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III. AÑOS 80 Y COMIENZOS DE LOS 90
LA REFERENCIA A LOS ARTISTAS ANTERIORMENTE MENCIONADOS, PERMITE
REAFIRMAR LA ASEVERACIÓN DE QUE LA MIRADA AL PASADO ES UN TEMA DE
VASTA PROYECCIÓN EN EL ARTE LATINOAMERICANO. Cada etapa tiene,
obviamente, su particular manera de mirar el pasado. Sin embargo,
cuando se analiza la década del 80, la forma de abordarlo no es la
misma que se hacía en la etapa de configuración de los estados
nacionales o en la década del 20. Ni tampoco es la misma que en los
50-70, pese a que en esa etapa hay artistas que con su análisis
abren la puerta a la concepción imperante en las dos últimas
décadas.
Si es que hay un rasgo que marque el arte de los años 80 es el
eclecticismo, característica que se expresa en esa actitud de
retomar, mezclar, analizar el pasado más o menos próximo. El
artista no tiene ningún prurito en apropiarse de la historia del
arte, fragmentándola para tomar aquello que le sirve. Las versiones
tremendistas que hablaban en la década del 70 de su muerte
resultaron erróneas y si algo es evidente es su vigencia en los 80.
El artista parece pasearse por el pasado con cierta nostalgia y en
ese recorrido utiliza tanto lo que viene de las tendencias
internacionales, como de su propia experiencia. La frecuente
presencia de los "neos" (neoconceptualismo,
neoexpresionismo, etc.) se relaciona con la falta de preocupación
por la originalidad, por el concepto de nuevo que tanto importara
al artista en la modernidad, y en cambio opta por andar caminos ya
recorridos. Esa actitud va acompañada de una postura vivencial: la
experiencia que cuenta es la propia. Si asumimos que el pasado es
el espacio para la interpretación, la memoria adquiere especial
significación: es la que permite elegir y desechar.
De allí que, dado el subjetivismo y la actitud vivencial
anotada, diversos artistas miren el pasado como escenario de una
serie de memorias individuales y colectivas, con las cuales pueden
relacionarse, las más de las veces para reinterpretarlas.
Por otra parte la reacción expresa contra los intentos
homogeneizantes de la modernidad, consolidaron la idea de que si
hay algo que unifica el pasado latinoamericano no es la existencia
de modelos culturales únicos, sino la pluralidad. Al contar los
países de la región con una cultura básica de raíz ibérica, que
tanto pesó en términos de lenguaje, religión y costumbres, con una
significativa presencia de culturas precolombinas desarrolladas y
otras con componentes animistas como las de origen africano, es
apenas lógica la diversidad.
Reconocer esa pluralidad, rechazar modelos de representación
unánimes, supone mirar el pasado con otros ojos, cuestionando la
repetición de historias oficiales que desconocen o subestiman esa
heterogeneidad. El artista asume que es él quien debe redefinir su
práctica artística y dar a conocer todo el capital cultural que
tiene en sus manos. Mirar el pasado, redescubrirlo, permitirá
asumir la diferencia con los otros y por lo tanto precisar rasgos
de identidad.
RECUPERAR MEMORIAS
La memoria es uno de los diversos elementos que construyen la
identidad y puede ser mirada desde distintas perspectivas: una más
personal y subjetiva, referida a nuestros recuerdos y otra más
ligada a lo racional, es decir aquella que nos proporciona la
información. Ambas memorias están presentes en cada uno de
nosotros, ambas influyen en nuestros comportamientos y son
difíciles de separar, pese a que la primera se mueve en la esfera
de lo privado y la segunda en la de lo público. Esa memoria
individual y colectiva permite conservar pero también revisar,
informaciones del pasado. Cumple con una función cognitiva y una
función social, esta última, que es a la que acuden los artistas en
sus trabajos, la aprendemos y transmitimos por la vía de diversos
mecanismos que marcan nuestro futuro. A tal punto, que la memoria
se vuelve nuestra representación ante los otros. Si se parte de ésa
afirmación, la memoria es un elemento clave para la construcción de
las identidades colectivas
|
[1]
.
