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IV. A MANERA DE REFLEXIÓN: DISTINTOS
ABORDAJES EN LA RELACIÓN ARTE Y PASADO
1. CREAR IMAGINARIOS
LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XIX CONFIRMÓ, EN TÉRMINOS DE
IMÁGENES, la necesidad de crear una memoria épica, que diera cuenta
de aquellos personajes y eventos que marcaban la pauta en la
orientación de la historia nacional que se estaba armando. Esa
institucionalización de la memoria, poco tenía que ver con la que
registraba el hombre común y corriente a partir de su
experiencia.
El arte, cargado con un fuerte contenido ideológico, debía
cumplir roles predefinidos. Ya a comienzos del siglo XIX, cuando se
estaba apenas concretando la idea de independencia, hay textos, que
dan testimonio de por donde iba la discusión. A raíz del análisis
del proyecto de un edificio que se construiría en uno de los lados
de la Plaza de Mayo en Buenos Aires, el arquitecto francés Jacobo
Boudier, defendía la propuesta neoclásica frente a la influencia
española, y por ende colonial, en los siguientes términos:
...
|cuando las instituciones del país tienen tendencia a
borrar los últimos rastros del vasallaje español, los edificios
públicos deben manifestar otro estilo que el de los godos, porque
como monumentos han de llevar el tipo de ánimo público en el tiempo
donde son educados; esto no es el dictamen del buen gusto que puede
errar, pero sí bien de las conveniencias que suelen ser más
acertadas
|
|
[1]
|.
La idea de lo que era conveniente, se apoyaba en una particular
perspectiva con respecto al arte, éste terminaba siendo responsable
de crear edificios e imágenes que reforzaran esos nuevos tiempos.
La representación apuntalaba un determinado ideario en el que la
noción del pasado a recrear estaba prefijada.
Como la nación no existía. debía ser creada y por eso en el
siglo XIX, por lo menos en sus comienzos, fue un proyecto
revolucionario. Pero. y las imágenes lo muestran, la conformación
de esa noción de identidad nacional serviría para integrar a los
grupos sociales que detentaban el poder y para diferenciar, al
decir de Lechner, a ese "pueblo" fundamento del
embrionario orden republicano, del resto de la población. Es decir,
opera como mecanismo de integración pera también de
diferenciación
|
[2]
.
Para elaborar una memoria nacional los referentes culturales y
la historia se constituyen en los ingredientes básicos. De allí que
las figuras de los héroes, si les hacemos un seguimiento a través
del tiempo, se modifican según las interpretaciones ideológicas que
hay detrás.
Gabriel Peluffo cita un episodio significativo con respecto a la
representación del héroe nacional uruguayo José Artigas. En 1913 se
hizo un concurso para realizar una escultura ecuestre de Artigas.
La definición del concurso internacional quedó entre los escultores
Angel Zanelli, italiano, y el uruguayo Juan Manuel Ferrari. El
ganador fue Zanelli y la decisión del jurado se fundamentó en que
el trabajo de Ferrari se inclinaba hacia una propuesta nativista
(usando el concepto en el sentido peyorativo de idiosincracia
criolla), lo que demeritaba la imagen universal que debía tener la
figura del héroe
|
[3]
.
A lo largo del siglo XIX, situación que se proyectó al XX se
elaboró un imaginario cuya preocupación básica fue establecer
¿quiénes somos?. La necesidad de una explicación homogénea que
aglutinara, llevó a esa construcción de memoria que celebra ciertos
eventos y personajes que poco tienen que ver con un recorrido
cronológico. La atemporalidad del héroe y de los hechos celebrados,
permite que se sigan proyectando, colectivamente, hacia el
presente.
En el arte se produce, en esa etapa, una peculiar situación: hay
que reivindicar valores nacionales, pero en su representación no se
pueden usar recursos que vengan, por ejemplo, del arte popular. Por
eso para canonizar figuras y situaciones se sigue apelando a los
criterios europeos que son las normas tomadas como universalmente
válidas.
