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INDICE
PRESENTACIÓN
ROLF ABDERHALDEN
JORGE JULIÁN ARISTIZÁBAL
MARTA CALDERÓN
MARÍA FERNANDA CARDOSO
MARÍA CRISTINA CORTÉS
FERNANDO DÁVILA
RODRIGO FACUNDO
ANDRÉS FISCHER
NANCY FRIEDEMANN
LUIS HERNANDO GIRALDO
JOSÉ ANTONIO
GRUPO UTOPÍA
VÍCTOR LAIGNELET
LUIS LUNA
GLORIA MERINO
OSCAR MUÑOS
BELTRÁN OBREGÓN
JORGE ORTIZ
NADÍN OSPINA
MARÍA DEL PILAR OTÁLORA
JOSÉ ALEJANDRO RESTREPO
LUIS FERNANDO RODRÍGEZ
LUIS FERNANDO ROLDÁN
JOSÉ ANTONIO SUÁREZ
SANTIAGO URIBE HOLGUÍN
PABLO VAN WONG
GUSTAVO VEJARANO
Biografías
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Generación Intermedia
OSCAR MUÑOS
(POPAYÁN, COLOMBIA, 1951) VIVE Y TRABAJA EN CALI, COLOMBIA
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|SIN TITULO
1998
Polvo mineral sobre agua
Instalación
Dimensiones variables
400 x 200 x 200 cm. aprox
Colección del artista
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El colombiano Oscar Muñoz, que ha realizado la crítica más
estimulante que yo conozca al estatuto temporal de la instantánea
fotográfica, ha radicado sintomáticamente su trabajo en los últimos
años en las fotos de carné. Empezó con la suya propia, motivo
constante de la serle
|Los narcisos, obra que sólo se
comprende si se la describe precisamente porque no es una mera
imagen, ni siquiera una instalación, sino un proceso. Un proceso
abierto que comienza cuando, el sitio donde se va a realizar alguna
de las versiones de serie. Muñoz deposita en el suelo una docena o
más de cubetas de cristal llenas de agua, sobre cuya superficie
vierte polvo de carbón a través de una pantalla de seda en la que
previamente ha copiado, por medio de un procedimiento igual al que
se usa en serigrafía, su propia foto de carné.
La imagen resultante es, como se comprenderá, absolutamente
precaria e inestable: basta que la cubeta que la contiene alcance
la más leve vibración para que ella cambie. En ocasiones Muñoz,
antes de verter el carbón pulverizado, pone a flotar en la cubeta
hojas de diarios, cuya presencia agrava los riesgos que amenazan la
operación de transladar su imagen fotográfica a la superficie del
agua.
La obra, en esta primera fase, tiene el significado obvio que
anticipa su título. Como cualquier Narciso, el artista se entrega a
la fascinación de ver su propio rostro reflejado en el agua. Pero,
afortunadamente, ella no se agota en este punto. Por el contrario,
el curso ulterior de la misma, lo que podríamos llamar
bergsonianamente su
|duración, da lugar a que actúe como un
formidable medio de cuestionamiento y de construcción de la
fotografía. O más exactamente, de esa
medida ideal que articula todo el funcionamiento de su dispositivo,
que es el instante.
El problema que
|Los narcisos de Muñoz pone en evidencia, fue
advertida tempranamente en Francia -la patria histórica de la
fotografía- par Charles Baudelaire, primero, y por Auguste Rodin,
después. Tanto el poeta como el escultor se declararon
insatisfechos con la fotografía porque, entre otros motivos, la
consideraban incapaz por naturaleza de competir con la pintura y la
escultura en la captación de lo que la vida -señaladamente, la vida
moderna- tiene de transitorio, de mudable, de fugitivo. Tenían la
razón,
(…) Las diferencias entre Baudelaire o Rodin y Muñoz,
obviamente, son muchas, pero la que aquí importa está referida a
las formas distintas de ejercer la crítica de la fotografía.
Mientras los dos artistas franceses la critican desde fuera,
negándose a utilizarla, Muñoz, que antes de esta etapa de su
trabajo fue un buen pintor y dibujante, se involucra con ella,
utilizando sus propios recursos para de-construir, como ya dije,
sus mecanismos de funcionamiento. El está dentro y no fuera y, por
lo mismo, consigue que su obra ponga en evidencia algunas de las
consecuencias perversas de la operación del dispositivo
fotográfico, Como el agua de la cubeta termina por evaporarse -al
cabo de un proceso que puede durar semanas y que, al contrario de
la instantánea fotográfica, tiene una duración específica y
contingente-, la obra parece cerrarse sobre sí misma, En el fondo
de la cubeta queda fijada en carbón la imagen de Muñoz, tan
esquemática y ajada como una mala foto de carne. Sólo que su
aspecto es usual e irremediablemente fúnebre, Parece la foto de un
muerto y evoca tanto la teoría de Roland Barthes -que asocia la
fotografía a las máscaras del teatro arcaico que representaban a
los muertos- como esos versos estremecedores del poeta Leopoldo
Castilla:
Cada calle es una foto
y el fotógrafo es la muerte.
La muerte o ese doble de la muerte que son los espectros.
La obra más reciente de Muñoz se titula
|Aliento, la presentó
en octubre pasado en la V edición de la Bienal de Bogotá y consiste
en media docena de espejos circulares de acero inoxidable, adosados
a la pared y tratados previamente por el artista de tal modo que,
cuando el espectador se acerca y sopla sobre alguno de ellos, su
propia imagen se desvanece y es reemplazada por las fotos de
personas desaparecidas, publicadas en algunos diarios locales.
Extraordinaria manera de sugerir que el yo, que en la
identificación estatal se confunde con una fotografía del rostro,
es en realidad un fantasma, o un desaparecido.
CARLOS JIMENEZ
Tomado de "Los pliegues del instante" en: Revista
Lápiz, núm. 128 - 129, 1997.
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