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Lartiste portant sa tete El artista cargando su cabeza 1980
Óleo sobre papel y madera 45,7 x 29 cm Colección del artista
Fotografía: Galerie Claude Bernard, París
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Margot reflejada 2000 Óleo sobre lino 71,2x86,4cm Colección del
artista Fotografía: Galerie Claude Bernard, París
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En el mundo material, el laberinto es una tabulación
arquitectónica, y en el mental es el producto de dos o más
incertidumbres. En Jorge Luis Borges, el laberinto está conformado
en cierta ocasión por los senderos de un vasto jardín, que toca
llamar memorable en honor del propio Borges. No es el del jardín un
caso aislado. Sin mencionarlo para nada, sin sugerirlo siquiera al
pasar de un texto a otro, el laberinto es tan recurrente en el
mundo borgiano que tiene la virtud de desaparecer y aparecer
inadvertidamente con procedimientos puramente literarios. En Juan
Cárdenas, la fabulación es pictórica y tiene que ser abordada desde
la más absoluta comprensión de las tradiciones de la gran pintura.
Hablo de tradiciones en plural ya que son múltiples las
concepciones y prácticas pictóricas que se han experimentado a
través de los tiempos, produciendo un cúmulo de planteamientos y
replanteamientos que el pintor colombiano explota y condensa con
pulso en su obra.
Si me remito a Borges para analizar la pintura de Cárdenas es
porque en ambos transitamos laberintos conceptuales construidos a
partir de la historia de los medios expresivos que usan: la
historia de la imagen escrita en el argentino y la historia de la
imagen pintada en el colombiano. En uno y otro, la imagen es
fundamental. De ahí que la literatura pueda regodearse en
narraciones pictóricas y la pintura concretar situaciones
literarias. Borges, al establecer las coordenadas de su mundo, sacó
el laberinto de la espacialidad arquitectónica tradicional y lo
situó en un plano en el que las bifurcaciones pueden estar situadas
en el tiempo (dimensión en la que su amigo Adolfo Bioy Casares
concibió historias notables), para saltar con asombrosa agilidad al
plano de bifurcaciones basadas en alternativas tales como fantasía-
realidad, soñado-vivido, supuesto-comprobado, deseado-logrado,
irresuelto-resuelto, imposible- posible, finito-infinito, etc. En
Borges se puede hablar también de lo ¡lógico-lógico que, dentro del
marco de una trama, puede concluir en que lo ilógico termina siendo
lógico y viceversa. El lector no avezado se puede perder
momentáneamente, jamás el narrador que manipula con pericia los
hilos de su argumento. Otro tanto puede ocurrir con el espectador
primerizo o perezoso que enfrenta la pintura de Juan Cárdenas, ya
que su obra se halla en el rango de las que no se entregan
fácilmente, y aquí, antes de considerar la naturaleza de su
laberinto, menciono algunas de las dificultades iniciales que
ofrecen las telas de Cárdenas.
Traigo a cuento, para comenzar, la dificultad que con
insistencia le he oído mencionar al propio pintor, manifestación
del alto grado de conciencia que tiene en torno a una cuestión que
en el fondo es puro juego. Esa dificultad mayor es la monotonía.
Los formatos de las pinturas de Juan Cárdenas no ofrecen variantes
apreciables y los tamaños son pequeños, de manera que lo que se
capta a primera vista al llegar a las salas donde expone sus obras
es un conjunto de cuadros homogéneos hasta en el color, ese color
que Galaor Carbonell supo llamar "amuseado"
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. Consiste en una
amplia gama de tierras (marrones, ocres, sienas) que el toque
blanco ilumina y el negro oscurece, creando atmósferas densas. Aquí
y allá irrumpe, en algunos cuadros, un rojo ladrillo, un azul
cobalto o una tonalidad ligeramente verde cuando no decididamente
amarilla, la mayoría de las veces en tímidas dosis. Al color hay
que sumar una figuración de personajes estáticos que posan sin la
habitual rigidez de los modelos en el taller del pintor. Los gestos
de tales personajes son los característicos del modelo en el
estudio del fotógrafo, pero de un fotógrafo de fines del siglo XIX
y comienzos del XX, cuando en la fotografía aparece un desenfado
que todavía sigue siendo acartonado pero que es desenfado al fin y
al cabo.
Como el de las viejas fotos, el mundo de Juan Cárdenas es sepia.
No es casual, ya que es una de las características en las que se
bifurca el laberinto visual que el artista ha ido construyendo
trazo a trazo. Dicho de otro modo, la pintura de Cárdenas nace con
pátina. El detalle puede ser sospechoso, es verdad, pero
¿sospechoso de qué? Dado que maneja una figuración que en principio
es decimonónica, una sospecha apabullante y destructiva sería la
que llevaría a catalogarlo como un artista conservador,
retardatario, reaccionario y pasatista. Me complace poder enumerar
tantos epítetos, de grueso calibre en el terreno de la creación
cultural tal y como hoy la entendemos, para poder demostrar con
claridad que se trata de una apariencia, o, más precisamente, de
una estrategia. Al respecto escribió Marta Traba con toda razón:
"Las pinturas de Cárdenas podrán parecer antiguas o
conservadoras sólo al ojo que no se tome el trabajo de
desentrañarlas"
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.