Varios artistas latinoamericanos trabajan en torno a la memoria
desde perspectivas diversas, relacionando pasado y presente, y a la
forma como se da la continuidad histórica en un proceso de
transmisión cultural. Deseosos muchos de ellos de impedir la
amnesia, buscan provocar fracturas en las interpretaciones
tradicionales. Para hacerlo se valen de recursos que proceden no
solamente de las herramientas que les proporciona su hacer, sino
que investigan, buscando apoyo científico en otras disciplinas, por
ejemplo, en los documentos con los que trabaja la historia, la
antropología; la psicología, etc. Se proponen hacer una reflexión
que va más allá de su historia personal y analizar aquellos signos
que son parte colectiva, centrando la investigación en un espacio
que busca comprender aquello que es exterior al yo, sin quedarse en
el narcisismo de la autocontemplación.
Se preguntan ¿cómo se representa la historia?, ¿quién lo hace y
por qué?, con la idea de que es necesario cuestionar, buscar nuevos
sentidos, interrogar determinadas maneras de representación que
pueden corresponder a formas de dominación. No olvidemos que hay un
discurso de la memoria que se construye desde el poder.
CAMINOS DIVERSOS PARA EL ABORDAJE DE LA MEMORIA COLECTIVA
El cuestionamiento a los relatos consolidados, a una cierta
manera reiterada de reconstruir la memoria grupal, fue uno de los
puntos de discusión de los artistas en los años 80, poniendo con
sus objetos en tela de juicio la asociación memoria
colectiva-arte-museo e indagando otras alternativas.
La relación tradicional del arte con los museos se ha
complejizado. El museo, que como institución surgió en los últimos
años del siglo XVIII, tuvo desde sus orígenes conflictos en su
relación con el arte. En las décadas más recientes, cuestionar la
validez de la institución museística, ha sido un hecho repetido.
Theodor Adorno, por ejemplo, sostiene que los objetos en el museo
pierden su relación con el contexto y se vuelven un referente
histórico que poco tiene que ver con las necesidades
actuales
|
[2]
.
No es casual la reiterada alusión contemporánea a los textos de
Walter Benjamín sobre el coleccionismo. En un escrito
autobiográfico de 1931,
|Desembalo mi biblioteca, el autor
plantea juicios premonitorios con respecto a posiciones que hoy se
sostienen. Allí, enfrentado a tener que reordenar su biblioteca
después de una mudanza, rodeado de libros y papeles en desorden,
Benjamín se cuestiona el supuesto orden preestablecido que
conectaba á los libros con la historia de los saberes y siente que
la manía de coleccionar no pertenecía a nuestro tiempo
|
[3]
.
La tendencia a continuar la tradición de museos, donde se crean
colecciones especializadas, genera polémica y hay artistas que se
rehusan a producir objetos coleccionables. Dice Juan Acha:
|Nos
corroe la necesidad de conservar lo viejo en lugar de estar atentos
a lo que están haciendo nuestros artistas, el pasado resulta más
importante que el presente y nos alienamos. Es así como las
exposiciones de obras pretéritas en los museos, casi siempre
antológicas, se tornan en digeridos o espectáculos que suplantan la
realidad
|
|
[4]
|. Pese a todos los
enjuiciamientos, los museos siguen existiendo aunque cada vez más
orientados a responder a los cambios culturales. Para ellos ya no
se trata solamente de exhibir obras; ahora surge la preocupación
porque el acento pase de la obra al proceso, mostrándose menos
seducidos por el resultado y más por la investigación.
Otro aspecto presente en el discurso contemporáneo es su énfasis
en el problema del otro. Existe la necesidad de resquebrajar
ciertos modelos de identidad demasiado globalizadores, no sólo para
mostrar la complejidad del arte latinoamericano, sino para volver a
valorar las culturas que lo integran. La ruptura de modelos
hegemónicos supone investigar en el pasado, evitar las definiciones
reduccionistas y adoptar la diversidad como postulado. Existe
además; una intención desacralizadora de la historia del arte, que
tomaba como paradigma válido lo eurocéntrico y miraba con cierta
displicencia, o con códigos cercanos a la idea de arte popular,
aquello que escapaba a sus definiciones y cronologías establecidas.
