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El lienzo dice jaque al ojo
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[Fuera de exposición] L´artiste entre les miroirs El artista
entre los espejos 1988
Óleo sobre lienzo 54 x 72.8 cm Fotografía: Galerie Claude
Bernard, París
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Un lienzo es una superficie bidimensional y neutra que admite
cualquier tipo de intervención o forma pictórica. La admite hasta
tal punto que puede impresionar nuestras retinas con la ilusión de
un cuerpo de tres dimensiones en un espacio tan fuera de lo
ordinario que se asemeja asombrosamente al que solemos transitar
día a día. Nosotros nos movemos en un mundo tridimensional,
representable en un lienzo de dos dimensiones, algo que en el siglo
XIX fue cuestionado y trajo consigo la pintura a ras de tela,
bidimensional y antinaturalista. Juan Cárdenas cuestiona a su turno
ese cuestionamiento cuando declara que por ser él "un
pintor realista" puede "integrar muchos conceptos
abstractos" a la idea que tiene "de los fenómenos
objetivos y subjetivos"
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. Al cuestionar la bidimensionalidad
que Monet reinstauró en la pintura europea a partir de las estampas
japonesas que estudió y coleccionó con avidez, el colombiano no se
propuso pasar por alto cuan valioso fue su aporte. De ahí que en su
obra haya una tensión permanente entre lo plano y lo profundo. Me
refiero en primer lugar a lo plano del soporte en que trabaja pero
también a lo plano de los elementos que suele representar, entre
los que cabe mencionar el muro que cierra un aposento, la puerta o
la ventana que lo abre y el espejo que corta y duplica o revela
(incluso deforma) los objetos.
El espacio que delimita el muro es dinamizado por la puerta, la
ventana o el espejo. Esa dinámica se vuelve compleja con el papel
que a su turno desempeñan caballetes, mesas, mesones, gaveteros,
cajas, bastidores, lienzos, marcos, etc. Cuando hablo del pape/que
cumplen tales objetos pienso en las dos acepciones del vocablo: la
de su función en un entorno dado y la asimilable a la que desempeña
el actor en el espacio teatral. Establecido esto tenemos que,
investidos de un papel, su papel, los elementos dialogan. A veces
dialogan calladamente y en voz baja, entre largos silencios, pero
otras veces el diálogo se torna algarabía.
En todo diálogo, las ¡deas expresadas chocan o coinciden,
pudiendo escindirse, fundirse o confundirse, según los casos, tal y
como ocurre en la pintura de Juan Cárdenas. Para emprender el
análisis de esta interesante característica de su obra, basta mirar
cuadros de diversas épocas para probar que se trata de una
constante y de una poética, cuyas particularidades podemos empezar
a descubrir si antes observamos qué contienen los espejos. En
L'Artiste entre les miroirs (1988), cuyo título advierte de entrada
la presencia de varios espejos, el pintor está sentado frente al
caballete pero dentro de la luna del espejo ubicado en el centro. A
un lado, en la luna del escaparate que se halla a la izquierda,
aparece el reflejo de unos muebles algo amontonados, uno de los
cuales es un escritorio con una luna de tocador vista por detrás.
El espejo del tocador está allí pero no revela nada, mientras que
dentro de la estilizada luna del centro apenas se alcanza a
distinguir, a la izquierda del artista, un espejo apoyado
directamente en el piso, visualmente fronterizo con una puerta
situada al fondo. Ese espejo sólo refleja las franjas horizontales
que particularizan los detalles de un fragmento de muro. ¿Cuál
muro? Imposible saberlo con certeza, ya que el borde superior del
espejo no fue pintado y el juego de luces y sombras, si se compara
con el que deja entrever el vano de la puerta, es ambiguo, aviso
que se trata de una bien elaborada bifurcación de laberinto.
Semejante ambigüedad desconcierta porque sugiere recorridos
dentro de una lógica espacial que en última instancia no existe. La
deliberada falta de lógica es más evidente en Autorretrato de
espaldas (1985), en el que el artista aparece perfectamente
inscrito en un enorme espejo si escogemos recorrer sus bordes desde
abajo. A la altura de los hombros, el tratamiento varía a izquierda
y a derecha.
