Grabado colombiano actual - Sentido de la imagen
Imagen con sentido
En una época que tiende a negar la independencia de los medios
artísticos, y que además rehusa aceptar la idea de subjetividad
como patrón expresivo, ¿cómo podría discutirse la tarea del
grabador y la función del grabado? Cualquier grabador se
comprometería con la segunda condición, dado que la repetición, la
dedicación artesanal y cierto control mecánico de la imagen hacen
incómoda en el grabado la postulación de conceptos expresivos
individualistas e inmediatos.
Pero al mismo tiempo, muchos artistas dedicados total o
parcialmente al grabado hallarían en este medio la oportunidad de
introducirse como creadores activos a un momento, como el de ahora,
que definitivamente ha dejado de lado el cuestionamiento dogmático
del arte como una cierta categoría filosófica fija. Los artistas
jóvenes y actuales, en Colombia por lo menos, se desenvuelven en un
terreno de opinión que no les exige dar cuerpo a una idea narrativa
específica o a una posición política extrovertida, cual había sido
el caso, en grado relativo, con grupos o generaciones anteriores.
Hoy, en los primeros años de la década del 90, no es ya tan
interesante centrar la atención en el taller de grabado sino, más
bien, en el significado de trabajar imágenes
|grabadas. y en
su significado cultural amplio.
Por supuesto, el taller - lugar donde se halla la prensa y sus
elementos afines - sigue teniendo importancia para los nuevos
grabadores; ese lugar de error y ensayo, sin embargo, es mejor un
sitio de conclusión y no tanto de experimentación, un poco también
porque los talleres se han profesionalizado, con técnicos
especializados, y porque los artistas se han desentendido
deliberadamente de muchas tareas (y taras) artesanales, resultado
de una estética postmoderna que permite una gran libertad
conceptual. Además, ya que muy pocos artistas se pueden dar el lujo
de tener un taller privado, ellos han convertido los talleres
gremiales o comerciales en herramientas de sintetización y de
colaboración colectiva, como lo atestiguan las obras de Diego
Mazuera, Víctor Laignelet, Lorenzo Jaramillo y Carlos
Salazar.
Otros talleres más artesanales (pequeños o de universidades) son
usados por artistas cuyos trabajos revelan una mayor combinación de
técnicas, como lo demuestran los trabajos de Paige Abadi, María
Fernanda López, Wolffang Guzmán y Fabio Valencia. Por su lado,
Fabián Rendón y Miguel Polling. grabadores natos, emplean el
linóleo, técnica que les permite la eliminación de la prensa y, por
consiguiente si se quiere, del taller de grabado. Muy por el
contrario, los grabados en metal de José Antonio Suárez y Luis
Fernando Mejía, y en menor grado los de Abadi y Valencia, hacen
énfasis tanto en la huella de la prensa casi que privada, o
pequeña, como en el tamaño de los trabajos, que nunca toman
dimensiones épicas. Y, finalmente, Carlos Salas rechaza del todo el
concepto de taller de grabado exclusivo, entregando en sus copias
toda la neutralidad subjetiva que ofrece la maquinaria de impresión
industrial, que funciona con base en fotografías, en un proceso
ordinario de rotativa.
Pero, después de todo, lo que resalta al mirar este conjunto de
obras es la importancia dada a la imagen como portadora de sentidos
diversos, de significados que van más allá de una simple reflexión
técnica, e incluso gráfica. El desplazamiento de la subjetividad y,
por lo tanto, la marginalización de los traumas sobre la
|originalidad, es evidente en las frías superficies metálicas
de Salas, que muestran un texto al revés para leer al
derecho, como se hacía en mucho grabado antiguo, y que llevan
cartas de naipe pintadas al óleo adheridas con imán, lo cual deja
al azar el concepto de subjetividad creadora (y por extensión,
sufrida). Casos parecidos podrían ser los de Laignelet, cuyas
Vírgenes podrían ser intercambiadas de lugar, creando
combinaciones sorpresivas aunque no caprichosas; y de Salazar y
Jaramillo, cuya sistematización de la composición y del tema (los
rostros), tiende a unificar, y así a neutralizar, cualquier tipo de
relación emocional evidente entre la superficie grabada y el
espectador.
Es interesante observar, también, cómo cada técnica del grabado
ha sido utilizada para reafirmar ese sentido de desprendimiento
subjetivo: las serigrafías de Laignelet dan dureza y frialdad a
esas Vírgenes hieráticas, cuya silueta es apenas un
elemento decorativo más dentro del espacio total; los puntasecas de
Salazar, trabajados levemente, con gran sutileza, desarraigan mucha
probabilidad erótica de esas caras melancólicas; las
Piezas en forma de pera de Jaramillo se ven
poseídas de una gran categoría cultural, descargada de mucha
subjetividad por el título genérico que las define y por la
variedad manual en la técnica del aguafuerte; los linóleos de
Rendón y Polling, a pesar de su colorido, inmovilizan, por efecto
directo de la técnica, las figuras, que se ven tibias
debido a la dureza de la línea y a la porosidad de la
impresión; los aguafuertes de Suárez, Mejía y Valencia, por su
insistencia en morder zonas, y no línea, como es más tradicional,
alejan la imagen (boxeador, selva, utensilio) de cualquier
notoriedad preciosista y, por consiguiente, de implicaciones
expresionistas; aunque más expresivos y personales, los grabados en
metal (que en realidad significa la mezcla de diversos
procedimientos de íntaglio) de Paige Abadi parecen desmotivarnos
sicológicamente, por medio de la articulación de la imagen en tres
o más partes; mientras que los monotipos de Maria Fernanda López,
por su tamaño y baja tonalidad, quieren aplacar la sensualidad
matérica de la superficie, donde la imagen del paisaje ha sido
abstraída al máximo; y muy similar es el caso de Mazuera, quien por
medio de la simplificación del tema y sus componentes logra, en sus
grabados en metal y serigrafías, impartir una sensación de
silencio, de meditación, capaz de colocar una gran distancia entre
la imagen y el sentimiento.
Entonces, las imágenes que pueden verse en esta exposición,
desde los puertos vacíos de Mazuera, bastante tradicionales si se
quiere, como las caras pseudo-expresionistas de Jaramillo, hasta
los cómicos y seriados boxeadores de Suárez, pasando por las
neosicodélicas pero enigmáticas superficies de Guzmán, ricas en
mensajes secretos, nos sitúan en un amplio espectro visual que
posiblemente sugiera una nueva modalidad gráfica colombiana,
recelosa del expresionismo gráfico y populismo político de los
setenta y ochenta, aquel que pedía a gritos ser más oído que visto,
incluso ser más
|leído que percibido, puesto que hacía más
énfasis en la imagen vernácula y a veces en una fealdad deliberada
aunque grotesca y de frágil contenido filosófico.
La neutralidad emocional, y hasta racional, que parece ser la
razón iconológica de mucho arte colombiano actual, puede observarse
en estas imágenes grabadas e impresas, que tal vez reciclen
técnicas, formas y mensajes, pero sólo para intentar exorcizar
viejas costumbres. Pero sobre todo, para mostrar que un sentido
visual común imparte validez a la más sencilla de las imágenes y a
la más democrática de las técnicas artísticas.
JOSE HERNAN AGUILAR
Curador
Profesor Universidad Nacional