Para desentrañar la estrategia de Cárdenas hay que saber que
ésta se apoya en una técnica meticulosa, cara al naturalismo y
cercana al trompe-1'oeil por sus detalles casi preciosistas. Quiere
decir que sus recursos no son distintos de los que han utilizado
las decenas y decenas de malos pintores realistas surgidos después
de la revolución de Monet. En esos malos pintores, el virtuosismo
mata la idea, mientras que en Cárdenas la idea subordina el
virtuosismo y lo relega a un segundo plano. Trátese de música,
literatura, teatro, cine, arquitectura, pintura, escultura, video o
instalaciones, un buen artista no se apoya en ideas para hacer
alarde de técnica sino que trabaja una técnica para poder
materializar con absoluta eficacia una idea. La técnica es siempre
un medio y no un fin. A partir de la advertencia anterior, cabe una
pregunta: ¿Hay alarde de técnica en Cárdenas? Lo primero que diría
uno de esos artistas que ven y analizan una obra en función de su
cocina pictórica es que Juan Cárdenas no sabe pintar. Y lo primero
que diría el espectador que no sabe de técnica pero que está casado
con el naturalismo es que la pintura de Cárdenas es incomprensible,
contradictoria e incluso absurda. No se equivoca ese espectador. En
los cuadros de Cárdenas hay demasiadas zonas abocetadas, no
cabalmente terminadas, "desdetalladas" según
Galaor Carbonel
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, que llenan la pintura de manchas que interrumpen la continuidad
de conjuntos que en principio son interesantes e inclusive bellos.
Quiere decir que
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[Fuera de exposición] Nature mort au crayon Naturaleza muerta
con lápiz 1984-85
Óleo sobre lienzo 41 x33 cm Fotografía: Galerie Claude Bernard,
París
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la técnica es utilizada de modo pragmático, por fuera de toda
ortodoxia en ciertos casos y dentro de la más estricta ortodoxia en
otros, según convenga. Por supuesto, se trata de una bifurcación
más del laberinto pictórico que hemos empezado a recorrer y que
engañosamente hace oscilar nuestros ojos entre lo perfecto y lo
imperfecto, sembrando la duda.
Como es lógico, la duda nos hace vacilar. De ahí que si en una
buena parte de los lienzos de esta exposición predomina lo
pictórico, no menos cierto es que aquí y allá el énfasis está en el
dibujo. En la obra en papel se puede apreciar el dibujante
aquilatado que Cárdenas es, de línea clara y exacta. No obstante,
cuando le conviene, la quiebra y la deja abandonar súbitamente el
contorno predecible para adentrarse en lo impredecible. Esto ocurre
en aras de potenciar la expresividad de una imagen en principio
fría, calculada, casi racional. Pero identificada la bifurcación
que hay entre lo lineal y lo pictórico, descubrimos enseguida que
lo abstracto se abre paso en medio de lo figurativo, hiere esa
figuración, la neutraliza a veces y en estos casos se expande. La
avanzada de la abstracción la absorbe una cortina, un muro, un
piso, una prenda de vestir, unos pies o un enorme rollo de papel
que se rasga y abre como una escultura. Como veremos más adelante,
no es ésta la única manera de casar abstracción y figuración,
matrimonio que por cierto desemboca en una bifurcación más del
estratégico y largo laberinto de Cárdenas.
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[Fuera de exposición] Hommage á Léonard Homenaje a
Leonardo
Óleo sobre lienzo 59,63 x 75 cm Fotografía: Galerie Claude
Bernard, París
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Recordemos que la obra incompleta constituye una tradición
altamente apreciada en la historia del arte occidental. Sólo que
las obras incompletas de un Leonardo da Vinci o de un Miguel Ángel,
por ejemplo, no fueron concebidas originalmente para quedar
inacabadas. Si el artista no llegó nunca a terminarlas fue por un
inconveniente, ajeno a él e incluso fortuito. Bueno es anotar,
entonces, que la factura inacabada y visible, propia del verismo
artístico que cultivaron los artistas desde el Renacimiento, es
distinta a la ejecución inacabada e invisible de un Picasso o de un
Duchamp, que si nos resulta invisible es por la naturaleza misma de
los lenguajes no objetivos que uno y otro manejaron. En Juan
Cárdenas, pintor que, como ya he dicho, tiene mirada de fotógrafo,
lo inacabado nos remite a casos conocidos del remoto pasado. Pero
es el suyo, a la postre, un recurso eminentemente plástico que
responde a valores de tipo visual y semántico para que tales
valores expresen con fidelidad sus ideas y planteamientos
personales. Un cuadro "inconcluso" de Juan
Cárdenas está perfectamente acabado y nada en él es producto de la
improvisación o el azar.