Las oligarquías de fines del siglo XIX y comienzos del XX,
hacían como que construían estados y culturas nacionales, pero se
limitaban a crear un ordenamiento elitista controlado por ellos,
desconociendo y dejando por fuera a los pobladores indígenas,
mestizos o campesinos.
2. INICIOS DE LA MODERNIDAD Y MEMORIA
No se puede considerar al despertar cultural de los años 20 como
una actitud aislada que corresponde a un grupo elitista. El proceso
es demasiado complejo para simplificarlo de tal manera. Fue una
etapa en la que se vivieron eclécticas alternativas de modernidad,
en un espacio geográfico caracterizado por la diversidad. Los lazos
que se estrecharon entre gente del mundo de las artes plásticas, la
literatura y la música, las discusiones propiciadas entre ellos,
las revistas y manifiestos, ayudaron a delinear el concepto de
modernidad.
Si bien la fase inicial de ese modernismo fue promovido por
artistas que venían de Europa, su intención no era hacer
trasplantes miméticos de lo que conocieron, pues precisamente lo
que se convirtió en motor de la discusión modernista fue cómo
establecer la relación entre las vanguardias europeas que
frecuentaron, con la realidad a la que retornaban. No se trataba de
rechazar las características propias; por el contrario, la
modernidad se conjugaba con el interés demostrado por conocer e
incorporar esos referentes.
Los artistas frente a las vanguardias, eligieron aquellos
aspectos que sentían más cercanos a sus intereses, sin dudar en
variar contenido y forma de acuerdo con sus necesidades. Los polos
dialécticos nacionalismo y universalismo se complementaban. De allí
el llamado a explorar en sus propias raíces.
Además para las figuras más representativas, el arte no se
analizaba desde una perspectiva puramente esteticista, como sí
sucedió con algunas tendencias de las vanguardias europeas, y desde
los postulados modernistas buscaban hacer una contribución al
cambio social que se estaba operando. Las airadas polémicas contra
los valores tradicionalmente establecidos, llevaron a que la
práctica artística tuviera dimensiones de acción política. Pese a
la diversidad de situaciones hay una intención de aproximar el arte
a la sociedad, a tal punto que, a veces, la crítica social ocupa el
lugar de la crítica artística.
El caso del muralismo mexicano resulta un ejemplo interesante de
la relación arte-memoria. Pese a las diferencias susceptibles de
señalar entre Orozco, Rivera y Siqueiros, hay un apego a la
representación histórica y a lo nacional. La ideología sustentada
por José Vasconcelos a través de su planteo de la raza cósmica,
tenía la particularidad de proclamar el nacimiento de una raza
mestiza, con una historia propia, cuya presencia y significación
cultural llevará a fortalecer a los pueblos de Hispanoamérica.
Esa postura de Vasconcelos no favorecía revisar el papel
desempeñado por los indígenas. Su valoración como portadores de
cultura vino por el lado de los antropólogos y arqueólogos, por
ejemplo el papel pionero jugado desde la antropología por Manuel
Gamio
|
[4]
.
Para figuras como Rivera, la historia de México debía ser
reelaborada desde otra perspectiva. De allí que en ese recuento
visual de lo acontecido en su país, realizado en sus murales de a
Gobernación entre 1929 y 1935, se proponga una aproximación al
pasado pensada de tal suerte que todo conduce irreversiblemente a
la revolución. Las imágenes de los tres muralistas muestran la
subjetividad con que se hacía el rescate de la memoria colectiva
sin buscar un acercamiento que promoviera una explicación objetiva
de lo acontecido.