No se trata de desconocer el arte internacional, sino de
complejizar su relación con lo preexistente. Quienes trabajan
investigando no buscan sólo reemplazar imaginarios, sino colocar en
sus justos términos la diversidad cultural. De allí, por ejemplo,
la importancia adquirida por los componentes africanos e indígenas
y la preocupación dé destacar la contemporaneidad de esas culturas.
No se busca solamente explicar el pasado, sino también entender el
presente.
La ...
|erosión de las identidades sociales, abandono
ideológico y político, desestabilización acelerada de las
personalidades, son rasgos con los que Lipovetsky caracteriza
la situación contemporáneas
|
[5]
. En el caso de los
países de la región tales hechos generan vacíos de significado, con
identidades demasiado restrictivas, y las preguntas giran en torno
a la multiplicidad de respuestas que pueden existir para
redefinirla.
¿Dónde buscar y qué mirar de ese pasado? Las respuestas han sido
diversas, ampliándose el código de elementos significantes con los
que se puede trabajar, más allá de los documentos seleccionados por
el historiador o de los monumentos e imágenes que perviven. Ello,
sin perder de vista que estos "conservadores de
memoria" han dado lugar entré los historiadores a
significativas discusiones. Estamos muy lejos de la consideración
tradicional que le adjudicaba al monumento la función de ser un
objeto visual con una función intencional: perpetuar hechos o
personajes en la memoria de la sociedad. Mientras que los
documentos, sobre todo los escritos, gozaban de un halo de
objetividad a priori a la mirada del estudioso.
Ambas nociones fueron descartadas desde los trabajos iniciales
de la Escuela de los Anales a comienzos del siglo XX,
reconociéndose que tanto el monumento como el documento estaban
influidos por la intencionalidad de quien los hacía y por el
contexto en que se daban.
La exploración de los artistas no se da sólo sobre el enfoque
temático sino también en el uso de los materiales, siendo frecuente
la utilización de elementos extraídos de la cotidianidad, de la
cultura material, de sus usos y costumbres. Y en la recuperación de
recursos válidos para crear no hay representaciones inocentes del
pasado, sino una necesidad de escudriñarlo desde perspectivas muy
diversas.
De la variedad de temas que permite el abordaje de estos
problemas, nos detendremos en cuatro tipos de trabajos:
1. Quienes enfatizan el problema de la multiculturalidad.
2. Quienes se han propuesto volver a pensar la historia tanto
desde una perspectiva de identidad, como de cuestionamiento de los
relatos.
3. Quienes optaron por reflexionar sobre la violencia
institucional y sus consecuencias.
4. Quienes exploran introspectivamente desde su propio
pasado.
Un tema no excluye al otro y la escogencia de los nombres tendrá
en cuenta el énfasis puesto en uno de los cuatro aspectos. Como en
los casos mencionados en el capítulo anterior, no se pretende hacer
inventarios exhaustivos, sino escoger, a título de ejemplo, figuras
significativas dentro de esos cuatro enfoques temáticos.
1. MULTICULTURALIDAD
El discurso posmoderno puso en primer plano el tema del otro y
con él el problema de las relaciones entre culturas, problema que
se vuelve mucho más complejo si pensamos que el signo de la
diversidad cultural es el que caracteriza a América Latina. Y el
tema no es simplemente señalar la tan trajinada idea del mestizaje,
sino la forma como éste se realizó. No se produjo en los países de
la región sólo una integración entre diferentes etnias que se
mezclan sin perder su carácter inicial. La hibridación dio lugar a
nuevas etnias generadoras de culturas diversas. Como bien lo señala
Mosquera para el Caribe, es un rasgo extensivo a Latinoamérica:
|La región es un espacio nuevo y bien delimitado donde, bajo
circunstancias históricas únicas, se topan y revuelven gentes en
extremo disímiles tanto por su raza y su cultura como por su
tiempo. Los variados pueblos indoamericanos, europeos, africanos y
asiáticos que se reúnen en este laboratorio genético que ha sido el
Caribe integran e hibridan no sólo los rasgos etnoculturales que
los personalizan, sino también su tiempo histórico. Se unen,
interactúan y mezclan costumbres y maneras culturales has de la
originalidad de cada pueblo
|
|
[6]
|.
Pese a imponerse la relación cultura dominante- cultura
dominada, las culturas dominadas no desaparecen y logran mantenerse
participando en las nuevas formas culturales que se crean.