El detalle "por pintar" de Juan Cárdenas no
sólo comunica que un área determinada no fue acabada con el mismo
empeño y el mismo sentido de las áreas circunvecinas (efecto que
nos sitúa en un a priori), sino que el tiempo la afectó y alteró
(lo cual nos traslada auna posterior!). Es lo que ocurre en Hommage
á Léonard (1979). En este lienzo vemos, parado en medio del taller
del artista, junto a dos personajes gemelos que resultan ser un
autorretrato doble del pintor, un desnudo masculino visto de
espaldas que presenta las piernas dibujadas pero no pintadas y una
mano dibujada y pintada pero destruida por lo que bien podría ser
la pésima intervención de un mal restaurador. Con la misma
intensidad técnica, Cárdenas pinta manchas de humedad o introduce
transparencias que dejan ver imágenes sobre las que otra imagen ha
sido pintada. Con esto combina el hoy y el ayer, el presente y el
pasado, o, más precisamente, el hogaño y el antaño. Idea y
ejecución oscilan entre el modo de abordar y entender la pintura en
el hoy del pintor y los modos de un pretérito que puede ser
reciente como puede ser remoto.
Por escogencia deliberada, perfectamente meditada e incluso
calculada, el colombiano parece ser a primera vista un pintor de
ayer, ya que su manera riñe, a nuestros ojos, con la experiencia
acumulada desde el impresionismo. No sucede lo mismo a la hora de
concebir, construir y dar significación a esas mismas imágenes,
reminiscentes del Gustave Courbet de L'Atelier (1855), que han
retomado ciertos instaladores y realizadores de performances
contemporáneos. Según texto explicativo de su puño y letra, Courbet
pintó L'Atelier. tela ambiciosa por su contenido y por sus
dimensiones, para desplegar en ella "la historia moral y
física de mi estudio"
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. El maestro francés implicaba con
esto la existencia de esferas separadas -la moral y la física-,
situadas en distintos estadios de significación y trascendencia,
que en su lienzo se reunían. La sugerente división de L'Atelier
antecede, por cierto, al modo en que lo femenino y lo masculino se
reparten en El gran vidrio de Duchamp.
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[Fuera de exposición] La pose La pose 1985
Óleo sobre lienzo 50 x 72,5 cm Fotografía: Galerie Claude
Bernard, París
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Recordemos que Courbet se autorretrato en L'Atelier pintando un
paisaje, situándose en el centro de la ancha tela. En el lado
derecho, explicó él en la citada carta, retrató a los amigos que lo
apoyaban con sus ideas y participaban de sus acciones, entre ellos
el poeta y crítico de arte Charles Baudelaire, y, en el izquierdo,
a personajes de la vida cotidiana, entre ellos una humilde mujer
vestida de negro que muchos años antes había visto en una calle de
Londres. Lo estable o conocido era situado al nivel de lo casual o
aleatorio para sugerir lo vasta que es la suma de experiencia de un
simple ser humano, que en este caso específico se llamaba Gustavo
Courbet.
En su condición de artista decimonónico, Courbet basó su
planteamiento en el realismo. Cárdenas basa el suyo, por ser de la
segunda mitad del siglo XX, en un juego conceptual que combina
lenguajes, códigos de representación y temas. Si Courbet pintó los
personajes que de cerca o de lejos incidieron en su trayectoria de
pintor. Cárdenas ha estado haciendo otro tanto, pero a partir de
personajes del entorno familiar que cruza con los que entresaca dé
la historia del arte y lleva a su prolijo laberinto. Real o
ficticio, cercano o lejano, salta a la vista que la familiaridad y
el afecto dictan la escogencia del modelo, no el raciocinio.
Tenemos entonces que, como campo que potencialmente recibe todo,
no desde el punto de vista de la imaginación sino de los conceptos
en juego desde L'Atelier, la tela del pintor pasó a ser un soporte
abierto a la posibilidad de buscar y hallar alternativas que
enriquecieran aún más la pintura. Salió así de lo meramente
representacional pero sin tener que apelar a lo simbólico, lo que
no fue explotado de modo sistemático sino en el siglo XX. Ahora
bien, si Courbet aseguró que L'Atelier contiene la historia de su
estudio, de Juan Cárdenas cabe afirmar que su obra es la historia
de su vida de pintor e intelectual. Esa historia toca varios
aspectos, resumibles en la manera como el pintor colombiano se ha
estado apropiando de obras y lenguajes antiguos y modernos.
1. Galaor Carbonell,
"Dos figurativos colombianos -La historia del arte en las
imágenes de Juan Cárdenas y Gregorio Cuartas", en Arte en
Colombia, núm. 6, enero-marzo de 1978,pág.26.
2. Marta Traba,
"Mirar en Caracas -Delante del espejo".
3. Galaor Carbonell, op.
cit.
4. Carta a Champfleury,
de enero de 1855, que describe el cuadro que el artista estaba
pintando. En Courbet -Raconté par lui méme et par ses amis,
Ginebra, P. Cailler, 1950, vol. I, pág.48.
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