Y hay en el arte un cambio en el concepto de sensibilidad, una
sensibilidad que se sale de los lugares comunes y que busca que el
artista vuelva sobre sí mismo, escrutando sus vivencias en la
memoria individual y colectiva, descubriendo mitos, leyendas e
internándose en sus propios hallazgos. Y uno de los cambios más
notorios de esa nueva sensibilidad, pasó por reconocer que la
realidad estaba atravesada por el filtro de la experiencia personal
del artista que la interiorizaba y convertía en imágenes, que no
provenían de transcripciones miméticas, sino de su interpretación
personal. Se encontraba en esa mirada tanto con la cotidianidad de
un pasado que redescubría, como con la emoción. Reivindicaba la
búsqueda de una sensibilidad que fuera adecuada a las
peculiaridades de su entorno, de sus raíces culturales para poder
elaborarlas simbólicamente
|
[5]
.
3. CUESTIONANDO SUPUESTOS
Los debates realizados por la crítica de arte en las décadas del
60 y 70, pusieron de manifiesto los conceptos arraigados que
empezaban a entrar en crisis. Comienza a plantearse una especial
preocupación por concebir el arte de nuestros países en toda su
complejidad, evitando las generalizaciones estereotipadas. En un
proceso de largo aliento, se fueron dando pasos progresivos hacia
el cuestionamiento de la idea -heredada de la segunda postguerra-
que asociaba modernidad con homogeneidad. El progresivo
cuestionamiento de valores trae aparejada una nueva axiología en la
que el arte, lejos de marginarse, toma un papel más activo. Y a la
hora de las redefiniciones, la separación de un recetario
ideológico y estético que se afirmaba en la existencia de modelos
homogenizadores, abrió el camino para nuevas búsquedas.
Desde la perspectiva latinoamericana se discute la noción de
lenguaje artístico internacional, ya que se lo ve asociado en
exceso con la idea de corriente principal, ligada a la apertura de
puertas en ciertos ámbitos elitistas, al éxito en el mercado y en
general a una creciente separación de su propia realidad. Todo
ello, lejos de permitir la construcción de un espacio
independiente, reconocible, lo que hace es generar un exceso de
dependencia de los centros culturales y de sus supuestos valores
universales. Frenar posturas colonialistas implica proponer una
autonomía cultural que permita la creación de un arte, alejado
tanto de las falsas internacionalizaciones, como de peligrosos
chauvinismos. Una de las propuestas más radicales en esa dirección
fue " La cultura de la resistencia" formulada por
Marta Traba
|
[6]
.
En los diversos eventos que se realizaron en esas décadas, el
tema de la dependencia ocupó un espacio sustancial en las
discusiones. Se criticó la apropiación del pasado hecha desde una
perspectiva que buscaba recuperar nacionalidades oprimidas,
apoyándose en representaciones de mitos precolombinos o africanos,
calificados como formas de "Arte fantástico" o
usando el término literario "Realismo mágico",
situaciones que hacían ver a la región como el reino del buen
salvaje.
Se critica también al arte considerado como un espacio de
militancia política, tradición fundada por el muralismo mexicano.
De allí la dureza del juicio de Rufino Tamayo respecto al
muralismo:
|Un arte hecho por revolucionarios... pero no
revolucionario, tan fue así que ahora ese arte es completamente
inexistente en mi país. Sirvió como medio de propaganda y fue un
instrumento usado por los políticos porque convenía a su juego...
Yo llamo pintura "revolucionaria" a ésa que abre
nuevos caminos, no a la que utiliza temas sociales o políticos para
llamarse revolucionario, porque el contenido plástico de esa
pintura no significa nada
|
|
[7]
. Y reivindica la
idea de que
|la identidad se trae consigo. Preocupaba esa
exigencia permanente de que el latinoamericano se explicara a sí
mismo y con respecto a los demás.
