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INDICE
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Cárdenas y la historia del arte
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Conocimiento y causa 1972 Óleo sobre lona 50,3 x 45,5 cm
Colección del artista
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Josette Meleze ha señalado que en la pintura del colombiano se
pueden encontrar "la precisión gráfica de Ingres, la
sensibilidad de Degas, la honestidad de Manet y sin duda otros
parentescos intelectuales", indicando luego que hay
"alusiones a Holbein, Chardin, Pisanello. . ."
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. Si Galaor
Carbonell mencionó a Velázquez, Rembrandt y Miguel Ángel, por otra
parte aseguró que "la figura esencial en sus referencias y
modelos es Eugenio Delacroix", maestro del que
"toma la manera de posar de los personajes" y
"el tipo de vestimentas con que se presentan ante nosotros
(aunque esto último está más sugerido que pintado en la obra de
Juan Cárdenas)"
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Al comparar las dos opiniones descubrimos que los puntos
suspensivos del final de la primera cita de Meleze nos remiten a
los "otros parentescos intelectuales" de la
segunda cita, parentescos que bien vale la pena identificar y
estudiar, ya que la intensa relación del pintor con la historia
contiene la clave principal de su pintura.
Cronológicamente hablando, el primer personaje que Juan Cárdenas
se apropió en su pasión por la historia del arte es ese rectángulo
de lados ¡guales que se llama cuadrado. Corría la segunda mitad de
los años sesenta, el minimalismo ya había florecido y tenemos a un
colombiano nacido en 1939 en Popayán, que desde la edad de ocho
años se había radicado en los Estados Unidos. En 1962, en la Rhode
Island School of Design, en Providence, Cárdenas concluyó los
estudios universitarios, y de 1963 a 1965 prestó el servicio
militar en el ejército de los Estados Unidos. Solamente al volver a
la vida civil, de regreso a Colombia, se entregó de lleno a
practicar lo aprendido en la universidad. Por cierto que el artista
en ciernes no retornó a Colombia con la intención de quedarse a
vivir, pero terminó quedándose. Su generación, a la que pertenecen
Pedro Alcántara, Norman Mejía, Luis Caballero, Beatriz González y
su hermano Santiago Cárdenas, irrumpía con ímpetu, no obstante lo
cual ocurrió que al principio, para derivar el sustento, Juan tuvo
que combinar la pintura con la publicidad y la caricatura
política.
En la etapa inicial, las experiencias del pintor fueron variadas
pero no llegaron nunca al eclecticismo de ensayar cualquier cosa.
Dentro de esa variedad, un rasgo determinante salió a relucir desde
el principio, y fue la contención. Dentro de esa contención, el
cuadrado resultó ser la estructura geométrica que más le convenía a
la hora de empezar el juego de evocaciones historicistas que ha
continuado con suerte hasta hoy. Como se hallaba apenas en la etapa
de búsqueda, en las obras primerizas se palpa un vaivén de tipo
visual que a la postre resulta ser el de un artista conceptualmente
mesurado y seguro, tan seguro que incluso tuvo la osadía de poner
en tela de juicio alguna idea en boga. Así tenemos que, si bien era
figurativo desde 1967, sin el menor empacho ensayó la abstracción
en Conocimiento y causa, de 1972, lienzo en el que escogió trabajar
con cuasicuadrados para estructurar una composición que
deliberadamente se apoya en Joseph Albers, yo diría que convencido
de que en el arriesgado intento los cuasicuadrados pasaban a ser
figurativos.
El interesante y enigmático título, Conocimiento y causa, nos
remite al acto de saber algo de una cosa porque se está al tanto de
su origen. La "cosa" en este caso es Albers
mismo, que pintaba cuadrados a ras de lienzo de modo abstracto,
cuadrados que en Cárdenas no lo son exactamente, ya que arrojan
sombras sugiriendo la tercera dimensión espacial, tercera dimensión
introducida en la obra como producto de una sensibilidad y una
vocación esencialmente figurativas. La lectura cambia entonces.
Como estoy hablando de pintura, frente a Conocimiento y causa es
inevitable pensar en un marco que arroja la sombra de sus bordes
salientes sobre un passe-partout que a su vez arroja la suya sobre
el soporte al que está adherida una pintura. Esa pintura podría ser
de Malevitch por la composición y de Albers por el color. El
sorprendente efecto se debe a que las sombras obedecen al absurdo
de ser parejas por los cuatro lados, o sea que Cárdenas ironiza,
constante principalísima de su obra que si no siempre se manifiesta
con fuerza es porque el pintor no lo busca ni desea.