A la izquierda, el espejo queda cortado por un mueble de factura
abocetada, frontera que hace que el formato del espejo sea
cuadrado. A la derecha, en cambio, el espejo continúa como si fuera
rectangular y más alto. El desconcierto lo introduce el hecho de
que el madero horizontal que sale del hombro -situado, por lo
mismo, en el espacio virtual-, se prolonga sin interrupción en el
espacio que nuestro entendimiento asume como real y suponemos, por
lo tanto, situado por fuera del área del espejo. La complejidad del
tratamiento la refuerza ese ambiguo plano del lienzo en que el
artista reflejado está pintando un juego de verticales y
horizontales que por su color y textura remiten a los maderos de
los muebles, caballetes y lienzos de su estudio, algunos de los
cuales están doblemente reflejados en un espejo ovalado. Si los
cubistas explotaron a través del collage las nociones de
presentación (el papel encolado) y representación (el lienzo
pintado), Juan Cárdenas logra una intensidad conceptual de gran
altura a partir de lo planteado previamente por Velázquez,
centrando el problema en los cases y descases que puede haber entre
lo real y lo virtual de una obra pictórica. Sólo que Cárdenas ha
descubierto soluciones que rompen con el naturalismo que los
principios mismos de su obra parecerían proponer.
En Variaciones sobre Felipe Próspero (1991), el rectángulo en
que se inscriben las figuras de la derecha presenta el borde
iluminado y verdoso de una gruesa luna de espejo, contra la cual se
recuesta un niño. El reflejo de esa luna deja ver un escueto
paisaje, una verja blanca y la escalera por la que transita una
dama. A un lado, limitado por dicha verja blanca, reconocemos un
rincón del estudio del pintor pero extrañamente situado al aire
libre. Por delante, más abajo, distinguimos el dibujo abocetado de
una mesa. La pregunta que surge es inquietante: ¿Se trata de un
espejo imposible, ya que refleja un boceto lineal trazado en el
espacio, o más bien se trata de una pintura pintada en un cristal?
En la pregunta anterior, el segundo cuestionamiento linda con la
lógica racional más delirante. Por lo mismo, identifica una nueva
bifurcación del laberinto que el ojo y la mente deben reconocer y
resolver al contemplar la obra.
Pero la de Cárdenas no es pintura que se agote en lo visual, ya
que lo mental es igualmente importante y constituye la médula de
los acontecimientos que se producen en un campo que en principio es
pictórico. Si la última pregunta del párrafo anterior es de una
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Interior nocturno 1988 Óleo sobre lino 46 x61,5 cm Colección
particular
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racionalidad que raya en lo perverso, ello se debe a que está
inspirada en una imagen visual rica en alteraciones, sugerencias y
juegos. En Variaciones sobre Felipe Próspero, al lado del espejo
pintado a la derecha, ya descrito, podemos observar un mueble cuya
luna refleja el estudio del pintor, pero un estudio organizado
dentro de un recinto cerrado carente de montañas, verja y
escalinata. ¿Qué es lo cierto entonces? ¿Qué es lo ficticio? Dos
preguntas y una sola respuesta: la pintura y nada más que la
pintura, que participa de lo real como objeto visible del entorno
físico en que nos movemos y de lo ficticio como eficaz contenedora
de mundos ilusorios. Citar de nuevo al pintor se vuelve imperativo:
"La ilusión es nuestro único vínculo con la realidad. Es
una pura locura pretender que la ilusión no es inherente a la
pintura. Toda pintura es ilusión, incluyendo la superficie de dos
dimensiones tan exaltada por los vanguardistas"
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. Sobre este
asunto me ha comentado el pintor que la capa de pintura que el ojo
ve plana es tridimensional a través del microscopio, de donde se
deduce que la bidimensionalidad es otra forma de tromp-l'oeil.
Es desde lo ilusorio como podemos explicar los spots o intensos
planos de luz que puntean aquí y allá la superficie de Interior
nocturno (1988). Ya se trate de óvalos que sugieren la presencia de
lámparas circulares o del diamante que sugiere una lámpara
cuadrada, los blancos planos flotan sin que dejen ver soporte
alguno. Dos desnudos femeninos dominan la escena y presentan, por
sus muy diferentes y contrastadas facturas, un contrapunto visual
que es paralelo al de los dos autorretratos del pintor, uno de los
cuales apenas se distingue. El autorretrato de la izquierda,
parcialmente oculto por el brazo de la modelo, es casi traslúcido y
se antoja fantasmal. El de la derecha está mejor definido y se
halla en un rectángulo que puede ser el de un lienzo ya concluido,
como bien puede ser el de un espejo colocado en un caballete.