La idea de ambigüedad como una particularidad latinoamericana va
ganando espacio. Hay modelos occidentales que pesan para el artista
de la región pero también hay fuertes influencias locales. Juan
Acha por ejemplo, sostenía
|: No es que estemos en la búsqueda áe
nuestra identidad sino en la búsqueda de la autoconcientización de
nuestra identidad, o sea la búsqueda de conceptos para comprender
nuestra identidad, que no es europea y de tipo occidental, o sea
unitaria, sino plural
|
|
[8]
|.
La pregunta de cómo abordar el pasado, qué recuperar de esas
memorias, empezó a plantear una crisis en la idea de tiempo
propuesta por la modernidad, ya que en ella el peso de la historia
está volcado hacia el futuro, hacia la novedad. El pasado visto
como una especie de proclama de fe en el progreso, resultaba cada
vez menos creíble y la noción de una memoria que no fuera estática,
fue ganando terreno.
4. MEMORIA E IDENTIDAD EN LAS ÚLTIMAS DÉCADAS DEL SIGLO XX
¿Qué hacer desde las artes plásticas con nuestro pasado? Esta
pregunta tiene un largo recorrido en el siglo XX, y lo que puede
afirmarse es que no hay, ni siquiera durante la euforia de las
vanguardias, la actitud de menospreciarlo. Las supuestas rupturas
tajantes que la modernidad pretendió establecer respecto al pasado,
no funcionaron en Latinoamerica. Por el contrario, ha sido para los
artistas un referente constante. No se trata de nostalgias
facilistas sino de reflexionar poniendo distancia crítica, y por
otro lado traer al presente hechos que tienen que ver con tópicos
muy, diversos. Y la forma que utilizan para hacerlo pone de
manifiesto no sólo cuáles son nuestros orígenes, sino también la
multiculturalidad. De allí esa actitud abiertamente ecléctica de
que se valen los artistas para apropiarse de la historia del arte,
del arte popular, de los mitos o medios electrónicos. Teniendo el
siglo esa versatilidad, se redobla la tendencia a pedir prestado y
reciclar referentes que proceden de las más diversas vertientes
estéticas. Parece existir en la mirada al pasado, en la
construcción de nuevos imaginarios, la necesidad de señalar que hay
tradiciones que están vivas y que siguen interactuando, lo que no
impide mirar Y apropiarse de elementos de visualidad que aporta el
arte contemporáneo internacional.
Ese "maravilloso laboratorio de
imágenes"
|
[9]
que ha sido América
Latina, se enriquece precisamente por la multipolaridad de sus
componentes. La necesidad de definir su espacio en lo que
globalmente se integró como parte del arte occidental, lleva a esa
inquietud documental, m ese escudriñar el pasado ya sea como
testimonio, para incorporar una base histórica o arqueológica a la
investigación artística, o para usar la autobiografía como forma de
conectarse con lo colectivo, enfrentando a veces la realidad, con
una intransigencia, y una crudeza que rechaza cualquier
"aura mágica" en el arte.
El concepto de pertenencia, de poder reconocer un fondo cultural
común, se fue convirtiendo en herramienta clave para impulsar un
arte propio. Reconocer la diferencia se vuelve un concepto básico
para afirmar la identidad. No olvidemos que el tema de la identidad
ha sido y es una preocupación constante para el latinoamericano,
situación en la que pesa no sólo la heterogeneidad, sino los
propios conflictos y oposiciones que tal heterogeneidad
genera
|
[10]
. Las dificultades para configurar la
idea de nación propiciaron la necesidad de imaginarios integradores
donde lo múltiple tenía poca cabida, de allí el desplazamiento
cultural que se produce en aquellas poblaciones con etnias
diferentes a la blanca, cuando en algunos casos esas etnias,
consideradas como minorías, son la mayoría numérica de la
población.
Tal vez esa sensación de "no lugar"
|
[11]
en que se ha convertido el mundo
cotidiano, espacios con cierta ahistoricidad, de duración
imprecisa, donde se pierde el valor de la memoria y se vive en el
presente borrándose el pasado, despertó el interés por romper con
el discurso globalizador de occidente. Cada vez más a lo largo del
siglo se ha ido cuestionando la idea de que sólo somos capaces de
hacer un arte derivativo de las corrientes internacionales. Las
particularidades de nuestros complejos espacios culturales tienen
mucho para aportar.