Señalando esas particularidades de origen, resultan
comprensibles los rasgos tan diversos que presenta el arte
latinoamericano en los 80. Cada vez más el uso de objetos
tradicionalmente considerados como "no
artísticos" o pertenecientes a las "artes
menores", dan cuenta del interés de los artistas por
revisar supuestos tradicionalmente aceptados. Es frecuente
identificar recursos típicos de expresiones tradicionales,
trabajados desde una perspectiva contemporánea.
Apropiación y reciclaje son aspectos que inciden en esa mezcla
de mensajes y de enfoques, que denotan la conciencia que tiene el
artista de la hibridación. Esa heterogeneidad cultural se ha
complejizado por los cruces que se dan entre nociones como arte
culto y arte popular, comprendiendo que lo tradicional se funde con
lo contemporáneo.
PRESENCIA DE CULTURAS NO OCCIDENTALES
Ya hemos visto que el interés por pensar en la influencia del
mundo no occidental se remonta a la década del 20 y del 30. Se
asumía, como lo hizo Joaquín Torres García en su texto
"Metafísica de la prehistoria americana" (1939),
que mirar el pasado suponía la búsqueda de una tradición que tenía
la posibilidad de continuar en el presente. Los estudios sobre la
complejidad cultural de América Latina mostraban que, si bien los
componentes occidentales eran fuertes, también lo eran el mundo
indígena, el africano y el mestizaje resultante. Pero además que,
no se optaba por representar de manera mimética lo africano o lo
precolombino, sino que se intentaba rescatar la memoria y la
simbología de sus formas y significados.
El acercamiento a lo primitivo no era nuevo tampoco en el arte
internacional de los años 70 y comienzos de los 80. Baste recordar
planteamientos desarrollados por algunos conceptualistas como
Beuys, Hesse y Long. Ellos también trataron de recuperar
procedimientos de las culturas primitivas para su arte de
concepto.
En una encuesta referente a la recepción de Beuys en Cuba, José
Bedia sostenía que su contacto inicial fue una extraña atracción
retiniana. Luego, al informarse sobre las particularidades de su
vida, se le apareció como un personaje casi mesiánico, una especie
de shamán de nuevo tipo.
|Ahora me encuentro en mejor disposición
para ofrecer una explicación más clara de esa atracción, y es
precisamente el reconocimiento de una "sintonía"
entre su trabajo y el mío. Me refiero sobre todo a ese acercamiento
o apropiación tan personal del arte y del pensamiento de la
culturas autóctonas. Fue para mí la satisfacción de encontrar a un
semejante (y mucho mejor) de más edad y experiencia, que, del otro
lado del mundo, me estaba demostrando con su trabajo que yo no
andaba descaminado
|
|
[7]
|.
A pesar de las semejanzas en los métodos, los planteamientos
desde Latinoamérica se diferencian de las propuestas conceptuales
en que aquí no se trata de salir del entorno cultural propio para
encontrar esos elementos primarios. Por el contrario, forman parte
de su cotidianidad, no denotan ningún exotismo, sino que afirman
sus propios valores
|
[8]
.
REFLEXIONES EN TORNO A LA LA HIBRIDACIÓN EN LA PLÁSTICA CUBANA
DE LOS 80
Cuando analizamos el desarrollo de la plástica cubana en la
década de] 80, encontramos un grupo de artistas que cuestionan
sistemáticamente el criterio eurocéntrico con que se ha hecho la
historia del arte, y proclaman su firme convencimiento de
repensarla bajo una nueva óptica, teniendo en cuenta que las
particularidades culturales de cada contexto hacen posible una
aproximación menos centrada en las teorías que pretenden
adjudicarle a lo europeo una universalidad que no posee. Sin
desconocer el carácter occidental de su cultura, los cubanos
reivindican el hecho de que buena parte de su especificidad
cultural viene de la presencia decisiva de elementos no
occidentales, básicamente de raíz africana. Raíces que para muchos
de ellos no son recuerdos del pasado, sino parte de su
cotidianidad.
No se trata de acercarse de manera folklórica a esos referentes,
sino de asumir que penetran aspectos sustanciales de su cultura.
