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CÓMO ERA
JOSÉ MARÍA ESPINOSA
Los autorretratos de Espinosa son
una curiosidad dentro del arte colombiano del siglo XIX. Con excepción del pintor
colonial Gregorio Vázquez Ceballos, ningún artista se había preocupado por dejar
consignada su apariencia. Aunque en quedado registros de la fisonomía de Espinosa, al
óleo y en ambrotipo, realizados por otros artistas, fueron pocas las descripciones
literarias que se ocuparon de su físico:
En esta triste asamblea, La cosa más
primorosa Es la nariz de Espinosa Y la boca de Correa.
RAMÓN NONATO GUERRA, 1816
En una silla un hombre alto, de bigote
y cara larga, sentado, con una paleta i un manojo de pinceles en sus manos.
EL IRIS, 1866
La casa en que vivió por casi cincuenta
años, y en la que habitaron sus descendientes hasta la década de 1940, quedó registrada
en artículos literarios como una extensión de su personalidad:
A poca distancia de la quinta [del
Libertador] hay una casita aseada en cuyo patio se encuentran hermosísimas flores, y a la
izquierda una pieza de dos pisos. Aqui se ve un cuadro de Vásquez, ya borrándose,
representando el nacimiento de Jesús; allá un retrato, más alla un cuadro de costumbres
o una caricatura, pinceles y útiles de pintura.
EL IRIS, 1866
Bajo los techos de su hogar, ese hogar
tranquilo de amplios corredores, orlados de clavelinas, cinamomos y yerbas aromáticas que
embalsamaban el ambiente con perfume familiar, Espinosa se entregó de lleno a sus
aficiones pictóricas. Para entonces su taller estaba provisto de elementos apropiados.
Tenia para sus trabajos algo mejor y menos rudimentario que la ¿barra de tinta china, los
pinceles de pelo de cabra y los colores que durante su larga campaña por el Sur elaboraba
él mismo con tierras de diversos tintes y plantas que vertían jugos colorantes.
JORGE BAYONA POSADA, 1947
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