Pero, pese a toda esa reflexión que se da en las artes plásticas
que desde perspectivas diversas se propone pensar el pasado,
recuperarlo y reconocerlo, hay problemas que no se pueden
desconocer. El espacio abierto por la postmodernidad para pensar
sobre el otro, para respetar la alteridad, puede tener un sesgo
abiertamente paternalista: desde los centros habituales de poder
nos dejan ser
|otros, pues a la larga el otro siempre somos
nosotros. Y los artistas contemporáneos tienen conciencia del
riesgo que supone generar modelos que pueden terminar siendo
clichés de lo latinoamericano", o, lo que es peor,
de lo que se espera ver desde afuera como imaginarios típicos de
estas regiones.
Pensar el pasado, integrar la multiculturalidad por la vía de la
reflexión, son planteamientos que acompañan el desencanto por los
modelos homogenizadores. No se trata mecánicamente de rechazar lo
occidental e idealizar los componentes no occidentales, sino de
entender el concepto de cultura híbrida, que entreteje
heterogeneidades, realidades que coexisten y se yuxtaponen.
La reformulación de los análisis críticos sobre la identidad,
asumen que el yo latinoamericano resulta de una compleja
heterogeneidad. Sólo aceptando la existencia de los conflictos y
oposiciones que la noción suscita, será posible acercarse
comprensivamente a la difícil pregunta sobre qué significa ser
latinoamericano. Los desarrollos particulares, los contrastes que
marcan sus diversidades históricas, reconocen la complejidad que
encierra el ser resultado de la multinacionalidad y también de, la
multiculturalidad. El tipo de colonización vivida, la forma como se
exterminó o sometió a los indígenas, el traslado masivo de
población de otros continentes -no sólo la africana, sino la
migración europea- le da a Latinoamérica una estructuración
particular y diversa a la de otros espacios. El proceso de
independencia no tuvo éxito para resolver esas peculiaridades, sino
que terminó reforzando la validez del eurocentrismo y la mezcla fue
desdibujando desde el comienzo la noción de quiénes somos.
La aceptación contemporánea de la validez del fragmento,
refuerza la idea de "collage" no siempre
previsible y armónico, para caracterizar nuestras culturas, que son
el resultado de la mezcla de viejas y nuevas prácticas culturales y
que ya no pretenden crear núcleos de identidad coherentes. La
identidad tiende a ser mirada como algo dinámico, en construcción,
Como un espacio en el que las cosas dialécticamente cambian y se
conservan.
Esa necesidad de reformular los discursos sobre la identidad,
está entonces relacionada con la recontextualización de
experiencias anteriores. La crisis del centro, la quiebra de la
hegemonía, ayuda a crear una autoconciencia sin prejuicios donde
nociones como hibridación, significación de lo popular, de lo
"kitsch", de lo vernáculo, se convierten en
recursos válidos para crear propuestas visuales donde coexisten
elementos tomados de la cotidianidad con otros aportados por los
lenguajes del arte contemporáneo occidental. Y la variedad de
apropiaciones que se asumen en el campo de las artes plásticas
latinoamericanas, alcanza niveles insospechados, Existe confianza
en las culturas populares, en su capacidad de recuperar
significación desde sus propias reservas simbólicas. Ese interés
por el arte popular y su rico mundo de sugerencias, supone
acercarse a una realidad viva y presente, sin remitirse a la simple
repetición de algo conocido, sino recontextualizar ésa realidad en
un entorno urbano complejo, inmerso en el consumismo de la cultura
de masas, en una búsqueda que no trata de reivindicar nacionalismos
exacerbados.