Buscan sintetizar esos componentes occidentales y no occidentales,
haciendo consciente la hibridación cultural a la que
pertenecen.
Pese a que Ana Mendieta (La Habana 1948 - Nueva York 1985) vivió
la mayor parte de su vida en Estados Unidos, fue una de las
artistas que integró activamente en su trabajo elementos
provenientes de la cultura indígena y africana. Influida por el
feminismo, el anticolonialismo y la santería afrocubana, exploró
las relaciones existentes entre su cuerpo, la tierra como madre
naturaleza y la espiritualidad. Después de emigrar a Estados Unidos
en 1961, su primer regreso a Cuba se produjo en 1980. El trabajo
que venía realizando desde mediados de los 70, eran
"Siluetas" que quedaban registradas en
fotografía, verdaderas alteraciones del paisaje vinculadas al arte
del cuerpo y al arte de la tierra.
El interés de Mendieta por la santería no se desarrolló mientras
vivía en Cuba con su familia, sino cuando estaba estudiando en
Iowa. Desde 1972 comenzó sus primeros trabajos sobre el tema,
documentándose con libros de antropología y publicaciones clásicas
en la materia como los textos de la escritora cubana Lydia
Cabrera
|
[9]
.
Hay en su obra una especial avidez por explorar en las
tradiciones africanas y precolombinas el culto a la naturaleza. Tal
vez la orfandad en que vivió desde que se fue de Cuba separándose
de sus padres, incidió en esa actitud de explorar en su propio
pasado, tratando de recuperar espacios de recuerdos perdidos.
|Estoy abrumada por el sentimiento de haber sido arrojada del
seno materno (la naturaleza). Mi arte es la forma en que vuelvo a
establecer los lazos que me unen al universo.
No deben extrañar entonces sus afirmaciones al volver a Cuba en
1980:
|Tenía miedo antes de ir porque pensé que había vivido toda
mi vida con esa obsesión en mi mente: ¿qué pasaría si descubro que
no tiene nada que ver conmigo? Pero desde el minuto en que llegué
me sentí que pertenecía de nuevo a algún lugar
|
|
[10]
|.
En 1981 realizó en las cuevas de la región de Jaruco (Cuba), una
serie de tallas tratando de evocar a los indígenas Taínos, quienes
siglos atrás habían tallado las mismas piedras. El contacto con su
lugar de origen era la forma de ligarse tanto al mundo africano
como al indígena, sin perder el profundo interés en explorar su
condición femenina y los elementos de la naturaleza, atraída por la
idea de conjugar los poderes animistas que penetran la naturaleza y
dan "fuerza vital" al hombre. El rescate de una
nueva espiritualidad no se distancia de su interés por analizar los
desplazamientos culturales surgidos desde la Conquista hasta la
historia más reciente: pasado de refugiados, exilados, desplazados,
del que ella misma fue partícipe.
Mendieta bebió en las fuentes afrocubanas para explorar el
cuerpo como un lugar de ritualidad, espacio donde también sufrieron
los mártires de la Iglesia católica o los esclavos traídos de
África. No hay en ella una preocupación esencial por el tema de la
identidad con sus ancestros, sino la de usarlos para lograr una
relación más estrecha de su cuerpo con la naturaleza, al punto de
que hay obras, como la serie "Fetiches" o
"Árbol de la vida" (1976-1978), en las que
simbólicamente su figura se disuelve en ellas.
El también cubano, Juan Francisco Elso (1956-1988), inició un
significativo camino en la búsqueda de lo que él mismo llamó
espiritualidad latinoamericana. Definió su percepción del arte
afirmando:
|Para mí el arte es un largo proceso de aprehensión
del mundo y de mí mismo como parte del mundo. Los procesos y los
discernimientos son más importantes que mi trabajo. Actúan casi
como una experiencia de aprendizaje místico y dan forma a mi
actitud ante la vida... El todo de esta experiencia está basado en
una espiritualidad latinoamericana que solamente ahora estamos
comenzando a proyectar como un sistema de valores. De este
desarrollo vendrán cambios culturales y algunos de nosotros seremos
sus modestos heraldos
|
|
[11]
|.