¿Y qué podemos decir de los misteriosos spots7 ¿Por qué se
presentan con igual intensidad en el espacio real del recinto y en
el virtual del plano rectangular que exhibe el caballete? La lógica
más absoluta, determinante en todo aquel que transita un laberinto
y sabe que su recorrido está lleno de engaños que sólo la
inteligencia puede resolver, me lleva a pensar que de por medio en
este asunto, entre la imagen que sirvió de modelo y el
pintor-originalmente situado en el espacio que el espectador está
ocupando-, hay un cristal que puede reflejar la intensa luz de las
lámparas pero no sus soportes, solución al dilema que resulta ser
de tal simplicidad que puede conducir a una falsa salida, propósito
y virtud de todo buen laberinto. No exagero si afirmo entonces que
pocas obras pictóricas exigen una mirada tan atenta como ésta de
Cárdenas. De ahí que la descripción de los cuadros tenga que ser
minuciosa, volviendo ardua la lectura. Y eso que el texto que
pretende descubrirlo todo, este texto, evita el detalle y procura
la síntesis. Por eso recurre constantemente a las preguntas,
algunas de las cuales tienen respuestas y otras no. Por ejemplo, he
aquí una pregunta sin respuesta. En Interior nocturno, mencionado
en el párrafo anterior, ¿qué papel cumplen los enorme libros de
tapas negras que vemos casi de canto y que parecen estar recostados
contra la zona inacabada del cuadro? Detalle de humor risueño y de
auténtico misterio, los gruesos tomos tienen la definición y la
presencia de los desnudos y del autorretrato situado a la derecha.
En lo esencial, el conjunto remite al tema del pintor y la modelo,
que tanto trabajó Picasso en óleos y dibujos. En su solución
ortodoxa, que el mismo Picasso explotó muchas veces, el pintor y la
modelo están en el espacio que consideramos real y sitúa la
representación de esa modelo en el cuadro que se supone trabaja el
pintor. En la solución de Cárdenas, el pintor se halla dentro del
cuadro, y la modelo representada, aún por terminar, ocupa el
espacio que el ojo registra como real. El trueque de los personajes
en el espacio ahonda el misterio de los libros, sobre todo si
observamos que el autorretrato traslúcido y fantasmal se halla
parcialmente tapado por el desnudo que se supone debe de estar
pintando, arriba de los negros e intrigantes tomos.
De esta última conclusión se desprende que hay un planteamiento
espaciotemporal interesante y al mismo tiempo sencillo, nada raro
en un pintor que se apasiona por las matemáticas, la física y en
general las ciencias exactas, disciplinas cuyos aportes más
recientes sigue de cerca a través de libros y revistas. El
planteamiento de Cárdenas no desemboca en lo complejo porque no es
teórico sino poético. Se basa en una forma de representación del
espacio y el tiempo que los dibujantes de historietas han
practicado con admirable eficacia desde finales del siglo XIX. Como
Cárdenas ha sido siempre un caricaturista de la vida cotidiana que
guarda las imágenes en su archivo en lugar de publicarlas, se
comprende que se apoye en recursos que no son corrientes en la
pintura, que él enmascara con el fino acabado de sus cuadros. De
ahí que el pintor de Interior nocturno sea un ser casi incorpóreo y
que lo que se supone está pintando ocupe el espacio real. En la
secuencia de Interior nocturno tenemos entonces, a la derecha, que
el pintor escruta a la modelo en función del cuadro que se propone
pintar, el cuadro en el que intelectual y emocionalmente vuelca su
atención.
El resultado final es producto de la mecánica que pone en juego
al pintar. Consiste en la utilización de varios espejos, que el
artista desplaza a su alrededor en la medida en que avanza en su
cuadro con el propósito de volver a pintar (desde otro ángulo) un
rincón o detalle ya pintado. En ocasiones, es él, Juan Cárdenas,
quien se mueve alrededor del espejo que permanece fijo. Cualquiera
que sea el procedimiento adoptado, hay un cambio de ángulo, un
constante girar en torno a los motivos que le ofrece el taller,
experiencia que lo acerca a la teoría de los cubistas sin tener que
hacer cubismo. En consecuencias, a la obra de Juan se le puede
aplicar perfectamente la temprana definición que Jean Metzinger
hizo de la pintura cubista al hablar de "perspectiva
libre, móvil" en la que opera lo
"sucesivo" y lo "simultáneo"
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. Por supuesto,
los cubistas eliminaron el punto de fuga, que para Cárdenas es
fundamental, ya que > sin la fuga no serían veraces sus
irrealidades.
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Autorretratos 2000 carboncillo sobre papel 29,7 x 42 cm
Colección del artista
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11. Juan Cárdenas,
peintures et dessins, París, Galerie Claude Bernard, 1980.
12. Ibid.
13. Jean Metzinger,
"Note sur la peinture", en Charles Harrison y
Paúl Wood, Art en théorie, París, Hazan, 1997.pag.213.
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