Miradas desde la noción de identidad, las ideas de lo popular y
del primitivismo se reformulan. Coexisten sin conflicto modelos de
pensamiento ligados a la tradición filosófica de Occidente con
mitos, leyendas y formas de pensamiento tipificados como mágicos,
convirtiéndose el arte en una forma de ver y entender el
mundo
|
[12]
.
Y es allí donde se debe buscar la diferencia entre estos
contenidos y significados y la forma como los artistas del centro
utilizaron elementos de culturas no occidentales. Para ellos el
desconocimiento de los significa dos era en general total, ya que
su acercamiento era ante todo formal. De alguna manera se salían de
su propia cultura; en cambio, los artistas latinoamericanos que
utilizan tales recursos, lo hacen para penetrar más conscientemente
en un espacio cultural que les pertenece.
La crítica a la modernidad facilitó también la reformulación de
la cuestión de la identidad, reconociendo el carácter múltiple de
la experiencia artística de áreas periféricas. Y las formulaciones
críticas acerca del arte de nuestro tiempo buscan no sólo un
proyecto nuevo, sino demostrar que no existen ni ideas ni formas
únicas de representar la realidad, sacándole el máximo partido al
valor del disenso y a la productiva mescolanza lo que lleva a
reconocer que el artista latinoamericano puede recuperar su
historia sin que ello signifique dejar de echar mano a las
propuestas más universales.
Para los artistas la memoria aparece ligada a la subjetividad,
pero también a la identidad, de allí que la aproximación a un mismo
evento puede generar procesos mentales y emocionales diversos y ser
variadas las historias que tienen la palabra.
Existe la intención por parte de la crítica de romper con la
noción de "ghetto", de no quedarse en lo local.
Esto es complejo si pensamos que tanto la historia como la teoría
del arte, se han hecho tradicionalmente desde una perspectiva
eurocéntrica. Y es que esa visión desconocedora de lo no europeo,
pero con la cual igual se construyen modelos con pretensiones
universalistas, no viene sólo de posturas tradicionales. Alguien
como Lukács, que propone una Estética desde la perspectiva
marxista, no hace ninguna referencia a ejemplos no europeos
|
[13]
.
Se cuestiona cada vez más la narrativa critica que ve la
producción artística surgida en la periferia como meras corrientes
derivadas. En otras palabras, no se debe perder de vista que la
apertura postmodena, junto con la presión ejercida por la noción de
pluralidad, genera -sobre todo en los circuitos donde se decide la
universalización del arte- una actitud complaciente con lo que
viene del "otro". Lo cual no implica una ruptura
de la noción hegemónica tradicional, como ya lo señalabamos, las
más de las veces no pasa de ser un paternalismo complaciente que
intenta decirnos cómo somos. Como siempre, el peligro de los
clichés validadores nos asedia.
En esas reflexiones se vislumbra una característica relevante:
el discurso no es sobre América Latina, sino desde América Latina,
es decir desde un particular soporte cultural. Y el reto no es
sencillo, nuestra posición periférica lleva a que, por lo menos en
la Academia, nos sintamos obligados no sólo a conocer, sino a veces
a trasladar, los problemas que se discuten en el centro, con toda
la peligrosidad que ello encierra. Temas como el que nos ocupa
pueden parecer "triviales" frente a la
sofisticación que puede tener el discurso en esos otros espacios.
Todo ello complejiza ésta y otras discusiones sobre todo por el
afán de estar al día, que puede llevar a que seamos simples
introductores a la fuerza de discursos prestados, pretendiendo
entendernos utilizando herramientas pensadas para otras
realidades.
No podemos dejar de ser conscientes de que hablar sobre la
identidad en el arte latinoamericano, supone un aquí y ahora, para
el que no funciona ni repetir miméticamente teorías prestadas, ni
negarnos a tenerlas en cuenta so pretexto de que vienen de
afuera.