La idea básica era ir de adentro hacia afuera, partir de lo
propio para llegar a lo externo. Realizaba sus instalaciones con
materiales diversos - corteza; madera, rama, barro, hojas y su
propia sangre- y él valor que les adjudicaba nos hace pensar en la
cercanía de su trabajo con la idea de arte que sostienen algunas
culturas africanas.
En efecto, Rashid M. Diab
|
[12]
al afirmar la idea de
que el arte tradicional africano constituye la herencia cultural de
un pueblo, establece cinco elementos básicos que lo
caracterizan:
1
|
|. tiempo
como continuidad entre pasado y
presente;
2.
|
|sincretismo
para procesar las influencias
externas;
3.
|
|integración y expresividad
con una simbología
que antepone a los valores estéticos los espirituales, valiéndose
para ello de un particular manejo de símbolos;
4.
|
|idea
que va unida a la imagen tanto por su
función como por su significado, y
5.
|
|materiales
, uso de sus peculiaridades según los
propósitos artísticos sin olvidar el valor del material en sí
mismo.
Bajo esos parámetros el arte se convierte en una manera de ver y
entender el mundo, tal como lo fue para Elso. Se trata de un mundo
donde la magia, el mito y el análisis de la realidad que lo genera
forman un todo. En 1981 trabajó instalaciones donde mezclaba
cerámicas con elementos reales, investigando el papel protagónico
que el maíz tuvo y tiene en las culturas indígenas de América. Su
exposición de 1982 "Tierra, maíz, vida"
constituye el inicio de su particular lenguaje. Desde esa etapa
mostró su interés no sólo en las raíces africanas sino también en
las indígenas, a las que sentía más lejanas. Camnitzer sostiene
que:
|Mientras que para Elso la tradición afro-cubana estaba
viva, la tradición amerindia era una adquisición libresca. Fue, al
principio, una tradición idealizada y superficial. Le llevó tiempo
entender el bien y el mal en esas culturas en oposición al
estereotipo de lo malo como español y lo bueno como indio. La
relativización de esos conceptos y su posterior integración a su
interpretación de los rituales santeros afrocubanos, una
interpretación profundamente ética, conformaron las visiones éticas
y estéticas de Elso de ahí en adelante
|
|
[13]
|.
1986 fue el año de una obra básica en su producción:
"Por América". La representación casi a escala
humana de la imagen de José Martí se convirtió en una aproximación
dramática a las peculiaridades de la historia latinoamericana.
Concibió la figura al estilo de las tallas coloniales, aumentando
su realismo con ojos de vidrio y pelo natural. El color de los
dardos que penetran la figura enfatizan el sentido simbólico: los
rojos son la sangre, mientras los verdes se refieren a la
esperanza, al renacer. Su cercanía con los rituales de la santería
lo llevó a utilizar su propia sangre en la obra: los materiales se
potencian como fines en sí mismos, no como simples recursos para
hacer la obra.
El trabajo que realizaba cuando murió a los 32 años de leucemia,
se llamaría "La transparencia de Dios", y
contemplaba dos niveles: el área de lo divino y el área de lo
humano. El proyecto fue definido por el artista como
|: una visión
mística del cosmos en la perspectiva de la espiritualidad
latinoamericana. Las tres partes que lo integran son un
gigantesco cráneo de más de dos metros de altura que constituía
"El rostro de Dios" y estaba realizado con ramas,
telas y objetos rituales como pequeños ojos en vidrio; un corazón
del mismo tamaño hecho con ramas entretejidas "El corazón
de América", y una mano gigante que reproducía la
suya" era "La mano creadora". La mano
estaba perforada y de allí salían ramas sugiriendo la idea de
sangre y rompiendo la línea de la vida. Pero la sangre es también
generadora de vida, y nuevamente se tocaban la creación y el
sacrificio. Interesado durante su estancia en México en la cultura
Nahuatl, volvió sobre los ciclos de vida y muerte, destrucción y
regeneración. Su peculiar forma de análisis ponía a convivir lo
contemporáneo con lo ancestral.
Volviendo a José Bedia, él nos introduce directamente en la
concepción que tiene del arte al afirmar:
|Me reconozco incapaz
de dar una definición general del arte. Más allá de lo que me
propongo particularmente con mi trabajo, el cual se dirige
esencialmente a destacar la continuidad del pasado en el presente.
