadas a Puerta azul.
Además, si los espacios interiores de Juan Cárdenas remiten a
los grandes abstractos geométricos del siglo XX, los exteriores
evocan a los grandes paisajistas del siglo XIX, de donde se deduce
que el pintor colombiano puede transitar de lo racional y frío a lo
emocional y cálido en su aproximación a la historia del arte. Por
supuesto, calificar una expresión cultural de racional o de
emocional no es sino una convención más, que ante ciertas prácticas
carece de asidero. Es lo que ocurre cuando pinta en 1975 Muro de
mediodía y en 1985 Paysage impresioniste. En el primero
distinguimos de cuerpo entero, pequeñito, al propio Cárdenas, y en
el segundo identificamos a tres circunspectos paseantes, nada menos
que Monet, Cézanne y Degas, andando por un camino de la sabana de
Bogotá. Visualmente distintos por la importancia que en Muro de
mediodía tienen los planos geométricos con su apariencia de
mampostería, las dos obras tienen en común un sentimiento poético
que mejor se explica a través de Edward Hopper.
La incidencia de Hopper en la obra de Cárdenas es mucho más
clara en otro cuadro de 1975, titulado Casa en la quinta. Hablo de
incidencia y no de influencia porque no es un influjo el que la
obra registra. Juan Cárdenas cita a Edward Hopper tal y como antes
vimos que citaba a Albers, Mondrian, Malevitch, Courbet y
Velázquez. Si la atmósfera tan particular de Casa en la quinta nos
remite al pintor norteamericano es porque el colombiano admira en
él su capacidad de plasmar estados de ánimo y momentos vividos con
especial intensidad. Juan me ha dicho en su taller, hablando de
Hopper, que éste "pasaba por una calle, sentía algo, y era
capaz de pintarlo". Ese algo es inasible, pertenece al
reino de lo psicológico y está determinado por la vivencia. Es el
algo que Cárdenas trata de captar y expresar en el cuadro en
cuestión. Lo material, y por lo tanto visual, es lo de menos en
tales casos; lo espiritual, y por lo tanto sentido, es lo de más.
La atmósfera se vuelve entonces la verdadera protagonista del
cuadro, no en cuanto a clima (luz o sombra, humedad o sequedad,
transparencia u opacidad) sino a conciencia.
Hay cosas de la pintura que no se ven, pero que en ella existen.
En Hopper es el silencio y el espacio despoblado, incluso si aquí o
allá aparece algún personaje. Esos personajes son solitarios,
circunspectos, y en lugar de actuar cavilan, como ocurre con la
dama alada de Melancolía I de Durero (1514). En Cárdenas, los
personajes carecen de antes y después. Si en el primer capítulo los
consideré estáticos y hablé de un desenfado acartonado por la
relación que guardan con la fotografía, es porque quería hacer
notar que estas imágenes no derivan de la instantánea. ¿Posan
entonces? Tampoco, lo que nos sitúa nuevamente en una bifurcación
del asombroso e inagotable laberinto que hemos estado
recorriendo.
Si en Hopper hay una intensidad psicológica traducida en
atmósferas, en Cárdenas no es determinante el sesgo psicológico,
aunque no es tampoco un rasgo ausente. Sus figuras están. Ni vienen
ni van. Su razón de ser y estar allí no deriva de la realidad sino
de la pintura misma. En buena parte de los casos, la figura es
tratada y dispuesta en el espacio como si fuera una ventana, un
caballete o una mesa, particularidad que Galaor Carbonell ha
definido con estas palabras: "Personajes solos, aislados,
enajenados, olvidados, arrinconados; personajes refugiados en la
luz de una inenarrable soledad"
|18
. En esa soledad, la figura humana
es un elemento de la composición que define connotaciones y
particulariza significaciones. Aunque determinante, no es
protagónica sino raras veces. Esta falta de protagonismo constituye
un vínculo con Hopper y da lugar a un diálogo cruzado de
silencios.
Cárdenas juega a ser otros pintores, a meterse en sus almas para
imaginar qué hubieran hecho ellos de estar en su lugar, viviendo lo
que vive él. El intento tiene un sesgo irónico en el contexto de un
país sin gran tradición pictórica, situado en un trópico que
ninguno de ellos conoció. Yo diría que Cárdenas se atreve a
enfrentar la contemporaneidad de acuerdo con una visión de otros
tiempos y viceversa. De ahí su movilidad sin reposo. Como es apenas
lógico, su ininterrumpido bullir es el producto de un temperamento
y una sensibilidad que mejor expresan algunas de las palabras que
le he escuchado:
|
|
36
La Reunión La reunión 1984 Óleo sobre lino 45 x 53,5 cm
Colección particular Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
|
|
|
[Fuera de exposición] Amanecer en un jardín 1988
Óleo sobre lienzo 35 x 58cm Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
|
- Pinto por estados de ánimo. Yo no puedo trabajar a partir de
una sola idea y continuar en ella hasta agotarla. Mi mente está
sujeta a cambios de ánimo. Pinto mucho con las tripas, pero al
mismo tiempo tengo un lado racional que a veces resulta excesivo.
Trato entonces de establecer el balance y por eso mi obra es
variada.
A la explicación anterior hay que agregar sus conceptos y
juicios sobre los hitos de la historia del arte, que él asume con
sentido crítico. Aquí debo recurrir a una nueva cita de nuestras
conversaciones del año 2000:
- Los cubistas olvidaron que el mundo no es abstracto. Yo trato
de plasmar el mundo a nivel cubista y abstracto, pero también a
nivel de lo que nos es familiar, porque la vida está llena de
imágenes emocionantes, reconocibles y poéticas.