Pero tampoco podemos conformarnos con la utilización de términos
como hibridación, descentralización, desplazamiento, como si se
tratara de palabras mágicas que por sí solas permiten entender la
revisada noción de identidad y, lo que es más grave, generando
discursos cuya ambigüedad permite que se apliquen indistintamente a
cualquier expresión artística, volviéndose por ello fórmulas vacías
de contenido.
Estas identidades sobre las que tanto hablamos, son el resultado
de construcciones voluntarias, de sincretismo, de
multiculturalidad, más que de escencias intangibles. La posibilidad
de un mejor conocimiento y de una integración que vaya más allá de
las declaraciones grandilocuentes. sólo será posible cuando
terminemos aceptando nuestra compleja diversidad, respetando la
diferencia, sin pretender que formamos parte de naciones
supuestamente integradas, pues con ello lo que haríamos sería
fortalecer las visiones homogenizadoras sobre el "ser
latinoamericano", contra las cuales -por lo menos de
palabra- tantas veces nos manifestamos negativamente
|
[14]
.
La reformulación que la critica contemporánea hace al tema de la
identidad, pone sobre la mesa la necesidad de asumirnos como somos.
Parafraseando a Carlos Fuentes, es necesario entender la
"latinoamericanidad de la inclusión"
|
[15]
es decir que para un latinoamericano
es significativo reconocer que no es ni sólo europeo, ni indígena,
ni africano, sino alguien que tiene que descubrirse a si mismo y
crear su propia fisonomía.
|
[1]
|
Jorge López Anaya,
|Historia del arte argentino, pág. 18,
Editorial Emece, Buenos Aires, 1997.
|
|
[2]
|
Norberto Lechner, "Orden y memoria", pág. 69
en
|Museo. Memoria y Nación, Museo Nacional de Colombia,
Bogotá. 2000.
|
|
[3]
|
Gabriel Peluffo. "Crisis de un inventario, en
Identidad Uruguaya
|¿Mito, crisis o afirmación?. pág. 65,
Editado por Hugo Achugar y Gerardo Caetano. Ed. Trilce, Montevideo,
1992.
|
|
[4]
|
Rita Eder, "Muralismo mexicano e identidad
cultural" pág. 112 en
|Modernidade Vanguardas Artísticas
na América Latina, Editora Unesp, Sao Paulo, 1990.
|
|
[5]
|
Ivonne Pini, "En busca de lo propio", pág.
252, Ob.cit.
|
|
[6]
|
Para analizar las características del debate ver: Damian Bayón.
|El artista latinoamericano y su identidad, Monte Avila
Editores, Caracas, 1976.
|
|
[7]
|
Ibíd, pág. 93.
|
|
[8]
|
Ibíd, pág.43.
|
|
[9]
|
Serge Gruzinski,
|La guerre des images, de Christophe Colomb
a Blade Runner", pág.13, Ed. Fayard, París, 1990.
|
|
[10]
|
Gerardo Mosquera, "Postmodernidad , Arte y Política en
América Latina", pág. 67, Revista
|Arte en Colombia,
No.68, 1966.
|
|
[11]
|
M. Augé,
|Los no lugares.
|Espacios de anonimato,
Ed. Gedisa, Barcelona, 1992.
|
|
[12]
|
Ivonne Pini,
|Algunas alternativas de representación en el
arte latinoamericano de los 80. Revista Gaceta, No. 16, Bogotá,
1993.
|
|
[13]
|
13 Gerardo Mosquera, "Arte e identidad en el contexto
latinoamericano" en
|Arte latinoamericano Actual,
Museo Municipal de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, Montevideo,
1993.
|
|
[14]
|
Ivonne Pini: "¿ Y de la identidad qué?-, págs. 76 a
83. Revista
|Arte en Colombia. No. 79. 1999.
|
|
[15]
|
Sergio Marras,
|América Latina, marca registrada. pág.
58, Grupo Editorial Zeta, buenos Aires. 1992.
|
|