Es un intento de comunicación y de comunión entre el universo
material y espiritual del hombre "moderno" y el
del hombre "primitivo". Las
"obras" resultantes sólo son testimonios
objetivos que hacen posible la participación de la gente en mi
experiencia. El proceso -transcultural, por llamarlo de algún modo-
que se produce actualmente en el seno de muchas culturas
autóctonas, trato de que se produzca en mí de manera similar, pero
inversa. Soy un hombre con una formación
"occidental" que mediante un sistema personal,
voluntario y premeditado, pretende un acercamiento a esas culturas
y además experimento sus influencias deforma igualmente
transcultural. Ambos estamos asía mitad de camino entre la
"modernidad" y la
"primitividad", entre la
"civilización" y lo "salvaje",
entre lo "occidental" y lo "no
occidental", sólo que por direcciones y situaciones
opuestas. De este reconocimiento, y en este límite fronterizo que
tiende a romperse, sale mi trabajo
|
|
[14]
|.
Estos conceptos que están presentes en su propuesta artística,
son en buena medida resultado de su formación. Desde que era
estudiante en la Escuela de Artes Plásticas de San y luego en el
Instituto Superior de Arte de La Habana, mostró interés por la
cultura indígena y la santería afrocubana. En 1985, siendo artista
residente en la Universidad dei Estado de Nueva York, vivió en la
Reserva Rosebud de los indígenas Sioux Dakota, de quienes tomó
elementos de la línea que utilizaría en sus dibujos. En sus
múltiples viajes se contactó con grupos indígenas mexicanos como
los Maya Chontales de Tabasco, y vivió un tiempo en Angola tomando
contacto directo con diversos aspectos de la cultura africana. De
allí su propuesta en la que la anécdota inmediata desaparece para
dar paso a la intención de comprender al ser humano fruto de
influencias tan diversas.
En su texto sobre el artista Orlando Hernández sostiene:
|El
estudio pormenorizado de las referencias usadas por Bedia... a
menudo resulta agobiante, no sólo por el constante desplazamiento
de nuestra atención hacia fuentes etnográficas, históricas,
poéticas, de una asombrosa diversidad, sino también por la
superposición de claves simbólicas en una misma imagen. Un símbolo
refiere continuamente a otro y a otro... ¿ No resulta aterrador
conocer que en el momento de su ejecución, una sencilla cruz griega
trazada por Bedia conserva todos y cada uno de sus significados
culturales: el Yowa congo que representa el cosmos, los puntos
cardinales que veneran los indios lakotas, el madero de suplicio
cristiano, la muerte, el trazo fundamental de la firma que
identifica al nkisi Sarabanda, y la silá o encrucijada (cuatro
caminos, cuatro vientos) del culto palo monte, entre
otros?
|
|
[15]
|.
Sus instalaciones no pueden ser vistas solamente como bellas
combinaciones de dibujos y objetos; deben ser entendidas también
como formas de arte ritual más que como exclusivos planteamientos
visuales. No entender sus códigos supone fraccionar el acercamiento
a un mundo que todavía conserva su energía e influencia en el
contexto cultural del que parte Bedia. No se puede desconocer
además la perspectiva anticolonialista de sus trabajos, asumiendo
críticamente los efectos de los cambios históricos en la
configuración de la identidad tanto social como individual.
Martha María Pérez (1959), trabajó en los ochenta a partir del
registro fotográfico, y son sus dos series,"Para
concebir" y "Memorias de nuestro bebé",
realizadas entre 1985 y 1987, las que recogen su peculiar manera de
vivenciar la experiencia personal de la maternidad.
La artista explica hacia dónde estaban orientadas esas dos
propuestas:
|Para concebir -1985-1986- está vinculada al pensamiento,
supersticiones y algunas creencias populares acerca de la
concepción, vinculadas a la santería. Texto e imagen en esta serie
están relacionados de manera complementaria. En esta obra existen
discursos paralelos que determinarán la lectura de la misma de
acuerdo al espectador con que se enfrente: La práctica consciente
de estas creencias, por una parte, y la actitud irónica o de
negación de éstas, por otra. Esta dualidad será resuelta... de
acuerdo a la visión y posición que asume el espectador, porque
"el que cree en estas cosas no juega con ellas, siendo
esta una de las posibles lecturas que se haga, y el que no cree, no
le preocupa manipular o ironizar estos valores, siendo ésta otra
actitud a asumir
|
|
[16]
|.