Entregado con entusiasmo a la tarea de explotar las
bipolaridades que gravitan en torno a su pintura, entre las que
cabe mencionar racional-emocional, figurativo-abstracto,
ideal-concreto, perceptual-conceptual, etc.. Cárdenas transita su
propio ecuador artístico aprovechando un bagaje intelectual que se
nutre del arte de ayer y el arte de hoy. De este modo ha podido
llegar a sus propias conclusiones, tanto en el plano teórico como
en el práctico.
En el indetenible oscilar, la movilidad resulta ser
consubstancial a la pintura de Cárdenas. Hablo del ágil
desplazamiento que cumple cuando en 1985 pinta una obra
decididamente figurativa como Mar/age avec la mort y la
disimuladamente abstracta que es A/ature morte au crayon. Si la
primera involucra una profunda reflexión sobre la vanidad del ser
humano, la segunda es un simple juego de formas aerodinámicas. Otro
tanto puede decirse de dos pinturas de 1991, Árbol amurallado y
Atardecer sabanero, ya que la primera procura contrastar lo natural
y lo artificial mientras que la segunda es un amargo comentario
sobre la violencia cotidiana que estremece a Colombia, con esos
cadáveres desnudos que un perro guarda en medio de la sabana de
Bogotá.
Es la movilidad la que permite que el artista coloque en pie de
igualdad a un gran maestro europeo y a un modesto pero vibrante
paisajista colombiano como es Roberto Páramo. Hay manes de Páramo
en Cinco y media (1989). En el cuadro de Cárdenas reconocemos la
paleta grisácea del pintor de los alrededores de Bogotá, sus formas
sintéticas características y su composición simplificada. En Tarc/e
de octubre (1978), Juan Cárdenas parece querer llevar a sus últimas
consecuencias la muy plástica manera de pintar de su colega
colombiano, activo entre 1886 y el año de su muerte, acaecida en
1939. Para conseguirlo, nuestro contemporáneo hace que sus formas
se esfumen en la atmósfera opaca y fría del altiplano andino.
|
|
|
60
Cinco y media 1989 Óleo sobre lino y madera 16.7x24.3cm
Colección particular Fotografía: Galerie Claude Bernard, París
|
|
| |
|
| |
29
Tarde de octubre 1978 Óleo sobre lino 43,3 x 61 cm Colección
del artista
|
|
|
|
92
La carrera séptima según Rodríguez 1976 Óleo sobre madera 39,5
x 39,5 cm Banco de la República
|
Además, Cárdenas se atreve a pintar cuadros de historia, tan
execrados desde la polémica que en la segunda mitad del siglo XIX
enfrentó a impresionistas y academicistas. Lo interesante es que ha
incursionado en el género a partir del legado visual de artistas
activos en Colombia entre 1860 y 1900, a los que rinde homenaje en
los títulos de algunas de las pinturas que ha elaborado a partir de
ellos. Menciono dos solamente: Plaza de Bolívar costado sur según
Torres Méndez (1985) y Carrera séptima según grabado de Rodríguez
(1976). En los dos casos tenemos como punto de partida al Ramón
Torres Méndez y al Antonio Rodríguez que se fijaron en ciertos
rincones de Bogotá con precisión documental, precisión que Cárdenas
respeta y al mismo tiempo altera desde el momento en que agrega
personajes decimonónicos entreverados con personajes que, como el
propio Juan, son de un siglo después.
|
|
|
95
Plaza de Bolívar, costado sur 1985 Óleo sobre lienzo 57 x 38 cm
Colección particular
|
|
| |
|
| |
51
Jardín de octubre 1989 Óleo sobre papel y madeflex 41 x 61 cm
Colección del artista
|
En la manera de trabajar reconocemos una vez más al Courbet de
L'Atelier, sólo que en el colombiano se detecta además la
influencia del cine de época con sus minuciosas reconstrucciones
ambientales de un momento determinado de la historia.
La movilidad de temas, estilos, conceptos y tiempos históricos
resulta ser obvia y fácil de abordar cuando se considera la
movilidad en su dimensión espacial. Entre 1988 y 1989, Juan
Cárdenas pintó los amplios jardines de su casa en las afueras de
Bogotá, siempre desde el mismo punto, repitiendo a grandes rasgos
la composición. Produjo así la serie que conforman Matin dans un
jardín (1988), Jardín de octubre (1989), Jardín 3:30 p.m. (1989) y
Jardín 5 p.m. (1989). En el primero y en el tercero distinguimos
unas casas de techos a dos aguas sumamente inclinados que asoman a
la derecha y por detrás de la tapia del fondo. En el segundo, esos
techos aparecen reemplazados por árboles de ahusadas copas que
repiten las siluetas de las casas, de modo que la composición se
conserva aunque cambie la apariencia de lo representado. La
secuencia nos remite a Monet, pero las modificaciones que
descubrimos al pasar de un cuadro a otro no tienen nada que ver con
cambios de luz atmosférica, ligadas como están al fecundo capricho
del pintor, a su diario soñar o más exactamente a sus estados de
ánimo.
|
|
52
Jardín a las 3:00 p.m. 1989 Óleo sobre lino 34,6 x 65,2 cm
Colección del artista Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
|
|
|
53
Jardín a las 5:00 p.m. 1989 Óleo sobre papel 45,6x61,2cm
Colección del artista
|
17. "Rafael
Puyana (Paris, avril 1980)", en Juan Cárdenas, peintures
et dessins, op. dt.
18. Galaor Carbonell,
op. dt., pág. 28.
|