Generación Intermedia
ROLF ABDERHALDEN
(MANIZALES, COLOMBIA 1956) VIVE Y TRABAJA EN SANTAFÉ DE BOGOTÁ,
COLOMBIA
CAMINO
UNA VIDEOINSTALACIÓN DE ROLF ABDERHALDEN
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CAMINO
1997 - 1998
Objetos, sonido y proyección de video.
Instalación.
Dimensiones variables.
Colección del artista.
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Espacio vacío, rectangular. Piso blanco, paredes blancas.
Suspendidos del techo una cobija, una almohada, un colchón, una
cama, una silla, una mesa, un cuchillo, una maleta, un par de
zapatos, un pantalón y una camisa, una tijera, una venda.
Silencio. Oscuridad atravesada por dos imágenes proyectadas.
sobre una pared - sobre la pared opuesta
aparece un hombre - un hombre aparece
los ojos vendados - vendados los ojos
pantalón negro - negro el pantalón
camisa negra - negra la camisa
pies descalzos - descalzos los pies
camina con paso lento - con paso lento camina
hacia el frente - hacia el frente
los brazos colgando - colgando los brazos
una cobija sobre sus hombros - las manos vacías
avanzan, se acercan y, al mismo tiempo, se detienen uno frente a
otro:
el hombre levanta los brazos - el otro hombre permanece
retira la cobija - inmóvil
de sus hombros - las manos vacías
la coloca en sus brazos - los brazos colgando
los que extiende lentamente - lentamente los extiende
hacia el frente - hacia el frente
la cobija desaparece - en sus brazos
de sus brazos - aparece la cobija
al mismo tiempo, se dan la espalda y se alejan hasta desaparecer
sobre la pared vacía.
De igual forma aparecen y desaparecen -sucesivamente, en el mismo
orden en que están suspendidos en el techo- la cobija, la almohada,
el colchón, la cama, la silla, la mesa, el cuchillo, la maleta, los
zapatos, el pantalón y la camisa, la tijera, la venda.
Luego, todo vuelve a empezar, hasta el infinito.
Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca
hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer
por su propio peso. […] Su desprecio de los dioses, su odio a
la muerte y su apasionamento por la vida le valieron ese suplicio
indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada.
En el mito de Sísifo, lo único que se ve es el esfuerzo de un
cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y
ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida, se ve el
rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un
hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la
calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de
dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido
por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la
meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos
instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a
subirla hasta las cimas, y baja de nuevo a la llanura.
Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que
sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese
hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento
cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y
que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la
conciencia.
En este instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida,
como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro contempla esa
serie de actos desvinculados que se convierten en su destino,
creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado
por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de
todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche
no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando
ALBERT CAMUS
|El mito de Sísifo
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