Es el tipo de ironía que ya estaba presente en Puerta (1967),
relieve situado entre la figuración y la abstracción. Se debe esto
a que, si bien la contrastada valoración de luces y sombras
predispone a distinguir un interior arquitectónico que al fondo
tendría lo que parece ser la puerta que menciona el título, al
mismo tiempo tenemos que el relieve tallado en la tabla proyecta
hacia el espectador lo que el ojo registra como fugado en
perspectiva. La bien lograda polarización de los valores visuales
(pintadas) y lo tridimensional (tallado) resulta ser prueba de que
la convención que discrimina lo abstracto de lo figurativo es
exactamente eso, una convención, que el buen artista puede
subvertir a su antojo. En Puerta, Cárdenas recorría el filo de la
navaja que separa las dos concepciones, practicándolas ambas pero
de una nueva manera. La experiencia continuó en Estudio de cubos
(1970), composición tridimensional abstracta que el variado
contraste de luces y sombras sitúa en el campo de la figuración,
burlando lo que el relieve propone. Por otra parte tenemos que en
Puerta azu/(1971) pintó un espacio arquitectónico escueto y bien
definido, con un personaje parado en el vano de una puerta que
conduce a un espacio negado a las tres dimensiones, especie de nada
definida por un azul infinito como el del cielo, pero que de
ninguna manera es el cielo, ya que comienza donde el piso del
aposento termina. Desde un mundo esencialmente figurativo, el
personaje del cuadro encararía la abstracción, de modo que Puerta
azul es la obra que resume las preocupaciones de Juan Cárdenas por
aquellos años. ¿Qué lo animaba y qué lo frenaba? ¿Era acaso un
pintor indeciso que no sabía qué camino tomar?
La respuesta la hallamos en Autorretrato entre cuadrados (1966),
en el que nuevamente evoca a Albers, esta vez con cuadrados
perfectos dentro de los que zampa (no es otra la palabra que ha de
emplearse) su autorretrato. Desde el fondo de un Albers -más exacto
sería decir que se trata de la parodia de un Albers-, el pintor
Juan Cárdenas mira a quien mira su cuadro. ¿Pero en verdad es un
Albers? Si observamos bien la obra, descubriremos que los cuadrados
están desplazados a la derecha con relación al centro y que en
realidad el retrato del pintor estaría situado en el fondo de una
caja pintada de amarillo, tridimensionalidad que niega hábil y
sutilmente la estrecha franja horizontal, también amarilla, que
atraviesa la composición de lado a lado. Como para que sonriamos un
poco, el plano blanco que casi rodea la figura del pintor se sale
torpemente del formato cuadrangular que pauta la composición,
confirmando así que estamos ante una parodia del gran Joseph
Albers.
Juan Gustavo Cobo Borda, autor del único libro que hasta la
fecha se ha publicado sobre la pintura de Juan Cárdenas, se refiere
a este aspecto de la obra juvenil del pintor y dice que éste busca
"utilizar ideas abstractas como esqueleto básico de su
indagación y sobre ellas procede a desplegar la anécdota
realista"
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. Anécdota fría, sin gesticulaciones,
sin acción siquiera, o sea antianecdótica, como sucede en textos
narrativos como los de Alain Robbe-Grillet, Michel Butory Claude
Simón. Estamos entonces ante una práctica artística y una actitud
estética que carece de titubeos, lo cual es evidente en el Estudio
sobre Albers (1970) de Cárdenas, cuyo tema es el mismo de Las
meninas de Velázquez y LAtelier de Courbet.
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Puerta azul 1972 Óleo sobre lona 127 x 183 cm
Colección Banco de la República Reg.0469
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En Estudio sobre Albers vemos a una niña con un gran cuadro de
Joseph Albers colgado en la pared del fondo, cuadro que la niña y
un caballete ocultan parcialmente. El predominio de las verticales
le da su ritmo interno al lienzo de Cárdenas, ritmo de líneas
rectas paralelas que corresponden a los contornos de formas que
representan un tabique, un caballete o un cuadro (dentro del
cuadro).
Los dos lenguajes, el figurativo y el abstracto, coexisten en
Muro amarillo (1968) y Premonición en gris (1971). Subsisten, es
decir, establecen entre ellos una relación precaria, ambigua, lo
que sin duda hace que la tentativa sea interesante. No olvidemos
que Juan Cárdenas había practicado la caricatura previamente. Su
concepción del arte se hallaba marcada por la figuración,
comprometido como estaba en un quehacer cuya materia prima la
brindaban los protagonistas de la realidad política y social. Al
mismo tiempo, Cárdenas era un devoto admirador de la abstracción, a
la que no podía ni quería acceder plenamente porque la figura
humana era y es, para él, fundamental. De allí que la abstracción
fuera el contexto de su autorretrato y que incluso traspasara sus
límites en busca de la otra realidad de la pintura, ésa que está
hecha de medidas y relaciones geométricas ocultas pero no secretas,
que se contraponen a la improvisación y al azar. Su actitud la
resume con absoluta claridad esta declaración suya de 1977 en
Caracas: "Lo que he hecho es sintetizar todas las ideas
que han surgido a través de la historia del arte antiguo y
contemporáneo"
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.