Asume la actitud de estar creando una especie de documento
autobiográfico, para posibilitar una lectura abierta al espectador
frente a temas que raramente se abordan de manera tan directa.
Este carácter personal de experiencia propia pero transmisible,
se mantiene también en su otra serie "Memorias de nuestro
bebé" de 1987. Al respecto Pérez sostiene:
|Intento
continuar mediante imágenes sugerentes y precisas a la vez una
parodia de álbum para recordar no instantes, sino constantes
cargadas de elementos contrarios... junto a otros elementos que
pueden sugerir imágenes en sí mismas; como la sensualidad del sexo
fuerte a la violencia que implica el parto mismo y la sensación de
sacrilegio frente a la imagen de una cicatriz.
El registro fotográfico en torno a diversos aspectos de la
maternidad, supone para la artista una intención que excede lo
meramente documental. Le sirve para indagar en torno a la
superstición, a los mitos, a lo ritual, a lo cotidiano, á lo
histórico. Busca momentos que constituyen síntesis del proceso de
la maternidad, momentos que se reafirman con la utilización de
textos que enfatizan la idea de registro, y en otros se resume en
una frase la presencia de la superstición: "No matar ni
ver matar animales".
Las dos series parecen estar moviéndose entre dos polos
opuestos: por una parte, las imágenes en las que se notan claras
referencias a la santería con toda su carga evocativa; por otra,
una actitud más distante, incluso irónica, en la que se transforma
a sí misma en una especie de documento susceptible de convertirse
en objeto de estudio.
|
[1]
|
Gonzalo Sánchez, "Museo, Memoria y Nación" en
|Memoria, Museo y Nación.
|Misión de los museos nacionales
para los ciudadanos del futuro, pág.21. Museo Nacional de
Colombia, Bogotá, 2000.
|
|
[2]
|
Theodor Adorno,
|Teoría Estética, pág. 59, Taurus,
Madrid, 1971
|
|
[3]
|
Walter Benjamin, "Desembalo mi biblioteca, Discurso
sobre la bibliomanía", pág. 23,
|Punto de Vista No.
26, México 1986.
|
|
[4]
|
Juan Acha,
|Huella Crítica, pág.308. Instituto Cubano del
Libro, Centro Editorial Universidad del Valle, 1994
|
|
[5]
|
Gillés Lipovetsky,
|La era del vacío, pág. 5. Anagrama,
Barcelona, 1986.
|
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[6]
|
Gerardo Mosquera, "África dentro de, la plástica
caribeña", págs. 44 y 45.
|Arte en Colombia No.45,
octubre de 1990.
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|
[7]
|
Varios autores,
|Kuba O.K., catálogo de la exposición con
el mismo nombre, pág. 15, Cuba, Editores Stadtische Kunstholle
Dusseldorf- Centro de Desarrollo de Artes Visuales, 1990.
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|
[8]
|
G. Mosquera, "Identidad y cultura popular",
en
|Kuba OK, ob.cit.., pág. 45.
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|
[9]
|
Varios autores,
|Ana Mendieta. A retrospective, catálogo,
pág. 42, New York, USA, The New Museum of Contemporary Art,
1988.
|
|
[10]
|
Ibíd., pág. 47
|
|
[11]
|
Luis Camnitzer, "Elso Pradilla", en
|Revista Arte en Colombia, No.41, Bogotá, 1989, pág. 56.
|
|
[12]
|
Rashid M. Diab: "Hacia una contribución peculiar del
arte africano contemporáneo a la historia universal del
arte", en Catálogo de la III Bienal de la Habana, págs. 35
a 37, Cuba, 1989
|
|
[13]
|
Luis Camnitzer: ob. cit., pág. 58
|
|
[14]
|
Orlando Hernández: "José Bedia", Catálogo de
la III Bienal de la Habana, 1989, pág. 217
|
|
[15]
|
Ibíd. pág. 218.
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|
[16]
|
Marta María Pérez,
|Made in Havana, Sidney, Australia,
Art Gallery, 1988, pág. 28.
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