Con este propósito en mente, hambreado de abstracción. Cárdenas
se zampa la abstracción hasta el hartazgo. Satisfecho, logra a
continuación que figuración y abstracción coexistan, como ocurría
en los grandes maestros del pasado, pero dentro de planteamientos
propios del presente, su presente. "Poco importa si un
artista es abstracto, figurativo, conceptual, expresionista u otra
cosa -ha declarado-; es su personalidad la que me
interesa"
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. Es lo que ensayó y logró en
Autorretrato en sombra (1972), en el que dominan unas sombras
antinaturales, arquitectónicas, ligadas a la abstracción geométrica
y, por lo tanto, negadas a los contornos orgánicos del
autorretratado. La arquitectura sería en adelante el mejor aliado
del pintor, facilitando la tarea de multiplicar rectángulos y
triángulos como manifestaciones propias de la apariencia retinal.
De ahí la amplia serie de tapias en medio de paisajes desolados,
poco o nada atractivos, que pintara a principios de la década de
los setenta. En esos cuadros, las composiciones resultan ser
despejadas y la expresión serena, profundamente meditada. La
relación que Cárdenas estableció desde entonces con la arquitectura
es la misma que ha tenido con el mobiliario, que al acumularse se
vuelve el comodín que ayuda a plasmar imágenes complejas, incluso
abstrusas y por lo mismo irónicas.
En cuanto que personaje, el cuadrado (y por extensión el
rectángulo) pasó de su abstracción primordial a su concreción
natural dentro de una evolución llena de referencia a la historia
del arte, historia que por lo pronto pasaba por Albers,
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Estudio sobre Albers 1970 Óleo sobre lona con madera 68,5 x 76
cm Colección del artista
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Muro amarillo 1970 Óleo sobre lona 110,4x 100.5cm Colección del
artista
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Malevitch, Mondrian y los cubistas. No sobra recalcar aquí que
Juan Cárdenas asumió el historicismo sistemáticamente y con
criterios propios mucho antes de la aparición de los
transvanguardistas italianos. Sólo que el colombiano utilizaba sus
apropiaciones para multiplicar las bifurcaciones y extender su
laberinto, mientras que en los italianos todo es claro y no hay la
menor posibilidad de que el observador quede atrapado en espacios
abstrusos. Pero, ¿es abstrusa la obra de Juan Cárdenas? Sí, aunque
no lo parezca, y aquí tropezamos con una de sus tantas dicotomías o
bifurcaciones. Porque, al primer vistazo, su obra resulta amable y
fácil de entender. Del segundo vistazo en adelante, ya no lo es.
Sobre todo si pasamos del simple vistazo a la mirada atenta y
analítica que el pintor exige de nosotros. Como estamos ante un
teórico bastante riguroso que concibe ideas y las lleva a la
práctica, consideremos unas líneas de su entrevista con Eduardo
Serrano en 1973:
- Yo arreglo los elementos de mi trabajo de manera que [...] le
permitan al espectador reconocer una imagen cualquiera, un retrato,
por ejemplo. A veces el observador no trasciende esa primera
imagen, y puede, en ese caso, pensar que mi obra es un simple
ejercicio de representaciones. Otras veces el observador logra
trascender esa primera imagen para mirar cómo está elaborada, y
entonces el observador estará más cerca del verdadero sentido de
mis trabajos. Ésos son como testimonios de la relatividad de eso
que todos coincidimos en llamar la realidad; y que no es tan real
como la mayoría de las personas piensa
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Trascender o no trascender, that is the real question, ya que es
precisamente el momento en que trasciende "esa primera
imagen" que menciona el artista cuando los espacios se
vuelven complejos y sumamente ricos en sugerencias. Si esto es así,
preciso es identificar tales espacios. De mayor a menor, los
espacios que permiten conocer las irrealidades de la realidad
cardeniana son los siguientes: el entorno paisajístico (urbano o
rural, poco importa), el taller del pintor y por último el lienzo.
Para poder recorrer tales espacios sin perdernos en sus acechantes
laberintos, propongo visitarlos en sentido contrario y comenzar por
el lienzo, por ser el que habla.
5. Josette Meleze,
"Cárdenas: 1'illusion dérisoire", en Pariscope,
París, mayo de 1980, pág. 116.
6. Galaor Carbonell,
¡bid.
7. Juan Gustavo Cobo
Borda, Juan Cárdenas, Bogotá, Seguros Bolívar, 1991, pág. 8.
8. Jaime Ogaz,
"Juan Cárdenas: El mundo es una ilusión", en El
Universal, Caracas, 25 de junio de 1977, págs. 1-25.
9. Michel Soskine,
"Juan Cárdenas: un entretien", en Juan Cárdenas,
peintures et dessins, París, Galerie Claude Bernard, 1996.
10. Eduardo Serrano,
"Juan Cárdenas en el MAM", en El Tiempo, Bogotá,
5 de julio de 1973.
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